Feria del libro en Miraflores y la historia de un indio excepcional

Written By: Hugo Neira - Nov• 22•21

Como se sabe transcurre la Feria del Libro organizada por la Cámara Peruana del Libro, una feria del Bicentenario promovida por la Municipalidad de Miraflores, auspiciada por la Universidad Ricardo Palma y patrocinada por la Fundación BBVA, en el parque Kennedy de Miraflores. La FIL dura hasta el 1° de diciembre del 2021. Al pie de la Iglesia de la Virgen Milagrosa, por lo menos un centenar de expositores y estanterías atractivas para el público. Como se trataba de libros, se montaron dos auditorios para presentar de viva voz algunas obras que son novedades. Es así como el jueves 18 estuve en uno de ellos.

Una editorial nueva, Ediciones Achawata, se había ocupado de reeditar un libro mío titulado, en su primera edición, Huillca, habla un campesino peruano. La primera edición fue en Cuba, por la Casa de las Américas, y fue el resultado de un concurso planetario. Ganó mi libro que es la historia de un ser de carne y hueso, su biografía. Y como Cuba estaba vinculada a la Unión Soviética, la historia real de ese peruano fue traducida a siete lenguas, el ruso, el polaco, y otras más. Pero la historia real y su itinerario tienen que ver con las luchas campesinas de los años 60 en el Perú, que culminaron con la reforma agraria. Paradójicamente, en cualquier lugar del mundo se conoce a Huillca y en el Perú muy poco.

Huillca es un personaje real, encarna un tiempo y un giro histórico de la vida peruana. El concurso cubano situaba ese libro en un género especial, el testimonio. Por supuesto, cuando la editorial Achawata me propuso reeditarlo, acepté pleno de alegría. Mis paisanos peruanos podrían conocer ese texto que no es mío sino de Saturnino Huillca, y de hace 49 años. Algo fundamental: no se modificó ni una palabra del libro primero. Me pidieron en cambio que pusiera como entrada una descripción del viaje mío y de Huillca a La Habana para recibir el premio.

Me dieron unos dos mil dólares. Y yo se los di a Huillca. El gran hombre que era Saturnino me dijo:  -Pero eres tú el que lo ha escrito. Y yo le contesté: – No, Satuco, tú lo has hecho con tu boca, ante un micro. En realidad, es una larga entrevista al Secretario General de la Federación Campesina en el Cusco durante dos años de encuentros y grabaciones. Y eso es lo que expliqué la noche del jueves en el auditorio Chabuca Granda de la FIL, a viva boca. Les agradecí la presencia del público porque, con un micro en mano, diciendo solo la verdad, me parecía que volvía a ser el joven que fui en un mitin en San Marcos, muchos años atrás.

Les conté cómo había conocido a Huillca. Jorge Basadre —nuestro gran historiador del Perú republicano— también escribió sobre la importancia del azar en la historia. Lo que tomamos como el azar. ¿Cómo llegué a conocer a Huillca? Yo vivía en Lima y Huillca en el Cusco. Estaba, por mi parte, terminando mi formación en San Marcos en la ciencia de la historia, pero era periodista del diario Expreso. Yo no vengo de las grandes familias, tenía que trabajar para continuar mis estudios. Y ocurre que el diario Expreso decide tener jóvenes «progresistas», así se llamaba a los que éramos libres de los partidos pero con un espíritu crítico que nos acercaba a los grupos de izquierda. Era el diario de Mujica Gallo que quería ser ni La Prensa ni El Comercio. Hubo un llamado a concurso. Salí elegido entre otros, como Raúl Vargas.

Pero debo decir que tuvimos mucha suerte porque el director fue alguien muy especial. Era un hombre de la carrera diplomática, había vivido mucho tiempo en los Estados Unidos, con dos formaciones, filosofía y economía: Encinas, el hijo del gran Encinas que fue el gran amigo de José Carlos Mariátegui, y aquel que explicó al gran pensador que era Mariátegui el mundo andino. El otro lado del Perú. El amauta Mariátegui, por su enfermedad permanente, no pudo conocer físicamente ese Perú arriba de los tres mil metros sobre el nivel del mar. Yo guardo un gran agradecimiento a Mujica y a Encinas. Y en este caso, él fue quien me envió al Cusco. Estamos hablando en estas líneas del Perú de los años 60 del siglo pasado.

Del sur venía algo inesperado. Millares de campesinos tomaban las haciendas, las ocupaban, pero no las casonas sino las tierras. Es decir, no era los estallidos de violencia del pasado peruano ni los actos vandálicos que luego la Policía o las Fuerzas Armadas reprimían y por los cuales los campesinos perdían tierras y la vida. Algo muy inteligente había en esas «invasiones de tierras», como se decía entonces en Lima, y que los campesinos ellos llamaban «recuperaciones de tierras». El director de Expreso quería saber qué diablos pasaba en el Cusco (con efectos en Puno y Ayacucho). Por lo visto, no eran guerrillas. Eso no era Hugo Blanco —que ya estaba prisionero en Arequipa—, la zona en que estuvo era La Convención, el lado casi amázonico del Cusco. En ese lugar, había una agricultura de alto rendimiento gracias al trabajo de mejora de los «arrendires», campesinos que arrendaban tierras al hacendado a cambio de trabajo gratis para él.

Pero con las noticias que llegaban a Lima era imposible entender qué pasaba. Federaciones de campesinos, huelga de los «arrendires» ante los gamonales, sindicatos de campesinos como si fueran obreros de unas fábricas —una novedad—, todo eso llegaba a Lima justo cuando había democracia y se debatía en las cámaras una posibilidad de reformas en el mundo rural. En plena Guerra Fría. Muchos en la capital, como siempre lejos del país, no entendían qué ocurría, acaso una intervención de Cuba. Se necesitaba entonces que alguien estuviera en el terreno mismo de esa rebelión, sin balas pero sí con ojotas, que reclamaba lo que había perdido en los muchos litigios con los poderosos hacendados. Se necesitaba una suerte de corresponsal de guerra. Y entonces, el director de Expreso, en el círculo de jóvenes periodistas que él llamaba sus juniors y yo entre ellos, me pregunta (y lo recuerdo como si fuese ayer):

– Neira,  ¿es usted de Apurímac?

