Javier Diez Canseco. Sanmarquino y Jacobino

Written By: Hugo Neira - May• 10•13

Cuando la muerte cruza el camino de un hombre público, todo un país se estremece. Es el caso. Se ha dicho en estos días,  «la política peruana está de duelo».Y se ha dicho también que lo que caracteriza a Javier Diez Canseco fue  su militancia de izquierda, el estar al lado de las luchas populares. ¿Pero eso explicaría por qué centenares de personas fueron a los coloniales patios del viejo San Marcos a rendirle un adiós emocionado? ¿Cuál es el signo de una vida? Que fue dirigente socialista desde sus días de estudiante hasta estos últimos años, de la Izquierda Unida de los años setenta al reciente Partido socialista, es algo que todos sabemos. Pero hay otro hecho, el de una actividad precisa, regular, a la que fue fiel tanto como a sus ideas.

1980, 1985, 1990, 1995, 2001, 2011. Javier Diez Canseco fue elegido 6 veces legislador. Resulta sorprendente, la función de parlamentario ha ido cambiando en la vorágine de la vida pública peruana. Pero diputado, constituyente, senador, y por último congresista, Diez Canseco estuvo ahí. Los últimos treinta años, presente en el Poder Legislativo.

Hay un tipo de político —y hablo en extenso y no solo para el Perú— que cree en el principio de representación y en la opinión y la voz de la calle. Esta raza de políticos  amanecen en la modernidad  tras los clubes políticos del XVIII y en 1789, cambian la historia cuando sus asambleas inventan las repúblicas sin reyes, fuentes de la nuestra. La ciencia política y la historia los llama «jacobinos». Es una familia histórica de grandes oradores. Son radicales que creen a la vez en la ley y en la legitimidad popular. Eso quiere decir el jacobinismo.

Eso fue Diez Canseco. Un tribuno republicano, lo digo sin mengua de su ideología, al contrario. Y no es la primera vez que sostengo esa idea. Hace muchos años, una prestigiosa revista académica en Francia, me pidió un trabajo sobre la izquierda peruana, entonces en auge. Años ochenta, los de Barrantes Lingán. Hice el trabajo, una minuciosa descripción de los 30 partidos de izquierda peruana. Y cuando llegué a Diez Canseco lo describí como «un jacobino». En la simbología francesa es un elogio. Quiere decir, por paradójico que parezca, revolucionario y hombre de leyes. Diez Canseco vivió para la Revolución y el Parlamento.

En lo personal, nunca coincidimos. Cuestión de edad. Cuando el que esto escribe era comunista, Javier tenía diez años. Cuando en los setenta aparecen las izquierdas, y Javier como uno de sus líderes, por mi parte yo era, como Héctor Béjar y Carlos Franco, un velasquista. Ahora bien ¿se puede admirar a un político, con el que no se está de acuerdo? Por mi parte sí. Coincido que en muchos terrenos resulta en nuestros días ejemplar. Incluso el semblante grave, que otros han tratado de «duro». Adusto es la palabra correcta. Qué mal se está usando el castellano. ¿Pero qué semblante se puede tener ante los males actuales del Perú que no sea el de la severidad? Bien podría el Congreso actual hacer enmienda honorable por el mal trato que le impuso, recogiendo sus ensayos, sus libros, y ojalá, sus intervenciones de congresista. ¡Si es que las han guardado como grabaciones! Se apreciará la lógica del discurso de Javier Diez Canseco, su elocuencia a la vez jurídica y pasional. Un hombre con la toga de un antiguo romano en Lima, Perú. Lo vamos a echar de menos, cuando la República vuelva a ser pronto amenazada por algún otro intento de poder autocrático.

Publicado en Caretas n° 2282, del 9 de mayo de 2013

Se retira el Papa. Se muere Chávez. ¿Y Susana se queda?

Written By: Hugo Neira - Mar• 15•13

Vaya mes, contando desde mi último artículo en esta revista. Renuncia del Papa Benedicto XVI. La muerte de Chávez y ¡qué de secretos en el seno del poder caraqueño! Y claro, el emponzoñado proceso de la revocatoria. Comenzaré con Roma. Por encima de todo está la conciencia del tiempo. No todos los días un Papa renuncia. No todos los días una institución que tiene más de 2000 años se destina acaso a otra metamorfosis.  ¿Qué hacías, lector, cuando te llega la noticia? Por mi parte andaba ensimismado en el libro que concluyo en un barrio de Santiago de profesores y artistas, de librerías, cafés, cines y a tiro de piedra de mis centros de investigación. Pero dejé lo que hacía. Mi asombro fue completo, y mi admiración instantánea: renunciar es desprenderse, es desposeerse.

Sobre Roma no se podrá negar este hecho, la función pontificia está como arropada por cuidados cotidianos que no recibe monarca ni mandatario alguno. Es ritual y a la vez afecto. Un Papa romano es el guía espiritual de la religión más extensa del mundo occidental y la América Latina. Y a la vez el jefe de un pequeño Estado, el Vaticano, que mantiene relaciones con 179 Estados, con una guardia suiza de 110 hombres cuyo lema es coraje y fidelidad (Acriter et Fideliter) y un cuerpo de 92 cardenales en todos los continentes. De esa comunidad espiritual y fuerza política real se desprende quien entrega la tiara al azar de unas votaciones secretas y se supone que a Dios. No hay, pues, sino que preguntarse a qué aspira este hombre lúcido, Papa y profesor de filosofía, alemán. Dejo para otra vez el comentario de alguno de sus libros; aunque no soy de ir a misas, amo la religión de mis abuelas y sus valores que son los míos, pero mi  punto de vista es laico. Volviendo al doctor Joseph Ratzinger, lo que ha hecho es enorme. No ha esperado que lo llame el Señor, como se dice. Su gesto es desacralizador. Podría decirse que está fatigado como cualquier presidente de una gran corporación. Pero no, lo hace para obligar a sus pares a reunirse. A salvar a la Iglesia de grandes males de todos conocidos, pero no él solo. Un laico inteligente, Michel de Certeau, acaba de decir, “la Iglesia era un cuerpo, ahora es un corpus”. Los cardenales tienen que trabajar para remitir a la centralidad pontifical una nueva legitimidad. Permítame decirlo, este cónclave viene a ser algo que en la vida de los Estados se llama un momento constituyente. Es una maniobra finísima y audaz de un Papa-Rector, la idea le viene a Danièle Hervieu-Léger, que razona sobre los rieles de una “crisis de la monarquía pontifical”. Era mi criterio cuando abro Le Monde. No me extraña esta coincidencia, la citada es profesora en Hautes Études en ciencias sociales donde me formé. Deformación profesional, donde los otros ven una fe, que respetamos, nosotros los sociólogos vemos una institución que es capaz de autorreformarse. Veremos lo que sigue.

