Un mundo con malestar y cólera

Written By: Hugo Neira - Abr• 05•21

No vamos a hablar del Covid-19 sino de la serie de estallidos y protestas de pueblos enteros que comenzaron antes del coronavirus. En el 2020, millares de ciudadanos en las calles, en manifestaciones de gran envergadura, y hubo acciones de desórdenes como incendios y toma de plazas públicas. Estamos hablando de una protesta planetaria de orden político y social, antes de la crisis de salud de nuestros días. Muchos piensan hoy que ese mundo del 2019, era una suerte de paraíso. Antes de la peste, hubo visiblemente reclamos diversos, por ejemplo, los «indignados» de Madrid, del partido Podemos. O el millón de ciudadanos en Santiago de Chile por el alza del precio del ticket para viajar en el metro y otras tarifas aplicadas por el presidente Piñera, que luego tuvo que anularlas. ¿Pero eso es todo? Si fuera así, no escribiría esta nota. Antes del coronavirus hubo la protesta mundial. Quizá lo hemos olvidado. Pero cuando desaparezca la peste, volverá la protesta. Y eso no se cura con vacunas.   

Lo que había pasado en América Latina y Europa en esos años sin peste, lo dejo para más adelante. Comencemos por el fastidio y la rebeldía en zonas que solemos olvidar. Por ejemplo en Sudán, en el África, estalla la cólera popular desde diciembre del 2018, por una grave crisis de liquidez y la falta de gasolina. Marchan hacia la capital, Jartum, y piden la destitución de Omar al-Bashir, que gobernaba desde 1989 y cae en abril de 2019. Mediante un acuerdo entre militares y ciudadanos es arrestado, y se llama a unas elecciones para el 2022. Y estoy seguro que el amable lector probablemente ha escuchado hablar de la «Primavera árabe», pero lo que quizá no se ha dicho es que ese movimiento, que comenzó en el 2011, se extendió de Yemen a Siria, Egipto, Libia, y gira hacia Marruecos, Irak, Argelia, Omán, Qatar. El Medio Oriente. Y sin embargo, hay una «Primavera de Praga» y a la vez, el movimiento Occupy Wall Street en Nueva York. Como diría ese filósofo que fue Cantinflas, «ahí está el detalle». La generación del descontento es popular y a la vez, heterogénea. En el Asia, ni la poderosa China se escapa, le dicen ‘no’ en Hong Kong. Lugar en donde hay 24 partidos divididos en tres posiciones, los pro Beijing, los pro democracia y los locales.

No todo fueron victorias para el pueblo. En Irán, en noviembre de 2019, se anuncia el alza del precio de la gasolina, y estallan manifestaciones en diversas ciudades. Una centena de muertos en cuatro días, y unos miles son arrestados. En Argelia, cercanos a una elección, la posibilidad de que Abedelaziz Bouteflika sea elegido por quinta vez, provoca que centenas de miles de argelinos salgan a la calle en febrero del 2019. Bouteflika tira la toalla en abril del mismo año.

Este fenómeno de poblaciones que se sublevan ante el poder establecido, no solo ocurre en Bagdad o en Argelia. Veamos qué pasó en Ecuador, aquicito nomás. En octubre del 2019, el gobierno anuncia un programa de austeridad, o sea, la supresión de subvenciones para los carburantes. El precio se vuelve el doble. La huelga general es la respuesta popular. Visto que todo el país se paraliza, Lenin Moreno renuncia a aplicar esas medidas. ¿Qué había pasado? Les rebeldes y descontentos formaron una alianza de indígenas, trabajadores, mujeres y jóvenes, «como plataforma de lucha». En Venezuela, en mayo del 2018, es reelegido Nicolás Maduro, y los venezolanos salen a las calles. Pero la represión se impone. Juan Guaido se proclama «presidente interino». Entre tanto Venezuela agudiza su crisis económica y social, una megainflación, penurias que hacen insoportable la vida corriente de los venezolanos. Y en Bolivia, Evo Morales se presenta para un cuarto periodo de mando, pero diversas fuerzas, entre ellas los militares, se lo impiden. Evo se refugia en Argentina. Sin embargo, las nuevas elecciones del 2020 las gana un candidato de su partido. Y en Colombia, en noviembre de 2019, un concierto de cacerolas se organiza contra la postura ultraliberal del presidente Iván Duque. ¿Qué ha provocado que millares de ciudadanos del mundo entero hayan salido a las calles para reivindicar sus derechos? Hay que desechar la idea de una suerte de Internacional revolucionaria, eso ya no existe, eso era cuando el Kremlin manejaba la IIIa Internacional. La Rusia actual de Putin suele entrometerse con usos electrónicos, como en la Inglaterra del Brexit o en los servicios a Donald Trump ante la candidata Hillary Clinton en las elecciones del 2016.

El fenómeno de la protesta múltiple y variada por todo el planeta —insisto— antes de la peste del coronavirus,  me lleva a alguien que conoce a fondo unos y otros estallidos,  y ese observador es Gary Younge, periodista que viaja por todo el mundo, y a la vez,  profesor en la Universidad de Manchester, Gran Bretaña. Si el lector quiere seguir sus artículos, los encontrará en The Guardian de Londres. Según su opinión, es un enfrentamiento entre «el despotismo y la corrupción». (Y como soy peruano, pienso en la monstruosidad del poder de Odebrecht que manda en el Perú.)  Ante lo que pasa en el mundo entero, Younge dice: «ha sido un decenio explosivo. Millones de manifestantes han desfilado, ocupando espacios públicos, incluso con sit-in, o sea, se sientan en el suelo y se quedan». La represión del orden los limita pero no los desaparece. «Los pueden llevar a las prisiones, pero por su parte siguen con sus pillajes, a la vez llenan las calles con bandoleras, a veces con esloganes, o formando un lobby o grupo de presión», y de esa manera «sus acciones desafían a los tiranos, se mofan de los gobiernos y producen una metamorfosis de la geopolítica. Y dada su actividad, caminan hacia la transformación de los viejos partidos políticos, al crear una fuerza novedosa». No los llamaría populistas, un concepto demasiado indeterminado. No se les puede llamar de izquierda o de derecha, son algo nuevo.  

