Perú, la puerta giratoria

Written By: Hugo Neira - Ago• 30•21

En junio del 2014, comencé a escribir estas crónicas. Pero el tiempo del reloj y su cronometría no coincide con la cronología que según la academia, «es la ciencia que tiene por objeto determinar las fechas de los sucesos históricos» (Diccionario, Julio Casares). Eso será para otros países y naciones, no el nuestro. Sería fácil decir que retrocedemos, pero no es cierto, el pueblo aprende más que antes. Pero tampoco vemos que progresamos. Qué situación es la nuestra, ni para atrás ni para adelante. Estamos en una espiral, de ahí la metáfora de lo helicoidal. Por eso, al amable lector le he compilado otros momentos en que creí que resumía la realidad, pero en la farándula de nuestra vida pública, nada se va del todo. Todo da vuelta, activos que creemos que son cadáveres. Una suerte de carnaval en el que danza la muerte y la fiesta. Y es por eso que al terminar de mostrar mis artículos anteriores, acudo no a politólogo o alguna disciplina racional sino al tema de la cultura, en alguien que se nos fue, Julio Hevia, que jugando y conociendo nuestra jerga, sabía cómo somos los peruanos, la inestabilidad como regla de vida. Aquí van, pues, párrafos de mis artículos, principalmente de este diario, El Montonero.

Este es el primero:

«Las urnas recogen votos que expresan repugnancias y esperanzas, sospechas y convicciones. Todo eso es cierto, pero no puedo tratar ambos temas —razón y pasión— en una sola crónica. Solo digo, cuidado, pasión es una cosa, pasarse es otra. Quien gane, Keiko o PPK, va a necesitar del otro. Los años que vienen van a ser duros. Que la campaña no los enemiste al punto que no puedan establecer más tarde alianzas, sin duda puntuales, en nombre del interés público y la gobernabilidad. La política no debe dividir a los peruanos. Tampoco fusionarlos, no es gastronomía. «La política es el arte de las separaciones» (Pierre Manent). Mayorías, minorías, etc. Por mi parte, no me muevo en una lógica de partido o de ideología. Sino en lo que el país necesita. Resulta paradójico: urge a la vez debate y paz social. En las grandes sociedades modernas, van juntas. A ver si aprendemos a vivir esa conflictividad que se llama la libertad y la democracia, en desacuerdo pero sin agravios personales.» (De  la política y de odios. Una medicina: P4R-P4D, El Montonero., 13 de mayo de 2016)

Calma chicha y presagios de tormenta                                                    

«El presidente electo no se ha puesto todavía la banda. Ni se han instalado los legisladores. La calma chicha es un término marinero. Cuando las naves necesitaban de vientos. Los marinos entonces aprovechaban para revisar la nave, los garfios, los cabestrantes. Sobre todo el casco, parte principal de la embarcación. Por lo demás, no me sorprendió el hecho que Keiko no ganara la presidencia. Véase la sumilla de mi artículo en  El Comercio un 1° de mayo (“Vamos a los hechos. Keiko tiene bancada, pueblo y partido. Y precisamente por todo eso, puede perder. Así somos”), mucho antes que los resultados de la segunda vuelta. La suma de fuerzas nuevas, en vez de afianzarla, ayudó a que el entorno de PPK volteara la campaña. Así son las cosas en nuestro país. Se gana Palacio con rumores. Ahora nos toca saber qué es lo que sigue. Somos un país de régimen presidencialista. Y la política son decisiones. Y es perfectamente legítimo que las cartas de la baraja del poder no se bajen hasta su hora cumplida.» (El Comercio, 9 de julio del 2016)

Hacer política en un país de negociantes           

«En Lima se recibe a los presidentes con ramos y se les despide con vía crucis. Y entonces me pongo a pensar y me pregunto si los políticos tienen que tener ego o no para la locura de hacer política en el Perú. O sea, mover voluntades e inercias mil. Lo tuvo Nicolás de Piérola. Al ego del «Califa», cuando tomó Lima con sus montoneras, y al sistema que montó, debemos el periodo de progreso material más prolongado del Perú, o sea 1895-1930. Con estabilidad que ya quisiéramos hoy. En nuestro siglo XX, los pocos grandes políticos obraron gracias a un ego gigantesco.»  (El Montonero., 06 de junio de 2016)

Del presente impreciso                                                

«La vida peruana oscila entre dos polos, la politización extrema y la indiferencia. Ninguno de los dos es saludable. Lo primero es el placer narcisista de las elites políticas, la política como una actividad para unos cuantos, tanto para los revolucionarios como los liberales partidarios del mercado que nunca faltaron. Pero los primeros acaban con presidentes Gonzalo en prisión, y en cuanto a las corrientes políticas legales de nuestros días, sin duda que llegan a contar con mayorías en el Congreso, pero lo cierto es que se pueden esfumar. Miremos nuestra historia. Y para decirlo en peruano y en lenguaje popular, cuidado con creérselas. […]

Aquí en Perú está pasando algo terrible. En el pueblo, no quieren partidos. Los usan, que es otra cosa. Eso es lo que sienten los gobernados. En cuanto a los gobernantes, no les gusta el Estado. Son utópicos del todo mercado. Se sabe los enfrentamientos entre facciones de la tecnocracia limeña. Y sin embargo, esta es una democracia. O pretende serlo. Octavio Paz, sin embargo, sostuvo que en la democracia no hay absolutos “… ni un proyecto sobre el futuro: es un método de convivencia civilizada, no se propone  cambiarnos ni llevarnos a ninguna parte, pide que cada uno sea capaz de convivir con su vecino, que la minoría acepte la voluntad de la mayoría, que la mayoría respete a la minoría, y que todos preserven y defiendan los derechos de los individuos». No creo que estos principios elementales se están cumpliendo en mi país, donde los elegidos, de Presidente a congresista, se insultan. ¿Un favorcito que les hacen a los diarios, que no venden si no hay injurias? ¿Y cuando de más arriba venga, mejor? ¿Los diarios chicha? ¡Pero si todos nos hemos achorado!  (El Montonero., 29 de agosto de 2016)

¿Qué nos pasa ?

«En una tesis francesa se explica los regímenes hispanoamericanos de esta manera: «sufren de una recurrente inestabilidad, de la rápida rotación de los equipos en el poder, en todos los escalones, y en todas partes, por la falta de respeto a las reglas institucionales de sucesión, por la incoherencia o la desaparición de una vida parlamentaria regular por el recurso a la fuerza». Ahora bien, esa sinopsis está pensada para los inicios del siglo XIX. Y lo malo del asunto es que describe la actualidad. La invención política en Bolivia, Ecuador, Perú, es obra de Marie-Danielle Demélas (IFEA-IEP, 2003). La profesora describe un mundo poscolonial de parentelas, grandes familias y la importancia de los vínculos, «el destino de un político dependía de estrategias familiares». Reinaba «el arte del compromiso ». Dos siglos más tarde no somos muy distintos. (…)

El pattern de la desunión habita en la disputa entre San Martín y Bolívar. Y se establece como regla en el XIX con los caudillos. Salaverry, Gamarra, Santa Cruz, Castilla, Cáceres. La guerra de todos contra todos. Solo a fines del XIX, uno de ellos, Nicolás de Piérola, tras una alianza con los civilistas, gobierna en paz. No dura mucho. Leguía llega al poder para desterrar a los civilistas. En el Perú siempre hay alguien a quien conviene excluir. 

El siglo XX confirma el hábito inquisitorial de dividir el país en perseguidores y perseguidos. El aprismo y el antiaprismo son los actores de una interminable guerra civil que arranca en 1931 y acaba en 1956. Cuando el aprismo ya no es insurreccional no es preciso tocar las puertas de los cuarteles. Pero el velasquismo será la nueva dicotomía. Y en los 90, cuando pensábamos que esa matriz nefasta era cosa del pasado, el pattern de la división regresa. Primero lo encarna Sendero, ora a favor, ora en contra. «Los hondos y mortales desencuentros» de Iván Degregori. Luego Alberto Fujimori. Otra vez negro o blanco. (Perú, la nefasta matriz y el pasado presente, El Montonero., 11 de julio de 2016)

«¿Hay todavía pueblo en el Perú? O es la victoria de Saga Falabella y Ripley y la hegemonía del pollo a la brasa, y tras la movilidad social, ¿el que está un poco arriba cholea al que está más abajo?

En todo caso, los partidos políticos eluden cuidadosamente esa denominación. Nada como echarle un vistazo al ROP (Registro Oficial). El del Presidente electo es “Peruanos Por el Kambio”. ¿Pero quién se opondría al cambio? Nadie. Y lo de “Fuerza Popular” dice fuerza no dice pueblo. Otros llevan membretes elusivos, vagos, de lo más impreciso posible.  La “acción”, dice uno, y añade lo de “popular”, no es lo mismo. Lo es una vedette de Chollywood. Otro dice que es “humanista”, otro “popular y cristiano”, muy respetable pero no aparece el populus por ningún lado. Otros son como propósitos de enamorados, “Siempre Unidos”. Otro se dice “nacionalista” ¿pero quién no lo es? Hay hasta un “Frente Popular Agrícola”, o sea, los industriales no cuentan. Y lo de “Frente Amplio”, se nota que es amplísimo, cada semana expulsan a alguien. En general son ambiguos. Temen intimidar y prefieren la finta, pero su deliberada anfibología los delata. No quieren pueblo sino votantes.» (Pueblo. ¿Ha dicho usted pueblo? El Montonero., 12 de setiembre de 2016 )                                                            

2021. O realismo o colapso

«El proceso electoral ha puesto en escena varios rostros y nombres cargados de  sentidos y de votos. A saber, Verónika Mendoza, Alfredo Barnechea, Julio Guzmán. Son outsiders y agrego César Acuña, tirando a “chicha”. Son cuatro, y no es poco. Me preguntan ¿a quién van a respaldar? Dudo que tengan capacidad de endose. Creo en cambio que cuentan mucho. Van a seguir en la escena política, es su derecho. Pero ¿qué pasa de aquí al 2021?  2016-2021, quien gobierne, las tiene difíciles. Los años dorados de fuerte demanda externa han acabado. El ritmo de crecimiento de la economía mundial, según el FMI, el Banco Mundial, y otras fuentes, va a ser bajo. Y eso golpea al mundo y en particular a la América Latina. Llamaré a esto el factor A.  Hay un factor B, la situación interna. La conflictividad va a continuar, protesta social y los denominados socioambientales, más la persistencia de la pobreza. El retorno a la democracia, ya van 23 años, se ha hecho en un clima de crecimiento económico, por lo menos hasta que asume Humala. Pero sin merma del descontento. En cifras, subió el PBI y el per cápita, pero la mayoría de peruanos no lo percibe así. Las urnas han sancionado a dos expresidentes. Lo dice Carlos Parodi, Universidad del Pacífico, al no alcanzarse el bienestar, “los resultados en el campo económico son insuficientes” (Perú 1995-2012). Y encima se nos vienen años de vacas flacas¡!» ( El Comercio,  01 de mayo de 2016)

La tercera vuelta. Democracia, sociedad peticionaria y ñeque           

«Lo que voy a decir es políticamente incorrecto. Así se llama en Lima cuando se dice las cosas como son y no como nos gustaría que fueran. Tengo una discrepancia de fondo. La lid electoral pronto va a acabar pero seguirá la protesta social. Gane quien gane. La paradoja de la vida peruana, que explico en un libro que tarda en salir, consiste en que economía y sociedad marchan por caminos distintos, riesgosamente. Hay una demanda popular cada vez más irritada. Estuvo tras el voto por Humala y ahora tras el voto por Keiko. No es de izquierda. Pero es protesta. Mientras los índices de progreso macroeconómico son estables e incluso prósperos, se acrecienta la inestabilidad política. Es paradójico, pero es así. Para Perú, la estadística es clara. Disminuye ostensiblemente la pobreza, crece el ingreso per cápita, en 1980 unos US$ 890 a 4200 en el 2009. ¿Y qué ocurre? Bloqueos de mineras, frentes regionales. Bagua. Conga. Tía María. Crece la riqueza, crece el desorden. Cómo se nota que no hay Estado.

