Quemar pero no olvidar

Written By: Hugo Neira - Sep• 20•21

Podemos comenzar si se crema o no se crema los restos del que fue Abimael Guzmán, con la portada del diario El Trome que cuelga en los kioscos limeños este sábado 18/09, diario que compré al llegar a Lima, porque es diario de periodistas de otros tiempos, buenazos, no porque tengan la verdad —eso es otro cantar— sino que saben lo que quieren y esperan millares de peruanos. Miren, pues, la portada: HARÁN HUMO A ABIMAEL. Por supuesto, en tinta roja, como debe ser. Los del Trome, es lo que queda en las calles de Lima de la época de oro del periodo de oro del periodismo. Como está claro, sus periodistas actuales no se queman con el titulazo que se mandan, porque de inmediato señalan debajo de una foto de las barbas del jefe de Sendero, «Fiscalía desaparecerá sus cenizas». Pero como son muy cucos,  también te hacen saber que «el gobierno promulgó ley para cremar a cabecilla de Sendero Luminoso». Entonces, el peatón que se echa a leerlo tiene que desatar los enredados hilos de ambas cosas. Hay ahí una pugna, el gobierno solo promulga, ya no gobierna. La cosa se la dejan al que queme o no queme. Parece que la cosa va por unos 60 días.

Aterricemos. Hay dos corrientes. Lo de las cenizas no es cosa de matrimonios o algo burgués, pero menos que vaya a un cementerio para pobretones. Por una parte, Guzmán siempre tuvo lugares cómodos. Cuando profesor en 1965 en Huamanga, vivía en el jirón Bellido, alquilaba un cuarto amoblado a una señora, según cuenta Umberto Jara, en su libro Abimael: el sendero del terror. Me parece la mejor biografía del inventor de Sendero Luminoso. El Rector Morote Beis (el padre) le pagaba al comienzo seis mil soles, que era plata por entonces y más en una ciudad provinciana. Antes de sus matrimonios, «se iba a La Colmena y le servían un churrasco con papas y huevo frito, más pan, té o café por diez soles» (en la narrativa de Jara, p. 59, si quiere saber más, compre y lea a Jara, pero ya sé que en el Perú no se lee sino rapidito nomás). Cuando lo capturaron fue en Lima, en un distrito de gente acomodada, y justo porque amigas de las altas clases venían a saludarlo el día de su cumpleaños, y los que las seguían, personal militar especializado, las siguieron a la salida de una tienda de regalos de plata o de oro. Así era la vida del que iba a libertar de la pobreza a los peruanos. ¡Qué capacidad la de mis paisanos para tragarse las mentiras que les cuentan! Viven esperando políticas de ideologías de salvación. De esos paraísos y seres angélicos que esperan que caigan de los cielos. Pero en ciertos casos, de los infiernos.

Por otra parte, donde vayan a dar las cenizas, si nos ponemos en los zapatos de un senderista, si lo vuelven solo humo, entonces se pierde la oportunidad de continuar «el pensamiento Gonzalo» y la posibilidad de una cripta y por qué no, un mausoleo. ¿Acaso el profesor Abimael Guzmán no era el poderoso profeta que venía para salvar a los campesinos pobres? Eso ya lo habían intentado otra gente de intención planetaria, entonces venía para continuar lo que había emprendido Marx, Lenin, Stalin y Mao, sobre todo, este último, ¿no había iniciado una revolución desde los campesinos? Pero, el  maestro  supremo Mao Tse-tung muere en 1976 y el marxismo-leninismo-maoísmo se quedaba sin cabeza. Cuatro años después, como Mao era un pensador (antes de ser miembro del Partido Comunista chino su profesión era bibliotecario), él también, Guzmán, se da el nombre del Pensamiento ya no de Mao sino, modestamente, el Pensamiento Gonzalo. Pero en la China post Mao, el trono del poder estaba en manos de Deng Xiaoping. Guzmán no solo lo odiaba sino lo despreciaba, y desde el lejano Perú, uno de los primeros gestos de terrorismo, el 26 de diciembre, aparecen en la ciudad de Lima unos pobres perros colgados de los postes, con un cartel «Deng Xiaoping, hijo de perra».

Y esto es lo mejor del plato. El profesor Abimael Guzmán Reinoso —que ya había ido un par de veces a China— no podía dejar que el planeta perdiera el revolucionario de la cuarta espada. Él iba a ser esa figura excepcional. Si en la República Popular de China no podían seguir con el maoísmo, al otro lado del enorme océano Pacífico, el Partido Comunista Peruano – Sendero Luminoso, sería la jerarquía más alta del mundo. No importa que China fuera un país de 1’500 millones de seres humanos y el Perú no llegara sino a 22 millones en esos años, con un territorio de un 1200 km2 y China de 9 millones de km2, y que esa nación asiática fuese ya una sociedad industrial, cosa que estaba lejos de volverse el Perú ni entonces ni en el futuro. Abimael tenía respuesta para todo. Si Mao había logrado su meta, era verdad que el Per había comenzado a ser un país no tan rural como se creía sino el de las grandes migraciones, al punto que crecían las aldeas urbanas, las ciudades, y luego Lima misma. Un país urbano el Perú, y es cierto, dice Umberto Jara, «el año 1980, se abrió con una conmoción social producto de huelgas de trabajadores bancarios, telefónicos, gráficos, textiles, municipales, y aduanas». Pero el jefe de los senderistas no vio ese país dispuesto a envolverse en una guerra civil. Obviamente, el profesor Guzmán tenía la respuesta precisa, esa que había visto en China. Cuando Mao se equivocó con el célebre y catastrófico Gran Salto Adelante, un error enorme, pequeños hornos de fundición con millares de campesinos desforestando bosques, se produce una terrible hambruna. Por lo visto, murieron millones. Un utopía salida de Mao. ¿Pero cómo ve este asunto, Guzmán?  «Incluso cuando la gente agonizaba, nadie se atrevió a sugerir que las políticas del jefe estaban siendo las responsables de la tragedia o que esta estuviera teniendo lugar.» Este es párrafo que aparece en el libro de Jara, pero es cita de David Jiménez. «Mao, el mayor asesino del siglo XX», que apareció en el diario El Mundo, en España. Pero lo que nos interesa es que lo que le interesa al patrón del Sendero Luminoso, la total sumisión del individuo al Jefe Supremo, en este caso, como Mao, el ego del Jefe Supremo. Un ser divino, no discutible.

Si esa cautela del simple senderista revela el centro mismo de Sendero Luminoso, el culto, la obediencia ciega, esto tiene un sentido específico, no es lo mismo con una jerarquía de militares. Mucho de esa tuvo Sendero Luminoso. Pero más la ceremonia, el ritual. El ego de Guzmán nos lleva a otro tipo de organización  y de mentalidad.

Seamos francos. América del sur es un continente del misterio, me lo digo Mariano Picón Salas cuando pasó por Lima y nos hicimos amigos. Más allá de los regímenes políticos y la importación de culturas, hay un enigma psicológico. Es algo horrible pero también fascinante. Como tenemos Andes volcánicos, aparecen extrañas devociones, estratificaciones y rachas de violencia, inesperadas. Entonces ¿cuál es la forma de vencer según Sendero? ¿Cuando Guzmán, o lo que hoy es? Sendero Luminoso se dice un Partido Comunista, pero no lo es. Se llama así pero no lo es. Alguien en Lima, en su revista, se da cuenta, César Hildebrandt. «Guzmán desprestigió el marxismo-leninismo tanto como lo habían hecho Mao o Pol-Pot». Y dice también: «Y sin embargo, aquí en Perú, hay unos cuantos miles que le siguen, lo aprecian como caudillo redentor». La palabra redentor, César, nos lleva a otra luz.

Algo ha habido de religioso y de ahí, las paradojas de nuestra historia. Marxistas católicos en universidades que bien conocemos. Hubo mucho en el pasado europeo. Comunismos religiosos ha habido. Thomas Müntzer, en 1525, era un comunismo religioso de insurrección, a partir de Suiza, o el ruso Tolstoi antes de Lenin, o en las utopías de Thomas More, o en nuestra América, el comunismo de los indios guaraníes piloteados por los padres jesuitas en el Paraguay, que José Carlos Mariátegui admiró. Comunismos cristianos siempre ha habido pero nunca solo con las armas. Salvo un caso, los islamistas. Mahoma era un guerrero. La expansión musulmana no es únicamente religiosa sino militar y muy poco políticamente. El pueblo árabe ha tocado todas las regiones del Mediterráneo, y luego el África negra, el mundo del sureste del Asia. Si esto es cierto, y la historia no miente, Sendero intentó ser un partido, pero en el senderismo real, es más un ejército que otra cosa. Con Guzmán, sabemos que el rector de la Universidad de Ayacucho, le pidió que formara un ejército-partido no tanto con los pobres sino con los jóvenes dispuestos a la vida militar y tras unas metas precisas. Y así fue.

