¿Por qué ellos y nosotros no? Las Américas distintas

Written By: Hugo Neira - Ago• 17•21

Por culpa de un debate, aunque a distancia, el azar me enfrenta a una temática que envuelve a la América del Sur y América central, y México en cuanto no solo a la democracia sino cómo los EEUU prosperaron al punto de convertirse en la primera potencia después de la II Guerra Mundial. (Y dejamos de lado, por el momento, si siguen siendo los primeros o la China capitalista-comunista). Si buscamos una sobria explicación, la encontramos. La respuesta viene de sus historiadores, «los Estados Unidos es una nación singular». Es la idea de Allan Nevins y Henry Steele, en un libro que recomiendo —entre centenares de otros— que se titula Breve historia de los Estados Unidos, modestamente 718 páginas. Y ya sé que más de uno renunciará a leerlo, qué lástima que Internet les haya acostumbrado a perder el arte de la lectura. En fin, ¿quién no conoce que nace un pueblo estadounidense en una mañana de abril de 1607 cuando de tres naves inglesas anclando en Chesapeake desembarcaron los primeros colonos? ¿Pero cuál era lo «singular»? Es cierto que encontraron un vastísimo territorio y, dicen Nevins y Henry Steele, «su espíritu vigoroso, pioneros que sometieron a fuerza de trabajo y esfuerzo personal». Cierto, con el pasaje del tiempo, se reafirmaron en «una vida nacional con la individualidad de cada uno y el valor personal frente a cualquier intento de sujeción». Buena respuesta, pero incompleta.

Es cierto que la historia latinoamericana es inseparable de norteamericanos y europeos. Pero, «es radicalmente diferente» el nacimiento de uno del otro. He aquí el pensamiento de alguien que también es hijo de la América del Norte, pero no de los Estados Unidos, sino mexicano. Nada menos que Octavio Paz. Por lo que sigue, es conveniente para el  amable lector que se sepa que Octavio Paz conoció e hizo estudios en los Estados Unidos, al punto que cuando se convierte en poeta, conoce la gran poesía angloamericana. Pero no por eso se vuelve un mexicano americanizado. Perdón, señor lector o lectora. ¿El laberinto de la soledad? Es el libro ensayo que lo hizo famoso, tanto como sus poemas. Pues bien, en ese libro, en una de las entrevista que tuvo, confiesa que el punto fundamental de esa obra era cómo definir al mexicano. Es decir, el «laberinto de la soledad» es corrientes de interpretación de la psicología, los comportamientos de las máscaras en la vida corriente, la religión (todos los Santos y Días de Muertos) y a la vez, historia, de la Conquista, la Colonia, la Independencia y la Revolución, y sin embargo, el primer capítulo está dedicado «al pachuco», o sea el mexicano entre mexicano y norteamericano. Octavio Paz no continúa sin poner visible la gran revelación, «el descubrimiento de nosotros mismos».

¿Y a qué viene eso? Resulta que sabemos cómo es los Estados Unidos y, seamos sinceros, sobre la visión nuestra de los Estados Unidos, me atrevo a sugerir que tenemos tres respuestas. La primera, no nos interesa y salimos del tema puesto que es el imperialismo. La segunda, quisiera ser norteamericano. Y la tercera, acaso la más cuerda, el peruano se pregunta por qué en Norteamérica y no en Suramérica. La respuesta está en uno de los ensayos de Octavio Paz. El texto que llamamos a estas páginas se encuentra en el tomo I de las Obras Completas de Octavio Paz, página 109, titulado «Ideas y costumbres. La letra y el cetro», 1993.

«El nacimiento de los Estados Unidos es un hecho histórico de significación opuesta al nacimiento de la América Latina. Los Estados Unidos nacieron con la modernidad: la Reforma, el individualismo, la Enciclopedia, la democracia, el capitalismo.» Y ahora Octavio Paz, a grandes brochazos, nos dice qué éramos ya: «Nosotros nacimos con la Contrarreforma, el Estado absolutista, la teología neotomista, el arte barroco. Entre nosotros, las poblaciones autóctonas fueron siempre muy importantes y, con la excepción de Argentina, Uruguay, y Chile, lo siguen siendo. En cambio, en los Estados Unidos y en Canadá los nativos fueron exterminados o marginados. También la Independencia de las dos mitades del continente fue diferente. Los Estados Unidos comenzaron como pequeños núcleos de colonos unidos por vínculos religiosos; vivían en el noreste y más tarde se extendieron por todo el norte y el oeste del continente hasta convertirse en un gran país.»

«El nacimiento de los países de América Latina fue ante todo la consecuencia de la decadencia de España y de la disgregación de su imperio. El movimiento histórico de los Estados Unidos no sólo unificó a muchas regiones y territorios sino a distintas comunidades y culturas. En cambio nuestra Independencia fue el comienzo de la dispersión

«El caudillismo fue determinante en la automización política de América Latina. Nació en las guerras de Independencia y prosperó en las guerras civiles del siglo XIX. Su influencia fue catastrófica en América Central en la cuenca del Caribe. En la primera de estas regiones aparecieron cinco países y después uno más que no son viables económica y políticamente ni tienen una verdadera identidad nacional. Son seis países que no debieran ser sino uno solo.»

¿Cuál es la idea principal? Partos históricos distintos. El azar de la historia, una vez más.

El texto de Octavio Paz es más largo que las citas anteriores. Sin embargo, le preguntan por qué continuó la multiplicación de Estados en la América Central. Respuesta: «Los nuevos Estados eran muy débiles, casi fantasmales, mientras que los ejércitos poseían una estructura más sólida. Los militares no tardaron en tomar el poder. Otros factores negativos: la ausencia de tradiciones democráticas y de un pensamiento crítico así como el peso de las oligarquías, que eran y son extremadamente poderosas y antidemocráticas. No hay que olvidar, asimismo, la influencia particularmente funesta del imperialismo norteamericano.»

Por otra parte, no puedo dejar de pensar que para los latinoamericanos que quieren continuar sus estudios superiores, después de la formación nacional o local, es corriente,  es normal, unos años más en los Estados Unidos, o bien en Europa. ¿Pero cuál de ellos? Algunos, que son pocos, pasan por ambas formaciones educativas. Pero si es una sola es difícil elegir uno de ellos. Me ha pasado a mí mismo. En un momento de mi juventud, me invitaron a que fuera a los Estados Unidos para que observara cómo eran unas elecciones estadounidenses de las primarias en los partidos políticos, hasta el último tramo. Estaba en Lima y la Embajada eligió un joven por partido político, y yo fui como joven comunista. Lo era (qué vida la mía…). Había otros que representaban el aprismo, o la juventud odríista, y así por el estilo. El caso es que me llama una universidad, no de las más famosas, pero una de ellas. Yo había tenido otra oportunidad. Había seguido como periodista los movimientos del Cuzco con campesinos que invadían las haciendas que les habían quitado terrenos gracias a los litigios que obviamente siempre ganaban los hacendados. Además de ocupar terrenos, no usaban fuerza alguna. Mis crónicas que se publicaron en el diario Expreso fueron luego reunidas y se editaron en Cuzco: tierra y muerte, 1964. En ese momento se discutía en el parlamento la reforma agraria. Tiempos de Belaunde. Me dieron un premio. Revelaba que no eran guerrilleros sino una forma de protesta general de los pongos, arrendires, por millares de siervos. Pues bien, un profesor francés, François Chevalier, pasaba en esos días por el Perú. Chevalier era profesor en la Sorbona, con rango tan alto que era lo que llamaban los franceses, «un mandarín». O sea, el patrón de una determinada temática. Chevalier había vivido muchos años en México, y cuando lo llaman en París, en la Fondation des Sciences Politiques, le piden dirigir un equipo de investigadores sobre la América Latina, con 3 de los mejores estudiantes que en Sciences Po. se habían formado. Chevalier aceptó, con una condición. La América Latina es tan compleja que podía escapar a las formas racionales y cartesianas de la mentalidad europea. Entonces, pedía 3 ó 4 sudamericanos para integrarse al equipo francés. Chevalier me consideró uno de esos latinoamericanos. Se llevó a un brasileño, un mexicano y el que esto escribe. Luego, pasó el tiempo. La burocracia europea. Cuando estaba en los Estados Unidos por poco me quedé. Sin embargo, a la que era entonces mi compañera en Lima, le rogué que si llegaba una carta de Chevalier, me la hicieran llegar a los Estados Unidos. Y así fue. Estaba en una estupenda universidad americana cuando llega la carta. Me la entregan, estaba en francés, me piden que la traduzca y me dicen: – Cómo ¿¡Sciences Po!? Y llaman a varios colegas y todos me dicen: «- Pero eso es como Harvard en USA. Váyase a París, y no se olvide de nosotros».

Cuando era ya un investigador con ingresos, y a la vez seguía cursos en Ciencias Políticas, nos reuníamos en un café, en Saint-Germain, Mario Vargas Llosa, yo y Julio Ramón Ribeyro. Tuvieron la buena voluntad de guiarme entre ese mundo francés en el que de pronto todo era tan distinto, y sobre todo, en el lugar en donde era tanto investigador como estudioso. Pero diré lo mejor de esos encuentros. Los novelistas conocen a los seres humanos tanto como un psicoanalista, acaso más. Una tarde, Mario y Julio Ramón, me hacen una pregunta evidentemente existencial:      

– Y entonces, ¿qué sientes que eres? Contesté algo así como:

– Estoy sintiéndome en casa. Y luego de un silencio, dije:

– Sigo siendo peruano, pero también latinoamericano.

Se echaron a reír, y me dicen:

– Eso también nos pasa a nosotros. A Cortázar, al argentino, que ya conocerás. Claro, la patria de donde venimos, pero algo más grande, ¿no?

Pues bien, con el tiempo, habiendo estudiado dos veces en París ­­—primero Ciencias Políticas, y luego de mi exilio, después de Velasco, Ciencias Sociales—, comprendí que en el sistema europeo, especialmente en Francia y en Alemania, la formación es multidisciplinaria. Estudié Sociología pero algo de Antropología, de Filosofía. Entiendo que el sistema norteamericano es más dado a profundizar una disciplina. No deja de ser valioso. Pero en la heterogeneidad está la clave europea, acaso con más estudios: el hombre y la sociedad son demasiado complejos para intentar comprenderlos con una sola herramienta intelectual. Y para terminar, mi actitud cosmopolita: cuando se estudia en los Estados Unidos es para los norteamericanos mismos.

Pero si se ha estudiado en Europa, el mundo está más cercano. Y no perdemos ni la patria ni la conciencia de que somos los americanos, pero los de México para abajo. Porque desde el Sur podemos entender el mundo. No menos que los europeos y los norteamericanos. Ortega y Gasset, gran filósofo español, decía que Europa era como una planicie, una llanura, pampa, desde donde se ve el mundo entero. A veces a los norteamericanos, los encuentro un tanto provincianos. Con razón Kant o Heidegger no fueron americanos. Y en fin, la peruanidad no se pierde en las Europas, ¿o acaso César Vallejo dejó de ser él mismo? Ni José Carlos Mariátegui ni Vargas Llosa, ni tantos escritores y artistas.  