Todo eso tiene una causa. La globalización. Esa economía y articulaciones más allá de las fronteras, por un lado es ventaja, por el otro, nuevos e inesperados conflictos. Cierto, « los pueblos están en rebeldía. «Un mundo en cólera», portada de Courrier International. Cierto, hay un malestar general. Malestar, qué palabra tan precisa y a la vez, polisémica. O sea, de diversos contenidos. Personal o numeroso como una muchedumbre, quiere decir incomodidad, desasosiego, ansiedad, inquietud, molestia, pesadumbre, congoja, nerviosidad, disgusto, fastidio, tedio, intranquilidad. ¿Y qué puede producir esa crisis en un planeta pleno de naciones, religiones y costumbres tan  diferentes? Países pobres o avanzados y ricos, nadie escapa. Cualquiera que tiene un puesto estable puede perderlo. O si tiene ahorros en los bancos, puede haber una crisis financiera como la del 2008, y perderlo todo. En suma, la actual mundialización neoliberal es un sistema sin centro alguno.  O sea, todo puede ocurrir.  

De las grandes desigualdades de nuestro tiempo, proviene la raíz de la cólera, la percepción de perder lo que habían conseguido las clases medias, que se empobrecen de nuevo (véase Thomas Piketty, Capital e Ideología), incluso en las sociedas capitalistas más avanzadas. Somos una generación excepcional. Hemos visto el colapso del todo Estado, la obra de Stalin y los países llamados socialistas. Y ahora, el todo mercado en estos años y en países donde aumentan por doquier los multimillonarios —inclusive los hay en China— y cada vez más es mayor la distancia entre los que viven con sus salarios y los que tienen rentas. Nada de esto ha ocurrido anteriormente. Y si esto es así, entonces, tenemos que pensar nuestro sistema tanto político como económico, que era bueno para el siglo XX pero no en estas relaciones globales. ¿Cómo hacemos cuando las democracias actuales están compuestas por millones de desconocidos, que ya no son analfabetos ni se contentan con votar cada cinco años? ¿Y cómo se puede tener una economía internacional privada y sin límites, cuando los ciudadanos son lo público, la vida de cada día? ¿Qué instituciones, que no tenemos, pueden reunir la jurisdicción de lo internacional privado y los seres humanos, en la jurisdicción de lo público? Entre tanto, movimientos de resistencia como los gilets jaunes de los franceses, que marchan cada  semana, pero sin líderes ni soluciones. Ocurre que los pueblos han aprendido el arte de la desobediencia. En Europa, la gente no soporta las cuarentenas. Y simplemente, desobedecen.

Resulta claro que ante los problemas nacidos de la imposición de la modernidad que viene de fuera, se necesita otras prácticas. Por el momento, en todas partes, la inestabilidad del electorado se debe a las divisiones identitarias. Es  posible que necesitemos construir «un espacio democrático transnacional» (Piketty). De lo contrario, «aparecerá lo social-nativista». (Más o menos,  Antauros en Italia, Francia y Barcelona.) En Europa, las clases populares se divorciaron de las izquierdas. Y esa izquierda encuentra su electorado en los millones de «titulados» (gente con estudios superiores). Es lo que llama Piketty la «izquierda brahmánica». Ya no hay derechas ni izquierdas, la brecha de la educación es lo que separa clases, etnias e ideologías. También algo así por aquí. Veremos qué pasará el 11 de abril.

Esta es una reflexión personal, acaso solitaria. Más allá de los estereotipos al uso. Una vez en un museo, le preguntan a una persona: ¿Qué es usted? Y dice: « soy un precursor». ¿Y precursor de qué? le contestan. Y responde: «Si lo supiera ya lo diría, y dejaría de ser precursor».  

Publicado en El Montonero., 5 de abril de 2021

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Sobre el primer grupo de debate presidencial

Written By: Hugo Neira - Mar• 30•21

Acabo de ver y escuchar el primer debate de candidatos presidenciables, evento organizado por el Jurado Nacional de Elecciones. Confieso que me movió la curiosidad. Y quiero opinar como ciudadano sin inclinarme a uno u otro candidato o candidata. No soy hombre que hace alabanzas, pero lo cierto es que he visto una jornada de primera calidad. El evento tuvo como moderadores a Mónica Delta y a Pedro Tenorio, periodistas que manejaron rigurosamente los minutos e incluso los segundos de cada candidato, por igual. Y los presidenciables, francamente, expusieron lo que van a hacer en caso de ganar, para no solo mejorar el país, sino salvarlo y reformarlo. Los presidenciables hablaron de distintos asuntos, con rapidez, contundencia, confianza y naturalidad. Y en corto tiempo.

En este evento, además de exponer rápidamente, también se les hacía preguntas, que venían de los periodistas, Delta o Tenorio. Ninguna pregunta quedó sin respuesta. Lo cual quiere decir que tienen a flor de labios sus ideas y proyectos. Buenos o imposibles, pero los tienen. Y entonces, a los pocos minutos, me puse contento por varias razones.

La primera, no me pregunten quién estuvo mejor. Lo que me importa es que quien gana con este evento es sencillamente la ciudadanía peruana. Y felicito al JNE y las instituciones que lo han concebido. Y en segundo lugar, esos seis primeros presidenciables forman una clase política, con gente del pasado reciente pero también con muchos rostros y maneras de pensar novedosas. Hay una clase política. Y eso no es poco.