– Sí

– Y usted conoce el mundo rural.

– Algo, en vacaciones voy a las haciendas de mis tíos, los hermanos de mi madre, los Samanez.

– Y usted también ha sido alumno de José María Arguedas y monta a caballo.

Y entonces, me dijo: – Usted se va al Cuzco y se queda todo el tiempo que dure ese fenómeno y nos envía sus artículos. Y así fue.

Ya en el Cusco, busqué a mis amigos del Partido Comunista. Pero me dijeron, «no estamos en eso». Hay trotskistas, y me recomendaron que fuera directamente a la Federación de Campesinos. Y entonces conocí a Huillca.

Entre los líderes de ese enorme movimiento, había algunos que habían hecho el servicio militar. Algunos sabían leer y comenzaron a hojear el diario que llegaba de Lima y en el cual veían lo que yo contaba. Era a favor de ellos. Y me nombraron «compañero cuna», es decir un amigo, un socio. Me volví el único periodista que acompañaba las marchas de los campesinos sublevados, pues echaban a los otros periodistas. Y por otra parte, conocía a algunos de esos líderes que, habiendo tenido una formación militar, engañaban a soldados y policías. Hacían correr el rumor de que tal o cual hacienda iba a ser tomada, cuando en realidad tomaban otra, a mucha distancia. La policía no podía llegar a tiempo para impedir la invasión de la hacienda que los rebeldes había decidido. Cuando todas estas estrategias se supieron en Lima, por mis crónicas, se vino abajo el mito que los indios no podían ser astutos y lucir inteligencia.

Porque este fenómeno de indios organizados por ellos mismos y entre ellos, Huillca, ha sido callado por el Perú de los no indios. Ese silencio y el no conocimiento de ese fenómeno de revolución que venía de la misma masa de los dominados, no necesitaba de partidos ni elites que los dirigieran. Las tomas de tierra fueron la gran causa que llevó a la reforma agraria. En el mundo militar, la cosa era evidente: ¿iban ellos a detener a millones de indígenas que, de Puno a Cajamarca, podían ponerse en marcha para recuperar las tierras que perdieron en el primer siglo republicano? Lo dice Basadre,

en su libro Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú contemporáneo, p. 13:

«La apropiación de la región serrana del país, por un pequeño número de antiguos y nuevos propietarios de tierras, que antes pertenecieran a las comunidades indígenas, al Estado, a la iglesia, a las municipalidades y a las beneficencias. Este fenómeno tuvo continuidad a lo largo de toda la época republicana y se acentuó al fmalizar el siglo XIX y al empezar el siglo XX. Las masas rurales empobrecidas quedaron como mano de obra servil en los grandes dominios agrícolas u optaron por la emigración.»

Eso ha sido la enorme diferencia de los dos Perús, durante el siglo XIX y XX hasta que los líderes indígenas de los años 60 iniciaron lo que vino después, el fin del gamonalismo con modo de producción feudal y servidumbre indígena. Eso duró desde la colonia, y los abusos, hasta 1969. Luego vino también, por decisión propia, la gran migración hacia las ciudades.

Huillca es, pues, el San Martín de los indígenas. Un héroe que no hemos entendido. No todos pues son Grau. Y Huillca, no necesitaba ser marxista para ser revolucionario. Acaso el sentido común del pueblo y de los marginados. Del mismo modo que hay una inteligencia perversa para gobernar sin derecho —el solo deseo de capturar el Estado para enriquecerse— existe también la inteligencia de los pueblos. Son siempre una sorpresa. La poderosa Roma nunca imaginó el cristianismo, ni la nobleza francesa la revolución de los plebeyos. De alguna manera entramos a la Modernidad. Y esa biografía no es novela o imaginación. Todo es cierto, es una larga entrevista. Venía a Lima en avión, yo le pagaba los pasajes. Dos años de conversación y con dos traductores porque Huillca no quería hablar sino en quechua.

Publicado en El Montonero., 22 de noviembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/feria-del-libro-en-miraflores-y-la-historia-de-un-indio-excepcional

Végueta y San Martín: una página de historia

Written By: Hugo Neira - Nov• 15•21

Hay una pequeña localidad urbana, en la costa peruana, que se llama Végueta. Tiene algo de específico, se encuentra en lo que se llama el «norte chico», en el valle de Huaura, a 170 kilómetros de Lima y a 15 minutos de Huacho, y el caso es que esta ciudad se halla en la ruta sanmartiniana del libertador del Perú. Y se destacó, hace dos siglos, porque sus habitantes apoyaron claramente a los marinos y tropas que habían puesto el pie en las playas de Tambo de Mora y las islas de Végueta. El hecho que San Martín descendiera a tierra está en la memoria de los peruanos de Végueta. Seamos claros, hay un culto de patriotismo y a San Martín. Al filo del mar, hay una hermosa estatua del libertador, de pie con un brazo y la espada apuntando al norte lo cual significaba la continuación del proceso independentista. Esta obra es el fruto de diferentes Comités Patrióticos. Y así pues se ha convertido en el respeto y la gratitud de los peruanos, y es parte de la memoria de nuestro pasado.

Se explica, pues, que con una población de 22031 habitantes, Végueta es declarado por el Congreso de la República como «distrito histórico de la Independencia Nacional», esto en 1984 bajo Ley N°23942, siendo su primer alcalde don Gualberto Collantes Peralta. En este paso intervinieron Manuel Ulloa Elías, presidente del Senado, Elías Mendoza Habersperger, presidente de la Cámara de Diputados y Fernando Belaunde Terry, Valentín Paniagua y Luis Percovich Roca.