Publicado en El Montonero., 16 de agosto de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/por-que-ellos-y-nosotros-no-las-americas-distintas

Crisis de representación y el fenómeno populista

Written By: Hugo Neira - Ago• 13•21

Introducción

     José Arico, argentino y gran conocedor de Marx y del marxismo, fue quien sostuvo que el fundador del marxismo no alcanzó a entender el caso histórico de la América Latina. Puede ser, pero no alcanzó a explicarnos los populismos de su tiempo, entre ellos, el peronismo. En efecto, se puede aplicar ese concepto a ese prolongado fenómeno social y político, diría casi una manera de hacer política en la Argentina, y que es el peronismo. Sería un error conceptual por una sencilla razón. Para que haya un bonapartismo es preciso contar con algo que tenía tras de sí el sobrino de Bonaparte. En 1848, Napoleón III contaba con una nación. La nación francesa. La que había producido la revolución de 1789. Y en el momento en que el Príncipe se hace dar una “presidencia vitalicia” contaba con la burguesía industrial y una inmensa capa rural de propietarios. En cambio, en América Latina, desde los años 30, los populismos y sus líderes (Perón, Getulio Vargas, MNR boliviano, aprismo peruano) llevan consigo en el vientre la posibilidad de una nación. Y se enfrentan a sociedades poscoloniales que no han hecho del todo su transición a la modernidad. No es lo mismo. Aquí los populistas no heredan un poder. Tienen que inventarlo. En sociedades que no tienen Estado sino gobierno. Además, en sociedades que no han tenido ni revolución industrial ni revolución social. De alguna manera compiten para reemplazar tanto a las elites liberales como a las elites socialistas.

Pero decir esto únicamente sería ocultar la complejidad del fenómeno. En efecto, su ambivalencia. Puede provocar sistemas de acelerado cambio social como nuevos tipos de autoritarismo. Confesaré, por mi parte, que creo que es un tema capital y extremadamente enredado. Las ciencias políticas inspiradas en sociedades avanzadas y capitalistas no nos ayudan a entenderlo. Lo ven como patología. Mientras a la vez avanzan en Europa los movimientos de xenofobia y ultraderechistas.

     El populismo es una realidad reciente. Y lo es en estos días, en Europa. Y el caso más llamativo, los “chalecos amarillos” y su violenta aparición en París y varias ciudades francesas. Pero no es el único caso. Hay emergencias que no sabemos cómo llamarlas y cómo situarlas. Esos fenómenos son un dolor de cabeza para los demócratas de izquierda o de derecha y también para los investigadores. No los podemos encontrar ni en Aristóteles, Tocqueville o en Marx, que no pudo entender al lumpenproletariado de su tiempo, menos estas oscilaciones del pueblo y de profetas y magos, reales o supuestos. Aparecen cuando las democracias liberales u autoritarias parecen agotar sus recursos. Tema del presente.

     ¿Son una patología o una corrección de democracias? ¿La resistencia de los pueblos a las elites o la carencia de estas? ¿Una crisis de instituciones o la tiranía de masas? ¿Por qué no falta en ellos el culto al Jefe? ¿Es un giro conservador, hacia una fase regresiva, siempre latente, la tentación de lo comunitario sobre el individuo? ¿Son la antipolítica? O como dice Laclau, ¿otra lógica social y un modo de construir lo político? ¿O son, como los he llamado hace años, un ‘cesarismo’ moderno?  ¿Y hacia dónde se orientan, hacia una democracia a la vez liberal y social, o hacia un nuevo tipo de totalitarismo? Y esta vez no en Europa sino en este continente que un poco excesivamente se llama Nuevo Mundo, cuando la carga de vicios y defectos lo hace un continente que, en política, es un desván de muebles abandonados.

Polisemia del término

     En la reflexión sobre el populismo es corriente inscribirlo en dos registros. Por un lado, y significativamente —dice Pierre-André Taguieff— populismo se usa en opiniones polémicas. Deriva populista, tentación populista, peligro popular. Es el registro negativo, además del desdén por el programa, las ideas e intelectuales y la posibilidad de confiar en un jefe carismático, arbitrario y autoritario. El segundo registro esta vez positivo, es que llaman al pueblo (aunque el concepto tenga muchos matices y novedades en el tiempo en que vivimos) y piensan en “las aspiraciones populares”. Es lo que más los distingue, según la academia. “Valorizan el pueblo y en contra de las políticas institucionales consideradas corruptas o podridas” (Dictionnaire de la science politique, Guy Hermet). Populismo y pueblo van juntos, al menos en la retórica y en las intenciones. En cambio, los liberales suelen enlazarse a los imperativos del  mercado, y los socialistas consagrarse a adquirir los poderes casi mágicos del Estado y el poder. El populismo o los populistas son siempre una irrupción. El tema tiene un carácter de urgencia. Es todo el sistema de legitimidad y las formas mismas de la representación tradición y legal las que quedan concernidas, si es que no puestas en cuestión.

     Desde que aparecieron —y no en la América Latina ni en la Europa de los años treinta sino en la Rusia del XIX— han sido víctimas del desdén. En esa cadena de desprecios fueron los Naródniki rusos los primeros, en ellos solo vieron los bolcheviques de Lenin un tipo de romanticismo agrarista. Craso error, estaba el pueblo ruso. Luego, el concepto da un salto astronómico y lo aplican a las políticas del New Deal en los Estados Unidos, aquellos que no estaban de acuerdo. Es un precedente, cada vez que se intenta una nueva versión de orden financiera, todo lo que no sea economía del costo/beneficio, es tachada de  incorrecta, es decir, de populista. En los años cincuenta, resultan populistas también los macartistas, luego Ross Perot. Y el general De Gaulle, una forma de explicar sus éxitos en las elecciones francesas. Pero igual a Franco, que nunca recurrió a las urnas, y al Ku Klux Klan. Y cuando destacaba un líder africano, por ejemplo el presidente Nyerere en Tanzania, también se le interpreta como populista. Se le había ocurrido a este mandatario desconfiar del sistema capitalista y lanzar una suerte de socialismo humanista, el ujamaa, que significa, en traducción aproximativa, darle importancia “a la educación, la salud, y recomponer las aldeas”. O sea, si ese programa hubiera sido el de un gobierno socialdemócrata sueco o noruego, habría pasado como “acción social”. Lo que sigue es predecible, su sucesor, Ali Hassan Mwinyi, acepta las condiciones del Fondo Monetario Internacional (Le dictionnaire historique et géopolitique du 20° siècle, 2000). En suma, si el populismo es arbitrario, también lo son quienes lo repudian. Al punto que a veces no cuenta tanto saber quién es populista sino su contrario. Laclau dice que populismo no es concepto peyorativo, no lo será para él, en los hechos lo es. Entonces, el análisis es forzosamente doble. Hay que preguntarse qué lleva a las masas a seguir un líder populista. Y su contrario, por qué se le repudia. La negación es tan reveladora como la adhesión. Dime qué tipo de antipopulista eres, y te diré quién eres.

     Sí, es peyorativo, habitan en él insultos, prenociones. ¿Es populista todo régimen que se resiste a los organismos internacionales? La premisa no funciona en el caso de Alberto Fujimori que arrancó la economía peruana del proteccionismo del Estado y privatiza empresas públicas, pero igual es etiquetado populista. Acaso por los manejos de clientelas que explica Yusuke Murakami en La democracia según C y D (2000). Entonces, no es un tipo de economía sino de retórica de gestos y parte de la seducción política. Populistas, entonces, Juan Domingo Perón, Haya de la Torre, no por azar, grandes oradores. Pero ¿siempre el líder populista es un gran orador? La etiqueta se aplica también a Getulio Vargas que no lo era por sus discursos sino por el tipo de Estado que establece en el Brasil. En ese caso cae en un tipo distinto de clasificación de “nacional-populistas”. Entonces, el rasgo principal no procede de una economía ni de un estilo político sino del tema de la construcción del Estado-nación en sociedades extraeuropeas. Pero en ninguna de estas categorías cabe Bernard Tapie, el hombre de negocios francés que incomodaba a la clase política, porque de alguna manera discutía el binomio derecha/izquierda de siempre. Tapie jugaba a parecer un tanto vulgar, era un coqueteo, pero funcionaba. Lo mismo le van a decir a Sarkozy y al italiano Berlusconi, dueño excesivo de medios de comunicación, “telepopulismo”. Obviamente a J-M. Le Pen y a Marine Le Pen. Porque tienen público. Entonces, se trata de populistas a los que pone en cuestión la tipología misma del sistema. A los rupturistas, a todo lo que no está en el juego clásico de una determinada clase dirigente. ¡A los outsiders!

     Un trabajo de Guy Hermet, profesor en Ciencias Políticas de París, publicado por Fayard, nos presenta un abanico desconcertante. Habría un antecedente, la revuelta de las “manos negras”, o el People’s Party de los modestos granjeros americanos por 1890. Y populistas lo encuentran a los liberales como Berlusconi, por su telepopulismo, y populistas de derecha en Hungría, Alemania. Y etnopopulistas en el caso boliviano. (Aunque Evo Morales lo equilibra con el clasismo del MAS.) Y nacional-populista, Velasco, Chávez, Correa y los Kirchner argentinos. Y por la izquierda los tribunos del pueblo, excomunistas en Europa central y en Rusia reciclados. El populismo de los europeos anti Europa, desde el austriaco Haider a Le Pen, padre e hija. Y de paso los populismos de la América Latina. Y los del Asia. Y los de los países árabes. Los populismos están en todas partes del mundo, pero con una variedad que da vértigo. ¿Qué son?

Geografía. Rusia, Estados Unidos, Italia, Alemania, Argentina

     Cuando aparece Solidarnosc en 1980, algunos analistas lo llamaron populista. No es casualidad. En la Europa del este ni rusos ni polacos habían olvidado un antecedente. El populismo ruso ligado a la cultura rusa en el XIX no ha sido olvidado ni el trato fatal que recibieron de los bolcheviques. El vocablo ruso es narodnicestvo, y es un derivado de narod, o sea, pueblo, los naroidas o amigos del pueblo. Su empleo y un tipo de militancia, según nuestras fuentes, comienza a generalizarse desde 1870. Incluso desde más lejos, está en Herzen, Bakounine, escritores y pensadores de la ‘intelligentzia’ rusa. Durante mucho tiempo no le hemos prestado mayor atención a ese movimiento que luchaba por la liberación de los “oprimidos”, tanto como los mencheviques, socialdemócratas y bolcheviques. La versión que hemos recibido, la versión soviética, es que era un movimiento que idealizaba el pueblo y la comunidad campesina, obscina en ruso. Franco Venturi, que ha estudiado esos intelectuales, ese pueblo y esa revolución, tenía una organización propia, Ziemla i vola, que estaba vestido, dice, “de ropas campesinas”. Pero los revolucionarios rusos radicalizan las diversas corrientes incluyendo los naroidas, y van a tomar el camino del modelo de los europeos, insurreccional. Los populistas serán los olvidados de la historia (Histoire du populisme au XIX siècle, 1972). Para nosotros, es llamativa la semejanza con los movimientos indigenistas e indianistas del mundo andino. Los olvidados populistas rusos no querían un “socialismo burgués”. Me parece escuchar, a lo lejos, el debate entre Mariátegui y Haya de la Torre.