Que fuesen comunistas, insisto en mi duda. No diré que son la procesión del Señor de los Milagros con ametralladora en mano, pero por ahí van. El que escribe esta nota fue comunista en sus años juveniles. En San Marcos, nos afirmábamos quemándonos las pestañas leyendo a fondo a Marx, y con ello, la búsqueda de la racionalidad. En nuestras células de estudiantes aprendíamos a disputar, a convencer, y el aprendizaje de las armas era cuando hicimos nuestro servicio militar. Y ante el aprismo que era  numeroso, no los despreciábamos porque también conocían el legado de Mariátegui. Luego vino la victoria de Fidel Castro. Una revolución comunista que había triunfado en Cuba fue malinterpretada en todo el continente. Pareció ser fácil, pero no lograron los centenares de focos revolucionarios en Venezuela, Brasil, Colombia, Chile, Argentina y Perú, no vencieron a los ejércitos nacionales. Pero hay una diferencia infinita entre  guerrilleros y terroristas. Sendero Luminoso nunca fue un partido de izquierda, de esos que se combinan con las clases obreras y los niveles de la pobreza, y jugaron también a las maneras como los partidos de izquierda convencían a una gran parte de las izquierdas. Pero no hemos visto  debatir a los del lado Sendero Luminoso.

Así, Guzmán lanza la máquina de guerra en los años 80, cuando ya se había logrado la Reforma Agraria (por lo cual, los campesinos no tomaron a SL como sus salvadores) y había un tiempo de democracia. La actitud de los que siguieron ciegamente a Guzmán, no se entiende en un país en que ya no había campesinos quejándose de los gamonales y hacendados. Con indígenas que habían recuperado sus tierras, era muy difícil pensar en una guerra popular. Fue al revés: los soldados senderistas molestaron a los indígenas, ellos terminaban de escuchar a los senderistas, los jóvenes ayacuchanos hijos de los propietarios que habían perdido sus fundos, darles una clase, los dominados escuchaban con paciencia serrana a esa gente que ellos veían como otros «mistis», acaso peores que los antiguos. Apenas Sendero dejaba una aldea, los habitantes buscaban al ejército nacional. Sendero hizo algo que no era precisamente lo que le había dado resultados a Mao, no humillar a los campesinos. Sendero, en cambio, ha matado más gente, y por lo general, campesina. No solo 25 mil muertos, sino pueblos desaparecidos.

¿Qué es, pues, Sendero? Algo que no es ni asiático ni occidental. Es algo que hace pensar en los musulmanes. No vienen de ahí, de Afganistán. No son talibanes, pero son lo que más se les parece. Y algo así como una suerte de religión con venganzas seculares. ¿Qué son? Hay Partidos Comunistas en todo el mundo. Pero no son entidades cuya  praxis sea solo la violencia y la muerte del otro. Eso nos hace pensar en la ETA de los vascos. Y los tártaros de otro siglo. Una forma de barbarie.

Para terminar, alguna vez he dicho que cada civilización lleva consigo su propia barbarie. Y hace poco, he encontrado alguien que piensa lo mismo que yo. A pesar de que soy un comelibros, el filósofo europeo-argentino se llama Alejandro Vigo. Y dice: «Hemos supuesto con liviandad que hemos superado la barbarie para siempre». «La civilización es una capa de hielo que se triza cuando no transitamos por los mecanismos previstos. Entonces nos confundimos cuando apostamos que la violencia pretende vivir un momento revolucionario». No es así, en España se tuvo a la ETA. En el mundo islámico, el Estado Islámico. La Corea del Norte. Y gente como Bin Laden le hizo la guerra a un Estados Unidos que nunca conoció.

Volviendo sobre las cenizas de Abimael, pues se teme que las echen al mar como lo hicieron los norteamericanos con Bin Laden, siempre tan pragmáticos. Pero tengo un temor. Si quieren echar las cenizas, si es para olvidarse de todo lo que fueron esos 12 años de terrorismo en Perú, temo la manía limeña de evitar los grandes problemas. Lima con esa cultura del rapidito nomás. Hay algo desesperante de esta cultura de la ciudad que se cree capital y es una suerte de lo que llaman en Europa, Principado. Pues bien, el Principado del río Rímac, nunca cree que el mal ronda el contorno. Así se nos vino encima la Guerra del Pacífico sin tener ejército profesional y apenas el Huáscar. Y hoy, sin entender por qué apareció en Ayacucho, en una universidad, una preparación para la muerte. Sendero no es un partido. Lima vive como en el siglo XVIII, la perezosa corte  vivía sin saber que todavía había indios. Y que había jóvenes andinos que  soñaban de otra manera su futuro. Así, mientras crecía Sendero Luminoso, «militares y demócratas distraídos», dice Gustavo Gorriti, uno de los gobiernos fue el de Morales Bermúdez. Esto lo edita el diario de Hildebrandt en sus trece de este viernes 17 de setiembre. Sendero Luminoso no es cualquier partido, de esos que desaparecieron. El tema de sus inicios y estructura viene con una complejidad rotunda. Lean a Moisés Lemlij y Luis Millones, uno psiquiatra psicoanalista, el otro antropólogo. Ambos lo consideran religión. De maldad deliberada y demoniaca, pero eficaz. Incluso se voltean las urnas cuando en el momento de votar te ponen una pistola en la sien. Buen sistema para conseguir éxitos electorales. Sendero es un tema muy serio. Pero la política criolla y sus diarios lo vuelven todo en algo ligero y frívolo. Nada pasará. Dios es peruano.

Publicado en El Montonero, 20 de setiembre de 2021

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En esta era planetaria, ¿cómo ven al Perú otros ojos?

Written By: Hugo Neira - Sep• 13•21

Por diversas razones, de trabajo y de salud —una inesperada invasión de bacterias estomacales—, he estado lejos de Lima. Meses de meses para llegar a estar sano. Como no era necesario estar en una clínica, nada me impide intentar comprender qué está pasando en el Perú. Hoy los medios de comunicación de nuestros días —televisión, internet— sobrepasan las fronteras, pero los periodistas sedentarios de mi país, me llevan una ventaja. Saben si fulano es amigo de sutano desde hace tiempo, y se entiende entonces la presencia de personas que no tienen ni experiencia ni formación para los cargos de funcionarios del Estado .

Sigo pensando que de inmediato necesitamos un Estado moderno. Pero eso es imposible mientras prevalezcan las males costumbres que vienen de la colonia. No somos una república sino un sistema político neocolonial. No soy el único que tenga una actitud crítica. En El capital ausente, dos peruanos, Dwight Ordoñez y Lorenzo Sousa, dicen algo que es un pistoletazo al corazón del seudo Estado limeño: «Las instituciones en el Perú no funcionan. Funcionan las argollas» (Tomo II, p. 275, 2003). Añadiría, por mi parte, que el derecho a ser nombrado no viene de la sociedad civil sino de conocidos, familiares o amigos. Lo digo porque los excluidos son una masa imposible de contar. Hace dos siglos que arrastramos la crisis de la ética mesocrática. El Estado existe para servir a la nación y al pueblo. Pero no es nuestro caso. Los funcionarios resultan, pues, de lo que las altas esferas deciden, incluidos tecnócratas elegidos a dedo, y en muchos casos, no solo en Lima sino en los gobiernos regionales y alcaldías, el pragmatismo de los que mejor conocemos, nuestros familiares. Cuando describo cómo son otras repúblicas en América Latina y en Europa, insisto en que se llega al rango de funcionario en competencia. (Fui profesor en Francia tras un concurso público.) Entonces, aparte de los presidentes, ¿quiénes se ocupan de la gobernabilidad? Quienes, finalmente, mandan.

Si me piden que diga en pocas palabras la vida republicana de estos dos siglos, me atrevería a decir que es la historia del establishment en sucesiones.

¿No es así? Comencemos con Jorge Basadre, nadie mejor que quien conoció el siglo XIX como la palma de sus manos. Basadre nos informa, después de la Independencia, de «la formación de un sólido grupo plutocrático nacional» de 1823 a 1853. La opulencia y el boato en una sociedad de pobres. Luego, «la apropiación de la región serrana del país por un pequeño número de antiguos y nuevos propietarios de tierras que antes pertenecieran a las comunidades indígenas» (más adelante, vueltos poderosos hacendados y gamonales). Esto está en el su último libro, Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano (pp. 12-13). En el siglo XX, surge desde 1930 la calificación de «oligarquías». Fueron siempre la gran fuerza político-económica, hasta la ruptura de «militares de izquierda». Así lo llamo porque es cómo los reconocen en el mundo entero. Pero luego de Velasco, el establishment se recupera. Y continúa. Hace rato que Francisco Durand lo dice, ver Riqueza económica y pobreza política: Reflexiones sobre las élites del poder en un país inestable. Está lejos, profesor en los Estados Unidos, pero nos entiende desde fuera. Lo último, desde 1919, no es sino una guerra en las fuerzas en conflicto, un asalto al poder.