Pasando al segundo tema, ¿no ha hablado Ernesto Laclau de la razón populista?  No, no creo que el chavismo desaparezca.  Porque esto ya ha ocurrido, con “masas en estado de disponibilidad” según Gino Germani, que vio un gran parecido entre el fascismo italiano y los populismos latinoamericanos, tengo que decirlo. Siempre, un caudillo carismático. Y siempre masas muy, pero muy descontentas. Y siempre la cosa viene de fuera del juego regular de la política. Sí, pues, retorno a la hipótesis del outsider. Voy a mostrar unos casos, sumariamente. Eso fue Perón en 1946. Fue tres veces presidente, le dieron un golpe de Estado en 1955 y volvió 18 años después, se muere en 1974, pero el peronismo, ¿desapareció después de Perón? La respuesta es no. No digo que eso sea bueno o malo para los argentinos. No juzgo, explico. La pregunta es otra. ¿Por qué su obra permanece? Me permite el lector ¿otros dos casos?  ¿Desaparece el aprismo a la muerte de Haya? Después de Velasco Alvarado, ¿Morales Bermúdez y Belaunde Terry corren presurosos a devolver la tierra a los antiguos hacendados? No ocurrió así. La respuesta en lo que concierne el aprismo después de Haya es que lleva a un aprista a la presidencia no una sino dos veces.

Dicho eso, demos un salto hacia el concepto. Son regímenes que no son ni liberales ni marxistas clásicos (donde más de un aprovechado se recicla). Y en nuestros días, no derivan al fascismo puro como en Europa sino a formas que aspiran al poder legal y a un mando jefatural. Hay que decirlo, ni son por completo autoritarios ni por completo democráticos. La academia los estudia, son un dolor de cabeza: carismático, los llama Epstein partial democracy (2006), Diamond hybrid regime (2002) y el profesor Levitsky que da clases en la PUCP y escribe en La República,  competitive authoritarianism (2002), lo cual es término confuso: ¿compiten y son a la vez autoritarios? Eso es un oxímoron. Precioso para la poesía, no en política.

Para simplificar, vamos a llamarlos con una palabra desacreditada, populismos. Hace 44 años, cuando era joven, escribí en la revista del Instituto de Ciencias Politicas de París, “el cesarismo populista”. Desde entonces, el fenómeno se ha multiplicado. ¿Qué los causa?  Rápidamente hay que descartar las explicaciones espontáneas, ambición, capacidad de oratoria (Perón, Haya, Chávez). Cuando aparece el populismo aparece el pueblo, un pueblo airado, y en ese sentido, multitudinario, el “demos”, como decía Mariátegui, “la plebe urbana” de mi inolvidable hermano Carlos Franco. A los populismos los hacen los líderes. Al populismo los ponen en la escena política las demandas. Se entiende, no satisfechas. Entonces, los populismos sociopolíticos es eso que ocurre cuando una democracia liberal no sabe ser eficaz. Y una clase política se duerme. Chávez ha puesto al pueblo necesitado en el centro de la vida venezolana como Perón puso a los sindicatos hasta nuestros días y como Velasco sacó a los campesinos de la servidumbre y el precapitalismo. Y Maduro o Capriles, tendrán que atenerse. Lo de los cerritos miserables no va a repetir.

Con la señora Villarán y la polis limeña ha habido un malentendido de mamey con pepa. Ellos, los del pujante Cono emergente, querían su túnel bajo el cerro de San Juan de Lurigancho, el otro tramo del tren eléctrico, un río Rímac domesticado (hay que meter preso ese río, está en el complot), en suma, una gestión concreta. Y lo que han visto es una señora muy rara que se tomaba como Presidenta. Después del mudo, se quedaron con la boca abierta. Pero luego vinieron las encuestas. Ella siguió investigando al antiguo alcalde, bajándose las placas. Como no se enmendaba, siguieron lógicamente los revocadores. Y ahora, ¿qué hay? Los del Sí, son gente de abajo, de la sociedad civil y mal hablados. Un exalumno mío, y ahora amigo, D’Medina, dice que les cae “un cargamontón”. Si gana el No, ¿qué conclusión pueden sacar las gentes que atropellaron en La Parada? Que se han reído de ellos. La desilusión democrática se suele pagar muy cara. Por lo demás, escuché el mea culpa de la señora alcaldesa sin estar en Lima, así está el mundo global. Y me quedé espantado, todo sobre su victimización. Y 15 segundos para “algunos errores”. No creo que tenga “propósito de enmienda y dolor de corazón”, aunque eso se enseña en el colegio Sagrado Corazón. En fin, es grave que Orrantia le gane a San Juan de Lurigancho. ¿Y por esa causa, Lourdes, Toledo, el brasileño, Patria Roja, la Confiep? ¿Castas contra clases?  Esa revocatoria la vamos a recordar por su ceguera. ¿Victoria de un Frente antipopular? Era una simple revocatoria, será un agravio. Ahora bien, ¿quieren ustedes tener un chavismo de aquicito nomás en el poder? Es muy sencillo. No escuchen el clamor de los sectores D y E indignados por el desatinado gobierno municipal de la señora Villarán. Voten para que permanezca. ¡Al diablo la revocatoria!  Y habremos inventado la democracia sin los pobres. ¡Felicitaciones!

