Kennedy, o la buena voluntad

Written By: Hugo Neira - Nov• 17•13

Cuando asesinaron a Kennedy, me hallaba al borde del mar, cerca de Lima. Los noviembres de entonces eran más cálidos que los actuales, y  con la que entonces era mi compañera, estábamos tendidos en una playa cercana a Lima tomando tranquilamente los primeros rayos de sol. Era un viernes y yo trabajaba por la tarde. Habíamos llevado una radio, un transistor de esa época, y para no molestar, lo teníamos encendido pero bajito. De pronto se interrumpió el programa musical. Una voz femenina daba una terrible noticia. «El presidente Kennedy acaba de ser víctima de un atentado.» Pegué un respingo. «Vámonos» le dije a mi compañera, mientras me vestía apresuradamente. Ya en el auto, de vuelta, rumbo hacia el diario, la radio volvió a hablar: «El presidente de los Estados Unidos acaba de morir. Repetimos, Kennedy ha muerto.» Llegué al diario, subí a grandes trancos al tercer piso, y redacté el presente artículo. Era editorialista, tenía 27 años. En un viaje a los Estados Unidos había conocido personalmente, no a John pero sí a Bob. Que luego, también asesinaron. Esta es mi crónica, en esa mañana limeña color de sangre.

Kennedy, o la buena voluntad

Expreso, Sábado, 23 de noviembre de 1963

 

Ha muerto el Presidente Kennedy y aún no sabemos si por la culpa de comprender que el porvenir de los Estados Unidos depende más de su política exterior que de cualquier otro factor o porque llegó valientemente a enjuiciar el más agudo problema de la civilización norteamericana: la diferencia entre blancos y negros. De uno u otro modo, el mundo occidental y el mundo socialista que no quieren la guerra, han perdido su más vigoroso aliado y amigo.

Son los hechos de la historia, en donde se diluyen los egoísmos del momento para alcanzar el tono y el dolor de la antigua tragedia griega. Una tragedia es siempre una caída, algo que queda inacabado. En Dallas un luchador se ha derrumbado, y ante sus despojos, los ocasionales adversarios tienden hoy las banderas de todas las razas y todos los credos. Solo el partido de la guerra y de la intolerancia, en donde lo hubiera, puede hoy estar satisfecho de la obra de destrucción del odio sobre la vida, de la muerte sobre la esperanza.

He aquí, pues, un crimen que nos recuerda el asesinato de Lincoln. Un crimen cuyas siniestras implicaciones, al ser examinadas una por una, nos llevarían tal vez a suponer el futuro endurecimiento de la coexistencia internacional, el aumento de la tensión en torno a Cuba, e incluso hasta quizás el regreso del climax bélico, de zozobra y peligro universal, como los instantes del conflicto por Berlín, superados y distanciados  por medio de los acuerdos del desarme que perseguía la administración Kennedy en contacto cada vez más estrecho con la Unión Soviética. Es el suceso de Dallas, pues, un suceso de lamentable perspectiva mundial. No se ha atentado sólo contra el Presidente de los Estados Unidos, contra un mandatario elegido libremente por su pueblo, contra una personalidad ardiente y extraordinaria. Se ha atentado, esencialmente, contra el orden internacional, se ha puesto en peligro la paz, se ha disparado contra la humanidad.

¿Es el criminal un racista? Contra el sectarismo él invocaba la buena voluntad. Quizás haya pagado con la vida esas palabras, dirigidas a la nación sobre la cuestión racial: «estamos enfrentados primordialmente con un asunto de índole moral. Es un asunto tan antiguo como las Santas Escrituras y tan claro como la Constitución norteamericana. La médula del asunto radica en si los norteamericanos pueden disfrutar de derechos iguales y oportunidades iguales, si vamos a tratar a nuestros compatriotas como queremos que se nos trate a nosotros. Si un norteamericano, debido al color de su piel , no puede almorzar en un restaurante abierto al público, si no puede enviar a sus hijos a la mejor escuela pública disponible, si no puede votar a favor de los candidatos públicos que lo representan». Y agregaba, «cien años de retraso han transcurrido desde que el Presidente Lincoln liberó a los esclavos, con todo, sus herederos, sus nietos, no son completamente libres, aún no se han liberado de la injusticia, aún no se han liberado de la opresión social y económica, y esta nación con todas sus esperanzas y vanaglorias, no será completamente libre hasta que todos sus ciudadanos sean libres».

Kennedy no aduló a su pueblo. Le impuso tareas, le hizo sentir al americano medio, la responsabilidad de los tiempos. Creó, para encender la fe de su pueblo, la noción de la nueva frontera. Los rasgos de humanitarismo y espontaneidad del pueblo de los Estados Unidos sirvieron a Kennedy para obtener de la opinión pública el aval moral suficiente para arrancar al Senado  nuevas y mayores financiaciones de la ayuda exterior. Sabemos que la Alianza para el Progreso es una faena de solidaridad que lleva su impronta. Mal o bien, con ella se ha alterado radicalmente la actitud de los Estados Unidos para con la América Latina. La ayuda económica se ha cuadruplicado. Quizás no es suficiente aún. O quizás los países latinoamericanos deben cumplir sus compromisos: reforma agraria, reforma fiscal, etc. De todos modos, la idea de la «nueva frontera» nos ha sido beneficiosa.

Dentro de los Estados Unidos encarnó Kennedy la autoridad de la élite intelectual que no había participado, sino tímidamente, en la vida del país. Casi un aristócrata, educado con diligencia y para mandar, no es el típico «self made man», el hombre de la clase media angostado en los provincianismos geográficos y partidarios. De ahí el vuelo de sus concepciones: ayuda externa, derechos civiles para los negros, reforma tributaria, la nueva frontera. Vivió, políticamente, la lucha entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo, y la época de los pequeños grandes conflictos: Cuba, Berlín, Laos, Angola, para la cual pidió libertad a Portugal. En cambio, en el exterior, encarnó al arquetipo del hombre yanqui. Su gesto, lleno de sencillez y energía, cautivó a las multitudes. Parecía recoger las esencias telúricas de su país, el afán por la aventura y el riesgo, la enorme vitalidad que brota de los espacios abiertos de Norteamérica.