     En la brevísima historia del populismo que esbozamos hay un segundo momento. En 1890 aparece el Partido del Pueblo en los Estados Unidos. “Un movimiento agrarista, pequeños empresarios, al parecer muy popular y que denunciaba los agravios que sufrían los granjeros en los estados del sur y del este” (Miller, Enciclopedia del pensamiento político). Miller aprovecha para señalar que el populismo, genéricamente, incluye una gama de fenómenos diferentes. En efecto, la siguiente encarnación es la Italia de los años veinte. Ciertamente, Benito Mussolini, se le suele olvidar. Socialista en sus orígenes, vuelto nacionalista durante la primera guerra mundial, de temperamento revolucionario, el caporal Mussolini combate hasta que cae herido, luego funda un diario que ya indica sus metas, Il Popolo d’Italia, y combate acerbamente a liberales como a socialistas por ‘defectistas’. Curioso, lo mismo, y sin conocerse, le está pasando a un excabo alemán llamado Adolfo Hitler. Salvo que este no ha sido ni por instante socialista y que su arribo al poder toma más tiempo. Mussolini es el amo de la Italia fascista desde 1922, cuando Hitler es un solemne desconocido. Primer Ministro desde la marcha a Roma, jefe carismático, rasgo que Hitler observa y que va a llevar hasta la exasperación. El fascismo italiano, es decir, con grupos de combate callejero “los unidos”, es un populismo al estado intacto, el culto a la acción directa y el gran desdén por teorías y programas, todo lo que necesitan es un enemigo claro y el guía casi divinizado. “Mussolini es el primer dirigente populista del siglo XX que utiliza de modo masiva la radio y el cine” (Encyclæpedia Universalis).

De los populismos latinoamericanos

     En otro lugar del mundo va a iniciarse un proyecto político de masas. En la Argentina. Un país de inmigrantes, italianos y españoles a un 85%. Un país que era uno de los más ricos de la tierra entre 1900 y 1945, pero en el cual el primer tema político, la integración de masas de trabajadores a la vida nacional, no había sido conseguido, pese a la adquisición de la nacionalidad argentina en 1912 para los migrantes, la escuela pública y el irigoyismo y unos cuantos socialistas. Juan Domingo Perón, militar de carrera, había conocido Italia fascista, seguido cursos de filosofía, y había visto la eficacia del Estado total y las entidades corporativas. Los buenos resultados de una economía antiliberal. No vamos a explicar lo que todos sabemos, el peronismo combina un destino personal, el de Perón, a un proceso gigantesco de integración de los sindicatos argentinos a una suerte de Welfare State, provocado por el voluntarismo de un líder, Perón, y su mujer Eva. El peronismo es una suerte de Labour Party, obreros de izquierda, dirigido por un admirador de Salazar, el tirano paternalista de Portugal, que gobernó muchos más años que Franco, y profundamente agrarista.

     No es casual, pues, que no fuera un argentino ni un investigador latinoamericano o americano que intentara entender el peronismo, sino un sociólogo italiano llamado Gino Germani. Conocía en carne propio el fascismo italiano, cuando joven se había opuesto y conoció la prisión, luego viaja a la Argentina donde termina sus estudios, y estaba en una situación ideal para aborrecer el fascismo por una parte, e intentar comprender su lógica, los mecanismos que articulan un Jefe y el pueblo obrero que lo sigue, por la otra. Germani será decisivo. “Es el primer campo interpretativo a finales de los cincuenta”, dice Patricia Funes en el 2014, “fundado en la teoría de la modernización y el estructural-funcionalismo”. Después de Germani se instala el concepto de movimientos nacionales-populares. Germani trabaja en asunto de Censos durante el gobierno de Perón, dirige el Instituto Torcuato Di Tella. Es el hombre adecuado para comprender, no para negar o aplaudir.

     La profesora mexicana Funes resume de este modo la idea del peronismo en Gino Germani. “Los populismos surgen cuando esa movilización encuentra cerradas las formas de integración y representación. Las masas no encuentran canales institucionales para su representación. Esas masas disponibles, heterónomas, que aun no cuentan con mecanismos autónomos de acción colectiva, son manipuladas por un líder carismático”. En la Argentina de los años treinta a los cuarenta, una masa de obreros necesitaba sus sindicatos que el sistema retardaba, y Perón, desde un cargo menor, secretario o ministro en Trabajo, los provee de legalidad sindical. Eran centenares de miles. Había encontrado Perón —dice el sociólogo Germani— “una masa en estado de disponibilidad”. La clase obrera argentina, que en los años de exilio le siguió siendo fiel. La otra cosa era el amor a la idea de nación. Perón es el primer dolor de cabeza del departamento de Estado americano antes que Castro. Por cierto que Perón usa un sistema de paternalismos y autoritarismos diversos, pero el sociólogo italiano capta ese elemento combinatorio de los populismos, carisma y líder.

     Ahora bien, Haya de la Torre, entre 1932 y 1945 y 1956, no tuvo la suerte de tener un Germani. Ningún gran historiador o filósofo (no había todavía los sociólogos) asumió esa tarea. Porras y Basadre, en situaciones diversas, fueron ministros por iniciativa del aprismo. Pero liberal el primero, y con inclinaciones al socialismo el segundo, no deslindaron entre ese partido de masas sui géneris y sus opositores, ferozmente conservadores. Falló la intelligentsia. Por su lado, políticamente, la respuesta seca y neta de comunistas y socialistas y liberales era de tratar el aprismo como una forma de fascismo peruano. Las persecuciones habían acrecentado la vigilancia en torno al compañero Jefe, y es cierto que había acaecido un culto personalista inquietante, saludos brazos al aire, gritos, “SEASAP”. ¿Cómo no creerlos fascistas? Hubo atentados y asesinatos a mansalva en los años treinta, a don Antonio Miró Quesada y a su esposa. Al general Sánchez Cerro. Y en los cuarenta, el crimen Graña, un administrador de un diario liberal, La Prensa.

     ¿Pero era eso todo el aprismo? Partido pluriclasista, siempre he dicho que tenía dos almas, una violenta y otra socialdemocrática. Esta se hubiera impuesto, pero no les dieron tiempo. Siempre he sostenido que el aprismo jerárquico (en la clandestinidad y para siempre) lo provocan sus rivales, tras las feroces persecuciones y miles de presos y deportados. Haya hizo una vida de proscrito en su propio país. Era un socialdemócrata cuando desembarca de Europa en 1931, pero también es verdad que venía de las experiencias de México y conocía en Honduras la de César Augusto Sandino, el guerrillero. Acaso oscilaba entre la sublevación a la mexicana y el progreso electoral en los países civilizados de Europa, el modelo nórdico, que aceptaban cambios graduales. No pudo lo primero, no le dejaron lo segundo. En mi criterio, sin ser aprista (nací muy tarde para eso, me hice en mi juventud comunista), ahí se abre el forado, el agujero negro del Perú. La imposibilidad hasta nuestros días de hacer reformas profundas, sin violencia. Germani, en cambio, había enseñado a distinguir los rasgos autócratas de un dirigente populista de los intereses genuinos de sus clientelas y del pueblo. La emoción estuvo del lado populista-aprista. Medio siglo. Pero no cambió al país.

Del populismo a los regímenes híbridos

     Un momento decisivo para los populismos fueron los años de los cuarenta a los sesenta. Antes de la revolución cubana. Entonces, para una revista científica europea, escribo lo siguiente: “El vocablo populista es corrientemente usado para designar ciertos partidos de masas aparecidos en el siglo XX en América Latina (getulismo en Brasil, peronismo en Argentina, apristas en el Perú, A. D. en Venezuela) que se rebelan irreductiblemente a los esquemas políticos clásicos. Las interpretaciones divergentes dadas de este término ilustran la complejidad del fenómeno populista” (“Populisme ou césarismes populistes?” Revue Française de Sciences Politiques, 1969). El texto ha sido repetidas veces traducido y publicado en España y en Perú.

     No había aparecido, por entonces, en la América Latina ni Chávez, Correa, Evo Morales o Lula, ni en Francia Le Pen, ni la primavera árabe en Túnez ni Podemos en España,  pero  la problemática del populismo era materia del libro de Lambert sobre la América Latina, y eran los años del americano Kantor sobre la ideología y el programa del movimiento aprista —sin convencer en Lima— y del francés Bourricaud en Poder y sociedad en el Perú contemporáneo. Desdeñado en nuestras universidades porque no era marxista. Poco importa presidente de la Sociedad Mundial de Sociología y autor de un reputado Diccionario. Eso, en Lima, son detalles secundarios.

     En cuanto a los populismos, el profesor Touchard —una cúspide de las ciencias políticas francesas— los había tocado como “nacionalismos”, lo que a mí me parecía insuficiente, y me interesaba por los trabajos de Gino Germani, cuya idea de “época de transición y sociedad de masas”  me parecían —y me parecen— pertinentes. Igualmente los estudios de Jaguaribe sobre el Brasil, de Francisco Weffort para el populismo brasileño y los de James Billington, sobre Mikhailovsky y el populismo ruso. Me llamaba la atención el caso de Gaitán, en Colombia, tan parecido a Haya de la Torre, salvo que en 1948 lo matan. Con Haya de la Torre lo hicieron mucho mejor: jugaron con él, retardaron la hora de las urnas, consiguieron candidatos que se le parecían, esperaron que pasara el mayor enemigo que tiene no solo la política sino el ser humano, Cronos, el tiempo, y al fin, cuando se dieron cuenta de que era la posibilidad de un gran estadista, la vejez, la enfermedad y la muerte tuvieron la última palabra. En el Perú se mata sin pistola.

     La presencia populista era mucho más ancha de lo que me parecía entonces. Estaba en el Partido Colorado de Uruguay. En el MNR boliviano, Movimiento Nacional Revolucionario, que hizo todo lo que los populismos querían hacer al llegar al poder, es decir, nacionalizar las minas, una reforma agraria y otorgarle una inmensa importancia a la Central Obrera Boliviana.

     Las razones por las cuales la academia demora en admitirlos tiene dos sencillas explicaciones. La primera es que la mayoría de los estudios sobre el aprismo, el peronismo y el chavismo, son de especialistas en campos nacionales, mexicanistas, peruanistas, etc. La visión comparativa ha llegado después. La segunda razón es que el propio actor, vale decir, el líder populista y su “comunidad emocional”  —para recurrir a uno de los conceptos de Max Weber— rechaza ferozmente cualquier otro lazo extraño a su cultura y nación.