La historia no es un camino en el tiempo. Hay sociedades que son inmóviles. La nuestra es una. Aunque tengamos coches, internet, nuevos medicamentos, la estructura del poder no se modifica. Y la pandemia viene al caso: como hay variantes en la Covid-19, también, en nuestro caso, ya no hay dictaduras sino autoritarismos sin límites. Por mucho que hablaramos de dictaduras civiles o militares, de tal o cual ideología, sigue siendo algo especial. Por eso Basadre buscó un término original y adecuado. Lo encuentra en Max Weber. Una definición muy especial, el sultanismo. Concepto de Weber y tomado a fondo por Basadre, el último libro en su vida fue un texto realmente muy crítico, y hasta diría una dolorosa convicción. El sultanismo es el «sistema estatal que carece de contenido racional y desarrolla en extremo la esfera de la gracia del jefe». Las Repúblicas —dice Basadre— surgieron en los Estados Unidos o en los viejos Estados europeos. Las ideas post guerras de las independencias no vinieron de los ámbitos europeos sino más bien de los países árabes. Pero al menos ellos tienen el Corán. ¿Qué ética puede salvar al Perú? Ética civil.

Mientras hilaba estas ideas, me preguntaba si eran digestivas para aquellos que no conocen la historia del Perú, puesto que, desde 1990, en los colegios del Estado, la pedagogía dejó de transmitir «conocimientos». Quiere esto decir que hace 30 años, millones de escolares peruanos jamás han escuchado un curso de Historia de su país, y la del mundo. Y además, adiós a la gramática, lógica, geografía, química, física, educación cívica y música y deportes. Pensaba en esto cuando, por azar, tropiezo con un resumen excepcional sobre el Perú en lo que se llama la Enciclopædia Universalis. No solo se ocupan de ideas, pensamientos, ciencias sino de la historia de los pueblos del planeta. Entre ellos, el Perú. Lo que sigue son párrafos adecuados, en orden cronológico. Por supuesto, no todo.

Lo primero de lo que se habla de nosotros, es los Andes. «Segmentos de cordilleras del Pacífico que se extienden del Alaska a Tierra de Fuego. Los Andes peruanos se caracterizan por su masa y su continuidad, que también atraviesa los territorios nacionales de Bolivia y Ecuador». Los Andes meridionales son largos. O sea, Perú país andino. Hay varias zonas, pero se interesan por «la población indígena al lado del lago Titicaca (50 habitantes/km2)». Luego, notan las minas de cobre. «En los Andes del centro, se encuentran las fuertes densidades entre el Mántaro —región de Huancayo— las densas aldeas y la tierra fertil, con el valor del maíz, el trigo, la papa, y a los 4500 m, las comunidades cercanas a los yacimientos de cobre, zinc, plomo y plata. En cuanto a los Andes norteños, no han sido un sector olvidado de la República peruana». De esta forma estudian y describen tanto la Amazonía como la costa. Luego se ocupan de las ciudades como Arequipa, «oasis a 2400 m entre la costa y el altiplano».

En cuanto a nuestra independencia, no voy a repetir lo que ellos saben, y también nosotros, sobre San Martín y Bolívar. Pero subrayo que recuerdan que Chile pone una flota al servicio del Lord Alexander Cochrane, lo cual solemos olvidar. Lo que me parece. El autor de este episodio es un conocido y célebre peruanista francés, Olivier Dollfus. Él señala que, previamente a la lucha por la emancipación, en el reinado de Carlos III y en la Constitución de Cádiz de 1812, hubo un progreso liberal, pero regresó el régimen absolutista. Por mi parte, he afirmado que el Conde de Aranda se preocupaba por el destino de las Indias. Pero España no existía, era parte de un imperio, y los antiguos reinos, Castilla y Aragón, un territorio dominado, tanto como Italia y Flandes (hoy Holanda). Lo que llamamos España era un Imperio de los borbones en el XVIII. El más vasto del mundo. Con todo, lo que llamamos independencia se paraliza en 1808 cuando en México se aplasta el intento de emanciparse. Y ello regresa desde la invasión de Bonaparte al territorio español. En consecuencia, Dollfus resume nuestra situación de hace dos siglos, por poco no hay independencia. «De todos los países de América Latina, el Perú constituía el bastión más sólido de la monarquía española». Señalan «que los criollos, los más activos —negocios, comercio, haciendas— estaban activos en Lima, además de la Inquisición y la autoridad no discutible del virrey Abascal, que disponía de fuerzas militares apreciables, listas para aplastar cualquier rebelión.» Aranda fue puesto a la cabeza del Consejo de Indias, y estaba al tanto de los informes de los virreyes y lo que hicieron saber los marinos Juan y Antonio de Ulloa. Una inimaginable descomposición social. La Independencia fue sangre y coraje, pero fue contra un Imperio en caída. 

El texto de nuestra historia da un salto de 1816 a 1884. Vinieron los tiempos de la fortuna en 1840 a 1868. No lo dicen, pero se explica por las guerras internas de los caudillos, Gamarra, Orbegoso, Santa Cruz, hasta la explotación del guano, y el nitrato en Tarapacá. Aquí destaca Ramón Castilla, presidente de la joven república en 1845-1851 y 1855-1862. «Hubo prosperidad y estabilidad política y llegaron técnicos extranjeros e inmigrantes. Luego viene la crisis y la guerra  con Chile, 1868-1884. Hay un tema que les llama la atención, Piérola es reemplazado por Manuel Pardo, «un mandatario rodeado de ministros hombres de negocios y la aristocracia de funcionarios y la plutocracia surgida del guano y el salitre». Pero se olvida que Chile, «envidioso de la prosperidad del Perú, se preparaba para la guerra». Otra hubiese sido acaso la historia si hubiese tomado las precauciones del caso, sobre todo las dos fragatas que el presidente José Balta había mandado fabricar en Inglaterra. Pardo amaba el que se hiciera ferrocarriles en Perú, pero descuidó a los vecinos.  Para seguir, el equipo de estudiosos de esta historia del Perú establece otra etapa, posguerra: dado el resultado catastrófico, se ven obligados a acudir a los créditos externos. «Gran Bretaña, la Peruvian Corporation, que costó 50 millones de libras en treintaitrés pagos anuales. Esa Corporation tendría el control de los trenes peruanos para explotarlos a su gusto por sesenta años». A esa época que va de 1884 a 1970, la llaman «el control financiero extranjero». Ahora bien, para los ciudadanos peruanos de estos días, ya pueden comenzar a entender por qué el Perú no pudo jamás escapar de su situación de penuria.

No por eso ese periodo fue estable y pacífico. Hubo pronunciamientos y dictaduras, dice este estudio de la Enciclopædia Universalis. De 1884 a 1930, con el pie ya en el siglo XX, «el  Perú pasó a manos de los civilistas», López de Romaña en 1899, Pardo en 1904, Leguía en 1908, Oscar Benavides, 1913-1915, y luego aparece un segundo Leguía, que en su segundo gobierno aprende a ser demagogo, y dice: «nuestros hermanos, los indios». Yo no lo digo, los que hicieron esa investigacion, dicen: «…pero no aportó ninguna mejora de la situación miserable de los indios». Insisto que estos datos no son para unos cuantos. Una enciclopedia hoy es planetaria.

Lo que sigue es lo que ya sabemos. Ellos lo dicen: «Nacimiento de un movimiento marxista, el APRA. En 1930, para luchar contra la inmoralidad reinante» y pensando en un ideal bolivariano para una unión continental de los Estados latinoamericanos, y entre otras propuestas, la nacionalización de las industrias, la defensa de los intereses de los indígenas, en especial, las tierras. «No es un indigenismo político sino que las tierras pertenecían a los ricos criollos, y no a los ayllus indígenas, es decir, las antiguas comunidades anteriores, incluso antes de los Incas

El resto está dedicado al Perú contemporáneo. Desde 1930 a 1945, el establishment duda entre dos estrategias de lucha contra el APRA, o bien eliminarlos, o bien «recuperarlos». La gente del diario El Comercio es la más dura, el aprismo había tenido el error de mostrarse como algo internacional, y es pues el argumento para confinarlos como a los comunistas. Entonces, surge un compromiso. El aprismo sería libre y legal, pero había que resignarse a no tener otro presidente que José Luis Bustamante y Ribero. Ganó fácilmente, el perdedor en las urnas fue el general Ureta. No se entendieron. Y para colmo, en 1947 es asesinado el director del diario La Prensa, el aprismo tuvo siempre gente dispuesta a las armas. Pero eso acaba con la legalidad del aprismo. Durante una sublevación de la flota el 2 de octubre de 1948, el general Odría deja de lado a Bustamante, y gobierna ocho años. ¿Y qué dicen los estudiosos europeos?«La sustitución de Bustamante por Odría es la más grande victoria política de la clase dirigente tradicional». La derecha la llama «revolución restauradora». Pero hay que decir las cosas como son, el general Odría hizo dos cosas, «el orden» y el «libre juego de la economía». «Desde 1950 una libertad casi completa de intercambio». El dinamismo del gobierno del general Odría se ha explicado, para algunos, como el resultado del boom de la Guerra de Corea. No se puede negar, tiempo de grandes trabajos públicos, creación de empleos para trabajadores sin calificación, construcciones de edificios administrativos, hospitales, escuelas y reducción de los sindicatos, por lo general apristas.