En los altos mandos de empresas internacionales no quieren ver que la prosperidad económica del Perú se acompaña de un feroz descontento. El  Establishment, en especial el que controla un poderoso sistema mediático, quiere ignorar ese aspecto de la realidad. Sin embargo hay bibliografía, por ejemplo Desco. Cada año lleva la cuenta de los conflictos. Van en aumento. Muchas cosas se han dicho sobre ese crecimiento que a la vez es malestar. «Los resultados obtenidos en el campo económico son insuficientes» (C. Parodi, economista de la Pacífico).

En las altas esferas del poder económico deberían preguntarse un par de cosas. Si el pueblo, para decirlo así, estuviera contento con «el modelo», entonces, ¿por qué los expresidentes, protagonistas del auge aunque no nos guste reconocerlo, casi no han tenido votantes? Me refiero a Toledo y García. Por favor, no juguemos. Hay un problema de fondo. Mi discrepancia proviene de un examen realista de la sociedad peruana. Cierto, el país de abajo ha cambiado. Es verdad de Perogrullo que aumenta el consumo y a la vez, malsanamente, una suerte de fiebre de oro que hace que cada peruano quiera ser rico a cómo dé lugar. El nuevo mal peruano es la pérdida generalizada de escrúpulos. Por eso Carlos Meléndez lo llama «el desarrollo achorado». Por mi parte observo esa capa de nuevos ricos, unos honestos, otros de súbito éxito. Los he llamado «lumpenburguesía». La diferencia hay que hacerla caso por caso para que justos no paguen por pecadores. Pero a cada político se le pegan como lapa operadores mafiosos, dejémonos de cuentos.»  (El Montonero., 23 de mayo de 2016)

¿Por qué Julio Hevia? El autor de ¡Habla Jugador!, nos trajoalgo más que un buen libro, el compendio para reírse de cualquier cosa, evitando la tragedia. (Eso para los griegos, entre nosotros, no hay sino comedia). Se nos fue, pero conocía tanto como 20 psicólogos o 30 antropólogos  esa cultura que llamaríamos criolla, en todo caso, distina a la andina, y que viene desde el otro mundo, a decirnos cómo somos. Difícilmente tomamos las cosas en serio. Luis A. Sánchez calificaba al Perú de «país adolescente». Pero maestro, eso era posible para el siglo XIX y acaso algo del XX. Pero hoy es un anciano, pero frívolo, incluso cuando nos vamos al abismo.

Hevia: «Nuestra cultura, todos los sabemos, no ha sabido otorgarle un lugar al largo plazo, en nuestro mundo ignoramos lo que significa la cultura del proyecto. En el Perú hasta para hacer un brindis hay que apurarse, sacudir el bazan, hacer correr al vasallo, verse con basadre y afanarse en la compulsión vacilante del vacilón. En Lima, por ejemplo, la mayoría sale de su domicilio cinco minutos después de la hora y luego putea hasta el infinito, evocándose en ese acto a las madres de los involucrados en la periferia, homenaje vertido e invertido por todos los hijos de la gran teta, por todos aquellos que siguen dependiendo de su mai. Las horas pico de nuestro tránsito vehicular coinciden y se nivelan milagrosamente con la rabia e indignación de todos los conductores, con el virus de su impotencia y el egometro de su intolerancia.»

«Ya sabemos que nuestra cultura es la del recurso y de su gemelo, el apurado ingenio de la víspera.»

Pues bien, amable lector, ¿cómo cree usted que acabe este vacilón?Ni siquiera estamos en un infierno, sino en un limbo.

Publicado en El Montonero., 30 de agosto de 2021

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¿Adiós al Imperialismo?

Written By: Hugo Neira - Ago• 23•21

¿Por qué es tan discutido el retiro de las tropas norteamericanas en Afganistán?  ¿Es Trump y ahora el presidente Biden quienes confirman un decaimiento o tal vez un ocaso?  ¿Es el fin de la hiperpotencia pero resultaría riesgoso para el equilibrio planetario que no exista una potencia gendarme?

Es uno de los riesgos de la mundialización —aparte de las pandemias o una crisis bancaria como la 2008— lo que ocurra en cualquier momento. Años atrás, lo que llamamos hoy Afganistán se descompone porque desaparecen los imperios persa y mongol. Y los británicos pretenden colonizarlo pero son derrotados en 1839-1842 y 1878-1880. Lo vuelven un Estado «tampon» (tapón o colchón), cuando el territorio afgano es imperializado con los británicos y los rusos. Tiene desde entonces unas fronteras internacionales. Por una parte, se intenta una modernización. Por la otra, la construcción  de un Estado, y tienen un Rey, Amanulá, que se apoya en un fundamentalismo religioso.  Pasa el tiempo y en contexto de la Guerra Fría, Afganistán juega a estar con el Este y el Oeste, sin dejar de ser un país al 90% rural. Y crece su actividad militar que, al parecer, es la única forma de reprimir las revueltas tribales. A partir de los años 50, hay acuerdos con la URSS, y la infiltración de los soviéticos es evidente en las Fuerzas Armadas afganas. Sin embargo, en el siglo XX, nada de esto conmueve o preocupa a las grandes potencias. Y podemos preguntarnos por qué no interesaba lo que ocurría en Kabul. (Estos datos provienen del Dictionnaire historique et géopolitique du 20° siècle, de Serge Cordelier.)

Tuvieron una monarquía constitucional, pero el 27 de diciembre de 1979, en plena Guerra Fría, 100 mil guerreros soviéticos penetran en el territorio afgano. Por cierto, esa estrategia aumenta la tensión entre soviéticos y americanos. Y lo que ocurre es un gigantesco desastre de las tropas soviéticas. Algunos consideran el apoyo en armas que recibieron los guerreros afganos, y otros lo atribuyen a la movilización popular en Afganistán en nombre de un concepto religioso, el jihad. La «guerra santa». Por otra parte, hay especialistas que dijeron que la resistencia con guerrillas fue tan poderosa que se evaluaba en Moscú esa derrota, y la duda de la calidad de las fuerzas militares rusas. Es probable que eso retuvo, en los últimos días de la URSS, un intento de enfrentar a Europa y los Estados Unidos, con una invasión en el territorio de la OTAN. Y desde esos años el surgimiento de los talibanes, el apoyo de Pakistán, el terrorismo de Osama Bin Laden, los atentados a las embajadas norteamericanas, cinco millones de refugiados, y la ausencia de cuadros capaces de contener a los talibanes. En Rusia, era ya la era de Leonid Brejnev, y luego Mijaíl Gorbachov, que retiró sus tropas. Era ya la hora de la perestroika, la reestruturación de lo que fue la Rusia soviética. La cuestión es, aparte de la irresponsabilidad del juego de las potencias en un país asiático, por qué hoy nos inquieta. Y eso es porque en la era de la mundialización que es este siglo XXI, nada está lejos. La geopolítica actual es global. Por eso es que en estos días se preguntan cuál será la consecuencia de retirar las tropas americanas.

La otra cuestión es los Estados Unidos de este tiempo. Una revista internacional se atreve a dedicarle un número completo. El título de ese número, es «¿Qué nos queda de la potencia americana?». Y luego reúne no unas opiniones y escritos de los EEUU sino de diversos países. Por ejemplo: «Los tres temores de América. La campaña presidencial del 2016 revela el nuevo rostro de los Estados Unidos. Un país invadido por la angustia, la cólera y la sensación de un declive». El autor es cronista israelita, en el diario Haaretz, diario de Tel Aviv. No podemos, pues, decir que se trata de algún marxista o comunista. Lo que ha ocurrido en América cuando Trump, «su popularidad hace sudar frío a un judío». No es que sean nazis pero el pueblo judío tiene una experiencia en esas metamorfosis de la gente y la sociedad. El cronista dice: «Están cambiando, con una fuerza que puede ser la nueva mentalidad americana». Y recuerda que «la América blanca y cristiana está a punto de volverse minoritaria». Ya no es la actitud de Barack Obama. «Hay un resentimiento, una sombra horrible».

Pasemos a otro continente y sociedad. Un diario ruso. Un periodista en Moscú. «Los Estados Unidos no están en condición de manejar el mundo. Es el fin de un consenso que dictaba, después de los años sesenta, la política extranjera». Y eso de que eran «el líder del mundo» ya no es posible. Podríamos decir al cronista ruso que tampoco la Rusia actual es la gran potencia de los decenios de la Guerra Fría. Sin duda los Estados Unidos de estos años no son los de los días en que acaba la II Guerra Mundial, en 1945. En ese momento, tenian el 70% de la producción industrial (en la cual se cuenta la producción militar). En estos días se acumulan los errores de los presidentes en la Casa Blanca. Alguien dice: «Siria es el cementerio de la credibilidad americana». El crítico lo dice en el The Washington Post. Se le critica a Trump por su inacción¡! Por otra parte, en Washington señalan que las tensiones raciales que son parte de la ascención de Trump son «un golpe feroz al prestigio de los Estados Unidos». Eso vino cuando unos policías mataron a un negro que no había hecho nada de malo salvo tener la desgracia de ser black. La revista es Foreign Policy. Nadie firma, me parece más bien un editorial. ¿Y si miramos los Estados Unidos un poco más lejos?

Desde Pekín, desde la potencia china que está alcanzando a los Estados unidos en diversos indicadores económicos y comerciales, sobre esta situación inestable le decían a Trump: «Las reglas han cambiado, señor Trump». Y luego: «Los Estados Unidos no son de ningún lado el interlocutor de los países emergentes» (en el Huanqui Shibao o el Global Times de Pekín, tabloide bilingüe de dos millones de lectores). Sin embargo, tienen bien claro lo que todavía son los Estados Unidos. «América sigue siendo el más grande centro mundial de innovación tecnológica, y son igualmente el primer agente de cultura y objeto de consumo cultural de masas. El país continúa a ser el lugar más fuerte de la ideología occidental. Son su hard power tanto sus Fuerzas Armadas, conservando una posición inalcanzable, como su finanza y sus extraordinarias competencias en el dominio del Internet, lo cual contribuye a su supremacía».

Pero, en la mentalidad china (que conocí), en ese país el tiempo no tiene la misma prisa que en el mundo occidental. Y el mismo periodista añade: «Pero es necesario ver cómo el mundo está en proceso de cambio, las fuerzas dominantes tradicionales van a dispersarse. Y en particular en los países emergentes».

