Moral y luces. ¿Pero quién lo dice?

Written By: Hugo Neira - Sep• 06•21

«No hay buena fe en América, ni entre las naciones; los tratados son papeles,                                                      

las Constituciones libros, las elecciones combates, la libertad anarquía,

 y la vida un tormento»

—Quien podía ser sino Simón Bolívar

A veces, cuando vas a decir algo sobre la actualidad, el otro lado del cerebro, eso que Freud descubre y llamaba el inconsciente, te dice que vives en un país más bien inmóvil. En efecto, alguna vez me ocupé del tema si el pasado era el pasado. Y esta fue mi respuesta: «A todos los problemas políticos actuales es posible resumirlos en una sola pregunta: ¿Ha sido útil la República? Subdesarrollo, analfabetismo, dependencia económica. Bajos niveles de vida (…), ausencia de un gran ideal nacionalista. Exilio o frustración de la elite intelectual refugiada en las utopías sociales. Preponderancia de lo regional sobre lo nacional. Crisis de la clase dirigente, crisis de la derecha peruana. Desarraigo espiritual colectivo evitando las tradiciones, en busca de cosmopolitismo vacuo. Esto y mas es el resultado del balance de mas de siglo y medio de vida republicana». (Ese fragmento de un artículo mío es del viernes 07 de noviembre de 1962 y en el diario Expreso.)

Que el amable lector no se detenga en mi longevidad y el cuidado de guardar mis artículos sino en la cuestión decisiva. Le propongo que medite libremente. ¿Hemos cambiado mucho? ¿Encontramos la vía de progreso y de coherencia de nuestra sociedad?  Le propongo meditar libremente sobre esas interrogaciones.

Seamos realistas y sinceros, seguimos en lo que se llamaba el ‘Tercer Mundo’. El concepto se usaba por los ochenta, ya no, pero fuera como fuese el concepto adecuado, no somos un país potente. Antes de la pandemia, había gente peruana que creía que podíamos ser parte de la OCDE. Con el Covid-19 nos despertamos de esas ilusiones. Éramos más precarios de lo que pensábamos. Pero la cuestión es compleja. Por una parte el país se ha modificado. Por la otra, no ha dado el gran salto al desarrollo.

En lo primero, hemos pasado de ser 10’420’357 en 1961 a unos 28 millones en el 2007, y seguimos creciendo en población (32 millones hoy). Estos datos son precisos y provienen de una fuente que suelo consultar. (Compendio Estadístico PERÚ 2016, del INEI, dos tomos). Otro dato positivo, la población en situación de pobreza monetaria pasa del 49% en el año 2006 al 22,7% en 2014 (INEI, tomo 1, p. 735). Es un cambio, acaso muy lento. La pobreza extrema ha seguido disminuyendo, y en realidad, el tan discutido sistema económico de esos primeros años del siglo XXI no es lo que se dice en contra del sistema de libre mercado. En realidad, las cosas no iban tan mal, pero la pandemia detuvo ese proceso de crecimiento. La gente lo sabe, y quiere volver al año 2019.

Ahora bien, es cierto que el crecimiento de los años 2001 a 2019 benefició a unas regiones más que a otras, dejando brechas enormes. De alguna manera, en Ayacucho, Cajamarca, Huancavelica —entre otras—, la segunda vuelta en las últimas elecciones fue una señal muy clara en contra de la costa y Lima. Las causas. ¿Un país con dinámicas distintas, o el descuido de las zonas y clases sociales? En otras palabras, hay un Perú más moderno que el otro Perú. Como sabemos, de la energía eléctrica y el agua gozan plenamente los peruanos en la modernidad, pero no en otras zonas y regiones. Algo parecido ocurre con los empleos, se producen nuevas infraestructuras de trabajo, lo cual provoca las emigraciones internas. Y de ese modo el Perú es hoy un país de ciudades. Somos un país urbano. Y además costeño. Por primera vez en la milenaria vida, las grandes cuencas de la zona de la sierra —Puno, Arequipa, Huancayo y Cajamarca— no son el lugar de mayor población sino la costa, acaso por sus llanos y no las montañas andinas. País vuelto urbano y costero. País de ciudades. Es un cambio enorme, con diversas consecuencias.

Sea como sea, el Perú actual es un mundo de necesidades distintas. Es el mundo que tenemos que enfrentar, porque somos un país heterogéneo, acaso más que otros países latinoamericanos. Ahora bien, las grandes modernizaciones que esperábamos en los 20 años de crecimiento son, hasta el momento, desiguales. Para atender un país tan fragmentado, a primera vista necesitaríamos una malla, una trama, eso que se llama infraestructura de movilidad, o sea, ferrocariles, aeropuertos locales, no solo carreteras sino autopistas. Acaso la población rural es la más interesada sobre eso que significaría su ingreso total a la vida moderna, tanto para la necesidad del viaje como para trasladar los productos peruanos. Que, como se sabe, pueden exportarse para beneficio de una capa social, la rural, que en estos momentos políticamente proviene del mundo campesino. Lo cual es algo al revés de la sociedad peruana que, en su mayoría aplastante, es urbana.

En los cambios que ha habido, no todo es progreso. Sobre todo en el terreno de los modos de producción, base de la sociedad. Ese concepto viene de Karl Marx, sí, del filósofo y luego economista, el autor de Das Capital. (Por un tiempo el que escribe, insisto, fue de joven comunista, actitud que tomé en San Marcos del Perú pero luego, estudiando por segunda vez, en París, Ciencias Políticas, y luego de mis siete años con el gobierno militar y revolucionario de Velasco, a mi vuelta de Europa, encontré otro mundo, éramos testigos del ocaso de la Rusia soviética y de la poca importancia a fines del siglo XX del marxismo. Desde entonces razono de otra manera. Las sociedades han cambiado. Las ciencias sociales también).

Hoy la lógica del sociólogo es ver lo real, y no las ideologías. Y tocando el tema de las metamorfosis de nuestra sociedad, podemos decir con toda la fuerza del conocimiento de lo real que la sociedad peruana ha tenido por lo menos dos modificaciones, tan enormes, que no hay más remedio que llamarlas tomando un término de la geología, las «placas tectónicas». El primero es la migración de la población peruana del campo a la ciudad, de la sierra a la costa, de la aldea a la ciudad provinciana y de ahí a Lima. Todos conocemos la aparición de excampesinos en la vida limeña, la aparición de los comerciantes callejeros, luego los mercadillos, luego todo un mundo de trabajadores que hasta ahora existen, los informales. Y son tres veces más numerosos que los empleos formales. Pues bien, eso no fue una solución surgida de algún partido. Ni de ningún gobierno. En cambio, desde la mitad del siglo XX, lo sabemos, a medida que las barriadas que rodean a la capital iban construyendo sus propias casas, también se hacían ciudadanos, es decir, aprendieron a leer y escribir. Y los gobiernos apoyaron a ese movimiento social espontáneo por la simple razón de que era una nueva clientela electoral. Tanto regímenes militares como civiles. El segundo caso de «placas tectónicas» fue en los años sesenta, los movimientos de tomas de tierra de las haciendas en el sur del país. Sobre ese cambio, se habla de la reforma agraria. Pero se olvida —somos el país de los olvidos— que todo arranca a partir de una Federación Campesina en el Cusco, que organiza una serie de organizaciones que se llamaron sindicatos, unos 1800 por todo el sur, y que llaman a la toma de las haciendas —sin armas y sin sangre— recuperación. Es sabido pero lo olvidamos que desde el siglo XIX, el periodo republicano fue el más desastroso para los indígenas peruanos. Basadre lo dijo, el sólido grupo plutocrático nacional «se apropia de la región serrana», es «un pequeño número de antiguos y nuevos propietarios de tierras, que antes pertenecieron a las comunidades indígenas, al Estado, a la Iglesia, a las municipalidades y a las benificencias». Esto está en Sultanismo…, página 13.

El Perú no indígena, durante un largo siglo hasta la mitad del siglo XX, toma esa situacion como algo natural. Por eso, las invasiones campesinas para recuperar sus tierras sin violencia sorprendieron al país. Al comienzo pensaron que eran guerrillas. Habían comenzado en la Convención, al lado del Cusco. En ese momento aparece Hugo Blanco. Luego, bajo el control de los militares (1962) se acaba la experiencia de los arrendires de ese lugar semi selvático. Pero, en las zonas altas de la sierra sur, las comunidades se interesan por esa toma de tierras fundada en la huelga de la mano de obra ante los hacendados. Fue la Federación Campesina, dirigida por Saturnino Huillca, que siembra la misma semilla de organización y acabar con el sistema de trueque de trabajo de los campesinos (el pongaje) a cambio de un lote de tierra (prestada) con el cual alimentaban a su familia. Ahora bien, el movimiento se detuvo cuando tomaron presos cerca de 500 dirigentes, todos ellos gente del lugar, en una cárcel muy especial, El Sepa, porque no tenía murallas sino la selva misma, a la cual no se podía entrar y menos salir sino con helipcótero.

Cierto, en 1969, la ley de Reforma Agraria. Pero tanto Velasco como los coroneles que le seguían comprendieron que ese movimiento espontáneo podía crecer de Puno a Cajamarca. ¿Y eran ellos los que iban a enfrentar a dos millones de campesinos sin tierras?!

Por mi parte, nada de lo que estoy describiendo le quita un valor histórico, político y revolucionario a Velasco Alvarado. Pero es evidente que sin las tomas de tierras pacíficas, no hubieran tomado las Fuerzas Armadas un paso excepcional, la desaparición del gamonal, el patrón precapitalista. El fin de la servidumbre de una capa social. Sobre estos hechos hay libros-testimonios, no son novelas. Recomiendo Urin Parcco y Hanan Parcco, de Mercedes Crisóstomo Meza (editado por la PUCP).

Sin embargo, por otra razón he recordado el origen de esa modificación. Las otras explosiones que he visto en mi vida han sido «emergencias inesperadas». Por ejemplo, en Francia, en París, una revuelta producida en la capa de los universitarios franceses (en esa época, hijos de la burguesía) y que se llama Mayo del 68. El lector me dirá ¿qué tienen que ver los indígenas campesinos del sur del Perú en los sesenta, y los muy diferentes estudiantes parisinos? Pues sí hay una semejanza, algo similar, no provienen de un partido. Y en el caso peruano, el Estado siguió a la iniciada revuelta pacífica de los campesinos sureños. Pero me atrevo a decir que los parecidos son sobrepasados por los hechos inesperados en la vida real. Estuve en Polonia, cuando el movimiento sindical Solidarnosc dirigido por Lech Walesa, un obrero electricista, en setiembre de 1980, se rebela contra el hecho que el poder comunista les ponía los representantes de los trabajadores, y éstos solo querían elegir a sus propios dirigentes. Parece nada, pero era el inicio de la separación de los obreros y el sistema soviético. Fue, una vez más, un fenómeno sin partido. Eso a pocos años de la perestroika de Gorbatchev en el Moscú de 1985. Hay otros casos, Berlín en 1989. Una muchedumbre de ciudadanos alemanes en la noche del 9 de noviembre rompen y derrumban con sus propias manos el muro de Berlín. Y con ese derrumbe, el siglo XX comunista. 