Como somos un país de mayoría juvenil, acaso debo decir lo siguiente. Desde mi vida  entera, que comienza a ser longeva, les digo que nunca he visto un debate de esta categoría en el Perú. Por el azar de la historia, ya no es un partido contra otro partido. Tendencias distintas existen, pero nunca vimos a tantos actores en escena. Ciertamente, eso significa fragmentación. Pero lo que hemos visto, es la pluralidad. Y eso es, finalmente, la democracia. He visto candidatos diversos, heterogéneos. Y todos impávidos, ante sus rivales. Ya no va haber el poder de un solo partido.

He escuchado, en las redes, que fue aburrido. No me parece, hubo vapuleos y crítica de uno y otro. Y también eso me pareció un milagro. Se dijeron cara a cara lo que pensaban. He visto, pues, un valor moral que se había perdido. La sinceridad. Los moderadores trataron de moderar a los presidenciables, y las puyas siguieron, pero con elegancia. Se habló entonces de «falsos profetas», y reproches. Pero como en el fútbol, no duró mucho.

No me voy a perder las dos noches que siguen. Se aprende mucho sobre cómo está el país y cómo piensan los que pueden gobernar. Por cierto, no hago una reseña de los problemas que han circulado y sus posibles soluciones. Esos temas van desde la seguridad ciudadana a la manera de vencer la pandemia, volver a tener empleos, de todo.

Y quisiera decir algo más. Hay que saber criticar. Pero también hay que tener el coraje de decir que algo está bien hecho y vale la pena. No me importa lo que digan los que  se sienten bien en el oficio del negativismo. Hasta ahora, la construcción política e ideológica había retrocedido. Pero con Marco Arana, César Acuña, Alberto Beingolea, Keiko Fujimori, George Forsyth y Verónica Mendoza, me parece un equipo mucho mejor que Toledo, Ollanta, PPK y Vizcarra.

Y eso que no he visto, todavía, en este baile de exposiciones y respuestas a las puyas, a Hernando de Soto, Daniel Urresti, Pedro Castillo, y en el tercer día, a Yonhy Lescano, Julio Guzmán, Rafael Santos, Rafael López Aliaga. (No he citado a todos.)

Qué difícil va a ser elegir esta vez.

Hay más candidatos que partidos.

Por un lado, va ser duro hallar consensos.

Por otro, nadie va a tener el monopolio del poder.

Dos temas. Lo de hoy y cómo nos ven desde fuera

Written By: Hugo Neira - Mar• 29•21

I. Tengo el hábito de escribir muy temprano estas notas, que no son sino notas escritas  calamo currente, es decir, como dice la Academia, «con presteza y de improviso». Pero el clima es frío a la seis de la mañana jugando a ser invierno, y luego, calienta a la ciudad como si estuviéramos en un país tropical. El clima limeño es soslayado y esquivo. Acaso como la mayoría de la prensa escrita.

Lo digo porque seguramente han escuchado desde el viernes pasado y en las redes sociales, la pérdida de confianza de los lectores, la consecuencia de la «mermelada» que compra periodistas, las encuestas manipuladas, el descrédito de la prensa y de varios canales de televisión, el dinero que el Gobierno les ha dado a los medios durante estos años y la protesta de muchos. ¿Prensa independiente? No la hay salvo la excepción de uno que otro diario, por ejemplo, lo es Expreso, y en televisión, uno que otro canal, el de Willax, con Beto Ortiz, o Thorndike hijo, con su «contracorriente», y a ratos Butters. Lo cierto es que los medios han dejado de ser el cuarto poder. Y esto a pocos días de unas elecciones presidenciales. El modesto distribuidor que nos deja los diarios en la mañana, nos dice que no los leen porque han perdido la confianza.

Entonces, ¿elecciones cuando no hay partidos en las calles, no solo porque están prohibidas las aglomeraciones sino más bien porque ya no hay partidos? Y además, tampoco hay una explicación clara que llegue a los ciudadanos sobre cómo esperan gobernar, los aspirantes, desde el sillón de Palacio. ¿Con lo privado o  con lo público? ¿Con reformas del Estado actual o sin ellas? Y mil otros problemas y temas que no pueden ser silenciados. Y así, ¿política sin mitin ni oradores?  Sin embargo, algunos han reunido candidatos, ¡pero para que disputen! Vaya metida de pata, los debates son posibles cuando se conoce al rival, pero hay más de un candidato que no se le ha escuchado cuál es su programa. Así, 32 millones de almas ignoran qué harán los políticos.

En cuanto a la prensa cotidiana, también se suma a la tendencia de lo antipolítico. Y si de ellos se habla en la prensa en estos días demoniacos, es para decir que Keiko debe estar entre rejas porque le entregaron dinero empresas o personas. Yo creía que lavado de activos era otra cosa, no la entrega voluntaria de dinero. O bien, se ocupan en qué día Hernando de Soto traiciona a la patria porque se hace vacunar en el extranjero. Por poco no le preguntan si el pinchazo fue en el hombro derecho o izquierdo. Somos muy dados a la magia, maleficios y nigromancia. Yo que esos periodistas ya habría entrevistado a las brujas de Cachiche, ellas ya saben quién va a ganar.  

Cómo llamar a este estado de cosas, a la criolla, o sea, por encima y al rapidito nomás. Lo sensato y real, nos aburre. Por eso nuestra historia nacional es una serie de sorpresas. Hay algo que se repite, el creer que nada de grave nos puede pasar. Así es cómo se  compró fragatas en Londres, en el XIX, y no hubo guerra con Chile. Y jamás pensamos que un desconocido rector agrario de origen asiático iba a ganarle las elecciones a Mario Vargas Llosa. Ni que Abimael Guzmán cayera prisionero en un buen chalet en Lima. Ni que a Vizcarra, que había cerrado un Congreso, otro Congreso le hiciera la misma vaina. Entonces, ¿qué de cabalístico, de sorprendente, de pasmoso, nos espera el 11 de abril? Pero ya sabemos, nada va a pasar. Dios es peruano.