Por su mentalidad, carácter y simpatía personal recordaba a Roosevelt. Por su calor hacia el dolor humano y por su deseo de hallar una solución al problema racial, a Lincoln. Sin embargo, ni aun Wilson pudo ver tan claramente como Kennedy cuál era la obligación moral de los Estados Unidos, país de la abundancia, en un mundo poblado por el hambre. De ahí que su interés por el subdesarrollado y el retraso social se manifestara desde sus primeros discursos electorales y en uno, memorable: al asumir el mando presidencial.

Como uno de los héroes de Walt Whitman, Kennedy puede atribuirse estas virtudes: «Porque yo soy el que ayuda al enfermo que gime desplomado en su lecho, y el que a los hombres fuertes y sanos les trae más fuerza y salud».

Publicado de inmediato el sábado 23 de noviembre de 1963, en Expreso, página 10

 

Nota varios decenios después

Fue escrito velozmente, las referencias literarias e históricas, de memoria, así éramos. El autor, parte de una generación que leía apasionadamente, conversaba hasta el agotamiento y se frecuentaba, cara a cara, en la amistad y el debate. Antes del Twitter y cuando pensábamos que el mundo podía mejorarse si se hacía política. O en todo caso, para que no empeorara. Algo de eso ha ocurrido. No hubo tercera guerra mundial. Pero claro, no vivimos en el mejor de los mundos. Vale decirlo ahora a los que llegan a estos menesteres. Los libros, y la libertad de cada uno, y la necesidad de un estilo, y el coraje intelectual de decir las cosas,  son grandes aliados para los que opinan, y para que la Bestia no retorne. ¿Quién es la Bestia? Es el nombre que le daba Albert Camus. Ayer, hoy y siempre: las muchas formas de totalitarismo. Una patología que bien puede venir tanto de la izquierda como de la derecha. Pero explicarlo es otra historia. Por ahora, en este aniversario, recordemos. No fue inútil. Es impensable el Presidente Obama sin el sacrificio de Kennedy, de Martin Luther King. Y del ejemplo de lúcido perdón de Mandela (hn).

El velasquismo, visto por un no velasquista sincero

Written By: Hugo Neira - Oct• 13•13

Harto de ver la mala manera como se entiende el velasquismo, me sorprende la excepción. Es decir el artículo que reproducimos. Sobre el velasquismo se escribe con ignorancia y ligereza, sin comprender su historicidad, sin ánimo de objetividad, sin deseo de ver, como en todo gran fenómeno histórico, el aspecto negativo y el positivo. Por eso me sorprende el artículo de un amigo, Alfredo Vanini, al fin un juicio equilibrado e imparcial. El valor de su texto consiste en que viene de un hombre que por su edad era un niño cuando apareció y acabó el velasquismo. Si así se escribiera, como lo hace Alfredo, tendríamos una historia del Perú contemporáneo objetiva y no el mamarracho que se le entrega a los escolares. El Perú del fin del siglo XX y del arranque del XXI no tiene todavía historiador ni texto. Un puñado de personas como Alfredo nos devolvería un poco la conciencia de nación que ahora nos falta. Algo como lo que hacen Antonio Zapata y Alfredo Vanini por su cuenta y riesgos. Nos corre prisa lo que llama Carlos Meléndez en uno de sus últimos artículos  “la interpretación de los legados”. Felicito a Alfredo Vanini con cuyo permiso edito su artículo. Y propongo a un editor inteligente, si tal existe, que me ofrezco humildemente a un trabajo en equipo para de una vez salir de ese fantasma. (HN)

Ver también: http://www.bloghugoneira.com/biblio-upload/Peru.InformeUrgente.pdf

 

Velasquismo: una mirada distanciada y serena

Por: Alfredo Vanini

 

Todos los años pasa lo mismo: en vísperas del 3 de octubre, la misma letanía, “A mi papá el cholo Velasco le quitó su hacienda”, o “El Perú se jodió con Velasco” o “Velasco atrasó al país”. Frases altisonantes, quejumbrosas, pero eficaces a pesar de su opacidad. Porque lo opaco oculta los matices. El discurso sobre el velasquismo se elabora a partir la inquina personal que violenta el recuerdo, incluso en aquellos que no lo vivieron. Hace unos días, en la página de opinión del “decano”, un delirante artículo hacía el símil con un monstruo de enormes fauces. Argumento hueco y ridículo. En el Perú, un fantasma recorre las clases altas, eternamente: el fantasma del velasquismo.

 

Pero ¿por qué resulta tan difícil recordar cómo era el Perú antes de 1968? Que era un paraíso antes de la llegada de Velasco es algo que ni siquiera la china Tudela se atrevería a afirmar. Un inventario de los elementos de este proceso histórico nos permitiría encontrar el signo correcto de esa experiencia que cambió el país ese año. En primer lugar está el fin de la oligarquía (¡no, señora Barrón, la oligarquía no es una palabra inventada por Velasco!): diez familias que mantenían ahogado todo desarrollo social, educativo y económico, estableciendo relaciones de dependencia absoluta con el capital extranjero y de clientela con los partidos políticos (incluso con el Apra a partir de 1956). Y todo en provecho propio. En segundo lugar, esta paradoja: un gobierno autoritario promoviendo una vasta participación popular, generando movilización social, facilitando la formación de sindicatos, muchos de ellos hostiles al gobierno. Y sobre la marcha, esta otra: habiendo creado fuertes redes en el campo social, el velasquismo se negó —pudiendo hacerlo— a crear un partido único proscribiendo a todos los demás, debilitados tras el desastre del primer belaundismo. No se sometió al apoyo condicionado de Moscú (como aconsejaba Castro) ni tampoco echó mano de la fórmula del partido institucionalizado, tipo el PRI mexicano. Por más extraño que parezca,  la rígida cúpula militar toleró fuerzas anarco-sindicalistas dentro mismo de su burocracia. Confiscó los diarios, es verdad, pero no los parametró del todo: nombró directores de los medios expropiados a gente de pensamiento muy diverso, brindando, sin quererlo, un cierto pluralismo informativo. A diferencia del fujimorismo represor, el velasquismo no tuvo un dogma doctrinario en el tema laboral: favoreció a los industriales y favoreció a los trabajadores. Y fue el primer gobierno en reformar profundamente asuntos ligados a la educación pública, a las lenguas originales, a la situación de la mujer. Todo esto hizo la sociedad un poco más igualitaria. Pero ¿y la democracia?

