Palma y el arte de la tradición *

Written By: Hugo Neira - Dic• 20•21

¿Quién dice eso? Un gran peruano, José Miguel Oviedo. Luego de su formación en nuestras universidades, siguió sus estudios y carrera en los Estados Unidos, profesor en la Universidad de Pensilvania, y a pedido del consejo editorial de Alianza Editorial, se logra una Historia de la Literatura Hispanoamericana, en cuatro volúmenes. El peruano Ricardo Palma aparece repetidas veces, por ejemplo, en la expansión romántica en el continente. O en la prosa castellana en América, en la poesía, los relatos que llamó «tradiciones». En cuanto a José Miguel Oviedo, no volvió nunca al Perú, pero dejó un monumento sobre la literatura del continente que habla y piensa en castellano, es el mejor estudio global de nuestra cultura literaria. Y nadie que yo sepa se ha animado —ni los europeos ni los profesores norteamericanos— a hacer otra. Por mi parte, como viajo tengo los volúmenes en los diversos lugares en que nos quedamos por temporadas. Mucho de lo peruano está en las miles de páginas de Oviedo. Amable lector ¿conoce usted esa biblia literaria?

En ella está, por cierto, las Tradiciones, que para Oviedo son algo más que cuentos cortos. En realidad, son cuentos cortos pero su esencia fue extraída de antiguos archivos siendo entonces algo más que eso. Sin duda, la memoria de lo acontecido, una serie de dramas y pasiones. Y en el estilo de Ricardo Palma, disertados con humor y como si fueran parte de una tragedia que fue la dominación colonial, con jovialidad y un aire ligero y sonrioso. Las Tradiciones fueron algo entre la historia y la literatura. Ricardo Palma, en el primer siglo de republicanismo, es el escritor que toma el pasado con un aire de ligereza y el ingenio de una cultura poscolonial. Acaso bajo la influencia de la cultura francesa, de la lección de Víctor Hugo y de la ironía de Voltaire. El limeño Ricardo Palma tenía el don de la literatura que puede reducir un noble al ridículo, como el joven Arouet que frecuentaba a la nobleza francesa los hacia reír —la drôlerie—, en tiempos difíciles. Ni a Voltaire ni a Ricardo Palma les entendieron. A Palma lo tomaron como un defensor del periodo colonial. Sin embargo, sus relatos hicieron desfilar en las hojas de las Tradiciones a «inquisidores, virreyes, oidores, togados arzobispos, a damas empingorotadas». Fue necesario otro siglo, el XX, para que aparecieran críticos más atinados, y cuando Raúl Porras se ocupa de las obras de Ricardo Palma, se entiende que no era solo un tradicionalista sino un republicano que observa la tendencia perversa o fantástica de esas épocas, sus intolerancias y vicios que no animaban a volver  atrás. De ahí el estilo irreverente del autor. Limeño y gran periodista, figura intelectual, mal entendido, alguien que intentaba la independencia no por las armas sino por el uso del lenguaje y el caracter limeño, porque cada página de los innumerables cuentos cortos de las llamadas Tradiciones no era sino un adiós a los viejos tiempos y la dominación virreinal.

La persona

Pero seamos amables con el escritor más reconocido del siglo XIX, Ricardo Palma: hay que decir cuál fue su origen, su formación, su vida política y los viajes que hizo. Estos datos son necesarios. Provienen del Diccionario Histórico y Biográfico de Milla Batres.

Ricardo Palma (1833-1919). Nace en Lima el 7 de febrero de 1833. Hijo de Pedro Palma, oriundo de Cajabamaba, y de Dominga Soriano, de Cañete, ambos gente «modesta de menestrales» expresa Clemente Palma —que fue también escritor—, el vástago del que se ha creído siempre era un conservador. El hijo discute esa calificación. Don Ricardo, en alguna ocasión, «se vanagloriaba de tres cosas en su vida: no tener sangre azul, de no ser coronel y de no ser doctor». Él formó su propia aristocracia literaria, «sus credenciales de nobleza intelectual las hizo manipulando en los archivos y bibliotecas con los  hechos y dichos de reyes, virreyes, conquistadores, inquisidores, encomenderos, oidores, togados, frailes, títulos de Castilla» (el nombre que se daba cuando compraba un título de nobleza gente extremadamente corriente      en las colonias. A la nobleza, se llegaba por actos de guerra pero España, en el XVIII, el dinero lo necesitaba.)

En el Diccionario de Milla Batres se observa que el pasado del Perú casi no lo toca Palma cuando los incas y curacas salvo una excepción, una leyenda incaica, Palla Huarcuna, la muerte de una doncella destinada al serrallo de Túpac Yupanqui, que fue una leyenda popular. Se nota que las leyendas incaicas seguían con vida porque Palma escribe ese drama antiguo en 1860, a sus 26 años. También se había interesado por un drama histórico, Rodil, pero lo destruyó. Palma era muy social con la gente de su edad, entre ellos el poeta Luis Benjamín Cisneros y José Antonio de Lavalle. Con ellos y otros ocho fundaron La Revista de Lima. Y «por el dinamismo de su espíritu»  —dice Manuel Zanutelli Rosas—, «lo llevaron a la política y le condujeron a actividades peligrosas». En efecto, Ricardo Palma no es ese abuelito con gran barba sino un atrevido personaje. En política, estaba al lado de los doctrinarios liberales de José Gálvez. Decirse liberal era estar en contra de los caudillos militares entre 1833 y 1895. Según Zanutelli, participó en un complot contra el mariscal Castilla, entonces presidente, pero habiéndose descubierto, no lo lograron, y fueron Palma y otros capturados y desterrados a Chile.

Más tarde, es Víctor Andrés Belaunde quien rememora el carácter del escritor Palma.  Con estas palabras: «Palma ingresa en la vida activa del parlamento, en 1868. Fervoroso liberal de las conspiraciones y del destierro se trueca en un sesudo parlamentario. Es presidencialista, no solamente por su posición en el gobierno de Balta sino por convicciones íntimas. En la legislatura de 1868, la primera a que asistió como senador por Loreto, se presentó por el general Vivanco una moción, invitando a los ministros a que asistieran a los debates de la cámara. Palma se opuso, afirmando que la presencia de los ministros los distraería de sus funciones en la administración pública». Su figuración fue poco brillante, dice MZR, pero siempre, digna, acertada y caballeresca. Aconsejó a José Balta que entregara el poder a Manuel Pardo. Cosa que no se hizo. Ahora bien, cuando el Senado protesta por el golpe militar de los hermanos Gutiérrez, la firma de Palma figura en el acta que suscribe la protesta contra ese golpe militar. «Era liberal, institucionalista, consecuente en su pensamiento y en su vida.»