El riesgo de un error es incalculable. Miren al Brasil: hace unos años, el planeta entero lo consideraba una potencia emergente, tanto como India y China. Y ahora, es un desastre. Récord mundial, 300 mil muertos porque su señor presidente es más terco que un burro. Eso tiene llevar a la presidencia a un imbécil como Bolsonaro. Los pueblos no son siempre infalibles. Hitler llega al poder por las urnas. Hugo Chávez también. Leguía y Sánchez Cerro ganaron las elecciones.

Por mi parte, no creo que se reflexione, se evalúe y pondere cada presidenciable, y menos que se analice cada programa. Para eso se necesita calma, y la comunidad peruana ha sido muy golpeada por la pandemia y la pérdida de empleos. Pero por otra parte, eso que es mayoría, gente que todavía no ha decidido su voto, puede también tomarse como algo  positivo. Acaso haya emergido —dios lo quiera— tras veinte años de seguidas decepciones —Fujimori, Toledo, Ollanta, PPK y Vizcarra— en los peruanos una conciencia menos crédula que la del reciente pasado. Acaso «una inteligencia masiva», que no ha necesitado ni de líderes ni de utopías, para mostrar en las urnas que los peruanos se han salvado por sí mismos. Puede que sí. Ya se verá.

II.  Identidad y mutación. La América del Sur vista desde Europa

Esta segunda parte no se ocupa de nuestro estado de cosas y mentalidad. Sino de algo que envuelve a gran parte de la América Latina. No hay ningún país en este lado del mundo con estabilidad. No lo digo para que el lector se sienta menos apesadumbrado, como hubiera dicho mi abuelita, «mal de todos, consuelo de tontos». No es eso. Quiero compartir con mis lectores la visión que se tiene en otros lugares del mundo de este lado de la América que habla castellano. El texto que voy a glosar no es de un estudioso norteamericano. Por lo general, no los consulto, solo miran sus intereses. Los europeos, en todo caso, tienen una mirada más fría, lejana y que produce una suerte de  neutralidad. El viejo continente ya no vive de dominaciones imperiales. Dejaron sus colonias africanas. La Unión Europea no es candidata a ningún protectorado a la manera yankee.

En fin, he aquí una versión global de la América del Sur vista por un europeo.  Contrariamente a lo que podemos pensar, la ven desde un ángulo que nos sorprende (el autor no es un español). Inicia desde el XVI. He aquí la primera idea. «La conquista ibérica había dado una profunda unidad cultural y religiosa en los territorios marcados por la extrema diversidad de paisajes y poblaciones.» Y continúa: «Dos lenguas latinas —el español y el portugués— y una religión (el catolicismo) dominaron un  espacio que iba del Río Grande a la Tierra del Fuego. Es decir, de lo que es Estados Unidos hasta el límite de Chile. Sin embargo, «en las guerras de la independencia (1810-1820), no lograron reunir y forjar una nación latinoamericana. Además, el Brasil, (42% del territorio y el 35% de la población) forma un mundo aparte y con el tiempo llega a ser el motor del Mercosur». Comentario de mi parte. Nos reprochan que no juntamos el mundo hispanoamericano. Este criterio, proviene porque las grandes civilizaciones  —India, China y luego la Unión Europea— son sólidas por su peso demográfico y su cohesión interna. No es nuestro caso.

Sigamos. «El mestizaje biológico y cultural, consecuencia directa de la época colonial, roza muy desigualmente los diferentes países de la región. Mientras los Estados del Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay) se distinguen por una población mayoritariamente  de origen europeo, el Brasil y las Antillas provienen de importantes aportes africanos (descendientes de esclavos). En cambio, en América Central y en los países andinos (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú), las comunidades indígenas representan una parte importante, pero como en Bolivia y Guatemala, han estado ajenos al poder tenido por las elites urbanas de origen español». Luego, se ocupa de la «cuestión de la posesión de la tierra», dominados por hacendados. (Esta palabra, aparece en castellano.)

Y, dice, las riquezas son muy desigualmente repartidas y según la escala social. «Las poblaciones indígenas ocupan sistemáticamente la base más baja de la escalera social». Luego, señala que «desde 1990, desaparecen progresivamente los regímenes militares».

«Pero los regímenes militares no han atenuado las tensiones sociales.»

¿A qué se refiere? «Tensiones económicas, culturas e identidades que se manifiestan. Además «el aumento alarmante de la criminalidad». Y «las catástrofes naturales», y cita los ciclones y el Niño, y terremotos. Todo esto revela periódicamente «las fracturas sociales y la carencia de Estado». Les juro que así lo dice. No lo invento.

En fin, prosigue: «Las desigualdades socioeconómicas que caracterizan el subcontinente se inscriben en un contexto de fuerte presión demográfica, pese a una disminución de la tasa de natalidad.» El exodo rural ha hecho hincharse las ciudades (más de un 70% de los latinoamericanos son urbanos). Se ha acentuado la metropolización. De las 100 más grandes ciudades del planeta, 12 están situadas en América del Sur, aunque la periferia urbana sea el resultado de las barriadas. Y una degradación del centro de las ciudades tradicionales.

Luego le llama la atención la «debilidad de tejido industrial, herencia de la época colonial, cuando los productos manufacturados eran importados de la metrópoli», es decir España. Sin embargo, admite que desde el siglo XX se desarrolló una exportación de productos locales, minería, petróleo en Venezuela, café colombiano, etc, que pesa en la balanza comercial. Pero a la vez, empleos precarios, importantes sectores informales.  Se dan cuenta que no entramos a la sociedad industrial ni en el XIX ni en el XX. No es el caso del Asia. O de países como Canadá, Australia, etc.