Que no se me malentienda: creo en la democracia como el menos malo y peligroso de los sistemas de gobierno. Pero ¿acaso no vale la pena conjeturar qué tipo de transición democrática habría nacido del velasquismo de haber tenido éste más tiempo? Aunque suene provocador, ese gobierno introdujo valores de eficiencia económica: promovió industria, hizo leyes y hubo mediación social. Esta triada hizo posible un desarrollo que nos sacó del atraso y proyectó una idea real de Nación. Y de forma pacífica. Cuando Fujimori destruye estos nexos comienza el caudillismo oportunista que hoy vivimos dramáticamente en las provincias. Y de forma casi siempre violenta.

Otro paisaje social nace con el velasquismo. Social y urbano. Y simbólico. Postulo que en el Perú de hoy, todos debemos algo al velasquismo. Ciertos grupos económicos, su enorme fortuna, y el Perú de humillada cerviz su dignidad; la cultura popular su reconocimiento y la sociedad en su conjunto su modernización urbana. Incluso le debemos en gran parte la resistencia frente a Sendero Luminoso (esto será objeto de desarrollo en otro artículo).

 

Pero el odio inagotable de la derecha persiste en escamotear a las nuevas generaciones una mirada distanciada sobre el gobierno de Velasco.

 

Publicado en el semanario Miércoles de política,  02 de octubre del 2013, Lima

Semiótica para un tiempo difícil

Written By: Hugo Neira - Sep• 22•13

Semiótica para un tiempo difícil

Por lo general, quien escribe, asume que es observador singular, sujeto cognitivo. Cognición proviene de gnarus, «el que conoce algo específico». Pero aquí hay error desde el punto de partida. Por saber, lo que se llama saber, yo no sé nada de lo que viene. ¿Quién conoce el futuro? Salvo intuir que lo inmediato parece sórdido, vasto, penumbroso. Por otra parte, no sé qué hago en una revista de jóvenes. Porque  se supone que ella porta, por ser de jóvenes, el futuro, los días venideros, en suma, el optimismo. No es mi caso. Tampoco porto el pesimismo. He sido y sigo siendo un probabilista. Puede que ciertas cosas ocurran, puede que no. Detrás de esa actitud se oculta una lectura personal de la historia y de la vida. Claro está, algo de esperanza debe haber en mi espíritu. La prueba: estas líneas, en esta revista. En esta aventura. Más allá de filosofías, el mundo es lo que es. Y lo real es lo real, aunque no nos guste. Ante las cosas que ocurren en estos días solo me queda decir que son signos malos, muy malos, de lo peor.

Mientras se preparaba la salida de esta revista, casi ocurre un golpe de Estado legal. Los preparativos de una toma del poder sin tanques. Me refiero, obviamente, a los preparativos para copar el Tribunal Constitucional. Era el camino legal pero ilegítimo para, un poco más tarde,  cambiar las reglas de juego. En particular la de quien pueda ser, o no, candidato presidencial.  Sin embargo, la maniobra fue hecha de la peor manera, y resultó una chambonada, de risa y de pena. Ahora bien, como decía mi abuelita que era dicharachera, «no hay mal que por bien no venga». Es cierto, «la repartija» ha tenido un lado positivo. Por una parte, ha despertado una ola de repudio en la sociedad civil. Una rara unanimidad, mezcla de temor e indignación. Y por la otra, una esfera del poder se ha sentido maltratada y agraviada. Hasta la propia bancada oficialista. Es la clase política en su integridad la que resulta amenazada si Palacio lo controla todo.

Pero los idus de marzo no han pasado. En estos días, en la proximidad de que saliera esta revista, les ha vuelto a fracasar otro manotazo. Se intentó adquirir el diario Correo de parte de otro diario que, en los noventa, fue ejemplar en su lucha contra la autocracia personalista de Fujimori y ahora es el Pravda del régimen, y menos mal que las acciones las adquiere el diario El Comercio. Alguien ha escrito que ese fue un día de duelo para la democracia peruana. No veo por qué, es todo lo contrario. Se salvó el pluralismo y los dineros que al parecer por Banco extranjero interpuesto venían de Correa, se quedaron con los crespos hechos. Y ya van dos. ¿Cuántos de otros siniestros intentos de romper la pluralidad política del país y sus instituciones se intentarán en los próximos años? Cualquier cosa menos querer medirse con otras fuerzas políticas en el espacio incierto de las urnas. Eso pasa cuando los que llegan no tienen el talante democrático que el país necesita, y con más razón, habitando en el Caserón de la Plaza de Armas. ¡Qué ganas de imitar el mal de algunos países vecinos, fuera del mapa del progreso y de la lógica de la democracia que consiste en aceptar que todo gobierno es «pro témpore», es decir, está limitado en el tiempo! Esa es la regla republicana. Y ay de quien la falte. La cólera del pobre, decía Vallejo, «tiene un aceite para dos vinagres».

 

Mientras se lanzaba la revista ha aparecido, curiosamente y a tiempo, un debate sobre las nuevas clases medias. Es muy interesante desde todo ángulo político como social. Pero, a falta de tiempo, anticiparé un par de cosas. Es cierto que más de 3 millones de peruanos han dejado de ser pobres. Y aparte que les duele a muchos reconocer que eso es la consecuencia del maldito sistema reimplantado desde los noventa —una economía abierta— no hay duda que hay que reconocer el mérito de esa economía de sensatez que acude a lo que acuden todas las del mundo sensato, es decir a las inversiones externas y sin duda, en el caso del Perú, a una clase de empresarios privados de origen popular, fenómeno que vaticinó el liberal Hernando de Soto. Y que es real. Pero eso no quiere decir que sean ni una clase (son muy distintos entre sí) y menos que sean ya ‘clase media’. La clasificación de las clases es el tema más arduo y delicado de toda sociedad contemporánea por su complejidad. En realidad, son no pobres. Y que sean ‘medios’ dependerá si adquieren dos cosas, una conciencia de sí (K. Marx) y un capital simbólico (Pierre Bourdieu), y eso depende de la educación. Que como sabemos, ha retrocedido.