Sobre Odría, diría, por mi parte, que era un hombre surgido de los mestizos o cholos, e hizo obras no populistas sino reales, populares, hizo que la clases altas tomaran sus distancias. Odría no pudo seguir. Se había vuelto demasiado autónomo. En las elecciones del 17 de junio de 1956, los resultados oficiales fueron los siguientes: Manuel Prado Ugarteche, 568’124 votos, Fernando Belaunde Terry, 457’638 votos, y Hernando de Lavalle, 222’324.

¿Por qué no funcionó la segunda convivencia, después de Odría? Aquí un párrafo del trabajo de los peruanistas europeos. «A la diferencia de Bustamante, en 1945, Prado disponía del Parlamento, el apoyo de un mayoría de partidarios que le eran personalmente fieles. En el Congreso elegido en 1956, los del APRA no podía contar con ellos, ni como partidiarios o aliados.» Por lo demás, Haya de la Torre, para no molestar a Manuel  Prado, ante problemas agudos, pasó todo ese tiempo en el extranjero. «Durante la convivencia, a algunos apristas se les otorgó funciones diplomáticas, y el partido aprista soñaba con 1962». Como sabemos, una nueva figura política había emergido en las clases medias, Fernando Belaunde. Y por otra parte, «grupos de extrema izquierda y candidatos de la democracia cristiana.»

No nos detendremos sobre 1962 y la presidencia de Belaunde. El texto sobre la historia contemporánea puso más su atención sobre «el gobierno de los militares nacionalistas, 1968-1975. Los llaman ‘nasseristas’, por aquello de los países tercermundistas, también les ha interesado el Centro de Altos Estudios Militares, el CAEM. El gobierno militar, en 1968, ataca esa situación neofeudal. «En las manos de los propietarios estaba el 75% de tierras  y el resto, 5,5% de campesinos con las tierras mediocres. Con la reforma agraria, en 1976, siete millones de hectáreas fueron expropiados

¿Qué pasó en el Perú? «Desde 1978 se había establecido una alternancia democrática.»  Para las elecciones en los años 80 y 90, había partidos de izquierda, y entre ellos, líderes como Alfonso Barrantes. Extremas izquierdas pero en el juego de las urnas. Luego, Fredemo de Mario Vargas Llosa y ante él, un casi desconocido personaje, Fujimori. De este Fujishock, dice el texto, gana por ser populista, pero Sendero Luminoso ocupa el Estado hasta 1992, con unos doce años de terrorismo. Los europeos no dejan de observar que el combate de Sendero tiene un lugar que le importa mucho, «en el valle amazónico, donde activamente actúa en el tráfico de cocaína». Nos están diciendo que Sendero Luminoso tiene un posible proyecto, un Estado mafioso, como lo que ocurre en México de los Carteles, como en Venezuela. Pero en el mundo se sabe que «Sendero Luminoso, siguiendo a su líder Abimael Guzmán, es responsable de la muerte de 25’000 personas, una mayoría de campesinos negándose a unirse a él». Casi no vale decirlo pero treintaitres mis paisanos son bastante olvidadizos. Guzmán decía ser la continuidad de Mao, la lucha a partir del campo. Sin embargo, atacaron sus soldados los campesinos. Por lo tanto, no solo el ejército nacional lo venció sino las rondas campesinas y la oposición de los indígenas.

El estudio que hemos comentado no es de estos días. No dicen cómo fue la salida de Fujimori. Ni tampoco el retorno de Sendero. Como se puede deducir, después de Velasco y hasta ahora, volvemos a perder la ocasión de una vida política en que no se luche para mandar, bajo la máscara de querer salvar a los pobres esta el pattern secular del sultanismo.   Hay políticas que parecen enigmáticas pero no lo son. Si bien yo no estoy en condición de responder al proyecto revolucionario o reformista, sí indicar que la lucha de clases se nos queda como algo corto para nuestro país y el siglo XXI. Nuestra sociedad conoce nuevas y múltiples diferenciaciones sociales. La presión de las reivindicaciones son diversas. Hay un problema no solo político y económico y social. Una democracia no puede solo reducirse a un sistema  político y jurídico, los intereses son plurales. Para comenzar hay que reconocer al otro. Y por otra parte, tenemos que admitir que ninguna sociedad puede eludir los conflictos. Por eso es necesario la pluralidad de partidos, ideas y la discusión como arma de batalla. Pero en el Perú, en dos siglos, siempre se ha sabido excluir al rival.

Además conviene que dejemos de lado el pensamiento mágico, la esperanza del Edén, la utopía, a veces pensada como un retorno al mundo de Atahualipa (mal llamado Atahualpa, los conquistadores castellanos eran duros de oídos). En fin, la evolución del capitalismo podría terminar en algo tan social que admiraría el propio Marx. Pero la buena vía no es los autoritarismos. Somos sociedades muy complejas para una sola meta. Y desde ahora, hay que decirlo, este sistema de producción y vida de este siglo, tendrá que modificarse de una manera inevitable, a causa de los cambios climáticos. No es el comunismo que frenara la sociedad del consumo, que destruye la naturaleza. Viene otra era, otras civilizaciones, en un planeta en el que nos hemos vuelto, los seres humanos, las termitas de la naturaleza. ¿Qué haremos cuando no tengamos ríos en nuestros Andes y la Amazonía?

Publicado en El Montonero., 13 de setiembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/en-esta-era-planetaria-como-ven-al-peru-otros-ojos

Moral y luces. ¿Pero quién lo dice?

Written By: Hugo Neira - Sep• 06•21

«No hay buena fe en América, ni entre las naciones; los tratados son papeles,                                                      

las Constituciones libros, las elecciones combates, la libertad anarquía,

 y la vida un tormento»

—Quien podía ser sino Simón Bolívar

A veces, cuando vas a decir algo sobre la actualidad, el otro lado del cerebro, eso que Freud descubre y llamaba el inconsciente, te dice que vives en un país más bien inmóvil. En efecto, alguna vez me ocupé del tema si el pasado era el pasado. Y esta fue mi respuesta: «A todos los problemas políticos actuales es posible resumirlos en una sola pregunta: ¿Ha sido útil la República? Subdesarrollo, analfabetismo, dependencia económica. Bajos niveles de vida (…), ausencia de un gran ideal nacionalista. Exilio o frustración de la elite intelectual refugiada en las utopías sociales. Preponderancia de lo regional sobre lo nacional. Crisis de la clase dirigente, crisis de la derecha peruana. Desarraigo espiritual colectivo evitando las tradiciones, en busca de cosmopolitismo vacuo. Esto y mas es el resultado del balance de mas de siglo y medio de vida republicana». (Ese fragmento de un artículo mío es del viernes 07 de noviembre de 1962 y en el diario Expreso.)

Que el amable lector no se detenga en mi longevidad y el cuidado de guardar mis artículos sino en la cuestión decisiva. Le propongo que medite libremente. ¿Hemos cambiado mucho? ¿Encontramos la vía de progreso y de coherencia de nuestra sociedad?  Le propongo meditar libremente sobre esas interrogaciones.

Seamos realistas y sinceros, seguimos en lo que se llamaba el ‘Tercer Mundo’. El concepto se usaba por los ochenta, ya no, pero fuera como fuese el concepto adecuado, no somos un país potente. Antes de la pandemia, había gente peruana que creía que podíamos ser parte de la OCDE. Con el Covid-19 nos despertamos de esas ilusiones. Éramos más precarios de lo que pensábamos. Pero la cuestión es compleja. Por una parte el país se ha modificado. Por la otra, no ha dado el gran salto al desarrollo.

En lo primero, hemos pasado de ser 10’420’357 en 1961 a unos 28 millones en el 2007, y seguimos creciendo en población (32 millones hoy). Estos datos son precisos y provienen de una fuente que suelo consultar. (Compendio Estadístico PERÚ 2016, del INEI, dos tomos). Otro dato positivo, la población en situación de pobreza monetaria pasa del 49% en el año 2006 al 22,7% en 2014 (INEI, tomo 1, p. 735). Es un cambio, acaso muy lento. La pobreza extrema ha seguido disminuyendo, y en realidad, el tan discutido sistema económico de esos primeros años del siglo XXI no es lo que se dice en contra del sistema de libre mercado. En realidad, las cosas no iban tan mal, pero la pandemia detuvo ese proceso de crecimiento. La gente lo sabe, y quiere volver al año 2019.