     Los populismos latinoamericanos compuestos de partidos que accedían al poder mediante las urnas y que no eran ni liberales ni socialdemócratas ni de izquierda, los cesarismos populistas de Haya, Betancourt, Estenssoro, Velasco Ibarra, Perón, tienen una edad de oro, de 1945 a 1970. Fue una era de “izquierdas democráticas” como ellas mismas se tildaban, para tomar distancias de comunistas prosoviéticos o prochinos de ese momento. Pero de ahí en adelante, pasan un par de cosas, gigantescas y sorprendentes. Por una parte, surgen los movimientos insurreccionales, muchos de ellos urbanos, en Brasil, Uruguay, Argentina. Montoneros, tupamaros, y las guerrillas peruanas más bien rurales que Héctor Béjar, sobreviviente, explica. Y luego, con terroristas o sin ellos, la aparición de dictaduras militares de nuevo cuño. No solo el clásico golpe de Estado que, por lo general, daba lugar a nuevas elecciones. Sino Estados militares, organizados, aparatos de guerra y de gobierno, construidos para una larga y prolongada presencia en el Estado y en la sociedad. Fueron “una clase dirigente de sustitución” (A. Rouquié). Un  dirigismo autoritario y con cuadros militares que ningún país había conocido con anterioridad. Por lo general eran de extrema derecha, pero variados en políticas económicas, por el libre mercado los unos, por el intervencionismo estatal los otros. Ese no era el tema dominante. Sino gobernar.

     Las guerrillas de los años sesenta no representaban la violencia de la sociedad, por lo general no hallaron bases populares ni simpatías suficientes. Pero las dictaduras sí establecen la violencia sobre la sociedad. Alain Rouquié, que ha escrito sobre las “democracias restauradas”, no olvida decir lo que pasó anteriormente. «Se relevaron en Brasil, en 21 años, 300 asesinatos políticos, 125 ‘desaparecidos’, 1,843 casos de tortura. En Argentina, con una población cinco veces menor, una comisión oficial contabilizó, entre 1976 y 1983, 8,960 ‘desaparecidos’ en los campos de detención clandestinos de la dictadura. En Uruguay, en los años de plomo, centenares de miles de exiliados, 5 mil prisioneros políticos pero solamente 22 ‘desaparecidos”. En cuanto a Chile posterior al 11 de setiembre de 1973, 3,014 personas fueron ejecutadas por las fuerzas de represión y 27 mil fueron torturadas en las prisiones de la dictadura del general Pinochet.» Volvieron las democracias, ciertamente, pero como lo titula su libro, “A la sombra de las dictaduras” (2011).

     Los populismos de la última hora —Chávez, Correa, Evo— no necesitan decirse de izquierda ni encarnar la nación, se asientan en sí mismos y las izquierdas y los nacionalistas no tienen más remedio que seguirlos. Ha habido una fractura. En el pasado, cuando me ocupé de los “populismos más o menos pluriclasistas”, había examinado tres mecanismos que se fusionaban, clientelas y puestos de mando, articulación de intereses y los Césares populistas. Esta vez, es el César el que crea, desde arriba, clientelas y adhesiones. Chávez, por la dádiva y el clientelaje, crea un pueblo chavista que le debe todo a un modo de producción petrolero, que tiene límites reales. El primer populismo era de alguna manera clasista y el peronismo como el aprismo sobreviven a sus fundadores. Veremos si el chavismo sobrevive a Chávez. Y Bolivia sin Evo. Y el Ecuador sin Correa. No evita la reproducción acelerada de nuevos Césares. Han encontrado un sistema político al fin suficientemente híbrido. Un sistema de regímenes autoritarios que se hacen elegir por el pueblo.

Son regímenes híbridos los que proliferan y las formas de llamarlos. The semi-consolidated democracies (ONG Freedom House). Partial democracy (Epstein et. al., 2006). Defective democracies (W. Merkel and A. Croissant, 2004). Hybrid regime (Diamond, 2000), electoral democracy (Diamond, 1999). Illiberal democracy (Zakaria, 1997). Electoral authoritarianism (Schedler, 2006). Competitive authoritarianism (Levitsky and Waly, 2002). Semi-authoritarianism (Ottaway, 2003). La hibridez sería entonces la de un régimen autoritario que no tiene todos los requisitos del autoritarismo, por ejemplo, la ausencia de elecciones. Pero tampoco cumple con los requisitos mínimos de una democracia. Por lo demás, no hay que considerarlos como una fatalidad latinoamericana. La misma fuente indica que sobre 58 países en el mundo, un 30% corresponde a algún tipo de estos híbridos, los de sin ley, los de la democracia protegida y la iliberal (Leonardo Morlino, Democracias y democratizaciones, 2009).

     Sería sencillo terminar este ensayo acogiéndonos al concepto de neopopulismo. Lo va a usar Weyland en 1991 ante Fujimori, le atribuye un liderato directo. Pero como todos los usos de “neo”, nos dicen que algo es nuevo, pero no siempre en qué consiste. Hay varios puntos en que el populismo, vamos a decir antiguo, se diferencia de la segunda ola. El de los años 45 a los 70 se caracterizaba por el llamado al pueblo, la movilización general, el liderazgo de un guía y un partido, y un programa reformista, no revolucionario (Populismo según Knigth, según Charles D. Kenney). Un par de esas actitudes no aparecen en el gobierno de Alberto Fujimori, algunos sectores sociales fueron movilizados pero no todos, no fue un régimen a lo Chávez o a lo Perón, de grandes multitudes. Por eso, para ese primer Fujimori (1992-1995) prefieren el de “democracia delegativa”, unido a su personal autoritarismo. Es señal de una mutación —extremadamente grave— lo que señala Weyland en el neopopulismo, “dejan de lado el apoyo popular de los sectores sociales y la movilización popular”. Es más, “la composición social de base deja de ser decisiva”.

     No es la única distinción. Los primeros populistas se apoyaban en el demos contra las oligarquías. Weyland: “sin la distinción entre el demos y los oligarcas, el concepto de populismo pierde algo esencial de su significado”. El neopopulismo entonces, “le basta una conducción personalista, la coalición heterogénea concentrada en los sectores subalternos” (Roberts, 1995). La ideología se hace amorfa, y se exaltan los sectores subalternos y antielitistas. Por otra parte, en los neopopulismos —el nombre transitorio que le damos, hasta que su meta final sea más visible— hay una gran diferencia, que ha escapado a muchos observadores. Unos politizan al máximo las poblaciones. Y otros en realidad, desmovilizan. Fujimori por ejemplo. El caso arquetípico del entusiasmo y largos discursos va de Fidel Castro a Hugo Chávez. Pero en el Perú, hubo un largo experimento. La desmovilización general, el autoritarismo lacónico y silencio de Fujimori, la hora cero de la política, incluyendo los partidos que le habían llenado las urnas, Cambio 90, Perú 2000. ¿Neopopulismos calientes y fríos? O una gigantesca mutación del poder que todavía no hace sino mostrar sus primeras fases. Y una sucesión inquietante, manipuladores carismáticos y populares, militares con dictaduras científicas, neopopulismos calientes y fríos… no sabemos adónde vamos.

     Y entonces nos encontramos con regímenes que tienen unas características que no son tan novedosas, mejor dicho, lo son para la América Latina, siempre joven y dispuesta a examinar sus grandes problemas sin atinar a observar otros desarrollos históricos. Las líneas que nos preceden coinciden inquietantemente con la descripción siguiente: “los movimientos totalitarios apuntan a vencer si organizan a las masas, no a las clases. Eso era lo que hacían los viejos partidos con sus demandas e intereses en las naciones europeas y movilizando ciudadanos cuyas opiniones animaban el debate público, de preferencia en los países anglosajones”. Es Hannah Arendt describiendo la sociedad alemana hitlerista. Lo que movilizaban los nazis eran precisamente, dice Arendt, una inmensa mayoría de gente indiferente a la política, que jamás votaba ni estaba inscrita en algún partido, los fuera de la sociedad” (Los orígenes del totalitarismo, 1951). No estoy diciendo que un nazismo latinoamericano es inminente, pero conviene que se sepan estas analogías, sobre todo en los sectores altos de nuestras sociedades. Hay estudios. La presentación de profesor Charles D. Kenney en el coloquio de Xalapa fue concluyente: siempre tuvo Fujimori su mayor apoyo en las clases altas.

La comparación del populismo, en una de sus posibles variantes y que puede ir hasta el totalitarismo, es posible por una razón. Nada fue más complicado que el nazismo. No fue la historia de un dictador o la de la seducción de las masas por la oratoria o la propaganda, eso solo lo piensa quien no ha estudiado la mecánica de esa dominación. No es sencillo explicar el apego de los alemanes al régimen y al Führer hasta la derrota y la muerte. La cuestión de qué fue el nazismo sigue recibiendo interpretaciones: ¿un hitlerismo? ¿Un totalitarismo semejante al de Stalin? ¿Una dinámica revolucionaria que llega a la base social del pueblo alemán? Incluso se sostiene que Hitler interiormente relanzó una suerte de revolución social, con ánimo preventivo ante su gran rival, los comunistas alemanes. Ian Kershaw, profesor de historia contemporánea en Sheffield, Inglaterra, inglés, y para nada pronazi, admite que cada día hay más trabajos sobre Hitler, y que la complejidad de esa movilización de un pueblo dentro de un capitalismo que nunca se interrumpió, y todo el resto que conocemos, nos aleja de las simplificaciones al uso. Dicho de otra manera, y con perdón de la franqueza, lo que le ocurrió a la Alemania culta e industrial de los años treinta, le puede pasar a cualquier nación de la tierra.

Los rumbos posibles

     ¿Qué rumbo tomará el populismo, nuevo modelo? Son hoy regímenes con urnas. Y compiten con democracias cada vez más incompletas. Brasil, Perú. Ante regímenes con libertades, pero cada vez más delegativos. Algo grave ha ocurrido cuando Chávez establece la necesidad de la reelección presidencial. Y este temor de mi parte —no hay que confundir con miedo— es compartido. El profesor Rouquié considera que un futuro temible podía evitarse. “Sea como fuere, otras experiencias nacionales están presentes para convencernos que la América Latina no está condenada a elegir entre una integración social portadora de justicia a través de prácticas semiautoritarias y una democracia de mercado insensible a las necesidades y las aspiraciones de la mayoría.” (A la sombra de las dictaduras). Sin embargo, “insensibilidad” de las clases altas, ¿qué pasa? ¿Rouquié ha visitado Lima? Si conociera a nuestros financistas y a nuestros liberales, estaría mucho más alarmado.

