Perú, tiempos sombrios

Written By: Hugo Neira - Jul• 05•21

Por azar, para un libro mío en el que está, con otros pensadores, Víctor Andrés Belaunde cuando lo exila el presidente Leguía después de un golpe de Estado (que no era necesario-1919), le dice lo siguiente: «El Parlamento vivirá de espaldas a la opinión”. Y se me ocurre que se puede decir ahora: «El gobierno y sobre todo, una parte del Poder Judicial, vivirá a espaldas de la opinión». Sí, pues. La vida pública peruana repite sus vicios.

Por una parte, hay una enorme mayoría en contra del 6 de junio. Pero los tejes y manejes en las mesas de votación son sacralizados por leyes y reglamentos que impiden, paradójicamente, la justicia. Nos hemos quedado sin estado de Derecho. Estas elecciones son lo peor que le ha pasado al Perú. Por otra parte, la pandemia que no ha sido vencida todavía, la necesidad de empleos y de retornar a la economía de antes de la pandemia, imponen —nos guste o no nos guste— un nuevo inquilino en el Palacio de la Plaza de Armas de Lima. De modo que, sin olvidar el lado ético y jurídico, el 28 de julio habrá un presidente. Y en este caso —que no aplaudo— lo real se impone. Y es hora de comenzar a ver qué hace o qué deshace el nuevo mandatario.

Gremios. ¿Modernizar el país con algo vetusto y anticuado?

El ciudadano Pedro Castillo (probablemente pronto proclamado presidente), ha hecho saber que los gremios le interesan. Por mi parte, hacía tiempo que no escuchaba algo sobre los gremios. Los hubo en Europa desde la Edad Media, y en el Perú desde los primeros pasos a la modernidad —desde 1850—, pero confundidos con las sociedades mutualistas y sindicatos, como veremos más adelante. Lo de gremial es interesante pero tiene sus bemoles.

Sin embargo, antes de continuar, debo explicar mi manera de abordar nuestros problemas, acaso fríamente, tratando de entender adónde quieren llegar los que han ganado, por desgracia, no los mejores. Entre tanto, en esta caja de Pandora que es la vida pública peruana, tengo pasión por entender, aunque no pertenezco a ningún partido ni a las tendencias actuales. Soy, por encima de todo, un universitario. Y es algo que aprendí en los decenios que fui profesor en Francia. Tuve la suerte de seguir las clases de Raymond Aron, las de Alain Touraine, dos gigantes entre otros. Jamás supe por quien votaban. No era necesario. En esas sociedades, las universidades son el lugar en donde las ciencias sociales no se confunden con las ideologías. Practicar esa actitud en Lima es difícil. Pienso en el libro de Octavio Paz, El laberinto de la soledad. Para mi caso, se me ocurre «La soledad en el laberinto». Quizá es el precio de la libertad. Cierto, el Perú actual es un caos. Pero en el caos, según los  astrónomos, suele producirse un orden inesperado. Ya se verá.

Volvamos a lo de los gremios. Para entenderlo no me salgo del espacio de las ciencias sociales. Hay un concepto que abraza lo gremial y se llama, técnicamente, el corporativismo. Ha sido usado repetidas veces en la Argentina de Perón, el México de Cárdenas, el Brasil de Getulio Vargas, el Egipto de Nasser. Nada los liga salvo que se trata «de regímenes populistas, y los sindicatos y las organizaciones campesinas, tienen un papel importante en la gobernabilidad». Esta definición viene de un profesor mexicano, Enrique de la Garza, de la Universidad Autónoma Metropolitana, en Iztapalapa. De este tema, para los gremios y los sindicatos, me enteré en 1990, en México. Uso, pues, mis notas sobre esa temática ya que aparece en el Perú de estos días.

Lo que ocurrió con el pasaje de gremios a sindicatos interesó a un investigador llamado P. Schmitter. Sus textos editados en Londres. Al parecer, ha habido una polémica internacional acerca del corporativismo. Y tanto el mexicano como el inglés consideran que colocando sindicatos o gremios «subordinados al Estado», es «considerado como régimen político no estrictamente democrático». Se suma a esta observación, O’Donnell (Transiciones desde un gobierno autoritario, Paidós, B. A. 1989). No es pues, algo nuevo.

Conviene que haga ver, en estas líneas, al propio Schmitter y su idea del corporativismo. El investigador inglés encuentra dos posibilidades. La primera es positiva, en efecto, «puede coexistir con sistemas políticos competitivos, con partidos, régimen abierto a la alternancia del poder, con culturas democráticas y vinculados con los estados benefactores posteriores a la crisis del 29». Pero, por su parte, la segunda posibilidad es negativa: «el corporativismo estaría asociado con Estados autoritarios». Schmitter no dice que ‘países autoritarios’ no se refiere a los gobiernos comunistas sino también a los que fueron gobiernos fascistas. Es decir, la Italia de Mussolini, el sistema nacionalsocialista de la Alemania de Hitler, y la España de Francisco Franco. En el libro de mis días de estar en Sciences Politiques en París, el Diccionnaire des institutions politiques de Guy Hermet —mi libro de cabecera, página 66— lo toma como una corporaciones surgidas en los oficios y artesanos en la Edad Media, luego señala una categoría profesional, y que resguarda ciertas ventajas particulares. Y algo más, «apareció en Europa para ciertas instituciones de semidictaduras conservadoras, entre las dos guerras mundiales, en Austria, España, Portugal o la Francia del régimen de Vichy. Que cedió el poder a los alemanes.

Ahora bien, recordemos, por el itinerario de estas organizaciones a partir de nuestra propia historia, un breve resumen de gremios, organizaciones mutualistas, sindicatos, en el XIX, en nuestro primer siglo de vida republicana. Lo que es la sociedad andina siguió sus pautas tradicionales, «aunque hubo algunos intentos de ‘modernización’, impulsados por algunas élites peruanas» (Historia del Perú, Lexus, 2007, p. 993).

Los inicios no fueron inmediatos. Mandaba en sierra y en costa una suerte de irracionalidad premoderna. Un testigo, obviamente extranjero, Middendorf, se admira que los pueblos de la sierra, todo lo que esta gente ahorraba de sus salarios o la venta de sus productos de chacra, no lo empleaban para la mejora de sus condiciones de vida en el hogar, sino que era «guardado para la fiesta patronal». Es decir, pagaban la fiesta, no los hacendados. No era mejor la actitud de los obreros panaderos de Lima. Había un culto a «San Lunes». O sea, «el hábito de no trabajar para continuar la fiesta del domingo». Ese culto, señala Augusto Ruiz Zevallos, no era solo de la clase alta sino la cultura del ocio, la irresponsabilidad en el trabajo existía en las ciudades. En Lima, los aguadores eran célebres por su retardo. Lo mismo los zapateros, diversos artesanos  (Idem, p. 963). ¿Cómo se explica el poco apego a la laboriosidad? Sencillamente, el Perú independiente, tras cuarenta años de guerras internas entre caudillos, se aruina. Pero todo cambia en 1850 gracias a ese regalo del cielo que es el guano: el Perú exporta entre 11 y 12 millones de toneladas. De ahí arranca una era de bonanza, con obras tanto privadas como públicas. Y como había capitales, hubo todo tipo de trabajadores.

Para comprender la evolución de los estilos de vida —no hablamos esta vez de las elites—, los presentamos en forma cronológica. En primer lugar aparecen «las sociedades mutualistas». Así se llamaban ellos mismos. Son el principio de solidaridad (sin contar con Marx, no era un proletariado sino artesanos). Eran famosos los empleados en imprentas. Había unas de Auxilios Mutuos. Y una Sociedad Filantrópica Democrática. Llegaron a tener una Confederación de Artesanos Unión Universal (Idem, p. 992). En segundo lugar, es en los finales del siglo XIX y los años 1900 a 1930, cuando surgen los sindicatos. Entre los mutualistas hubo algún político, pero con más vocación por la política surgen no socialistas ni apristas, sino primero los anarquistas. Ese gremio, bajo el impulso de Manuel González Prada, es el que logra la jornada laboral de las ocho horas. Sus dirigentes —Carrocciolo Lévano, su hijo Delfín Lévano—, es un grupo que merece un buen trabajo en nuestros días.