Estos fundamentos constitutivos no fueron inútiles, al contrario. El distrito funciona creativamente mediante comisiones ad hoc. Por ejemplo, decidieron producir una revista, un libro en realidad, en torno a esta temática, Végueta, en la ruta sanmartiniana  del Bicentenario del Perú. Es decir, el pasado glorioso y en el mundo actual, el presente. Cuando escribo estas líneas tengo en las manos ese libro creado en Huaura, Perú. El presidente de esa comisión es Miguel Ángel Rodríguez  Mackay (profesor en Relaciones Internacionales, dicta clases en San Marcos, San Martín de Porres, y otras universidades y es columnista de varios diarios). Tal libro reúne artículos y ensayos de académicos y diplomáticos de Argentina, Chile y España. Por mi parte, he escrito sobre la energía de San Martín, sus muchos viajes a caballo. El tema no ha motivado un libro solo de remembranza, hay textos novedosos como el de Raúl Chanamé, sobre «la estrategia independentista». En efecto, por algo el Libertador pasa de Paracas al norte, evitando Lima. Las guerras de la Independencia no fueron tan simples como a veces la historia plácida de algunos de nuestros historiadores las presenta. Algunos dicen que fue una independencia que llegó por el mar. Cierto, pero el desenlance fue en los picos de los Andes. Y muchas veces estuvo a punto de apagarse. Todavía hay peruanos que no han comprendido que la Independencia fue un estallido, no solo en un país sino en varios, y hubo algunos efectos externos como la invasión de España por Bonaparte, en 1810. Toma dos reyes españoles, y en 1810 los hace abdicar y deja el Imperio castellano acéfalo.  Las causas de la independencia son variadas, unas son problemas locales y otras, estaban ocurriendo del otro lado del Atlántico, grandes cambios, con efectos en la América todavía colonial.

La Municipalidad distrital de Végueta se ocupa intensamente de la memoria de San Martín, y en estos días, su actual alcalde, el licenciado Eutemio Ríos Alarcón, junto con las comisiones encargadas han invitado a diversas personas para celebrar la ruta sanmartiniana, el Bicentenario y a San Martín, con varios eventos. El primero ha sido presentar la Revista del distrito de Végueta seguido de un acto teatral reproduciendo el desembarco. En la playa este viernes 12 de noviembre de conmemoración, los invitados venidos de Lima entre ellos diplomáticos extranjeros, docentes, articulistas, militares, congresista, y las autoridades y vecinos de la localidad, se izó la bandera del país del Libertador junto a la del Perú, un gesto justo y emotivo. Pero también vimos también los soldados de San Martín, saltando de sus botes, en la playa llamada Tambo de Mora. Era una escenificación excepcional, como teatralidad la isla don Martín y las arenas de Tambo de Mora donde hace dos siglos los botes de oficiales y soldados dieron varias vueltas antes de  desembarcar. Ese día no escuchamos el trueno de un cañon en el improvisado público, sabíamos que llegaron con la prudencia de ir a una guerra. En cambio, vimos desde nuestras tribunas los soldados con uniformes de colores llamativos propios a ese tiempo en que el uniforme era una forma de lenguaje —el heroísmo y la posible muerte— y se acompañaba de una estética. Ese día yo vi los soldados de la libertad. Y poco después, vimos a San Martín mismo, vistiendo pantalones de blanco color, del estilo, me parece, de los franceses bonapartistas —algo sencillo— en contra de los gustos de la nobleza en exceso de joyas y adornos. Ese día vimos a un joven de Végueta vestido como San Martín. Pues bien, nunca me olvidaré de ese historicismo vuelto poema silencioso. Algo más fuerte que la oratoria, una representación teatral, y una gran idea. Vivimos en la era de la imagen, está por todas partes, en la televisión, el cine, pero la escenificación del dramatismo de tener patria es algo muy fuerte. Podemos hacernos una pregunta, sin dramatizar en exceso, qué hace o puede hacerse por la patria eterna del Perú. Tras las grandes civilizaciones inca y preincaicas, los siglos de colonia y dominio imperial de lejos y nuestro frágil republicanismo, ver algo de los pocos grandes momentos fundadores es decisivo. Para los niños de colegio y los estudiantes, verlo sería una gran forma de educar, como lo ha hecho sin grandes gastos una municipalidad en el norte chico, en Végueta, a 170 km de Lima. Escribo estas líneas para contarles la historia del nacimiento del Perú republicano, en una playa histórica, como si el viaje en el tiempo, su escenificación de corta duración, fuera más fuerte e intenso que el cine, un libro, un cuadro. Si vemos seres humanos, entendemos por completo. Y agradezco a la gente de Végueta, que nos trataron como a reyes.

En cuanto a mi contribución, lo que he escrito sobre San Martín es corto. Me pregunté qué se podía decir de nuevo. ¿Otra vez si fue bueno su Protectorado?  ¿O dejar que continuase Simón Bolívar? Pero cada día, en quienes cambian las sociedades y la historia misma, en la línea del sociólogo Max Weber, cuenta el carácter, la persona misma. Nuestra especie tiene el lujo de la razón, pero también un sistema nervioso, y el carácter cuenta mucho en guerras, reyes y presidentes. Me pregunté entonces cómo era San Martín. Y me puse a leer las biografías que  existen y nos dan una posibilidad  de conocerlo. Pues bien, explico su ancestro, sus orígenes, el guerrero, pero sobre todo sus viajes. Cierto, con su constitución fuerte hizo viajes entre Argentina, Chile, luego Bolivia y Perú. Era inevitable  libertar a esos dominios y volverlos naciones republicanas. He contado más de 14 viajes en territorio latioamericano. Por ejemplo, el 27 de enero de 1815 fue ascendido a la clase de coronel mayor, y el 1° de agosto de 1816 fue nombrado general en jefe del Ejército de los Andes. Y el 24 de enero emprende la campaña sobre Chile. Cuando los realistas lo derrotan, vuelve a Chile, en otros casos vuelve a la Argentina. ¿Y de qué manera viajaba? Por la única que había en esa época, las independencias siendo anteriores a la época de la revolución  industrial. No había todavía ni ferrocarriles, autos y menos aviones. ¿Entonces? San Martín era lo que se llamaba «un hombre de a caballo».Y podemos dccir que era una persona saludable con mente sana evidente. No se le conoce vicio alguno. Y tuvo una larga vida luego de retirarse a Francia. De ahí su serenidad, su desinterés personal. Un guerrero con una ética, un ejemplo para todos.