Ahora bien, si se repara en dos términos, “justicia” y “prácticas semiautoritarias”, confrontadas en una encuesta, o en unas elecciones, cada vez más el número de ciudadanos, en Perú, que preferirían la justicia aunque con pérdida de libertades, sería numeroso. La victoria de un populismo de masas que busca, sin escrúpulo alguno, un líder duro. Y paradójicamente, que no sea de izquierda. El daño psicológico y en el imaginario colectivo provocado por las matanzas desatinadas de Sendero Luminoso ha quedado en la conciencia de la gente, sobre todos en los sectores populares, y tarda en disiparse.

     En estos veinte años de crecimiento económico —por cierto desigual, gigantescas brechas, pero crecimiento al fin de cuentas— la aprobación de la democracia en Perú era una de las más bajas de la región, un 12%. Paraguay y Haití estaban en 16,1%. La población encuestada también estaba entre los niveles más bajos de tolerancia. La inseguridad ciudadana, la corrupción, sobre todo en los funcionarios públicos, “muy generalizada”, 49,9% de la opinión,  y la poca confianza en la policía y en sistema judicial, el más bajo de la región, son patrones dominantes en la percepción de la política en la encuesta de USAID (Cultura política de la democracia en Perú y en las Américas, 2014). Este texto germinó en vísperas de las elecciones presidenciales y legislativas peruanas del 2016. Puede estar seguro el lector que el candidato que ose decir que hay que ocuparse, desde el Estado, del tema de la educación, la salud, la policía, los jueces, y de la corrupción, el que se atreva a plantear “políticas”, será tratado, inexorablemente, de populista.

     Entonces, dentro de algunos decenios, algunos se preguntarán cómo colapsó la democracia en ciertos países, y en particular en el Perú, tal como ahora la academia se interroga sobre el misterio de los años nazis. En política, sin embargo, no hay misterio alguno. Salvo lo raro que es el estadista. No nos falta un Lenin. Nos falta un Lincoln. Nunca he dejado de llamar, con preocupación, la actual república peruana con su verdadero nombre, la República de Weimar. Quien viva, verá. Los idus de marzo todavía no han pasado. (HN, 15-12-2018)

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Resumen:

Participé de la Cátedra O’Donnell en Quérétaro (2016) sobre las modalidades de democracia que aparecieron en las sociedades europeas y en Latinoamérica donde la democracia liberal (o tradicional) no alcanza a satisfacer a quienes desean un progreso socioeconómico, incluso mediante modalidades de un poder fuerte y personal que modifica las prácticas tradicionales de la vida política y del Estado de derecho. Preocupaba a O’Donnell “la ambivalencia y la indeterminación en diversos casos de participación ciudadana”. La convocatoria, por otra parte, permitió abordar “el bonapartismo, las democracias plebiscitarias, los cambios de modelo económico y el populismo”. Me pareció una agenda inteligente y necesaria. A la vez que inmensa. Consecuentemente, me detuve en una sola temática. La del populismo. Mostraremos que existe desde hace un buen tiempo. Y aparece espectacularmente cuando los sistemas políticos en vigencia no alcanzan a incorporar a la vida política, nuevas clases, sean acomodadas o más bien pobres.

Palabras claves: bonapartismo, democracias plebiscitarias, formas nuevas de democracia directa,  comunitarismo sin Estado.

Abstract:

In 2016, in Queretaro I was invited to participate at Cátedra O’Donnell regarding the different forms of democracy that have appeared in European societies but also in Latin America where liberal democracy fails to match the needs of people eager to achieve social and economic progress, even under a strong personal power form that changes traditional practices of political life and the rule of law. O’Donnell was worrying about «the ambivalence and undetermination in many cases of citizens’ participation». Furthermore, the meeting permitted to talk about «bonapartism, plebiscitary democracies, changes in the economic model and populism». It seemed to me a clever and necessary agenda but huge. So I focused on a single issue, populism. I’ll demostrate that they have existed for a long time and that they dramatically come back when political systems in force fail to incorporate to their political life new upper-class or lower-class citizens.

Key words: bonapartism, plebiscitary democracies, new forms of direct democracy, stateless communitarianism

Publicado en la revista digital del Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la USMP 

https://doi.org/10.24265/iggp.2017.v4n2.08

Conversando desde Chile

Written By: Hugo Neira - Ago• 09•21

Antes de ponerme a conversar con el amable lector, visto como están los debates en Lima, me adelanto en algunos de mis ideas claves. «Estoy convencido de la superioridad de las democracias pluralistas». Y como he viajado toda mi vida a lo largo de continentes —y he vivido en diversos lugares— estoy convencido de que sobresalen sobre los regímenes autoritarios. Es evidente, Europa, los Estados Unidos, algunas otras naciones, Canadá, Australia, pocas en la América Latina. La Rusia soviética, con un pueblo y una identidad poderosa, con sabios de todo tipo, con disciplina y planes quinquenales, se modernizaron pero no pudieron competir ni con Europa ni con los Estados Unidos.

Lo que digo no es fruto de un principio ideológico o de algún dogma sino de los hechos, de lo real, nos guste o no. Pero para eso, necesitamos Estado moderno (no solo gobierno como ahora) y economía de mercado y no de planificación, que hundió a la Rusia Soviética. Y a Venezuela y Cuba sin alimentos. Y nos falta una sociedad con educación masiva de alto nivel para llegar a las ciencias. Y el ingreso a la revolución industrial como hacen otros países, no solo en Occidente, por ejemplo países asiáticos como Corea del Sur. Y solo entonces masificación de la política, y conciencia de ser una nación. Lo siento, no la tenemos todavía. Hasta ahora nuestra construcción de la identidad no es nacional sino regionalista. Y para terminar, lo que nos falta a dos siglos de ser república: podríamos tener elites que sean honestas y que no se distancien como «minorías creativas» de la cultura popular. Según ciertos historiadores eso es el declive de una nación o de una civilización (Arnold Toynbee). Como veremos más adelante.

Pero desde el Perú me hacen preguntas aunque no esté en el país, las cuales por lo general son políticas y circunstanciales. Lo que respondo sin mucho entusiasmo. Le cuento, al amable lector, que es curioso el efecto de la distancia geográfica, como que despeja el horizonte. Sinceramente, lo que hoy me atrae es nuestra estructura social y la disposición mental para unas cosas y no otras. Me interesa el armazón del Estado y la sociedad peruana actual aunque me llegan los chismes. Pero estoy lejos del bullicio periodístico limeño. Al viajar, veo los medios modernos de movilidad de otras sociedades y me alarmo por lo pobre y la poca red de carreteras, ferrocarriles, aeropuertos, en nuestro amado país andino, arrugado y desbaratado. El Perú sigue siendo un país de rincones. Y acaso por eso los peruanos no se conocen entre ellos mismos. Tenemos por desgracia y descuido una infraestructura que no une sino desconecta.

Sin embargo, respondo a quien me busca. Y cuando Percy Vílchez de LBP Radio Miraflores me pregunta sobre «la situación actual», no le respondo de inmediato. Me pongo a hablar de otra cosa, la siguiente. Hace veinte años que regresé de Europa, y todo el tiempo protesto y me indigna el colapso de la educación secundaria. De joven, yo estudié en una Gran Unidad Escolar. Aprendí mucho porque los profesores transferían y pasaban los conocimientos a los muchachos, como debe ser. Pero eso ya no existe, ¿no es cierto señor Idel Vexler? Ya no hay asignaturas. Su club de pedagogos llamados constructivistas sostiene que un alumno debe hallar por su cuenta la definición de un tema. Genial. Por ejemplo ante la clasificación de los elementos, no debe ir directamente a la tabla lograda por el químico ruso Dmitri Mendeleiev en 1869. No, debe encontrarla con su propio esfuerzo. Se olvidan que la secundaria no es los estudios superiores, sino la introducción mínima de conocimientos. Y además «según el medio social» de nuestros profesores. Hay, pues un problema: el cuadro de Mendeleiev, solo se probó que era exacto cuando la física cuántica, en 1930, lo confirma. Hoy, en Perú, no se enseña disciplina por disciplina. No hay física, química, lógica, matemática y en humanidades, nada de gramática, historia del Perú, historia universal, lenguaje, ética y educación cívica. Este experimento cognitivo que el Perú ha abrazado trajo 30 años de vacío en nuestras escuelas secundarias. Yo he leído a uno de los fundadores del constructivismo, el ruso Lev Vygotsky. No dice que se desaparezca toda otra asignatura. En ciertos temas, valía la pena el trabajo personal. Pero en Perú, desde 1990, al estar el Estado con un problema de orden fiscal, se decide reducir los gastos en educación. Y interviene el Banco Mundial en un acuerdo sellado en Washington. Se acepta un apoyo externo con este increíble acuerdo, «nada de cursos de humanidades». Y así estamos. A la cola del mundo.

Eran los años de la gran migración del pueblo rural a las ciudades, y por supuesto, las clases medias urbanas aplaudieron el recorte intelectual, no vaya a ser que los hijos de los vendedores ambulantes salieran literatos, abogados, filósofos y acaso apristas o comunistas. Mejor era crear una capa social de trabajadores manuales. ¿El resultado? Hay varias generaciones de peruanos a los que no se les ha enseñado ni a leer ni a escribir. Y menos comentar un simple texto escrito. Fueron a las escuelas para pobres para embrutecerse. Aprendieron a no leer ni un diario ni un libro. Y se pusieron a trabajar en chambas que dan plata, algo al menos. Pero la pandemia ha mostrado la precariedad de los que no saben al menos de algún oficio.

El daño es tan grande que solo puedo compararse con el escándalo Odebrecht. Entonces, ¿qué ha pasado en Perú? Por arriba «los arreglos entre las corporaciones y la elite del Estado», dice en su libro crítico, Francisco Durand. (Por cierto, nos estudia pero no vive en el Perú.) Y por debajo, millones de escolares que, como sabemos, son los mejores del mundo en las pruebas PISA. ¿Y me preguntan que ha pasado? Por arriba, diversas plutocracias (no tenemos burguesía). Y hacia abajo, un pueblo al que han estafado por algo que es un remedo de escuela. No formamos ciudadanos. ¿Cómo, sin curso de Historia del Perú? El único país sin su historia en la América Latina. Y sin embargo, hubo un pueblo con cultura, al menos en las zonas urbanas. Y eso fue el Perú hasta los años ochenta y noventa. Antes que se establecieran los constructivistas. Hoy la reflexión y el amor al conocimiento se han esfumado. Eso hubiera querido decir en la radio, pero ya lo había dicho tantas veces. Espero que la próxima vez, en Radio Miraflores, les pueda contar cómo eran las escuelas peruanas antes que decidieran que el país no entraría al siglo XXI y que porque hay internet y redes sociales, creen que ya no se necesita libros. Sin embargo, ya no hay analfabetos. Pero el peruano corriente no lee. No tiene tiempo, no solo es la chamba sino nuestra intensa sociabilidad. Somos orales y homo ludens. Se pierde tiempo leyendo. Somos prácticos, ya sabemos. Un peruano de a pie se para ante un quiosco, ve los titulares de los diarios (que cada día tienen menos clientes), no compra ninguno, ya sabe. No necesita de intelectuales.