«Los sindicatos pasaron al control de los anarquistas». Los mutualistas sin embargo no desaparecieron, buscaban trabajo a los desocupados y habían creado una Bolsa del Trabajo, un apoyo fraternal para los necesitados. En 1928, había sociedades de amigos, de panaderos, y el gremio de lustradores de zapatos, de carteros y de empleados de teatro asistieron a un Congreso de 36 representantes de los distintos gremios. Había de todo: «gremios en talleres o de fábricas, pero también entidades culturales representativas del interior del país». Gremio, pues, se desliza hacia las clases altas, y en los años veinte, a las clases medias. Empleados públicos, comerciantes, o representantes de firmas extranjeras. Lima crece en ese periodo, se ensancha: Miraflores, San Isidro.

En fin, para O’Donnell o Schmitter, «el gremio en forma corporativista tiene el monopolio de la representación, un número limitado de asociaciones, control literal de liderazgos, y articulación de intereses». Hablando claramente, «una mediación estatal a través de organizaciones e instituciones» (F. Pike, The New Corporatism, 1974). No soy yo, es la academia universal. De vez en cuando, conviene echar un vistazo fuera de nuestro país. Estamos en el planeta Tierra, en una era mundialista. Por lo visto, México no lo adoptó.

Hoy en día, en nuestro país, es cierto que «la mala autoridad» va de alcalde a gobernador regional, de ministro a funcionario. Es cierto que los partidos políticos en los países modernos no son solo la clientela que llena las ánforas. Tienen otras acciones, son la red (si es un partido grande y no pequeño) entre las bases y los dirigentes. Pero entre el 2001 y el 2019, hemos visto la desaparición de partidos. La desconfianza hace casi imposible que tengamos una democracia representativa. Quedan, pues, varias incógnitas.

¿Qué funciones tendría ese otro poder del Estado, un cuerpo corporativo? Cuando se ha hecho algo fuera de los tres poderes del Estado —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— han sido regímenes no democráticos, el ejemplo fue Francisco Franco. El corporativismo es propio a regímenes populistas. ¿Lo somos? Los gremios no discuten, ¿sería  una manera de evitar debates entre doctrinas? Pero si no hay debate, no hay política. Y si es así, retrocedemos. Lo que sí hay que hacer es nuevas instituciones para que los ciudadanos sean escuchados y participen, pero no por el sistema que estuvo bien para el siglo XIX y no para un Perú que ya no es analfabeto. No es posible una democracia sin partidos. Toda sociedad es heterogénea. Se necesita la pluralidad. Pero acaso lo gremial, consciente o inconsciente, es un gran paso hacia el partido único. O sea, el despotismo. Espero equivocarme.

Publicado en El Montonero., 5 de julio de 2021

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Ninan cuyuchiq

Written By: Hugo Neira - Jun• 28•21

Expresión quechua. Quiere decir el que atiza y se cae en el fuego. No tengo otra manera de decir lo que está pasando en el Perú. Ni para unos ni para otros, hay salida. Ninan cuyuchiq es título del catálogo de una exposición de mi amigo Alberto Quintanilla, amigos de toda la vida —él cusqueño y yo abanquino—, gran artista, pintor barroco, lo traigo a este texto porque sus figuras son peces y caracoles que se vuelven infernales, todos dentro de un mundo  más bien de submundo. Eso me parece la situación peruana. Fea realidad, los que tenían que protegernos de las estafas, cierran los ojos y los oídos. Todo de cabeza.

Escribo desde el extranjero pero en estos tiempos, no hay fronteras porque la tecnología, si uno lo desea, borra distancias. Leo desde Santiago los diarios de Lima, en la televisión también sintonizo Perú Mágico, el espacio peruano en la TV por cable. Sin contar con la conversación directa con un celular. Y como lo he dicho en otro artículo en El Montonero, estoy cerca de los astrónomos. Ellos ven galaxias y planetas, inclusive agujeros negros, pero no saben qué es lo que contienen. Y ahí viene la perplejidad en lo político puesto que unas elecciones han sido dañadas, habriendo un perjuico gigantesco en el destino inmediato de la colectividad peruana.  

No me incomoda que haya un partido, Perú Libre, que se dice capaz de establecer un régimen marxista-leninista. La cuestión no es que sea un partido comunista. He vivido largamente en Europa donde hay partidos comunistas  (Italia, Francia, España), pero son a la vez democráticos, o sea, si llegan al poder legal, no se quedan para siempre. Que es lo que ocurre en la América Latina. No deberíamos llamarla así, mejor sería lo que dijo un  humanista colombiano —Germán Arciniegas–, América Ladina, o sea mañosa. Eso es Maduro y la Venezuela de estos días, o el boliviano Evo Morales cuya continuación en el poder, le rechazó su propio pueblo. Del marxismo y el comunismo, algo conozco. En mi vida, cuando joven no fui de izquierda, eso no se decía todavía. Yo fui comunista. Pero era en el tiempo en que el secretario del PCP era Jorge del Prado. Mientras hoy en día, la bandera roja parece que ha caído en manos de hombres de negocios, y lejos de Marx, más bien estamos con la praxis de Al Capone. Después de todo, quizá tengan razón. La ideología dominante en nuestro país o es la indiferencia, el odio a los políticos, por una parte, o es el interés por el lucro, por la otra. A nadie le gusta ser pobre, eso es lógico. Pero ¡¿millonario, de un día para otro?! No me digan que no es eso lo que nos habita. Basta decir Odebrecht o Lava Jato, la cantidad de gente que se ensuciaron con ellos se cuenta por centenares. Y esa suerte de lumpenburguesía lucha por no salir del poder que tiene. Y de ahí, nuestras grandes dificultades para hacer elecciones claras y sin mañas. 

Disculpe el amable lector que diga brevemente algo personal. Descubrí un potencial para salir de la dominación secular en los indígenas cuando fui al sur, y como periodista me enviaron al Cusco. Había un fenómeno social, las invasiones de haciendas por masas de campesinos que, fatigados de litigar (¿cuándo un indígena iba a ganar un litigio a un hacendado?), tomaban las tierras que les habían arrancado. Cuando regresé a Lima, Sebastián Salazar Bondy y Manuel Scorza me animaron a que recogiera mis artículos en Expreso. Así nace Cuzco: tierra y muerte. Fue un éxito. Entonces, de 1961 a 1963, en el gobierno de F. Belaunde, se discutía la reforma agraria. El Congreso me premió por mi trabajo. Solo conté lo que vi, acaso porque al lado del maestro Porras, había estudiado a los cronistas españoles del XVI, y eso fue no mi opinión sino la de hacendados y, por cierto, la de los dirigentes de la Federación Campesina. Fue un libro que cambió mi vida. Entendí que los campesinos indígenas no necesitaban partidos de izquierda, ellos tenían su propia élite. Vladimiro Valer, Sumire, inolvidables. Entre ellos, Saturnino Huillca, a quien dediqué una biografía años después, ganando un concurso de la Casa de la Américas, en La Habana. Pero no es eso lo que cambia mi vida. Un profesor francés, François Chevalier, de paso por Lima y que buscaba un peruano para un grupo de trabajo en París, conoce mi libro y me propone ir a París como chercheur, o sea, investigador, como ya conté. Buena estrella, así es la vida. Y llego a Francia cuando el comunismo había comenzado a desvalorizarse en la versión soviética. Los bolcheviques habían desaparecido, eliminados por Stalin. Los procesos de Moscú, fue un horror indescriptible. Stalin obligaba a sus rivales a declararse culpables de conspiraciones con el mundo americano o europeo. Los revolucionarios se habían vuelto una casta burocrática. Rusia soviética era un sistema jerárquico. La idea de una igualdad comunista se había esfumado.