En la misma fuente, en el Diccionario Histórico y Biográfico del Perú de Milla Batres, algo más. Palma llamó la atención de un gran historiador y escritor, Riva-Agüero. De Ricardo Palma dice: «Es el tipo de criollo culto, literario. Es muy raro este concierto del criollismo y de la cultura». Y lo que dice es decisivo: «Los que entre nosotros se han dedicado a la descripción de las costumbres tradicionales y populares, han caído en la vulgaridad, en el mal tono, y en una jerga abigarrada y plebeya. Palma es el representante más genuino del carácter peruano, es el escritor representativo de nuestros criollos. Posee, más que nadie, el donaire, la chispa, la maliciosa alegría, la fácil y espontánea gracias de esta tierra…

No es colorista. El maestro insuperable de las evocaciones coloniales, el que sabe resucitar una época entera hasta en sus mínimos pormenores.» «Cuando queremos penetrar hasta el alma de la colonia, nos apartamos de las sabias y pesadas compilaciones de Mendiburu, Odriozola y Córdoba, de las voluminosas Memorias de los virreyes, de toda aquella materia bruta, donde no están sino las osamentas, los yertos despojos del pasado, y abrimos las Tradiciones, donde bulle vivo y cálido. Tienen la verdad de la idea, en terminología  hegeliana: aquella excelencia de la poesía sobre la historia que Aristóteles proclamaba.»

«No leerlo es perder más de la mitad de nuestros hechizos» — Raúl Porras

Volviendo a nuestro tiempo

En la Historia de la literatura hispanoamericana de José Miguel Oviedo, en su segundo volumen, «Del romanticismo al modernismo», se toma a las obras de Palma como una expansión romántica en el continente.

«Palma y el arte de la tradición.

El romanticismo peruano fue tardío y endeble: casi todo lo que produjo, a partir del medio siglo [del XIX], en el campo de la poesía, el drama y la novela bien puede permanecer  olvidado sin que perdamos mayor cosa. La gran excepción es Palma, quien no sólo supero a todos sus contemporáneos —los jóvenes y aparatosos autores que conformaron lo que él mismo bautizó como «la bohemia de mi tiempo»—, sino que llegó a ser una gran figura de la prosa castellana reconocida tanto en América como en España.» (p. 115)

«Puede decirse, sin exageración, que Palma es la expresión más artística e ingeniosa de la prosa romántico-costumbrista del siglo XIX. La vida de este limeño de humilde origen y verdadero talento fue larga y fecunda; nada de lo que escribió, aparte de sus tradiciones —poesía lírica y festiva, teatro, trabajos históricos, literarios y lexicográficos— supera lo que logró en este campo, del que puede considerársele un maestro.» «Existía, pues, ‘una tradición de la tradición’ bien establecida antes que Palma

empezase a escribirlas, y cuyos estímulos podían remontarse tan lejos como las obras de Walter Scott.» (p. 116)

Ricardo Palma por sí mismo

Pero conviene que el propio autor, Ricardo Palma, hable sobre lo que él mismo bautiza como la «bohemia de mi tiempo»:

«De 1848 a 1860 se desarrolló, en el Perú, la filoxera literaria, o sea la pasión febril por la literatura. Al largo período de revoluciones y motines, consecuencia lógica de lo prematuro de nuestra Independencia, había sucedido una era de paz, orden y garantías. Fundábanse planteles de educación; la Escuela de Medicina adquiría prestigio, impulsada por su ilustre decano don Cayetano Heredia; y el Convictorio de San Carlos, bajo la sabia dirección de don Bartolomé Herrera, reconquistaba su antiguo esplendor. Por entonces llegaba de España don Sebastián Lorente, era nombrado rector del colegio de Guadalupe, y ante un crecido concurso daba lecciones orales de Historia y Literatura. Lorente era un innovador de gran talento, y la victoria fue suya en la lucha con los rutinarios. La nueva generación lo seguía y escuchaba como un apóstol. Abríase, pues, para la juventud, nuevos y espléndidos horizontes.» (Aquí continúa y nombra por lo menos a 23 profesores e intelectuales, «que no empezaban a peinar canas». Entre  ellos, Mariano Amézaga, Pompilio Llona, Pedro Paz-Soldán.)

«Nosotros, los de la nueva generación, arrastrados por lo novedoso del libérrimo romanticismo, en boga a la sazón, desdeñábamos todo lo que a clasicismo tiránico apestara y nos dábamos un hartazgo de Hugo y Byron, Espronceda, García Tassara y Enrique Gil. Márquez se sabía de coro [de memoria] a Lamartine; Corpancho no  equivocaba letra de Zorrilla; Llona se entusiasmaba con Leopardi; Fernández, hasta en sueños, recitaba las doloras de Campoamor; y así cada cual tenía su vate predilecto entre los de la pléyade revolucionaria del mundo viejo. De mí recuerdo que hablarme del Macías de Larra o de las Capilladas de Fray Gerundio, era darme por la vena del gusto.»

Ricardo Palma lo escribe con este título, «La Bohemia de mi tiempo», y vuelve a editarlo con «Recuerdos de España», en Lima, en 1899.

Sin embargo, se encuentra también en un libro titulado Historia de la literatura, editado por Paideia, Lima, del profesor Jorge Puccinelli, libro para los colegiales de secundaria, que guardo y respeto por la habilidad de los textos recogidos en el año 1960. El autor ya no está en este mundo. Libros para la secundaria como este, se ha dejado de lado. Es una barbaridad. Estamos, en lectura y escritura, detrás de todas las otras repúblicas del continente. Se olvida que saber comprender un texto, es el primer paso para aprender a pensar, a ser libre y, con el tiempo, un ciudadano bien formado.

* Publicado en el Boletín (virtual) n°105 de la Casa Museo Mariátegui dedicado a Ricardo Palma, pp. 8-11.

Publicado en El Montonero., 20 de diciembre de 2021

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Leyendo al Amauta

Written By: Hugo Neira - Dic• 13•21

Introducción

En una investigación sobre José Carlos Mariátegui, he encontrado el texto que sigue «No existen nacionalidades». No es del propio Mariátegui sino de lo que podemos llamar su contexto. Es decir, amigos, conocidos a los que llamaba para publicar en la revista Amauta.

Exactamente, en el número 13, de marzo de 1928, el año III de la revista, en la página 36. El autor de este breve texto es Gerardo Gallegos, en Guayaquil, en febrero de 1928. Como se sabe, la revista de Mariátegui se ocupaba de temas de doctrina, arte, literatura, y polémicas, de tal manera que en el sumario de cada edición publicaba una carta de Romain Rolland o de Waldo Frank sobre la decadencia, o sobre arte peruano. En el mismo número de Amauta, hay un texto de Luis E. Valcárcel titulado «Sumario del Tawantinsuyu», lo que no impide que la revista de Mariátegui se ocupara de la Vida Económica, crónicas de Finanzas, Comercio, Agricultura, Ganadería, Minería, Industrias, Transportes, Seguros, y Estadística.  Todo ello, al lado del texto de Mariátegui sobre la reforma universitaria, y un poema en quechua de José Varallanos. Y una nota polémica de Martín Adán en contra de Josefina Baker.

Nada de lo que es importante escapaba a Mariátegui, incluyendo la ciencia, por ejemplo, en el n°13, «el precursor de Einstein», que escribe Hugo Pesce. Está claro que Amauta no fue solo una revista política sino la más grande y abierta de todas las revistas que hemos tenido durante el siglo XX. Además, la revista muestra arte peruano como la indiecita, un oleo de Teresa Carvallo, o esculturas, y en literatura los versos de Martín Adán, «la defensa del disparate puro», dice una nota. Todo ello, dice JCM, «la poesía contemporánea» y el elogio del disparate, primeros pasos del surrealismo, era la defunción del absoluto burgués.