Posdata:

Marco Tulio Gutiérrez, a quien no conozco de nada, ya le colgaron lo de “violador” por una pachotada que salió a decir, sobre el sí y el no en las mujeres, un chiste viejo, de pésimo gusto, pero bueno, le quieren sacar provecho como la palabra poto con Lourdes Flores. Todo el mundo está usando los argumentos ad hominem. Desacreditar al otro, así de sencillo. Por lo demás,  ¿quieren un pueblo culto? ¡Mejoren la educación! A propósito, si se queda la alcaldesa está apta a entregar las escuelas del pueblo a su aliados en “la confluencia”, Tierra y Libertad, Patria Roja y Movadef. Nada en ellos es izquierda, son totalitarios. Ella por lo visto, no hace la diferencia.  Y eso es tan importante como su tirria a hacer obras con cemento.

 Escrito el 10 de marzo y publicado en la revista Contrapoder del 15 al 28 de marzo del 2013

 

Chávez, los caudillos y la muerte

Written By: Hugo Neira - Mar• 06•13

 

 

Acabo de escuchar a José Antonio García Belaunde en la televisión. Comentando la muerte de Hugo Chávez. Un programa de Perú mágico (Canal N) que se logra ver desde el extranjero en donde por el momento, me encuentro. Tiene razón mi amigo, el inteligente y fino ex Canciller. Es la hora de la muerte, y del dolor de un pueblo. En ese mismo Canal, minutos antes, convocaron a varios comentaristas, entre ellos, Juan Sheput y un comentarista internacional, cuyo nombre se me escapa, lo digo con las disculpas del caso. Estuvieron también muy bien. En efecto, Sheput señaló que no se va a disipar por completo el tipo de sistema político que rige en Cuba, porque forma parte de una suerte de eje, con Irán, con Rusia de Putin. No es que particularmente me guste lo que dice, sino que  es la realidad. La Realpolitik. Una cosa sin embargo me pareció un tanto unilateral. Que el dolor que se mostraba en el rostro de la gente caraqueña por la desaparición de Chávez se debía al temor de ver desaparecer las ayudas estatales, el clientelismo. Quién duda que este exista. Pero en casos como los de Chávez y en otros casos de líderes de masas, las cosas no son tan simples.

En este tema hay dos aspectos, el chavismo y la muerte. Y uno tercero que se encarama a los otros. El dolor popular. Déjeme el lector contarle algo personal. En 1975, cuando Franco se puso enfermo, estuve en Madrid para cubrir —como se dice— la noticia. Se comprenderá que no era el único “enviado especial”, los hubo miles. Pero la agonía del caudillo fue larga, muy larga, y poco a poco, mermaba el número de periodistas. Un diario de Lima me publicaba mis notas de viajero, de observador, pero pasaban las semanas, la cuenta del hotel aumentaba y Franco no tenía cuándo decidirse a mejorar o a morir. El hombre luchaba. Cada mañana, cumplidamente, siete médicos distintos —uno para cada dolencia— daban un informe oral a los periodistas acreditados entre los cuales me contaba, y copias de los estados clínicos del mandatario. Como se comprenderá, reinaba en España, entretanto, un orden varsoviano. La verdad que me comenzaba a cansar, el gerente del diario de Lima me previno que tenía que volver y yo comenzaba a aburrirme. Ya había dicho todo lo que podía decir sobre los escenarios posibles, ora una dictadura militar (cosa en la que dudaba) o bien la república (lo cual era lo que suponían los periodistas de diarios democráticos y muy mal informados) o bien juramentaba el Príncipe de Asturias, o sea, el actual rey, Juan Carlos I. Pero claro, fuera de eso, ni yo ni nadie podía anticipar. Y Franco luchaba contra la muerte.

Una mañana, un domingo, lo recuerdo como si fuera ayer, decidí irme un rato de un Madrid de lo más silencioso, y tomé un tour. Uno breve, a Toledo, no sé si el lector conoce España, pues Toledo es una maravilla de ciudad antigua a unas horas de Madrid. Y por una excelente carretera de las que el franquismo en su estilo de desarrollo compulsivo y autoritario había cubierto el mapa ibérico, atrayendo millones de turistas, lo que se llamaba entonces, “la industria sin chimeneas”. Fui pues a Toledo, que me conocía de memoria, pero que igual me gustaba mucho. Esa tarde tuve una suerte de iluminación. Después de haber almorzado en una de esas ventas que parecían arrancadas de un libro antiguo, me puse a caminar por una de esas calles que culebrean entre grandes casonas, lejos de plazas y calles para autos, calles para recorrerlas en silencio y como hechas a la meditación, medio terrosas, adustas y herméticas como un misterio. Y en eso, veo venir una mujer, alta, vestida de negro, ni joven ni vieja, caminando, pasa a mi lado,  y sigue camino. Llevaba esa mujer una radio prendida a sus oídos. Ya existía ese invento, el transistor. La mujer escuchaba las noticias de la radio e iba llorando, bajo el sol, calma, ensimismada. Esa desconocida lloraba por la muerte de Franco. No era mujer rica, pero tampoco puedo decir que era una pobre,  una vecina. Una toledana, como tantas. La radio, la muerte y la mujer ya de luto me produjeron un efecto fulminante.