Las dudas de Trump y acaso del actual presidente es «América primero». Es una postura que parece sensata. Y de hecho, durante su gobierno, ha roto con diversos acuerdos de tipo internacional. Hay un gran deseo de replegarse. Pero mire usted lo que le dijeron a Trump desde el Wall Street Journal: «Si los Estados Unidos se aislaran realmente del mundo entero como lo desea una parte de la población —sobre todo los trabajadores—, las consecuencias serían terribles». Esto lo firma un especialista formado en Oxford, Richard N. Haas. Y como geopolítico, si eso ocurriera, sería un caos total.

Es curioso. Durante decenios hemos rechazado a fondo el imperialismo americano. Y ahora nos encontramos con la posibilidad del fin de una hiperpotencia y sus consecuencias. Algunos dicen que los Estados Unidos tienen una influencia en el equilibrio de las grandes potencias, pero hoy limitada. Un profesor de la universidad de Harvard, Stephen H. Walt, sostiene que los Estados Unidos «deben estar menos en la escena continental». Pero por mi parte recuerdo una conferencia que escuché en el Instituto de Ciencias Políticas, en la calle Saint-Guillaume de mi juventud, en París: toda potencia que se echa a las espaldas la marcha de lo geopolítico termina por empobrecerse. Y lo comprendí inmediatamente. ¿No se arruinó el Imperio español de los Habsburgo? ¿Y no lo asume Inglaterra en el siglo XIX hasta que deja ese rol, al finalizar la I Guerra Mundial? Y hoy, ¿USA se repliega?

China no se va a ocupar de esa carga. Entonces, ¿vamos a vivir en un mundo a la vez moderno por las comunicaciones pero primitivo, con centenares de naciones sin reglas universales? Tiempo entonces de la delincuencia transcontinental, mafias multinacionales. ¿Un nuevo orden mundial? Lo que se viene quizá sea lo que se llama el soft power. Influencias pero sin presiones, mientras el liderazgo americano se esfuma. ¿Vendrán otros? Alguien dice que lo que se puede federar no son las naciones unidas sino las ciudades urbanas.  Puede que sea así. Los cambios climáticos nos van a llevar a países con paraguas. Quizá yo no lo vea pero usted sí, amable lector. Las dudas que tengo me evitan no solo vaticinios sino profecías. Recuerdo que al final del siglo XX hubo pronósticos como cancha. Hoy, los tengo en un estante, y me echo a reír, por no llorar. Nada más resbaladizo que el qué vendrá.

Publicado en El Montonero., 23 de agosto de 2021

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¿Por qué ellos y nosotros no? Las Américas distintas

Written By: Hugo Neira - Ago• 17•21

Por culpa de un debate, aunque a distancia, el azar me enfrenta a una temática que envuelve a la América del Sur y América central, y México en cuanto no solo a la democracia sino cómo los EEUU prosperaron al punto de convertirse en la primera potencia después de la II Guerra Mundial. (Y dejamos de lado, por el momento, si siguen siendo los primeros o la China capitalista-comunista). Si buscamos una sobria explicación, la encontramos. La respuesta viene de sus historiadores, «los Estados Unidos es una nación singular». Es la idea de Allan Nevins y Henry Steele, en un libro que recomiendo —entre centenares de otros— que se titula Breve historia de los Estados Unidos, modestamente 718 páginas. Y ya sé que más de uno renunciará a leerlo, qué lástima que Internet les haya acostumbrado a perder el arte de la lectura. En fin, ¿quién no conoce que nace un pueblo estadounidense en una mañana de abril de 1607 cuando de tres naves inglesas anclando en Chesapeake desembarcaron los primeros colonos? ¿Pero cuál era lo «singular»? Es cierto que encontraron un vastísimo territorio y, dicen Nevins y Henry Steele, «su espíritu vigoroso, pioneros que sometieron a fuerza de trabajo y esfuerzo personal». Cierto, con el pasaje del tiempo, se reafirmaron en «una vida nacional con la individualidad de cada uno y el valor personal frente a cualquier intento de sujeción». Buena respuesta, pero incompleta.

Es cierto que la historia latinoamericana es inseparable de norteamericanos y europeos. Pero, «es radicalmente diferente» el nacimiento de uno del otro. He aquí el pensamiento de alguien que también es hijo de la América del Norte, pero no de los Estados Unidos, sino mexicano. Nada menos que Octavio Paz. Por lo que sigue, es conveniente para el  amable lector que se sepa que Octavio Paz conoció e hizo estudios en los Estados Unidos, al punto que cuando se convierte en poeta, conoce la gran poesía angloamericana. Pero no por eso se vuelve un mexicano americanizado. Perdón, señor lector o lectora. ¿El laberinto de la soledad? Es el libro ensayo que lo hizo famoso, tanto como sus poemas. Pues bien, en ese libro, en una de las entrevista que tuvo, confiesa que el punto fundamental de esa obra era cómo definir al mexicano. Es decir, el «laberinto de la soledad» es corrientes de interpretación de la psicología, los comportamientos de las máscaras en la vida corriente, la religión (todos los Santos y Días de Muertos) y a la vez, historia, de la Conquista, la Colonia, la Independencia y la Revolución, y sin embargo, el primer capítulo está dedicado «al pachuco», o sea el mexicano entre mexicano y norteamericano. Octavio Paz no continúa sin poner visible la gran revelación, «el descubrimiento de nosotros mismos».

¿Y a qué viene eso? Resulta que sabemos cómo es los Estados Unidos y, seamos sinceros, sobre la visión nuestra de los Estados Unidos, me atrevo a sugerir que tenemos tres respuestas. La primera, no nos interesa y salimos del tema puesto que es el imperialismo. La segunda, quisiera ser norteamericano. Y la tercera, acaso la más cuerda, el peruano se pregunta por qué en Norteamérica y no en Suramérica. La respuesta está en uno de los ensayos de Octavio Paz. El texto que llamamos a estas páginas se encuentra en el tomo I de las Obras Completas de Octavio Paz, página 109, titulado «Ideas y costumbres. La letra y el cetro», 1993.

«El nacimiento de los Estados Unidos es un hecho histórico de significación opuesta al nacimiento de la América Latina. Los Estados Unidos nacieron con la modernidad: la Reforma, el individualismo, la Enciclopedia, la democracia, el capitalismo.» Y ahora Octavio Paz, a grandes brochazos, nos dice qué éramos ya: «Nosotros nacimos con la Contrarreforma, el Estado absolutista, la teología neotomista, el arte barroco. Entre nosotros, las poblaciones autóctonas fueron siempre muy importantes y, con la excepción de Argentina, Uruguay, y Chile, lo siguen siendo. En cambio, en los Estados Unidos y en Canadá los nativos fueron exterminados o marginados. También la Independencia de las dos mitades del continente fue diferente. Los Estados Unidos comenzaron como pequeños núcleos de colonos unidos por vínculos religiosos; vivían en el noreste y más tarde se extendieron por todo el norte y el oeste del continente hasta convertirse en un gran país.»

«El nacimiento de los países de América Latina fue ante todo la consecuencia de la decadencia de España y de la disgregación de su imperio. El movimiento histórico de los Estados Unidos no sólo unificó a muchas regiones y territorios sino a distintas comunidades y culturas. En cambio nuestra Independencia fue el comienzo de la dispersión

«El caudillismo fue determinante en la automización política de América Latina. Nació en las guerras de Independencia y prosperó en las guerras civiles del siglo XIX. Su influencia fue catastrófica en América Central en la cuenca del Caribe. En la primera de estas regiones aparecieron cinco países y después uno más que no son viables económica y políticamente ni tienen una verdadera identidad nacional. Son seis países que no debieran ser sino uno solo.»

¿Cuál es la idea principal? Partos históricos distintos. El azar de la historia, una vez más.

El texto de Octavio Paz es más largo que las citas anteriores. Sin embargo, le preguntan por qué continuó la multiplicación de Estados en la América Central. Respuesta: «Los nuevos Estados eran muy débiles, casi fantasmales, mientras que los ejércitos poseían una estructura más sólida. Los militares no tardaron en tomar el poder. Otros factores negativos: la ausencia de tradiciones democráticas y de un pensamiento crítico así como el peso de las oligarquías, que eran y son extremadamente poderosas y antidemocráticas. No hay que olvidar, asimismo, la influencia particularmente funesta del imperialismo norteamericano.»

Por otra parte, no puedo dejar de pensar que para los latinoamericanos que quieren continuar sus estudios superiores, después de la formación nacional o local, es corriente,  es normal, unos años más en los Estados Unidos, o bien en Europa. ¿Pero cuál de ellos? Algunos, que son pocos, pasan por ambas formaciones educativas. Pero si es una sola es difícil elegir uno de ellos. Me ha pasado a mí mismo. En un momento de mi juventud, me invitaron a que fuera a los Estados Unidos para que observara cómo eran unas elecciones estadounidenses de las primarias en los partidos políticos, hasta el último tramo. Estaba en Lima y la Embajada eligió un joven por partido político, y yo fui como joven comunista. Lo era (qué vida la mía…). Había otros que representaban el aprismo, o la juventud odríista, y así por el estilo. El caso es que me llama una universidad, no de las más famosas, pero una de ellas. Yo había tenido otra oportunidad. Había seguido como periodista los movimientos del Cuzco con campesinos que invadían las haciendas que les habían quitado terrenos gracias a los litigios que obviamente siempre ganaban los hacendados. Además de ocupar terrenos, no usaban fuerza alguna. Mis crónicas que se publicaron en el diario Expreso fueron luego reunidas y se editaron en Cuzco: tierra y muerte, 1964. En ese momento se discutía en el parlamento la reforma agraria. Tiempos de Belaunde. Me dieron un premio. Revelaba que no eran guerrilleros sino una forma de protesta general de los pongos, arrendires, por millares de siervos. Pues bien, un profesor francés, François Chevalier, pasaba en esos días por el Perú. Chevalier era profesor en la Sorbona, con rango tan alto que era lo que llamaban los franceses, «un mandarín». O sea, el patrón de una determinada temática. Chevalier había vivido muchos años en México, y cuando lo llaman en París, en la Fondation des Sciences Politiques, le piden dirigir un equipo de investigadores sobre la América Latina, con 3 de los mejores estudiantes que en Sciences Po. se habían formado. Chevalier aceptó, con una condición. La América Latina es tan compleja que podía escapar a las formas racionales y cartesianas de la mentalidad europea. Entonces, pedía 3 ó 4 sudamericanos para integrarse al equipo francés. Chevalier me consideró uno de esos latinoamericanos. Se llevó a un brasileño, un mexicano y el que esto escribe. Luego, pasó el tiempo. La burocracia europea. Cuando estaba en los Estados Unidos por poco me quedé. Sin embargo, a la que era entonces mi compañera en Lima, le rogué que si llegaba una carta de Chevalier, me la hicieran llegar a los Estados Unidos. Y así fue. Estaba en una estupenda universidad americana cuando llega la carta. Me la entregan, estaba en francés, me piden que la traduzca y me dicen: – Cómo ¿¡Sciences Po!? Y llaman a varios colegas y todos me dicen: «- Pero eso es como Harvard en USA. Váyase a París, y no se olvide de nosotros».