Cien años después, nos hemos empobrecido. Separamos en extremo la economía y la política ante el arte y la ciencia. El testamento de Mariátegui y la generación del inicio del siglo XX, vinculaba todo lo que es humano, desde el poema a la necesidad de instituciones del agente ejecutor del Estado. Navegamos, sí, pero con un solo remo. Mariátegui no solo derramaba una doctrina sino una pedagogía, no como ahora, amaestramiento confundido con asignatura. Sin tentar el estallido del nuevo conocimiento. La esterilidad se ha impuesto en nuestras escuelas y universidades. Nuestra cultura, un erial. Cuando echamos una mirada a la revista Amauta y esa generación, se nota una excitación, una exaltación, un amor por el conocimiento que se ha marchitado a lo largo de un siglo. Asistimos a las exequias, al velorio de una educación que es necrología, casa mortuaria, desengaño de lo sustancial que es la educación, curiosidad y éxtasis. En otros países, los escolares y estudiantes aman sus escuelas.

He aquí el texto en Amauta, sobre la nación.

«No existen nacionalidades en nuestra América (en Amauta)

Si la civilización es algo más que los autos que ruedan en las avenidas, los aeroplanos que vemos pasar, los radios y ortofónicas de los clubs; y es otra cosa que el «rouge» que, con los últimos modelos, les llega a las chicas «bien» desde París, es preciso aceptar que los pueblos de Indo-América-Latina y especialmente los bolivarianos viven todavía en plena Edad Media.

El genio de Bolívar libertó a estos pueblos, adelantándose su visión en dos siglos a la Historia. Pero no aró en el mar: sembró en el tiempo.

Mientras llega la hora—si es que antes no nos toma por su cuenta Yanquilandia— y aunque los que se dedican a los discursos altisonantes nos hablan de la grandeza de la patria y enorme cultura del pueblo, el panorama que presentan los pueblos diseminados a lo largo de los Andes, es desastroso: tal como el que en la Edad Media presentaban los bárbaros de Europa. Porque no arraiga todavía en el alma de las multitudes la conciencia de su unidad de origen y de estilo. Esta es su tragedia.

Tras la sombra de Bolívar quedaron fragmentos de nacionalidades erigidas en cacicazgos con el nombre de repúblicas, y en las que un militarismo craso y hasta analfabeto con sed de mando, impuso la brutalidad de su sable. Y con ellos, una multitud de patriotas (vividores políticos) se dedicaron a fanatizar al pueblo, a adular a los caudillos, y a prosperar en sus intereses en nombre de una patria y de una nacionalidad que no existen todavía.

Porque no basta hacer cuatro zanjas que dividan unas regiones de otras, y agrupar en ellas un pueblo bajo el gobierno de un presidente, para tener una nacionalidad y crear una patria. Este concepto podría ser base de «nacionalidades» en las tribus de África, pero no en pueblos que han dado hombres de cultura que han asombrado Europa. La Nación es una entidad social con fronteras étnicas, geográficas y morales. La patria es el pasado histórico de un gran pueblo que lo funde en una unidad homógena —idioma, educación, cultura, costumbres, mentalidad— y lo proyecta al porvenir en un solo destino. Y esta Nación y esta Patria no existen todavía en Indo-América-Latina ni siquiera en aspiración definitiva del sentimiento colectivo, menos en la realidad de nuestra historia.

No tenemos patria, porque desde los orígenes la rompió en pedazos la ambición del caudillaje militarista; ni existe una verdadera nación porque a pesar de que, desde el modo de pensar hasta las maneras de vivir son idénticas en estos pueblos, y más acentuadamente en los bolivarianos, estamos divididos en grupos insignificantes que ninguno puede responder por si solo a este concepto.

Lo que sí es verdad es que la patria y la nación se han encarnado en tiranuelos, caciques y déspotas que han vivido y aún viven de lo que produce la lana de los rebaños ciudadanos. Vivimos ridículos y miserables aplaudiéndonos como tontos, grandezas de que con razón se ríe el resto del mundo. Y vivimos cultivando entre grupo y grupo rencillas de tribus, inconscientes de que traicionamos el destino de una gran nación: Indo-América-Latina.

Un ejemplo histórico y cercano en la Historia lo tenemos en Italia, que solo afirmó su entidad de tal cuando el sentimiento de la unidad de su pueblo fue lo bastante fuerte para derribar las murallas de sus ciudades rivales y levantar las fronteras de su verdadera nacionalidad.

Nuestra patria, nuestra verdadera nacionalidad está por formarse, es el conjunto de pueblos que demora a lo largo de los Andes, dispersos y haciéndose una bárbara campaña de emulación y de odio con medro de su vitalidad y desarrollo. Las fronteras que los dividen son ficticias porque no responden a una realidad histórica.

Indo-América-Latina vive políticamente en periodo de la Edad Media. Nuestra civilización política está a la altura un poco mayor que las tribus del Oriente y bastante menor que la de los indios aborígenes, que con todo y vestir plumas, crearon en esta América, dos poderosos imperios de civilizaciones florecientes.

Pero el pensamiento gigantesco de Bolívar, deformado y traicionado por ignorantes políticos y por ambiciosos caudillos se abrirá camino, lentamente, en el sentimiento de estos pueblos. (Gerardo Gallegos, Guayaquil, febrero de 1928 Amauta 13, marzo de 1928)»

Publicado en El Montonero., 13 de diciembre de 2021

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Alan o el aprismo del siglo veintiuno

Written By: Hugo Neira - Dic• 12•21

Desde esa cúspide del pensar peruano sobre el destino de la nación y el pueblo que es Villa Mercedes, la casa de Haya de la Torre y su biblioteca, me piden estas líneas sobre Alan García. Lo hace el amigo Bendezú, que es el alma y motor de esa institución. Nada más facil y a la vez tan difícil como esta tarea. Al mismo tiempo, ¡qué problemática inmensa! Alan García es parte de la historia contemporánea y a la vez, por su trayectoria, sus dos gobiernos, sus libros, el ejemplo espartano de preferir el averno, el inframundo a la humillación. Entiendo la necesidad y la urgencia de hablar de quien ya no está con nosotros, porque en el Perú no mata la muerte sino el silencio.   

Es de mañana cuando escribo estas líneas. Desde uno de esos edificios clasemedieros que trepan cerros y contrafuertes geológicos, veo a Lima envuelta en la levedad de sus neblinas y de su vida política. ¿Es que sabemos hacia dónde vamos? Por mi parte, me parece mentira estar escribiendo esta nota, tras la muerte de Alan García. Por razones generacionales —le llevaba varios años—, pensé que era yo el que podía partir primero. Pensé en todo menos en lo que ha ocurrido. Fue víctima de una solapada contienda que bajo el pretexto de la lucha contra la corrupción, elimina los posibles rivales presidenciales. En su caso, el zaharimiento de una megacomisión durante cinco años del gobierno de Ollanta Humala —o mejor dicho, de Nadine Heredia—, por lo visto, no fue suficiente. Alan García ha sufrido, esta vez, el peor de los exilios. El sarcasmo de sufrirlo en su propio país. Y uno se pregunta si todo esto no es sino la reduplicación de las  persecuciones de los años treinta y cuarenta. 