Esa noche, volviendo a Madrid, tomando en cuenta la diferencia horaria, seis horas por delante del Perú, pude usar uno de los télex que las autoridades habían asignado a los periodistas visitantes y enviar una crónica a mi diario en Lima. No, estábamos equivocados. Franco iba a morir pero ese sentimiento que el tirano, pese a todo, había despertado a lo largo de cuatro décadas, no se iría con el fallecido a la tumba. No de inmediato. Por mi parte, había desarrollado desde mis crónicas juveniles en Expreso sobre los campesinos cusqueños en los años de las tomas de tierras de hacienda, una capacidad intuitiva para entender sus razones, eso mismo me llevaba a entender cuál era el punto de arranque de ese amor popular que muchos encontrarían paradójico. Equivocados o no, los españoles, en 1975, no tomaban los años del franquismo como una privación de la libertad sino como los años de la paz que trajo consigo el fin de la guerra civil, los años de penuria que pronto se volvieron de prosperidad, y la sensación, sin duda exagerada pero real, de haber contando con una suerte de padre protector que los alejaba de los demonios de la desunión entre españoles mismos. Y entonces, me atreví a decir hay una masa política del franquismo que buscará cómo acomodarse a la exigencia de Europa, cuyas condiciones para recibir a España en su seno eran un sistema pluralista de partidos e instituciones democráticas. Querrán el cambio pero guardando las conquistas sociales del periodo franquista, entre ellas, la seguridad y la tranquilidad pública. Esa fue mi traducción de las lágrimas de esa desconocida. No vendría a España ni la revolución ni la continuidad del caudillo. Vendría otra cosa. Aunque no sabía entonces lo que podía ser.

Y fue así. Se le llama la Transición. Asume Juan Carlos I, gobierna con franquistas un año. En 1976 llama a un referéndum. Y los dos bandos políticos de la guerra civil son desmentidos por el voto popular. Ni quieren otro Franco (sus partidarios obtuvieron el 2%) ni el retorno a la vida republicana. Prefirieron una solución moderada, un régimen de Monarquía Constitucional. Y en las primeras elecciones en 40 años, no ganó  ni la derecha ni la izquierda extrema, sino el partido centrista de Adolfo Suárez, es decir, un exfranquista reciclado a la democracia y que gobernó con mucho sentido común y respeto por sus principales oponentes, los socialistas de Felipe González que tuvieron que esperar otros comicios para llegar legítimamente al poder.

¿Por qué me acuerdo de todo eso, hoy, cuando Chávez ha muerto? Porque los pueblos no olvidan a quienes los han ayudado.  No, que no se equivoque el amigo lector, nunca me gustó Franco, es más, no tiene por qué saberse pero viví en Madrid, cuando su dictadura, y escribía en diarios de oposición al régimen, uno de ellos, el diario Madrid, es hasta ahora célebre, y en él encontré algunos de mis mejores amigos de toda la vida. Lo dejé cuando en 1969 arranca con Velasco Alvarado la reforma agraria, y decidí regresar. Algo importante, por lo cual antes había luchado, estaba pasando. Antonio Fontán, entonces director del diario Madrid, me dijo: “siento perderlo como periodista, pero hace bien de volver al Perú. Pero, si las cosas no son como parecen ser, si esos militares no están haciendo esas reformas profundas, si se trata de otro cuento más, aquí tiene usted su casa y su trabajo”. Fue muy conmovedor, me pagaron el viaje de regreso. Me debía detener en varios puntos de la América del Sur, y uno de ellos fue Caracas. Mis crónicas de viaje las guarda el archivo virtual del diario Madrid y se pueden consultar por Internet.

Venezuela, ni esto ni aquello

Volví varias veces después a Caracas. De Lima, con misiones del gobierno de Velasco. Y desde Europa, cuando me incorporé por completo a la docencia francesa. Y es uno de los países que mejor conozco, tanto como México. Y lo que vi, nunca me gustó. La extrema descomposición social de uno de los países no solo entre los más ricos del continente sino con una renta petrolera envidiable. Vi la degradación de la vida venezolana en medio del esplendor de sus clases medias, ciegas a la pobreza de los cerritos y al desamparo de los pobres en medio de ricos que no merecían sus fortunas. Hasta que pasó lo que pasó. Llegó Chávez.  “Llegó el llanero, no tan solitario, y se va a quedar un buen rato, tiene apenas 50 años, y va a revertir los dividendos petroleros hacia abajo. El método puede no convencernos, pero es lo que ocurre en países rentistas, Venezuela hoy y Argentina ayer, cuando el egoísmo social deja crecer una masa enorme de excluidos. Otro corresponsal cuenta cómo en el aeropuerto se cruza con un señor de clase media que atropella la cola: «Me voy a Miami porque en Venezuela el whisky es carísimo».” Esto es lo que escribo en Lima, en el diario La República, sabatina del 21 de agosto del 2004. (*)

No me gustó Chávez pero tampoco la Venezuela anterior a Chávez. Así de sencillo. Lo he dicho en otra sabatina, y lo repito ahora: “A Chávez lo auparon para otra cosa, para que corrigiera una democracia corrupta, pero se ha inventado esa «democracia directa», cuando toda la que se vuelva directa deja de serlo. No le gusta la palabra compromiso ni mediación, es decir, no sólo lo que a Venezuela le falta sino la esencia de toda política. Chávez es un político de la antipolítica, como lo fuera Fujimori. Lo llamaron para curar la peste y aportó el cólera. Pero, aun así, nadie lleva por completo razón, ni la oposición ni las bases chavistas, cada una con su ulcerada y parcial verdad venezolana. Esta  “sabatina» no es sino el preámbulo de otras. (Ni esto ni aquello, 1° de febrero del 2003) (*)