Ahora bien, es cierto que el crecimiento de los años 2001 a 2019 benefició a unas regiones más que a otras, dejando brechas enormes. De alguna manera, en Ayacucho, Cajamarca, Huancavelica —entre otras—, la segunda vuelta en las últimas elecciones fue una señal muy clara en contra de la costa y Lima. Las causas. ¿Un país con dinámicas distintas, o el descuido de las zonas y clases sociales? En otras palabras, hay un Perú más moderno que el otro Perú. Como sabemos, de la energía eléctrica y el agua gozan plenamente los peruanos en la modernidad, pero no en otras zonas y regiones. Algo parecido ocurre con los empleos, se producen nuevas infraestructuras de trabajo, lo cual provoca las emigraciones internas. Y de ese modo el Perú es hoy un país de ciudades. Somos un país urbano. Y además costeño. Por primera vez en la milenaria vida, las grandes cuencas de la zona de la sierra —Puno, Arequipa, Huancayo y Cajamarca— no son el lugar de mayor población sino la costa, acaso por sus llanos y no las montañas andinas. País vuelto urbano y costero. País de ciudades. Es un cambio enorme, con diversas consecuencias.

Sea como sea, el Perú actual es un mundo de necesidades distintas. Es el mundo que tenemos que enfrentar, porque somos un país heterogéneo, acaso más que otros países latinoamericanos. Ahora bien, las grandes modernizaciones que esperábamos en los 20 años de crecimiento son, hasta el momento, desiguales. Para atender un país tan fragmentado, a primera vista necesitaríamos una malla, una trama, eso que se llama infraestructura de movilidad, o sea, ferrocariles, aeropuertos locales, no solo carreteras sino autopistas. Acaso la población rural es la más interesada sobre eso que significaría su ingreso total a la vida moderna, tanto para la necesidad del viaje como para trasladar los productos peruanos. Que, como se sabe, pueden exportarse para beneficio de una capa social, la rural, que en estos momentos políticamente proviene del mundo campesino. Lo cual es algo al revés de la sociedad peruana que, en su mayoría aplastante, es urbana.

En los cambios que ha habido, no todo es progreso. Sobre todo en el terreno de los modos de producción, base de la sociedad. Ese concepto viene de Karl Marx, sí, del filósofo y luego economista, el autor de Das Capital. (Por un tiempo el que escribe, insisto, fue de joven comunista, actitud que tomé en San Marcos del Perú pero luego, estudiando por segunda vez, en París, Ciencias Políticas, y luego de mis siete años con el gobierno militar y revolucionario de Velasco, a mi vuelta de Europa, encontré otro mundo, éramos testigos del ocaso de la Rusia soviética y de la poca importancia a fines del siglo XX del marxismo. Desde entonces razono de otra manera. Las sociedades han cambiado. Las ciencias sociales también).

Hoy la lógica del sociólogo es ver lo real, y no las ideologías. Y tocando el tema de las metamorfosis de nuestra sociedad, podemos decir con toda la fuerza del conocimiento de lo real que la sociedad peruana ha tenido por lo menos dos modificaciones, tan enormes, que no hay más remedio que llamarlas tomando un término de la geología, las «placas tectónicas». El primero es la migración de la población peruana del campo a la ciudad, de la sierra a la costa, de la aldea a la ciudad provinciana y de ahí a Lima. Todos conocemos la aparición de excampesinos en la vida limeña, la aparición de los comerciantes callejeros, luego los mercadillos, luego todo un mundo de trabajadores que hasta ahora existen, los informales. Y son tres veces más numerosos que los empleos formales. Pues bien, eso no fue una solución surgida de algún partido. Ni de ningún gobierno. En cambio, desde la mitad del siglo XX, lo sabemos, a medida que las barriadas que rodean a la capital iban construyendo sus propias casas, también se hacían ciudadanos, es decir, aprendieron a leer y escribir. Y los gobiernos apoyaron a ese movimiento social espontáneo por la simple razón de que era una nueva clientela electoral. Tanto regímenes militares como civiles. El segundo caso de «placas tectónicas» fue en los años sesenta, los movimientos de tomas de tierra de las haciendas en el sur del país. Sobre ese cambio, se habla de la reforma agraria. Pero se olvida —somos el país de los olvidos— que todo arranca a partir de una Federación Campesina en el Cusco, que organiza una serie de organizaciones que se llamaron sindicatos, unos 1800 por todo el sur, y que llaman a la toma de las haciendas —sin armas y sin sangre— recuperación. Es sabido pero lo olvidamos que desde el siglo XIX, el periodo republicano fue el más desastroso para los indígenas peruanos. Basadre lo dijo, el sólido grupo plutocrático nacional «se apropia de la región serrana», es «un pequeño número de antiguos y nuevos propietarios de tierras, que antes pertenecieron a las comunidades indígenas, al Estado, a la Iglesia, a las municipalidades y a las benificencias». Esto está en Sultanismo…, página 13.

El Perú no indígena, durante un largo siglo hasta la mitad del siglo XX, toma esa situacion como algo natural. Por eso, las invasiones campesinas para recuperar sus tierras sin violencia sorprendieron al país. Al comienzo pensaron que eran guerrillas. Habían comenzado en la Convención, al lado del Cusco. En ese momento aparece Hugo Blanco. Luego, bajo el control de los militares (1962) se acaba la experiencia de los arrendires de ese lugar semi selvático. Pero, en las zonas altas de la sierra sur, las comunidades se interesan por esa toma de tierras fundada en la huelga de la mano de obra ante los hacendados. Fue la Federación Campesina, dirigida por Saturnino Huillca, que siembra la misma semilla de organización y acabar con el sistema de trueque de trabajo de los campesinos (el pongaje) a cambio de un lote de tierra (prestada) con el cual alimentaban a su familia. Ahora bien, el movimiento se detuvo cuando tomaron presos cerca de 500 dirigentes, todos ellos gente del lugar, en una cárcel muy especial, El Sepa, porque no tenía murallas sino la selva misma, a la cual no se podía entrar y menos salir sino con helipcótero.

Cierto, en 1969, la ley de Reforma Agraria. Pero tanto Velasco como los coroneles que le seguían comprendieron que ese movimiento espontáneo podía crecer de Puno a Cajamarca. ¿Y eran ellos los que iban a enfrentar a dos millones de campesinos sin tierras?!

Por mi parte, nada de lo que estoy describiendo le quita un valor histórico, político y revolucionario a Velasco Alvarado. Pero es evidente que sin las tomas de tierras pacíficas, no hubieran tomado las Fuerzas Armadas un paso excepcional, la desaparición del gamonal, el patrón precapitalista. El fin de la servidumbre de una capa social. Sobre estos hechos hay libros-testimonios, no son novelas. Recomiendo Urin Parcco y Hanan Parcco, de Mercedes Crisóstomo Meza (editado por la PUCP).

Sin embargo, por otra razón he recordado el origen de esa modificación. Las otras explosiones que he visto en mi vida han sido «emergencias inesperadas». Por ejemplo, en Francia, en París, una revuelta producida en la capa de los universitarios franceses (en esa época, hijos de la burguesía) y que se llama Mayo del 68. El lector me dirá ¿qué tienen que ver los indígenas campesinos del sur del Perú en los sesenta, y los muy diferentes estudiantes parisinos? Pues sí hay una semejanza, algo similar, no provienen de un partido. Y en el caso peruano, el Estado siguió a la iniciada revuelta pacífica de los campesinos sureños. Pero me atrevo a decir que los parecidos son sobrepasados por los hechos inesperados en la vida real. Estuve en Polonia, cuando el movimiento sindical Solidarnosc dirigido por Lech Walesa, un obrero electricista, en setiembre de 1980, se rebela contra el hecho que el poder comunista les ponía los representantes de los trabajadores, y éstos solo querían elegir a sus propios dirigentes. Parece nada, pero era el inicio de la separación de los obreros y el sistema soviético. Fue, una vez más, un fenómeno sin partido. Eso a pocos años de la perestroika de Gorbatchev en el Moscú de 1985. Hay otros casos, Berlín en 1989. Una muchedumbre de ciudadanos alemanes en la noche del 9 de noviembre rompen y derrumban con sus propias manos el muro de Berlín. Y con ese derrumbe, el siglo XX comunista. 

Y entonces cabe decir que no se tiene cómo llamar a estos estallidos sociales. Sin embargo, encontramos un concepto. Los llamé las «realidades autárquicas». Fue en el 2006, para el número 100 de Socialismo y Participación, la estupenda revista que ha desaparecido, tanto como Quehacer y otras, mostrando un repliegue en el campo intelectual peruano.