Ya nadie creía que el comunismo era el final de la dominación para los trabajadores y los pueblos. En la Europa de los 60, se sabía cómo era el sistema marxista. Desde Lenin, luego de la revolución de 1917, se hablaba de la «dictadura del proletariado». Pero inmediatamente se vuelve un sistema de partido único, el Partido Comunista en la Unión Soviética (PCUS). Una dictadura despótica, una era del gran terror —los gulags, campos de concentración—, el poder de la Tcheka, la policía política, fue un «terror rojo» en el corazón mismo del sistema, las purgas las sufrían también los miembros del Partido. Eso se sabía en Europa. Curiosamente, en la América Latina, las izquierdas no querían discutir sobre ese sistema. En el mejor de los casos, se pensaba que era un asunto de rusos, algo etnológico. Como se puede comprender, el sistema marxismo-leninista solo existe a partir del despotismo. En cuanto al nivel de vida, la cosa es un colapso en 1990-1993. La soberbia URSS, cuando llega la perestroika, el 50% de la población rusa vivía en la pobreza, por no decir miseria. El colapso de ese sistema es evidente. Pero en el Perú, ¿hay quienes nos lo quieren imponer?! Eso es ya una ofensa a la conciencia e inteligencia de la población peruana.  

Dejar el comunismo es una cosa. Y otra dejar de ser marxista. Debo ahora explicar por qué mis ciencias sociales no son las que discurren en las universidades peruanas. Llegué a Europa —para largo tiempo— cuando la crisis social en la URSS arrastraba el marxismo ruso y de paso los socialismos. Cuando continué mi formación en París, después de San Marcos, pasé de la ideología al conocimiento científico, es decir: Max Weber, la economía no produce una sociedad sino los comportamientos (La ética protestante y el inicio del capitalismo), y Simmel y el interés por el dinero. Y la sociabilidad en ciertas sociedades,  y las sociedades de masas que no hacen las revoluciones, y la sociología, la etnohistoria, los sistemas totalitarios, y hasta Maffesoli que nos explica los tiempos en que no son las clases las que compiten sino las «tribus». Y si el marxismo es productivo, ¿por qué se salen también Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, Rumanía, Varsovia? Países del Este europeo, ¿por qué se salieron? Y si fue un gigantesco error, ¿por qué se quiere ensayar, en un país como el Perú, lo que no pudo hacerse con sociedades más adelantadas que nosotros? Esos países son economías industriales. Y el comunismo no pudo competir con el capitalismo. Porque el progreso se hace con ciencia, y la ciencia necesita libertad. Eso que estamos a punto de perder.

Volvamos a nuestros problemas. Va a desaparecer el sistema de mercado libre que produjo un crecimiento económico del 2001 a 2016. ¿Saben lo que es eso? Es salirse de la mundialización. Para eso, hay que estar mal de la cabeza. Entre tanto, 13 mil millones de dólares han fugado del país. ¿Se quedará Julio Valverde, aquel que evitó errores fiscales durante años? Es obvio que se necesita un fisco rico para recomponer el sistema total del país y atender a los pobres, pero eso no habría sin una economía de libre mercado. Por lo visto, hasta ahora no se enteran mis paisanos que el camino para el socialismo democrático es el capitalismo. El mejor sistema lo tienen las sociedades europeas. Economía de mercado y Estado social que se ocupa de la Salud, la Educación (que es excelente y gratuita). Pero cuando digo eso, a mis paisanos no les cae bien. Y sin embargo, José Carlos Mariátegui dijo: «no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeo» (Prólogo a los Siete ensayos).  

Pero sigamos con el problema principal, es cómo el JNE «desestima» los alegatos de Fuerza Popular en diez casos sobre «presuntas modificaciones del proceso electoral». Está claro, el desestimado y el uso de «presuntos», revela que en el JNE ya tienen «una posición tomada». Como dice este diario virtual, «en uno de los procesos electorales más accidentados de nuestra historia republicana, se ve a las claras la decisión de proclamar a Castillo, cueste lo que cueste». A tal actitud, dejar como si fueran poca cosa las irregularidades, la protesta es gigantesca. El lector lo sabe, está en la plana de Expreso del viernes 25 de junio, lo siguiente: un «69% cree que el proceso electoral de la segunda vuelta fue fraudulento, según encuesta de CIT. Y un 66% está de acuerdo en que se realice nuevamente la segunda vuelta, para que el próximo Presidente tenga legitimidad. Un 85%, dice que Pedro Castillo debería deslindar con Vladimiro Cerrón, cuestionado por corrupción. Un 57%  afirma que las marchas realizadas pueden ocasionar la llegada de la tercera ola de Covid-19. Y un 65% desaprueba la labor de Francisco Sagasti como Presidente de la República».

Ahora bien, leo un texto de Javier Alonso de Belaunde. Dice que «los golpes militares ya no son aceptables. Salvo los civiles que los animan» (Perú.21). Quizá, pero hay un pero. Un pensador que no fue nunca político, un pensador libre y gran escritor, mexicano, tiene esta idea: «las dictaduras militares latinoamericanas jamás han pretendido sustituir al régimen democrático, y siempre han sido vistas como gobiernos transitorios de excepción». Y termina diciendo: «no pretendo absolver a las dictaduras, pero el régimen cubano se presenta como una nueva legitimidad». El gran pensador es nada menos que Octavio Paz, y su opinion está en la página 356 de La letra y el Cetro. Entonces, señor Belaunde, los golpes de Estado suelen ser cortitos. Pero los que pueden hoy instalarse en el Palacio de Gobierno de Lima, están en la línea de Fidel Castro, espero equivocarme.

No por azar las voces de esta situación son estremecedoras. He leído el editorial de Luis García Miró Quesada, su «Escuche señor Salas Arenas»: «escribimos ayer sobre el impresentable Jurado Nacional de Elecciones JNE, investido por la Junta Nacional de Justicia inventada por el miserable Vizcarra para producir un Estado a su imagen y semejanza». Todo ese aparato, desde los equipos que modifican actas en mesas, a las instituciones que se ocupan del Derecho. Y en cuanto a la carta de Luis Carlos Arce Córdoba —carta que no es corta sino larga—, explica por qué declina irrevocablemente.

En fin, lo que está pasando es lo que anticipó Francisco Durand, «La captura del Estado». Ni más ni menos, como en el siglo XIX, cuando grupos pequeños se convertían en plutocracias (Basadre). No de clases sino de castas y sectas. No viene del pueblo, el nuestro quisiera volver a la época anterior a la pandemia. Hoy, bajo diversas máscaras, se repite la historia, una crisis, y se preparan para dominar desde arriba mientras los de abajo los creen revolucionarios. Ahora o nunca. Después de todo, han desaparecido los cursos de Historia peruana y mundial en los colegios estatales. Y menos tienen Educación Cívica. Se están aprovechando la incultura de los pobres. Ellos, los que quieren dominar, les han quitado las asignaturas que enseñan a pensar, a razonar, a tener un espíritu crítico. Esa también es una trampa. Nos hemos olvidado que un sistema político —el que sea, liberal, socialdemócrata, comunista o conservador— tiene que tener una cosa que se llama ética. Así de simple, así de difícil.

Hace poco, una tesis fue aprobada en San Marcos. Trata de la pendejada, eso que divierte y nos hunde en el Perú, porque es el deporte más celebrado, tanto como el fútbol. Sigan así, y cada día nos iremos hundiendo en el desorden y la miseria.

Posdata: San Marcos acaba de elegir a su primera Rectora, Jeri Ramón. Ya era hora.

Publicado en El Montonero, 28 de junio de 2021

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¿Modernidad o Fatalidad signo cruel?*

Written By: Hugo Neira - Jun• 21•21

Me pregunto cuándo perdimos la senda, la trocha, el itinerario hacia la modernidad  (como se puede leer, no digo sendero). Tuve la suerte de estudiar Historia en San Marcos, y luego, asesor del maestro Raúl Porras y en la casa de Colina, al lado de Pablo Macera y Carlos Araníbar —Mario ya se había ido a París— haciendo fichas para él. Aprendimos las técnicas del trabajo intelectual. Y en mi caso, la importancia de las fuentes históricas. Sin embargo, invitado a trabajar en Francia como chercheur (investigador) y siguiendo una formación de alto nivel, volví a estudiar Historia al lado de otras disciplinas. La formación europea, a diferencia de los norteamericanos, practica la multidisciplinariedad. Hice estudios de Ciencias Sociales, ese era el tronco, pero con ramajes de cursos de Filosofía, Antropología y de nuevo, Historia. Esta vez bajo el paradigma de la longue durée, de Braudel.  En pocas palabras, no es el acontecimiento solamente lo que se estudia. Disculpe amable lector por esta introducción, el periodista acompaña al profesor.