Entonces, ¿será Henrique Capriles, como esos demócratas españoles que entendieron que el franquismo sociológico —como dice mi amigo el sociólogo Amando de Miguel—, tiene que ser escuchado y atendido —no se asusten— por ese lado de la clase política que hereda no una sino dos herencias? La primera, la del uso personal y autoritario del poder de parte de los chavistas. La segunda, de una serie de servicios sociales que el Estado  chavista ha dado a los más humildes. Por el amor de dios, ¡centenares de miles de muchachos que pueden ir a estudiar a una universidad!  Cosa que ni soñamos por aquí. No, las cosas no son sencillas. Ni todo es clientelismo, como dicen. Que ha habido un interés político en regímenes autoritario-paternalistas, sin duda alguna. Pero no les vengan con el juego del libre mercado a los millones de españoles que llegaron a tener una vivienda subvencionada en las ciudades llamadas satélites en torno a Madrid, lugares que conozco bien, del tipo Residencial San Felipe pero menos costosas, más vastas como departamentos, y numerosas, barrios enteros. No me digan que los que han seguido estudios superiores en Venezuela con becas y subsidios no son una masa crítica de lealtad al chavismo. Y me pregunto si Henrique Capriles tendrá el tino de lograr un periodo de transición entre uno y otro sistema o, una vez más, se dejará de lado las necesidades populares. Sí pues, una combinación sabia de populismo y sociedad abierta será necesario. Y como me decía un amigo limeño, muy inteligente, que prefiero no citar, si Finlandia fuese petrolera, y un Chávez nórdico hiciera esas transferencias de rentas a los sectores populares, todo el mundo diría “muy bien, el modelo nórdico”. Mi objeción es que falta ver cuánto de corrupción también ha habido con Chávez, cuánto de abuso, y cuánto de ganas de hacerlo sin respetar, a la cubana, la libertad de expresión y la existencia de un pluralismo inevitable, porque el unanimismo en una sociedad no es de este mundo. Una sociedad tiene clases, intereses distintos, personas iguales y diferentes a la vez. La democracia es un sistema lleno de errores, pero todos los otros son peores. Apuesto, pues, que el tema venezolano se juega en cómo se sigue repartiendo internamente la renta petrolera y, a la vez, alcanza niveles de acuerdos y desacuerdos (eso es la libertad) evitando que se vuelva al pasado anterior a Chávez.  “Más allá de su truculencia, el personaje expresa algo que lo sobrepasa. Con el psicodrama de su presencia, Venezuela nos está dando una señal, la de la decepción democrática. Para las masas, y para sus electores, es el campeón de la lucha contra la corrupción y contra la «democracia pactada» cuando adecos y socialdemócratas se repartían la torta del poder. Así, ese Estado no se libró de la sanción de las urnas pese al maná de sus petrodólares, que nosotros no tenemos. La Venezuela de Chávez encarna la crisis de gobernabilidad. Una crisis que se produce no porque los partidos venezolanos no se entendieran sino, al revés, porque se entendieron demasiado. Chávez es el fracaso estruendoso de la clase política. El tipo que no bailó el ritmo lento y pegado donde se dicen cosas íntimas. Que la nuestra, ahora que iniciamos otra etapa, sepa no juntarse demasiado, tampoco querellarse en exceso. Cordiales distancias. El pueblo observa. Un outsider, un improvisado vengador, como en 1990, se fabrica, electoralmente, de la noche a la mañana” (Sabatina, 14 de julio del 2001).

(*) Artículos anteriores:

02.06.2009. Caracas. La cosa es grave

http://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-11-10-09/internacional#VenezuelaCaracas

21.08.2004. Hugo Chávez y Venezuela saudita

http://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-05-04-03/internacional#HugoChavez

06.02.2003. Comprensión de Venezuela

http://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-05-04-03/internacional-parte-ii#Comprension

01.02.2003. Venezuela : ni esto ni aquello

http://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-05-04-03/internacional-parte-ii#Venezuela

14.07.2001. Meditación caraqueña

http://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-02-01-00/internacional#Meditacion

 

 

 

 

 

 

 

El nuevo mal peruano

Written By: Hugo Neira - Feb• 18•13

No me gusta nada lo que está pasando. Pero no quisiera continuar sin dirigirme a los jóvenes que sacan adelante esta revista. Qué bien que lo hagan. El Perú es un país extremadamente interesante, pero no brilla por sus revistas. Aparte de Caretas, que algo hace, no las tenemos, como la mexicana Nexos. Por lo demás, gracias por invitarme. Saben que les escribo desde el extranjero, adonde voy a ratos para acabar mis libros que son de teoría social y no de la circunstancia. ¡Cuántas ganas tenía de escribir los libros que estoy escribiendo! Quienes me invitan a este primer número saben que cuento con una pensión de profesor y que sé vivir con muy poco, a lo que muchos en Lima no podrían ceñirse, cuestión de modos de vida. Digo esto, con las disculpas por arrancar esta nota desde lo personal, pero es necesario dada las maledicencias: esa jubilación europea ganada tras treinta años de docencia superior francesa es lo que origina mis libros y mi libertad. Y un itinerario intelectual que me ha liberado de las mitologías políticas, esas que impiden pensar, a otros, al Perú con serenidad. Soy un científico social. Desde ahí escribo. Y no aspiro a otra cosa.

La revocatoria parece una profanación. Por la forma en que se discute en Lima, el debate alcanza ribetes de teatralidad. Pero no se trata del gran teatro del Mundo de Calderón de la Barca en las gradas de la catedral,  cuando la montó Luis Peirano, sino, y a chaveta limpia, el enfrentamiento por el poder municipal. Dios, si eso son los decentes, qué le queda al resto del país. Pero lo de la Alcaldía de Lima no agota el sainete dramático-jocoso de estos días. La revocatoria no es el problema, salga lo que salga. Sino, la atmósfera que la acompaña. Huele muy mal y presagia cosas muy feas para los años inmediatos.

Tres temas son centrales en la disputa por Lima. Los puntos de vista de los revocadores y de los antirrevocadores. Luego, el tema de Lima misma. Por último, un aspecto más que político, antropológico: el descontento de esa  parte plebeya y emergente de la población limeña a la que ahora, los del no,  insultan. ¿O no se ha dicho que “es horrible”?