En Végueta se sabe por vía de sus habitantes que lo han escuchado de sus abuelos abuelos y tatarabuelos que a San Martín le regalaron un caballo. No creo que sea un mito. Una señora llamada Benita Quispe, que fue la primera que se acercó al general y sus soldados, le preguntó si venían para echar a los españoles. Fue la que hizo ese regalo, una persona perteneciente a los pueblos autóctonos. Se cuenta que estaba dando de comer a sus cerdos, y se acercó sin temor alguno.  Rápidamente se dio cuenta que eso era un desembarco libertador. Lo que sucedió en Végueta pasó de generación a generación. Así son los pueblos del Perú. Lo de la señora Quispe se encuentra en los archivos del Obispado de Huacho.

¿Qué pasaría con la actual historia oficial si investigáramos los archivos    provincianos? Sería entonces la historia del pueblo del Perú, no la de las oligarquías y de unas cuantas familias como lo es hoy.

Publicado en El Montonero., 15 de noviembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/vegueta-y-san-martin-una-pagina-de-historia

La leyenda negra de España

Written By: Hugo Neira - Nov• 09•21

Ocuparnos de algo que pertenece más bien a asuntos de rivalidad entre los antiguos imperios de Europa siglos atrás, parece un tema que no nos concierne. Pero, por casualidad y desgracia, sí nos concierne. Estamos bañados y cubiertos de esa leyenda. La leyenda negra, combinada con otros aspectos de nuestra larga historia, nos conduce a un desprecio de nuestra cultura, no solo por el catolicismo sino por la poca importancia de la lengua castellana, y una idea que existe en muchos peruanos, «nos habría ido mejor con otro tipo de coloniaje». Esta idea es lo primero que debemos dejar. Ninguna colonialidad es mejor que otra.

Lo primero que debemos entender es que es un asunto muy lejano en nuestra propia historia y de la misma metropoli, o sea, España. Era una idea de desprecio a todos los que hablaban el castellano. Un español, Antonio Sánchez Jiménez—catedrático de la Literatura española y experto en Literatura del Siglo de Oro— sostiene que la leyenda negra se inicia desde los tiempos de Lope de Vega. O sea, cuando Quevedo, Góngora, Tirso de Molina, Cervantes y Calderón de la Barca, competían hasta el siglo XVIII (ver: Leyenda negra: la batalla sobre la imagen de España en tiempos de Lope de Vega, Ediciones Cátedra, 2016). Como pudo haber una tendencia literaria que ponía en cuestión la vida española y a los españoles mismos —presentados como intolerantes, santurrones y crueles— fue a la vez una manera de detener los excesos de la Corona, el dominio de Flandes. Antonio Sánchez sostiene en su obra que hubo «astucia». El ingenio de los españoles: presentaban un ser frío y siniestro, y que serían calculadores. O sea, un estereotipo, «fuerte y muy difundido, pero no incólume al paso de la centurias». Hablaban mal de ellos para asustar a otros pueblos europeos. La leyenda negra sería una «soberbia» hispana. Para dar valor a las numerosas victorias militares españolas en el siglo XVI. «Tras esas sorprendentes campañas los italianos desarrollaron una idea muy favorable de los soldados españoles, concretamente de los tercios de infantaría. Todos los historiadores de la época (Maquiavelo, Guicciardini, Contarini, etc.) les alababan como la mejor infantería de Europa, particularmente por su tenacidad y capacidad de resistencia.» Según Gómez-Centurión Jiménez, citado: «El teatro europeo se llenaba durante un siglo y medio de parodias intencionadamente afectadas y altisonantes de los hidalgos hispanos». Otro rasgo que se le atribuyó, es la «sangre semita». Entonces, tenemos dos hipótesis. O bien fue una manera de hacerse elogios ellos mismos. O bien, por razones evidentes, por temor al imperio de los Habsburgo, hasta se dijo que los españoles eran «marranos», semitas, «falsos cristianos».

Era una era de guerras y combates tanto en tierra como en el mar, y no había internet pero sí la imprenta. Esa calificación —la leyenda negra— que va a cruzar los siglos, nace bajo la pluma de un autor que se hizo llamar Julián Juderías. Nunca se ha sabido su verdadero nombre. En cuanto al contenido es ambiguo. Por una parte, fue una suerte de propaganda lo que sería, en nuestro tiempo, una manera de exagerar al soldado español. Por otra parte, los imperios y reinos de Europa procedieron a demonizar a los españoles y entonces circularon grabados y dibujos que eran la respuesta de la propaganda hispana: en ellos se veía cómo, ya en las Indias, los hombres del Imperio español quemaban indios para que se comieran entre sí. Esto fue, por ejemplo, los grabados de Theodor de Bry (1528-1598). Era una propaganda antiespañola que aparece en países protestantes, como Inglaterra y en las Provincias Unidas (hoy Holanda). No hay duda de que esas guerras eran feroces, con las descripciones de escabrosas y exageradas escenas de violencia. Pero cuando hubo la toma del Oeste americano, expulsando a los indios norteamericanos, no hubo grabados como los de Theodor de Bry.

La  continuación de la leyenda negra es el tema del genocidio. Se le echa la culpa de las plagas al mismo Colón. Para que se odie a la civilización europea.

La leyenda partió de la Italia de esa época, con relatos sobre el mundo de la España americana. Se suele decir que mataron a los indios. Hoy los estudiosos de la historia de América Latina saben que la población, tanto en México azteca como en el Perú, tuvo pérdidas enormes por el choque microbiano. Al llegar Cortés, México tenía 20 millones de habitantes. Y un siglo después, solo un millón. En el Perú, eran trece millones, pero también cayeron a menos de un millón. Tratándose de contagios, solo en nuestra época se ha podido entender lo que ocurrió. Solo a fines del XVIII Louis Pasteur descubre los microbios y su acción patógena, mucho después de inventarse el microscopio. Unos especialistas de los Estados Unidos encontraron que la población de las islas del Caribe desapareció sin que hubiera minas ni tampoco trabajos excesivos. El misterio de la muerte masiva de los naturales de América india perduró porque durante siglos no se supo del efecto de las pestes. La humanidad del Nuevo Mundo no estaba inmunizada para soportar las plagas de los europeos, que eran contagiosas para ellos pero no letales. Una gripe y el estornudo provocaban la desaparición de una aldea caribeña. Enfermedades como la viruela, la peste bubónica, la malaria, la fiebre amarilla, la tuberculosis.

