Segunda vuelta: ¡Bienvenidos al ayer!

Written By: Hugo Neira - May• 25•21

Se acerca la fecha de que hablen las urnas en la incompleta república peruana, a pesar de un clima de discordia y vaguedad sin límites. Y se supone que hay uno o varios partidos que legítimamente aspiran a llegar al Caserón de Gobierno que queda en la Plaza de Armas de Lima. No me parece que es así. Para comenzar, acepte usted amable lector, que somos un caso particular. La década de la antipolítica, en el 2000, de Carlos Iván Degregori, se ha extendido hasta nuestros días. El odio. Desde entonces, no se debate ni se compite, se aplasta. No hay política y el país crece pero no evoluciona. Pero hay que recordar que, antes de la pandemia, la población peruana estaba adiestrada a progresar aunque sin prisa, pero ahora, hay un corte. Para cualquiera, una mañana nos espera el Covid. Si no pensamos en eso, el que no se distrae es el inconsciente. Y sin embargo, vacunados o no, la escena es una lucha feroz por quien agarra el poder (agarrar es un peruanismo, no debe usarse —no tenemos garras—, pero esta vez sí las tenemos). Cuando haya concluido esa peste, quien haga en el futuro la historia de estos años rabiosos y fúnebres no podrá eludir la palabra «locura». No hablo de los casos individuales sino de los rebaños que dejaron subir al poder a los más aprovechadores. Sin embargo, el concepto de «arribista» existía en el vocabulario del educado y también  del lumpen. Pero igual, el Perú tiene también, como otras sociedades, el recurso a la desmemoria. Y luego «yo voté pero no tengo la culpa».

Con cordialidad pero sin efusión, mi primera conjetura. Lo que nos está pasando, no es novedad. Es del pasado, por algo el intitulado de este modesto artículo, «el ayer». Hay una definición de Jorge Basadre, en el Perú de los años 70, que resulta justa como un anillo al dedo. Lo que nos proponen en la segunda vuelta electoral, puede no ser solo marxismo-leninismo (eso es una banderola para decir que somos «radicales extremos», acaso buena parte de la clientela lo espera) sino lo que llama sultanismo. Fue su último texto, acaso un testamento. ¿Sorprende el concepto? Entonces, el buen maestro don Jorge nos lo explica: «sistema estatal que carece de contenido racional y desarrolla en extremo la esfera del arbitrio libre y de la gracia del jefe» (p. 37). El concepto, nos dice nuestro historiador que viene de Max Weber. El alemán lo encuentra en el curso de la historia «de señores con vínculos de fidelidad». Y Basadre lo encuentra «en el viejo fenómeno del caudillaje». Además Basadre considera que en los peruanos ha habido un «sector culto, que se inspira en las ideas de la tradición occidental», pero también un grupo, que por «primitivismo sicológico o por conveniencia inmediata, se acopla al sultanismo y a veces  trata de injertarlo en la democracia formal» (p. 38). ¿Qué país es este en que los muertos saben más que políticos, periodistas, sociólogos y psicoanalistas?

Segunda conjetura. Me dirán que hay izquierdas. Yo no las veo. En los años 70, el más moderado partido de izquierda, el Movimiento Social Progresista fundado por el filósofo Augusto Salazar Bondy tenía locales por todo el país. Y hoy pregunto: ¿dónde están los locales de Perú Libre? Las leyes precisaban de que concurriera un número reducido de electores. Vaya facilidades. Se entiende por qué hay tantos partidos, y que no duran más allá de un ciclo. ¿Dónde está el partido Perú Posible de Alejandro Toledo? ¿Dónde el Partido Nacionalista de Ollanta Humala? ¿Dónde los que se opusieron a la revocación de Susana Villarán de su cargo de alcaldesa? ¿Qué hay entonces, ahora? Lo que es la dinámica partidaria son bandos, facciones, por lo general sin ideas ni proyectos, con sus propios circuitos de lealtades.

Digo esto porque la vida, y acaso el cielo, me ha permitido tener una larga vida y he visto en el Perú hasta 1990, las izquierdas peruanas. Lo que hoy pretenden ser, esa mentalidad y calidad no tiene nada que ver con los que ahora fingen serlo. De izquierda era Hugo Blanco que dirigía las tomas de tierras en la Convención y Lares, que le valieron años de cárcel. De izquierda era Moncloa, Carlos Malpica, Ricardo Letts Colmenares, aunque en partidos diferentes y a la vez con la misma intención. Entre ellos, Alfonso Barrantes Lingán. De tener mejor salud, habría llegado al sillón presidencial. Y Diez Canseco que fue diputado. Tengo en mis manos los nombres de líderes y dirigentes pero si los pongo aquí, ocuparían por lo menos diez páginas. Estaba Pablo Macera y Héctor Cornejo. No olvidaremos a Manuel Dammert. Genaro Ledesma y Manuel Scorza. Sí, el poeta y el novelista.