Entre tanto, nos asombra y preocupa la ligereza con que se toma este tema. Porque esa capa reciente de no pobres está ahora francamente amenazada por el posible retroceso del ingreso, dado que se nos viene encima la crisis. Cuidado, las grandes revueltas se hacen en el mundo que vivimos por los que forman esas nuevas capas sociales, por ejemplo los «indignados», que son pelotones de gente culta o empoderada con el negocio propio, pero que igual unos no consiguen empleos propios a sus estudios y otros, progresan gracias a créditos, que pueden encarecerse. En otras palabras, vienen tiempos nublados. El actual gobierno puede pagar muy caro el inmovilismo económico de estos dos primeros años y lamentar no haberse inclinado por dejar que fluyera al país la enorme masa de inversiones, las cuales ya se han ido a otros países, con economías más ágiles y oportunistas que aquella que se ha instalado, después de veinte años, en el Caserón vetusto de Palacio de Gobierno. Esa era la gran transformación, pero les pasó por delante de las narices. No se deshicieron, a tiempo, de mitos y quimeras.

Cuando salga esta revista estaré de viaje. Voy para volver, cosas mías. Pero ¿qué puede decirles un viejo zorro sobre el problema presente? Un consejo hasta de un conejo. Los siguientes:

1. No examinen la situación presente recurriendo a ejemplos pasados. Es costumbre natural del ser humano pero pésima en ciencias sociales y políticas. Cada coyuntura es singular. Atrévanse ustedes a enfrentar lo real que siempre es distinto y difícil de comprender. No retrotraigan. Un buen análisis no funciona así. Miren de frente a lo que se viene. No le pongan las máscaras de carnavales anteriores. A cada tiempo, su trampa.

2. No se dejen llevar por ese  hábito tan peruano de confiar que siempre nos espera lo mejor. Eso ya no es optimismo sino ingenuidad. No sean crédulos.

 

3. Es hora que se abandone la mala costumbre de confundir la crítica a las cosas peruanas con traición a la patria. La crítica no es el desamor. ¿Quién les ha dicho eso? Todo esto pasa por confundir el amor a la patria con el amor a la familia y en particular a la madre. Pero en unas páginas de Cardoza y Aragón, escritor magnífico, poeta y revolucionario, hallé en una lectura de juventud una lección que no pude olvidar. Cuenta cómo entra con un fusil en la mano, regresa a su país, tan indio o más que el nuestro, y antes de ir a echar a tiros al tirano, en una rara revolución prodemocracia que triunfara, pide a sus compañeros de armas un permiso de una noche para ir a su aldea nativa. Ahí, Cardoza le da un abrazo a su madre y luego parte a la guerra. «Si no hubiese hecho esto», dice en su libro, «el fusil desde la frontera en las manos y el abrazo de adiós a mi madre, habría dejado de hacer lo más hermoso de mi vida» (Guatemala. Las líneas de su mano, FCE).  Se puede amar a los padres, a los amigos, y discrepar a fondo con el estado social de un país aunque sea aquel donde naciste.

Publicado en la revista Punto de Encuentro, n° 1, del  25 de setiembre de 2013

El otro Maquiavelo. Republicano

Written By: Hugo Neira - Sep• 05•13

De Maquiavelo, todos conocemos El Príncipe. O por el rumor, pues se trata del  autor de los Tiempos Modernos el más conocido. O por su lectura de esa obra (tuvo otras) que es corta y fácil de recorrer. Pero muchos hablan en especial de ese libro y sus ideas sin haberlo leído. No, Maquiavelo no fue  maquiavélico. Ni una mala persona. Se conoce, al pormenor, su vida familiar. Tuvo cuatro hijos y una hija,  no hay señales de que fuera un canalla. Aunque insistía cuando llega su hora de morir, que preferiría irse al infierno para seguir platicando con sus buenos amigos humanistas (Strozzi, Buodelmonti) el fraile Matteo le hizo los responsos y lo enterró en la iglesia de la Santa Croce. Ni tampoco El Príncipe es un manual para tiranos o mafiosos.  La ignorancia es insolente, sobre todo en nuestro país donde la flojera para leer es proverbial.  Suelen mencionarlo sin conocer sus obras ni por el forro.

Entenderlo no es tan sencillo. En mis cursos explico a Maquiavelo  después de Aristóteles y antes de otros grandes filósofos de la política. E insisto que con este hombre del Renacimiento se crea la autonomía de la política. Maquiavelo la seculariza (la idea es del profesor Nay). La actividad de la ciudad —en su caso, la ciudad autónoma de Florencia—, la práctica de la vida política es gobernada por leyes distintas a otras actividades y distinta a la moral convencional. No se trata de una prédica de inmoralidad. Con Maquiavelo, con El Príncipe, aparece el principio del realismo. No pretendió cambiar al hombre, “el hombre nuevo” que proponen hoy los partidarios de utopías totalitarias, ni dar lecciones de moral, eso lo habían hecho vanamente, durante mil años medievales, los curas. Inútilmente. Toda sociedad es un campo de fuerzas encontradas. Y en todo ser humano arde la vanidad y la envidia. Y el problema del poder no es anularlo, o someterse. Es conseguir que los hombres, que “sin él se despedazan”, lleguen, Príncipes o pueblo, “al bien común”. Este concepto está en Maquiavelo. Sin él no hay ni Rousseau, ni Tocqueville ni Hannah Arendt. Ni las modernas ciencias sociales. Cinco siglos atrás, nos puso en camino de lo que nosotros los sociólogos llamamos “la lógica de lo social”. Y no lo inspira el mercado sino la necesidad. Como se dice, hay cosas en la vida que no tienen precio.

Pero la terrible lección de Maquiavelo consiste en decirnos cómo son los hombres. «En la generalidad de los casos, se puede decir que son ingratos, volubles, hipócritas, cobardes en el peligro, y codiciosos» (Cap. XVII, El Príncipe). La cuestión que pese a ello se plantea el funcionario de la Segunda Cancillería de Florencia (el primero era el condotiero o jefe político-militar, Soderini) es si merecen ser esclavos. Y la respuesta es que no. Maquiavelo era un republicano. Cuando lo nombra Soderini, tiene 29 años y las ideas muy claras.