La aniquilación de la población, no tiene sentido. Los españoles no podían destruirla puesto que necesitaban la mano de obra indígena. Y como ha dicho el americanista Tzvetan Todorov,  «ni las guerras ni las consecuencias de los maltratos, suponiendo que existieron, explican un exterminio directo de millones de indios, por lo tanto, se dio por el «choque microbiano»  (La Conquista de América. El problema del otro, 1982)

También pudo ser la «leyenda negra» una crítica a la Inquisición. El antihispanismo corresponde al ascenso de Inglaterra. Pero para Ernesto Sábato, en 1991, «no hay leyenda negra ni blanca». Lo que cuenta es Latinoamérica, desde el Descubrimiento a nuestros días.

Pero hoy hay que examinar nuestras leyendas negras, han emergido críticos en estos años sobre nosotros mismos. Una pequeña bibliografía:

            Las raíces torcidas de América Latina, de Carlos Alberto Montaner

            América del Sur. El surgimiento de un actor global, de Cristiane Pereira

            Elecciones y legitimidad democrática en América Latina, de Fernando Mayorga

Y entonces, sí tenemos una leyenda negra, según Javier Sáenz del Castillo. Dicen que somos una «Europa fracasada». Pero lo guardo para las semanas siguientes.

Publicado en la revista digital S.P.Q.R. de El Montonero, n°2. «’Pueblos originarios’ con la hoz y el martillo» de noviembre del 2021

https://elmontonero.pe/upload/revista-spqr-02-31-10-21-pliegos.pdf

Plagas como ensayo de Apocalípsis*

Written By: Hugo Neira - Nov• 09•21

                                                                     

*Artículo publicado en El Reporte N°1, edición digital de abril de 2020

Si esto fuese una conferencia o una de mis clases, entonces rogaría a los presentes ponerse de pie y guardar silencio unos minutos, por aquellos que se están muriendo y peor acaso, los desamparados que no tienen ni para comer. Nuestra generación y niños y jóvenes, no olvidarán jamás este ensayo inesperado de Apocalípsis. Vivimos en este instante ante el azar de la vida y la fuerza de la naturaleza. Éramos cándidos al creer que las plagas eran cosa del pasado, inmersos y enceguecidos por el consumismo y el mito de nuestro tiempo, el crecimiento económico sin límites. Salvo que inventemos ahora mismo otras formas de producir y de vivir. Creo que estamos en lo que se llama el fin de una era. El historiador Braudel, que modificó los estudios de historia con el concepto del «tiempo largo» (longue durée), decía que el gran enemigo del mercado no era el Estado sino el capitalismo. «Lejos de ver la zona de la oferta y la demanda, el capitalismo es la zona del poder y la astucia». ¿Y no es eso acaso, las multinacionales?

Con quien dirige esta publicación —mi muy querido amigo—, conversando por teléfono, hemos quedado en que me ocupe de la nación, el Estado, el Bicentenario, la situación actual. Ante ese abanico de temáticas, comenzaré, pues, por la situación actual. Es decir, del 2001 hasta la fecha.

1. Un editor arequipeño, para una quinta edición del Bicentenario de Hacia la tercera mitad, me pidió un capítulo sobre ese trecho de nuestra historia contemporánea que es el Perú en los inicios del siglo XXI. Tenía razón, es libro de 709 páginas, cubre nuestra historia (social) desde la conquista hasta la fecha, pero se detiene en los años noventa.1 ¿Y sabe usted, estimado lector, qué título tiene ese ensayo que hemos añadido? Se titula: «Perú siglo XXI: la prosperidad del vicio». Sin duda es un oxímoron, o sea, un recurso literario que consiste en usar dos conceptos de signo contrario. Por ejemplo, un sol negro. Es decir, un absurdo. Pues bien, eso es la sociedad peruana. Un crecimiento económico, por una parte. El producto interno bruto crece a un 4,2% en un caso, y a 7,2% entre 2006 y 2011. Y la pobreza había disminuido, de un 54,3% pasa a cerca de 20%. Pero el desafecto político no dejó también de crecer. Con lo cual se prueba que la economía no lo es todo. Hay brechas entre ricos, clases medias y clases populares, cada vez más grandes. Por otra parte, las instituciones como el Parlamento resultan cortas para el deseo de participación. Además, el sistema actual de descentralización es un fiasco. Han aparecido oligarquías provincianas.

¿El desencanto lo origina la corrupción? Sí y no. Ya existía mucho antes que explotara el polvorín de escándalos de Odebrecht, en los días de Toledo. ¿Exceso de promesas? ¿Excesivas ilusiones de los votantes? Lo cierto, es que las élites son despreciadas y odiadas por la masa del pueblo. ¿Qué pasa, entonces, cuando una sociedad tiene una jerarquía social y económica que no es respetada? En la prosperidad de otras sociedades capitalistas hay otra racionalidad que influye, no solo el dinero sino la conciencia de la gente. De lo contrario, el incremento de la riqueza en el desorden lleva la sociedad a autodestruirse. El desdén de la virtud, eso es lo que nos estaba pasando antes del Covid-19.