La deseducación masiva no es mi única preocupación. Alan Salinas, en una conversación con un grupo de jóvenes apristas, me pregunta varias cosas sobre su partido. Les digo lo que comienza este texto, la necesidad de vivir y progresar en una sociedad de «democracia pluralista». Pero en el caso del aprismo, tengo tres hipótesis. Han sido el partido que ha luchado por un régimen democrático desde 1930 hasta estos días. Sin embargo, a su fundador, se le cerraron todas las puertas. Por el 40 al 60 del siglo XX, Alianzas increíbles de la derecha, el militarismo y Ravines, comunista. Lo hemos olvidado, pero era muy hábil, y es el quien inventa no la política sino la antipolítica. Esa que consiste en que no llegue alguien al poder. (Como sabemos, así vamos a votar, no a favor de alguien sino en contra. Luego se arrepiente uno de lo que ha hecho.)

El aprismo fue algo más que un tipo de partido de izquierda, un partido socialdemócrata. A muchos apristas no les gusta que lo clasifiquen en esa categoría. Cierto, ¿qué tienen que ver con Alemania? Pero lo real es que a fin del siglo XIX, la socialdemocracia estaba entre los herederos de la lógica de Karl Marx, pero no tomaron el régimen de poder de Lenin. Ellos, partido de obreros, tenían la hegemonía de las elecciones en la vida política alemana hasta 1914. Gran diferencia con el caso ruso. Es evidente que los socialdemócratas germanos vivieron en su país el periodo de expansión de la revolucion industrial, es decir, algo que no vio en vida Karl Marx. El capitalismo alemán comprende que era más favorable para la productividad que los obreros trabajaran menos horas, comieran mejor, y en consecuencia, la «pauperización» como la llamaba Marx no ocurrió sino lo contrario. Pero Rusia fue un caso aparte, cuando Lenin toma el poder es un país desolado por la guerra y el hambre y Lenin y los bolcheviques viven una circunstancia distinta. O sea, otro modo de dominación. Es curioso, pero en la América Latina, no se habla de la dinámica del proceso industrial y laboral de Europa. Es un pecado. ¿Obreros que prosperaban, sin necesidad de una sangrienta revolución? No se oye padre. Una vez, en una universidad de Lima, donde hay muchos católicos y a la vez marxistas, un amigo me propuso que fuera a dar una conferencia sobre la socialdemocracia en Europa. Lo hicimos, pero a mi pobre amigo, le quitaron el curso por seis meses. De esas cosas no se habla. El marxismo es solo Lenin, Stalin, etc.

Hay, sin embargo, algo que escapa a los apristas, sin que sea mala intención, ni tampoco en mi caso. Haya es algo más que el partido y sus enfrentamientos. ¿Un doctrinario? Algo más, un pensador. Cierto, se le ve como un jefe partidiario y la identificación con los ciudadanos en una sociedad de estamentos diferentes de 1930 a 1960, al punto que aparecen otros partidos muy parecidos al aprismo, o sea, multiclasistas. Es el caso de su mayor rival, Acción Popular de Belaunde, por ejemplo. Pero no olvidemos el proyecto de Haya de la Torre, mucho más ancho que un solo país, Alianza Popular Revolucionaria Americana. No llegó nunca a esa formación multinacional, pero produjo efectos en el continente. German Arciniegas, gran escritor colombiano: «La doctrina del APRA significa, dentro del marxismo, una nueva y metódica confrontación de la realidad económica indoamericana con las bases que Marx postulara para Europa.» Y añade: «universidades populares, donde los jóvenes estudiantes enseñaban a obreros medicina práctica…, al año de iniciadas ya contaban en todo el país, 50 mil estudiantes» (El Continente de Siete Colores: historia de la cultura en América Latina).

Haya de la Torre llegó anticipadamente a un siglo que no era el suyo. Todavía se autonacionalizaban las patrias, para pensar de modo global. Una anécdota revela el gran tema que le interesaba a la vez que su partido, era el destino del subcontinente sur. Perseguido durante el gobierno dictatorial del general Odría, se refugia en la Embajada de Colombia. Fueron 4 años sin poder salir del país durante los cuales le ocupa un tema. En esos años cincuenta, la cuestión de «la decadencia de Occidente». Lo había abordado el alemán Spencer pero también Immanuel Wallerstein, y desde su juventud, Arnold J. Toynbee. Pues bien, es al análisis de esos autores europeos y conocidos por el mundo entero que dedica su tiempo, la civilización de la América Latina, de esos años en apariencia perdidos. Es más, se sabe que Haya de la Torre había hecho amistad con Albert Einstein. El inmenso sabio era un amigo y fue quien sabiendo la temática que era la que amaba (Indoamérica), lo lleva de la mano a que conozca a Toynbee. Einstein le habría dicho: – Mire Víctor, lo que yo soy en la física cuántica, Arnold lo es en cuanto a las civilizaciones.

En efecto, Toynbee era el más leído y conocido en el mundo en cuanto a la historia intelectual de las civilizaciones. Toynbee había comenzando su estudio desde 1934 y hasta 1961, sobre el ascenso y la caída de 26 civilizaciones en el transcurso de la aventura de la especie humana. Toynbee puso en las librerías cientos de libros, revistas, traducidos según la prensa inglesa «en treinta idiomas». Como se puede entender hay algo especial en las tesis académicas y políticas de Toynbee y que me atrevo a intuir que le interesaba a Haya de la Torre. Toynbee, un producto netamente británico, profesor de la London School of Economics, autor de doce volúmenes, llega a la convicción de que no había un ciclo sobre el desarrollo y la muerte de las civilizaciones. No era ni un proceso determinado, como un astro. Sino el resultado de la respuesta de un grupo humano frente a sus desafíos, tanto naturales como sociales. Civilizaciones, no había determinismo pero sí riesgos. Así, discutiendo a Spengler sobre La decadencia de Occidente, negando un fatalismo del que no se podía escapar. En cambio, la idea de Toynbee —«la civilización puesta a prueba»— debe haber ocupado las hipótesis de Víctor Raúl Haya de la Torre ante esta civilización que llamamos Indoamérica.

La conciencia intencional de Haya de la Torre apunta a la América del Sur y Europa. Y le interesa más que otros historiadores de las civilizaciones. Toynbee no consideraba genes en las civilizaciones, sino fallas. Desintegraciones, edades heroicas, Estados universales, religiones mayores y otras menores, y los contactos entre civilizaciones en el contacto del espacio territorial. La pregunta es ¿por qué se olvida al Haya pensador? Haya no es, pues, un político intelectual solamente. Es un punto de partida.

Pudo ser un círculo de estudios. Suele ocurrir escuelas. Tal como Fichte (1762-1814) representante del nuevo pensamiento alemán al elegir el idealismo. O el caso de Auguste Comte que había entrado al servicio de Saint-Simon en agosto de 1817. O más cercanos, los existencialistas franceses, Sartre, Simone de Beauvoir. O siguiendo un hilo, Merleau-Ponty (1908-1961). O bien Karl Marx con muchos legados llamados todos marxistas cuando, en realidad, se distinguen tanto como las religiones. En la escuela de Fráncfort, que después de la Primera Guerra Mundial, estalla en postulados marxistas contradictorios, un movimiento comunista y bolchevique (KPD) y un partido socialista revolucionario pero democrático (SPD). Ahí estuvieron de Adorno a Marcuse en los Estados Unidos. Más tarde, los que siguieron a Heidegger, ya en el existencialismo, como ser-en-el-mundo. Y de ahí elementos para «la crítica del poder».

Indoamérica es mucho más inmenso de lo que nos creemos. Hemos tenido en este nuevo mundo desde los mayas a las civilizaciones de las montañas. Tenochtitlan y el Cusco. Y españoles, alemanes e ingleses buscando El Dorado. Llegaron los jesuitas. Y un mexicano dijo que éramos «la raza cósmica». El arte mestizo, y un éxito de Víctor Hugo, cuando los pobres de Argentina, Colombia y México luchan contra las dictaduras porque habían leído Los miserables. O un rey de Portugal, Pedro II, que se queda en Brasil y no vuelve más a Portugal, con un «Quero já» y se quedó. Y cuando se nos muere Verlaine, francés, el poeta Darío le dice como responso:

Padre y maestro mágico, liróforo celeste
Que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
Diste tu acento encantador.

No sigo. El continente de los siete colores. Dos ideas esenciales.

Deberíamos tener un círculo, una escuela, que retomara la preocupación de Víctor Raúl Haya de la Torre sobre la civilización indoamericana. Desde el punto de vista de una filosofía política. Ahora que es evidente la dimensión universal de las grandes civilizaciones. Los Estados Unidos, India y China. El mundo islámico. Turquía y Rusia. Una Europa conjunto de naciones con culturas diferentes en un espacio federado en economía y política. Y luego de Haya, lo que interesaba a Alan García. La emergencia de la China post Mao.

Deberíamos entender que Basadre tuvo ideas más allá de la historia. Más allá de los acontecimientos. El papel de las elites, la patria invisible, y cuando nació el Perú. Porque también se preocupaba por que pudiera desaparecer. Y a los marxistas, que se olvidan que Mariátegui conocía a Benedetto Croce, un filósofo italiano sin nada de marxista, y José Carlos cita a Nietzsche en el prólogo de su último libro, Los siete ensayos. Es hora que en Perú sepan que hay y hubo marxistas antiautoritarios, como Bernstein, y Gramsci, leninista revisionista e italiano, se distancia de Antonio Labrola que era filósofo de la praxis, y lejos de Korsch o Lukacs pese a que rompieron definitivamente con la Internacional comunista porque se consideraban marxistas críticos. No todo fue Stalin, para Gramsci el comunismo llevaba al «risorgimento». Sus Quaderni que escribe en la cárcel —obra de los fascistas— proponen «una reforma intelectual y moral». Y adaptando «la estrategia bolchevique a la realidad italiana» —él lo dice—, logra la dominación política porque el dominio del pueblo no se hace por la dominación militar o política sino por la cultura en el bloque social de los trabajadores. En realidad, podemos llamarlo una reforma nacional-popular. No sé si sus Quaderni han sido traducidos.

¿Qué era esa estrategia de Gramsci? Que la sociedad civil ocupara el lugar de la burguesía, en la administración, las armas, la policía. Murió en 1937. No es posible entender la Italia de nuestros días sin Gramsci que bolchevisando hace elevar la cultura en las masas. «El Lenin europeo» le dicen. Pero de abajo para arriba. Quien ha estudiado bien a Gramsci en el Perú, es Sinesio López. Por mi parte puedo hablarles de Poulantzas (1936-1979). No produce una escuela. Aunque gran pensador. No hagamos eso mismo con los nuestros.