Y entonces cabe decir que no se tiene cómo llamar a estos estallidos sociales. Sin embargo, encontramos un concepto. Los llamé las «realidades autárquicas». Fue en el 2006, para el número 100 de Socialismo y Participación, la estupenda revista que ha desaparecido, tanto como Quehacer y otras, mostrando un repliegue en el campo intelectual peruano.

Llamé realidades autárquicas a los que son actores diversos, aunque hay sujetos sociales planteados por Michael Hardt y el italiano Antonio Negri a los que él llama «multitud», o más bien, «revolucionarios sin revolución». Y si son las víctimas de la globalización imperial los que se organizan de otra manera en los días del post leninismo. ¿Y si se avecinan nuevas formas de radicalismos —¿por qué no democráticos?— que sobrepasan la lógica misma de la representación delegativa? El caso del estallido en Chile es evidente. ¿Y si la manera misma de hacer política ha cambiado? ¿Y si el viejo topo de la historia ha vuelto a cavar, pero de otra manera?

El tema es grave. Alguien ha dicho que en el Perú hierven «muchas organizaciones autónomas» y que no esperarán a ningún tipo de ideología conocida. El tema es enorme. Ni lo entienden aquí en las ciencias sociales y tampoco en la política. Muchos traen la sopa del pasado y repeticiones de ideologías que caminan para ser gobiernos de pocos para gobernar a muchos. No va a ser así. Demasiado sencillo para este siglo de la variedad de actores y la heterogeneidad tanto de los problemas como de las soluciones. Época de la pluralidad, difícil para los del «pensamiento único». Tienen que olvidar las ideas del siglo XX. Estamos en otro siglo. Mucho más complejo, con gente y masas que han estudiado y que no quieren repetir los errores del pasado.   

Publicado en El Montonero., 6 de setiembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/moral-y-luces-pero-quien-lo-dice

Perú, la puerta giratoria

Written By: Hugo Neira - Ago• 30•21

En junio del 2014, comencé a escribir estas crónicas. Pero el tiempo del reloj y su cronometría no coincide con la cronología que según la academia, «es la ciencia que tiene por objeto determinar las fechas de los sucesos históricos» (Diccionario, Julio Casares). Eso será para otros países y naciones, no el nuestro. Sería fácil decir que retrocedemos, pero no es cierto, el pueblo aprende más que antes. Pero tampoco vemos que progresamos. Qué situación es la nuestra, ni para atrás ni para adelante. Estamos en una espiral, de ahí la metáfora de lo helicoidal. Por eso, al amable lector le he compilado otros momentos en que creí que resumía la realidad, pero en la farándula de nuestra vida pública, nada se va del todo. Todo da vuelta, activos que creemos que son cadáveres. Una suerte de carnaval en el que danza la muerte y la fiesta. Y es por eso que al terminar de mostrar mis artículos anteriores, acudo no a politólogo o alguna disciplina racional sino al tema de la cultura, en alguien que se nos fue, Julio Hevia, que jugando y conociendo nuestra jerga, sabía cómo somos los peruanos, la inestabilidad como regla de vida. Aquí van, pues, párrafos de mis artículos, principalmente de este diario, El Montonero.

Este es el primero:

«Las urnas recogen votos que expresan repugnancias y esperanzas, sospechas y convicciones. Todo eso es cierto, pero no puedo tratar ambos temas —razón y pasión— en una sola crónica. Solo digo, cuidado, pasión es una cosa, pasarse es otra. Quien gane, Keiko o PPK, va a necesitar del otro. Los años que vienen van a ser duros. Que la campaña no los enemiste al punto que no puedan establecer más tarde alianzas, sin duda puntuales, en nombre del interés público y la gobernabilidad. La política no debe dividir a los peruanos. Tampoco fusionarlos, no es gastronomía. «La política es el arte de las separaciones» (Pierre Manent). Mayorías, minorías, etc. Por mi parte, no me muevo en una lógica de partido o de ideología. Sino en lo que el país necesita. Resulta paradójico: urge a la vez debate y paz social. En las grandes sociedades modernas, van juntas. A ver si aprendemos a vivir esa conflictividad que se llama la libertad y la democracia, en desacuerdo pero sin agravios personales.» (De  la política y de odios. Una medicina: P4R-P4D, El Montonero., 13 de mayo de 2016)

Calma chicha y presagios de tormenta                                                    

«El presidente electo no se ha puesto todavía la banda. Ni se han instalado los legisladores. La calma chicha es un término marinero. Cuando las naves necesitaban de vientos. Los marinos entonces aprovechaban para revisar la nave, los garfios, los cabestrantes. Sobre todo el casco, parte principal de la embarcación. Por lo demás, no me sorprendió el hecho que Keiko no ganara la presidencia. Véase la sumilla de mi artículo en  El Comercio un 1° de mayo (“Vamos a los hechos. Keiko tiene bancada, pueblo y partido. Y precisamente por todo eso, puede perder. Así somos”), mucho antes que los resultados de la segunda vuelta. La suma de fuerzas nuevas, en vez de afianzarla, ayudó a que el entorno de PPK volteara la campaña. Así son las cosas en nuestro país. Se gana Palacio con rumores. Ahora nos toca saber qué es lo que sigue. Somos un país de régimen presidencialista. Y la política son decisiones. Y es perfectamente legítimo que las cartas de la baraja del poder no se bajen hasta su hora cumplida.» (El Comercio, 9 de julio del 2016)

Hacer política en un país de negociantes           

«En Lima se recibe a los presidentes con ramos y se les despide con vía crucis. Y entonces me pongo a pensar y me pregunto si los políticos tienen que tener ego o no para la locura de hacer política en el Perú. O sea, mover voluntades e inercias mil. Lo tuvo Nicolás de Piérola. Al ego del «Califa», cuando tomó Lima con sus montoneras, y al sistema que montó, debemos el periodo de progreso material más prolongado del Perú, o sea 1895-1930. Con estabilidad que ya quisiéramos hoy. En nuestro siglo XX, los pocos grandes políticos obraron gracias a un ego gigantesco.»  (El Montonero., 06 de junio de 2016)

Del presente impreciso                                                

«La vida peruana oscila entre dos polos, la politización extrema y la indiferencia. Ninguno de los dos es saludable. Lo primero es el placer narcisista de las elites políticas, la política como una actividad para unos cuantos, tanto para los revolucionarios como los liberales partidarios del mercado que nunca faltaron. Pero los primeros acaban con presidentes Gonzalo en prisión, y en cuanto a las corrientes políticas legales de nuestros días, sin duda que llegan a contar con mayorías en el Congreso, pero lo cierto es que se pueden esfumar. Miremos nuestra historia. Y para decirlo en peruano y en lenguaje popular, cuidado con creérselas. […]

Aquí en Perú está pasando algo terrible. En el pueblo, no quieren partidos. Los usan, que es otra cosa. Eso es lo que sienten los gobernados. En cuanto a los gobernantes, no les gusta el Estado. Son utópicos del todo mercado. Se sabe los enfrentamientos entre facciones de la tecnocracia limeña. Y sin embargo, esta es una democracia. O pretende serlo. Octavio Paz, sin embargo, sostuvo que en la democracia no hay absolutos “… ni un proyecto sobre el futuro: es un método de convivencia civilizada, no se propone  cambiarnos ni llevarnos a ninguna parte, pide que cada uno sea capaz de convivir con su vecino, que la minoría acepte la voluntad de la mayoría, que la mayoría respete a la minoría, y que todos preserven y defiendan los derechos de los individuos». No creo que estos principios elementales se están cumpliendo en mi país, donde los elegidos, de Presidente a congresista, se insultan. ¿Un favorcito que les hacen a los diarios, que no venden si no hay injurias? ¿Y cuando de más arriba venga, mejor? ¿Los diarios chicha? ¡Pero si todos nos hemos achorado!  (El Montonero., 29 de agosto de 2016)

¿Qué nos pasa ?

«En una tesis francesa se explica los regímenes hispanoamericanos de esta manera: «sufren de una recurrente inestabilidad, de la rápida rotación de los equipos en el poder, en todos los escalones, y en todas partes, por la falta de respeto a las reglas institucionales de sucesión, por la incoherencia o la desaparición de una vida parlamentaria regular por el recurso a la fuerza». Ahora bien, esa sinopsis está pensada para los inicios del siglo XIX. Y lo malo del asunto es que describe la actualidad. La invención política en Bolivia, Ecuador, Perú, es obra de Marie-Danielle Demélas (IFEA-IEP, 2003). La profesora describe un mundo poscolonial de parentelas, grandes familias y la importancia de los vínculos, «el destino de un político dependía de estrategias familiares». Reinaba «el arte del compromiso ». Dos siglos más tarde no somos muy distintos. (…)

El pattern de la desunión habita en la disputa entre San Martín y Bolívar. Y se establece como regla en el XIX con los caudillos. Salaverry, Gamarra, Santa Cruz, Castilla, Cáceres. La guerra de todos contra todos. Solo a fines del XIX, uno de ellos, Nicolás de Piérola, tras una alianza con los civilistas, gobierna en paz. No dura mucho. Leguía llega al poder para desterrar a los civilistas. En el Perú siempre hay alguien a quien conviene excluir. 

El siglo XX confirma el hábito inquisitorial de dividir el país en perseguidores y perseguidos. El aprismo y el antiaprismo son los actores de una interminable guerra civil que arranca en 1931 y acaba en 1956. Cuando el aprismo ya no es insurreccional no es preciso tocar las puertas de los cuarteles. Pero el velasquismo será la nueva dicotomía. Y en los 90, cuando pensábamos que esa matriz nefasta era cosa del pasado, el pattern de la división regresa. Primero lo encarna Sendero, ora a favor, ora en contra. «Los hondos y mortales desencuentros» de Iván Degregori. Luego Alberto Fujimori. Otra vez negro o blanco. (Perú, la nefasta matriz y el pasado presente, El Montonero., 11 de julio de 2016)

«¿Hay todavía pueblo en el Perú? O es la victoria de Saga Falabella y Ripley y la hegemonía del pollo a la brasa, y tras la movilidad social, ¿el que está un poco arriba cholea al que está más abajo?