Cuando era ya un investigador con ingresos, y a la vez seguía cursos en Ciencias Políticas, nos reuníamos en un café, en Saint-Germain, Mario Vargas Llosa, yo y Julio Ramón Ribeyro. Tuvieron la buena voluntad de guiarme entre ese mundo francés en el que de pronto todo era tan distinto, y sobre todo, en el lugar en donde era tanto investigador como estudioso. Pero diré lo mejor de esos encuentros. Los novelistas conocen a los seres humanos tanto como un psicoanalista, acaso más. Una tarde, Mario y Julio Ramón, me hacen una pregunta evidentemente existencial:      

– Y entonces, ¿qué sientes que eres? Contesté algo así como:

– Estoy sintiéndome en casa. Y luego de un silencio, dije:

– Sigo siendo peruano, pero también latinoamericano.

Se echaron a reír, y me dicen:

– Eso también nos pasa a nosotros. A Cortázar, al argentino, que ya conocerás. Claro, la patria de donde venimos, pero algo más grande, ¿no?

Pues bien, con el tiempo, habiendo estudiado dos veces en París ­­—primero Ciencias Políticas, y luego de mi exilio, después de Velasco, Ciencias Sociales—, comprendí que en el sistema europeo, especialmente en Francia y en Alemania, la formación es multidisciplinaria. Estudié Sociología pero algo de Antropología, de Filosofía. Entiendo que el sistema norteamericano es más dado a profundizar una disciplina. No deja de ser valioso. Pero en la heterogeneidad está la clave europea, acaso con más estudios: el hombre y la sociedad son demasiado complejos para intentar comprenderlos con una sola herramienta intelectual. Y para terminar, mi actitud cosmopolita: cuando se estudia en los Estados Unidos es para los norteamericanos mismos.

Pero si se ha estudiado en Europa, el mundo está más cercano. Y no perdemos ni la patria ni la conciencia de que somos los americanos, pero los de México para abajo. Porque desde el Sur podemos entender el mundo. No menos que los europeos y los norteamericanos. Ortega y Gasset, gran filósofo español, decía que Europa era como una planicie, una llanura, pampa, desde donde se ve el mundo entero. A veces a los norteamericanos, los encuentro un tanto provincianos. Con razón Kant o Heidegger no fueron americanos. Y en fin, la peruanidad no se pierde en las Europas, ¿o acaso César Vallejo dejó de ser él mismo? Ni José Carlos Mariátegui ni Vargas Llosa, ni tantos escritores y artistas.  

Publicado en El Montonero., 16 de agosto de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/por-que-ellos-y-nosotros-no-las-americas-distintas

Crisis de representación y el fenómeno populista

Written By: Hugo Neira - Ago• 13•21

Introducción

     José Arico, argentino y gran conocedor de Marx y del marxismo, fue quien sostuvo que el fundador del marxismo no alcanzó a entender el caso histórico de la América Latina. Puede ser, pero no alcanzó a explicarnos los populismos de su tiempo, entre ellos, el peronismo. En efecto, se puede aplicar ese concepto a ese prolongado fenómeno social y político, diría casi una manera de hacer política en la Argentina, y que es el peronismo. Sería un error conceptual por una sencilla razón. Para que haya un bonapartismo es preciso contar con algo que tenía tras de sí el sobrino de Bonaparte. En 1848, Napoleón III contaba con una nación. La nación francesa. La que había producido la revolución de 1789. Y en el momento en que el Príncipe se hace dar una “presidencia vitalicia” contaba con la burguesía industrial y una inmensa capa rural de propietarios. En cambio, en América Latina, desde los años 30, los populismos y sus líderes (Perón, Getulio Vargas, MNR boliviano, aprismo peruano) llevan consigo en el vientre la posibilidad de una nación. Y se enfrentan a sociedades poscoloniales que no han hecho del todo su transición a la modernidad. No es lo mismo. Aquí los populistas no heredan un poder. Tienen que inventarlo. En sociedades que no tienen Estado sino gobierno. Además, en sociedades que no han tenido ni revolución industrial ni revolución social. De alguna manera compiten para reemplazar tanto a las elites liberales como a las elites socialistas.

Pero decir esto únicamente sería ocultar la complejidad del fenómeno. En efecto, su ambivalencia. Puede provocar sistemas de acelerado cambio social como nuevos tipos de autoritarismo. Confesaré, por mi parte, que creo que es un tema capital y extremadamente enredado. Las ciencias políticas inspiradas en sociedades avanzadas y capitalistas no nos ayudan a entenderlo. Lo ven como patología. Mientras a la vez avanzan en Europa los movimientos de xenofobia y ultraderechistas.

     El populismo es una realidad reciente. Y lo es en estos días, en Europa. Y el caso más llamativo, los “chalecos amarillos” y su violenta aparición en París y varias ciudades francesas. Pero no es el único caso. Hay emergencias que no sabemos cómo llamarlas y cómo situarlas. Esos fenómenos son un dolor de cabeza para los demócratas de izquierda o de derecha y también para los investigadores. No los podemos encontrar ni en Aristóteles, Tocqueville o en Marx, que no pudo entender al lumpenproletariado de su tiempo, menos estas oscilaciones del pueblo y de profetas y magos, reales o supuestos. Aparecen cuando las democracias liberales u autoritarias parecen agotar sus recursos. Tema del presente.

     ¿Son una patología o una corrección de democracias? ¿La resistencia de los pueblos a las elites o la carencia de estas? ¿Una crisis de instituciones o la tiranía de masas? ¿Por qué no falta en ellos el culto al Jefe? ¿Es un giro conservador, hacia una fase regresiva, siempre latente, la tentación de lo comunitario sobre el individuo? ¿Son la antipolítica? O como dice Laclau, ¿otra lógica social y un modo de construir lo político? ¿O son, como los he llamado hace años, un ‘cesarismo’ moderno?  ¿Y hacia dónde se orientan, hacia una democracia a la vez liberal y social, o hacia un nuevo tipo de totalitarismo? Y esta vez no en Europa sino en este continente que un poco excesivamente se llama Nuevo Mundo, cuando la carga de vicios y defectos lo hace un continente que, en política, es un desván de muebles abandonados.

Polisemia del término

     En la reflexión sobre el populismo es corriente inscribirlo en dos registros. Por un lado, y significativamente —dice Pierre-André Taguieff— populismo se usa en opiniones polémicas. Deriva populista, tentación populista, peligro popular. Es el registro negativo, además del desdén por el programa, las ideas e intelectuales y la posibilidad de confiar en un jefe carismático, arbitrario y autoritario. El segundo registro esta vez positivo, es que llaman al pueblo (aunque el concepto tenga muchos matices y novedades en el tiempo en que vivimos) y piensan en “las aspiraciones populares”. Es lo que más los distingue, según la academia. “Valorizan el pueblo y en contra de las políticas institucionales consideradas corruptas o podridas” (Dictionnaire de la science politique, Guy Hermet). Populismo y pueblo van juntos, al menos en la retórica y en las intenciones. En cambio, los liberales suelen enlazarse a los imperativos del  mercado, y los socialistas consagrarse a adquirir los poderes casi mágicos del Estado y el poder. El populismo o los populistas son siempre una irrupción. El tema tiene un carácter de urgencia. Es todo el sistema de legitimidad y las formas mismas de la representación tradición y legal las que quedan concernidas, si es que no puestas en cuestión.

     Desde que aparecieron —y no en la América Latina ni en la Europa de los años treinta sino en la Rusia del XIX— han sido víctimas del desdén. En esa cadena de desprecios fueron los Naródniki rusos los primeros, en ellos solo vieron los bolcheviques de Lenin un tipo de romanticismo agrarista. Craso error, estaba el pueblo ruso. Luego, el concepto da un salto astronómico y lo aplican a las políticas del New Deal en los Estados Unidos, aquellos que no estaban de acuerdo. Es un precedente, cada vez que se intenta una nueva versión de orden financiera, todo lo que no sea economía del costo/beneficio, es tachada de  incorrecta, es decir, de populista. En los años cincuenta, resultan populistas también los macartistas, luego Ross Perot. Y el general De Gaulle, una forma de explicar sus éxitos en las elecciones francesas. Pero igual a Franco, que nunca recurrió a las urnas, y al Ku Klux Klan. Y cuando destacaba un líder africano, por ejemplo el presidente Nyerere en Tanzania, también se le interpreta como populista. Se le había ocurrido a este mandatario desconfiar del sistema capitalista y lanzar una suerte de socialismo humanista, el ujamaa, que significa, en traducción aproximativa, darle importancia “a la educación, la salud, y recomponer las aldeas”. O sea, si ese programa hubiera sido el de un gobierno socialdemócrata sueco o noruego, habría pasado como “acción social”. Lo que sigue es predecible, su sucesor, Ali Hassan Mwinyi, acepta las condiciones del Fondo Monetario Internacional (Le dictionnaire historique et géopolitique du 20° siècle, 2000). En suma, si el populismo es arbitrario, también lo son quienes lo repudian. Al punto que a veces no cuenta tanto saber quién es populista sino su contrario. Laclau dice que populismo no es concepto peyorativo, no lo será para él, en los hechos lo es. Entonces, el análisis es forzosamente doble. Hay que preguntarse qué lleva a las masas a seguir un líder populista. Y su contrario, por qué se le repudia. La negación es tan reveladora como la adhesión. Dime qué tipo de antipopulista eres, y te diré quién eres.

     Sí, es peyorativo, habitan en él insultos, prenociones. ¿Es populista todo régimen que se resiste a los organismos internacionales? La premisa no funciona en el caso de Alberto Fujimori que arrancó la economía peruana del proteccionismo del Estado y privatiza empresas públicas, pero igual es etiquetado populista. Acaso por los manejos de clientelas que explica Yusuke Murakami en La democracia según C y D (2000). Entonces, no es un tipo de economía sino de retórica de gestos y parte de la seducción política. Populistas, entonces, Juan Domingo Perón, Haya de la Torre, no por azar, grandes oradores. Pero ¿siempre el líder populista es un gran orador? La etiqueta se aplica también a Getulio Vargas que no lo era por sus discursos sino por el tipo de Estado que establece en el Brasil. En ese caso cae en un tipo distinto de clasificación de “nacional-populistas”. Entonces, el rasgo principal no procede de una economía ni de un estilo político sino del tema de la construcción del Estado-nación en sociedades extraeuropeas. Pero en ninguna de estas categorías cabe Bernard Tapie, el hombre de negocios francés que incomodaba a la clase política, porque de alguna manera discutía el binomio derecha/izquierda de siempre. Tapie jugaba a parecer un tanto vulgar, era un coqueteo, pero funcionaba. Lo mismo le van a decir a Sarkozy y al italiano Berlusconi, dueño excesivo de medios de comunicación, “telepopulismo”. Obviamente a J-M. Le Pen y a Marine Le Pen. Porque tienen público. Entonces, se trata de populistas a los que pone en cuestión la tipología misma del sistema. A los rupturistas, a todo lo que no está en el juego clásico de una determinada clase dirigente. ¡A los outsiders!

