Brasil, después de 20 años de un impresionante desarrollo solo comparable con el de China, tiene un PBI de 1’572’000 millones de dólares según la OCDE, 2010, equivalente a la suma de todos los demás países de la América del Sur. En su economía, con 193 millones de brasileños, cabe 3 veces la Argentina, 9 veces Chile, 12 veces el Perú y 92 Bolivias. Con Lula, se creó 3 millones de nuevos puestos de trabajo en el sector de alta tecnología. Brasil exporta productos de bienes de equipo al mundo. Y nada de eso puede ser tratado ligeramente como una «fantasía ideológica» según dijo el Sr Francisco Tudela en el diario El Comercio del 23 de junio de 2013. El teleférico ha cambiado la vida de las favelas. Hoy un enfermo se traslada en 15 mn a un hospital. (Ver: <http://youtu.be/61zvVVyTqYE>)
Leyendo a Mario
La muerte es uno de nuestros objetos de terror por el lado indígena y la herencia cristiana. Es también uno de esos raros momentos de meditación. El instante en que lamentamos ante el amigo o el personaje que perdemos, no haberlo tomado un poco más en cuenta. Es cierto que nunca esperamos que venga, ni para nosotros ni para uno mismo. En los juegos entre los hombres y el azar, la muerte es la artera, disimulada y taimada, siempre nos derrota. Y las palabras de amistad que no solemos pronunciar a tiempo, ante el ausente, queman los labios. Esta nota es un óbito.
Ocurre, sin embargo, que los que conciben cada semana esta revista, Caretas, me acaban de escribir, un tanto extrañados: «en el contorno de Mario Brescia nos cuentan que se frecuentaban mucho» y añaden, «no sabíamos eso». Sí, pues. Es cierto, pero de esa amistad hablé con muy pocos, acaso porque era un grande de este mundo, y de las finanzas, y acaso porque algo en su manera de vernos me inclinaba a la discreción. Era amistad, creo, motivada por una mutua y saludable curiosidad. Don Mario me recibía con frecuencia y no en el local del Continental —República de Panamá— sino en otro solar, en San Isidro. También oficina, ¡pero qué oficina!
Recuerdo la espaciosa sala, y lo que en ella había, con objetos de arte, serenidad y silencio, unos anaqueles poblados de libros que se levantaban hasta el cielo raso. Soy hombre de bibliotecas, incluyendo las privadas, me basta un vistazo para saber si son de decoración o fatigadas por la lectura (lo de fatigadas es de Borges). Don Mario, parte de una atareada familia de banqueros, leía. Y en esa biblioteca ¿de qué hablamos? Del Perú, de sus vecinos, de Europa, la situación mundial, del cielo y la tierra, del bien y del mal, de todo. ¿De la coyuntura política peruana? Lo diré en una línea: queríamos para el Perú una open society. Su modernidad. Y de muchas otras cosas que no vienen al caso.
Por lo demás, me atrevería a decir que le intrigaba mi estadía europea, una vida plagada de viajes de estudio y de libros. Sin duda el velasquismo me había hecho una fama de ogro y descubría un eterno estudiante. Por mi parte descubría un varón con disposición excepcional a abrir su mente a la complejidad del mundo, al azar de la historia, a los enigmáticos cambios que habitan en las sociedades y que, por desgracia, unos cuantos perciben. Hablaba con don Mario como lo hice años con mis amigos sorbonianos o de Oxford, mientras me preguntaba de dónde venían estos Brescia. Es hora de decirlo. De la buena escuela de los jesuitas. Del rigor del capitalismo moderno que no permite ni ilusiones ni errores. Y de la actitud de una elite financiera a la vez atenta a la marcha de las ideas y del conocimiento. No es cierto, pues, que el dinero vuelve fatalmente disipado a los que llegan a tenerlo.