Hay que razonar entonces, sobre cuál es la mejor política para que la República de Florencia sobreviva en la fragmentada Italia de entonces. Y es lo que hace. Pero al hacerlo, los Príncipes dejan entonces de acudir a los clérigos. Y eso es lo que la Iglesia no le perdonó nunca.  Así,  a medias buenos y a medias malos (que es lo que somos), los hombres tienen que aprender a obedecer, y los que mandan a admitir el sacrificio que implica la responsabilidad del detentar el poder. No es poco. El gran liberal que es Isaiah Berlin explica, en un texto magistral, la contradicción irresoluble que existe entre la doctrina cristiana y el buen gobierno de la ciudad-estado. Si el Príncipe no espía a sus rivales, no usa la malicia y las armas para defenderse —entre otras perversidades—, puede que sea un buen cristiano pero a la vez un mal servidor de la cosa pública. Un cristiano perfecto hace un monje, pero no un guerrero y menos un político. Maquiavelo en otro pasaje de su célebre opúsculo, usa la metáfora del zorro y el león. Es decir los paradigmas de la astucia y el coraje. Lo que está diciendo es que no se puede ser ingenuo en política. Es riesgo mayor a la cabeza de un reino un hombre iluso o irrealista. O lo que es todavía peor, un indeciso.  Maquiavelo extrae el tema del poder de las ilusiones de la teología medieval. Pero al inventor de la secularización de la política,  los jesuitas se encargaron de combatirlo durante siglos. Prohibieron su lectura, aunque lo leían a hurtadillas. Los maquiavélicos eran ellos.

Maquiavelo introduce el sentido común en el arte que es la política. Un sentido realista que nunca está demás en esos menesteres. Es cierto que lo inspira tiempos suyos de hierro, la guerra misma, sobre la cual publicó un Tratado. (También escribió piezas de teatro.) De ahí sus lecciones de estrategia y táctica, un desplazamiento del arte militar al arte de administrar la ciudad. Pero hizo más. Diseña un campo estricto de lo que es político y lo que no lo es. Comenzó por apartar la religión, un asunto de urgencia en su momento. Tuvo prudencia ante los abusos del clericalismo, enormemente fuerte en su tiempo. Tiempo de los Papas que tenían hijos y ejércitos y territorios  propios. Roma no era lo que es hoy, el Vaticano.  Maquiavelo pensaba, sin embargo, que la divina providencia introducía factores inesperados y a eso le llamó, como los antiguos romanos, “la fortuna”. Hoy le llamamos el azar. Una guerra por ejemplo, una crisis económica. Todo lo que tiene el mundo político y social y económico de imprevisible, incluyendo catástrofes de centrales atómicas y plagas.

Ahora bien, si esto es cierto, la política no puede ser una ciencia exacta. Como comenzaba a serlo en su tiempo, la astronomía. Maquiavelo inventa un saber político sobre lo imprevisible, lo indeterminado. Ningún Estado puede descartar los elementos azarosos.  Eso es lo que recomendaba el prudente Maquiavelo, no desatender la posibilidad del azar. No era como algunos lo suponen, un intrigante, un cortesano, sino un previsor, un observador realista. Según Slieldon Wolin, uno de los grandes estudiosos del maquiavelismo en tanto que ciencia política, el florentino había desarrollado lo que se puede llamar  «una economía de la violencia». O sea,  «una ciencia de la aplicación controlada de la fuerza». Entonces, podríamos imaginarlo —de vivir en nuestros días— de consejero del presidente Obama, preocupándose por las  consecuencias en el tema de Siria. Tanto de intervenir como dejar de hacerlo.  Maquiavelo no se enredaría en la doctrina sino en la ética de la responsabilidad, como la ha llamado en nuestros días el filósofo Jonas. La cuestión capital no está en discutir únicamente sobre los principios, sean de intervención en otro Estado soberano o de no intervención. En uno y otro se puede tardar eternidades, hay argumentos interminables sobre cada doctrina. Ambas respetables, pacifistas e intervencionistas. La cuestión se zanja por otra cuestión. ¿Qué consecuencias? Tanto de hacer como de no hacer. Esa cuestión envuelve ética y política en una suerte de inevitable incertidumbre.

Maquiavelo, en suma, explica la política como la más necesaria de las actividades y, a la vez, como una actividad de lo más difícil. Hágase lo que se haga, siempre será materia de discusión. Y de eso se ocupa la historia. Todavía los franceses discuten si era conveniente apoyar a Bonaparte o no, los americanos sobre su guerra de Secesión y si Lincoln no fue inoportuno con su propuesta de ley sobre el fin de la esclavitud, o de Roosevelt —según dice— dejar pasar la información militar de una nube de aviones japoneses volando en dirección a Pearl Harbor. Nosotros discutiremos hasta la saciedad sobre el error del presidente Pardo de firmar un tratado secreto con Bolivia en caso de guerra, o de dejar de comprar las fragatas que se preparaban en Inglaterra. Así es la historia, la vida, la política: un mundo de decisiones y de no decisiones. Conga va o no va. Y a llorar al río.

Volviendo a Maquiavelo, a su idea de la política como un campo inevitable de conflictividad, enrumbé mi ponencia en el Instituto de Gestión Pública. (*) Hubo, pues, una mesa estupenda y en ella acompañé a Carlos Meléndez, Alan García y Ricardo Vásquez, hay grabación y acaso un día, se la transforme en un documento de uso académico. No puedo opinar que fuera muy buena mesa de debate por precisamente formar parte de la misma, pero esa es la impresión que dejó. Fue, por lo demás,  debate organizado por los propios alumnos, bajo la batuta convincente de Ursula  Aliaga. Y por mi parte,   me limité a escuchar y luego comparar los dos grandes libros de Maquiavelo. Es decir, El Príncipe y el Discurso sobre las décadas de Tito Livio. Menos conocido este último, y sostuve que me parece extremadamente importante. Si en el primero se dirige al Gobernante, a Soderini, su amigo, Gonfalonero de la Señoría de Florencia, en el segundo, escrito como el otro entre 1513 y 1516, se dedica a pensar lo político en los pueblos, las repúblicas, y el concepto de multitud. Un anuncio sobre este cambio temático se halla, sin embargo, en mi libro ¿Qué es República?, «Maquiavelo republicano», p. 77 y ss. En él digo: «Esta obra, concebida como un comentario minucioso de Tito Livio, es mucho más densa que El Príncipe, y se divide en tres grandes partes llamados libros. (…) Ambos textos comenzaron a ser escritos en 1513 y estaban terminados en 1520. (…) Según los eruditos, la composición de El Príncipe interrumpió por un tiempo la de los Discursos (…)». Lo que sí publica en vida Maquiavelo «es otra obra, El arte de la Guerra (Dell’arte della Guerra), publicada en 1521.» Aconsejo que se revise ese texto mío, trata también de cómo era la Florencia de magnates, trata del popolo grosso, trata del aire de libertad. Del tiempo y la circunstancia de Maquiavelo.