     Un trabajo de Guy Hermet, profesor en Ciencias Políticas de París, publicado por Fayard, nos presenta un abanico desconcertante. Habría un antecedente, la revuelta de las “manos negras”, o el People’s Party de los modestos granjeros americanos por 1890. Y populistas lo encuentran a los liberales como Berlusconi, por su telepopulismo, y populistas de derecha en Hungría, Alemania. Y etnopopulistas en el caso boliviano. (Aunque Evo Morales lo equilibra con el clasismo del MAS.) Y nacional-populista, Velasco, Chávez, Correa y los Kirchner argentinos. Y por la izquierda los tribunos del pueblo, excomunistas en Europa central y en Rusia reciclados. El populismo de los europeos anti Europa, desde el austriaco Haider a Le Pen, padre e hija. Y de paso los populismos de la América Latina. Y los del Asia. Y los de los países árabes. Los populismos están en todas partes del mundo, pero con una variedad que da vértigo. ¿Qué son?

Geografía. Rusia, Estados Unidos, Italia, Alemania, Argentina

     Cuando aparece Solidarnosc en 1980, algunos analistas lo llamaron populista. No es casualidad. En la Europa del este ni rusos ni polacos habían olvidado un antecedente. El populismo ruso ligado a la cultura rusa en el XIX no ha sido olvidado ni el trato fatal que recibieron de los bolcheviques. El vocablo ruso es narodnicestvo, y es un derivado de narod, o sea, pueblo, los naroidas o amigos del pueblo. Su empleo y un tipo de militancia, según nuestras fuentes, comienza a generalizarse desde 1870. Incluso desde más lejos, está en Herzen, Bakounine, escritores y pensadores de la ‘intelligentzia’ rusa. Durante mucho tiempo no le hemos prestado mayor atención a ese movimiento que luchaba por la liberación de los “oprimidos”, tanto como los mencheviques, socialdemócratas y bolcheviques. La versión que hemos recibido, la versión soviética, es que era un movimiento que idealizaba el pueblo y la comunidad campesina, obscina en ruso. Franco Venturi, que ha estudiado esos intelectuales, ese pueblo y esa revolución, tenía una organización propia, Ziemla i vola, que estaba vestido, dice, “de ropas campesinas”. Pero los revolucionarios rusos radicalizan las diversas corrientes incluyendo los naroidas, y van a tomar el camino del modelo de los europeos, insurreccional. Los populistas serán los olvidados de la historia (Histoire du populisme au XIX siècle, 1972). Para nosotros, es llamativa la semejanza con los movimientos indigenistas e indianistas del mundo andino. Los olvidados populistas rusos no querían un “socialismo burgués”. Me parece escuchar, a lo lejos, el debate entre Mariátegui y Haya de la Torre.

     En la brevísima historia del populismo que esbozamos hay un segundo momento. En 1890 aparece el Partido del Pueblo en los Estados Unidos. “Un movimiento agrarista, pequeños empresarios, al parecer muy popular y que denunciaba los agravios que sufrían los granjeros en los estados del sur y del este” (Miller, Enciclopedia del pensamiento político). Miller aprovecha para señalar que el populismo, genéricamente, incluye una gama de fenómenos diferentes. En efecto, la siguiente encarnación es la Italia de los años veinte. Ciertamente, Benito Mussolini, se le suele olvidar. Socialista en sus orígenes, vuelto nacionalista durante la primera guerra mundial, de temperamento revolucionario, el caporal Mussolini combate hasta que cae herido, luego funda un diario que ya indica sus metas, Il Popolo d’Italia, y combate acerbamente a liberales como a socialistas por ‘defectistas’. Curioso, lo mismo, y sin conocerse, le está pasando a un excabo alemán llamado Adolfo Hitler. Salvo que este no ha sido ni por instante socialista y que su arribo al poder toma más tiempo. Mussolini es el amo de la Italia fascista desde 1922, cuando Hitler es un solemne desconocido. Primer Ministro desde la marcha a Roma, jefe carismático, rasgo que Hitler observa y que va a llevar hasta la exasperación. El fascismo italiano, es decir, con grupos de combate callejero “los unidos”, es un populismo al estado intacto, el culto a la acción directa y el gran desdén por teorías y programas, todo lo que necesitan es un enemigo claro y el guía casi divinizado. “Mussolini es el primer dirigente populista del siglo XX que utiliza de modo masiva la radio y el cine” (Encyclæpedia Universalis).

De los populismos latinoamericanos

     En otro lugar del mundo va a iniciarse un proyecto político de masas. En la Argentina. Un país de inmigrantes, italianos y españoles a un 85%. Un país que era uno de los más ricos de la tierra entre 1900 y 1945, pero en el cual el primer tema político, la integración de masas de trabajadores a la vida nacional, no había sido conseguido, pese a la adquisición de la nacionalidad argentina en 1912 para los migrantes, la escuela pública y el irigoyismo y unos cuantos socialistas. Juan Domingo Perón, militar de carrera, había conocido Italia fascista, seguido cursos de filosofía, y había visto la eficacia del Estado total y las entidades corporativas. Los buenos resultados de una economía antiliberal. No vamos a explicar lo que todos sabemos, el peronismo combina un destino personal, el de Perón, a un proceso gigantesco de integración de los sindicatos argentinos a una suerte de Welfare State, provocado por el voluntarismo de un líder, Perón, y su mujer Eva. El peronismo es una suerte de Labour Party, obreros de izquierda, dirigido por un admirador de Salazar, el tirano paternalista de Portugal, que gobernó muchos más años que Franco, y profundamente agrarista.

     No es casual, pues, que no fuera un argentino ni un investigador latinoamericano o americano que intentara entender el peronismo, sino un sociólogo italiano llamado Gino Germani. Conocía en carne propio el fascismo italiano, cuando joven se había opuesto y conoció la prisión, luego viaja a la Argentina donde termina sus estudios, y estaba en una situación ideal para aborrecer el fascismo por una parte, e intentar comprender su lógica, los mecanismos que articulan un Jefe y el pueblo obrero que lo sigue, por la otra. Germani será decisivo. “Es el primer campo interpretativo a finales de los cincuenta”, dice Patricia Funes en el 2014, “fundado en la teoría de la modernización y el estructural-funcionalismo”. Después de Germani se instala el concepto de movimientos nacionales-populares. Germani trabaja en asunto de Censos durante el gobierno de Perón, dirige el Instituto Torcuato Di Tella. Es el hombre adecuado para comprender, no para negar o aplaudir.

     La profesora mexicana Funes resume de este modo la idea del peronismo en Gino Germani. “Los populismos surgen cuando esa movilización encuentra cerradas las formas de integración y representación. Las masas no encuentran canales institucionales para su representación. Esas masas disponibles, heterónomas, que aun no cuentan con mecanismos autónomos de acción colectiva, son manipuladas por un líder carismático”. En la Argentina de los años treinta a los cuarenta, una masa de obreros necesitaba sus sindicatos que el sistema retardaba, y Perón, desde un cargo menor, secretario o ministro en Trabajo, los provee de legalidad sindical. Eran centenares de miles. Había encontrado Perón —dice el sociólogo Germani— “una masa en estado de disponibilidad”. La clase obrera argentina, que en los años de exilio le siguió siendo fiel. La otra cosa era el amor a la idea de nación. Perón es el primer dolor de cabeza del departamento de Estado americano antes que Castro. Por cierto que Perón usa un sistema de paternalismos y autoritarismos diversos, pero el sociólogo italiano capta ese elemento combinatorio de los populismos, carisma y líder.

     Ahora bien, Haya de la Torre, entre 1932 y 1945 y 1956, no tuvo la suerte de tener un Germani. Ningún gran historiador o filósofo (no había todavía los sociólogos) asumió esa tarea. Porras y Basadre, en situaciones diversas, fueron ministros por iniciativa del aprismo. Pero liberal el primero, y con inclinaciones al socialismo el segundo, no deslindaron entre ese partido de masas sui géneris y sus opositores, ferozmente conservadores. Falló la intelligentsia. Por su lado, políticamente, la respuesta seca y neta de comunistas y socialistas y liberales era de tratar el aprismo como una forma de fascismo peruano. Las persecuciones habían acrecentado la vigilancia en torno al compañero Jefe, y es cierto que había acaecido un culto personalista inquietante, saludos brazos al aire, gritos, “SEASAP”. ¿Cómo no creerlos fascistas? Hubo atentados y asesinatos a mansalva en los años treinta, a don Antonio Miró Quesada y a su esposa. Al general Sánchez Cerro. Y en los cuarenta, el crimen Graña, un administrador de un diario liberal, La Prensa.

     ¿Pero era eso todo el aprismo? Partido pluriclasista, siempre he dicho que tenía dos almas, una violenta y otra socialdemocrática. Esta se hubiera impuesto, pero no les dieron tiempo. Siempre he sostenido que el aprismo jerárquico (en la clandestinidad y para siempre) lo provocan sus rivales, tras las feroces persecuciones y miles de presos y deportados. Haya hizo una vida de proscrito en su propio país. Era un socialdemócrata cuando desembarca de Europa en 1931, pero también es verdad que venía de las experiencias de México y conocía en Honduras la de César Augusto Sandino, el guerrillero. Acaso oscilaba entre la sublevación a la mexicana y el progreso electoral en los países civilizados de Europa, el modelo nórdico, que aceptaban cambios graduales. No pudo lo primero, no le dejaron lo segundo. En mi criterio, sin ser aprista (nací muy tarde para eso, me hice en mi juventud comunista), ahí se abre el forado, el agujero negro del Perú. La imposibilidad hasta nuestros días de hacer reformas profundas, sin violencia. Germani, en cambio, había enseñado a distinguir los rasgos autócratas de un dirigente populista de los intereses genuinos de sus clientelas y del pueblo. La emoción estuvo del lado populista-aprista. Medio siglo. Pero no cambió al país.

Del populismo a los regímenes híbridos

     Un momento decisivo para los populismos fueron los años de los cuarenta a los sesenta. Antes de la revolución cubana. Entonces, para una revista científica europea, escribo lo siguiente: “El vocablo populista es corrientemente usado para designar ciertos partidos de masas aparecidos en el siglo XX en América Latina (getulismo en Brasil, peronismo en Argentina, apristas en el Perú, A. D. en Venezuela) que se rebelan irreductiblemente a los esquemas políticos clásicos. Las interpretaciones divergentes dadas de este término ilustran la complejidad del fenómeno populista” (“Populisme ou césarismes populistes?” Revue Française de Sciences Politiques, 1969). El texto ha sido repetidas veces traducido y publicado en España y en Perú.

     No había aparecido, por entonces, en la América Latina ni Chávez, Correa, Evo Morales o Lula, ni en Francia Le Pen, ni la primavera árabe en Túnez ni Podemos en España,  pero  la problemática del populismo era materia del libro de Lambert sobre la América Latina, y eran los años del americano Kantor sobre la ideología y el programa del movimiento aprista —sin convencer en Lima— y del francés Bourricaud en Poder y sociedad en el Perú contemporáneo. Desdeñado en nuestras universidades porque no era marxista. Poco importa presidente de la Sociedad Mundial de Sociología y autor de un reputado Diccionario. Eso, en Lima, son detalles secundarios.

     En cuanto a los populismos, el profesor Touchard —una cúspide de las ciencias políticas francesas— los había tocado como “nacionalismos”, lo que a mí me parecía insuficiente, y me interesaba por los trabajos de Gino Germani, cuya idea de “época de transición y sociedad de masas”  me parecían —y me parecen— pertinentes. Igualmente los estudios de Jaguaribe sobre el Brasil, de Francisco Weffort para el populismo brasileño y los de James Billington, sobre Mikhailovsky y el populismo ruso. Me llamaba la atención el caso de Gaitán, en Colombia, tan parecido a Haya de la Torre, salvo que en 1948 lo matan. Con Haya de la Torre lo hicieron mucho mejor: jugaron con él, retardaron la hora de las urnas, consiguieron candidatos que se le parecían, esperaron que pasara el mayor enemigo que tiene no solo la política sino el ser humano, Cronos, el tiempo, y al fin, cuando se dieron cuenta de que era la posibilidad de un gran estadista, la vejez, la enfermedad y la muerte tuvieron la última palabra. En el Perú se mata sin pistola.