Sin mi pasaje por la Biblioteca Nacional como director, no hubiese podido conocer a don Mario Brescia. Las cosas como son. Fue una suerte. En la BNP hube de descubrir que no le daban presupuesto para libros, ni comprarlos, cuidarlos y menos editar nuevos. Fue entonces que conocí a Carlo Reyes, de la Fundación del Banco Continental. Hicimos muchas cosas, por ejemplo libros (Sueño y pasión, récord de ventas) y el lanzamiento del teatro Mario Vargas Llosa (antes del Nobel, ahí está la gracia). Y todo aquello daba «recursos internos». Ahora bien, don Mario me siguió frecuentando cuando yo dejé de ser funcionario. Una tarde de esas, le conté que pensaba retomar un libro de Jorge Basadre, Chile, Perú y Bolivia independientes. Pero el de Basadre, indispensable, estaba más que agotado. Semanas después, libreros amigos me chismearon que de parte de Mario Brescia estaban preguntando por un ejemplar. Eso fue don Mario, en el dédalo de las finanzas y con ánimos para indagaciones bibliográficas, aparte de su lucidez ante la realidad. Un hombre del mundo del esfuerzo y del ocio inteligente. Banca y Cultura. A veces, como en la era del Renacimiento, esas esferas separadas se reúnen. Es un honor haberlo conocido.
Publicado en Caretas n° 2284 del 23 de mayo de 2013
Para saber más:
http://www.bloghugoneira.com/que-soy/editor/libros-institucionales/sueno-y-pasion-por-el-peru
http://www.bloghugoneira.com/que-soy/conferencista
Asu Mare. Detrás de la Taquilla
Una tarde, conversando con uno de mis alumnos de un curso de doctorado, le pregunto si ya ha visto Asu Mare. Me dice todavía no, pero que su hijo, sí, y «le ha gustado». El padre le ha preguntado por qué, y ese adolescente de la Lima de hoy, responde «me he sentido identificado». Me intrigó. Decidí ir a verla. Dos millones de espectadores es un fenómeno de sociedad.
El Alcázar como cine me agarra cerca. Así está Lima, tiene uno que medir a lo Einstein, el espacio-tiempo. Y fue mi primera sorpresa. La cola bajaba por las escaleras. La segunda fue la película misma. ¿Qué quieren que les diga que no se haya dicho? La trama es simple, se apoya en el «show» de Alcántara. O sea, del éxito de cabaret al cinematógrafo: el adolescente que quiere triunfar y luego de mil intentos, lo logra. Pese a las trampas de la vida urbana y a las distancias sociales. A la «mujer de su vida», encantadora rubia de clase alta, no se la liga cuando adolescente, porque le falla el inglés. La obra es una tierna parodia. Desde la madre, gruñona, jodida, pero amorosa, y el que encarna Alcántara, o sea él mismo, personaje seguro de sí mismo. Pero la seducción de Asu Mare, me parece, tiene otros motivos.
Arrellanado en mi butaca, a los pocos minutos se me vino encima el mundo limeño de los años setenta. Cuando la televisión en negro y blanco era Augusto Ferrando y Trampolín a la fama, y en la radio la voz de Lucha Reyes y en el México 70, en el mundial, el fútbol peruano era Chumpitaz, Cubillas, y goles que estremecieron el Perú como el terremoto de ese mismo año. Cuatro disjockeys hacían la noche limeña en el Ebony o el Mon Cheri. Apenas en sus 2 millones, la capital no dejaba de ser una villa tranquila, menos autos que hoy, menos restaurantes, menos coca, violencia, delincuencia, asaltos, menos todo. E ir a echar un polvo era un viaje inevitable a las afueras de Lima, al 5 y medio. No había hostales. A estas alturas, me pregunté si ese éxito de taquilla era un asunto de nostalgia. La hay pero no la agota.
Miré, entonces, la sala en penumbra. Como en otras, Asu mare la estaban viendo familias enteras y muchísimos jóvenes. Ese fenómeno de sociedad no era un simple revival. Por lo demás, conozco el cine Alcázar y su público habitual. Y ese era otro. El aumento del nivel de vida está igualando a la gente y no podría decir de donde venían. Algo había en el aire. Y entonces me di cuenta. En la platea y en el filme reaparecía un mundo criollo que no se fue a vivir a Miami. Que se quedó y en su propia cultura urbana. Criollos y andinos, caben en la farándula y en el Perú de múltiples rostros. Pero aquí se acaba un mito: solo se es peruano si se es andino. Hay varias culturas. Alcántara expresa una, Dina Páucar otra, dicho con inmenso respeto para ambos. ¿Un filme simpático lo estaba viendo un público simpático? Me puse de pie para dejar pasar a una señora y dos hijas, cosa que siempre hago ante butacas estrechas, la señora no me dijo nada, pero luego me convidó su popcorn. En el Alcázar nunca me habían convidado nada. El gesto me recordó una Lima amable.