Para pensar el presente, conviene saber cuándo se instala el fenómeno que hoy nos envuelve y debilita. La bipolarización. No pienso en términos moralistas. Es un hecho.  No me gusta nada, pero eso es lo real en este sombrio momento. Y como no se ha  inventado los viajes al pasado, me pongo a hojear a la buena de Dios y, entre mis papeles, de pronto me encuentro con un resumen de un conversatorio en Lima, donde participaron Julio Cotler, Guido Lombardi, Jorge Bruce, y Fritz Du Bois. Eran otros tiempos de Internet y vídeos, pero sí de frases contundentes. Por ejemplo, Jorge Bruce hace una pregunta: ¿el crecimiento trae gobernabilidad?

La respuesta es de Julio Cotler: «la sociedad peruana desaprueba las instituciones y el régimen democrático». Y continúa: «el Perú es el país de América Latina que más desaprueba la democracia». Julio saca entonces unas estadísticas, cifras sobre la felicidad en el mundo. País número uno, Dinamarca; luego en el número tres, Colombia. Y el Perú en la posición 61 y a la cola de los países de Latinoamérica. Jorge Bruce sigue en el coloquio: «Creo que crecimos sin querer creciendo. Es por parches. No todos crecen. Hay odio al que le va bien, hay sospecha».

Guido Lombardi: «Estamos en el continente más desigual. El Congreso no representa a los peruanos. Ejemplo, nosotros tenemos que estar en el hemiciclo para votar, votar, y votar leyes, no vamos nunca a las bases, no hay encuentro, materialmente no está previsto que se haga representación. Hay una desconexión total. Yo fui elegido por 6 mil votos, que sin duda son de Lima, pero ¿a quién represento? El 70% que deja la secundaria no podría seguir ni entender este debate. Salen sin saber pensar, no razonan…» Luego, varios para decir que «hay amenazas autoritarias cerca, en ambos extremos, la del antisistema por un lado, la de la dictadura por el otro. Para educar y tener gente pensante, son varias décadas, como 4 para revertir la mala educación, y el próximo voto es el 2011, no hay tiempo».

Y al final, Julio Cotler: «Mucho se habla de crecimiento, de ‘lo bien que  nos va’, y más se frustran los que no lo ven. Hay frustración de ciertos sectores. Creo que acá hay una distancia que viene de ‘la desigualdad de las desigualdades’». Y concluye: «No se ha dado la Nacionalización de la sociedad. No hay Nación.» Este conversatorio ocurre el miércoles 2 de julio a las 18 horas. En el 2008. Duró unas dos horas, auditorio lleno, pero pocos jóvenes… Se le llamó «La batalla por la democracia» y ocurrió en el Centro Cultural de la Universidad Católica, en Camino Real.

No voy a ofender la inteligencia del amable lector ni su capacidad lectora. Es evidente que el abismo de estos días era algo previsible. Cuatro cabezas claras y de personas bien conocidas ora por estar en el Congreso, ora por estar en el mundo universitario, preveían cautamente lo que ha pasado. A lo largo de diez años, presidentes sin partido, escándalos de corrupción, crecimiento económico que no llegaba a las capas más pobres. Ahora bien, toda sociedad —según la sociología— tiene tres capas sociales. La élite económica. La élite política. Y la élite del conocimiento. Pero como sabemos, a trece años de este tiempo presente, por lo visto, las dos primeras, no se asomaron a los discursos y libros de lo que se puede llamar la «intelligentsia». Desdén de los empresarios, lejanía cada vez más ancha. O quizá la soberbia de políticos y hombres de negocios lo explica. La arrogancia del dinero, el asedio de diversos servicios que los pobres no pueden recibir —educación gratuita y de calidad, y servicios de salud—, lo acompañaron desde el 2001 hasta nuestros días, hasta que la circunstancia se modificara, y en eso estamos.

Pero insisto, todo lo que ha ocurrido está en esa cosa despreciable que llamamos libros. En Perú, los de abajo no leen porque no les han enseñado en la pésima secundaria —si es que no se quedaron en la primaria—, y las clases medias y altas las devora la sociabilidad limeña. No por solo placer sino que en el sistema perverso de nuestra sociedad cuentan más que el cartón de maestría o doctorado, los vínculos, los parientes, los amigos, para tener una chamba. Puedes venir de Oxford pero si no tienes contactos, estás perdido. Está es una más de las maneras del mundo colonial. Me atrevería a decir que el Perú no es todavía una república sino un país cuya clase dominante tiene las señas de un mundo neocolonial. ¿No ha sido —entre otras sorpresas— el voto provinciano contra el voto de la capital, el resultado de esas elecciones?

Pero pese al desdén de los intelectuales, algunos tuvieron la emoción de ser escuchados. Fue el caso de José María Arguedas. También se suma a la cautela: «Hay mundos de más abajos y de más abajo». Pero eran los años 70, quien sabe, el mejor de todos los periodos del Perú contemporáneo. Arranco con un pasaje de los Zorros. «He sido feliz con mis insuficiencias porque sentía el Perú en quechua y en castellano.» Y en ese mismo libro: «Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y abrirse otro en el Perú.» Y lo que él representa: «se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres ‘alzamientos’ del temor a Dios y del predominio de ese Dios y de sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y de la fuerza liberadora de Vietnam, el de la calandria de fuego, el Dios liberador. Aquel que reintegra. (…)  Empezamos a quebrar la muralla que cerraba Lima y la costa —la mente de los criollos todopoderosos, colonos de una mezcla bastante indefinible de España, Francia, los Estados Unidos, y colonos de esos colones—, quebrantar la muralla y la música, ahora el zorro de arriba empuja o está empezando a hacer danzar el mundo» (pp. 270-276, ed. de 1971). 

Breve interpretación al fragmento de Arguedas. Los fúnebres alzamientos fueron los estallidos de cólera de los peones y arrendires, desde los años 20, a sangre y fuego, en el Sur, que fueron aplastados a su vez, por las Fuerzas Armadas. Pero desde los 60, las invasiones campesinas ocupaban los latifundios, pero sin matar ni quemar haciendas. Era una toma de tierras, aquellas que les habían robado con ayuda de jueces y fiscales, desde el siglo XIX a la mitad del siglo XX. Como sabemos, esos movimientos, que en algún momento los he llamado gandhianos (porque Gandhi era un revolucionario pacífico), produjeron la reforma agraria de 1969. Yo vi entonces un Arguedas feliz.

Pero si evoco a Arguedas, es un paso en este austero estudio. Los años 70 del siglo pasado eran un instante febril y de reformas. Me ocupo en un libro sobre los pensadores peruanos desde la Independencia hasta el siglo XXI. Fue un acuerdo con una universidad peruana. Larga investigación. Desde la carta de Túpac Amaru II, la de Viscardo y Guzmán, Baquíjano y Carillo, Vidaurre, Sánchez Carrión. Luego, los liberales peruanos. De González Vigil a José Gálvez. Pero solo al final del XIX, Manuel González Prada, el primero que introduce en nuestro país el pensamiento crítico. Desde ese lado bien anarquista, luego los novecentistas. Les sigue un capítulo sobre los historiadores, a saber, Riva-Agüero, Jorge Basadre, Pablo Macera y Raúl Porras. Y luego, herencia de Prada, por cierto Mariátegui y Haya de la Torre.   