     La presencia populista era mucho más ancha de lo que me parecía entonces. Estaba en el Partido Colorado de Uruguay. En el MNR boliviano, Movimiento Nacional Revolucionario, que hizo todo lo que los populismos querían hacer al llegar al poder, es decir, nacionalizar las minas, una reforma agraria y otorgarle una inmensa importancia a la Central Obrera Boliviana.

     Las razones por las cuales la academia demora en admitirlos tiene dos sencillas explicaciones. La primera es que la mayoría de los estudios sobre el aprismo, el peronismo y el chavismo, son de especialistas en campos nacionales, mexicanistas, peruanistas, etc. La visión comparativa ha llegado después. La segunda razón es que el propio actor, vale decir, el líder populista y su “comunidad emocional”  —para recurrir a uno de los conceptos de Max Weber— rechaza ferozmente cualquier otro lazo extraño a su cultura y nación.

     Los populismos latinoamericanos compuestos de partidos que accedían al poder mediante las urnas y que no eran ni liberales ni socialdemócratas ni de izquierda, los cesarismos populistas de Haya, Betancourt, Estenssoro, Velasco Ibarra, Perón, tienen una edad de oro, de 1945 a 1970. Fue una era de “izquierdas democráticas” como ellas mismas se tildaban, para tomar distancias de comunistas prosoviéticos o prochinos de ese momento. Pero de ahí en adelante, pasan un par de cosas, gigantescas y sorprendentes. Por una parte, surgen los movimientos insurreccionales, muchos de ellos urbanos, en Brasil, Uruguay, Argentina. Montoneros, tupamaros, y las guerrillas peruanas más bien rurales que Héctor Béjar, sobreviviente, explica. Y luego, con terroristas o sin ellos, la aparición de dictaduras militares de nuevo cuño. No solo el clásico golpe de Estado que, por lo general, daba lugar a nuevas elecciones. Sino Estados militares, organizados, aparatos de guerra y de gobierno, construidos para una larga y prolongada presencia en el Estado y en la sociedad. Fueron “una clase dirigente de sustitución” (A. Rouquié). Un  dirigismo autoritario y con cuadros militares que ningún país había conocido con anterioridad. Por lo general eran de extrema derecha, pero variados en políticas económicas, por el libre mercado los unos, por el intervencionismo estatal los otros. Ese no era el tema dominante. Sino gobernar.

     Las guerrillas de los años sesenta no representaban la violencia de la sociedad, por lo general no hallaron bases populares ni simpatías suficientes. Pero las dictaduras sí establecen la violencia sobre la sociedad. Alain Rouquié, que ha escrito sobre las “democracias restauradas”, no olvida decir lo que pasó anteriormente. «Se relevaron en Brasil, en 21 años, 300 asesinatos políticos, 125 ‘desaparecidos’, 1,843 casos de tortura. En Argentina, con una población cinco veces menor, una comisión oficial contabilizó, entre 1976 y 1983, 8,960 ‘desaparecidos’ en los campos de detención clandestinos de la dictadura. En Uruguay, en los años de plomo, centenares de miles de exiliados, 5 mil prisioneros políticos pero solamente 22 ‘desaparecidos”. En cuanto a Chile posterior al 11 de setiembre de 1973, 3,014 personas fueron ejecutadas por las fuerzas de represión y 27 mil fueron torturadas en las prisiones de la dictadura del general Pinochet.» Volvieron las democracias, ciertamente, pero como lo titula su libro, “A la sombra de las dictaduras” (2011).

     Los populismos de la última hora —Chávez, Correa, Evo— no necesitan decirse de izquierda ni encarnar la nación, se asientan en sí mismos y las izquierdas y los nacionalistas no tienen más remedio que seguirlos. Ha habido una fractura. En el pasado, cuando me ocupé de los “populismos más o menos pluriclasistas”, había examinado tres mecanismos que se fusionaban, clientelas y puestos de mando, articulación de intereses y los Césares populistas. Esta vez, es el César el que crea, desde arriba, clientelas y adhesiones. Chávez, por la dádiva y el clientelaje, crea un pueblo chavista que le debe todo a un modo de producción petrolero, que tiene límites reales. El primer populismo era de alguna manera clasista y el peronismo como el aprismo sobreviven a sus fundadores. Veremos si el chavismo sobrevive a Chávez. Y Bolivia sin Evo. Y el Ecuador sin Correa. No evita la reproducción acelerada de nuevos Césares. Han encontrado un sistema político al fin suficientemente híbrido. Un sistema de regímenes autoritarios que se hacen elegir por el pueblo.

Son regímenes híbridos los que proliferan y las formas de llamarlos. The semi-consolidated democracies (ONG Freedom House). Partial democracy (Epstein et. al., 2006). Defective democracies (W. Merkel and A. Croissant, 2004). Hybrid regime (Diamond, 2000), electoral democracy (Diamond, 1999). Illiberal democracy (Zakaria, 1997). Electoral authoritarianism (Schedler, 2006). Competitive authoritarianism (Levitsky and Waly, 2002). Semi-authoritarianism (Ottaway, 2003). La hibridez sería entonces la de un régimen autoritario que no tiene todos los requisitos del autoritarismo, por ejemplo, la ausencia de elecciones. Pero tampoco cumple con los requisitos mínimos de una democracia. Por lo demás, no hay que considerarlos como una fatalidad latinoamericana. La misma fuente indica que sobre 58 países en el mundo, un 30% corresponde a algún tipo de estos híbridos, los de sin ley, los de la democracia protegida y la iliberal (Leonardo Morlino, Democracias y democratizaciones, 2009).

     Sería sencillo terminar este ensayo acogiéndonos al concepto de neopopulismo. Lo va a usar Weyland en 1991 ante Fujimori, le atribuye un liderato directo. Pero como todos los usos de “neo”, nos dicen que algo es nuevo, pero no siempre en qué consiste. Hay varios puntos en que el populismo, vamos a decir antiguo, se diferencia de la segunda ola. El de los años 45 a los 70 se caracterizaba por el llamado al pueblo, la movilización general, el liderazgo de un guía y un partido, y un programa reformista, no revolucionario (Populismo según Knigth, según Charles D. Kenney). Un par de esas actitudes no aparecen en el gobierno de Alberto Fujimori, algunos sectores sociales fueron movilizados pero no todos, no fue un régimen a lo Chávez o a lo Perón, de grandes multitudes. Por eso, para ese primer Fujimori (1992-1995) prefieren el de “democracia delegativa”, unido a su personal autoritarismo. Es señal de una mutación —extremadamente grave— lo que señala Weyland en el neopopulismo, “dejan de lado el apoyo popular de los sectores sociales y la movilización popular”. Es más, “la composición social de base deja de ser decisiva”.

     No es la única distinción. Los primeros populistas se apoyaban en el demos contra las oligarquías. Weyland: “sin la distinción entre el demos y los oligarcas, el concepto de populismo pierde algo esencial de su significado”. El neopopulismo entonces, “le basta una conducción personalista, la coalición heterogénea concentrada en los sectores subalternos” (Roberts, 1995). La ideología se hace amorfa, y se exaltan los sectores subalternos y antielitistas. Por otra parte, en los neopopulismos —el nombre transitorio que le damos, hasta que su meta final sea más visible— hay una gran diferencia, que ha escapado a muchos observadores. Unos politizan al máximo las poblaciones. Y otros en realidad, desmovilizan. Fujimori por ejemplo. El caso arquetípico del entusiasmo y largos discursos va de Fidel Castro a Hugo Chávez. Pero en el Perú, hubo un largo experimento. La desmovilización general, el autoritarismo lacónico y silencio de Fujimori, la hora cero de la política, incluyendo los partidos que le habían llenado las urnas, Cambio 90, Perú 2000. ¿Neopopulismos calientes y fríos? O una gigantesca mutación del poder que todavía no hace sino mostrar sus primeras fases. Y una sucesión inquietante, manipuladores carismáticos y populares, militares con dictaduras científicas, neopopulismos calientes y fríos… no sabemos adónde vamos.

     Y entonces nos encontramos con regímenes que tienen unas características que no son tan novedosas, mejor dicho, lo son para la América Latina, siempre joven y dispuesta a examinar sus grandes problemas sin atinar a observar otros desarrollos históricos. Las líneas que nos preceden coinciden inquietantemente con la descripción siguiente: “los movimientos totalitarios apuntan a vencer si organizan a las masas, no a las clases. Eso era lo que hacían los viejos partidos con sus demandas e intereses en las naciones europeas y movilizando ciudadanos cuyas opiniones animaban el debate público, de preferencia en los países anglosajones”. Es Hannah Arendt describiendo la sociedad alemana hitlerista. Lo que movilizaban los nazis eran precisamente, dice Arendt, una inmensa mayoría de gente indiferente a la política, que jamás votaba ni estaba inscrita en algún partido, los fuera de la sociedad” (Los orígenes del totalitarismo, 1951). No estoy diciendo que un nazismo latinoamericano es inminente, pero conviene que se sepan estas analogías, sobre todo en los sectores altos de nuestras sociedades. Hay estudios. La presentación de profesor Charles D. Kenney en el coloquio de Xalapa fue concluyente: siempre tuvo Fujimori su mayor apoyo en las clases altas.

La comparación del populismo, en una de sus posibles variantes y que puede ir hasta el totalitarismo, es posible por una razón. Nada fue más complicado que el nazismo. No fue la historia de un dictador o la de la seducción de las masas por la oratoria o la propaganda, eso solo lo piensa quien no ha estudiado la mecánica de esa dominación. No es sencillo explicar el apego de los alemanes al régimen y al Führer hasta la derrota y la muerte. La cuestión de qué fue el nazismo sigue recibiendo interpretaciones: ¿un hitlerismo? ¿Un totalitarismo semejante al de Stalin? ¿Una dinámica revolucionaria que llega a la base social del pueblo alemán? Incluso se sostiene que Hitler interiormente relanzó una suerte de revolución social, con ánimo preventivo ante su gran rival, los comunistas alemanes. Ian Kershaw, profesor de historia contemporánea en Sheffield, Inglaterra, inglés, y para nada pronazi, admite que cada día hay más trabajos sobre Hitler, y que la complejidad de esa movilización de un pueblo dentro de un capitalismo que nunca se interrumpió, y todo el resto que conocemos, nos aleja de las simplificaciones al uso. Dicho de otra manera, y con perdón de la franqueza, lo que le ocurrió a la Alemania culta e industrial de los años treinta, le puede pasar a cualquier nación de la tierra.