El Perú era izquierdista. Incluso, en la lista de los mejores poetas, Francisco Bendezú, Alberto Hidalgo, Arturo Corcuera, Gonzalo Rose, Alejandro Romualdo Valle, Gustavo Valcárcel, César Calvo. Héctor Béjar. Eleodoro Vargas Vicuña. Y hubo sus mártires voluntarios, Luis de la Puente Uceda, exaprista, que se lanza a una guerrilla en Mesa Pelada, y Guillermo Lobatón, como Javier Heraud. Y hubo el Ejército de Liberación Nacional de Javier Heraud. Y el «chino Chang» que fue a visitar al Che Guevara, justo cuando lo rodeaban, y muere junto el Che.

Tercera conjetura, de nuevo una idea de Jorge Basadre: «Perú, país de las oportunidades perdidas». En efecto, se muere Barrantes. Aplaude la mayoría el fin del gobierno de Velasco, y lo reemplaza Morales Bermúdez. Haya de la Torre ha muerto. Emerge el joven Alan García. Justo en el momento que se inician las acciones terroristas de Sendero Luminoso. Y nada más que eso, pone a los partidos de izquierda que esperaban llegar a Palacio por las urnas. Lo peor, un dilema. Si lo rechazaban, iban en contra de sus principios revolucionarios. Si lo seguían, perdían su estatus de partido, Abimael sería su jefe. Fueron los intelectuales los que tuvieron el coraje de disentir. Por ejemplo, Iván Degregori, su Qué difícil es ser Dios, es lo mejor que se ha dicho y escrito. Si hubiese triunfado, era un sultán en el poder. No olvide el lector que SL tiene como base del partido la creencia de Abimael Guzmán que el comunismo —no el local sino universal— estaba en riesgo. Muerto Mao, y no estando en este mundo ni Stalin, ni Lenin ni Marx, el puesto estaba listo para la cuarta o quinta espada. La guerra que arranca en Ayacucho era para reemplazar la China posmaoísta. ¡Y le creyeron! No era nada lógico sino desvarío, pasión, delirio, fanatismo, furor. No soy el único que no reduce Sendero Luminoso a un partido militarizado, hay otros causales: esa cultura peruana que cree en magias y creencias. Les invito a leer a Moisés Lemlij, psicoanalista, y Luis Millones, antropólogo, en su libro Guerra y fe en los Andes (2009).

Cuarta conjetura, el desinterés por la política proviene de los fracasos de casi todos los presidentes. Es cierto en gran parte que la crisis de los partidos peruanos cubre desde el 2001 hasta estos días, en el 2021. Pero, levanto la mano y pido la palabra. En un trabajo de Osmar Gonzales, se recoge una información estadística de Nicolás Lynch. Desde los años ochenta, hubo una crisis partidaria en la América Latina. Pero el Perú es el caso extremo. «Tomando como base las elecciones presidenciales, Lynch constata que mientras en 1980 la votación por los partidos representó el 96,9%, en 1990 era el 63%. Y en 1995 las cifras bajaron drásticamente hasta representar sólo el 8%». Amable lector, está claro que Toledo no resultó el cholo chambero que se esperaba sino un diletante, y que Ollanta no era por militar un cachaco de izquierda sino que firma la hoja de ruta y adiós las grandes reformas. Es claro, esta crisis viene de lejos, de raíces que nos da flojera investigar, por eso lo de rapidito nomás. El Perú no ha logrado tener una sociedad moderna, culta, con comportamientos republicanos. Ni la nación está construida, y cada vez más, nos fraccionamos. Vivimos entre burbujas.  

Quinta conjetura, algo que nos incluye a todos. «La vida social en el Perú está constituida en gran medida por el arte de enfatizar, en la práctica, las diferencias». Blanquiñosos o cholos, ricos y pobres, decentes y vulgares, elegantes o huachafos, honestos o corruptos, trabajadores u ociosos, de alcurnia o arribistas, los peruanos nos pasamos estableciendo permanentemente las diferencias entre «nosotros» y «los demás». De ahí la escasez de confianza. Te pones a hablar mal de un poderoso con un amigo, y a las horas apareces en YouTube o redes. Y te jodieron. Y si no hay partidos como los tradicionales, con espíritu de corporación, ¿cómo funciona la economía y la política?