1. ¿Cómo es posible que haya dejado de invitarse, digamos, a tres o cuatro revocadores y a la vez, a los del no, a un debate ciudadano?  El “detalle”, como decía el filósofo Mario Moreno Cantinflas, está en “a la vez”. Han ido a la televisión, pero por separado. Ha faltado ágora y debate ante públicos que pudiesen preguntar. ¿Cómo se olvidan, en un país ya acostumbrado a que los políticos discutan delante de una audiencia de masas? Me dirán, no es una presidenciable. Pero eso es relativo, en México DF, se ha visto ese tipo de forum. ¿El gobierno de una ciudad de cerca de 10 millones de habitantes, no lo merece?  ¿Faltan espacios públicos? ¿No hay más de 75 universidades? Y alguno de los grandes diarios, no pudo convocar una mesa redonda, con unos y con otros, sin banderizarse? Qué lástima que no esté más al frente del Acuerdo Nacional, Max Hernández. En un país de ciudadanía a medio hacer, el fallido debate hubiese sido prueba de que somos una sociedad abierta, pero no lo ha habido. El Perú se encamina, me temo, a ser una sociedad sectaria. Y eso francamente, es lo peor que pueda ocurrir.

2. No se ha discutido sobre Lima. Han podido, y no solo en la televisión y en las campañas, explicar el fiasco del arenamiento en la Herradura, el retraso en el túnel de San Juan de Lurigancho, las pérdidas en el Metropolitano, o la canalización del río Rímac que acabó en lo que acabó. Quien sabe, en esos foros, el equipo de la señora alcaldesa se hubiera lucido. La gente no es estúpida, y saben que hacer algo en la administración pública es complicado. Pero no, prefirieron la magia de la publicidad. Llamaron a un brasileño. Las grandes torres de luces. Desmemoriados, Vargas Llosa perdió las presidenciales por el mismo error de campañas carísimas. Por lo demás, lo que ha pasado con la señora Villarán da que pensar. La resistencia que ha recibido no se explica solo por intentar el reordenamiento del tráfico, al menos lo intentó. Revocatoria o no, ha sido el gobierno municipal más impopular de todos los tiempos. Molesta, me parece, su estilo. Algo que es incurable, que el sociólogo Bourdieu ha llamado el habitus, es decir, gestos y maneras de “clase” que vienen de la cuna, no hay modo de sacárselas de encima. Como lo ha notado Carlos Meléndez, habla de vecinos y de “pobladores”, para desgracia suya, del demográfico distrito de San Juan de Lurigancho. Ella cree que todo es cuestión de sonrisas y los de abajo ven a una señora de la clase alta que intenta ser simpática con el jardinero y la cocinera, y se mete con la lavandera. Fatal. Como la palabra poto en boca de Lourdes Flores.

3. El debate nunca fue político. Se trasladó al campo impreciso de la moral, dictaminada por unos cuantos inquisidores. Aquí, los decentes. Allá, los hampones. O sea, se despolitizó el debate.

Vayamos al tema de fondo. ¿Puede el Perú actual atravesar una prolongada etapa próspera en su economía y sin embargo no desarrollarse como sociedad? Por paradójico que parezca esa es la situación presente. La economía está al alza, mientras se sigue descomponiendo la sociedad. Siento decirlo, en este instante del siglo XXI, la cultura política del Perú está por debajo de los retos que plantea la modernidad. Resulta claro, somos una sociedad de libertades públicas, pero no somos todavía una sociedad democrática, “aquella en la que los individuos se sienten iguales a los otros”. ¿Quién lo dice? Las ciencias políticas desde Tocqueville. En 1835, tras su célebre viaje a América. La democracia no solo es una cuestión de instituciones sino de formas de vivir con los otros. Y creo que en eso está el secreto del actual enfrentamiento. No se aguantan los unos y los otros.

Esto es pues, lo que pienso. Que el Perú está perdiendo el tiempo. Falta casi por entero obras de infraestructura, ferrocarriles, carreteras, hospitales, escuelas, y dar el salto a la tecnología y la ciencia como en India, Brasil, China. Nada de eso abandona a Lima, al contrario. La capital tiene que ser moderna y no lo es. Está ahogada, no tiene modo de transportar personas ni de transportar ideas en los diarios. Y a todo  esto, la política empeora. No, no estoy diciendo que la política tiene que ser comedida y como dicen alturada, esas son mariconadas de señorones de otros tiempos. La política, y lo digo desde la experiencia de vivir en otras sociedades, es siempre agria, enfrentada,  y desde los griegos es agon, es decir combate.  Pero, eso que exhala en los medios de comunicación hoy en Lima, y que tiene de desborde, no el de Matos sino de alcantarillado roto, de error de Sedapal, de cloaca a cielo abierto, ¿es realmente política? Releía en estos días, el libro de Iván Degregori y no veo sino la reproducción de la política de la no-política. El mal peruano de los años noventa se repite. Habita hoy en una buena parte de esos mismos que combatieron contra Alberto Fujimori.  Y tienen el tupé de llamarse de izquierda.

La revocatoria es un accidente municipal que vuelve a descolocar a la clase política, cada día más descontextualizada ante el imaginario social. Quien sí conoce al pueblo y viene de él, es Jéssica Yesenia, amiga de la China Tudela, ambas personajes de Rafo León. Es ideal para gran ciudad de varias culturas como Lima. Pituca achorada o achorada ascendente apitucada. Si revocan a la Alcaldesa, busquen a Jéssica. Si continúa la señora Villarán, me encantará igual Lima, una ciudad de vuelta a los días de Ricardo Palma, cuando mandaban las madres abadesas.

Posdata. Mi protesta por el intento de silenciar a Aldo Mariátegui. No lo conozco personalmente- no me manejo con esos criterios- me maltrataba regularmente, pero escribía con libertad y desenfado, y eso es el periodismo. La garra del escritor. Grave para las libertades su salida. Otra mala señal, la intolerancia con el que piensa distinto.