En todo caso, los partidos políticos eluden cuidadosamente esa denominación. Nada como echarle un vistazo al ROP (Registro Oficial). El del Presidente electo es “Peruanos Por el Kambio”. ¿Pero quién se opondría al cambio? Nadie. Y lo de “Fuerza Popular” dice fuerza no dice pueblo. Otros llevan membretes elusivos, vagos, de lo más impreciso posible.  La “acción”, dice uno, y añade lo de “popular”, no es lo mismo. Lo es una vedette de Chollywood. Otro dice que es “humanista”, otro “popular y cristiano”, muy respetable pero no aparece el populus por ningún lado. Otros son como propósitos de enamorados, “Siempre Unidos”. Otro se dice “nacionalista” ¿pero quién no lo es? Hay hasta un “Frente Popular Agrícola”, o sea, los industriales no cuentan. Y lo de “Frente Amplio”, se nota que es amplísimo, cada semana expulsan a alguien. En general son ambiguos. Temen intimidar y prefieren la finta, pero su deliberada anfibología los delata. No quieren pueblo sino votantes.» (Pueblo. ¿Ha dicho usted pueblo? El Montonero., 12 de setiembre de 2016 )                                                            

2021. O realismo o colapso

«El proceso electoral ha puesto en escena varios rostros y nombres cargados de  sentidos y de votos. A saber, Verónika Mendoza, Alfredo Barnechea, Julio Guzmán. Son outsiders y agrego César Acuña, tirando a “chicha”. Son cuatro, y no es poco. Me preguntan ¿a quién van a respaldar? Dudo que tengan capacidad de endose. Creo en cambio que cuentan mucho. Van a seguir en la escena política, es su derecho. Pero ¿qué pasa de aquí al 2021?  2016-2021, quien gobierne, las tiene difíciles. Los años dorados de fuerte demanda externa han acabado. El ritmo de crecimiento de la economía mundial, según el FMI, el Banco Mundial, y otras fuentes, va a ser bajo. Y eso golpea al mundo y en particular a la América Latina. Llamaré a esto el factor A.  Hay un factor B, la situación interna. La conflictividad va a continuar, protesta social y los denominados socioambientales, más la persistencia de la pobreza. El retorno a la democracia, ya van 23 años, se ha hecho en un clima de crecimiento económico, por lo menos hasta que asume Humala. Pero sin merma del descontento. En cifras, subió el PBI y el per cápita, pero la mayoría de peruanos no lo percibe así. Las urnas han sancionado a dos expresidentes. Lo dice Carlos Parodi, Universidad del Pacífico, al no alcanzarse el bienestar, “los resultados en el campo económico son insuficientes” (Perú 1995-2012). Y encima se nos vienen años de vacas flacas¡!» ( El Comercio,  01 de mayo de 2016)

La tercera vuelta. Democracia, sociedad peticionaria y ñeque           

«Lo que voy a decir es políticamente incorrecto. Así se llama en Lima cuando se dice las cosas como son y no como nos gustaría que fueran. Tengo una discrepancia de fondo. La lid electoral pronto va a acabar pero seguirá la protesta social. Gane quien gane. La paradoja de la vida peruana, que explico en un libro que tarda en salir, consiste en que economía y sociedad marchan por caminos distintos, riesgosamente. Hay una demanda popular cada vez más irritada. Estuvo tras el voto por Humala y ahora tras el voto por Keiko. No es de izquierda. Pero es protesta. Mientras los índices de progreso macroeconómico son estables e incluso prósperos, se acrecienta la inestabilidad política. Es paradójico, pero es así. Para Perú, la estadística es clara. Disminuye ostensiblemente la pobreza, crece el ingreso per cápita, en 1980 unos US$ 890 a 4200 en el 2009. ¿Y qué ocurre? Bloqueos de mineras, frentes regionales. Bagua. Conga. Tía María. Crece la riqueza, crece el desorden. Cómo se nota que no hay Estado.

En los altos mandos de empresas internacionales no quieren ver que la prosperidad económica del Perú se acompaña de un feroz descontento. El  Establishment, en especial el que controla un poderoso sistema mediático, quiere ignorar ese aspecto de la realidad. Sin embargo hay bibliografía, por ejemplo Desco. Cada año lleva la cuenta de los conflictos. Van en aumento. Muchas cosas se han dicho sobre ese crecimiento que a la vez es malestar. «Los resultados obtenidos en el campo económico son insuficientes» (C. Parodi, economista de la Pacífico).

En las altas esferas del poder económico deberían preguntarse un par de cosas. Si el pueblo, para decirlo así, estuviera contento con «el modelo», entonces, ¿por qué los expresidentes, protagonistas del auge aunque no nos guste reconocerlo, casi no han tenido votantes? Me refiero a Toledo y García. Por favor, no juguemos. Hay un problema de fondo. Mi discrepancia proviene de un examen realista de la sociedad peruana. Cierto, el país de abajo ha cambiado. Es verdad de Perogrullo que aumenta el consumo y a la vez, malsanamente, una suerte de fiebre de oro que hace que cada peruano quiera ser rico a cómo dé lugar. El nuevo mal peruano es la pérdida generalizada de escrúpulos. Por eso Carlos Meléndez lo llama «el desarrollo achorado». Por mi parte observo esa capa de nuevos ricos, unos honestos, otros de súbito éxito. Los he llamado «lumpenburguesía». La diferencia hay que hacerla caso por caso para que justos no paguen por pecadores. Pero a cada político se le pegan como lapa operadores mafiosos, dejémonos de cuentos.»  (El Montonero., 23 de mayo de 2016)

¿Por qué Julio Hevia? El autor de ¡Habla Jugador!, nos trajoalgo más que un buen libro, el compendio para reírse de cualquier cosa, evitando la tragedia. (Eso para los griegos, entre nosotros, no hay sino comedia). Se nos fue, pero conocía tanto como 20 psicólogos o 30 antropólogos  esa cultura que llamaríamos criolla, en todo caso, distina a la andina, y que viene desde el otro mundo, a decirnos cómo somos. Difícilmente tomamos las cosas en serio. Luis A. Sánchez calificaba al Perú de «país adolescente». Pero maestro, eso era posible para el siglo XIX y acaso algo del XX. Pero hoy es un anciano, pero frívolo, incluso cuando nos vamos al abismo.

Hevia: «Nuestra cultura, todos los sabemos, no ha sabido otorgarle un lugar al largo plazo, en nuestro mundo ignoramos lo que significa la cultura del proyecto. En el Perú hasta para hacer un brindis hay que apurarse, sacudir el bazan, hacer correr al vasallo, verse con basadre y afanarse en la compulsión vacilante del vacilón. En Lima, por ejemplo, la mayoría sale de su domicilio cinco minutos después de la hora y luego putea hasta el infinito, evocándose en ese acto a las madres de los involucrados en la periferia, homenaje vertido e invertido por todos los hijos de la gran teta, por todos aquellos que siguen dependiendo de su mai. Las horas pico de nuestro tránsito vehicular coinciden y se nivelan milagrosamente con la rabia e indignación de todos los conductores, con el virus de su impotencia y el egometro de su intolerancia.»

«Ya sabemos que nuestra cultura es la del recurso y de su gemelo, el apurado ingenio de la víspera.»

Pues bien, amable lector, ¿cómo cree usted que acabe este vacilón?Ni siquiera estamos en un infierno, sino en un limbo.

Publicado en El Montonero., 30 de agosto de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/peru-la-puerta-giratoria

¿Adiós al Imperialismo?

Written By: Hugo Neira - Ago• 23•21

¿Por qué es tan discutido el retiro de las tropas norteamericanas en Afganistán?  ¿Es Trump y ahora el presidente Biden quienes confirman un decaimiento o tal vez un ocaso?  ¿Es el fin de la hiperpotencia pero resultaría riesgoso para el equilibrio planetario que no exista una potencia gendarme?

Es uno de los riesgos de la mundialización —aparte de las pandemias o una crisis bancaria como la 2008— lo que ocurra en cualquier momento. Años atrás, lo que llamamos hoy Afganistán se descompone porque desaparecen los imperios persa y mongol. Y los británicos pretenden colonizarlo pero son derrotados en 1839-1842 y 1878-1880. Lo vuelven un Estado «tampon» (tapón o colchón), cuando el territorio afgano es imperializado con los británicos y los rusos. Tiene desde entonces unas fronteras internacionales. Por una parte, se intenta una modernización. Por la otra, la construcción  de un Estado, y tienen un Rey, Amanulá, que se apoya en un fundamentalismo religioso.  Pasa el tiempo y en contexto de la Guerra Fría, Afganistán juega a estar con el Este y el Oeste, sin dejar de ser un país al 90% rural. Y crece su actividad militar que, al parecer, es la única forma de reprimir las revueltas tribales. A partir de los años 50, hay acuerdos con la URSS, y la infiltración de los soviéticos es evidente en las Fuerzas Armadas afganas. Sin embargo, en el siglo XX, nada de esto conmueve o preocupa a las grandes potencias. Y podemos preguntarnos por qué no interesaba lo que ocurría en Kabul. (Estos datos provienen del Dictionnaire historique et géopolitique du 20° siècle, de Serge Cordelier.)

Tuvieron una monarquía constitucional, pero el 27 de diciembre de 1979, en plena Guerra Fría, 100 mil guerreros soviéticos penetran en el territorio afgano. Por cierto, esa estrategia aumenta la tensión entre soviéticos y americanos. Y lo que ocurre es un gigantesco desastre de las tropas soviéticas. Algunos consideran el apoyo en armas que recibieron los guerreros afganos, y otros lo atribuyen a la movilización popular en Afganistán en nombre de un concepto religioso, el jihad. La «guerra santa». Por otra parte, hay especialistas que dijeron que la resistencia con guerrillas fue tan poderosa que se evaluaba en Moscú esa derrota, y la duda de la calidad de las fuerzas militares rusas. Es probable que eso retuvo, en los últimos días de la URSS, un intento de enfrentar a Europa y los Estados Unidos, con una invasión en el territorio de la OTAN. Y desde esos años el surgimiento de los talibanes, el apoyo de Pakistán, el terrorismo de Osama Bin Laden, los atentados a las embajadas norteamericanas, cinco millones de refugiados, y la ausencia de cuadros capaces de contener a los talibanes. En Rusia, era ya la era de Leonid Brejnev, y luego Mijaíl Gorbachov, que retiró sus tropas. Era ya la hora de la perestroika, la reestruturación de lo que fue la Rusia soviética. La cuestión es, aparte de la irresponsabilidad del juego de las potencias en un país asiático, por qué hoy nos inquieta. Y eso es porque en la era de la mundialización que es este siglo XXI, nada está lejos. La geopolítica actual es global. Por eso es que en estos días se preguntan cuál será la consecuencia de retirar las tropas americanas.