Los rumbos posibles

     ¿Qué rumbo tomará el populismo, nuevo modelo? Son hoy regímenes con urnas. Y compiten con democracias cada vez más incompletas. Brasil, Perú. Ante regímenes con libertades, pero cada vez más delegativos. Algo grave ha ocurrido cuando Chávez establece la necesidad de la reelección presidencial. Y este temor de mi parte —no hay que confundir con miedo— es compartido. El profesor Rouquié considera que un futuro temible podía evitarse. “Sea como fuere, otras experiencias nacionales están presentes para convencernos que la América Latina no está condenada a elegir entre una integración social portadora de justicia a través de prácticas semiautoritarias y una democracia de mercado insensible a las necesidades y las aspiraciones de la mayoría.” (A la sombra de las dictaduras). Sin embargo, “insensibilidad” de las clases altas, ¿qué pasa? ¿Rouquié ha visitado Lima? Si conociera a nuestros financistas y a nuestros liberales, estaría mucho más alarmado.

Ahora bien, si se repara en dos términos, “justicia” y “prácticas semiautoritarias”, confrontadas en una encuesta, o en unas elecciones, cada vez más el número de ciudadanos, en Perú, que preferirían la justicia aunque con pérdida de libertades, sería numeroso. La victoria de un populismo de masas que busca, sin escrúpulo alguno, un líder duro. Y paradójicamente, que no sea de izquierda. El daño psicológico y en el imaginario colectivo provocado por las matanzas desatinadas de Sendero Luminoso ha quedado en la conciencia de la gente, sobre todos en los sectores populares, y tarda en disiparse.

     En estos veinte años de crecimiento económico —por cierto desigual, gigantescas brechas, pero crecimiento al fin de cuentas— la aprobación de la democracia en Perú era una de las más bajas de la región, un 12%. Paraguay y Haití estaban en 16,1%. La población encuestada también estaba entre los niveles más bajos de tolerancia. La inseguridad ciudadana, la corrupción, sobre todo en los funcionarios públicos, “muy generalizada”, 49,9% de la opinión,  y la poca confianza en la policía y en sistema judicial, el más bajo de la región, son patrones dominantes en la percepción de la política en la encuesta de USAID (Cultura política de la democracia en Perú y en las Américas, 2014). Este texto germinó en vísperas de las elecciones presidenciales y legislativas peruanas del 2016. Puede estar seguro el lector que el candidato que ose decir que hay que ocuparse, desde el Estado, del tema de la educación, la salud, la policía, los jueces, y de la corrupción, el que se atreva a plantear “políticas”, será tratado, inexorablemente, de populista.

     Entonces, dentro de algunos decenios, algunos se preguntarán cómo colapsó la democracia en ciertos países, y en particular en el Perú, tal como ahora la academia se interroga sobre el misterio de los años nazis. En política, sin embargo, no hay misterio alguno. Salvo lo raro que es el estadista. No nos falta un Lenin. Nos falta un Lincoln. Nunca he dejado de llamar, con preocupación, la actual república peruana con su verdadero nombre, la República de Weimar. Quien viva, verá. Los idus de marzo todavía no han pasado. (HN, 15-12-2018)

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Resumen:

Participé de la Cátedra O’Donnell en Quérétaro (2016) sobre las modalidades de democracia que aparecieron en las sociedades europeas y en Latinoamérica donde la democracia liberal (o tradicional) no alcanza a satisfacer a quienes desean un progreso socioeconómico, incluso mediante modalidades de un poder fuerte y personal que modifica las prácticas tradicionales de la vida política y del Estado de derecho. Preocupaba a O’Donnell “la ambivalencia y la indeterminación en diversos casos de participación ciudadana”. La convocatoria, por otra parte, permitió abordar “el bonapartismo, las democracias plebiscitarias, los cambios de modelo económico y el populismo”. Me pareció una agenda inteligente y necesaria. A la vez que inmensa. Consecuentemente, me detuve en una sola temática. La del populismo. Mostraremos que existe desde hace un buen tiempo. Y aparece espectacularmente cuando los sistemas políticos en vigencia no alcanzan a incorporar a la vida política, nuevas clases, sean acomodadas o más bien pobres.

Palabras claves: bonapartismo, democracias plebiscitarias, formas nuevas de democracia directa,  comunitarismo sin Estado.

Abstract:

In 2016, in Queretaro I was invited to participate at Cátedra O’Donnell regarding the different forms of democracy that have appeared in European societies but also in Latin America where liberal democracy fails to match the needs of people eager to achieve social and economic progress, even under a strong personal power form that changes traditional practices of political life and the rule of law. O’Donnell was worrying about «the ambivalence and undetermination in many cases of citizens’ participation». Furthermore, the meeting permitted to talk about «bonapartism, plebiscitary democracies, changes in the economic model and populism». It seemed to me a clever and necessary agenda but huge. So I focused on a single issue, populism. I’ll demostrate that they have existed for a long time and that they dramatically come back when political systems in force fail to incorporate to their political life new upper-class or lower-class citizens.

Key words: bonapartism, plebiscitary democracies, new forms of direct democracy, stateless communitarianism

Publicado en la revista digital del Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la USMP 

https://doi.org/10.24265/iggp.2017.v4n2.08

Conversando desde Chile

Written By: Hugo Neira - Ago• 09•21

Antes de ponerme a conversar con el amable lector, visto como están los debates en Lima, me adelanto en algunos de mis ideas claves. «Estoy convencido de la superioridad de las democracias pluralistas». Y como he viajado toda mi vida a lo largo de continentes —y he vivido en diversos lugares— estoy convencido de que sobresalen sobre los regímenes autoritarios. Es evidente, Europa, los Estados Unidos, algunas otras naciones, Canadá, Australia, pocas en la América Latina. La Rusia soviética, con un pueblo y una identidad poderosa, con sabios de todo tipo, con disciplina y planes quinquenales, se modernizaron pero no pudieron competir ni con Europa ni con los Estados Unidos.

Lo que digo no es fruto de un principio ideológico o de algún dogma sino de los hechos, de lo real, nos guste o no. Pero para eso, necesitamos Estado moderno (no solo gobierno como ahora) y economía de mercado y no de planificación, que hundió a la Rusia Soviética. Y a Venezuela y Cuba sin alimentos. Y nos falta una sociedad con educación masiva de alto nivel para llegar a las ciencias. Y el ingreso a la revolución industrial como hacen otros países, no solo en Occidente, por ejemplo países asiáticos como Corea del Sur. Y solo entonces masificación de la política, y conciencia de ser una nación. Lo siento, no la tenemos todavía. Hasta ahora nuestra construcción de la identidad no es nacional sino regionalista. Y para terminar, lo que nos falta a dos siglos de ser república: podríamos tener elites que sean honestas y que no se distancien como «minorías creativas» de la cultura popular. Según ciertos historiadores eso es el declive de una nación o de una civilización (Arnold Toynbee). Como veremos más adelante.

Pero desde el Perú me hacen preguntas aunque no esté en el país, las cuales por lo general son políticas y circunstanciales. Lo que respondo sin mucho entusiasmo. Le cuento, al amable lector, que es curioso el efecto de la distancia geográfica, como que despeja el horizonte. Sinceramente, lo que hoy me atrae es nuestra estructura social y la disposición mental para unas cosas y no otras. Me interesa el armazón del Estado y la sociedad peruana actual aunque me llegan los chismes. Pero estoy lejos del bullicio periodístico limeño. Al viajar, veo los medios modernos de movilidad de otras sociedades y me alarmo por lo pobre y la poca red de carreteras, ferrocarriles, aeropuertos, en nuestro amado país andino, arrugado y desbaratado. El Perú sigue siendo un país de rincones. Y acaso por eso los peruanos no se conocen entre ellos mismos. Tenemos por desgracia y descuido una infraestructura que no une sino desconecta.

Sin embargo, respondo a quien me busca. Y cuando Percy Vílchez de LBP Radio Miraflores me pregunta sobre «la situación actual», no le respondo de inmediato. Me pongo a hablar de otra cosa, la siguiente. Hace veinte años que regresé de Europa, y todo el tiempo protesto y me indigna el colapso de la educación secundaria. De joven, yo estudié en una Gran Unidad Escolar. Aprendí mucho porque los profesores transferían y pasaban los conocimientos a los muchachos, como debe ser. Pero eso ya no existe, ¿no es cierto señor Idel Vexler? Ya no hay asignaturas. Su club de pedagogos llamados constructivistas sostiene que un alumno debe hallar por su cuenta la definición de un tema. Genial. Por ejemplo ante la clasificación de los elementos, no debe ir directamente a la tabla lograda por el químico ruso Dmitri Mendeleiev en 1869. No, debe encontrarla con su propio esfuerzo. Se olvidan que la secundaria no es los estudios superiores, sino la introducción mínima de conocimientos. Y además «según el medio social» de nuestros profesores. Hay, pues un problema: el cuadro de Mendeleiev, solo se probó que era exacto cuando la física cuántica, en 1930, lo confirma. Hoy, en Perú, no se enseña disciplina por disciplina. No hay física, química, lógica, matemática y en humanidades, nada de gramática, historia del Perú, historia universal, lenguaje, ética y educación cívica. Este experimento cognitivo que el Perú ha abrazado trajo 30 años de vacío en nuestras escuelas secundarias. Yo he leído a uno de los fundadores del constructivismo, el ruso Lev Vygotsky. No dice que se desaparezca toda otra asignatura. En ciertos temas, valía la pena el trabajo personal. Pero en Perú, desde 1990, al estar el Estado con un problema de orden fiscal, se decide reducir los gastos en educación. Y interviene el Banco Mundial en un acuerdo sellado en Washington. Se acepta un apoyo externo con este increíble acuerdo, «nada de cursos de humanidades». Y así estamos. A la cola del mundo.

Eran los años de la gran migración del pueblo rural a las ciudades, y por supuesto, las clases medias urbanas aplaudieron el recorte intelectual, no vaya a ser que los hijos de los vendedores ambulantes salieran literatos, abogados, filósofos y acaso apristas o comunistas. Mejor era crear una capa social de trabajadores manuales. ¿El resultado? Hay varias generaciones de peruanos a los que no se les ha enseñado ni a leer ni a escribir. Y menos comentar un simple texto escrito. Fueron a las escuelas para pobres para embrutecerse. Aprendieron a no leer ni un diario ni un libro. Y se pusieron a trabajar en chambas que dan plata, algo al menos. Pero la pandemia ha mostrado la precariedad de los que no saben al menos de algún oficio.

El daño es tan grande que solo puedo compararse con el escándalo Odebrecht. Entonces, ¿qué ha pasado en Perú? Por arriba «los arreglos entre las corporaciones y la elite del Estado», dice en su libro crítico, Francisco Durand. (Por cierto, nos estudia pero no vive en el Perú.) Y por debajo, millones de escolares que, como sabemos, son los mejores del mundo en las pruebas PISA. ¿Y me preguntan que ha pasado? Por arriba, diversas plutocracias (no tenemos burguesía). Y hacia abajo, un pueblo al que han estafado por algo que es un remedo de escuela. No formamos ciudadanos. ¿Cómo, sin curso de Historia del Perú? El único país sin su historia en la América Latina. Y sin embargo, hubo un pueblo con cultura, al menos en las zonas urbanas. Y eso fue el Perú hasta los años ochenta y noventa. Antes que se establecieran los constructivistas. Hoy la reflexión y el amor al conocimiento se han esfumado. Eso hubiera querido decir en la radio, pero ya lo había dicho tantas veces. Espero que la próxima vez, en Radio Miraflores, les pueda contar cómo eran las escuelas peruanas antes que decidieran que el país no entraría al siglo XXI y que porque hay internet y redes sociales, creen que ya no se necesita libros. Sin embargo, ya no hay analfabetos. Pero el peruano corriente no lee. No tiene tiempo, no solo es la chamba sino nuestra intensa sociabilidad. Somos orales y homo ludens. Se pierde tiempo leyendo. Somos prácticos, ya sabemos. Un peruano de a pie se para ante un quiosco, ve los titulares de los diarios (que cada día tienen menos clientes), no compra ninguno, ya sabe. No necesita de intelectuales.