 

 

Editado en: Contrapoder. Política y Cultura, del 15 al 28 de febrero del 2013

¿Socialista o liberal? Todo a su hora

Written By: Hugo Neira - Dic• 27•12

 

Carta de un hombre de buena voluntad a otros que también (supongo) la tienen

Queridos amigos,

Noto que en Lima diversas voces importantes, y voces jóvenes, se han enredado en una polémica sobre el liberalismo. Los conozco, por circunstancias que no vienen al caso, son unos y otros amigos míos. Muy distintos entre sí, lo cual daría prueba de cómo en mi vida académica y privada, practico esos valores —la tolerancia, el respeto por el otro—, y acaso, cierta curiosidad de viejo profesor, que es lo que soy, y no deseo ser otra cosa, curiosidad un tanto como la que tenía Porras cuando quería saber —anciano de 60 años con menos edad de los que yo tengo—, qué leía y pensaba Pablo Macera, qué pensaba Mario Vargas Llosa que como nosotros le hacía las fichas (cosa que dijo en otra ocasión, que le había servido en su vida de novelista) y yo, en un cuarto pequeño, donde me había puesto, para que fichara la Emancipación. Esa curiosidad por el otro es el fundamento del liberalismo ético y filosófico. Porque no se puede tenerla si no se simpatiza con ese otro mismo, cosa que dudo que ahora predomine.

La polémica tiene un carácter político. Y por desgracia, muy ideológico. Quiero ser breve, diré, primero, lo que no quiero decir. No quiero decir que sea una polémica inútil, al contrario. Fui yo, si no mal recuerdo, el que dije en el curso de una invitación al programa de Jaime de Althaus, que el Perú necesitaba dos cosas. Un partido liberal, de verdad. Y un partido de izquierda democrática, pero seriamente demócrata, es decir, no esperar colgarse a la basta del pantalón de algún caudillo, o algo por el estilo.

En este segundo plano, o familia ideológica, tampoco pido lo imposible. Algo como lo del uruguayo Mújica, cogió los fierros, hizo cagada y media, fue preso, y meditó. Bueno, ahí lo tienen, es un auténtico. Hoy convencido que ese no era el camino sino el ensanchamiento de las libertades.

Bueno, lo dije, lo del ensanchamiento. Escribo a calamo currente.

He aquí mi punto de vista. En la historia contemporánea de las ideas, un principio ha quedado establecido, la existencia de dos grandes familias filosóficas y políticas, a saber, la liberal y la socialista (de la primera se excluye los que admiten economía de mercado pero con conducción autoritaria, estilo Franco, Pinochet o Fujimori ; y a los que llaman socialista a totalitarismos, Stalin, Mao, etc.). Ahora bien, ambas familias  tienen unos principios (déjenme llamarlos así, el de los valores, me parece escuchar a la señora Susana Villarán que  sonríe cuando habla aunque diga que alguien tiene cáncer, el concepto por desgracia, ha dejado hace tiempo la Sorbonne y en Lima tiene un olorcito a sacristía que me produce urticaria).

Lo enorme, lo sorprendente es que esos principios no son uno (el mundo occidental no es tan idiota de encerrarse en un solo concepto) sino dos. Y cuidado, esto no es lo que se le ocurre a Neira, es lo que es corriente en todas las escuelas de ciencias políticas del mundo, y de filosofía, historia social, derecho, de Cambridge a las seis universidades que califican en la América Latina entre las 500 mejores del mundo.

Los voy a poner a la par, porque mis jóvenes amigos o bien son “socialistas” o bien son “liberales”. Y son:

Libertad-justicia social       o  bien    Justicia social-libertad

¿Dónde se produce la diferencia? En que unos le dan importancia, un poco más, a uno de esos términos (con todo lo que significa esa preferencia, de lo privado a lo público, en políticas sociales, en policy como dicen los anglosajones), es decir planes concretos de aplicación.

Por ejemplo, un liberal en Estados Unidos, le da preferencia primero a uno que al otro:

1- Libertad

2- Justicia social o equidad

Y un socialdemócrata alemán, o francés, su ecuación es:

1- Equidad social o justicia social

2- Libertad

Lo que estoy diciendo es que ni el concepto (y la conducta) para luchar por la equidad es un monopolio de las izquierdas, ¡ni el de las libertades propiedad de los liberales! Esto es pan comido en Europa, creo que ahora en Brasil, México y Chile. Ya no es debate, sino qué hace cada quien según su lectura de la sociedad y sus problemas.

Alguien me dice que su primera preocupación es la pobreza, si bien se reconoce liberal. No, querido amigo. Por la pobreza también se han interesado los fascistas, los comunistas, las agencias internacionales, la China de Mao, y la de sus herederos. Las señoras de la alta sociedad cuando hacen caridad, la Iglesia católica que se ocupaba a la vez de bendecir a las dictaduras híper-conservadoras.

             La preocupación de un liberal es la libertad.

Y ya tiene bastante trabajo. Y puede que si entiende que la libertad es la primera de sus obligaciones, descubrirá que en política tiene que interesarse para comprender cómo «el mercado libre que se autorregula» (lo cual es un mito)  produce la bancarrota de los bancos «con altos costos para espectadores inocentes», como dice Joseph Stiglitz. Y si además se quiere ser partidario de la libertad en el mundo actual, «hay que preocuparse porque la infraestructura legal e institucional necesaria exista» (Polanyi), porque es eso lo que protege a los otros, a los asalariados que pueden perder su empleo, a los jóvenes que pueden nunca alcanzar un puesto estable de trabajo. Y ser liberal es preocuparse porque otros tengan las libertades de las cuales gozamos. Claro, ese liberalismo no le interesa a una cierta izquierda, «que espera salvar al pueblo», ellos, los señoritos de siempre. No se trata de proponerse en mesías de nadie, sino que las clases, «las diversas categorías sociales de nuestras sociedades complejas», llegan a sus espacios de poder o empoderamiento, a las libertades, y no solo los liberales que han estudiado, o los socialistas elitarios que esperan conducirlos a la gloriosa utopía, como masas. No como sociedad civil, de individuos libres y autónomos, ni soñar. Luego te olvidan, o en las siguientes elecciones —si las hay—, votan en contra, aunque te lo deban todo. Por eso es mejor —según ellos— perpetuarse en el poder.