2. En cuanto al Estado, debido a la crisis comenzamos a tenerlo. El Estado en el Perú ha sido y sigue siendo un archipiélago. El MEF, el BCR con Julio Velarde, director, en cuatro etapas presidenciales. De alguna manera, Relaciones Exteriores, las Fuerzas Armadas, la SUNAT. Islas de modernidad y paramos de contar. En cambio, para llegar a los ministerios no se usa el concurso público que es regla en otras naciones. Nada de esto ocurre en el Perú. Permanece el sistema del favor, el amiguismo, o los puestos como botín del partido que gane. Entonces es imposible tener una burocracia profesional. Una carrera de por vida. El sistema actual, tiene el vicio de la improvisación y además, la inestabilidad. Los presidentes cambian ministros y directores como quien se cambia de camisa. En el Perú se dan cuenta de la necesidad del Estado en los momentos de crisis.  Ahora bien, en otros países  vecinos,  se tiene una opinión positiva para esa institución. «El Estado es la institución que propicia el desarrollo y la integración en la Europa del siglo XIX y XX». La cita que acabo de hacer viene de un profesor mexicano, Arturo González Cosío. En efecto, existe una tecnicidad de la gestión pública, tan importante como la que se necesita en la empresa privada. Pero es raro que se acepte el mercado y el Estado en la mentalidad peruana de estos días.

3. Si no tenemos Estado, no podemos tener Nación. «Las naciones latinoamericanas fueron creadas después de la Independencia y no antes». ¿Quién dice eso? Nada menos que una de las más despejadas cabezas de este continente, Octavio Paz. Entonces, nuestra historia es el envés del proceso europeo. Allá, la nación precede al Estado moderno. En América Latina, era la República y sus instituciones que tenían que reunir a los pueblos, pero no es eso lo que ha ocurrido. En México, fue la revolución de 1910 que liquida una capa social dominante. No es el caso del Perú.

¿Qué tuvimos después de la Independencia? La aristocracia colonial peruana eran mineros, gente de títulos y blasones, pero no una clase ilustrada como para ser estadistas. Así, a la revolución de la Independencia le sigue la guerra de los caudillos. «Hubo un vacío de poder», señala Jorge Basadre. No hubo ni nobleza ni burguesía, sino una de esas agrupaciones raras, a la peruana, «sólidos grupos plutocráticos» (Basadre). Gente que se enriquece con el guano, la apropiación violenta de tierras en la región serrana, de ahí, al gamonalismo (que solo desaparece en 1969). Para elegir al Presidente bastaban 3 mil o 4 mil votos en todo el país, conseguidos tras elecciones censitarias, es decir, por padrones para notables locales. Los analfabetos e indios, no votaban. «República hubo, para unos cuantos» (César Gamboa, «Los filtros electorales», 2005). Hablando claramente, no hubo sufragio universal hasta 1931.

He estudiado la formación de las naciones europeas —Francia, Inglaterra, Alemania— y luego, en la misma obra, México y Japón. La nación en Asia y Europa llevó siglos para que se volviera algo real y a la vez emocional. Pero en nuestro continente, ¿hubo acaso alguna nación emergente? Sí la hubo. Es la Argentina de inmigrantes de 1860 a 1930, y el gran instrumento fue la educación estatal. No se nacía argentino, se aprendía a serlo, con el retrato de San Martín y la bandera blanquiazul en las salas de clases. A fines del siglo XIX, el Japón de los Meiji. Una dinastía inteligente que decidió romper su aislamiento, abrirse al mundo enviando a miles de jóvenes a estudiar en el extranjero. Desde el poder imperial, fabricaron un pueblo-nación.

4. La República no tiene, pues, dos siglos. Las capas sociales dominantes en el siglo XIX no hicieron sino prolongar las formas de vida y de ocio propias a los criollos del periodo virreinal. Pocos historiadores reparan en ese estilo de vida. Menos mal que contamos con el testimonio del alemán Tschudi. Lo que ve: «eran comodones, no gustan del trabajo y si se ven obligados a escoger una actividad para ganarse la vida, de preferencia una tienda, que no les cueste mucho esfuerzo y les brinde la oportunidad de conversar con sus vecinos y fumar tranquilamente sus cigarros». Y añade: «los criollos son jugadores apasionados» (Testimonio del Perú, p. 105). Al otro lado del océano, en esos años, había arrancado la revolución industrial que cambiaría el mundo.

5. ¿La democracia? ¿Cómo se puede decir que somos demócratas sino no tenemos demos? Era un concepto que usaba José Carlos Mariátegui. El demos de los griegos era una población de ciudadanos organizados. Lo esencial en la democracia era el derecho del ciudadano para ocuparse de la vida pública. Para lo cual discutían, se reunían en asambleas, resolvían las diferencias con el voto. Los atenienses tenían una idea fundadora, la isonomia, en griego, igualdad.

Ahora bien, pregunto, ¿aspiramos los peruanos a ser iguales? ¿Realmente? Me atrevo a decir que los peruanos tienen una tendencia a la jerarquía, un tanto como algunas sociedades asiáticas. Sin embargo, esa mentalidad ha desaparecido en la sociedad mexicana. Lo cierto es que ningún mexicano de nuestros días se reclama azteca. Y menos todavía, español. Pero en el Perú, no han desaparecido ciertas nostalgias, que no son precisamente igualitarias. Hay blancos que todavía se consideran descendientes de los conquistadores. Y en cuanto a los de origen indígena y mestizo, se reclaman descendientes de algún inca. La herida de la Conquista en el XVI, permanece y alimenta la pugna secreta entre culturas. Arguedas es un ejemplo de fusiones, pero es un caso excepcional. No hay un alma nacional sino varias. Pero lo que me inquieta es la inclinación al «pensamiento mágico». La fuga de lo real tras una utopía.

Incluso afecta a la inteligencia universitaria. Para un libro de pensadores peruanos he leído íntegramente a Alberto Flores Galindo.2 Me han impresionado sus ensayos y visiones. Sin embargo algo le reprocho, y es que el autor de Tiempo de plagas, lúcido libro, toma en serio el mito del Inkarri y abraza apasionadamente la «utopía andina». Iván Degregori, excepcional antropólogo, le toma el pelo, ante su libro Buscando un Inca, diciéndole que los «indios de hoy, no esperan un Inca sino un omnibus».