Debo pasar a otro ámbito, el presente. La coacción dramática de capturar a sus rivales en la madrugada y en su casa, el brazo secular, no va a poder alcanzar a callar otra métrica, otra cadencia que es la de las ideas. La prepotencia tiene un límite donde se inicia la gaya ciencia. Y en ese jardín, se instala lo potencial, lo virtuoso, lo que no muere. Hace siglos, San Agustín se reía de los bárbaros que tomaban militarmente Roma, pensando que así acababan con los cristianos. Se reía porque la Iglesia no era un casino o un chalet, ni un cuartel. Era un grupo de gente, poco o numeroso. Gente con un itinerario, un recorrido, una travesía. En el Perú, cada político, si lo es, es una suerte de ingeniero de caminos, o lo que se llama un baquiano.  

La vida y las ideas de Alan trasladan un candil de un siglo a otro. Discípulo de Haya de la Torre, su capacidad y el destino, lo llevan a Palacio. Cosa que el maestro no alcanza a vivir, aunque cuenta mucho el Presidente de la Constituyente de 1979. Entonces, se recuperaba para la ley, algunas de las grandes reformas iniciadas en los 70. Pero nuestra sociedad, cuando se libra de alguna carga o un yugo, el latifundismo por ejemplo, inventa otros. La carencia de nuestros días ya no es del todo la pobreza sino la incompleta formación personal de millones de peruanos. Ha habido algo perverso que destruyó los colegios públicos, y eso no fue casualidad. Pienso, pues, en el político y estadista que fue Alan, entre dos siglos, dos sociedades, dos tiempos. Y creo que pensó en otros cauces. Y como todo aquel que innova, unos lo entendieron. Otros no.

Un partido es un censo perpetuo. Es también unos celos interminables. Ninguna organización humana, desde la tribu a un imperio, escapa a esos conflictos. Por lo general, internos, intestinales. En los asuntos del partido aprista tengo como regla no intervenir. Pero no cultivo la excentricidad de dejar de reconocer su importancia. La historia del aprismo es también la historia del Perú si se toma en cuenta la lucha a la vez por la justicia social y la democracia. Como sabemos, no van necesariamente juntas. El Perú ha cambiado en el siglo XX desde sus tiranos y autócratas, Leguía, Odría, y sin duda el velascato, por las razones que sabemos. Una vieja oligarquía e incluso las élites económicas de tipo industrial y banquero, no han dejado de capturar el Estado y evitar grandes reformas. Seamos breves y sinceros, el establishment político peruano, desde 1931 hasta nuestros días, controló la formulación de las políticas, aunque de vez en cuando algo llegó a remecerlo.

Ahora bien, es cierto que en su primer gobierno, confía en la fuerza de un capitalismo de Estado, lo cual era corriente. Lo practicaba también en Chile un presidente socialista, Salvador Allende. Una teoría de la CEPAL, la salida de la dependencia por la capacidad del Estado y no el mercado, y claro está, no tuvo el éxito esperado. Por lo demás, en ese periodo, el terrorismo de Sendero interviene, agravando las dificultades. Sin embargo, el segundo gobierno de Alan García fue una lección de cómo se podía coordinar la economía liberal y la corrección concreta de las grandes iniquidades que atormentan a los pobres y a los marginales. Pero ese éxito se lo niegan. Lo catalogan como capitalismo neoliberal. Cicatera izquierda, que entierra todo lo que no sea su propio mérito. El tono es despectivo. «Desarrollo, democracia y otras fantasías» (Perú Hoy n°17, DESCO, 2010).

En realidad, faltan a la verdad. No toman en cuenta los 6 millones de no pobres que emergen en su gobierno. Había hallado una fórmula para el progreso, el mercado y el Estado. Eso fue el segundo gobierno. Del 2006 al 2011, «en promedio, el PBI creció durante los cinco años en 7,2%, y su gobierno deja unas reservas internacionales netas por US $ 47,059 millones. «Gracias a un apropiado manejo de la economía», dice el Banco Central. Fue un sistema lo más próximo de lo que nos es posible, de las naciones socialdemócratas de Europa, aunque no tengamos los recursos industriales ni las clases medias profesionales y con ética para ese tipo de poder político. No duró mucho.

Para continuar, no necesitamos detenernos en los catastróficos gobiernos del 2011 hasta nuestros días. Acaso, sus consecuencias. Hoy, la sociedad que tenemos, es cada vez más atomizada. Hoy, la realidad es grandes y arrogantes corporaciones, Estado frágil, «demócratas precarios» (Dargent). Nos rodean males sociales, un pantano sofisticado de movimientos políticos que terminan en el escándalo, signos diversos de descomposición. Alan García conocía la izquierda, pero era la del siglo XX. Hoy es otra cosa. Para entenderla, es preciso la espeleología. Pasemos a cosas más serias.

Los libros que nos ha dejado Alan García, son una salida hacia un siglo XXI, si queremos lucidez. Vivimos otro tiempo. Cambios climáticos, un mundo sin hegemonía de ninguna gran potencia, contiendas y equilibrios entre los Estados Unidos, Rusia, China, la Unión Europea. El derecho internacional por los suelos. De lo contrario, Maduro ya no gobernaría. Nuestra sociedad también se ha transformado. Prácticamente no hay analfabetos. Y sin embargo, cada vez más se lee menos. Por lo demás, la vida peruana transcurre en la costa, ya no en las grandes cuencas de la sierra. Somos una sociedad urbana, lo rural es poquísimo. El nuevo contexto es no solo social y económico sino cultural. La técnica y las comunicaciones son decisivas. La sociedad es hipermediática. Y todo esto prepara a otro tipo de cultura política.  

Acaso por ello, Alan García anticipa desde el 2003, el nexo entre globalización y la justicia social. Es sencillo, pero no todo el mundo piensa así. La globalización es un hecho, guste o no. La justicia social no solo el ideal, el pragmatismo de la política es resolver los problemas. Hay una palabra clave en esa obra, la modernidad. Escribe:  «debe ser la bandera de la Política de la Juventud». Trae a colación por capítulo «la información y la genética, las relaciones sociales interactivas, el globalismo, una nueva acción y pensamientos políticos». En ese libro estudia los grandes cambios desde 1930, hasta la informalidad, la nueva composición de la clase media. En otro libro, razona y explica a Confucio, y no me parece un estudio algo exótico y lejano. Lo estudia porque ha encontrado una lógica y una ética. Y así lo dice en la página 46, «la tesis de este libro es un enfoque culturalista, según el cual con la adopción de ciertas ideas o valores, se orientaría la realidad». A lo que quiere llegar, es lo que llama «la personalidad básica» de nuestro país. Él encarnó ese modo de ser de nuestros mejores pensadores y políticos, no dejar el saber al ocuparse del poder. Todo eso debe correr hasta alcanzar no solo una manera de entender el Perú y Latinoamérica, sino «una concepción del mundo». La tarea de apristas y no apristas es eso, para el siglo XXI. La intelligentsia que libera. Esa herencia es lo que nos deja. Sus libros, su lección. Morir, si es posible, para que no triunfe la bestia.  (HN, julio de 2019)

Publicado en la revista Indoamérica n°2 , Set-Dic de 2021, Editora Matices EIRL, pp. 13-14-15.