Volviendo al tema: esa polémica es sobre conceptos que están ligados. Son pares contrarios. Y eso que estoy diciendo, se halla en cualquier modesto diccionario.

Liberté, un mot à multiple sens

Libertad, una palabra con múltiples sentidos

«Desde un punto de vista filosófico existen dos orientaciones principales en lo que concierne la libertad, aquella que admite la libertad como una facultad ligada a la inteligencia y a la razón (los Estoicos), y aquella que la considera como un poder permanente de decir sí o decir no (Sartre).»

Etimológicamente viene de libertas, esto es, independencia, libre poder, de liber, libre, de condición libre (no esclavo).  Con Kant se complica: «es la obediencia de la voluntad de cada quien a una ley moral que se prescribe a sí misma». Y todavía más en Rousseau: «el derecho de hacer lo que la ley permite». O sea, somos libres… para someternos.

Kant como Rousseau resultan incomprensibles para una suma de peruanos, que equivale al 99, 98% de la población.  Lo de los “múltiples sentidos”, como que se me hace que friega un poco en Lima. Igual, si consulto el Diccionario  (sí, pues, el maldito diccionario, para no ponerme a descubrir el Mediterráneo en la tres veces coronada villa). Sobre socialismo, dice esto:

«Socialisme. Terme qui désigne à la fois un ensemble de courants doctrinaux  et des mouvements politiques très divers …». Término que señala a la vez un conjunto de corrientes doctrinales y movimientos políticos muy diversos…

Ahí nomás, ya nos salimos del clima limeño. En La República, cuando escribía,  cuando eran liberales para admitir mis puntos de vista, los de los blogs, me insultaban, me decían como insulto, “ecléctico”. Para ellos, lo mero mero como dicen los cuates mexicanos, es ser bien macho, definido, y el que no es marxista-leninista chavista bien decidido no es sino un asqueroso socialdemócrata maricón. No, pues, hablemos claro. ¿Discutimos quién está más cerca de la razón o quién es más hombre? Para eso, hay otros terrenos. Y por lo demás, en ese campo, si soy liberal, he tenido amigos con ‘preferencias sexuales diferentes’, como se dice, y ni a Calvo, ni a mí, ni a Toño Cisneros, nos preocupaba el tema, barríamos con las flacas, hasta donde se podía. Pero los amigos con pareja hombres, se sentaban en la mesa y eran parte de nuestras amistades sin problema alguno. Estoy diciendo, unos decenios antes del mundo actual, que la aceptación de las formas de vivir distintas —que es tema de hoy, desde la familia a mil cosas—, estaba en nuestra conducta. Ser liberal, decía mi abuelita, era ser tolerante y ecuánime ante la variedad interminable de los individuos.

El rival de liberales y socialistas (no sé por qué a estos los llaman moderados, supongo que es por joder) es uno solo: el fascismo. ¿Y cuándo se es fascista? Cuando se considera que hay que sacrificar la libertad en nombre de la sociedad. Y la gran división, la frontera entre unos y otros socialistas, es si unos y otros aceptan o no los principios liberales, que vienen del siglo XVIII, a saber:

– el individuo

– las libertades formales

– la libre opinión

Cuando un socialista dice que ‘no’, ya no es, es fascista. Cuando un liberal dice ‘la economía primero, las libertades para después’, es fascista. No todo el que es fascista sabe que lo es.

Revisen a Karl Polanyi, La gran transformación, la ha reeditado el FCE. Un capítulo me parece decisivo y aterrador, el que le dedica Polanyi a cómo el fascismo se instala justamente «cuando el estado de cosas es perturbado» (pp. 304 -307). Y aparece bajo diversos lenguajes y motivos, en sociedades extremadamente distintas, «a veces fue pacifista, con los católicos austriacos, otras seúdoliberales con los húngaros e italianos,  otras tan bolchevique que los obreros alemanes votaron por Hitler, y por patriotismo en Grecia, Bulgaria». Cuando el capitalismo vacila —y es el caso ahora en estos días– no se abre el camino a las revoluciones, no. Lo “distinto” no es sino lo viejo que regresa. Cuidado. Y si me pongo a decirles que es fascismo larvado en Perú, ya no es carta, 100 páginas, de letra apretada, tipo 8 puntos cambria.

Discutan pero no se maltraten. No veo distancia excesiva entre socialistas-demócratas ni liberales-preocupados por lo social. No se confundan de enemigo. Lo liberal y lo marxista se separó un cierto momento. Ahora acaso es hora de, sino fusionar, respetar que el otro le dé prioridad a uno de sus valores o principios. Pero sin excluir el que le sigue, nada más ni nada menos.

Dos conceptos, por los santos clavos, no se quedan en uno solo, como decía César Hildebrandt por el colorado Belmont, «el animador de televisión con una sola neurona».  Dos conceptos que se combinan, infinitamente.

¿Qué es liberal? También una actitud, una manera civilizada de ver al adversario. Pero veo mucha pata en alto, mucho desprecio, no pues. No me gusta. ¿Y qué es ser socialista? Es la otra manera de hacer las cosas, con el mercado pero no solo con el mercado. Pobre mi definición, ¿no? Pero práctica. Porque del capitalismo nadie se sale, la cosa es cómo lidiamos en la mundialización. Que es enigmática.

¿Qué es lo que soy? Un estudioso de ambas doctrinas, la liberal y la marxista socialista, y escéptico de ambas. Soy un cristiano sin iglesia, un hombre de Estado sin Estado, un profesor sin cátedra, un periodista sin periódico, y saben una cosa, me siento muy bien. Soy libre. Pero no si eso conduce al liberalismo. Hay una cosita ahí que me lo impide. El “ismo”.

Un abrazo, no escribo para que me mencionen, no lo hagan, pero como estamos en clave liberal, hagan lo que les dé la gana ; una sola cosa, no se molesten conmigo, déjenme creer que el desinterés personal y la sinceridad, todavía pagan en Lima.

Bravo, sigan.

27 de diciembre de 2012