Dos errores enormes. La educación que perdimos, aquella que se dictaba en las Grandes Unidades Escolares, simplemente, era clásica y eficaz, era la transmisión de conocimientos, con asignaturas de lógica, gramática, historia del Perú y del mundo, geografía, ciencias naturales. Esas enseñanzas permitían aprender a razonar, comprender, y se aprendía a organizar las ideas y al menos saber escribir un paper. Eso ha desaparecido. Hoy buscan «habilidades». Ese pretexto para no iniciar, en las capas sociales bajas, la ambición del conocimiento. Se ha hecho estatalmente el peor de los ahorros, el de «la economía del saber». Y luego, los últimos en las pruebas PISA.

6. El otro error, es que han deshistorizado a generaciones enteras. Por ello, pregunto, ¿cuál es el periodo histórico más largo en la historia del Perú? No es el de los Incas, según María Rostworowski, solo hubo Imperio Inca desde Pachacútec. O sea, dos siglos antes de la llegada de Pizarro. Y en cuanto a la República, apenas dos siglos. El periodo más prolongado es el virreinato. No lo conocemos. Como tuvo vicios tuvo virtudes. Cuando en México se preguntan cuándo se establecen principios democráticos, la respuesta es «en primer término, los españoles, ayuntamientos, audiencias, visitadores, juicios de residencia y otras formas de autogobierno». ¿Quién dice eso? Una vez más, Octavio Paz.

7. ¿Qué nos hunde? El colapso masivo de la cultura peruana, después que tuvimos una generación excepcional, en los 70: Cotler, Matos Mar, Quijano, Portocarrero, Flores Galindo. Hoy no hay analfabetos pero sí iletrados, los que no abren nunca un libro. ¿Qué nos hunde? La renuncia al saber desinteresado. La inclinación a la intolerancia. El tren de vida en un país que apenas vive del canon minero. El excesivo culto al consumismo. Baudrillard, años atrás, sostuvo que «el consumo en su insistencia tiene poco que ver con la satisfacción de necesidades». La cultura del consumo no sería sino «un código para incluirse en el sistema global de dominación». Lo dijo en 1970. Esperemos que después de esta crisis, seamos un tanto más razonables y apreciemos la salud y no los gastos  de la cultura de la apariencia.

Después del Covid-19 las ideas van a cambiar enormemente. Dicho esto, el confinamiento o cuarentena, no soporta unas semanas más. Sería conveniente abrir por unos meses, restaurantes populares.   

1 Hacia la Tercera Mitad, Perú, XVI-XXI. Ensayos de relectura herética, quinta edición, El Lector, Arequipa, 2019.

2 Dos siglos de pensamiento de peruanos. Por publicarse, Universidad Ricardo Palma.

[Publicado en el 2021, ISBN 978-612-4419-85-0, actualización del 7-11-21]

Publicado en El Montonero., 7 de noviembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/plagas-como-ensayo-de-apocalipsis

Edgar Morin en el Perú: evento a larga distancia

Written By: Hugo Neira - Nov• 01•21

Pues bien, ha habido en Lima un diálogo sin fronteras —las ventajas de la tecnología de la comunicación electrónica— los jueves, viernes y sábado de la semana pasada. El Instituto de Pensamiento Complejo Edgar Morin de la Universidad Ricardo Palma fue el organizador del II Congreso Internacional del Pensamiento Complejo y Ciencias de la Complejidad junto con la Embajada de Francia en el Perú, la Unesco y otras instituciones de diversos países, en especial Colombia, que intervinieron a distancia junto con el propio Morin. ¿Cuál era la temática que reunía a los participantes? La gente de este II Congreso parte no de un solo problema sino de un conjunto de problemas que ellos han llamado una «Megacrisis en un mundo en metamorfosis». No es que en el mundo en que vivimos hay un gran problema, hay varios, que se entrelazan. Por otra parte, la explicación de algo que envuelve el conocimiento gira en torno de Edgar Morin quien es el pensador del pensamiento complejo, con más de 100 años. Nos ha escuchado desde lejos, estando en un hospital [https://youtu.be/NM8glO5rVo4], el congreso es un homenaje al sabio que ha encontrado lo que él llama la complejidad tanto en las modificaciones como en las metamorfosis de sociedades enteras, tema al cual ha dedicado su vida, libros y viajes y lo que nos propone: una reforma del pensamiento. Nada menos.

Presentemos a Edgar Morin para luego explicar lo que él llama la «complejidad». Se suele decir de él que es filósofo y sociólogo, lo cual es cierto pero es algo mayor, alguien ocupado por las ciencias del hombre y las ciencias de la naturaleza. Morin nace en París el 8 de julio de 1921 (o sea, tiene 100 años y plena lucidez, con lo cual se caen  muchos mitos sobre la vejez, los que han usado su cerebro, no lo pierden). Sus padres eran judíos, el padre comerciante, y pierde la madre a sus diez años. Tuvo una infancia difícil y el tema de la enfermedad y la muerte acaso le da que pensar, tanto como la II Guerra Mundial. Sus dos primeros libros vierten sobre el ser humano y la muerte, y también la situación de Alemania tras la guerra, en un estudio que lleva como título, «La hora cero de Alemania», después del nazismo.

¿Por qué nos detenemos en la formación de Morin? Por su curiosidad por el conocimiento del cuerpo natural y los comportamientos de los pueblos y los individuos. Por lo general, la salud es algo que atrae y ocupa a médicos, biólogos, psicólogos como la química y la biología. Y por otra parte, encontramos la historia, la antropología, la sociología, o sea que se llama asignaturas o disciplinas humanistas.

Edgar Morin no solo propone que haya estudios pluridisciplinarios, va más lejos. No es posible del todo saber qué es el hombre y las sociedades con tan solo el conocimiento de la historia de los pueblos, sin saber la vida y la mentalidad de los pueblos y culturas. ¿Qué propone Morin? Nada menos que un nuevo paradigma de sabiduría. ¿Qué es paradigma? La definición es de uso corriente, desde los filósofos a los biólogos y otras disciplinas.