A grandes pasos, dice: «podemos decir que la cuestión social amenaza el porvenir de las políticas económicas liberales comprometidas por los gobiernos. La América Latina no logra salir de su mal desarrollo». Los países son frágiles, y piensa en la Argentina. En fin, «no se complementan sino compiten». En cuanto a Washington, el proyecto de una zona de libre comercio, no es sino una modalidad que recuerda la famosa «doctrina Monroe», de 1823. ¿De nuevo un protectorado?

En fin, al investigador europeo se le nota en su lectura el ánimo de vernos en conjunto. No como búrbujas sino como corriente que podría ser poderosa. Otro continente que no ha logrado autoconstruirse es el África poscolonial. Nosotros hemos perdido dos siglos. Ellos, al menos, pueden decir que su emancipación es reciente. No es nuestro caso. ¿Perderemos otro siglo? Bolívar no estaba en el error. Ni «Pueblo continente» de  Antenor Orrego. Pero, la cuestión de ser una nación, la damos por lograda. Lo que se ve es lo contrario, cada vez más regiones separadas, más fracturas provinciales, el valor de lo local. Lo pequeño. O sea, facilidad futura para echarse en los brazos de la primera empresa multinacional del neoliberalismo, que compre mañana Puno o Cajamarca. Hay un tiempo para hacer la nación, no es eterno.        

Publicado en El Montonero., 29 de marzo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/dos-temas-lo-de-hoy-y-como-nos-ven-desde-fuera

El joven centenario nos ha dejado

Written By: Hugo Neira - Mar• 22•21

«Si con la muerte se descubre las premisas de la vida, es robarle algo a la muerte misma»

 —Abdellatif Laâbi

La otra noche nos llegó la noticia de que Luis Bedoya Reyes había dejado este valle de lágrimas. Estábamos en el Instituto de Gobierno en un evento virtual. Cada semana invitamos a un candidato que aspira a ser presidente para que nos explique largamente su programa de gobierno. Los dejamos hablar, no hay preguntas capciosas, solo somos el puente entre el político y sus ideas y la ciudadanía. Pero esa noche, de inmediato, nos pusimos de pie para guardar unos minutos de silencio ante el político y el ser humano que todos respetamos. A veces conocemos ciertas personas que son como un monumento, es decir siempre presentes, como si fueran inmortales. Pero nadie lo es, cosa que olvidamos. La frase que encabeza estas líneas es la de un poeta árabe, cuando tenían poetas y mentalidades no siempre dogmáticas. Al día siguiente, la primera plana de un diario, El Comercio, con toda la razón: «El Perú le dice adiós al último gran político del siglo XX». Y pensé en escribir estas líneas. Con el Tucán se va una época y una manera de hacer política, muy distinta al canibalismo de estos días.

No me detendré, pues, sobre lo que sabemos que hizo el Tucán, cierto, dos veces alcalde, el fundador del PPC, partido básicamente católico y demócrata de comportamiento moderado. Claro, eso último, hoy es al revés, las corrientes radicales sorprenden en las encuestas. Puede que sea así, pero como vivimos en la época de la mañosería, me viene a la cabeza lo que decía el agudo Winston Churchill: «solo creo en la encuesta que yo mismo hago». Lo que yo pienso es que nos están atarantando. La primera vuelta es un anticucho que solo vamos a saber después del 11 de abril. En fin, logró convencer en hacer el Zanjón, ¡qué hubiera sido la pobre Lima sin esa modificación! Pero esa historia y el hecho de que no llegase a ser presidente, es historia. El tema es otro.

La cuestión es: ¿cómo era Bedoya Reyes? ¿Qué carácter y modalidades? Y la razón por la cual lo echaremos de menos. Pero conviene que le diga al amable lector, que parto de dos a priori. No fui parte de su partido. Lo segundo, hay la costumbre de llenar de virtudes al que se ha ido al otro barrio para siempre. No es mi caso. Ocurre que en vida suya, lo conocí personalmente. A Harold Forsyth se le ocurrió algo muy valioso, una larga conversación con Bedoya Reyes. El resultado fue La palabra del Tucán, Planeta, en el 2016. Y ambos me hicieron el honor de hacer el prólogo. Ese libro es una interminable plática entre el Tucán y el diplomático Forsyth, y recomiendo su lectura. Me atreví a sugerir el título, «Luis Bedoya Reyes. Del hilo al ovillo». ¿Por qué razón? Porque  es un hilo en que desfilan aquellos que conoció y acaso disputó, a saber, Velasco, Haya de la Torre, Bustamante y Rivero, la Arequipa de protestas y huelga estudiantil en 1950, y por cierto, Belaunde. Todo eso, conversando con Harold, sobre la ruptura de la Democracia Cristiana, o la victoria electoral de Belaunde, y hasta Fujimori presidente. Dios del cielo, el libro que menciono es la vida del Tucán y la vida misma de la clase política y la historia peruana a la vez descifrable, cambiante pero comprensible. No el arroz con mango de estos días. Hubo, por un lapso, una clase política. Hoy la captura del Estado fragmenta al país.

Amable lector, la historia se entiende cuando hay un historiador honroso y neutral. Basadre lo era pero ya se nos había muerto. Pero la historia tiene otro ángulo, cuando la disertación la hace el actor. En el caso del Tucán no hay disimulos, con él el tono es franco, directo. Y sin embargo, con la franqueza la tolerancia hacia el otro. Pero eso no es todo. Hay otro libro que se titula Joven Centenario, editado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú. Sendos libros revisitan regímenes electos y dictatoriales. Y él siempre en su lugar. Por eso, «un personaje de excepción».