Publicado en El Montonero., 9 de agosto de 2021
https://elmontonero.pe/columnas/conversando-desde-chile

Poder en los poderes. Y Héctor Béjar

Written By: Hugo Neira - Ago• 02•21

La tecnología de la comunicación es el elixir de nuestros días. Fuera del Perú veo la tele limeña y los diarios encabritados por el retardo —de 8.30 pm a 11.30 pm—, cuando el país esperaba la juramentación de los miembros del gabinete. ¿Qué pasó esa noche? ¿Disidencias internas? Pero el chisme no es mi fuerte. Sin duda la designación de un Primer Ministro investigado por apología del terrorismo. Qué de indecisiones y peleas, ¿en el seno de los vencedores electorales? En esta nota periodística yo no soy sino un cronista. Por lo tanto resumo el estado de ánimo de la peruanidad. Miren lo que dicen los diarios en esa mañana del 30 de julio.

El Comercio, «Inaceptable y vergonzoso» ; Correo, «Premier Bomba» (acaso se recuerda las bombas que soltaba Sendero Luminoso años atrás) ; Perú.21, «Comenzó el  desgobierno» ; Exitosa, «Gabinete de miedo» ; La Razón, «Castillo dinamita el país» ; La República —considerada de izquierda— «No, señor presidente» ; Expreso, «Se impuso Cerrón»; Ojo, «Peor imposible» ; El Trome —periódico muy popular— «¡El Perú en peligro!». La gente lo ha sentido como que te invitan a una cena y no te dejan ni entrar y te tiran la puerta en las narices.

Sin embargo, la presentación del proyecto del poder Ejecutivo, como es normal, había comenzado apenas horas anteriores, y el 28 de julio, el ciudadano Pedro Castillo, en su rol de presidente de la República, daba su discurso en el Congreso y levantaba el paño del programa de cambios y proyectos. Lo he escuchado. Saluda a los presidentes de las hermanas repúblicas, Argentina, Bolivia, … y al Rey de España. Y esta frase adecuada, «y mujeres y hombres de mi amado pueblo peruano». Luego, si no me equivoco,  comienza con un saludo «a mis hermanos descendientes de los pueblos originarios». Pensé entonces en mi amigo Henri Favre, gran indigenista francés, le hubiera encantado escucharlo, se refirió el actual presidente a algo ya no «indigenismo» sino el «indianismo en gestión del Estado». Tema que examinaré en otra ocasión.

Hubo un momento personal. El presidente actual se reconoce como el niño de Chota que estudió «en la escuela rural N10475 del caserío de Chugur». Dijo «que era un inmenso orgullo estar aquí hoy». Sabe qué es lo que ahora representa, «es la primera vez que nuestro país será gobernado por un campesino» y no perdió la ocasión para hablar de los peruanos de «los sectores oprimidos por tantos siglos». Luego vino sus «líneas políticas», que yo traduzco en acciones públicas.

La lista fue larga, lucha contra la pandemia, la salud, prometiendo un hospital en San Juan de Lurigancho y uno en el VRAEM. Luego la reactividad económica. En algún momento de su discurso niega el temor que se había producido en la campaña electoral «que queríamos expropiar ahorros, casas, automóviles, bienes de propiedad», etc. «La propiedad está garantizada por el Estado». Luego vinieron los diversos proyectos, mejora del nivel de empleos, transferencia tecnológica, y luego una lluvia de promesas, por ejemplo, «llegar a fin de año a más del 70% de la población vacunada». Y un millón de empleos en un año. Y «3000 millones de soles para Municipalidades y Gobiernos Regionales para la aceleración de las inversiones. Mil millones de soles para arreglar trochas carrozables a los centros poblados». A lo que se suma «700 millones de soles para el programa Trabaja Perú, de pequeñas obras para el empleo. Y «transferencia directa e inmediata de apoyo financiero de 700 soles a cada familia vulnerable». Debemos detenernos ahora porque hay otros programas, por ejemplo, la reprogramación de las deudas a las Mypes. Supongo que el discurso será editado en el diario El Peruano.

Pero fuese el actual u otro presidente, no puedo yo dejar de tener una actitud neutral y crítica. Por ejemplo, el presidente habló de «un nuevo pacto con los inversores privados», tema que todavía no se puede saber qué quería decir. Y otras incógnitas. Lo primero, ¿con qué dinero fiscal se puede contar para esas obras gigantescas, luego de las pérdidas provocadas por la pandemia? En segundo lugar, los programas de apoyo estatal a las clases populares y pobres suponen un masa enorme de funcionarios. ¿Existe esa riqueza en el PBI actual para los salarios de funcionarios estatales?

Por mi parte, pienso que la combinación de economía de mercado y Estado fuerte que se ocupan de la sociedad existe en Europa —es Suecia, Francia, etc.—, y en el Asia en la China post Mao. Seré más claro, se podría tener esa inversión estatal si el manejo de la economía de mercado libre continuase y orientado por un Estado potente que invertiría en la Salud, la Educación, las empresas populares. Pero ese sistema híbrido de capitalismo y gobierno social no aparece en las ideas del partido Perú libre. Puede que en los nuevos ministros.

El ruido en torno a Héctor Béjar

No me sorprende en nada que Béjar sea ministro. Tiene la cultura, el conocimiento del mundo exterior, y personalmente, la serenidad y los modales de un diplomático. Lo conozco bien, pero lo que me sorprende es cómo lo tratan en estos días en su país, el Perú, y cómo lo trata Wikipedia, o sea Internet, el planeta, en varias lenguas. El amable lector puede consultar Google y encontrará lo que sigue: ocupación, «sociólogo, artista plástico, partisan (en castellano, militante), catedrático, escritor y político». En cambio, en el diario limeño El Comercio, la periodista Karem Barboza lo mezcla con Fidel Castro y lo que cuenta para ella es su guerrilla, y no su vida, sus libros, y no le importa nada que sea profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y de la PUCP. El tiempo de guerrillero fue en 1964-1965. Detenido en 1966, en 1970 decide apoyar al gobierno militar después de darle la amnistia el propio general Juan Velasco Alvarado. Nada sobre su trabajo en los medios rurales, apoyando la reforma agraria. Y más tarde, cuando cae Velasco, con otros intelectuales, forman el CEDEP y fundan la revista Socialismo y Participación. De sus libros, casi nada. Resulta que en 1965 escribe uno  en que confiesa la razón por la cual su actividad guerrillera no tuvo efecto, y ese libro gana el Premio de la Casa de las Américas. Ya doctor en Ciencias Sociales, publica en el 2010, Mitos y metas del Milenio. Y otro libro, anterior, Justicia Social, Política social con varias ediciones.

Defendiendo a Béjar desde el punto de la verdad. Ya esa cloaca que por momentos son las redes confunde guerrilleros y terroristas. Los guerrilleros, en todo el continente los hubo, con un fúsil o una ametralladora se iban al monte. A enfrentarse con soldados. El terrorismo es otra cosa. Fue lo que hizo Sendero Luminoso el 16 de julio de 1992, al hacer estallar dos autos —los cochebombas—  que mataron a 25 inocentes personas en la calle miraflorina de Tarata. Fueron 12 años de terrorismo de Sendero Luminoso. La diferencia es gigantesca. No saben, no conocen. El guerrillero se expone. El terrorista se esconde. ¿Entendido? Y Javier Heraud, poeta, muere en el combate. Y entre otros, Chang, que fue a visitar al Che Guevara, cuando lo capturaron y moría. Se puede discutir si la guerrilla era el mejor camino, por lo visto no. Fracasaron también en otros países. Pero mezclarlo con el terrorismo es una maldad propia a la crisis mental y ética de nuestros días. De su itinerario y sus ideas, me he ocupado repetidas veces en este mismo diario virtual, El Montonero. Por ejemplo estos artículos de años atrás:

 – El tercer Béjar, en la Derrama (28 de setiembre de 2015)

El auditorio y la galería superior atiborrados, y como se dice, no cabía un alfiler. Héctor y un nuevo libro. Lo sabíamos enfermo y gravemente. Los médicos lo han salvado, y una vez más su coraje. Esa noche no fue mitin sino ceremonia. Coro de San Marcos, himnos, y mesa de debate. El historiador Antonio Zapata que explicó los años 60. Haydée Chamorro de San Marcos, Marco Sipán dirigente de Patria Roja, Federico Helfgott, antropólogo de Michigan. Y Víctor Aguirre, Nelly Reyes. El libro de Béjar se titula Retorno a la guerrilla. Algo provocador y equívoco, no dice que su autor, repuesto de sus males, anuncie su vuelta al monte, metralleta al hombro. […]

Hay tres Béjar. El militante comunista y luego fundador del ELN, el guerrillero. El segundo, junto a otros que reúne Carlos Delgado, con Velasco. En esa noche se refirió, escuetamente, “un momento en que un grupo militar liberó fuerzas sociales y políticas”. Hoy el tercer Béjar es el profesor, don Héctor, querido y apreciado. El que viene de su doctorado, que viaja y estudia, y que desde una perspectiva altermundista piensa y escribe. El tercer Béjar en la noche de la Derrama fue para luchar contra esa ley inexorable que en el Perú es el olvido y el calculado silencio.

No explicó su guerrilla, ya lo ha hecho en ensayo autocrítico que publicaron los cubanos hace años. Aunque esa noche dijera “nuestro pueblo siempre ha tenido razones para sublevarse”. Más bien fue un Béjar calmo y sonriente hablando de sus camaradas. De ellos, los olvidados, minuciosamente, evocando a Camba y a Pachi, comuneros. A Mario Rodríguez y a Antonio, soldados del ejército, parte de los alzados (cosa que hasta ahora ignorábamos). Y a José Tope Apaza, obrero de construcción. Béjar los mencionaba como si hubiesen muerto ayer. Nemesio Junco, el balsero. Sinceramente, no sabíamos que eran tantos y diversos. El cortejo de sombras desfiló esa noche con su carga trágica. De ahí el libro. Que comentaré aparte. Es otra sorpresa, memoria e historia.

Y de esa noche unas frases. “Han desaparecido los gamonales. Se ha acabado con el pongo y el trabajo servil de los indios”. “El movimiento guerrillero se inscribía en la gran movilización mundial contra el colonialismo”. Y desde los “micropoderes de los débiles”. Y esta otra, de paso, “el poder no está en el fusil sino en la calidad moral del que lo porta”. No estuvo mal para una noche de rumores de golpe. El tercer Béjar es aquel que no olvida. Aquel Perú donde no había héroes a lo Oropeza.

Noche de gente joven y de la antigua izquierda, no la sabionda, con cátedra y que nunca corrió riesgos. Confieso que canté la Internacional. Hacía tiempo que no lo hacía, desde la Yugoslavia de Tito, con mi hermano socialista autogestionario, Carlos Franco, locos de esas quimeras generosas. Béjar propuso una letra distinta: “Arriba parias de la tierra”. Yo me he quedado en “arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan”. Bueno, amable lector, ¿quién quiere el partido único, el totalitarismo? Ni Béjar ni los presentes de esa noche. Más bien la esperanza de hacer una política sana. Hoy no hay guerrillas sino algo hasta peor. El asalto claro, mafioso y deliberado al poder para enriquecerse.