Entre agradecimiento y sorpresa, unas cuantas palabras

Written By: Hugo Neira - Dic• 07•21

Hemos estado la semana pasada en Arequipa. Invitados por los organizadores del XIV Festival del Libro. Me pidieron que presentase dos libros. El primero, Huillca, habla un campesino peruano. Como ya les conté en este portal, este libro es una biografía del líder del movimiento de protesta contra el sistema semifeudal del mundo rural. Fue primero editado en Cuba cuando gana un concurso de la Casa de las Américas de La Habana, libro que fue traducido a siete lenguas, y que dio la vuelta al mundo. Pero no conocido en el Perú hasta hoy. Felizmente una editorial local —Achawata—, tomando en cuenta que pertenece al género testimonial, lo edita de nuevo con las páginas en que cuento la visita del campesino Huillca a Cuba, el indígena que en los años sesenta del siglo pasado, desde la Federación Departamental de Campesinos del Cusco,  organiza las invasiones de tierras en las haciendas, sin el uso de las armas ni sangre, movilizando centenares y miles de indios entre 1960 y 1965. Yo fui testigo de esa ola pacífica, y enviado especial por el diario Expreso. En Lima, recogieron mis crónicas en el momento en que se discutía en el Congreso la posibilidad de una reforma agraria. Eran los años de la presidencia de Fernando Belaunde. Pero también podemos decir que fue el primer paso hacia la reforma agraria esa ola campesina que no dependía de partido alguno. Apareció una elite dirigente en la sierra misma, entre ellos, Huillca. Era el surgimiento de una elite propia lo que asombraba en aquellos días. Y en especial, a las Fuerzas Armadas. No eran guerrillas, nadie los manejaban de fuera. El golpe de Estado y luego, en 1969, la ley de reforma agraria de Velasco, no nace en los cuarteles sino en torno a los acontecimientos en el Cusco y el sur del Perú. Huillca fue el libertador de los indígenas. Acaso por esa misma razón se oculta el inicio de un cambio en la estructura de la sociedad peruana.

En esa semana en Arequipa, también presenté otro libro. El que ha editado la Universidad Ricardo Palma de Lima para este Bicentenario. Se titula Dos siglos de pensamiento de peruanos, obra de 666 páginas para la cual he compilado los textos de 82 pensadores peruanos. Entre ellos los que llamamos la «generación de los 70». Muchos de ellos, como Fernando Fuenzalida, Julio Cotler, Carlos Franco, ya no están en este mundo. Para ese libro, reuní los mejores textos de nuestros intelectuales.

También me esperaba en Arequipa un libro de homenaje cuyo prólogo se me había pedido y se reproduce en las líneas que siguen.

                                                                      ***

Desde Arequipa, me hacen saber que se prepara un libro consagrado a mi vida y obras. Me escribe Carlos Rivera, editor y coordinador, y me envía el índice. Me entero de que en el comentario, aparecen amigos míos, Martín Tanaka, Alberto Vergara, Juan Carlos Valdivia, Víctor Andrés Ponce. El editor ha recogido textos anteriores, en épocas y circunstancias distintas. Por ejemplo, en cuanto a entrevistas, una de Alberto Vergara y Martín Paredes cuando acababa de retornar de la Polinesia Francesa, y alguna, más reciente, de Enrique Valderrama. ¿Qué otra cosa puedo decir a unos y otros? Mi inmensa gratitud. No lo esperaba porque, de alguna manera, me he acostumbrado a no esperar nada. Que es la mejor manera de proseguir en el quehacer intelectual. Más bien, contaré de dónde vengo y cómo trabajo.

Ocurre que el fino y despierto editor se ha dado cuenta de que he tenido la costumbre de escribir cartas públicas a algunos amigos, y no necesariamente por coincidencias. En Carlos Tapia, su idea y percepción de los grupos armados. Ante Alfredo Barnechea, cuando le interesaban los dragones asiáticos, que fue uno de esos mitos limeños en busca de una ruta al capitalismo moderno. En cuanto a Moisés Lemlij, porque se le ocurrió convocar a psicoanalistas y científicos sociales y exponer puntos de vista sobre el nuevo milenio. Han pasado más de veinte años. Más allá de la anécdota personal, en aquel momento se libraba una gran batalla cultural. Se expresaban los poderosos imaginarios de aquel momento, acaso desautorizados por el confuso presente. Fue un contexto muy especial, un nuevo milenio y cambios inesperados en el Perú y en el mundo. Y coincidía con mi retorno al país. Por mi parte, con la cultura europea a cuestas.

Estas líneas, además del agradecimiento —incluidos los participantes, diversas autoridades académicas—, deben seguir un rasgo de carácter, mi sinceridad. Tengo la impresión que esa actitud, dada la relación con mis alumnos y los mails que me llegan, es la que más se aprecia. No es que me den la razón. Probablemente discrepan, pero da la impresión de que están hartos del disimulo, del que escribe pensando en «el qué dirán». Saben, por lo demás, que no aspiro a ser ni ideólogo ni jefe supremo de alguna ideología mesiánica, situación cuasirreligiosa que se produjo en una universidad de Ayacucho, para mal de nuestras culpas. A veces me toman por pesimista. Es verdad que detesto esa suerte de infantilismo del optimismo a la peruana. Lo que soy es un escéptico. Más que descender del linaje de Mariátegui o de Haya de la Torre, creo que vengo del espíritu crítico e insumiso de Manuel González Prada. Pero no soy el único. Si el amable lector sigue mi consejo, va a encontrar entre algunos de los clásicos del Perú —en Riva-Agüero, en Jorge Basadre y en Raúl Porras— pasajes de mal humor, al borde del panfleto. La tradición letrada luce el recurso de la ironía y textos sin ganas de conciliación con las corrientes dominantes. Fueron toda su vida libres, y por eso, maestros.  

La invitación a estas páginas me pone en una situación difícil. Alguien ha dicho lo siguiente: «los escritores siempre fueron incomprensibles de sí mismos» (Luis Alberto Sánchez). Para comenzar, me tomo como un escritor. Pero no como los escritores literarios. Novelistas, autores teatrales y críticos literarios que escriben tan bien como aquellos que comentan. Se olvida que hay escritores en historia, filosofía, y en las ciencias sociales, antropólogos, etnólogos, psicoanalistas, economistas y sociólogos. Los intelectuales literarios narran. Nosotros, no narramos, razonamos. Nuestro campo no es el relato. No venimos de Cervantes. Venimos de Montaigne. Eso se inicia con los griegos. Su literatura viene de Homero, de un relato. El logos de Platón, de un debate. Y de ahí, la filosofía y la política. Nuestro campo de agramante es la prosa, sea el ensayo o el libro universitario. He escrito toda mi vida ensayo. En 1961, Unanue, y el nacimiento de la patria. Un concurso. En el jurado, Basadre. Tenía 25 años. Después, no he parado. He ganado premios internacionales, cuya mención no viene al caso.