La otra cuestión es los Estados Unidos de este tiempo. Una revista internacional se atreve a dedicarle un número completo. El título de ese número, es «¿Qué nos queda de la potencia americana?». Y luego reúne no unas opiniones y escritos de los EEUU sino de diversos países. Por ejemplo: «Los tres temores de América. La campaña presidencial del 2016 revela el nuevo rostro de los Estados Unidos. Un país invadido por la angustia, la cólera y la sensación de un declive». El autor es cronista israelita, en el diario Haaretz, diario de Tel Aviv. No podemos, pues, decir que se trata de algún marxista o comunista. Lo que ha ocurrido en América cuando Trump, «su popularidad hace sudar frío a un judío». No es que sean nazis pero el pueblo judío tiene una experiencia en esas metamorfosis de la gente y la sociedad. El cronista dice: «Están cambiando, con una fuerza que puede ser la nueva mentalidad americana». Y recuerda que «la América blanca y cristiana está a punto de volverse minoritaria». Ya no es la actitud de Barack Obama. «Hay un resentimiento, una sombra horrible».

Pasemos a otro continente y sociedad. Un diario ruso. Un periodista en Moscú. «Los Estados Unidos no están en condición de manejar el mundo. Es el fin de un consenso que dictaba, después de los años sesenta, la política extranjera». Y eso de que eran «el líder del mundo» ya no es posible. Podríamos decir al cronista ruso que tampoco la Rusia actual es la gran potencia de los decenios de la Guerra Fría. Sin duda los Estados Unidos de estos años no son los de los días en que acaba la II Guerra Mundial, en 1945. En ese momento, tenian el 70% de la producción industrial (en la cual se cuenta la producción militar). En estos días se acumulan los errores de los presidentes en la Casa Blanca. Alguien dice: «Siria es el cementerio de la credibilidad americana». El crítico lo dice en el The Washington Post. Se le critica a Trump por su inacción¡! Por otra parte, en Washington señalan que las tensiones raciales que son parte de la ascención de Trump son «un golpe feroz al prestigio de los Estados Unidos». Eso vino cuando unos policías mataron a un negro que no había hecho nada de malo salvo tener la desgracia de ser black. La revista es Foreign Policy. Nadie firma, me parece más bien un editorial. ¿Y si miramos los Estados Unidos un poco más lejos?

Desde Pekín, desde la potencia china que está alcanzando a los Estados unidos en diversos indicadores económicos y comerciales, sobre esta situación inestable le decían a Trump: «Las reglas han cambiado, señor Trump». Y luego: «Los Estados Unidos no son de ningún lado el interlocutor de los países emergentes» (en el Huanqui Shibao o el Global Times de Pekín, tabloide bilingüe de dos millones de lectores). Sin embargo, tienen bien claro lo que todavía son los Estados Unidos. «América sigue siendo el más grande centro mundial de innovación tecnológica, y son igualmente el primer agente de cultura y objeto de consumo cultural de masas. El país continúa a ser el lugar más fuerte de la ideología occidental. Son su hard power tanto sus Fuerzas Armadas, conservando una posición inalcanzable, como su finanza y sus extraordinarias competencias en el dominio del Internet, lo cual contribuye a su supremacía».

Pero, en la mentalidad china (que conocí), en ese país el tiempo no tiene la misma prisa que en el mundo occidental. Y el mismo periodista añade: «Pero es necesario ver cómo el mundo está en proceso de cambio, las fuerzas dominantes tradicionales van a dispersarse. Y en particular en los países emergentes».

Las dudas de Trump y acaso del actual presidente es «América primero». Es una postura que parece sensata. Y de hecho, durante su gobierno, ha roto con diversos acuerdos de tipo internacional. Hay un gran deseo de replegarse. Pero mire usted lo que le dijeron a Trump desde el Wall Street Journal: «Si los Estados Unidos se aislaran realmente del mundo entero como lo desea una parte de la población —sobre todo los trabajadores—, las consecuencias serían terribles». Esto lo firma un especialista formado en Oxford, Richard N. Haas. Y como geopolítico, si eso ocurriera, sería un caos total.

Es curioso. Durante decenios hemos rechazado a fondo el imperialismo americano. Y ahora nos encontramos con la posibilidad del fin de una hiperpotencia y sus consecuencias. Algunos dicen que los Estados Unidos tienen una influencia en el equilibrio de las grandes potencias, pero hoy limitada. Un profesor de la universidad de Harvard, Stephen H. Walt, sostiene que los Estados Unidos «deben estar menos en la escena continental». Pero por mi parte recuerdo una conferencia que escuché en el Instituto de Ciencias Políticas, en la calle Saint-Guillaume de mi juventud, en París: toda potencia que se echa a las espaldas la marcha de lo geopolítico termina por empobrecerse. Y lo comprendí inmediatamente. ¿No se arruinó el Imperio español de los Habsburgo? ¿Y no lo asume Inglaterra en el siglo XIX hasta que deja ese rol, al finalizar la I Guerra Mundial? Y hoy, ¿USA se repliega?

China no se va a ocupar de esa carga. Entonces, ¿vamos a vivir en un mundo a la vez moderno por las comunicaciones pero primitivo, con centenares de naciones sin reglas universales? Tiempo entonces de la delincuencia transcontinental, mafias multinacionales. ¿Un nuevo orden mundial? Lo que se viene quizá sea lo que se llama el soft power. Influencias pero sin presiones, mientras el liderazgo americano se esfuma. ¿Vendrán otros? Alguien dice que lo que se puede federar no son las naciones unidas sino las ciudades urbanas.  Puede que sea así. Los cambios climáticos nos van a llevar a países con paraguas. Quizá yo no lo vea pero usted sí, amable lector. Las dudas que tengo me evitan no solo vaticinios sino profecías. Recuerdo que al final del siglo XX hubo pronósticos como cancha. Hoy, los tengo en un estante, y me echo a reír, por no llorar. Nada más resbaladizo que el qué vendrá.

Publicado en El Montonero., 23 de agosto de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/adios-al-imperialismo

¿Por qué ellos y nosotros no? Las Américas distintas

Written By: Hugo Neira - Ago• 17•21

Por culpa de un debate, aunque a distancia, el azar me enfrenta a una temática que envuelve a la América del Sur y América central, y México en cuanto no solo a la democracia sino cómo los EEUU prosperaron al punto de convertirse en la primera potencia después de la II Guerra Mundial. (Y dejamos de lado, por el momento, si siguen siendo los primeros o la China capitalista-comunista). Si buscamos una sobria explicación, la encontramos. La respuesta viene de sus historiadores, «los Estados Unidos es una nación singular». Es la idea de Allan Nevins y Henry Steele, en un libro que recomiendo —entre centenares de otros— que se titula Breve historia de los Estados Unidos, modestamente 718 páginas. Y ya sé que más de uno renunciará a leerlo, qué lástima que Internet les haya acostumbrado a perder el arte de la lectura. En fin, ¿quién no conoce que nace un pueblo estadounidense en una mañana de abril de 1607 cuando de tres naves inglesas anclando en Chesapeake desembarcaron los primeros colonos? ¿Pero cuál era lo «singular»? Es cierto que encontraron un vastísimo territorio y, dicen Nevins y Henry Steele, «su espíritu vigoroso, pioneros que sometieron a fuerza de trabajo y esfuerzo personal». Cierto, con el pasaje del tiempo, se reafirmaron en «una vida nacional con la individualidad de cada uno y el valor personal frente a cualquier intento de sujeción». Buena respuesta, pero incompleta.

Es cierto que la historia latinoamericana es inseparable de norteamericanos y europeos. Pero, «es radicalmente diferente» el nacimiento de uno del otro. He aquí el pensamiento de alguien que también es hijo de la América del Norte, pero no de los Estados Unidos, sino mexicano. Nada menos que Octavio Paz. Por lo que sigue, es conveniente para el  amable lector que se sepa que Octavio Paz conoció e hizo estudios en los Estados Unidos, al punto que cuando se convierte en poeta, conoce la gran poesía angloamericana. Pero no por eso se vuelve un mexicano americanizado. Perdón, señor lector o lectora. ¿El laberinto de la soledad? Es el libro ensayo que lo hizo famoso, tanto como sus poemas. Pues bien, en ese libro, en una de las entrevista que tuvo, confiesa que el punto fundamental de esa obra era cómo definir al mexicano. Es decir, el «laberinto de la soledad» es corrientes de interpretación de la psicología, los comportamientos de las máscaras en la vida corriente, la religión (todos los Santos y Días de Muertos) y a la vez, historia, de la Conquista, la Colonia, la Independencia y la Revolución, y sin embargo, el primer capítulo está dedicado «al pachuco», o sea el mexicano entre mexicano y norteamericano. Octavio Paz no continúa sin poner visible la gran revelación, «el descubrimiento de nosotros mismos».

¿Y a qué viene eso? Resulta que sabemos cómo es los Estados Unidos y, seamos sinceros, sobre la visión nuestra de los Estados Unidos, me atrevo a sugerir que tenemos tres respuestas. La primera, no nos interesa y salimos del tema puesto que es el imperialismo. La segunda, quisiera ser norteamericano. Y la tercera, acaso la más cuerda, el peruano se pregunta por qué en Norteamérica y no en Suramérica. La respuesta está en uno de los ensayos de Octavio Paz. El texto que llamamos a estas páginas se encuentra en el tomo I de las Obras Completas de Octavio Paz, página 109, titulado «Ideas y costumbres. La letra y el cetro», 1993.

«El nacimiento de los Estados Unidos es un hecho histórico de significación opuesta al nacimiento de la América Latina. Los Estados Unidos nacieron con la modernidad: la Reforma, el individualismo, la Enciclopedia, la democracia, el capitalismo.» Y ahora Octavio Paz, a grandes brochazos, nos dice qué éramos ya: «Nosotros nacimos con la Contrarreforma, el Estado absolutista, la teología neotomista, el arte barroco. Entre nosotros, las poblaciones autóctonas fueron siempre muy importantes y, con la excepción de Argentina, Uruguay, y Chile, lo siguen siendo. En cambio, en los Estados Unidos y en Canadá los nativos fueron exterminados o marginados. También la Independencia de las dos mitades del continente fue diferente. Los Estados Unidos comenzaron como pequeños núcleos de colonos unidos por vínculos religiosos; vivían en el noreste y más tarde se extendieron por todo el norte y el oeste del continente hasta convertirse en un gran país.»

«El nacimiento de los países de América Latina fue ante todo la consecuencia de la decadencia de España y de la disgregación de su imperio. El movimiento histórico de los Estados Unidos no sólo unificó a muchas regiones y territorios sino a distintas comunidades y culturas. En cambio nuestra Independencia fue el comienzo de la dispersión

«El caudillismo fue determinante en la automización política de América Latina. Nació en las guerras de Independencia y prosperó en las guerras civiles del siglo XIX. Su influencia fue catastrófica en América Central en la cuenca del Caribe. En la primera de estas regiones aparecieron cinco países y después uno más que no son viables económica y políticamente ni tienen una verdadera identidad nacional. Son seis países que no debieran ser sino uno solo.»