Voy a contarles un par de gesto del Tucán ante sus opositores. Nada mejor que la anecdota. No me voy a detener en las críticas que le hicieron cuando plantea la posibilidad de una obra municipal que abría vías nuevas que hoy conocemos como el Zanjón, le dijeron de todo, opositores a la remodelación del Paseo de la República, «que por poco no aborta» (p. 419, Joven Centenario). No, más bien un caso más fino y humano. De la noche a la mañana, se llama a elecciones municipales. Estamos en 1963, en Palacio, Belaunde Terry. Después de cuarenta años, las autoridades locales iban a ser elegidas por el voto universal y directo. Hasta entonces, los alcaldes eran nombrados por el Ejecutivo. Era importante quién sería el que tuviera el Consejo provincial. Era un reto para los partidos de entonces. Y surgieron tres candidaturas. Las de la Alianza Popular junto a la Democracia Cristiana. El segundo era una coalición, APRA y la UNO de los Odriístas. Y un tercero, de Unidad Popular (que logró apenas un regidor).

¿Cuál era el problema? No solo había militantes numerosos del aprismo y los odriístas, sino algo más. La candidata a la alcaldía era la señora María Delgado de Odría, persona muy querida por las capas sociales pobres. Era la época en que rodeaba a Lima una periferia urbana construida por los propios pobladores, y que se acercaban al Estado para que les ayudara. Luis Bedoya Reyes en su memoria nos dice qué hizo para ganar. «La señora Odría me aventajaba en votos reales, contantes y sonantes». ¿Qué hizo? La conoce, encuentra una dama amable y buena persona, y entonces, decide no decir nada de agraviante ante la esposa de Odría que era más popular que su marido. Cada uno bailó con su pañuelo. Y todo el mundo daba triunfadora a la señora María Delgado porque ayudó mucho a diversos grupos que no tenían llegada al Estado. Y el Tucán tuvo el tino de correr acaso el riesgo de una derrota. «Dejé de lado la soberbia». Y el resultado fue Bedoya Reyes con 287’941 votos y en consecuencia, 19 concejales. La señora María Delgado de Odría, por muy poco no le ganó, 253’211, y 17 concejales. No era tiempo para radicales, solo obtuvieron unos 3’676 votos. Entonces, ¿intuición? ¿Maneras personales de caballero? Es hora de decirlo, el arte de disputar con el rival sin deshonrar ni herir. Eso era Bedoya Reyes. ¡Cómo hemos olvidado esos modales! La democracia no es solo las urnas sino un modo de vida. Pero hoy los troles son los agentes del caos.  

Volviendo al Tucán, la otra actitud también generosa es cuando terminado el conteo de las elecciones, la Asamblea Constitucional de 1977 convocada por Morales Bermudez, con el decreto Ley 21949, debía instalarse el 28 de julio de 1978. Los resultados arrojaron que los mayores votos  preferenciales favorecieron «a Víctor Raúl Haya de la Torre con 1’038’516 votos personales y el segundo lugar con 644’131 le correspondió» (p. 723). Pero mediante un llamado por teléfono, «todos los grupos de izquierda reunidos por la noche, habían acordado postularlo» al Tucán. La respuesta de Bedoya Reyes vino de su razonamiento. «Las izquierdas competían entre sí mismas. Van a tener el control de la Asamblea. Esa institución se iba a convertir en «un híbrido lleno de contradicciones». Y finalmente, entiende que el asunto era «humillar a Haya». El Tucán en la tarde medita: «ese hombre, a lo largo de su vida, persecuciones, prisión, destierro, un confinamiento de por vida, preso en el Panóptico en la era de Benavides… », «esta puede ser la última oportunidad de su vida…». Y es así como el Tucán «no acepta ser el Presidente de la Asamblea Constituyente, y lanza la candidatura de Haya de la Torre». No quiero, al contar estos hechos, descender a lo sentimental, pero es cierto que hubo lágrimas en los ojos de Haya de la Torre. Por lo demás, no ocurrió lo que temían las izquierdas: Haya dejó hablar a todos los constituyentes. Había vuelto, en su mente, a sus primeros años de revolucionario. Cosas del lado oscuro de la vida peruana, las izquierdas detestaban a Haya sin conocerlo personalmente. En esa Asamblea, a Haya le fascinaban dos oradores, Hugo Blanco y Cornejo Chávez.

Amable lector, ¿conoce usted a algún político que, en nuestros días, tuviera ese gesto de ceder la presidencia porque el otro, había luchado intensamente?

Pero por algo El Comercio en esa portada del viernes 19 de marzo pone esta entrada: «Su memoria y trayectoria suponen un contraste enfático con los modales (o ausencia de ellos) que hoy caracterizan nuestra política». Hoy eso que nos atrevemos a llamar política ha dejado de serlo, era una competencia entre tendencias y grupos distintos. Eso sería lo normal, el «principio de pluralidad». Pero ya no lo es, lo que me hace pensar en el filósofo alemán, Voegelin: no hay partidos sino «religiones políticas». En consecuencia, vanidad, dogmatismo y convencimiento que tienen los que creen poseer la verdad absoluta. Nos hemos vuelto maniqueos. Y no somos los únicos. Y además, la meta, por cierto vil, como lo señala Francisco Durand, es La captura del E$TADO. El título juega con la S para ponerla como signo del dólar. Para ese virus, no hay vacuna. La fiebre de ser multimillonario de la noche a la mañana. La puerta giratoria de los sobornos.

El Tucán, en cambio, hasta después de sus 100 años, seguía atendiendo en su escritorio de abogado. Todo está dicho. Acaso por eso siempre sonreía. La longevidad y salud del honesto.