Pero eso no es todo. Me he pasado la vida estudiando. De la Historia, en San Marcos, a la tutela paternal de Porras —igual la tuvo para Pablo Macera, Carlos Araníbar, Mario Vargas Llosa—, pero me pareció insuficiente. Un azar, mi libro Cuzco, tierra y muerte me hace ganar premios y la curiosidad de los franceses, que me invitan a trabajar en Sciences Po, —el Harvard de Francia— como investigador. Estudié entonces Ciencias Políticas, con profesores como Raymond Aron. Y luego, después de Velasco, cuando no me quedaba más remedio que el autoexilio, En una de sus «altas» escuelas de Francia. En la EHESS (Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales). Son casas de estudios posuniversitarios. En fin, tres disciplinas. Me eduqué en la multidisciplinariedad. Además del tronco formal de las Ciencias Sociales, yo tuve que elegir un profesor en Antropología, y otro en Filosofía. Elegí, para asombro de mi tutor Jean Meyriat, a Lévi-Strauss. Ya era célebre. Recibía alumnos en numerus clausus, es decir, pocos. El filósofo fue Lucien Goldmann. Menos mal que no hice estudios superiores en los Estados Unidos sino en Europa. Tan dados a la especialización. ¿Por qué no es saludable? Porque la problemática de lo humano no se puede entender, en ciertos niveles de exigencia, sino en visiones globales.

Seamos claros. ¿Qué son mis obras? Un lugar autoral heterogéneo. Se fundan en que sociedad, ideas y Estado se entienden desde conexiones, interfaces, actitudes diversas. Unas objetivas, otras subjetivas. Por mi parte, para entender un tiempo histórico o una tendencia popular o elitaria, es preciso conceptos y situaciones, nunca estables, flexibles, variables. No estudiamos ni los astros ni la geología. Aunque ellos también se modifican. Pero no dejo de partir de la historia. Quién la olvida no sabe nada de nada. Pero no me quedo en ella. Ni en la historia como pasado, ni en la longue durée de Braudel. Mi texto se baña en la complejidad tanto del individuo como de la sociedad. Y en mis trabajos de historia social, creo haber innovado en los estudios sobre el periodo colonial al introducir conceptos que vienen de la sociología, en especial de Max Weber, utilizando el episteme de «dominadores y dominados», y el ambiguo rol de los criollos, como «dominados-dominadores», en «la lógica imprecisa» del siglo XVI y el XVIII, tanto mexicano como peruano (2016:315). En ese champ o problemática, se explica el rol de los virreyes, de la Audiencia, oidores, corregidores, curacas, el criollo virreinal y su necesidad de rango y el poder de la Iglesia. Sostengo que gran parte de ese sistema se desliza bajo el manto republicano en nuestro siglo XIX y XX. Lo que explica, en gran parte, nuestros actuales retardos. No somos todavía, del todo republicanos.

Ahora bien, hay una escritura-Estado. La mía es escritura-sociedad. Pienso más en el papel del pueblo sin dejar de lado las grandes personalidades. En mi segundo libro sobre México y el Perú, en el capítulo sobre el siglo XIX peruano, me he ocupado de Piérola y Ramón Castilla, sin olvidar el Partido Civil y el sistema censitario para las votaciones. O sea, esto último, un siglo sin la presencia en las urnas de pobres e indios. O sea el pueblo, eso que Mariátegui llamaba el demos. Invisible hasta 1931.

En fin, no escribo solo para mis colegas. Mis textos pudieron ser más densos y no lo son. Y si alguien se anima a una lectura tomando en cuenta la estilística, reconocerá que conozco y utilizo los recursos propios a los literatos, el uso de la metáfora, esquemas categoriales que vienen del campo literario; en suma, formas de expresión escrita. Que no es corriente en disciplinas ajenas a la literatura. Muchos lectores se sorprenden de que pase de la frase larga —muy a la española— a frases breves, terminantes. Pues bien, algunos piensan que proviene de la lengua francesa, algo hay de eso. Pero tiene dos orígenes locales: viene de la casa-taller de la calle Colina, Miraflores, el aprendizaje con Porras. Y a su muerte, el trabajo del periodista. Ocurre que toda mi vida he tenido ese oficio a mi lado, de modo lateral, mientras me formaba en disciplinas de expresión densa y con códigos. Mi hermenéutica es comprensiva. No solo pienso en la lógica que acompaña a toda prosa escrita (introducción, desarrollo, conclusión) sino que pienso en el lector. Para ese oficio, el periodista, se necesita alguien que pesque al vuelo el sentido de los acontecimientos. Mariátegui decía que «el periodismo es una prueba de velocidad». En un examen de quién era Waldo Frank, «en su formación, mi experiencia me ayuda a apreciar un elemento: su estación de periodista» (El alma matinal).

Es hora de decir que llevo conmigo la visión de otros mundos, el occidental, con estaciones en Inglaterra, España y Francia. Mis recursos expresivos vienen del castellano pero con la lógica del cartesianismo. No es difícil comprender que mis ideas y manera de expresarme conectan dos culturas, a la vez que entran en conflicto. Mi retórica la he llamado «el pensar mestizo». Mi subjetividad es latinoamericana y la construcción de mis textos se funda en disciplinas conocidas por el planeta entero y el rigor de buscar la verdad y no la ideología. No me considero un intelectual sino un científico social que ama a la vez el arte del texto y las ideas claras. No creo en ningún providencialismo, ni tampoco en los determinismos, ni marxistas ni neoliberales. Creo que la cultura es más poderosa que el dinero. La cultura digital, la utilizo, pero no estoy en Facebook. Y en mi página web, en mi Twitter, hay acceso a todo salvo a los insultos. Por eso me he llamado ‘el mutante’. No soy sino un artesano de ideas. Me interesa el arte, las ciencias. Vivo con alegría y asombro las modificaciones del saber contemporáneo. El conocimiento es mi taza de té. En cambio, no tengo, deliberadamente, un smartphone. No tengo tiempo para ello, no busco estar conectado, al contrario. Leo, hago ejercicios, camino, escucho música, converso con amigos horas de horas.

En materia de dinero y recursos, hice una apuesta con el destino. Quedarme el tiempo necesario en la docencia europea hasta alcanzar la jubilación. Y tener una renta que me permita ser libre. Y es lo que ha ocurrido. Lo de lóngevo «los hay pocos», me dice un amigo, acaso lo explican mis hábitos, son sobrios. Jamás he bebido. No soy dado a los mejores restaurantes. Me tiene sin cuidado la gastronomía. Pero no soy un monje y menos un santo, me he casado varias veces. ¿Todo eso explica mis libros? Cada año, viajamos a Europa para ver cómo van los saberes, y en el retorno, lejos de Lima en una suerte de claustro, con mi mujer, mis libros. Así se construyen las obras que han despertado la curiosidad de un sinnúmero de jóvenes. Libros, resultado de una manera de trabajar con una disciplina de hierro. No hay otra. Por lo demás, la escritura tiene sus exigencias: soledad, silencio. Y cuando puedo, enseño a mis alumnos el arte de la escritura razonada. No a escribir novelas o relatos. De eso se han ocupado García Márquez y Mario Vargas Llosa. Lo mío es la otra literatura, historia, foro, religión, filosofía. La que razona ante lo real y no lo inventa. La prosa. Ese es mi campo. Admiro, por cierto, la literatura, el teatro, en especial la poesía. Pero cada día leo más a los filósofos.