Esa taquilla con multitudes no se explica por el marketing como dice un bárbaro en un diario para empresarios. Tiene un sentido antropológico y social: el país plural. No todos los emprendedores vienen del «cholo capitalismo» (Hernando de Soto). Arrancan otros del capital simbólico de la sonrisa y las buenas maneras. El éxito de Cachín no es mejor ni peor que el de Rey de la papa o el espárrago, es distinto. Supongo que por eso el hijo de mi amigo se identifica. Lo de Asu madre muestra que lo criollo también triunfa, si sabe sacarse el alma en el trabajo. También significa que hay dos identidades culturales en competencia. Enigmático filme.
Publicado en Caretas n° 2283 del 16 de mayo de 2013
Me escribe un amigo, Miguel Pons-Couto (*)
No hay plazo que no llegue ni deuda que no se pague
El panorama en la región es de diagnóstico reservado para algunos gobernantes.
Encabeza la lista Cristina Fernández de Kirchner. ¿Asesinaron ella y su hijo a Néstor Kirchner? ¿Se confirma su enriquecimiento ilícito? Está a la defensiva que, de acuerdo a su carácter, la hace más agresiva. ¿Qué nueva locura ideará para salvarse? ¿Sus seguidores continuarán apoyándola o comprenderán que es inútil hacerlo porque va en caída libre y cada uno buscará cómo salvarse? Podrán emigrar y guarecerse en países de donde no sean extraditados. Sus mal habidas fortunas están a salvo en paraísos fiscales servirán para mantener a varias generaciones de descendientes.
Nicolás Maduro culminó su gira para implorar ayuda. Argentina, Brasil y Uruguay lo acogieron y firmaron ventajosos, para ellos naturalmente, acuerdos. El precio que pagará Venezuela será alto porque ha hecho muchas concesiones para salvar el pellejo es su país. Los abastecimientos extranjeros inundarán el mercado venezolano pero la ilusión de abundancia no durará porque la economía se desploma. La farra de Chávez -rico con dinero ajeno- terminó. Ahora viene el tiempo de tormentas que no cesarán salvo que desate una guerra civil para mantenerse en el frágil sillón de ahora se sienta. Chávez se vacunó contra una revuelta militar. Eliminó a los militares que no le eran adictos y los sustituyó por otros que creyó le serían «leales». Pero si la cosa llega a «sálvese quien pueda» saldrán despavoridos porque las milicias chavistas poseen cien mil fusiles y harán uso de ellos no para defender a Maduro sino para asesinar, saquear, robar que es lo que hizo su fallecido líder desde el poder. ¿Por qué no hacerlo si él, a ojos vista, lo hizo? Que Maduro vaya pensando en qué «pajarito» se convertirá para juntarse con su «padre» ideológico.
Evo Morales, el dirigente cocalero que desgobierna Bolivia. quiere, también, reelegirse para completar su revolución «socialista» (¿sabrá qué es socialismo?). Un copista, mal imitador de sus colegas antes mencionados llegó al poder y se mantuvo con dinero venezolano sustraído a los venezolanos por Hugo Chávez Frías. ¿Maduro le dará más dinero o lo descartará de la lista de «protegidos»? Bolivia no tiene nada que ofrecerle para sacarlo a flote. Morales caerá, como caen todos los autócratas. ¿Cuándo? Pronto pero aun no se puede dar fechas. Caídos Kirchner, Maduro y los Castro, caerá, también, él.