Publicado en El Montonero., 22 de marzo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/el-joven-centenario-nos-ha-dejado

¿Pandemia, hambre y elecciones? Tres abismos

Written By: Hugo Neira - Mar• 15•21

Qué tiempo este. Pero pestes y epidemias siempre las hubo, sarampión, viruelas, el dengue que no se ha ido, ni el sida, y más allá de lo que conocieron nuestras  tatarabuelas, hubo la gripe española de 1918, que llegó hasta nuestro país a pesar de que no estuvimos en la Primera Guerra Mundial que fue europea. En el mundo, esa pandemia hizo de 20 a 50 millones de muertos. Pero anteriormente hubo algo peor en nuestra historia. Cuando llega Colón al mar Caribe, y más tarde los conquistadores, por poco desaparece la población indígena tras las epidemias de tifus, escarlatina, viruela y gripe, que involuntariamente llevaban consigo los invasores. De hecho, en las islas del Caribe, habían comenzado a desaparecer aldeas enteras, bastaba que algún español tosiera o estornudara. Esa masacre no fue un producto voluntario. Nadie en el XVI conocía el origen de las pestes. El descubrimiento de «gérmenes» —así los llaman— solo ocurre con Pasteur, el 7 de abril de 1864. Pero hay que decirlo, el choque entre el Viejo y el Nuevo Mundo fue enorme. Cuando llega Cortés y su hueste, en 1519, había 25,3 millones de aztecas, zacatecas y en 12 mil tribus en el México de Moctezuma. En 1601,  tan solo un millón. En el peruano mundo andino, entre 1570 y 1620, pasaron de un millón doscientos mil a seiscientos mil. Estos datos fueron compilados por investigadores americanos, W. Borah y S. F. Cook. Y un americanista francés —que tuve la suerte de conocer cuando estudiaba en París,  Bernard Lavallé— de quien aprendí la importancia de ese inesperado cataclismo demográfico para entender la  rápida Conquista y el inmediato establecimiento administrativo del Imperio de los Habsburgo en las Indias. Tema que olvidamos. Nathan Wachtel explica ese Tahuantinsuyo post Incas, que no solo se desconstruye sino que pierde la fe en sus dioses. Los gobernó, por tres siglos, la tiranía de corregidores y curacas. Y el pueblo andino abraza la religión de los vencedores.

Hoy, la peste del Covid-19. En los tiempos contemporáneos, nunca hubo una pandemia tan  universal.  Pero eso no es toda nuestra actual desgracia. Por si fuese poco, estamos a días de unas elecciones. Y el humor colectivo es de lo peor si se considera 2016, 2011 y otros momentos electorales. Pero no hay más remedio. Sin embargo, no se confunda el lector, no estoy diciendo que no debe haber un 11 de abril sino que coincide con una situación tanto económica como emocional de la peor especie. Qué de problemas, pérdida de puestos de trabajo por millones, muertes de familiares que no tuvieron oxígeno, cierre de colegios, tiendas y empresas, lo que conduce a la inseguridad del futuro inmediato y a la desconfianza para con los políticos, fuesen los que fuesen. Cualquier política tiene una racionalidad, que desaparece cuando se abre el abismo. ¿La venganza colectiva en las urnas? No soy el único que así lo piensa. Jaime De Althaus: «la demanda de castigo es más fuerte que la esperanza o el miedo» (El Comercio, 05/03/2021)

Ahora bien, la paradoja. Meses tremendos pero fecundos. Algo se ha aprendido, lo precario de nuestro crecimiento económico y la terrible dualidad de los pocos que tienen empleos formales y el océano humano de los informales peruanos. Si algo se aprende con las pestes es que nos descubren todo aquello que no hemos construido: hospitales, laboratorios, y de paso la infraestructura de carreteras y vías férreas que nos faltan, y el hecho contundente que no somos un país que haya entrado en la Modernidad. Al menos, una visión dolorosa pero real y necesaria de lo que es el Perú actual. En la mentalidad peruana de antes que el Covid-19 nos abriera los ojos, hubo el narcisismo de considerarnos ya modernos y capaces de ingresar a la OCDE. Hoy, los contagios, las hospitalizaciones y la muerte nos devuelven a la realidad. Quizá nos estemos volviendo más modestos, más realistas, más pragmáticos. Puesto que como se dice, «hay mucho por hacer».

Por mi parte, sin que haya nexo alguno entre la poesía y la salud colectiva, se me viene a la memoria Los heraldos negros. La versión norteña de nuestro apocalipsis. «Hay golpes en la vida, tan fuertes/ … Golpes como del odio de Dios, como si ante ellos,/ la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma…/». Y como dijo César Vallejo, «Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras/».

Los poetas suelen ser certeros. Una de esas «oscuras zanjas» es la necesidad de hallar un chivo expiatorio.1 Pero esta vez no podemos señalar la oligarquía porque ha desaparecido, aunque la reemplazan otras capas dominantes. Ni Sendero Luminoso o el terrorismo. O alguno imperialismo al cual echar la culpa. No solo se trata de los últimos presidentes, de los errores de Vizcarra, o si es capaz o no Sagasti. Si así fuese, no diría lo que voy a decir. Lo que tiene claro la ciudadanía no es por quién va a votar sino por quién de ninguna manera votará. En consecuencia, me intriga y preocupa el antivoto para con los candidatos. Lo cierto es que desde el 2020 al 2021, ha subido el deseo de no votar por tal o cual. Por ejemplo, Guzmán tenía un 45% en contra y ahora un 57%. De Soto, un 38% en contra en diciembre y ahora, un 44%. ¿Qué política es esta en la que no se confía en los políticos? Entonces, ¿en qué? Estamos entrando en la crisis de la representación misma.