Sin embargo, después de los precursores y republicanos, vienen los liberales, y al final del siglo XIX, Prada y los novecentistas, después los políticos intelectuales, (Mariátegui, Haya, Belaunde), luego los clásicos –nuestros historiadores– los indigenistas, viene Arguedas, Luis Alberto Sánchez, los contemporáneos (Heraclio Bonilla, Carmen McEvoy, César Hildebrandt, Osmar Gonzales, Héctor Béjar, Dwight Ordoñez, Luis Millones, Matilde Ureta de Caplansky, Martín Tanaka, hasta Manuel Burga, Alberto Vergara, Danilo Martucelli, Flores Galindo y Degregori). Los 70 fueron diversas lecturas de lo peruano, todas muy bien escritas y brillantes. En la historia del arte y del conocimiento, hay algo misterioso: cuando hay un Góngora, hay un Lope de Vega, un Quevedo, un Tirso de Molina, un Cervantes. O sea, el Siglo de Oro. Ocurre en las ciencias de la materia, con la teoría cuántica: está Einstein y Heisenberg con el principio de la «incertidumbre», y Niel Bohr, Godel. En fin, nunca las Ciencias Sociales han sido tan variadas y en la construcción de otro paradigma. Con algunas excepciones, esa generación libre y fecunda desaparece. Los vence el peor enemigo del hombre, el dios griego Cronos. La edad, el que escribe tiene conocidos que están en el cementerio.

Lo peor es que a esa disipada enciclopedia de la política y las ciencias sociales, se la ha evitado en los sílabos pedagógicos. En los 70 se pudo hacer esas modificaciones que nos atan a nuestra Edad Media. Tuvimos una suerte de profetas pero el país estaba sordo. Y vuelvo a resaltar lo que se dijo en ese conversatorio: la academia establece que la nación debe organizarse en un Estado soberano. Gellner, «el carácter nacional», ¿lo tenemos? Es la fuente primaria de su identidad y lealtad. Ahora bien, esta nación todavía es un archipiélago de regiones, culturas distintas. Hay dos culturas, la andina y la criolla. Ha ocurrido en otras evoluciones el mestizaje, pero en el Perú la intercomunión, si existe se demora. La educación habría sido que desde niño se los conociera. Es al revés, son las «murallas» de las que hablaba Max Hernández en uno de sus libros. Y en los 80 aparece Sendero Luminoso; y todo lo logrado, se pierde.

Modernidad, «no es ni un concepto sociológico, ni un concepto político, ni propiamente un concepto histórico. Es un modo de civilización» (Châtelet). La modernidad no quiere decir volverse americano o europeo. China e India son sociedades modernas. Lo es Japón. Abundan los técnicos, país de lengua suya, con religión propia, hasta su ropa y su gastronomía. Puede que Brasil, México o Chile, entren a la modernidad, ¿pero nosotros? La política está agotada, el país se rompe a causa de las hegemonías ideológicas. Para Michel Maffesoli, «estamos en un tiempo de tribus». Dejemos, pues, lo político, recuperemos el «buen juicio».    

Posdata: el Juan Esquina de mi columna anterior era Luis Alberto Sánchez, Retrato de un país adolescente.

* Fatalidad es un vals de Julio Jaramillo

Publicado en El Montonero., 21 de junio de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/modernidad-o-fatalidad-signo-cruel

Qué hemos hecho de mal

Written By: Hugo Neira - Jun• 14•21

No soy de aquellos que les cuesta escribir un paper, pero a veces, sí. Me pregunto —y sin duda el amable lector— qué hemos hecho de mal para llegar a la situación actual. Al desconcierto ciudadano, crisis de la credibilidad, voto del pueblo como sanción, el desencuentro de gobiernos y sociedad, y un clima de discordia entre peruanos mismos. Al escribir esta nota, me siento cercano de los astrónomos. Ellos ven estrellas lejanas y galaxias, pero también estallidos inesperados, astros que se vuelven agujeros negros, o sea, no saben en qué cosa se vuelven.

Algo parecido nos ocurre con nuestro futuro. Cuando era un estudiante universitario me fascinaba el Big Bang, había un orden en el cosmos. Pero ahora no es sino una teoría como otras sobre la creación del universo. Hoy, lo que dicen los potentes telescopios es que el universo sigue expandiéndose, pero en un caos permanente. La casualidad, lo inesperado, es lo que reina. Un simple meteorito hace 66  millones de años, acabó con la vida de los dinosaurios, y según los expertos, con el 75% de la vida en el planeta. Qué más da que una colectividad bastante heterogénea a la que llamamos Perú, pierda su identidad, su Soberanía de Estado porque sería amalgamada a un proyecto continental. Fuimos a un proceso electoral pero no nos consultaron sobre si queríamos formar parte de un proyecto de la Coordinadora Continental Bolivariana. Esta posibilidad no es algo que proviene de la imaginación de algún novelista. Es algo real, y a gente muy inteligente y hábil le debemos el lío de las actas electorales que casualmente han sido manipuladas en los lugares —Lima y el norte— donde la rival tenía más electores. Ya se verá en qué termina todo esto. Pero el mal ya está hecho. No habrá vencedor alguno. Es la victoria de la antipolítica. Y la continuidad de la descomposición de nuestra sociedad. 

Con calma y melancolía (o sea, tristeza activa), estando en el extranjero, me preguntaba si esto es algo que nos había ocurrido en otras etapas de nuestra historia. Además de sociólogo soy historiador, y me parecía que esto también ha pasado anteriormente. Y entonces, acudí a una fuente. Un libro de un intelectual peruano escrito en 1956, y que de vuelta al Perú, resume el país de ese momento y parte de su historia. (No diré quién es, por eso de nuestros prejuicios ideológicos.) Y pregunto al viajero: ¿Hubo en el pasado esa costumbre de votar contra el otro? Sin mentir, me dice: «un sector político del Perú proclamó en 1879 al 1880, «primero los chilenos que Piérola» (p. 109). Y de ahí proviene la costumbre de votar no por fulano sino contra fulano.

El autor, digamos Juan Esquina, cuenta que en 1928, había vuelto al Perú, y no estaba del lado de Leguía, y «un amigo y socio mío, un anciano de mucho prestigio social,  porque yo no quería escribir en su diario, le dice ‘este Juan Esquina’ es enemigo nuestro». «No suyo, sino todo un grupo social». Antagonismo, enemistad, «mi actitud —dice Juan— no pasaba de una crítica razonante, sin pasión». Juan había estado de paso por Chile, «pongo por caso, un conservador trata, con cordialidad, a un radical o un socialista y hasta un comunista». Pero en la Lima de esos años —dice Juan— «los pierolistas detestaban a los civilistas». «No concebimos la oposición sino como enemistad» (p. 108). Esas conductas han sido nuestra nefasta herencia. En costeños o andinos. Cholos o blancos. Yo solo veo peruanos.  

Pasando a otro tema, «nuestros partidos se constituyeron por circunstancias frágiles» (p. 111). Estamos, en este caso, en las del siglo XIX al XX . Claro que se refiere al Partido Civil, que era el partido de apartar el militarismo del poder, y ellos, algo de plutocracia agraria republicana. Y se improvisó otro grupo civil que buscó pueblo, el Partido Demócrata. Y luego, Leguía, el aprismo, el partido de Sánchez Cerro. Luego del periodo democrático y las dictaduras, no se dice qué son, no dicen si son conservadores o reformistas, liberales, rara vez socialistas o comunistas, por lo general máscaras simpaticonas, Somos Perú, Juntos Por el Perú, Frente Amplio. Es un signo. De los noventa a nuestros días, hay una crisis de los partidos políticos, tanto los partidos tradicionales —como el aprismo— como los demás. Al punto que Carlos Meléndez lo llama al presente sistema en crisis, el «periodo post-partidario». Esa crisis ocurre en otros países, inclusive en sociedades avanzadas, surgen los populismos. El caso del Perú podría explicarlo, pero sería un análisis que necesita más espacio.