En suma, sin a priori ni dogma alguno y sin pertenecer a esta u otra camarilla. ¿Qué estaba detrás de la libertad de Jorge Basadre? A nuestro más grande historiador no lo sostuvo ningún gobierno ni entidad peruana. Después de la BNP, me ocupé de qué es República, qué es Nación, qué son las civilizaciones inca y azteca, China e India antigua, las cuatro comparadas. Libro tras libro, de dos a tres por año.

No basta ser libre, hay que vivir. En mi caso, dos universidades me apoyan. Ambas editan mis libros, fruto de clases o de investigaciones. Soy lo que llaman los franceses, un passeur de ideas. Trato de temas globales. Y a la vez, el país, la patria, el Perú. El mundo. Me gustan más las montañas que las playas. De ser amigo soy capaz de viajar para ver a alguien. Pero igual me entiendo con su majestad la soledad. (HN, Surco, 13 de diciembre de 2018)

                                                          ***

Estando en Arequipa, nos trataron como a príncipes. El libro de homenaje se titula:  Hugo Neira. La ilustración de nuestro tiempo (Universidad Católica Santa María, editor y coordinador, Carlos Rivera). No puedo menos que darles las gracias. No nací en Arequipa, ni he sido profesor de la universidad que lo publica. Les agradezco porque es un libro muy bien organizado.

Contiene entrevistas, ensayos y discursos míos, también muchos de mis artículos un tanto desperdigados en revistas y periódicos. Y una sección «Perfiles» en la que me ocupo de Mariátegui, Haya de la Torre, Scorza, Fuenzalida o Tantaleán. Pero también de Sartre, Borges, Jesús y los Esenios. Neira periodista, sociólogo. Es cierto que me atraen disciplinas distintas y que mi amigo Juan Carlos Valdivia Cano me ha entendido bien y usa una metáfora para describirme: es el título de uno de mis libros, Del pensar mestizo, de 2006. No soy como el gran José María Arguedas que pensaba en quechua y en castellano. Lo que ocurre es que a lo largo de mi vida, acaso sin deliberada intención, he tomado conceptos y herramientas intelectuales de la tradición europea y occidental sin dejar de ser peruano. La hibridación, no el distanciamiento. De Montaigne, el exilio, el hábito de viajar, y si no se es rico como Montaigne, si no se tiene una torre o un castillo, se puede tener un patio, incluso  un  corral. Adolfo Castañón,  estudioso del creador del ensayo, sostiene que la salud del intelectual le venía porque sabía irse  (Por el país de Montaigne, 2015). Nosotros no hacemos libros. Son los libros que nos hacen: «Je n’ai pas plus fait mon livre que mon livre m’a fait». Una cita de Montaigne. No es un caso raro. Lo fue Lukas y lo fue el español José Ortega y Gasset, liberal, catedrático, no era judío, ni marxista, pero era un paria. ¿Por qué se le detestaba? Porque en 1917 llama a España «invertebrada», anticipándose a la guerra civil. El forastero es capaz de discernir, a diferencia de los cuya vida no es sino una continuidad. Los alemanes tienen un concepto, lo que Mannheim llamaba la Freischwebende Intelligenz. Los que están como pájaros, adentro y afuera. El marginado es más lucido que el sedentario.

Publicado en El Montonero., 6 de diciembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/entre-agradecimiento-y-sorpresa-unas-cuantas-palabras

¿Identidad o identidades?

Written By: Hugo Neira - Nov• 30•21

En el Perú y pensando en otras sociedades                                                

Esta pregunta me la ha hecho un alumno. Y recordé uno de mis profesores en Europa que me dijo: si no estás seguro de tu respuesta, di que la darás en la clase siguiente. Eso es lo que hice, sin imaginar el lío en que me metía. Al final de este texto, hay unas líneas de una enciclopedia de las mejores que existe (la de Oxford, de Filosofía, nada menos), pero ahora explico que la identidad es una mismidad numérica, o sea la estrella de la Madrugada y la de Tarde, es lo mismo. Vivimos en una era en la que, además de los libros, el poder está en las imágenes. Desde el principio del siglo XX, el poder de lo visual no es solo cuadros artísticos, imágenes en las iglesias, sino el cine, la fotografía, internet. Y entonces ¿qué rostro, qué personaje podía ser el representante de Londres, Inglaterra, el Reino Unido, y los mismos norteamericanos? Estoy hablando de Charlie Chaplin. De su personaje, tomemos algo de Wikipedia, la enciclopedia libre que es planetaria. «Desde 1889 a 1977, fue un actor, humorista, compositor, productor, guionista, director, escritor y editor británico. Se le considera un símbolo del humorismo y del cine mudo. Al final de la I Guerra Mundial, era uno de los hombres más reconocidos de la cinematografía.»

Arrancó en 1914, yo no había nacido todavía. La primera película se llamaba Todo por un paraguas, y luego, con el tiempo, lo vimos como Charlot, en el baile, en el fuego. Y siguieron La quimera del oro, y de la mano de mi padre, Luces de la ciudad, Tiempos modernos y El gran dictador. Le pregunté a mi padre si era inglés, y lo era. Mi padre me preguntó qué me parecía que cambiara de oficios. Y en efecto, Charlot era músico ambulante y bombero, también prestamista. Más adelante lo vimos en una película cuyo nombre no recuerdo, era un hombre sin casa ni dinero pero ayudaba a un niño llamado Jackie Coogan, nunca pude olvidar esa ternura desinteresada. De niño no podía entender esa mezcla de comedia y sentimentalismo.

Cuando había crecido y era escolar, hacía mi secundaria en el Melitón Carvajal —esos formidables colegios que el dictador Odría creara para los hijos del pueblo— y tenía tres posibilidades: formación en comercio, en maquinarias o una para continuar en las universidades. Con mis compañeros de colegio y el apoyo de los profesores, entendí que el personaje de Chaplin encarnaba miles de trabajadores en Estados Unidos y Reino Unido que se habían quedado sin trabajo luego del derrumbe de la economía con la gran crisis de 1929. Y mejor aun, Charles Spencer, su nombre de nacimiento, era un hombre de maneras educadas, de ahí que se vistiera como un empresario con éxito, y ese sombrero propio a burgueses o acaso alguien de la nobleza inglesa. O sea, un vagabundo con bastón y sombrero de torre. En cuanto a su vida, se casó varias veces, en los Estados Unidos, lo veían comunista, tuvo problemas con el servicio de Inmigración y Naturalización y le prohibieron el regreso a los EEUU.