¿Cuál es la idea principal? Partos históricos distintos. El azar de la historia, una vez más.

El texto de Octavio Paz es más largo que las citas anteriores. Sin embargo, le preguntan por qué continuó la multiplicación de Estados en la América Central. Respuesta: «Los nuevos Estados eran muy débiles, casi fantasmales, mientras que los ejércitos poseían una estructura más sólida. Los militares no tardaron en tomar el poder. Otros factores negativos: la ausencia de tradiciones democráticas y de un pensamiento crítico así como el peso de las oligarquías, que eran y son extremadamente poderosas y antidemocráticas. No hay que olvidar, asimismo, la influencia particularmente funesta del imperialismo norteamericano.»

Por otra parte, no puedo dejar de pensar que para los latinoamericanos que quieren continuar sus estudios superiores, después de la formación nacional o local, es corriente,  es normal, unos años más en los Estados Unidos, o bien en Europa. ¿Pero cuál de ellos? Algunos, que son pocos, pasan por ambas formaciones educativas. Pero si es una sola es difícil elegir uno de ellos. Me ha pasado a mí mismo. En un momento de mi juventud, me invitaron a que fuera a los Estados Unidos para que observara cómo eran unas elecciones estadounidenses de las primarias en los partidos políticos, hasta el último tramo. Estaba en Lima y la Embajada eligió un joven por partido político, y yo fui como joven comunista. Lo era (qué vida la mía…). Había otros que representaban el aprismo, o la juventud odríista, y así por el estilo. El caso es que me llama una universidad, no de las más famosas, pero una de ellas. Yo había tenido otra oportunidad. Había seguido como periodista los movimientos del Cuzco con campesinos que invadían las haciendas que les habían quitado terrenos gracias a los litigios que obviamente siempre ganaban los hacendados. Además de ocupar terrenos, no usaban fuerza alguna. Mis crónicas que se publicaron en el diario Expreso fueron luego reunidas y se editaron en Cuzco: tierra y muerte, 1964. En ese momento se discutía en el parlamento la reforma agraria. Tiempos de Belaunde. Me dieron un premio. Revelaba que no eran guerrilleros sino una forma de protesta general de los pongos, arrendires, por millares de siervos. Pues bien, un profesor francés, François Chevalier, pasaba en esos días por el Perú. Chevalier era profesor en la Sorbona, con rango tan alto que era lo que llamaban los franceses, «un mandarín». O sea, el patrón de una determinada temática. Chevalier había vivido muchos años en México, y cuando lo llaman en París, en la Fondation des Sciences Politiques, le piden dirigir un equipo de investigadores sobre la América Latina, con 3 de los mejores estudiantes que en Sciences Po. se habían formado. Chevalier aceptó, con una condición. La América Latina es tan compleja que podía escapar a las formas racionales y cartesianas de la mentalidad europea. Entonces, pedía 3 ó 4 sudamericanos para integrarse al equipo francés. Chevalier me consideró uno de esos latinoamericanos. Se llevó a un brasileño, un mexicano y el que esto escribe. Luego, pasó el tiempo. La burocracia europea. Cuando estaba en los Estados Unidos por poco me quedé. Sin embargo, a la que era entonces mi compañera en Lima, le rogué que si llegaba una carta de Chevalier, me la hicieran llegar a los Estados Unidos. Y así fue. Estaba en una estupenda universidad americana cuando llega la carta. Me la entregan, estaba en francés, me piden que la traduzca y me dicen: – Cómo ¿¡Sciences Po!? Y llaman a varios colegas y todos me dicen: «- Pero eso es como Harvard en USA. Váyase a París, y no se olvide de nosotros».

Cuando era ya un investigador con ingresos, y a la vez seguía cursos en Ciencias Políticas, nos reuníamos en un café, en Saint-Germain, Mario Vargas Llosa, yo y Julio Ramón Ribeyro. Tuvieron la buena voluntad de guiarme entre ese mundo francés en el que de pronto todo era tan distinto, y sobre todo, en el lugar en donde era tanto investigador como estudioso. Pero diré lo mejor de esos encuentros. Los novelistas conocen a los seres humanos tanto como un psicoanalista, acaso más. Una tarde, Mario y Julio Ramón, me hacen una pregunta evidentemente existencial:      

– Y entonces, ¿qué sientes que eres? Contesté algo así como:

– Estoy sintiéndome en casa. Y luego de un silencio, dije:

– Sigo siendo peruano, pero también latinoamericano.

Se echaron a reír, y me dicen:

– Eso también nos pasa a nosotros. A Cortázar, al argentino, que ya conocerás. Claro, la patria de donde venimos, pero algo más grande, ¿no?

Pues bien, con el tiempo, habiendo estudiado dos veces en París ­­—primero Ciencias Políticas, y luego de mi exilio, después de Velasco, Ciencias Sociales—, comprendí que en el sistema europeo, especialmente en Francia y en Alemania, la formación es multidisciplinaria. Estudié Sociología pero algo de Antropología, de Filosofía. Entiendo que el sistema norteamericano es más dado a profundizar una disciplina. No deja de ser valioso. Pero en la heterogeneidad está la clave europea, acaso con más estudios: el hombre y la sociedad son demasiado complejos para intentar comprenderlos con una sola herramienta intelectual. Y para terminar, mi actitud cosmopolita: cuando se estudia en los Estados Unidos es para los norteamericanos mismos.

Pero si se ha estudiado en Europa, el mundo está más cercano. Y no perdemos ni la patria ni la conciencia de que somos los americanos, pero los de México para abajo. Porque desde el Sur podemos entender el mundo. No menos que los europeos y los norteamericanos. Ortega y Gasset, gran filósofo español, decía que Europa era como una planicie, una llanura, pampa, desde donde se ve el mundo entero. A veces a los norteamericanos, los encuentro un tanto provincianos. Con razón Kant o Heidegger no fueron americanos. Y en fin, la peruanidad no se pierde en las Europas, ¿o acaso César Vallejo dejó de ser él mismo? Ni José Carlos Mariátegui ni Vargas Llosa, ni tantos escritores y artistas.  

Publicado en El Montonero., 16 de agosto de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/por-que-ellos-y-nosotros-no-las-americas-distintas

Crisis de representación y el fenómeno populista

Written By: Hugo Neira - Ago• 13•21

Introducción

     José Arico, argentino y gran conocedor de Marx y del marxismo, fue quien sostuvo que el fundador del marxismo no alcanzó a entender el caso histórico de la América Latina. Puede ser, pero no alcanzó a explicarnos los populismos de su tiempo, entre ellos, el peronismo. En efecto, se puede aplicar ese concepto a ese prolongado fenómeno social y político, diría casi una manera de hacer política en la Argentina, y que es el peronismo. Sería un error conceptual por una sencilla razón. Para que haya un bonapartismo es preciso contar con algo que tenía tras de sí el sobrino de Bonaparte. En 1848, Napoleón III contaba con una nación. La nación francesa. La que había producido la revolución de 1789. Y en el momento en que el Príncipe se hace dar una “presidencia vitalicia” contaba con la burguesía industrial y una inmensa capa rural de propietarios. En cambio, en América Latina, desde los años 30, los populismos y sus líderes (Perón, Getulio Vargas, MNR boliviano, aprismo peruano) llevan consigo en el vientre la posibilidad de una nación. Y se enfrentan a sociedades poscoloniales que no han hecho del todo su transición a la modernidad. No es lo mismo. Aquí los populistas no heredan un poder. Tienen que inventarlo. En sociedades que no tienen Estado sino gobierno. Además, en sociedades que no han tenido ni revolución industrial ni revolución social. De alguna manera compiten para reemplazar tanto a las elites liberales como a las elites socialistas.

Pero decir esto únicamente sería ocultar la complejidad del fenómeno. En efecto, su ambivalencia. Puede provocar sistemas de acelerado cambio social como nuevos tipos de autoritarismo. Confesaré, por mi parte, que creo que es un tema capital y extremadamente enredado. Las ciencias políticas inspiradas en sociedades avanzadas y capitalistas no nos ayudan a entenderlo. Lo ven como patología. Mientras a la vez avanzan en Europa los movimientos de xenofobia y ultraderechistas.

     El populismo es una realidad reciente. Y lo es en estos días, en Europa. Y el caso más llamativo, los “chalecos amarillos” y su violenta aparición en París y varias ciudades francesas. Pero no es el único caso. Hay emergencias que no sabemos cómo llamarlas y cómo situarlas. Esos fenómenos son un dolor de cabeza para los demócratas de izquierda o de derecha y también para los investigadores. No los podemos encontrar ni en Aristóteles, Tocqueville o en Marx, que no pudo entender al lumpenproletariado de su tiempo, menos estas oscilaciones del pueblo y de profetas y magos, reales o supuestos. Aparecen cuando las democracias liberales u autoritarias parecen agotar sus recursos. Tema del presente.

     ¿Son una patología o una corrección de democracias? ¿La resistencia de los pueblos a las elites o la carencia de estas? ¿Una crisis de instituciones o la tiranía de masas? ¿Por qué no falta en ellos el culto al Jefe? ¿Es un giro conservador, hacia una fase regresiva, siempre latente, la tentación de lo comunitario sobre el individuo? ¿Son la antipolítica? O como dice Laclau, ¿otra lógica social y un modo de construir lo político? ¿O son, como los he llamado hace años, un ‘cesarismo’ moderno?  ¿Y hacia dónde se orientan, hacia una democracia a la vez liberal y social, o hacia un nuevo tipo de totalitarismo? Y esta vez no en Europa sino en este continente que un poco excesivamente se llama Nuevo Mundo, cuando la carga de vicios y defectos lo hace un continente que, en política, es un desván de muebles abandonados.

Polisemia del término

     En la reflexión sobre el populismo es corriente inscribirlo en dos registros. Por un lado, y significativamente —dice Pierre-André Taguieff— populismo se usa en opiniones polémicas. Deriva populista, tentación populista, peligro popular. Es el registro negativo, además del desdén por el programa, las ideas e intelectuales y la posibilidad de confiar en un jefe carismático, arbitrario y autoritario. El segundo registro esta vez positivo, es que llaman al pueblo (aunque el concepto tenga muchos matices y novedades en el tiempo en que vivimos) y piensan en “las aspiraciones populares”. Es lo que más los distingue, según la academia. “Valorizan el pueblo y en contra de las políticas institucionales consideradas corruptas o podridas” (Dictionnaire de la science politique, Guy Hermet). Populismo y pueblo van juntos, al menos en la retórica y en las intenciones. En cambio, los liberales suelen enlazarse a los imperativos del  mercado, y los socialistas consagrarse a adquirir los poderes casi mágicos del Estado y el poder. El populismo o los populistas son siempre una irrupción. El tema tiene un carácter de urgencia. Es todo el sistema de legitimidad y las formas mismas de la representación tradición y legal las que quedan concernidas, si es que no puestas en cuestión.