Un paradigma es «una constelación de conocimientos compartida por un conjunto de investigadores y científicos». El mundo occidental ha usado el paradigma de Descartes. No se trata de que las ciencias actuales tienden a distanciar las ciencias tanto de la vida como de la naturaleza, convencidos que tal o cual disciplina pesa más en los países de culturas diferentes. Morin sin embargo habla del «paradigma perdido», ese es el ser humano actual. El nuevo paradigma tiene que ensancharse puesto que precisa de estudios profundos sobre la forma de alimentarse, vivir, las creencias, las religiones, la mentalidad. Los acontecimientos a nivel del individuo, la nación o la colectividad no se explican desde una sola causalidad o una sola ciencia. Los economistas, por ejemplo, no pueden comprender por qué las sociedades industriales, en las que no hay hambre ni pobreza, generan populismos que detestan el sistema que los ha salvado de la pobreza. Eso que las hace felices y equilibradas. Solo un conocimiento que estudie el campo de las emociones y las mentalidades colectivas puede comprender el caos de las sociedades que parecían ser las más avanzadas. ¿Qué tipo de sociedad ha logrado tener sus propios tutores y una vía alternativa a los sistemas actuales —tanto los de países capitalistas como comunistas—, cuyas clases dominantes son todas discutidas? Es esto lo que explica las metamorfosis de las actuales sociedades, inestables, y que van modificándose acaso por la velocidad de las revoluciones tecnológicas. El temor a no ser útil bajo el poder de sociedades productivas con robots e inteligencia artificial. ¿Cuál será la forma de trabajo en unos cuantos decenios? ¿O lo que puede ocurrir en los países y continentes enteros? Una feliz Nueva Edad Media. ¿Cuando los trajes los hacían costureras y no máquinas? ¿Y un dominio para cada hogar, con tierras de cultivo, lo suficiente para una familia? Y acaso el comercio transoceánico desaparecerá porque los países del tercer mundo volverán a su autonomía agraria, como la tuvieron durante milenios Egipto, China antigua, los Incas en los Andes y los pueblos de México.

¿Qué quiere decir Morin con complejidad? Dos definiciones.

1. No es que haya un defecto en las ciencias actuales. Es al revés. Nunca se ha sabido tanto como hoy. Hasta conocer la atmósfera y los arenales del planeta Marte. Lo complejo es también un campo de conocimientos muy numerosos al punto que no podemos leer la masa, inmensa, de millares de estudios que circulan más allá de la imprenta y los libros, en las plataformas de comunicaciones. El tejido del pensamiento actual tiene dos enormes obstáculos. El primero es la abundancia. Solo en sociología hay por lo menos más de mil tesis o estudios de calidad por año. Como lo ha dicho Morin, la complejidad. Pero algo más: muchos de esos «estudios» son distintos y contradicen otros trabajos.

2. El pensamiento enfrenta la complejidad de lo humano, algo que sí saben los médicos porque los enfermos son todos distintos. En cuanto a la especialización científica de una sociedad, definirla con un concepto resulta no solo difícil sino que la sociedad se va modificando mucho más rápidamente que los sociológos, los politólogos y los políticos mismos. Se necesitan, pues, personas como Edgar Morin. Pensar de manera compleja ante lo complejo. Las reducciones mentales son lo que debemos evitar. Falta como lo sabemos un conocimiento del conocimiento. Cabe inventar las tres teorías de Morin.

– La teoría de la información (limitando lo que se dice en las redes sociales que no son sino una forma de inestabilidad). No todo lo que se dice es nuevo. Las sociedades esconden sus propias reglas en medio del gran ruido que hacen las falsas verdades.

– La teoría de la cibernética, que espera contar con máquinas autónomas.

– La teoría de los sistemas. La primera lección sistemática es que las partes no hacen siempre el todo. El todo no es siempre la suma de las partes. Hay partes que tienen una calidad especial. Que pueden provocar reacciones violentas e incluso un feedback, un retroceso, como forma de regulación.

– Cabe estudiar cómo se formaron las sociedades en su autorganización. Y no olvidar el factor del azar. (Jorge Basadre, en su último libro, antes de morir, se ocupó de cuanto juega la suerte y su contrario en la historia). Pizarro llegó al Imperio Inca cuando estaba en plena guerra civil, los incas de Cusco vencidos por la revuelta de los ayllus y tribus del norte, en el territorio de Quito. Si no hubiese llegado en ese momento, podemos imaginar otra historia. El determinismo, hay que dejarlo en la historia y la posibilidad del futuro.

Por eso es que ha llegado al océano de la complejidad: el método cartesiano resulta provincial. Lo real es  complejo. Se necesita trabajos interdisciplinarios. El desorden es creador de vida. El paradigma de la complejidad no renuncia a las partes ni a la síntesis.  Existe lo imponderable, el azar. Por cierto, esto significa que se necesita una nueva pedagogía. Al menos dos formaciones. Sobre el contorno del ser humano, desde las reglas, la ética, la salud y el modo de vivir. Y aprender a aprender, saber leer bien un texto, saber dudar, entenderlo. Discutiendo. Es el primer paso, según Descartes. Yo existo y por lo tanto, mis sentidos y la razón me dicen lo que veo y mi contexto. Y el concepto de los antiguos griegos (2400 a.C.): conócete a ti mismo. Es lo primero que debemos saber. Si eres flojo, no protestes. El futuro va a modificar —debido a los cambios climáticos— las formas de vida, la producción de alimentos. Actúa. La humanidad debe responder ante la naturaleza que nos amenaza, porque desde la revolución industrial hemos destrozado bosques y tierras fértiles, contaminado océanos con nuestros desechos y basura. Hay que evitar lo que se viene producto de las grandes sociedades industriales, los 2 grados más de calor. De 56° hacia arriba, la vida va a ser muy difícil. Pero claro está, esto no se puede decir en unas cuantas líneas. Solo la ciencia y la curiosidad del ser humano nos podrá salvar.

Y no por eso podemos olvidarnos de los problemas inmediatos —las elecciones, la pandemia—, pero unos y otros problemas se envuelven entre sí, como cuando se reúne un grupo de serpientes (esto solo es una metáfora). Hasta el próximo lunes.

Publicado en El Montonero., 1° de noviembre de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/edgar-morin-en-el-peru-evento-a-larga-distancia