Pero he continuado revisando a Maquiavelo y  traigo novedades. Sostengo que el gran libro republicano es el Discurso. Así, un pensador en el exilio y  ese texto en particular atraviesa los siglos porque es subversivo:  propone  construir repúblicas. Siempre me intrigó por qué Maquiavelo fue adorado por los revolucionarios jacobinos franceses. Está claro, no por ser el consejero del Príncipe sino de los pueblos.

Los resultados de mis indagaciones no se hallan en texto alguno. Por el momento, son personales. En el ensayo que preparo va a surgir la figura de Soderini. Y la sombra de una amistad entre el guerrero y el pensador.  Y de esto, casi no se ha hablado. Me sirvo para ello de otros textos de Maquiavelo. Y a la manera de mi maestro Raúl Porras, cuando se planteó el enigma de los años enigmáticos en la biografía de Garcilaso. Porras halla las huellas de la vida del joven Garcilaso en una ciudad sevillana llamada Montilla. Me he preguntado, pues, por dónde fue el errante Maquiavelo. Estoy tras una hipótesis, el momento y lugar en que estos dos hombres extraordinarios, ambos desterrados, Soderini y Maquiavelo, se vuelven a encontrar. Cuando confirme esa hipótesis de trabajo con alguna prueba, la daré a conocer. Un poco de paciencia.

En lo inmediato, y para esa exposición y ponencia, recomendé a mis alumnos y amigos, que tomaran notas. Los estudios cognitivos, en los Estados Unidos, muestran que hay un nexo entre la mano y el cerebro. Si no toman notas, no se acordarán de lo escuchado. Manejar la oralidad, llegar a la elocuencia, es estupendo, pero bueno es aprender también las artes de la exposición escrita. Algo que   nuestra especie ha llevado a cabo, hace 14 mil años,  al descubrir el homo sapiens la escritura. El PowerPoint es el actual opio del pueblo. Las elites se forman tras el arte casi olvidado de saber resumir las ideas que alguien expone. El quehacer intelectual tiene sus recursos, por lo general sencillos. Anotar, indagar, cuestionar, así se forman las  elites que cambian la sociedad y hacen la historia.

(*) Acto académico del 23 de agosto 2013, Instituto de Gobierno y Gestión Pública 

Nota melancólica. El Twitter y Manuel Scorza

Written By: Hugo Neira - Ago• 25•13

Acabo de volver del extranjero. Me voy por temporadas para escribir. En el curso de los últimos días de julio y hasta el veinte de agosto, acabo de concluir otro de mis libros. Es uno corto, de ensayo. Sorprenderá acaso, es un tema entre filosófico y literario, nada que ver con la coyuntura. Lo acabé, mientras espero salga de las imprentas uno mucho más extenso —¿Qué es nación?— de cerca 400 páginas. Y aunque es rigurosamente universitario, no impide incidir, dado el tema, en nuestra construcción fatigada de la nación peruana.

Ahora bien, a mi regreso, en estos días me han sorprendido tres cosas inmediatas. Déjenme, pues, que se los diga. La primera es la manera cómo los políticos (oposición o gobierno) hacen política. No critico, no soy político, entiendo que usen los medios actuales de comunicación,  pero observo y reflexiono. Hoy domingo 25 de agosto en el diario El Comercio, hay un artículo de Juan Paredes en su columna titulado «El autismo en terapia» y que acompaña una caricatura en la que se ve a unos y otros políticos twitteando. El asunto no es que lo usen los hombres públicos, sino, que al extenderse como una moda (¿realmente una necesidad?) entonces, la gente que es la materia de la vida pública, deja simplemente de tenerla. Se atomiza en personas que delante de amigos o familiares, se comunican, tan tranquilos, no con los que están sino con los que no están. Y al parecer, cuentan más para el interesado.

La segunda es que en estos días he tenido la ocasión de observar este hecho, que puede parecer trivial y me parece que no lo es. He visto repetidas veces gente reunida, cada quien  metido en su Twitter. Incluso uno de mis amigos, no sacó los ojos del Twitter mientras me decía «Hola, cómo estás, ya hablamos». Y eso que nos conocemos hace años y es una persona educada… ¿Pero ya no hay vida relacional sino el Twitter? Y lo que es peor, no he visto un uso tan asocial del Twitter en otras capitales del sur de la América Latina.

La tercera,  esta mañana, el mismo diario El Comercio, recuerda, atinadamente, que se cumplen los treinta años en que todos hemos perdido a Manuel Scorza al estrellarse el avión en el que iba a una reunión de pensadores y escritores. Decidí entonces reenviar un artículo mío publicado en 1984, poco después de la tragedia, por el diario Le Monde Diplomatique, a pedido de Claude Julien, entonces su director y gran amigo mío y de Manuel.

Hay un lazo entre estos tres hechos. Con Scorza conversábamos. Como con Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa. Eran los tiempos en que no había Twitter, gracias al cielo. Hoy tengo la impresión que en el Perú no dialogan ni los políticos con los políticos, ni los amigos con los amigos y nos hemos vuelto una extraña sociedad no civil.

MANUEL SCORZA. Biografía ordenada de un mago (*)

Decir Scorza es, para nosotros, evocar muchas cosas. Sin duda, el célebre novelista y la saga campesina que tiene el éxito que sabemos. Tal vez al humanista “impetuoso y desencantado” que algunos han visto en él”. 1 Más secreta, más íntimamente, es también musitar algo sobre un momento de la poesía en el Perú, no sólo de la política sino de la amorosa. Es recordar los años sesenta limeños y a cierto joven y original editor que hizo leer a millares de sus compatriotas. Es dar cuenta de un apasionado político a veces ligado a grandes corrientes populares de su país, como el aprismo y recientemente a un frente izquierdista de obreros y campesinos, 2 y en otras, como francotirador. ¿Cuál Scorza? ¿El de la noche parisina, que recorrió a veces insomne? ¿O el de las prolongadas travesías por el Perú, de donde retornaba sólo para reconstruir la imagen de un país sin tiempo? ¿Cuál Manuel? ¿El de los viajes y los congresos, el brillante que la muerte calló de un manotazo? ¿El solitario? ¿O el profuso: poeta, político, “manager” y novelista?