     Desde que aparecieron —y no en la América Latina ni en la Europa de los años treinta sino en la Rusia del XIX— han sido víctimas del desdén. En esa cadena de desprecios fueron los Naródniki rusos los primeros, en ellos solo vieron los bolcheviques de Lenin un tipo de romanticismo agrarista. Craso error, estaba el pueblo ruso. Luego, el concepto da un salto astronómico y lo aplican a las políticas del New Deal en los Estados Unidos, aquellos que no estaban de acuerdo. Es un precedente, cada vez que se intenta una nueva versión de orden financiera, todo lo que no sea economía del costo/beneficio, es tachada de  incorrecta, es decir, de populista. En los años cincuenta, resultan populistas también los macartistas, luego Ross Perot. Y el general De Gaulle, una forma de explicar sus éxitos en las elecciones francesas. Pero igual a Franco, que nunca recurrió a las urnas, y al Ku Klux Klan. Y cuando destacaba un líder africano, por ejemplo el presidente Nyerere en Tanzania, también se le interpreta como populista. Se le había ocurrido a este mandatario desconfiar del sistema capitalista y lanzar una suerte de socialismo humanista, el ujamaa, que significa, en traducción aproximativa, darle importancia “a la educación, la salud, y recomponer las aldeas”. O sea, si ese programa hubiera sido el de un gobierno socialdemócrata sueco o noruego, habría pasado como “acción social”. Lo que sigue es predecible, su sucesor, Ali Hassan Mwinyi, acepta las condiciones del Fondo Monetario Internacional (Le dictionnaire historique et géopolitique du 20° siècle, 2000). En suma, si el populismo es arbitrario, también lo son quienes lo repudian. Al punto que a veces no cuenta tanto saber quién es populista sino su contrario. Laclau dice que populismo no es concepto peyorativo, no lo será para él, en los hechos lo es. Entonces, el análisis es forzosamente doble. Hay que preguntarse qué lleva a las masas a seguir un líder populista. Y su contrario, por qué se le repudia. La negación es tan reveladora como la adhesión. Dime qué tipo de antipopulista eres, y te diré quién eres.

     Sí, es peyorativo, habitan en él insultos, prenociones. ¿Es populista todo régimen que se resiste a los organismos internacionales? La premisa no funciona en el caso de Alberto Fujimori que arrancó la economía peruana del proteccionismo del Estado y privatiza empresas públicas, pero igual es etiquetado populista. Acaso por los manejos de clientelas que explica Yusuke Murakami en La democracia según C y D (2000). Entonces, no es un tipo de economía sino de retórica de gestos y parte de la seducción política. Populistas, entonces, Juan Domingo Perón, Haya de la Torre, no por azar, grandes oradores. Pero ¿siempre el líder populista es un gran orador? La etiqueta se aplica también a Getulio Vargas que no lo era por sus discursos sino por el tipo de Estado que establece en el Brasil. En ese caso cae en un tipo distinto de clasificación de “nacional-populistas”. Entonces, el rasgo principal no procede de una economía ni de un estilo político sino del tema de la construcción del Estado-nación en sociedades extraeuropeas. Pero en ninguna de estas categorías cabe Bernard Tapie, el hombre de negocios francés que incomodaba a la clase política, porque de alguna manera discutía el binomio derecha/izquierda de siempre. Tapie jugaba a parecer un tanto vulgar, era un coqueteo, pero funcionaba. Lo mismo le van a decir a Sarkozy y al italiano Berlusconi, dueño excesivo de medios de comunicación, “telepopulismo”. Obviamente a J-M. Le Pen y a Marine Le Pen. Porque tienen público. Entonces, se trata de populistas a los que pone en cuestión la tipología misma del sistema. A los rupturistas, a todo lo que no está en el juego clásico de una determinada clase dirigente. ¡A los outsiders!

     Un trabajo de Guy Hermet, profesor en Ciencias Políticas de París, publicado por Fayard, nos presenta un abanico desconcertante. Habría un antecedente, la revuelta de las “manos negras”, o el People’s Party de los modestos granjeros americanos por 1890. Y populistas lo encuentran a los liberales como Berlusconi, por su telepopulismo, y populistas de derecha en Hungría, Alemania. Y etnopopulistas en el caso boliviano. (Aunque Evo Morales lo equilibra con el clasismo del MAS.) Y nacional-populista, Velasco, Chávez, Correa y los Kirchner argentinos. Y por la izquierda los tribunos del pueblo, excomunistas en Europa central y en Rusia reciclados. El populismo de los europeos anti Europa, desde el austriaco Haider a Le Pen, padre e hija. Y de paso los populismos de la América Latina. Y los del Asia. Y los de los países árabes. Los populismos están en todas partes del mundo, pero con una variedad que da vértigo. ¿Qué son?

Geografía. Rusia, Estados Unidos, Italia, Alemania, Argentina

     Cuando aparece Solidarnosc en 1980, algunos analistas lo llamaron populista. No es casualidad. En la Europa del este ni rusos ni polacos habían olvidado un antecedente. El populismo ruso ligado a la cultura rusa en el XIX no ha sido olvidado ni el trato fatal que recibieron de los bolcheviques. El vocablo ruso es narodnicestvo, y es un derivado de narod, o sea, pueblo, los naroidas o amigos del pueblo. Su empleo y un tipo de militancia, según nuestras fuentes, comienza a generalizarse desde 1870. Incluso desde más lejos, está en Herzen, Bakounine, escritores y pensadores de la ‘intelligentzia’ rusa. Durante mucho tiempo no le hemos prestado mayor atención a ese movimiento que luchaba por la liberación de los “oprimidos”, tanto como los mencheviques, socialdemócratas y bolcheviques. La versión que hemos recibido, la versión soviética, es que era un movimiento que idealizaba el pueblo y la comunidad campesina, obscina en ruso. Franco Venturi, que ha estudiado esos intelectuales, ese pueblo y esa revolución, tenía una organización propia, Ziemla i vola, que estaba vestido, dice, “de ropas campesinas”. Pero los revolucionarios rusos radicalizan las diversas corrientes incluyendo los naroidas, y van a tomar el camino del modelo de los europeos, insurreccional. Los populistas serán los olvidados de la historia (Histoire du populisme au XIX siècle, 1972). Para nosotros, es llamativa la semejanza con los movimientos indigenistas e indianistas del mundo andino. Los olvidados populistas rusos no querían un “socialismo burgués”. Me parece escuchar, a lo lejos, el debate entre Mariátegui y Haya de la Torre.

     En la brevísima historia del populismo que esbozamos hay un segundo momento. En 1890 aparece el Partido del Pueblo en los Estados Unidos. “Un movimiento agrarista, pequeños empresarios, al parecer muy popular y que denunciaba los agravios que sufrían los granjeros en los estados del sur y del este” (Miller, Enciclopedia del pensamiento político). Miller aprovecha para señalar que el populismo, genéricamente, incluye una gama de fenómenos diferentes. En efecto, la siguiente encarnación es la Italia de los años veinte. Ciertamente, Benito Mussolini, se le suele olvidar. Socialista en sus orígenes, vuelto nacionalista durante la primera guerra mundial, de temperamento revolucionario, el caporal Mussolini combate hasta que cae herido, luego funda un diario que ya indica sus metas, Il Popolo d’Italia, y combate acerbamente a liberales como a socialistas por ‘defectistas’. Curioso, lo mismo, y sin conocerse, le está pasando a un excabo alemán llamado Adolfo Hitler. Salvo que este no ha sido ni por instante socialista y que su arribo al poder toma más tiempo. Mussolini es el amo de la Italia fascista desde 1922, cuando Hitler es un solemne desconocido. Primer Ministro desde la marcha a Roma, jefe carismático, rasgo que Hitler observa y que va a llevar hasta la exasperación. El fascismo italiano, es decir, con grupos de combate callejero “los unidos”, es un populismo al estado intacto, el culto a la acción directa y el gran desdén por teorías y programas, todo lo que necesitan es un enemigo claro y el guía casi divinizado. “Mussolini es el primer dirigente populista del siglo XX que utiliza de modo masiva la radio y el cine” (Encyclæpedia Universalis).

De los populismos latinoamericanos

     En otro lugar del mundo va a iniciarse un proyecto político de masas. En la Argentina. Un país de inmigrantes, italianos y españoles a un 85%. Un país que era uno de los más ricos de la tierra entre 1900 y 1945, pero en el cual el primer tema político, la integración de masas de trabajadores a la vida nacional, no había sido conseguido, pese a la adquisición de la nacionalidad argentina en 1912 para los migrantes, la escuela pública y el irigoyismo y unos cuantos socialistas. Juan Domingo Perón, militar de carrera, había conocido Italia fascista, seguido cursos de filosofía, y había visto la eficacia del Estado total y las entidades corporativas. Los buenos resultados de una economía antiliberal. No vamos a explicar lo que todos sabemos, el peronismo combina un destino personal, el de Perón, a un proceso gigantesco de integración de los sindicatos argentinos a una suerte de Welfare State, provocado por el voluntarismo de un líder, Perón, y su mujer Eva. El peronismo es una suerte de Labour Party, obreros de izquierda, dirigido por un admirador de Salazar, el tirano paternalista de Portugal, que gobernó muchos más años que Franco, y profundamente agrarista.

     No es casual, pues, que no fuera un argentino ni un investigador latinoamericano o americano que intentara entender el peronismo, sino un sociólogo italiano llamado Gino Germani. Conocía en carne propio el fascismo italiano, cuando joven se había opuesto y conoció la prisión, luego viaja a la Argentina donde termina sus estudios, y estaba en una situación ideal para aborrecer el fascismo por una parte, e intentar comprender su lógica, los mecanismos que articulan un Jefe y el pueblo obrero que lo sigue, por la otra. Germani será decisivo. “Es el primer campo interpretativo a finales de los cincuenta”, dice Patricia Funes en el 2014, “fundado en la teoría de la modernización y el estructural-funcionalismo”. Después de Germani se instala el concepto de movimientos nacionales-populares. Germani trabaja en asunto de Censos durante el gobierno de Perón, dirige el Instituto Torcuato Di Tella. Es el hombre adecuado para comprender, no para negar o aplaudir.