Llamé realidades autárquicas a los que son actores diversos, aunque hay sujetos sociales planteados por Michael Hardt y el italiano Antonio Negri a los que él llama «multitud», o más bien, «revolucionarios sin revolución». Y si son las víctimas de la globalización imperial los que se organizan de otra manera en los días del post leninismo. ¿Y si se avecinan nuevas formas de radicalismos —¿por qué no democráticos?— que sobrepasan la lógica misma de la representación delegativa? El caso del estallido en Chile es evidente. ¿Y si la manera misma de hacer política ha cambiado? ¿Y si el viejo topo de la historia ha vuelto a cavar, pero de otra manera?

El tema es grave. Alguien ha dicho que en el Perú hierven «muchas organizaciones autónomas» y que no esperarán a ningún tipo de ideología conocida. El tema es enorme. Ni lo entienden aquí en las ciencias sociales y tampoco en la política. Muchos traen la sopa del pasado y repeticiones de ideologías que caminan para ser gobiernos de pocos para gobernar a muchos. No va a ser así. Demasiado sencillo para este siglo de la variedad de actores y la heterogeneidad tanto de los problemas como de las soluciones. Época de la pluralidad, difícil para los del «pensamiento único». Tienen que olvidar las ideas del siglo XX. Estamos en otro siglo. Mucho más complejo, con gente y masas que han estudiado y que no quieren repetir los errores del pasado.   

Publicado en El Montonero., 6 de setiembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/moral-y-luces-pero-quien-lo-dice

Perú, la puerta giratoria

Written By: Hugo Neira - Ago• 30•21

En junio del 2014, comencé a escribir estas crónicas. Pero el tiempo del reloj y su cronometría no coincide con la cronología que según la academia, «es la ciencia que tiene por objeto determinar las fechas de los sucesos históricos» (Diccionario, Julio Casares). Eso será para otros países y naciones, no el nuestro. Sería fácil decir que retrocedemos, pero no es cierto, el pueblo aprende más que antes. Pero tampoco vemos que progresamos. Qué situación es la nuestra, ni para atrás ni para adelante. Estamos en una espiral, de ahí la metáfora de lo helicoidal. Por eso, al amable lector le he compilado otros momentos en que creí que resumía la realidad, pero en la farándula de nuestra vida pública, nada se va del todo. Todo da vuelta, activos que creemos que son cadáveres. Una suerte de carnaval en el que danza la muerte y la fiesta. Y es por eso que al terminar de mostrar mis artículos anteriores, acudo no a politólogo o alguna disciplina racional sino al tema de la cultura, en alguien que se nos fue, Julio Hevia, que jugando y conociendo nuestra jerga, sabía cómo somos los peruanos, la inestabilidad como regla de vida. Aquí van, pues, párrafos de mis artículos, principalmente de este diario, El Montonero.

Este es el primero:

«Las urnas recogen votos que expresan repugnancias y esperanzas, sospechas y convicciones. Todo eso es cierto, pero no puedo tratar ambos temas —razón y pasión— en una sola crónica. Solo digo, cuidado, pasión es una cosa, pasarse es otra. Quien gane, Keiko o PPK, va a necesitar del otro. Los años que vienen van a ser duros. Que la campaña no los enemiste al punto que no puedan establecer más tarde alianzas, sin duda puntuales, en nombre del interés público y la gobernabilidad. La política no debe dividir a los peruanos. Tampoco fusionarlos, no es gastronomía. «La política es el arte de las separaciones» (Pierre Manent). Mayorías, minorías, etc. Por mi parte, no me muevo en una lógica de partido o de ideología. Sino en lo que el país necesita. Resulta paradójico: urge a la vez debate y paz social. En las grandes sociedades modernas, van juntas. A ver si aprendemos a vivir esa conflictividad que se llama la libertad y la democracia, en desacuerdo pero sin agravios personales.» (De  la política y de odios. Una medicina: P4R-P4D, El Montonero., 13 de mayo de 2016)

Calma chicha y presagios de tormenta                                                    

«El presidente electo no se ha puesto todavía la banda. Ni se han instalado los legisladores. La calma chicha es un término marinero. Cuando las naves necesitaban de vientos. Los marinos entonces aprovechaban para revisar la nave, los garfios, los cabestrantes. Sobre todo el casco, parte principal de la embarcación. Por lo demás, no me sorprendió el hecho que Keiko no ganara la presidencia. Véase la sumilla de mi artículo en  El Comercio un 1° de mayo (“Vamos a los hechos. Keiko tiene bancada, pueblo y partido. Y precisamente por todo eso, puede perder. Así somos”), mucho antes que los resultados de la segunda vuelta. La suma de fuerzas nuevas, en vez de afianzarla, ayudó a que el entorno de PPK volteara la campaña. Así son las cosas en nuestro país. Se gana Palacio con rumores. Ahora nos toca saber qué es lo que sigue. Somos un país de régimen presidencialista. Y la política son decisiones. Y es perfectamente legítimo que las cartas de la baraja del poder no se bajen hasta su hora cumplida.» (El Comercio, 9 de julio del 2016)

Hacer política en un país de negociantes           

«En Lima se recibe a los presidentes con ramos y se les despide con vía crucis. Y entonces me pongo a pensar y me pregunto si los políticos tienen que tener ego o no para la locura de hacer política en el Perú. O sea, mover voluntades e inercias mil. Lo tuvo Nicolás de Piérola. Al ego del «Califa», cuando tomó Lima con sus montoneras, y al sistema que montó, debemos el periodo de progreso material más prolongado del Perú, o sea 1895-1930. Con estabilidad que ya quisiéramos hoy. En nuestro siglo XX, los pocos grandes políticos obraron gracias a un ego gigantesco.»  (El Montonero., 06 de junio de 2016)

Del presente impreciso                                                

«La vida peruana oscila entre dos polos, la politización extrema y la indiferencia. Ninguno de los dos es saludable. Lo primero es el placer narcisista de las elites políticas, la política como una actividad para unos cuantos, tanto para los revolucionarios como los liberales partidarios del mercado que nunca faltaron. Pero los primeros acaban con presidentes Gonzalo en prisión, y en cuanto a las corrientes políticas legales de nuestros días, sin duda que llegan a contar con mayorías en el Congreso, pero lo cierto es que se pueden esfumar. Miremos nuestra historia. Y para decirlo en peruano y en lenguaje popular, cuidado con creérselas. […]

Aquí en Perú está pasando algo terrible. En el pueblo, no quieren partidos. Los usan, que es otra cosa. Eso es lo que sienten los gobernados. En cuanto a los gobernantes, no les gusta el Estado. Son utópicos del todo mercado. Se sabe los enfrentamientos entre facciones de la tecnocracia limeña. Y sin embargo, esta es una democracia. O pretende serlo. Octavio Paz, sin embargo, sostuvo que en la democracia no hay absolutos “… ni un proyecto sobre el futuro: es un método de convivencia civilizada, no se propone  cambiarnos ni llevarnos a ninguna parte, pide que cada uno sea capaz de convivir con su vecino, que la minoría acepte la voluntad de la mayoría, que la mayoría respete a la minoría, y que todos preserven y defiendan los derechos de los individuos». No creo que estos principios elementales se están cumpliendo en mi país, donde los elegidos, de Presidente a congresista, se insultan. ¿Un favorcito que les hacen a los diarios, que no venden si no hay injurias? ¿Y cuando de más arriba venga, mejor? ¿Los diarios chicha? ¡Pero si todos nos hemos achorado!  (El Montonero., 29 de agosto de 2016)

¿Qué nos pasa ?

«En una tesis francesa se explica los regímenes hispanoamericanos de esta manera: «sufren de una recurrente inestabilidad, de la rápida rotación de los equipos en el poder, en todos los escalones, y en todas partes, por la falta de respeto a las reglas institucionales de sucesión, por la incoherencia o la desaparición de una vida parlamentaria regular por el recurso a la fuerza». Ahora bien, esa sinopsis está pensada para los inicios del siglo XIX. Y lo malo del asunto es que describe la actualidad. La invención política en Bolivia, Ecuador, Perú, es obra de Marie-Danielle Demélas (IFEA-IEP, 2003). La profesora describe un mundo poscolonial de parentelas, grandes familias y la importancia de los vínculos, «el destino de un político dependía de estrategias familiares». Reinaba «el arte del compromiso ». Dos siglos más tarde no somos muy distintos. (…)

El pattern de la desunión habita en la disputa entre San Martín y Bolívar. Y se establece como regla en el XIX con los caudillos. Salaverry, Gamarra, Santa Cruz, Castilla, Cáceres. La guerra de todos contra todos. Solo a fines del XIX, uno de ellos, Nicolás de Piérola, tras una alianza con los civilistas, gobierna en paz. No dura mucho. Leguía llega al poder para desterrar a los civilistas. En el Perú siempre hay alguien a quien conviene excluir. 