Diríamos, sin embargo, paradójicamente ha habido un crecimiento del PBI del 2001 hasta 2021. Pero creo que no es solo un problema socioeconómico sino geopolítico. Las distancias entre Lima y las provincias, clases medias emergentes y a la vez precarias, los que no se salvan de la pobreza, pero sobre todo, la corrupción, Odebrecht, Lava Jato. Las mafias que envuelven presidentes, ministros, gobernadores, funcionarios, abogados, periodistas, gobernantes de regiones. Entonces, el peruano duda del peruano. El triunfo del otro es sospechable. Si alguien tiene éxito, «es que debe haber robado». En Perú se vive a la defensiva. Y esto que cuento a continuación es real. Conozco a un amigo, alto funcionario, que me cuenta que un presidente cuyo nombre prefiero callar le propuso ser ministro. La respuesta fue, al llegar a casa, decirle a su mujer que hiciera las maletas, y se fueron al extranjero. Tenía razón, el que tomaron como reemplazo, tras el desfalco y latrocinio, todavía lo busca Interpol.

Volvamos al tema de «frágiles». Eso está clarito. Los partidos políticos según la ley, hasta hace poco requerían 705 mil firmas de adherentes para inscribirse (4% del padrón electoral), pero esa exigencia ha sido modificada a un 0,1% (24 mil). Esto fue en julio del 2019. Y lo de frágil es que uno de ellos, Perú Libre, se inscribe con 25’296 adherentes, y es el partido que encabeza los sufragios en la primera vuelta (18,9%) y en la segunda (muy limitado en sendos casos). Fuerza Popular, en el segundo plano, solo logró el 13,4% de los sufragios. Es evidente que ambos contrincantes no tuvieron mucho tiempo para esa campaña electoral. De ahí acaso la ausencia de personeros, sobre todo en las aldeas peruanas (los Andes, señores) y los contrincantes de Keiko, bien organizados y que llegaron temprano, hicieron lo que les dio la gana. Pase lo que pase, se ha destruido la confianza y enferma la legitimidad.

Vayamos a otro tema, nada menos la cuestión indígena. ¿Mejoramos durante la República? Juan, el amigo que conoce nuestra historia, nos dice: «El Virreinato había sido más piadoso con el indio». La Independencia fue para los criollos. Los esclavos negros continuaron hasta Ramón Castilla, que los libera. Pero los indios siguieron viviendo no solo en plena servidumbre, el siglo «republicano» —no me hablen de que fue fraternal para los indígenas—, ¡fue el peor! Paradoja peruana, bajo el dominio de la administración de los peninsulares, estaban protegidos, eran los que pagaban los tributos y la mano de obra para el trabajo en las minas. Ellos, en cambio, retenían sus tierras, y así, tres siglos. Pero cuando el Perú se vuelve republicano, desaparece la nobleza india. (Aquella de donde surgió Túpac Amaru II) ¿Una República? El «todo somos iguales» no fue tendencia.

Perú en el XIX seguía siendo una sociedad de castas. Los ricos criollos se lanzaron sobre los terrenos comunales y jamás perdieron un litigio ante los indígenas campesinos. Hubo una suerte de colonialismo interno en los dos siglos después de la Independencia. Hasta la mitad del siglo XX, lo agrario era gamonales arriba, y abajo, indígenas aparceros o arrendires. El latifundio republicano era la continuidad de la encomienda  virreinal.  Y todo eso se detiene en junio de 1969. Le llaman Reforma Agraria. En realidad fue un cambio laboral. El latifundio peruano fue una forma precapitalista, feudal, lo sabemos, aunque todavía a una parte nada pequeña les parece normal que los campesinos (indio, ¿clase o etnia?) trabajaran sin salarios. Pese a la Independencia todavía no somos nación. Por eso Mario Vargas Llosa en un artículo reciente publicado en La República, dice «la forja de la nación». Está claro, si algo es forja, herrería, fragua, quiere decir que se está haciendo. Pero porque somos un país rico con muchos pobres.

En efecto, ¿por qué somos un país rico en su naturaleza y no salimos de la pobreza? Quizá porque no hemos tenido otra forma de trabajar. El escritor que acompaña estas líneas recuerda lo que se hizo con el guano de las islas en 1842. «El guano lo habían usado los incas para sus tierras». «El excremento que dejaban las aves marinas, ‘el guanay’ si lo hubiesen tomado como abono, pudimos lograr una agricultura peruana, pero eso no floreció nunca. El Estado prefirió el guano como producto de exportación, que sirvió para las rentas fiscales desniveladas» (p. 129). Si las islas guaneras hubiesen sido de Canada o de China, hubiera sido distinto. La agricultura se habria convertida en una riqueza que permitiria la venta internacional de un pais productor de alimentos.  

¿Qué sospechamos? El camino más fácil, evitar el trabajo o la inversión riesgosa. La flojera de una clase dominante en la que el ocioso ocupaba el tiempo. Un ejemplo: Lima, la capital, tenía hasta el fin del XIX una serie de fundos agrícolas en su contorno, de lo que se llama «de panllevar». La sombra del amigo que nos acompaña en esta escritura dice: «En materia de subsistencias, el Perú se abastecía a sí mismo en considerable proporción hasta 1916. La codicia por las grandes utilidades que empezó a rendir el algodón, eliminó de facto grandes plantaciones de panllevar. Y Lima se vio rodeada de campos blancos, en vez de los verdes que la circundaban» (p. 143).

Hay otras conductas, eso que interesa a psicólogos y antropólogos, acaso más que la economía. Porque en épocas distintas, en circunstancias diversas, se repiten ciertas actitudes. La historia (del Perú) tiene una invisible tendencia al «ritorno all’antico» (p. 98). Nos referimos a un curioso fenómeno. Se ama y a la vez se aborrece a fondo a uno que otro político con ideas y un paquete de reformas.  

El primer caso es alguien que encarna el siglo XIX, la guerra de caudillos, los militarismos, se llama Nicolás de Piérola. Nuestro amigo nos dice sobre su vida: «A este le birlaron todas las elecciones en que, queriendo participar, lo obligaron a ponerse de lado.» No lo invento, está en la página 116. ¿Cuál era su pecado? «El mestizo y el mulato, el pueblo oscuro, centenares de gente que estaba lista para ofrecer su vida, en la montonera».

El segundo, sin duda alguna, Haya de la Torre. La lealtad le acompaña más allá de la muerte. De 1931 hasta 1980, encarnaba el pueblo de trabajadores, de sindicatos, de empleados pobres, de profesionales en camino a ser clase media, y obviamente, perdimos otro siglo, el XX. Hubiéramos tenido una modalidad de socialdemocracia, de aquellas de Suecia, Dinamarca, economía de mercado y Estado social. Por algo, para mí su mejor libro Mensaje de la Europa nórdica. Para qué digo esto si en el Perú se lee poco o nada.

El tercer caso es Keiko Fujimori. No son los montoneros de Piérola ni las clases modestas del aprismo sino unas masas de clase media emergidas en los últimos decenios a las que disparatadamente le ponen una etiqueta de derecha. Son más bien profesionales, empresarios nuevos, más bien liberales y ningún elemento con las izquierdas. ¿Qué tienen en común? Casi nada. Salvo que sorprendieron, fueron un brote de modernidad, y la mentalidad conservadora de nuestro país, no los incluyó, cosa que se hizo en otras sociedades, sino que fueron el chivo expiatorio de cada etapa histórica. La invisible regla peruana es la exclusión. Piérola, Haya de la Torre y apristas, la máquina del desprecio se inventa cucos, y en país todavía adolescente, se lo creen.