     La profesora mexicana Funes resume de este modo la idea del peronismo en Gino Germani. “Los populismos surgen cuando esa movilización encuentra cerradas las formas de integración y representación. Las masas no encuentran canales institucionales para su representación. Esas masas disponibles, heterónomas, que aun no cuentan con mecanismos autónomos de acción colectiva, son manipuladas por un líder carismático”. En la Argentina de los años treinta a los cuarenta, una masa de obreros necesitaba sus sindicatos que el sistema retardaba, y Perón, desde un cargo menor, secretario o ministro en Trabajo, los provee de legalidad sindical. Eran centenares de miles. Había encontrado Perón —dice el sociólogo Germani— “una masa en estado de disponibilidad”. La clase obrera argentina, que en los años de exilio le siguió siendo fiel. La otra cosa era el amor a la idea de nación. Perón es el primer dolor de cabeza del departamento de Estado americano antes que Castro. Por cierto que Perón usa un sistema de paternalismos y autoritarismos diversos, pero el sociólogo italiano capta ese elemento combinatorio de los populismos, carisma y líder.

     Ahora bien, Haya de la Torre, entre 1932 y 1945 y 1956, no tuvo la suerte de tener un Germani. Ningún gran historiador o filósofo (no había todavía los sociólogos) asumió esa tarea. Porras y Basadre, en situaciones diversas, fueron ministros por iniciativa del aprismo. Pero liberal el primero, y con inclinaciones al socialismo el segundo, no deslindaron entre ese partido de masas sui géneris y sus opositores, ferozmente conservadores. Falló la intelligentsia. Por su lado, políticamente, la respuesta seca y neta de comunistas y socialistas y liberales era de tratar el aprismo como una forma de fascismo peruano. Las persecuciones habían acrecentado la vigilancia en torno al compañero Jefe, y es cierto que había acaecido un culto personalista inquietante, saludos brazos al aire, gritos, “SEASAP”. ¿Cómo no creerlos fascistas? Hubo atentados y asesinatos a mansalva en los años treinta, a don Antonio Miró Quesada y a su esposa. Al general Sánchez Cerro. Y en los cuarenta, el crimen Graña, un administrador de un diario liberal, La Prensa.

     ¿Pero era eso todo el aprismo? Partido pluriclasista, siempre he dicho que tenía dos almas, una violenta y otra socialdemocrática. Esta se hubiera impuesto, pero no les dieron tiempo. Siempre he sostenido que el aprismo jerárquico (en la clandestinidad y para siempre) lo provocan sus rivales, tras las feroces persecuciones y miles de presos y deportados. Haya hizo una vida de proscrito en su propio país. Era un socialdemócrata cuando desembarca de Europa en 1931, pero también es verdad que venía de las experiencias de México y conocía en Honduras la de César Augusto Sandino, el guerrillero. Acaso oscilaba entre la sublevación a la mexicana y el progreso electoral en los países civilizados de Europa, el modelo nórdico, que aceptaban cambios graduales. No pudo lo primero, no le dejaron lo segundo. En mi criterio, sin ser aprista (nací muy tarde para eso, me hice en mi juventud comunista), ahí se abre el forado, el agujero negro del Perú. La imposibilidad hasta nuestros días de hacer reformas profundas, sin violencia. Germani, en cambio, había enseñado a distinguir los rasgos autócratas de un dirigente populista de los intereses genuinos de sus clientelas y del pueblo. La emoción estuvo del lado populista-aprista. Medio siglo. Pero no cambió al país.

Del populismo a los regímenes híbridos

     Un momento decisivo para los populismos fueron los años de los cuarenta a los sesenta. Antes de la revolución cubana. Entonces, para una revista científica europea, escribo lo siguiente: “El vocablo populista es corrientemente usado para designar ciertos partidos de masas aparecidos en el siglo XX en América Latina (getulismo en Brasil, peronismo en Argentina, apristas en el Perú, A. D. en Venezuela) que se rebelan irreductiblemente a los esquemas políticos clásicos. Las interpretaciones divergentes dadas de este término ilustran la complejidad del fenómeno populista” (“Populisme ou césarismes populistes?” Revue Française de Sciences Politiques, 1969). El texto ha sido repetidas veces traducido y publicado en España y en Perú.

     No había aparecido, por entonces, en la América Latina ni Chávez, Correa, Evo Morales o Lula, ni en Francia Le Pen, ni la primavera árabe en Túnez ni Podemos en España,  pero  la problemática del populismo era materia del libro de Lambert sobre la América Latina, y eran los años del americano Kantor sobre la ideología y el programa del movimiento aprista —sin convencer en Lima— y del francés Bourricaud en Poder y sociedad en el Perú contemporáneo. Desdeñado en nuestras universidades porque no era marxista. Poco importa presidente de la Sociedad Mundial de Sociología y autor de un reputado Diccionario. Eso, en Lima, son detalles secundarios.

     En cuanto a los populismos, el profesor Touchard —una cúspide de las ciencias políticas francesas— los había tocado como “nacionalismos”, lo que a mí me parecía insuficiente, y me interesaba por los trabajos de Gino Germani, cuya idea de “época de transición y sociedad de masas”  me parecían —y me parecen— pertinentes. Igualmente los estudios de Jaguaribe sobre el Brasil, de Francisco Weffort para el populismo brasileño y los de James Billington, sobre Mikhailovsky y el populismo ruso. Me llamaba la atención el caso de Gaitán, en Colombia, tan parecido a Haya de la Torre, salvo que en 1948 lo matan. Con Haya de la Torre lo hicieron mucho mejor: jugaron con él, retardaron la hora de las urnas, consiguieron candidatos que se le parecían, esperaron que pasara el mayor enemigo que tiene no solo la política sino el ser humano, Cronos, el tiempo, y al fin, cuando se dieron cuenta de que era la posibilidad de un gran estadista, la vejez, la enfermedad y la muerte tuvieron la última palabra. En el Perú se mata sin pistola.

     La presencia populista era mucho más ancha de lo que me parecía entonces. Estaba en el Partido Colorado de Uruguay. En el MNR boliviano, Movimiento Nacional Revolucionario, que hizo todo lo que los populismos querían hacer al llegar al poder, es decir, nacionalizar las minas, una reforma agraria y otorgarle una inmensa importancia a la Central Obrera Boliviana.

     Las razones por las cuales la academia demora en admitirlos tiene dos sencillas explicaciones. La primera es que la mayoría de los estudios sobre el aprismo, el peronismo y el chavismo, son de especialistas en campos nacionales, mexicanistas, peruanistas, etc. La visión comparativa ha llegado después. La segunda razón es que el propio actor, vale decir, el líder populista y su “comunidad emocional”  —para recurrir a uno de los conceptos de Max Weber— rechaza ferozmente cualquier otro lazo extraño a su cultura y nación.

     Los populismos latinoamericanos compuestos de partidos que accedían al poder mediante las urnas y que no eran ni liberales ni socialdemócratas ni de izquierda, los cesarismos populistas de Haya, Betancourt, Estenssoro, Velasco Ibarra, Perón, tienen una edad de oro, de 1945 a 1970. Fue una era de “izquierdas democráticas” como ellas mismas se tildaban, para tomar distancias de comunistas prosoviéticos o prochinos de ese momento. Pero de ahí en adelante, pasan un par de cosas, gigantescas y sorprendentes. Por una parte, surgen los movimientos insurreccionales, muchos de ellos urbanos, en Brasil, Uruguay, Argentina. Montoneros, tupamaros, y las guerrillas peruanas más bien rurales que Héctor Béjar, sobreviviente, explica. Y luego, con terroristas o sin ellos, la aparición de dictaduras militares de nuevo cuño. No solo el clásico golpe de Estado que, por lo general, daba lugar a nuevas elecciones. Sino Estados militares, organizados, aparatos de guerra y de gobierno, construidos para una larga y prolongada presencia en el Estado y en la sociedad. Fueron “una clase dirigente de sustitución” (A. Rouquié). Un  dirigismo autoritario y con cuadros militares que ningún país había conocido con anterioridad. Por lo general eran de extrema derecha, pero variados en políticas económicas, por el libre mercado los unos, por el intervencionismo estatal los otros. Ese no era el tema dominante. Sino gobernar.

     Las guerrillas de los años sesenta no representaban la violencia de la sociedad, por lo general no hallaron bases populares ni simpatías suficientes. Pero las dictaduras sí establecen la violencia sobre la sociedad. Alain Rouquié, que ha escrito sobre las “democracias restauradas”, no olvida decir lo que pasó anteriormente. «Se relevaron en Brasil, en 21 años, 300 asesinatos políticos, 125 ‘desaparecidos’, 1,843 casos de tortura. En Argentina, con una población cinco veces menor, una comisión oficial contabilizó, entre 1976 y 1983, 8,960 ‘desaparecidos’ en los campos de detención clandestinos de la dictadura. En Uruguay, en los años de plomo, centenares de miles de exiliados, 5 mil prisioneros políticos pero solamente 22 ‘desaparecidos”. En cuanto a Chile posterior al 11 de setiembre de 1973, 3,014 personas fueron ejecutadas por las fuerzas de represión y 27 mil fueron torturadas en las prisiones de la dictadura del general Pinochet.» Volvieron las democracias, ciertamente, pero como lo titula su libro, “A la sombra de las dictaduras” (2011).

     Los populismos de la última hora —Chávez, Correa, Evo— no necesitan decirse de izquierda ni encarnar la nación, se asientan en sí mismos y las izquierdas y los nacionalistas no tienen más remedio que seguirlos. Ha habido una fractura. En el pasado, cuando me ocupé de los “populismos más o menos pluriclasistas”, había examinado tres mecanismos que se fusionaban, clientelas y puestos de mando, articulación de intereses y los Césares populistas. Esta vez, es el César el que crea, desde arriba, clientelas y adhesiones. Chávez, por la dádiva y el clientelaje, crea un pueblo chavista que le debe todo a un modo de producción petrolero, que tiene límites reales. El primer populismo era de alguna manera clasista y el peronismo como el aprismo sobreviven a sus fundadores. Veremos si el chavismo sobrevive a Chávez. Y Bolivia sin Evo. Y el Ecuador sin Correa. No evita la reproducción acelerada de nuevos Césares. Han encontrado un sistema político al fin suficientemente híbrido. Un sistema de regímenes autoritarios que se hacen elegir por el pueblo.