El siglo XX confirma el hábito inquisitorial de dividir el país en perseguidores y perseguidos. El aprismo y el antiaprismo son los actores de una interminable guerra civil que arranca en 1931 y acaba en 1956. Cuando el aprismo ya no es insurreccional no es preciso tocar las puertas de los cuarteles. Pero el velasquismo será la nueva dicotomía. Y en los 90, cuando pensábamos que esa matriz nefasta era cosa del pasado, el pattern de la división regresa. Primero lo encarna Sendero, ora a favor, ora en contra. «Los hondos y mortales desencuentros» de Iván Degregori. Luego Alberto Fujimori. Otra vez negro o blanco. (Perú, la nefasta matriz y el pasado presente, El Montonero., 11 de julio de 2016)

«¿Hay todavía pueblo en el Perú? O es la victoria de Saga Falabella y Ripley y la hegemonía del pollo a la brasa, y tras la movilidad social, ¿el que está un poco arriba cholea al que está más abajo?

En todo caso, los partidos políticos eluden cuidadosamente esa denominación. Nada como echarle un vistazo al ROP (Registro Oficial). El del Presidente electo es “Peruanos Por el Kambio”. ¿Pero quién se opondría al cambio? Nadie. Y lo de “Fuerza Popular” dice fuerza no dice pueblo. Otros llevan membretes elusivos, vagos, de lo más impreciso posible.  La “acción”, dice uno, y añade lo de “popular”, no es lo mismo. Lo es una vedette de Chollywood. Otro dice que es “humanista”, otro “popular y cristiano”, muy respetable pero no aparece el populus por ningún lado. Otros son como propósitos de enamorados, “Siempre Unidos”. Otro se dice “nacionalista” ¿pero quién no lo es? Hay hasta un “Frente Popular Agrícola”, o sea, los industriales no cuentan. Y lo de “Frente Amplio”, se nota que es amplísimo, cada semana expulsan a alguien. En general son ambiguos. Temen intimidar y prefieren la finta, pero su deliberada anfibología los delata. No quieren pueblo sino votantes.» (Pueblo. ¿Ha dicho usted pueblo? El Montonero., 12 de setiembre de 2016 )                                                            

2021. O realismo o colapso

«El proceso electoral ha puesto en escena varios rostros y nombres cargados de  sentidos y de votos. A saber, Verónika Mendoza, Alfredo Barnechea, Julio Guzmán. Son outsiders y agrego César Acuña, tirando a “chicha”. Son cuatro, y no es poco. Me preguntan ¿a quién van a respaldar? Dudo que tengan capacidad de endose. Creo en cambio que cuentan mucho. Van a seguir en la escena política, es su derecho. Pero ¿qué pasa de aquí al 2021?  2016-2021, quien gobierne, las tiene difíciles. Los años dorados de fuerte demanda externa han acabado. El ritmo de crecimiento de la economía mundial, según el FMI, el Banco Mundial, y otras fuentes, va a ser bajo. Y eso golpea al mundo y en particular a la América Latina. Llamaré a esto el factor A.  Hay un factor B, la situación interna. La conflictividad va a continuar, protesta social y los denominados socioambientales, más la persistencia de la pobreza. El retorno a la democracia, ya van 23 años, se ha hecho en un clima de crecimiento económico, por lo menos hasta que asume Humala. Pero sin merma del descontento. En cifras, subió el PBI y el per cápita, pero la mayoría de peruanos no lo percibe así. Las urnas han sancionado a dos expresidentes. Lo dice Carlos Parodi, Universidad del Pacífico, al no alcanzarse el bienestar, “los resultados en el campo económico son insuficientes” (Perú 1995-2012). Y encima se nos vienen años de vacas flacas¡!» ( El Comercio,  01 de mayo de 2016)

La tercera vuelta. Democracia, sociedad peticionaria y ñeque           

«Lo que voy a decir es políticamente incorrecto. Así se llama en Lima cuando se dice las cosas como son y no como nos gustaría que fueran. Tengo una discrepancia de fondo. La lid electoral pronto va a acabar pero seguirá la protesta social. Gane quien gane. La paradoja de la vida peruana, que explico en un libro que tarda en salir, consiste en que economía y sociedad marchan por caminos distintos, riesgosamente. Hay una demanda popular cada vez más irritada. Estuvo tras el voto por Humala y ahora tras el voto por Keiko. No es de izquierda. Pero es protesta. Mientras los índices de progreso macroeconómico son estables e incluso prósperos, se acrecienta la inestabilidad política. Es paradójico, pero es así. Para Perú, la estadística es clara. Disminuye ostensiblemente la pobreza, crece el ingreso per cápita, en 1980 unos US$ 890 a 4200 en el 2009. ¿Y qué ocurre? Bloqueos de mineras, frentes regionales. Bagua. Conga. Tía María. Crece la riqueza, crece el desorden. Cómo se nota que no hay Estado.

En los altos mandos de empresas internacionales no quieren ver que la prosperidad económica del Perú se acompaña de un feroz descontento. El  Establishment, en especial el que controla un poderoso sistema mediático, quiere ignorar ese aspecto de la realidad. Sin embargo hay bibliografía, por ejemplo Desco. Cada año lleva la cuenta de los conflictos. Van en aumento. Muchas cosas se han dicho sobre ese crecimiento que a la vez es malestar. «Los resultados obtenidos en el campo económico son insuficientes» (C. Parodi, economista de la Pacífico).

En las altas esferas del poder económico deberían preguntarse un par de cosas. Si el pueblo, para decirlo así, estuviera contento con «el modelo», entonces, ¿por qué los expresidentes, protagonistas del auge aunque no nos guste reconocerlo, casi no han tenido votantes? Me refiero a Toledo y García. Por favor, no juguemos. Hay un problema de fondo. Mi discrepancia proviene de un examen realista de la sociedad peruana. Cierto, el país de abajo ha cambiado. Es verdad de Perogrullo que aumenta el consumo y a la vez, malsanamente, una suerte de fiebre de oro que hace que cada peruano quiera ser rico a cómo dé lugar. El nuevo mal peruano es la pérdida generalizada de escrúpulos. Por eso Carlos Meléndez lo llama «el desarrollo achorado». Por mi parte observo esa capa de nuevos ricos, unos honestos, otros de súbito éxito. Los he llamado «lumpenburguesía». La diferencia hay que hacerla caso por caso para que justos no paguen por pecadores. Pero a cada político se le pegan como lapa operadores mafiosos, dejémonos de cuentos.»  (El Montonero., 23 de mayo de 2016)

¿Por qué Julio Hevia? El autor de ¡Habla Jugador!, nos trajoalgo más que un buen libro, el compendio para reírse de cualquier cosa, evitando la tragedia. (Eso para los griegos, entre nosotros, no hay sino comedia). Se nos fue, pero conocía tanto como 20 psicólogos o 30 antropólogos  esa cultura que llamaríamos criolla, en todo caso, distina a la andina, y que viene desde el otro mundo, a decirnos cómo somos. Difícilmente tomamos las cosas en serio. Luis A. Sánchez calificaba al Perú de «país adolescente». Pero maestro, eso era posible para el siglo XIX y acaso algo del XX. Pero hoy es un anciano, pero frívolo, incluso cuando nos vamos al abismo.

Hevia: «Nuestra cultura, todos los sabemos, no ha sabido otorgarle un lugar al largo plazo, en nuestro mundo ignoramos lo que significa la cultura del proyecto. En el Perú hasta para hacer un brindis hay que apurarse, sacudir el bazan, hacer correr al vasallo, verse con basadre y afanarse en la compulsión vacilante del vacilón. En Lima, por ejemplo, la mayoría sale de su domicilio cinco minutos después de la hora y luego putea hasta el infinito, evocándose en ese acto a las madres de los involucrados en la periferia, homenaje vertido e invertido por todos los hijos de la gran teta, por todos aquellos que siguen dependiendo de su mai. Las horas pico de nuestro tránsito vehicular coinciden y se nivelan milagrosamente con la rabia e indignación de todos los conductores, con el virus de su impotencia y el egometro de su intolerancia.»

«Ya sabemos que nuestra cultura es la del recurso y de su gemelo, el apurado ingenio de la víspera.»

Pues bien, amable lector, ¿cómo cree usted que acabe este vacilón?Ni siquiera estamos en un infierno, sino en un limbo.

Publicado en El Montonero., 30 de agosto de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/peru-la-puerta-giratoria

¿Adiós al Imperialismo?

Written By: Hugo Neira - Ago• 23•21

¿Por qué es tan discutido el retiro de las tropas norteamericanas en Afganistán?  ¿Es Trump y ahora el presidente Biden quienes confirman un decaimiento o tal vez un ocaso?  ¿Es el fin de la hiperpotencia pero resultaría riesgoso para el equilibrio planetario que no exista una potencia gendarme?