En fin, responderé la pregunta del inicio de este texto. ¿Qué mal hicimos? La inmovilidad. Se perdió la ocasión de modernizar el país con las grandes reformas que no se han hecho. Hubo una ocasión, después de Velasco. Luego, después de la derrota de Sendero Luminoso. Y ahora, están soñando en volver al pasado «normal» que duró hasta el 2016. Solo ahora, se dan cuenta que había campesinos olvidados, y es el caso de Pedro Castillo que los representa. (Lo que no me convence es tener por encima a Venezuela y la Coordinadora Continental Bolivariana). Perú, sociedad de clases más o menos modernas, a sus élites políticas les han sido invisibles los que no tienen ni agua, ni trabajo ni estudios. No se dieron cuenta de un hecho demográfico, los campesinos son hoy alfabetos. Nos dormimos. El exceso de optimismo, mitos, como «Dios es peruano». No solo hay «demócratas precarios» (Dargent) sino las instituciones y esa cultura criolla que elude la realidad, porque en el Perú «los problemas se resuelven solos» (Una frase del presidente Manuel Prado). Lo dice todo, la dejadez criolla en el Estado, los negocios, los estudios…

En fin, liberales o marxistas, tendrán que aprender la tolerancia. Habrá rivalidad, ¿y qué? Lo contrario es el despotismo y el pensamiento único. Ahora bien, quien sea el inquilino de Palacio tendrá la mitad del país al frente. No es una desgracia que existan fuerzas políticas distintas y opositoras. Los peruanos por lo general admiran a los Estados Unidos. Pero se hacen los que no saben que si progresaron, es porque tuvieron siempre republicanos y demócratas. Somos hasta el momento una sociedad de libertades públicas —votos, marchas— pero no somos todavía una sociedad democrática. El gran problema del peruano no es solo el empleo, la salud o la educación, sino el «otro».

Posdata. El lunes próximo diré quién es el autor del libro cuyas páginas he citado. No es Pablo Macera, pero alguien de igual de atrevido.

Publicado en El Montonero., 14 de junio de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/que-hemos-hecho-de-mal

Entrevista: «Historiador explica como «una venganza» la aparición de Pedro Castillo en el Perú»

Written By: Hugo Neira - Jun• 13•21

En entrevista con la Agencia Anadolu el historiador Hugo Neira hizo una radiografía de la campaña electoral peruana a una semana de la segunda vuelta presidencial, que se realizará este 6 de junio.

Entrevista: Luis Cáceres Álvarez

Hugo Neira jamás olvidará cuando cubría como periodista las tomas de tierras por parte de los campesinos que exigían la reforma agraria en el Cusco, en 1963. Un año después, a raíz de esas crónicas, publicaría Cuzco: tierra y muerte, una obra de gran repercusión internacional.

Gracias a ese trabajo fue invitado a Francia para investigar y continuar sus estudios. Más tarde, llegaría a graduarse como doctor en Ciencias Sociales por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París y a ser distinguido por el Ministerio de Cultura y Comunicación de la República Francesa como Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras, en el 2010, pero nunca perdió la conexión con ese Perú rural que le abrió las puertas del mundo. No por nada cumplirá 85 años el próximo 24 de junio, fecha en la que en su país se celebra el Día del Campesino.

No obstante, hoy no ve al Perú tan avanzado ni tan enfocado como quisiera. Desde Santiago de Chile, frente a la pantalla de su computador, se queja de que desde hace 30 años no se fortalecen los cursos de gramática, ni de lógica, ni de historia para que las juventudes utilicen estas herramientas. Recuerda con nostalgia sus estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y a Raúl Porras Barrenechea, historiador y político que fue su maestro y quien también le enseñó a Mario Vargas Llosa. «Se nos ha muerto una generación completa que era brillante. La izquierda peruana brilló después de la dictadura de Juan Velasco de una manera extraordinaria. Perdieron el tiempo. Se fueron muriendo», señala. Ahora, le parece que el país puede estar acercándose a un abismo, a una encrucijada de la que espera no le sea tan difícil salir.

¿Usted cómo resumiría la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en el Perú? ¿Qué está en juego este 6 de junio?

Lo que está pasando en el Perú es una cosa muy difícil de hacer entender. ¿Qué ha pasado en el Perú en los últimos 20 años? Una situación muy extraña. Le llamo el enigma peruano: cuanto más crecía la economía antes de la pandemia, había más tendencia en las elecciones a romper el sistema económico. Ha habido 20 años de crecimiento al punto que el Fondo Monetario Internacional decía que era un ejemplo. Yo tengo otra lectura. En esos 20 años ha habido un desencanto económico muy mayúsculo, una desconfianza en la política al tope porque salió una corriente de corrupción gigantesca; difícilmente hay un presidente que no haya sido sentado frente a un fiscal o a un juez, y la corrupción no implica a unos cuantos sino a centenares.

Yo no soy de decir todo es malo, todo es bueno. No pertenezco a ningún partido. ¿Quién trajo el sistema económico liberal? Porque no era así: Alberto Fujimori. Él trae la economía moderna liberal al Perú. Todos los que vinieron después continuaron con lo mismo, sabiendo que el neoliberalismo produce brechas gigantescas.

¿Esa es la crítica que le hace a la sociedad peruana actualmente?

Es verdad que aumenta el crecimiento económico, pero también aumenta el número de millonarios y el número de pobres, y se empobrecen las clases medias. Entonces uno se pregunta: ¿veinte años de descontento social y a la vez de auge económico? Ollanta Humala llega al poder en el 2011 y no hace nada por modificar eso. Todo se va juntando. El Perú tiene una cultura criolla. La mayoría de la población es urbana y mestizada. Y en la población rural encontramos lo que llamo los sentimientos de injusticia. Ahora son dos millones de campesinos con tierras, pero parece que no existieran. No se les construyen carreteras. No les dan ayuda de créditos. El Perú es un país bien difícil.

Usted menciona en el documental La revolución y la tierra —que alteró los ánimos del Perú más conservador desde su estreno en octubre de 2019— que si la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado no hacía la Reforma Agraria (decretada en junio de 1969), Sendero Luminoso tomaba el poder como si nada…

Por supuesto. El error de Abimael Guzmán (fundador y máximo líder del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso) fue lanzar una revolución cuando a sus soldados campesinos ya les habían dado la tierra, y las comunidades campesinas se enfrentaron contra él. Estas gentes están fuera del sistema. Hay una cultura andina que ha conseguido llegar a la ciudad, penetrar en la economía. Se han instalado, menos mal, pero son la población de los informales. De cuatro personas que trabajan en el Perú, tres son informales, pero viven. Algunos trabajan tanto que son millonarios. Lo que ocurre es que, prácticamente, se olvidan que existen. Se olvidan que son una parte importante de la sociedad.

En el Perú sigue siendo un problema ser cholo. Ya se sabía que a los cholos les costaba trabajo tener un puesto importante, entrar a una gran universidad, y en ese momento viene la pandemia. La pandemia produce dos efectos gigantescos. En primer lugar, la pérdida de los empleos fáciles, los empleos precarios, de la informalidad. Tú eras un trabajador que tenías una ‘chamba’ en Lima y ‘chau’ porque la tienda cierra y no hay nada más que hacer. Solamente en Lima hay cuatro millones de desempleados. ¿Cómo será en el resto del país? Y la segunda cosa terrible fue que la pandemia apuntó a la emoción, de cierta manera al rencor y a la revancha, ¡es que se mueren las familias en sus casas! ¡Se está muriendo la gente de la clase baja! ¡De la clase popular! No nos sorprendamos entonces que un profesor de primaria, líder campesino, como Pedro Castillo, aparezca en escena. Esa es una respuesta del pueblo, de abajo, y una venganza. Como diciendo: ¡Acá estamos nosotros!

¿Considera que Perú Libre es un partido improvisado que se ha quedado detenido en el tiempo?

Absolutamente. Yo he sido marxista y lo entiendo. ¿Por qué dejé de ser marxista? Porque entré a hacer Ciencias Sociales. ¿Por qué repetir esto en un país que ya está a un salto de la modernidad? Me espanta. El problema es que llegue el señor Vladimir Cerrón (fundador del partido político Perú Libre, mentor de Pedro Castillo y condenado por varios casos de corrupción), siendo buscado por los jueces.

El comunismo y el marxismo son realmente trasnochados y del año 20. No han entendido que la mejor forma de hacer caminar el socialismo es subirse sobre la economía de mercado y manejarla. El problema está en que este país no es contemporáneo. Es extemporáneo. No está en el siglo XIX. Creen que solo hay un capitalismo. Todo el mundo es capitalista. La diferencia es qué Estado hay y qué tipo de Estado social hay. Eso es todo. Es la gran diferencia.