La deseducación masiva no es mi única preocupación. Alan Salinas, en una conversación con un grupo de jóvenes apristas, me pregunta varias cosas sobre su partido. Les digo lo que comienza este texto, la necesidad de vivir y progresar en una sociedad de «democracia pluralista». Pero en el caso del aprismo, tengo tres hipótesis. Han sido el partido que ha luchado por un régimen democrático desde 1930 hasta estos días. Sin embargo, a su fundador, se le cerraron todas las puertas. Por el 40 al 60 del siglo XX, Alianzas increíbles de la derecha, el militarismo y Ravines, comunista. Lo hemos olvidado, pero era muy hábil, y es el quien inventa no la política sino la antipolítica. Esa que consiste en que no llegue alguien al poder. (Como sabemos, así vamos a votar, no a favor de alguien sino en contra. Luego se arrepiente uno de lo que ha hecho.)

El aprismo fue algo más que un tipo de partido de izquierda, un partido socialdemócrata. A muchos apristas no les gusta que lo clasifiquen en esa categoría. Cierto, ¿qué tienen que ver con Alemania? Pero lo real es que a fin del siglo XIX, la socialdemocracia estaba entre los herederos de la lógica de Karl Marx, pero no tomaron el régimen de poder de Lenin. Ellos, partido de obreros, tenían la hegemonía de las elecciones en la vida política alemana hasta 1914. Gran diferencia con el caso ruso. Es evidente que los socialdemócratas germanos vivieron en su país el periodo de expansión de la revolucion industrial, es decir, algo que no vio en vida Karl Marx. El capitalismo alemán comprende que era más favorable para la productividad que los obreros trabajaran menos horas, comieran mejor, y en consecuencia, la «pauperización» como la llamaba Marx no ocurrió sino lo contrario. Pero Rusia fue un caso aparte, cuando Lenin toma el poder es un país desolado por la guerra y el hambre y Lenin y los bolcheviques viven una circunstancia distinta. O sea, otro modo de dominación. Es curioso, pero en la América Latina, no se habla de la dinámica del proceso industrial y laboral de Europa. Es un pecado. ¿Obreros que prosperaban, sin necesidad de una sangrienta revolución? No se oye padre. Una vez, en una universidad de Lima, donde hay muchos católicos y a la vez marxistas, un amigo me propuso que fuera a dar una conferencia sobre la socialdemocracia en Europa. Lo hicimos, pero a mi pobre amigo, le quitaron el curso por seis meses. De esas cosas no se habla. El marxismo es solo Lenin, Stalin, etc.

Hay, sin embargo, algo que escapa a los apristas, sin que sea mala intención, ni tampoco en mi caso. Haya es algo más que el partido y sus enfrentamientos. ¿Un doctrinario? Algo más, un pensador. Cierto, se le ve como un jefe partidiario y la identificación con los ciudadanos en una sociedad de estamentos diferentes de 1930 a 1960, al punto que aparecen otros partidos muy parecidos al aprismo, o sea, multiclasistas. Es el caso de su mayor rival, Acción Popular de Belaunde, por ejemplo. Pero no olvidemos el proyecto de Haya de la Torre, mucho más ancho que un solo país, Alianza Popular Revolucionaria Americana. No llegó nunca a esa formación multinacional, pero produjo efectos en el continente. German Arciniegas, gran escritor colombiano: «La doctrina del APRA significa, dentro del marxismo, una nueva y metódica confrontación de la realidad económica indoamericana con las bases que Marx postulara para Europa.» Y añade: «universidades populares, donde los jóvenes estudiantes enseñaban a obreros medicina práctica…, al año de iniciadas ya contaban en todo el país, 50 mil estudiantes» (El Continente de Siete Colores: historia de la cultura en América Latina).

Haya de la Torre llegó anticipadamente a un siglo que no era el suyo. Todavía se autonacionalizaban las patrias, para pensar de modo global. Una anécdota revela el gran tema que le interesaba a la vez que su partido, era el destino del subcontinente sur. Perseguido durante el gobierno dictatorial del general Odría, se refugia en la Embajada de Colombia. Fueron 4 años sin poder salir del país durante los cuales le ocupa un tema. En esos años cincuenta, la cuestión de «la decadencia de Occidente». Lo había abordado el alemán Spencer pero también Immanuel Wallerstein, y desde su juventud, Arnold J. Toynbee. Pues bien, es al análisis de esos autores europeos y conocidos por el mundo entero que dedica su tiempo, la civilización de la América Latina, de esos años en apariencia perdidos. Es más, se sabe que Haya de la Torre había hecho amistad con Albert Einstein. El inmenso sabio era un amigo y fue quien sabiendo la temática que era la que amaba (Indoamérica), lo lleva de la mano a que conozca a Toynbee. Einstein le habría dicho: – Mire Víctor, lo que yo soy en la física cuántica, Arnold lo es en cuanto a las civilizaciones.

En efecto, Toynbee era el más leído y conocido en el mundo en cuanto a la historia intelectual de las civilizaciones. Toynbee había comenzando su estudio desde 1934 y hasta 1961, sobre el ascenso y la caída de 26 civilizaciones en el transcurso de la aventura de la especie humana. Toynbee puso en las librerías cientos de libros, revistas, traducidos según la prensa inglesa «en treinta idiomas». Como se puede entender hay algo especial en las tesis académicas y políticas de Toynbee y que me atrevo a intuir que le interesaba a Haya de la Torre. Toynbee, un producto netamente británico, profesor de la London School of Economics, autor de doce volúmenes, llega a la convicción de que no había un ciclo sobre el desarrollo y la muerte de las civilizaciones. No era ni un proceso determinado, como un astro. Sino el resultado de la respuesta de un grupo humano frente a sus desafíos, tanto naturales como sociales. Civilizaciones, no había determinismo pero sí riesgos. Así, discutiendo a Spengler sobre La decadencia de Occidente, negando un fatalismo del que no se podía escapar. En cambio, la idea de Toynbee —«la civilización puesta a prueba»— debe haber ocupado las hipótesis de Víctor Raúl Haya de la Torre ante esta civilización que llamamos Indoamérica.

La conciencia intencional de Haya de la Torre apunta a la América del Sur y Europa. Y le interesa más que otros historiadores de las civilizaciones. Toynbee no consideraba genes en las civilizaciones, sino fallas. Desintegraciones, edades heroicas, Estados universales, religiones mayores y otras menores, y los contactos entre civilizaciones en el contacto del espacio territorial. La pregunta es ¿por qué se olvida al Haya pensador? Haya no es, pues, un político intelectual solamente. Es un punto de partida.

Pudo ser un círculo de estudios. Suele ocurrir escuelas. Tal como Fichte (1762-1814) representante del nuevo pensamiento alemán al elegir el idealismo. O el caso de Auguste Comte que había entrado al servicio de Saint-Simon en agosto de 1817. O más cercanos, los existencialistas franceses, Sartre, Simone de Beauvoir. O siguiendo un hilo, Merleau-Ponty (1908-1961). O bien Karl Marx con muchos legados llamados todos marxistas cuando, en realidad, se distinguen tanto como las religiones. En la escuela de Fráncfort, que después de la Primera Guerra Mundial, estalla en postulados marxistas contradictorios, un movimiento comunista y bolchevique (KPD) y un partido socialista revolucionario pero democrático (SPD). Ahí estuvieron de Adorno a Marcuse en los Estados Unidos. Más tarde, los que siguieron a Heidegger, ya en el existencialismo, como ser-en-el-mundo. Y de ahí elementos para «la crítica del poder».

Indoamérica es mucho más inmenso de lo que nos creemos. Hemos tenido en este nuevo mundo desde los mayas a las civilizaciones de las montañas. Tenochtitlan y el Cusco. Y españoles, alemanes e ingleses buscando El Dorado. Llegaron los jesuitas. Y un mexicano dijo que éramos «la raza cósmica». El arte mestizo, y un éxito de Víctor Hugo, cuando los pobres de Argentina, Colombia y México luchan contra las dictaduras porque habían leído Los miserables. O un rey de Portugal, Pedro II, que se queda en Brasil y no vuelve más a Portugal, con un «Quero já» y se quedó. Y cuando se nos muere Verlaine, francés, el poeta Darío le dice como responso:

Padre y maestro mágico, liróforo celeste
Que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
Diste tu acento encantador.

No sigo. El continente de los siete colores. Dos ideas esenciales.

Deberíamos tener un círculo, una escuela, que retomara la preocupación de Víctor Raúl Haya de la Torre sobre la civilización indoamericana. Desde el punto de vista de una filosofía política. Ahora que es evidente la dimensión universal de las grandes civilizaciones. Los Estados Unidos, India y China. El mundo islámico. Turquía y Rusia. Una Europa conjunto de naciones con culturas diferentes en un espacio federado en economía y política. Y luego de Haya, lo que interesaba a Alan García. La emergencia de la China post Mao.

Deberíamos entender que Basadre tuvo ideas más allá de la historia. Más allá de los acontecimientos. El papel de las elites, la patria invisible, y cuando nació el Perú. Porque también se preocupaba por que pudiera desaparecer. Y a los marxistas, que se olvidan que Mariátegui conocía a Benedetto Croce, un filósofo italiano sin nada de marxista, y José Carlos cita a Nietzsche en el prólogo de su último libro, Los siete ensayos. Es hora que en Perú sepan que hay y hubo marxistas antiautoritarios, como Bernstein, y Gramsci, leninista revisionista e italiano, se distancia de Antonio Labrola que era filósofo de la praxis, y lejos de Korsch o Lukacs pese a que rompieron definitivamente con la Internacional comunista porque se consideraban marxistas críticos. No todo fue Stalin, para Gramsci el comunismo llevaba al «risorgimento». Sus Quaderni que escribe en la cárcel —obra de los fascistas— proponen «una reforma intelectual y moral». Y adaptando «la estrategia bolchevique a la realidad italiana» —él lo dice—, logra la dominación política porque el dominio del pueblo no se hace por la dominación militar o política sino por la cultura en el bloque social de los trabajadores. En realidad, podemos llamarlo una reforma nacional-popular. No sé si sus Quaderni han sido traducidos.

¿Qué era esa estrategia de Gramsci? Que la sociedad civil ocupara el lugar de la burguesía, en la administración, las armas, la policía. Murió en 1937. No es posible entender la Italia de nuestros días sin Gramsci que bolchevisando hace elevar la cultura en las masas. «El Lenin europeo» le dicen. Pero de abajo para arriba. Quien ha estudiado bien a Gramsci en el Perú, es Sinesio López. Por mi parte puedo hablarles de Poulantzas (1936-1979). No produce una escuela. Aunque gran pensador. No hagamos eso mismo con los nuestros.

Publicado en El Montonero., 9 de agosto de 2021
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