Cierto, tras Scorza hubo siempre varias actividades, un cortejo de ellas, en duelo desde la noche de Madrid. ¿Cómo preferir una sobre las otras, sin traicionarlo? Será mejor enumerarlas, y ordenar la biografía de ese mago perulero, que pasó de una a otras con una facilidad envidiable. Y no por azar, cuando trazo esta melancólica nota se me viene a la memoria, por eso de la variedad de talentos, una vieja página de Popul Vuh, el libro sagrado de los antiguos indios quichés “eran adivinos, todas las artes les fueron enseñadas, eran cantores y tiradores de cerbatana, flautistas y joyeros…” (II Parte, Cap. I).

El primer Scorza es, pues, un adolescente, poeta y revolucionario. Proviniendo de un país de la América Latina, ello parece normal, casi banal. Se olvida de la apuesta personal y el riesgo. Un adolescente de los años cincuenta ¿en qué espacio político podía colocar su personal revuelto? El castrismo no había todavía nacido. En cuanto a los comunistas locales, eran stalinianos en las formas y conformistas en los hechos. Así, Scorza se hará Aprista: fue ésa la gran pasión del Perú contemporáneo. Un signo que unía indigenismo y antiimperialismo. El partido que fundara Haya de la Torre, entonces también encarnaba un movimiento literario, de reivindicación de la especificidad histórica americana, naroidas andinos, opuestos a una oligarquía blanca. El aprismo político de Scorza, coincide con su poética, situada entre la plegaria y la invocación panfletaria. Mirad las antologías, está al lado de Julio Garrido Malaver, Guillermo Carnero Checa, Gustavo Valcárcel, “los poetas del pueblo”. Es el tiempo de “Canto a los mineros de Bolivia”. De “Epístola a los poetas que vendrán”. De Las Imprecaciones 1954. Este Scorza aprista y poeta es, también, el del exilio. En una nota autobiográfica, escrita antes de su muerte y publicada recientemente por el diario madrileño El País, habla de este episodio. 3

Con humor feroz, esta vez ejercido sobre sí mismo, observa que su deportación a México por la dictadura de Odría fue una obra al azar: publicaba un poema amoroso en la edición el diario aprista La Tribuna, el día mismo en que ese partido era puesto fuera del orden legal. El exilio de México, es el tiempo del pan duro y amargo, y de la tristeza de ver encallar su partido en las tibiezas socialdemócratas. En efecto, al salir de la Embajada de Colombia en Lima, donde había permanecido acosado y recluido cinco años Haya de la Torre, hará unas declaraciones a la revista norteamericana Life, que los apristas en el exilio hallarán escandalosas. El aprismo ya no era lo que fue. Las células de deportados gruñen y Scorza estalla. Su carta de renuncia revela en el poeta del pueblo, un polemista. Tiene sal desde el título Good by mister Haya, Scorza se va del Apra tirando la puerta. Militancia, poesía y poesía amorosa. En México ha ganado algunos premios. A Las Imprecaciones, sigue Los Adioses, 1988, y Los desengaños del Mago, 1961. Desilusión de la realidad y del amor mismo, la palabra del poeta conjura el mal del mundo. Pero hay un valor, un hallazgo, la amistad: Réquiem por un gentilhombre, 1962.

Pocos críticos conocen el origen, la anécdota de este poemario. Una madrugada limeña, amanece víctima de una pateadura, Fernando Quispe Asín, bohemio, pintor de Scorza. Alguien lo habia atacado, fatigado por la insolencia del bohemio, un tanto tomada de los bares de Montparnasse y mal aclimatados a los cafés de chinos sin piedad de los barrios malevos de Lima. Así concluye ese Príncipe en harapos. El crimen quedó impune.¿Quién cantará al marginal, al maldito, en la pacata Lima? Sólo el poeta de la distancia y el retorno, Manuel Scorza.

Hay pues un Scorza del retorno al Perú. Años sesenta, se lo conoce como exaprista, y poeta sentimental e iracundo. Pero él va a revelarnos otro talento. En el país, hay un viento de prosperidad. Coyuntura internacional, guerra de Corea, donde tiende a beneficiar a países mineros como el Perú. La dictadura de Odría ha quedado atrás. Gobierna un oligarca civil, pero hay una posible presión popular, que en los años siguientes se hará todavía más acentuada, hacia la libertad, la ciencia y la cultura. Scorza propone un esquema nuevo de edición y distribución de libros. La venta directa en kioscos públicos, evitando intermediarios que encarecen el producto. Y con un capital tomado de socios y amigos, funda una empresa original, “Populibros”. Y este es otro de los milagros de mago. Como más tarde sus novelas. Pues la gente hará cola en las plazas y calles de lima para comprar libros. Colas de millares, en

una capital que no era la culta Buenos Aires ni Santiago de Chile. Tras el fenómeno, una campaña publicitaria formidable. Y tras ella su promotor, Manuel Scorza. “Populibros” fue un éxito. Y el exiliado, el poeta, se reconvierte al ‘empresarismo’ cultural. Talentos renacentistas.

Va a nacer todavía, otro Scorza. Quizá el definitivo. El Scorza investigador, vuelto hacia los hechos sociales y su expresión narrativa. En efecto, los ojos de los peruanos y de la intelligentsia, se tornan, entonces, hacia la sierra andina. Algo nuevo ocurre. Los campesinos andinos se revuelven. Ya no es más la jacquerie india, tradicional, violenta y ciega. En los Andes del Sur, forman ligas agrarias, tras Hugo Blanco, en la Sierra del Centro más mestiza, se enfrentan a una compañía minera norteamericana, La Cerro de Pasco, desplegando una asombrosa coordinación inter-comunidades. En ambos casos, los campesinos invaden, en ambos, los dirigen sus propias “elites” locales, mestizas o indias. Lo nuevo es la autorganización y la autoconciencia.