Es uno de los riesgos de la mundialización —aparte de las pandemias o una crisis bancaria como la 2008— lo que ocurra en cualquier momento. Años atrás, lo que llamamos hoy Afganistán se descompone porque desaparecen los imperios persa y mongol. Y los británicos pretenden colonizarlo pero son derrotados en 1839-1842 y 1878-1880. Lo vuelven un Estado «tampon» (tapón o colchón), cuando el territorio afgano es imperializado con los británicos y los rusos. Tiene desde entonces unas fronteras internacionales. Por una parte, se intenta una modernización. Por la otra, la construcción  de un Estado, y tienen un Rey, Amanulá, que se apoya en un fundamentalismo religioso.  Pasa el tiempo y en contexto de la Guerra Fría, Afganistán juega a estar con el Este y el Oeste, sin dejar de ser un país al 90% rural. Y crece su actividad militar que, al parecer, es la única forma de reprimir las revueltas tribales. A partir de los años 50, hay acuerdos con la URSS, y la infiltración de los soviéticos es evidente en las Fuerzas Armadas afganas. Sin embargo, en el siglo XX, nada de esto conmueve o preocupa a las grandes potencias. Y podemos preguntarnos por qué no interesaba lo que ocurría en Kabul. (Estos datos provienen del Dictionnaire historique et géopolitique du 20° siècle, de Serge Cordelier.)

Tuvieron una monarquía constitucional, pero el 27 de diciembre de 1979, en plena Guerra Fría, 100 mil guerreros soviéticos penetran en el territorio afgano. Por cierto, esa estrategia aumenta la tensión entre soviéticos y americanos. Y lo que ocurre es un gigantesco desastre de las tropas soviéticas. Algunos consideran el apoyo en armas que recibieron los guerreros afganos, y otros lo atribuyen a la movilización popular en Afganistán en nombre de un concepto religioso, el jihad. La «guerra santa». Por otra parte, hay especialistas que dijeron que la resistencia con guerrillas fue tan poderosa que se evaluaba en Moscú esa derrota, y la duda de la calidad de las fuerzas militares rusas. Es probable que eso retuvo, en los últimos días de la URSS, un intento de enfrentar a Europa y los Estados Unidos, con una invasión en el territorio de la OTAN. Y desde esos años el surgimiento de los talibanes, el apoyo de Pakistán, el terrorismo de Osama Bin Laden, los atentados a las embajadas norteamericanas, cinco millones de refugiados, y la ausencia de cuadros capaces de contener a los talibanes. En Rusia, era ya la era de Leonid Brejnev, y luego Mijaíl Gorbachov, que retiró sus tropas. Era ya la hora de la perestroika, la reestruturación de lo que fue la Rusia soviética. La cuestión es, aparte de la irresponsabilidad del juego de las potencias en un país asiático, por qué hoy nos inquieta. Y eso es porque en la era de la mundialización que es este siglo XXI, nada está lejos. La geopolítica actual es global. Por eso es que en estos días se preguntan cuál será la consecuencia de retirar las tropas americanas.

La otra cuestión es los Estados Unidos de este tiempo. Una revista internacional se atreve a dedicarle un número completo. El título de ese número, es «¿Qué nos queda de la potencia americana?». Y luego reúne no unas opiniones y escritos de los EEUU sino de diversos países. Por ejemplo: «Los tres temores de América. La campaña presidencial del 2016 revela el nuevo rostro de los Estados Unidos. Un país invadido por la angustia, la cólera y la sensación de un declive». El autor es cronista israelita, en el diario Haaretz, diario de Tel Aviv. No podemos, pues, decir que se trata de algún marxista o comunista. Lo que ha ocurrido en América cuando Trump, «su popularidad hace sudar frío a un judío». No es que sean nazis pero el pueblo judío tiene una experiencia en esas metamorfosis de la gente y la sociedad. El cronista dice: «Están cambiando, con una fuerza que puede ser la nueva mentalidad americana». Y recuerda que «la América blanca y cristiana está a punto de volverse minoritaria». Ya no es la actitud de Barack Obama. «Hay un resentimiento, una sombra horrible».

Pasemos a otro continente y sociedad. Un diario ruso. Un periodista en Moscú. «Los Estados Unidos no están en condición de manejar el mundo. Es el fin de un consenso que dictaba, después de los años sesenta, la política extranjera». Y eso de que eran «el líder del mundo» ya no es posible. Podríamos decir al cronista ruso que tampoco la Rusia actual es la gran potencia de los decenios de la Guerra Fría. Sin duda los Estados Unidos de estos años no son los de los días en que acaba la II Guerra Mundial, en 1945. En ese momento, tenian el 70% de la producción industrial (en la cual se cuenta la producción militar). En estos días se acumulan los errores de los presidentes en la Casa Blanca. Alguien dice: «Siria es el cementerio de la credibilidad americana». El crítico lo dice en el The Washington Post. Se le critica a Trump por su inacción¡! Por otra parte, en Washington señalan que las tensiones raciales que son parte de la ascención de Trump son «un golpe feroz al prestigio de los Estados Unidos». Eso vino cuando unos policías mataron a un negro que no había hecho nada de malo salvo tener la desgracia de ser black. La revista es Foreign Policy. Nadie firma, me parece más bien un editorial. ¿Y si miramos los Estados Unidos un poco más lejos?

Desde Pekín, desde la potencia china que está alcanzando a los Estados unidos en diversos indicadores económicos y comerciales, sobre esta situación inestable le decían a Trump: «Las reglas han cambiado, señor Trump». Y luego: «Los Estados Unidos no son de ningún lado el interlocutor de los países emergentes» (en el Huanqui Shibao o el Global Times de Pekín, tabloide bilingüe de dos millones de lectores). Sin embargo, tienen bien claro lo que todavía son los Estados Unidos. «América sigue siendo el más grande centro mundial de innovación tecnológica, y son igualmente el primer agente de cultura y objeto de consumo cultural de masas. El país continúa a ser el lugar más fuerte de la ideología occidental. Son su hard power tanto sus Fuerzas Armadas, conservando una posición inalcanzable, como su finanza y sus extraordinarias competencias en el dominio del Internet, lo cual contribuye a su supremacía».

Pero, en la mentalidad china (que conocí), en ese país el tiempo no tiene la misma prisa que en el mundo occidental. Y el mismo periodista añade: «Pero es necesario ver cómo el mundo está en proceso de cambio, las fuerzas dominantes tradicionales van a dispersarse. Y en particular en los países emergentes».

Las dudas de Trump y acaso del actual presidente es «América primero». Es una postura que parece sensata. Y de hecho, durante su gobierno, ha roto con diversos acuerdos de tipo internacional. Hay un gran deseo de replegarse. Pero mire usted lo que le dijeron a Trump desde el Wall Street Journal: «Si los Estados Unidos se aislaran realmente del mundo entero como lo desea una parte de la población —sobre todo los trabajadores—, las consecuencias serían terribles». Esto lo firma un especialista formado en Oxford, Richard N. Haas. Y como geopolítico, si eso ocurriera, sería un caos total.

Es curioso. Durante decenios hemos rechazado a fondo el imperialismo americano. Y ahora nos encontramos con la posibilidad del fin de una hiperpotencia y sus consecuencias. Algunos dicen que los Estados Unidos tienen una influencia en el equilibrio de las grandes potencias, pero hoy limitada. Un profesor de la universidad de Harvard, Stephen H. Walt, sostiene que los Estados Unidos «deben estar menos en la escena continental». Pero por mi parte recuerdo una conferencia que escuché en el Instituto de Ciencias Políticas, en la calle Saint-Guillaume de mi juventud, en París: toda potencia que se echa a las espaldas la marcha de lo geopolítico termina por empobrecerse. Y lo comprendí inmediatamente. ¿No se arruinó el Imperio español de los Habsburgo? ¿Y no lo asume Inglaterra en el siglo XIX hasta que deja ese rol, al finalizar la I Guerra Mundial? Y hoy, ¿USA se repliega?

China no se va a ocupar de esa carga. Entonces, ¿vamos a vivir en un mundo a la vez moderno por las comunicaciones pero primitivo, con centenares de naciones sin reglas universales? Tiempo entonces de la delincuencia transcontinental, mafias multinacionales. ¿Un nuevo orden mundial? Lo que se viene quizá sea lo que se llama el soft power. Influencias pero sin presiones, mientras el liderazgo americano se esfuma. ¿Vendrán otros? Alguien dice que lo que se puede federar no son las naciones unidas sino las ciudades urbanas.  Puede que sea así. Los cambios climáticos nos van a llevar a países con paraguas. Quizá yo no lo vea pero usted sí, amable lector. Las dudas que tengo me evitan no solo vaticinios sino profecías. Recuerdo que al final del siglo XX hubo pronósticos como cancha. Hoy, los tengo en un estante, y me echo a reír, por no llorar. Nada más resbaladizo que el qué vendrá.

Publicado en El Montonero., 23 de agosto de 2021

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