Yo no tengo ninguna simpatía por Keiko, pero Keiko son cinco años. Si estos (Perú Libre) se suben al poder son cincuenta años. ¿Qué socialista latinoamericano se ha ido de su poder? Si estoy en Chile, estaría a favor del socialismo. Estoy en España, votaría por el socialismo. En Francia también. ¿Por qué? Porque son socialismos democráticos. Se van después de tener el poder.

¿En el Perú qué tenemos?

Se nos quedan en el poder para siempre. Y lo dice Cerrón: «La derecha se queda en el poder, ¿por qué no la izquierda?», antes de llegar al poder. Y dice: «Al Congreso hay que cerrarlo», pero ni siquiera se ha establecido ese Congreso. ¿Qué es eso? Despotismo.

Yo veo algo muy fuerte porque puede ser que ganen por una razón. No se enseña nada de humanidades. Hace 30 años en el Perú no hay un curso de gramática, de lógica, de historia del Perú e historia universal. Entonces los jóvenes peruanos no han tenido las herramientas para llegar a la razón, a escribir un texto mínimo. Hay un desplome que se nota en los políticos. Se nota en los personajes que llegan a tener una importancia. Pero, ¿qué haces con una población que sabe leer y escribir y no lee? El Perú no tiene analfabetos, pero tiene iletrados. Es decir, no leen un periódico. Los periódicos están quebrando.

¿Usted considera que los dos candidatos en la segunda vuelta del 2021 harán un gran cambio ya sea desde la izquierda o desde la derecha?

No lo sé. Lo único que sé es que por el momento no nos conviene el marxismo leninista. Todos los países que han sido comunistas están volviendo a la economía de mercado. Nada más. Es suficiente. Acá no. Acá van a cerrar todo lo que sean empresas. Y es que este joven (Castillo) es progresista y a la vez reaccionario. Está en contra del aborto. Son conservadores socialmente. Retrocedemos.

Pero también el fujimorismo tiene parte de la culpa…

Muchísima. Tuvieron 73 congresistas y no pudieron hacer leyes sociales. Todas las observaciones que se han hecho les doy la razón. Realmente es una enfermedad, pero la cura que usted quiere no es buena. Hay que buscar. Hay que hacer que las grandes empresas peruanas gasten un poco.

Cuando yo llegué a Francia gobernaba de Gaulle, el otro presidente después de él fue de derecha liberal, y así. Me quedé con la boca abierta. Veinte años, cuatro presidentes. ¡Las reformas las hacía la derecha! ¿Se ha visto una derecha en América Latina que haga reformas? Si no ceden, van a perderlo todo. O sea que en el fondo me encanta que haya ese castigo. Aquí todavía hay mentalidades coloniales. No hemos salido de la colonia.

Especialistas sostienen que el fujimorismo aún no ha procesado, intelectualmente, la década de los noventa para entender su debacle y a partir de ahí hacer propuestas. ¿Qué opina al respecto?

La verdad es que estoy muy enojado y fastidiado. No quiero que ganen estos vende patria (Perú Libre) y me pongo en la posición de Keiko para que haga las grandes reformas. Seamos realistas. El Perú no está construido. No tiene ferrocarril que pase por toda la costa. La infraestructura no está. ¿Cuántos peruanos conocen Machu Picchu? No se ha creado la nación. Se ha fracasado en la educación. Los manejan por emociones. Eso ha sido un complot del imperio con las clases altas blancas que se asustaron con que los hijos de los cholos fueran al colegio porque de repente salían marxistas. Cuando salgamos de esto, hay que presionar para que se dé la modernidad.

Pero, con este apoyo a Keiko total de su parte…

¡Momentáneo!

Hay analistas que sostienen que esta Keiko Fujimori es la más débil de los últimos 15 años…

Lo único que a ella le saldría bien es que haya un gran peligro delante, y eso fue lo que hace que mucha gente vaya tapándose la nariz a votar por Keiko. Yo digo que hay que hacer eso por el momento. Después, ya veremos.

A mí me cae bien Castillo, pero no conoce muchas cosas. Eso es tremendo. Si esto sigue así y no hacen reformas, en el 2026 gana cualquier partido de izquierda. Sería peor. Este es un asunto fundamental.

Muchos quieren comparar a Perú Libre con fórmulas de la izquierda latinoamericana

En Ecuador, yo estaría con Correa. En Bolivia, yo le digo a mis amigos peruanos: ¿Se dan cuenta ustedes la habilidad que ha habido en Bolivia? Que un partido de izquierda se junte a las comunidades campesinas. ¿Cuándo hemos hecho eso nosotros? Tenemos 7.000 comunidades campesinas. Han juntado esas dos cosas y es gigantesco. Formidable. Eso es una habilidad política extraordinaria. Ya quisieran los peruanos tener eso. Allá está el pueblo. Ese sector no es invisible. En el Perú recién aparecen los campesinos ahora. Se han olvidado de que este país tiene otras cosas, y pobres en Lima también. Hay gente que no conoce. Las separaciones en el Perú son terribles. Hay ministros que dicen: «No se olviden de lavarse las manos cada día», ¡pero hay gente que no tiene caño de agua!

Hay quienes «terruquean» (tildan como terrorista) al candidato Castillo. Señalan que el Perú se convertirá en Venezuela y Cuba. ¿Cómo entender a esa derecha que ataca sin debatir con ideas?

Tenemos que construir otro tipo de izquierda, otro tipo de enfrentamiento, porque muchas veces las marchas —y las he visto en Chile— tienen toda la razón, pero no tienen la solución. Y para la solución se necesita de nuevo pensar políticamente en algo que no sea el comunismo y tampoco sea la democracia blanda que se ocupa de los grandes. Eso nos va a llevar tiempo.

Ya van dos años de movimientos sociales fuertes en los distintos países de la región. ¿Estamos viviendo una primavera latinoamericana?

Pero los movimientos sociales no llegan a la estructuración o al pensamiento. Son chispazos. Tarde o temprano hay que prender el foco. Tenemos que pensar en el siglo XXI. En el Perú hay gente que va a buenos colegios y gente que no va a buenos colegios. Está completamente fragmentado.

¿El Perú está en el siglo XIX?

Yo me vuelvo ministro e, inmediatamente, viene mi cuñado y viene un primo que tengo. Los pongo ahí (en esos puestos). No hay ese respeto a la meritocracia. ¿Cuántos peruanos se han ido afuera? Hay tres millones de peruanos que se han ido. ¿Por qué se han ido?

De cara al Bicentenario, ¿cuál es la reflexión que deberíamos hacer ante las dos propuestas extremas y populistas?

Si votan por Perú Libre, va a ser el entierro de la república. Es una buena manera de festejarlo. El bicentenario va a durar dos siglos entonces. Fidel Castro hizo una revolución. Estos no han hecho nada y están llegando por las circunstancias que los ayudan, nada más. Son capaces de creer que lo merecen. Qué situación tan extraña. Puede pasar cualquier cosa. Golpe militar. Levantamientos populares. La gente ya se acostumbró a ser libre. Qué difícil sería tener un sistema comunista en el Perú. No es Rusia. Los peruanos son el país más ácrata (que niega la necesidad de cualquier clase de autoridad) en el mundo. No pagan impuestos. No les importan las noticias. Se pasan las luces. ¿A esos vas a meter en la línea?

No tienen comportamiento democrático. El peruano no es demócrata y no merece ser demócrata porque todavía no sabe respetar al otro. Las sociedades existen cuando se acepta la pluralidad y las diferencias, pero no aceptan eso. El otro no es que esté equivocado. La política peruana es un truco muy simple: no se incluye, se excluye. El despotismo está en la base popular. No se han dado cuenta. Los peruanos de abajo admiten una dictadura con tal de que esté a su favor. Está ya lista la cama.

Y si usted tuviera a los candidatos al frente, ¿qué les diría?

A Castillo: No tenemos la necesidad de tener maestros de afuera. Tienes que hacerlo desde acá.

A Keiko: No defiendas tanto el sistema económico de tu padre. Hay que hacerle mejoras.

Publicada el 30 de mayo de 2021

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