Son regímenes híbridos los que proliferan y las formas de llamarlos. The semi-consolidated democracies (ONG Freedom House). Partial democracy (Epstein et. al., 2006). Defective democracies (W. Merkel and A. Croissant, 2004). Hybrid regime (Diamond, 2000), electoral democracy (Diamond, 1999). Illiberal democracy (Zakaria, 1997). Electoral authoritarianism (Schedler, 2006). Competitive authoritarianism (Levitsky and Waly, 2002). Semi-authoritarianism (Ottaway, 2003). La hibridez sería entonces la de un régimen autoritario que no tiene todos los requisitos del autoritarismo, por ejemplo, la ausencia de elecciones. Pero tampoco cumple con los requisitos mínimos de una democracia. Por lo demás, no hay que considerarlos como una fatalidad latinoamericana. La misma fuente indica que sobre 58 países en el mundo, un 30% corresponde a algún tipo de estos híbridos, los de sin ley, los de la democracia protegida y la iliberal (Leonardo Morlino, Democracias y democratizaciones, 2009).

     Sería sencillo terminar este ensayo acogiéndonos al concepto de neopopulismo. Lo va a usar Weyland en 1991 ante Fujimori, le atribuye un liderato directo. Pero como todos los usos de “neo”, nos dicen que algo es nuevo, pero no siempre en qué consiste. Hay varios puntos en que el populismo, vamos a decir antiguo, se diferencia de la segunda ola. El de los años 45 a los 70 se caracterizaba por el llamado al pueblo, la movilización general, el liderazgo de un guía y un partido, y un programa reformista, no revolucionario (Populismo según Knigth, según Charles D. Kenney). Un par de esas actitudes no aparecen en el gobierno de Alberto Fujimori, algunos sectores sociales fueron movilizados pero no todos, no fue un régimen a lo Chávez o a lo Perón, de grandes multitudes. Por eso, para ese primer Fujimori (1992-1995) prefieren el de “democracia delegativa”, unido a su personal autoritarismo. Es señal de una mutación —extremadamente grave— lo que señala Weyland en el neopopulismo, “dejan de lado el apoyo popular de los sectores sociales y la movilización popular”. Es más, “la composición social de base deja de ser decisiva”.

     No es la única distinción. Los primeros populistas se apoyaban en el demos contra las oligarquías. Weyland: “sin la distinción entre el demos y los oligarcas, el concepto de populismo pierde algo esencial de su significado”. El neopopulismo entonces, “le basta una conducción personalista, la coalición heterogénea concentrada en los sectores subalternos” (Roberts, 1995). La ideología se hace amorfa, y se exaltan los sectores subalternos y antielitistas. Por otra parte, en los neopopulismos —el nombre transitorio que le damos, hasta que su meta final sea más visible— hay una gran diferencia, que ha escapado a muchos observadores. Unos politizan al máximo las poblaciones. Y otros en realidad, desmovilizan. Fujimori por ejemplo. El caso arquetípico del entusiasmo y largos discursos va de Fidel Castro a Hugo Chávez. Pero en el Perú, hubo un largo experimento. La desmovilización general, el autoritarismo lacónico y silencio de Fujimori, la hora cero de la política, incluyendo los partidos que le habían llenado las urnas, Cambio 90, Perú 2000. ¿Neopopulismos calientes y fríos? O una gigantesca mutación del poder que todavía no hace sino mostrar sus primeras fases. Y una sucesión inquietante, manipuladores carismáticos y populares, militares con dictaduras científicas, neopopulismos calientes y fríos… no sabemos adónde vamos.

     Y entonces nos encontramos con regímenes que tienen unas características que no son tan novedosas, mejor dicho, lo son para la América Latina, siempre joven y dispuesta a examinar sus grandes problemas sin atinar a observar otros desarrollos históricos. Las líneas que nos preceden coinciden inquietantemente con la descripción siguiente: “los movimientos totalitarios apuntan a vencer si organizan a las masas, no a las clases. Eso era lo que hacían los viejos partidos con sus demandas e intereses en las naciones europeas y movilizando ciudadanos cuyas opiniones animaban el debate público, de preferencia en los países anglosajones”. Es Hannah Arendt describiendo la sociedad alemana hitlerista. Lo que movilizaban los nazis eran precisamente, dice Arendt, una inmensa mayoría de gente indiferente a la política, que jamás votaba ni estaba inscrita en algún partido, los fuera de la sociedad” (Los orígenes del totalitarismo, 1951). No estoy diciendo que un nazismo latinoamericano es inminente, pero conviene que se sepan estas analogías, sobre todo en los sectores altos de nuestras sociedades. Hay estudios. La presentación de profesor Charles D. Kenney en el coloquio de Xalapa fue concluyente: siempre tuvo Fujimori su mayor apoyo en las clases altas.

La comparación del populismo, en una de sus posibles variantes y que puede ir hasta el totalitarismo, es posible por una razón. Nada fue más complicado que el nazismo. No fue la historia de un dictador o la de la seducción de las masas por la oratoria o la propaganda, eso solo lo piensa quien no ha estudiado la mecánica de esa dominación. No es sencillo explicar el apego de los alemanes al régimen y al Führer hasta la derrota y la muerte. La cuestión de qué fue el nazismo sigue recibiendo interpretaciones: ¿un hitlerismo? ¿Un totalitarismo semejante al de Stalin? ¿Una dinámica revolucionaria que llega a la base social del pueblo alemán? Incluso se sostiene que Hitler interiormente relanzó una suerte de revolución social, con ánimo preventivo ante su gran rival, los comunistas alemanes. Ian Kershaw, profesor de historia contemporánea en Sheffield, Inglaterra, inglés, y para nada pronazi, admite que cada día hay más trabajos sobre Hitler, y que la complejidad de esa movilización de un pueblo dentro de un capitalismo que nunca se interrumpió, y todo el resto que conocemos, nos aleja de las simplificaciones al uso. Dicho de otra manera, y con perdón de la franqueza, lo que le ocurrió a la Alemania culta e industrial de los años treinta, le puede pasar a cualquier nación de la tierra.

Los rumbos posibles

     ¿Qué rumbo tomará el populismo, nuevo modelo? Son hoy regímenes con urnas. Y compiten con democracias cada vez más incompletas. Brasil, Perú. Ante regímenes con libertades, pero cada vez más delegativos. Algo grave ha ocurrido cuando Chávez establece la necesidad de la reelección presidencial. Y este temor de mi parte —no hay que confundir con miedo— es compartido. El profesor Rouquié considera que un futuro temible podía evitarse. “Sea como fuere, otras experiencias nacionales están presentes para convencernos que la América Latina no está condenada a elegir entre una integración social portadora de justicia a través de prácticas semiautoritarias y una democracia de mercado insensible a las necesidades y las aspiraciones de la mayoría.” (A la sombra de las dictaduras). Sin embargo, “insensibilidad” de las clases altas, ¿qué pasa? ¿Rouquié ha visitado Lima? Si conociera a nuestros financistas y a nuestros liberales, estaría mucho más alarmado.

Ahora bien, si se repara en dos términos, “justicia” y “prácticas semiautoritarias”, confrontadas en una encuesta, o en unas elecciones, cada vez más el número de ciudadanos, en Perú, que preferirían la justicia aunque con pérdida de libertades, sería numeroso. La victoria de un populismo de masas que busca, sin escrúpulo alguno, un líder duro. Y paradójicamente, que no sea de izquierda. El daño psicológico y en el imaginario colectivo provocado por las matanzas desatinadas de Sendero Luminoso ha quedado en la conciencia de la gente, sobre todos en los sectores populares, y tarda en disiparse.

     En estos veinte años de crecimiento económico —por cierto desigual, gigantescas brechas, pero crecimiento al fin de cuentas— la aprobación de la democracia en Perú era una de las más bajas de la región, un 12%. Paraguay y Haití estaban en 16,1%. La población encuestada también estaba entre los niveles más bajos de tolerancia. La inseguridad ciudadana, la corrupción, sobre todo en los funcionarios públicos, “muy generalizada”, 49,9% de la opinión,  y la poca confianza en la policía y en sistema judicial, el más bajo de la región, son patrones dominantes en la percepción de la política en la encuesta de USAID (Cultura política de la democracia en Perú y en las Américas, 2014). Este texto germinó en vísperas de las elecciones presidenciales y legislativas peruanas del 2016. Puede estar seguro el lector que el candidato que ose decir que hay que ocuparse, desde el Estado, del tema de la educación, la salud, la policía, los jueces, y de la corrupción, el que se atreva a plantear “políticas”, será tratado, inexorablemente, de populista.

     Entonces, dentro de algunos decenios, algunos se preguntarán cómo colapsó la democracia en ciertos países, y en particular en el Perú, tal como ahora la academia se interroga sobre el misterio de los años nazis. En política, sin embargo, no hay misterio alguno. Salvo lo raro que es el estadista. No nos falta un Lenin. Nos falta un Lincoln. Nunca he dejado de llamar, con preocupación, la actual república peruana con su verdadero nombre, la República de Weimar. Quien viva, verá. Los idus de marzo todavía no han pasado. (HN, 15-12-2018)

Bibliografía:

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Resumen:

Participé de la Cátedra O’Donnell en Quérétaro (2016) sobre las modalidades de democracia que aparecieron en las sociedades europeas y en Latinoamérica donde la democracia liberal (o tradicional) no alcanza a satisfacer a quienes desean un progreso socioeconómico, incluso mediante modalidades de un poder fuerte y personal que modifica las prácticas tradicionales de la vida política y del Estado de derecho. Preocupaba a O’Donnell “la ambivalencia y la indeterminación en diversos casos de participación ciudadana”. La convocatoria, por otra parte, permitió abordar “el bonapartismo, las democracias plebiscitarias, los cambios de modelo económico y el populismo”. Me pareció una agenda inteligente y necesaria. A la vez que inmensa. Consecuentemente, me detuve en una sola temática. La del populismo. Mostraremos que existe desde hace un buen tiempo. Y aparece espectacularmente cuando los sistemas políticos en vigencia no alcanzan a incorporar a la vida política, nuevas clases, sean acomodadas o más bien pobres.

Palabras claves: bonapartismo, democracias plebiscitarias, formas nuevas de democracia directa,  comunitarismo sin Estado.

Abstract:

In 2016, in Queretaro I was invited to participate at Cátedra O’Donnell regarding the different forms of democracy that have appeared in European societies but also in Latin America where liberal democracy fails to match the needs of people eager to achieve social and economic progress, even under a strong personal power form that changes traditional practices of political life and the rule of law. O’Donnell was worrying about «the ambivalence and undetermination in many cases of citizens’ participation». Furthermore, the meeting permitted to talk about «bonapartism, plebiscitary democracies, changes in the economic model and populism». It seemed to me a clever and necessary agenda but huge. So I focused on a single issue, populism. I’ll demostrate that they have existed for a long time and that they dramatically come back when political systems in force fail to incorporate to their political life new upper-class or lower-class citizens.

Key words: bonapartism, plebiscitary democracies, new forms of direct democracy, stateless communitarianism

Publicado en la revista digital del Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la USMP 

https://doi.org/10.24265/iggp.2017.v4n2.08