Y, hablando de los Castro, hay una ley inexorable de la que no podrán escapar: la muerte. Longevos los dos hermanos, no tienen sustitutos. 53 años en el poder han impedido la renovación generacional. Fidel, que se inició en el socialismo a la cubana, y que curaría todos los males que afectaban a Cuba hasta los años 60, no lo hizo porque derivó en una autocracia con rasgos fascistas y que mata de hambre a su pueblo. No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Van 50 pero ya son muchos. (M. P-C)
(*) Miguel Pons-Couto. Diplomático de carrera jubilado, con cargos en Gran Bretaña, República Popular China, Estados Unidos de América y España. Ha viajado extensamente por países de Asia, Medio Oriente, Norte de África, Europa y América. Analista político. Investigador de historia peruana (siglo XVI) en el Instituto de Altos Estudios Históricos «Raúl Porras Barrenechea» de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Javier Diez Canseco. Sanmarquino y Jacobino
Cuando la muerte cruza el camino de un hombre público, todo un país se estremece. Es el caso. Se ha dicho en estos días, «la política peruana está de duelo».Y se ha dicho también que lo que caracteriza a Javier Diez Canseco fue su militancia de izquierda, el estar al lado de las luchas populares. ¿Pero eso explicaría por qué centenares de personas fueron a los coloniales patios del viejo San Marcos a rendirle un adiós emocionado? ¿Cuál es el signo de una vida? Que fue dirigente socialista desde sus días de estudiante hasta estos últimos años, de la Izquierda Unida de los años setenta al reciente Partido socialista, es algo que todos sabemos. Pero hay otro hecho, el de una actividad precisa, regular, a la que fue fiel tanto como a sus ideas.
1980, 1985, 1990, 1995, 2001, 2011. Javier Diez Canseco fue elegido 6 veces legislador. Resulta sorprendente, la función de parlamentario ha ido cambiando en la vorágine de la vida pública peruana. Pero diputado, constituyente, senador, y por último congresista, Diez Canseco estuvo ahí. Los últimos treinta años, presente en el Poder Legislativo.
Hay un tipo de político —y hablo en extenso y no solo para el Perú— que cree en el principio de representación y en la opinión y la voz de la calle. Esta raza de políticos amanecen en la modernidad tras los clubes políticos del XVIII y en 1789, cambian la historia cuando sus asambleas inventan las repúblicas sin reyes, fuentes de la nuestra. La ciencia política y la historia los llama «jacobinos». Es una familia histórica de grandes oradores. Son radicales que creen a la vez en la ley y en la legitimidad popular. Eso quiere decir el jacobinismo.
Eso fue Diez Canseco. Un tribuno republicano, lo digo sin mengua de su ideología, al contrario. Y no es la primera vez que sostengo esa idea. Hace muchos años, una prestigiosa revista académica en Francia, me pidió un trabajo sobre la izquierda peruana, entonces en auge. Años ochenta, los de Barrantes Lingán. Hice el trabajo, una minuciosa descripción de los 30 partidos de izquierda peruana. Y cuando llegué a Diez Canseco lo describí como «un jacobino». En la simbología francesa es un elogio. Quiere decir, por paradójico que parezca, revolucionario y hombre de leyes. Diez Canseco vivió para la Revolución y el Parlamento.
En lo personal, nunca coincidimos. Cuestión de edad. Cuando el que esto escribe era comunista, Javier tenía diez años. Cuando en los setenta aparecen las izquierdas, y Javier como uno de sus líderes, por mi parte yo era, como Héctor Béjar y Carlos Franco, un velasquista. Ahora bien ¿se puede admirar a un político, con el que no se está de acuerdo? Por mi parte sí. Coincido que en muchos terrenos resulta en nuestros días ejemplar. Incluso el semblante grave, que otros han tratado de «duro». Adusto es la palabra correcta. Qué mal se está usando el castellano. ¿Pero qué semblante se puede tener ante los males actuales del Perú que no sea el de la severidad? Bien podría el Congreso actual hacer enmienda honorable por el mal trato que le impuso, recogiendo sus ensayos, sus libros, y ojalá, sus intervenciones de congresista. ¡Si es que las han guardado como grabaciones! Se apreciará la lógica del discurso de Javier Diez Canseco, su elocuencia a la vez jurídica y pasional. Un hombre con la toga de un antiguo romano en Lima, Perú. Lo vamos a echar de menos, cuando la República vuelva a ser pronto amenazada por algún otro intento de poder autocrático.
Publicado en Caretas n° 2282, del 9 de mayo de 2013