Scorza sube a al Sierra Central. Observará y participará. De lo primero, dan cuenta las cintas magnetofónicas, con las que desembarcará un día en París. De lo otro, el trazo autobiográfico en Redoble por Rancas, 1970; y en Garabombo el invisible, 1972. Y también el intento de fundar un “Partido comunal”, es decir, un partido de comunidades campesinas, que no prosperará en el Perú de los años sesenta. Quedará, no obstante, su relación personal con los protagonistas con el “nictálope”, Chacón. Con Garabombo, que se llama en su vida terrestre, Fermín Espinoza. Con Genaro Ledesma, que en la ficción y en la realidad se llama Genaro Ledesma, abogado laboralista. Y en las comunidades de Uchumarca, Rancas, Chiche y Pacoyán, a las que Scorza volverá una y otra vez a visitar.

El mago hará nacer en París el ciclo de novelas que traducen Grasset o Belfond. Scorza será por definición el novelista de las luchas campesinas en el Perú. Pero después de Redoble por Rancas, la imaginación y la fantasía ganan terreno en El Jinete Insomne, El canto de Agapito Robles y La tumba del relámpago. La crítica literaria aplaudirá esa combinación de invención y de verdad de saga campesina e imaginación. Se diría, sin embargo, que es el humor corrosivo y sin límites, el que se va acentuando, en su novelística. El poder sobre la metáfora sobre la inicial voluntad documental. Los últimos días de Scorza son eso. “Véritable découverte de l’Europe”, un campesino llega a la convicción, anclado en una aldea andina, de este par de cosas: no todo lo que dicen los diarios es mentira y, además, es probable que Europa exista. La historia es el relato de los preparativos de ese viaje. La historia de Colón, al revés. La antihistoria, la picaresca.

¿Qué nos pregunta Manuel? Tal vez menos la narración indigenista y más el ingreso, por el lado de la sátira, al universo mental de lo mestizo y lo criollo. Hubiera sido una empresa saludable. Hay mucho de ello ya en las cartas del niño Remigio. Hay, pues, un Scorza final, entre la narrativa y los viajes. Pero el más audaz de ellos no pertenece a este mundo, sino al de la ficción y la imaginación. La novelística de Scorza, es preciso decirlo aún en esta rápida nota biográfica, no es sólo testimonial. Es una vasta metáfora. Tras el novelista, está el poeta. Sus indios, mágicos y míticos, son indios literarios. Y sólo se lo debe leer en segundo grado. Las comunidades en las que se ancla su información son en realidad más mestizas que “indias” y más realistas que mágicas. En otras palabras, las novelas de Scorza valen no tanto porque son indigenistas, sino porque las escribió Manuel Scorza. Es decir, un peruano, extremadamente hombre ya de varias orillas culturales. Yo no puedo suplantar al amigo desaparecido, pero puedo razonar qué es lo que Scorza intenta, tan mal comprometido con sus críticos y se trata de dotar a esa vasta y real rebelión andina de una mitología. Está más cerca de la narrativa, de las epopeyas clásicas, como el Mahabharata hindú y La Iliada, el Orlando Furioso, y hasta el esperpento de Valle Inclán (que conocía y frecuentaba) que del indigenismo clásico de un Ciro Alegría o un Arguedas. No creo muy fundado que escribiera de los campesinos porque del lado materno provenía de éstos. Scorza es limeño. Y escribe su saga, para darnos a los no indios ese suplemento del alma, de pureza y densidad histórica que sin ellos, no tenemos. Ni más ni menos.

Hay pues, ese Scorza casi secreto. Casi: quedan sus entrevistas, sus ensayos, sus artículos periodísticos. Cuando se quiera conocer las calidades no de un indigenismo primario sino de la intelligentsia latinoamericana, habrá que acudir a sus testimonios, a Scorza por ejemplo. ¡Qué lucidez, qué inteligencia de lo que nos acompañaba! Algunas de sus características personales, que echaremos para siempre de menos sus amigos —versatilidad, curiosidad universal, prontitud del juicio—  son  representativas de una capa social, inquieta y alerta, de donde emergen escritores y políticos, los grandes rebeldes del continente. Esa intelligentsia latinoamericana, tan próxima a la rusa del XIX, tan sólo por su juego de distancias y acercamientos con la cultura europea, y por la búsqueda de identidad, de libertad y justicia social que la signa.

Es a ese prestidigitador al que ahora evoco. Al hombre amable, que no interrumpió nunca ni el encuentro ni la palabra. 4 Hace tan poco, en setiembre, cuando Héctor Béjar pasaba unos días en París, Manuel por azar llamó por teléfono; y, a medianoche, atravesó París para vernos un momento. Fue, entonces, como siempre, la fiesta verbal. Hasta las luces del alba. Eso era Scorza. Poderosa mente. Alguien con quien, en treinta años, pese a las discrepancias, era imposible romper. No es tiempo ni lugar para indicar en qué consistían. Sólo conviene establecer que existían, y así, con otros amigos. Pero, ¿cómo dejar de frecuentar a ese mago, a ese seductor ? Sólo el estallido en el cielo de Madrid…

Revista Socialismo y participación, CEDEP, Lima, 1984

http://www.bloghugoneira.com/wp-content/uploads/2012/02/ScorzaSocyPar.pdf

(*) Originalmente este artículo fue publicado en francés en Le Monde Diplomatique, n° 358, en enero de 1984 (“ Manuel Scorza. Biographie réordonnée d’un mage ”)

1 Yann Queffelec, en Le Nouvel Observateur , viernes 2 de diciembre de 1983.

2 El FOCEP. Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular, participó en las elecciones para una Constituyente en 1978, obteniendo 433’413 votos, sólo detrás de APRA y del PPC (Partido Popular Cristiano). En 1980, volvió a intervenir en las Presidenciales, obteniendo una senaduría, la de Genaro Ledesma. Scorza era su Vicepresidente, con Laura Caller Ibérico.

3 Manuel Scorza. Fe de erratas, en El País, lunes 5 de diciembre de 1983.

4 No había en aquel entonces, Twitter. Todavía la gente se veía cuando se comunicaban. Eran los tiempos del homo sapiens y hoy los del hombre ocular, que dice el gran Sartori, y del videopoder. Pero ver no es ni pensar ni conocer. Sartori ha escrito sobre los riesgos de la deshumanización (otro más) y en consecuencia, de los fascismos suaves, que nos esperan a la vuelta de la esquina. Sigamos twitteando, y que Dios que dicen que es peruano, resolverá lo que nosotros, tan entretenidos con los nuevos juguetes, no habremos sido capaces de resolver.