El personaje de Charlie Chaplin me permite intentar comprender ya no a un europeo ni un norteamericano, sino a un personaje que todos conocemos, Mario Moreno Reyes, que usted, amigo lector, conoce como Cantinflas. Nació en 1911 y muere el 20 de abril de 1993. De nuevo un personaje, en películas en negro y blanco o ya con colores, un comediante mexicano. No seamos mezquinos, cicateros, Cantinflas encarna una manera de ser, una identidad que se ve o se le escucha, algo particular y que es propio al personaje. En cuanto a Mario Moreno, no es solo un éxito filmatográfico sino que lo tuvo en la lengua. A Mario Moreno le debemos eso que le gustaba, por ejemplo, a nuestro querido Julio Hevia, que se nos fue y nos dejó ¡Habla Jugador!, libro formidable sobre la jerga peruana. No sé si existe algo parecido en México, pero en Cantinflas se han contado centenares de adjetivos y verbos. Que se escuchan en los 31 filmes en los que el personaje de Cantiflas hace de boxeador, ruletero, gendarme,  bombero, torero en Ni sangre ni arena. En otras, Cantinflas es mago, también supersabio, o un siete macho, o político (Si yo fuera diputado). Y como Cantinflas y México son una nación emergida, el mexicano que es Cantinflas no tiene complejos ante sociedades avanzadas: puede ser uno de Los Tres Mosqueteros, o Don Quijote, o puede hacer la vuelta del mundo en 80 días. Sobre estas ideas, dicho en nuestra jerga, los peruanos diríamos que «se igualan».

Y nosotros, ¿qué? También hemos tenido personajes, sobre todo en Lima. Uno fue Pedro Cordero y Velarde. Hubo otros, pero ninguno tan afirmado. Cordero y Velarde se había autodenominado Apu Capac Inca y, como si fuera poco, Conductor del Mundo, Soldado de tierra, Mar, Aire y Profundidad. (O sea, evocaba los submarinos, era entonces la II Guerra Mundial.) Además era Rey de Financistas y Mago del Estado por Voluntad Divina. Fue un personaje popular en la década de los 50.

Su historia es triste. Nace en Pasco, de padres ayacuchanos. Desde joven se dedicó a la música, dirigía orquestas, hacía bufonadas y chistes. La gente se divertía por lo que llamaba «corderadas». En Lima, se alojaba en un solar de la calle San Idelfonso, cerca de la Escuela de Bellas Artes. Perdió todo con el terremoto del año 40 pero se repuso. Durante diez años educó a músicos hasta que dos personas —amigos suyos, gente de la bohemia limeña, el periodista Federico More y el músico Osmán del Barco— decidieran jugarle una broma: en El hombre de la calle, lo animan a que se postule a la presidencia de la República. Era un hombre de la calle a quien escuchaba la gente de la calle.

Se toma en serio la broma, sus mentores lo inscriben y para estos fines, él entonces despilfarra sus propiedades. «Cuando se da cuenta del engaño, derrotado y empobrecido, cae en una depresión y en la locura. Pero lo que sigue es digno de un caso psicológico. Se queda con la fantasía que si no llegó a ser presidente del Perú, sí llegaría a ser el Apu Capac Inca, Emperador y Conductor del Mundo, Soldado de Tierra, Mar, Aire, y Profundidad. Y mago del Estado por Voluntad Divina.

Loco Cordero y Velarde. Se ganaba la vida cuando había un mitin político en Lima. Lo llamaban y le pagaban para romper la atención del público. Loco pero formidable orador, en plena Plaza de Armas o más bien en la Plaza San Martín, Cordero era leal a su sueño de grandeza y la gente prefería escucharlo porque, a los que gobernaban, les decía zamba canuta. Acaso más vigoroso que los candidatos normales, y además, con su peculiar indumentaria. «En honor a su alta investidura, lucía una chaqueta negra de solapas y condecoraciones y la Banda Presidencial. Siempre con su sombrero de tarro, y él siempre sonriente y parlanchín.»

Por mi parte, confieso que conocí a Cordero y Velarde. El azar. Yo iba a una imprenta porque era parte de una revista de un grupo de jóvenes de izquierda, en San Marcos, pero yo no era el director, hacía un trabajo más bien técnico. Llegaba a esa tienda de impresiones para examinar lo que se llama el «machote», o sea leía por completo los textos antes de que se editaran. Y bueno, había una sala para los clientes y ahí conocí a Cordero y Velarde, que tenía su propio periódico. Conversamos muchas veces, no le simpatizaba ni el aprismo ni el marxismo. El país no estaba hecho para ser una república. Él prefería una monarquía. Para que los peruanos aprendieran a obedecer. Dicho eso se despedía a paso muy parsimonioso, como corresponde a quien era Apu Capac, Emperador del Perú. Su periódico era El león del pueblo y su libro Pueblo mártir.  Me parece que el título lo dice todo. En ese momento no entendí por qué insistía sobre la importancia de Lima, pero tenía razón. La tasa de migraciones era mayor que en otro departamento. Lima se estaba transformando en una ciudad de migrantes. ¿Estaba loco? De 1940 a 1990 no hubo un solo gobierno que no dejó de tener una política de vivienda. Además fue el tiempo de las invasiones «ilegales», y el crecimiento de las barriadas, los conos, y los informales.

Conclusión. Luego de lo que hemos resumido, hubo teatro, café-teatro y diversos personajes. Comediantes y actores no han faltado, pero los personajes son muy diversos. Es el caso de Tulio Loza, pero debo decir que tenemos mucho en común. Él es nacido en Abancay, en Apurímac. Yo también. Tulio Loza ha estudiado en San Marcos, yo también.

Pero el «cholo», en su trayectoria artística —lamento decirlo—, no es convincente. Creo que el problema no es el actor sino la masa enorme de peruanos que pueden llamarse cholos. Los hay de tantas actitudes, de los que no cambian al vivir en el mundo urbano que es enorme. Los hay humildes, pero los estereotipos son diversos y es muy posible que las etiquetas sean diversas. Hay estereotipos diríamos tradicionales y otros muy próximos a los criollos costeños. Si esto es así, entonces hay una gran diferencia entre Nemesio Chupaca Porongo y el personaje del osado Camotillo el Tinterillo. Lo que Tulio Loza nos está diciendo es que la choledad no es una sola  sino el resultado diverso de la metamorfosis del cholo. Es una aventura personal como cuando llegaban los migrantes a una tierra y gente distinta. No tenemos por qué asombrarnos, todo en el Perú —desde los Andes al territorio—, todo está fragmentado. De Piura en la zona norteña y costeña, a digamos Cusco o Puno o Arequipa, son lugares, regiones y culturas heterogéneas. Y mientras pase el tiempo y continúen las migraciones internas, no podremos decir cuál es la identidad  de un peruano. País que por la Conquista tiene dos culturas, la española y la de la población local e indígena; la costa y la sierra, los ricos y la pobreza de una gran parte del Perú. Pero con el tiempo y la entrada a la modernidad, los pueblos logran sus enlaces internos, probablemente a lo largo de este siglo XXI. Y solo entonces podremos usar conceptos holísticos. Lo que nos puede hacer avanzar no es otra cosa que es el humanismo. Y que será algo que viene de lo indiscernible, una idea de Leibniz.

Publicado en El Montonero., 29 de noviembre de 2021

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