Como se sabe, las democracias, desde el siglo XIX a nuestros días, funcionaron por la representación política. Un sistema para el Estado moderno, no vino de España sino de Inglaterra: «una multitud de hombres se convierten en una persona, de tal modo que este pueda actuar con el consentimiento de cada uno de los que integran esa multitud en particular». Habla Hobbes, en el Leviatán, «la unidad de multitud y persona». Un sistema siempre y cuando no haya malestar en elegir representación presidencial y de diputados (ese es su nombre, no el de ‘congresistas’). Pues bien, si no queremos Congresos, ¿quién o quiénes entonces encarnarán el poder? ¿O la utopía peruana es que nadie mande a nadie? ¿Cada uno en su ayllu? ¿Otra vez con su curaca? Cuando se hizo  incontrolable la ciudadanía, el mexicano Fernando Escalante la llamó «ciudadanos imaginarios». Y eso es lo que está pasando. Al desaparecer las instituciones políticas también desaparecen los ciudadanos de a pie. Esto se semeja a un suicidio colectivo.  

Cuando un pueblo no quiere ser reclutado en partidos o corrientes presidenciales y  como diputados, entonces surgen las elites. Nos ha pasado varias veces, pero por lo visto, es eso lo que nos puede ocurrir. Es hora pues de decir cómo se dañaron las reglas comunes: la lógica institucional en estos últimos años fue desdeñada, y eliminado el Congreso puesto que «el pueblo lo quería ». Fue una acción fatal. Hoy abundan los candidatos improvisados. «Hay 665 candidatos que cambiaron más de una vez de partido» (El Comercio, 27/02/2021). Algunos han pasado por seis agrupaciones, a saber, Perú Patria, Apra, Fuerza Popular, Sí Cumple, Alianza por el Futuro, y Alianza Solución. Notará el amable lector que esas «empresas electorales»  —no son partidos— evitan decir si son de izquierda o de derecha, o lo que sea. Los nombres de los supuestos partidos se parecen mucho a la manera como se bautizan los caballos de carreras para el hipódromo. Nombres estrafalarios pero que permiten inscribirse. Lo que es visible, y no es necesario ser politólogo para darse cuenta, es que ya no cuenta ni la doctrina ni la representación regional o ideológica, sino llegar a tener bancada. 

¿Cómo no van despertar sospechas en los electores esos casos de abierto oportunismo? ¿Cómo no van a sospechar los peruanos que los representantes quieren llegar al Estado para hacerse ricos? Y alguien señala que la abundancia de camaleones —así les llaman— prepara un posible fraccionamiento en el Congreso venidero. Habrá más bancadas. Será peor que todos los anteriores. El motor del desarrollo del subdesarrollo está prendido.

En fin, otra de las «zanjas oscuras» de Vallejo es el comportamiento de los diarios limeños. Apoyan sin escrúpulos a los partidarios de lo antipolítico. Con el pretexto de hacer una primera plana, clavan en los quioscos esa suerte de afiche que se mira pero no se compra. Hablo de la portada de El Comercio, el viernes pasado: «Fiscal pide 30 años de cárcel para Keiko Fujimori y entorno». Todos sabemos que si hubiese pruebas de ilícitos, hace tiempo que se hubieran puesto a la luz del día. Pero se trata de usar un tema legal que demorará en el Poder Judicial, y que en plena campaña hace daño. ¿Quién va a votar por alguien que irá presa por 30 años? Genial, felicitaciones por el psicosocial, ni el maestro —o sea, Vladimiro Montesinos— lo hubiese hecho mejor. Pero no solo es Keiko sino que en cuanto haya algún candidato que crece, le cortan las alas. En La República: «Empresas de López Aliaga tienen deuda coactiva de S/ 28,4 millones con Sunat».  Nada de esto incendia la pradera, como esperan los del «poder fáctico». Es al revés, la humedece. Y no quiero decir con qué líquidos. Es una pradera muy resbalosa para unos y otros. Pregúntenle a Vizcarra. Y a Sagasti, que cuando más vacunas llegan menos confianza le tienen. Yo creo que para todo esto hay que llamar a Freud. Tanto encuevamiento hace de Lima una ampliación gigantesca del Larco Herrera.

Todo esto no es lo que se llama política. El amable lector preguntará qué lo es. No es un combate en el que cada cual echa mierda al otro con tal de llegar a Palacio de Gobierno. Para el sociólogo que soy, «política es la gestión no guerrera de los conflictos» (Comte-Sponville). «Es una realidad universal que todo hombre en cuanto tiene poder, tiende a abusar, por eso es justo ponerle límites» (Montesquieu). «Resistir y obedecer, he ahí las dos virtudes del ciudadano. Con la obediencia asegura el orden. Con la resistencia asegura la libertad» (Alain, es un francés, no es Alan). Todo eso está en mi libro, p. 401, ¿Qué es política en el siglo XXI? Concluyo con «la política es una actividad. Su meta es el bien común. Lo público». No dije para hacer negocios. Y antes que el amable lector salga corriendo a comprar mi libro —lo encontrará en las mejores librerías del rubro— le transmito melancólicas predicciones. Jaime de Althaus: «el próximo presidente verá impotente cómo se consolidan las argollas y mafias dentro de las entidades públicas». Como comprenderá el lector, de aquí en adelante, no seguiré la evolución de las encuestas de candidatos presidenciales. Los dados ya están echados. La gente seguirá irritada e indiferente. Pobre Perú, necesitamos magnas construcciones y gigantescas modificaciones en la sociedad y en el Estado pero eso no es para ahora. No se educó al soberano. Es decir al pueblo. De lo que venga, todos seremos culpables.

1 Chivo expiatorio quiere decir que se busca personas o grupos a los que se quiere hacer culpables. La Alemania nazi le echó la culpa de la derrota a los judíos. Hay momentos en que un pueblo entero enloquece y se niega a admitir su propia responsabilidad.

Publicado en El Montonero., 14 de marzo de 2021

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