– Héctor. Aquiles sin Ilíada (02 de marzo de 2015, El Montonero)

 A Héctor Béjar, le ha hecho un excelente reportaje Carlos Cabanillas en el último Caretas, el que todavía cuelga en los quioscos. Béjar está en tratamiento con quimioterapia. Valiente como siempre, lo revela y enfrenta el reto. Del fondo del alma espero que se reponga. En el Perú, por lo visto, hay que estar grave para que la gente repare en el valor de algunos. De Héctor, Aquiles sin Ilíada.Guerrillero, velasquista, de izquierda, gran profesor, ¿eso es todo? ¿Sabe el amable lector quién es Béjar? Es Calixto, así lo conocía el Che Guevara. Obviamente un seudónimo. Es hora de saber que el Che no estuvo en Bolivia para hacer la revolución en ese país, eso es un disparate; el Che se disponía a llegar al Perú y liberar a Calixto de la prisión, y “encender la pradera”. Ese es Calixto, llamado Béjar. El mismo que dice hoy: “me han marginado”.

Béjar hizo don de su vida cuatro veces. La primera, entró a lo más radical que encontró en ese país conformista y envilecido por la prosperidad de la dictadura de Odría. Al Partido Comunista. Era un don, un pequeño partido, las masas (que no eran tantas) y las urnas estaban con el aprismo. La suya fue también mi opción. En lo que me concierne, una noche Milagros Leiva me entrevista y me dice, con aire de reproche: «¿Cómo has podido ser comunista?» ¿Qué otra cosa se podía ser, entonces, Milagros? Si se quería ser honesto. Acaso aprista. Quien sabe tímido reformista. También mirar el techo y disimular el país infame que fue el de nuestra juventud. Béjar fue expulsado y yo, me fui, desilusionado. Nunca lo he contado.

La segunda ofrenda fue la guerrilla. Un error, pero no se sabía, o poco, lo que anhelaban los verdaderamente pobres, los campesinos. Querían la tierra, no el poder. Y eso lo entendió Hugo Blanco. Y Saturnino Huillca. Otros olvidados. Ellos, con tomas de tierras, cambiaron el Perú sin todas las sangres, con un puñado de rebeldes que hablaban quechua. El tercer don de su persona es aceptar trabajar con Velasco. Pueden decir lo que quieran, no fue para enriquecernos […] y Béjar, posteriormente, como Carlos Franco y Francisco Guerra García, fueron el CEDEP. Fraternos, sencillos y modestos, acaso en exceso. A Franco no se le ha terminado de entender. A Pancho, tampoco, honesto y estadista. ¿Qué hubieran podido ser? Todo. En cuanto a Béjar, ¿el último don? Libros, clases, viajes, militante en el altermundismo. Un Béjar informado de la sociedad peruana y del mundo.

                                                          —–

En fin, para mí la fraternidad de los amigos es mi religión. Ocurre que Béjar y el que escribe nos encontramos por azar, diversas veces. Entrando al San Marcos de mi juventud, había tres posibilidades de asociación de jóvenes: los apristas que eran mayoría, los indiferentes que lo eran también, y los comunistas, que éramos pocos pero que no entrábamos, nos llamaban. Luego, siempre el azar, cuando Velasco: a Héctor lo incluye el propio Velasco, a mí uno de los que reclutaba, Carlos Delgado. Fuimos parte del SINAMOS. Junto a Francisco Guerra García, Carlos Franco, tantos amigos, tan valiosos, tan honrados. No nos hicimos ricos pese a que ese Estado era inmenso, y no con las maquinarias para escrudiñar las instituciones, por esa plaga que envuelve a muchos peruanos a dar el salto a la riqueza malhabida —que es la mentalidad de muchos, hay que decirlo—, no lo conocíamos entre el 70 y el 90 de fin de siglo.

Es lamentable y curioso lo que pasa en estos días en torno a Héctor Béjar. Conocido y apreciado en el extranjero, pero discutido en su propio país (¿?) ¿Por qué a los peruanos con valor y dones se les expulsa? No es la primera vez. ¿Qué hubiera sido de Mario Vargas Llosa si se quedaba en Lima? Partió a encontrar editores y lectores. Cuántos peruanos se han ido, para siempre. Julio Ortega, José Miguel Oviedo que, si no se podía editar en Lima sus libros, nuestras universidades podían invitarlo. Nada de eso. A los Estados Unidos se han ido para siempre como centenares de peruanos. Luego hay los que nos observan viviendo lejos, acaso para ser más libres. Así, nos vienen las cuatro verdades en los libros de Francisco Durand, docente en Texas. «Riqueza económica y pobreza política». Es lo que nos cae como anillo en el dedo. Y lo que nos dice Aldo Mariátegui, desde Madrid. Pero esa enfermedad de la envidia que cierra puertas, viene de lejos, no se hagan. Mariátegui, tan alabado, se iba de Lima cuando lo recoge la muerte. Vallejo no volvió nunca porque lo hubieran perseguido por aprista, comunista y partidario de la España republicana. Pero con R. Benavides en esos años de presidente, lo iban a despedazar en alguna celda. Y de ahí «me moriré en París y no me corro. Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño». Nuestro gran poeta no podía regresar.

La simple verdad, estuvimos en caminos distintos para liberar a los indios de la secular servidumbre. Para Béjar, el sacrificio del guerrillero. Yo no fui al monte porque encontré otro camino, por azar. Un diario de Lima, Expreso, me envió como corresponsal de guerra al Cusco que ardía: las tomas de tierras de los hacendados, sin arma alguna. Descubría, pues, otra estrategia, sin sangre, no se incendiaba la casa de los propietarios. Era una presión inteligente de las masas y campesinos que a lo largo de los siglo XIX y XX perdieron sus tierras. Encontré una elite campesina, una Federación dirigida por un indígena cusqueño, Saturnino Huillca, cuya vida recojo en un libro que gana un premio en la Casa de las Américas, en La Habana. Sin ese movimiento popular en el sur, los militares y Velasco no hubieran hecho la reforma agraria. Y nos volvimos a encontrar.

Alguna vez conversando con un amigo mexicano, cuando hablamos de Béjar, el mexicano me dijo que si fuera la cosa en México ya tendría un monumento. Mi libre  opinión es que para la gobernabilidad de estos días, algo de lo mejor que se ha hecho en materia de recursos humanos es integrar a Héctor Béjar. Será un ministro ejemplar, tiene mundo. Pienso que por su experiencia es un gran regalo a la patria, cuando no evita la problemática del nuevo Perú que se quiere con cambios profundos. En cuanto a la versión del diario El Comercio, se nota que no se ha entendido el título del libro de Héctor Béjar, Retorno a la guerrilla. ¡Es una metáfora! Una alegoría que se toma en sentido figurado, o sea la vida como lucha, como contienda y desafío. En fin, ese libro goza de una escritura y unos textos que se combinan con folios y hojas de mensajes apretados, a la vez libro borrador y vademécum. Me ocuparé pronto de ese libro, muy especial. De todo lo dicho, el guerrero, el profesor y el pensador, insisto, el escritor. Sí pues, en nuestro tiempo, en el siglo XXI, hay el «sujeto múltiple». No hay que asustarse. Las sociedades han cambiado y también los individuos, muchas posibilidades, libres en sí, y varias artes como la escritura, la creatividad. De pronto nuevas formas de democracia, puede ocurrir. Hasta la próxima. 

PD. En el momento que parte esta nota, en Santiago de Chile, en el diario El Mercurio, se celebra un «exguerrillero para la Cancillería». Y luego hay un resumen de la vida de Héctor Béjar, nuevo ministro en RREE, «Calixto» como lo llamaba el Che Guevara, y de «una vida de aventura», y su «espíritu académico».

Publicado en El Montonero., 2 de agosto de 2021

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Las causas de la Independencia del Perú

Written By: Hugo Neira - Jul• 26•21

En el debate sobre las causas de la Independencia, grosso modo, se puede distinguir tres tendencias. La primera es la explicación tradicional que le otorga un lugar preferente a los cambios en la conciencia de sí de la élite criolla, al tráfico de libros prohibidos, a la influencia del enciclopedismo europeo. Esta tesis se puede agrupar con las que añaden a la influencia de las Luces, el malestar por los abusos de los funcionarios, y sin duda, el ejemplo de las revoluciones, la norteamericana y la francesa. (…) Algo de cierto contiene, sin duda, pero es mayor el número de sus olvidos que sus aciertos. Se olvida que la Ilustración tuvo influencia, pero muy limitada. (…) Por lo demás, en esa vasta América española, no había comunicación entre provincias, capitanías generales y esos pseudorreinos que eran los virreinatos.  (…) La Independencia no fue un hecho aristocrático. Eran los criollos un pueblo de letrados. Una élite del comercio local y de mercaderes puesta al margen de los altos cargos honoríficos, aunque comprasen títulos. (…) El status de los criollos estaba parcelado en Casonas rivales. Algo, con todo, pudo unirlos: el temor a los indios. (…)

La segunda tesis es más moderna, reciente. Se insiste en los factores externos. Es la tesis del profesor francés Pierre Chaunu. Consiste en evocar las consecuencias de la invasión napoleónica en España, 1808, la vacancia del Trono, la tentación en las lejanas colonias, en particular en Buenos Aires y en Caracas, por ensayar un self-government a la americana. Y en efecto, surgen Juntas, gobiernos locales, compuestos naturalmente por influyentes criollos. (…) Pero esta tesis deja de lado la tensión intestina entre criollos y peninsulares y lo que Guillermo Céspedes del Castillo ha llamado «el ascenso criollo». No la marginalidad de estos sino al contrario, el poder económico y social que habían adquirido. (…) Los Borbones corrigieron el sistema, y ajustaron las clavijas a los ricos criollos con un sistema de intendentes provinciales, y, cuando no, de mayores impuestos. Los victimados, verdadera capa de dominadores dominados (por la administración imperial) no tomaron las armas, pero esperaron la llegada de algún salvador. Lo que llega es el Libertador. Es decir, un jacobino a caballo. (…)

La tercera tesis es la del profesor Berthe. La Independencia es un concurso de circunstancias, complejidad de los hechos, variedad de los actores, densidad de los acontecimientos. El resultado no fue solamente la separación con España sino, insisto, una vasta y prolongada guerra civil. Esta tesis explica la división de las casonas señoriales (es la hipótesis de la historiadora Demélas, los criollos no eran una clase sino un campo de rivalidades organizadas por casonas o parentelas). (…) Explica por qué unos criollos fueron rebeldes y otros leales a la Corona. Explica la actitud del pueblo indio o negro, la ambivalencia ante los bandos de lucha.

(Extraído de: Las Independencias. Doce ensayos, Fondo Editorial UIGV, Lima, 2010, pp. 33-36)

Publicado en diario Expreso, Suplemento Bicentenario, 26 de julio de 2021