Mediante algo que se llama argollas. No son el poder pero sí su dinámica. Además de la jerarquía, en tiempo de democracia o dictadura, las argollas —no es una cita mía sino de Dwight Ordoñez y Lorenzo Sousa— son «un grupo interactivo de individuos, deliberadamente establecido, independiente de una estructura organizacional formal». No sería un problema pero lo es porque existen «para garantizar a sus miembros y personas allegadas el control de una esfera de actividades… y por cierto, sus privilegios y beneficios»  (El capital ausente, tomo II, p. 238). Desde mi punto de vista, es el sumario de los efectos del sistema de vida y trabajo en el Perú. Como el lector apreciará, no estamos hablando de economía sino de comportamientos. No son ilegales, sino modalidades viciosas. Nos viene del ayer colonial, con algo del sistema inca, donde para gobernar había que nacer en el clan cusqueño. A propósito, nuestros historiadores callan ciertos hechos como que los indios, sobre todo en el norte, vieron a los conquistadores, se pasaron al bando de los invasores para dejar de ser dominados por los incas. El silencio o la hipocresía, habita en la historia oficial. Un ejemplo: ¿por qué el periodo 1895-1919 lo llaman «República Aristocrática»? Ya no había ni condes ni duques, todo con tal de no decir Timocracia o Plutocracia.

Sexta conjetura, el abuso del poder será permanente hasta que la sociedad deje de ser poscolonialista. Las argollas, como se comprende, echan a la basura lo que se llama la meritocracia. ¿Adónde te lleva el sistema de la argolla? Pues al flujo de las relaciones. O sea la vida mundana para abrirte paso, para triunfar tienes que prender una vela, «quemar el santo ni tan lejos que no te alumbre» (El capital ausente). Entonces, la política consiste en el arte de impedir. Pero suave camay, la obstrucción pasiva. Al poder no se le discute, se le tumba. ¿Por qué no funcionan con energía las instituciones en el Perú? Porque no son luchas de clase el neoliberalismo y el consumismo, rompen el tejido social. No es tampoco partidos, sobreviven dos o uno. Lo que hay es millares de pequeñas y continuas «guerras fratricidas» entre argollas. Y eso es una costumbre civil.

Hoy la  sociedad carbura en torno al dinero. En el ayer, Perú éramos mucho más pobres, se nacía pobre y se moría pobre, en cambio, éramos más cultos. Es cierto los efectos de la pandemia, tiendas y restaurantes que se cierran, gente que pierde su chamba y se queda sin nada. Cierto, ¿pero saben que desde 1990, de unos miserables ingresos por persona de entre 4000 y 6000, la economía abierta los ha hecho pasar a 16000 soles en el 2017? ¿Por qué entonces la protesta actual?  No es el ingreso. Es que son marginados. La separación geológica en lugares o provincias donde no se tiene una infraestructura moderna de ferrocarriles, aeropuertos, no llega la bonanza. No por azar, el candidato presidencial emerge del campesinado. Pero su partido ya ha dicho que se quedará en el poder. Quieren no solo el poder sino la presidencia vitalicia. No han libertado cinco repúblicas como Bolívar, o como Fidel Castro, venciendo el ejército de un dictador. Apenas un accidente, ¡la pandemia! Y el idiota sistema que en 20 años no hizo las grandes reformas.

Publicado en El Montonero., 24 de mayo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/segunda-vuelta-bienvenidos-al-ayer

Chile: la sorpresa. ¿Otro Chile? ¿Otra política? ¿Los constituyentes?

Written By: Hugo Neira - May• 20•21

Estoy en Santiago, por razones personales. No es la primera vez, desde que renuncié a la BNP y me dedico a mis investigaciones —además de mis clases—, me he instalado para escribir mis libros (Civilizaciones comparadas, ¿Qué es Política en el siglo XXI?, etc). No soy, pues, un politólogo que conoce a fondo los partidos y tendencias de nuestro país vecino. No he venido a Chile para estudiar su historia y su sociedad. Podría ser posible, algo comparativo como lo hecho entre México y Perú. Pero también es cierto que tengo otros vicios además de la lectura y el pensar. ¿Cómo dejar de salir a la calle para ver qué estaba pasando? Ver la historia no solo en los libros sino en las plazas públicas. Y hablar con la gente. Amo las ciencias humanas, desde la antropología a la filosofía, pero a la vez soy un incurable corresponsal. No puedo dejar de observar el contorno, la ciudad y el país, y sin desearlo, vimos lo que se ha llamado el «estallido social» en Chile. Todo lo que hoy ocurre proviene de ese volcán.

Era el 18 de octubre del 2019. Nos costó trabajo llegar a nuestra casa, no había taxis por el toque de queda, y el metro de Santiago estaba cerrado porque los escolares —no los universitarios— protestaron, evadiendo, por la súbida del precio del pasaje. La avalancha de los jóvenes tuvo como respuesta los carabineros. Piedras por aquí, gases por allá, otras protestas con cacerolas, y en la noche el presidente Piñera declaró la emergencia. Por lo general esas protestas masivas se apagaban, así fue en el 2011, en el 2006, lo que llamaron la «revolución pingüina». Pero esa vez no fue así. Jaime Bordel Gil lo describe: «La gente inundó las calles como respuesta al estado de emergencia y a las imágenes de militares descendiendo de los tanques en pleno centro de Santiago».  

Le explico, amable lector,  para no ir de inmediato al presente. Viene de inmediato pero con un pedido metodológico. No razone para el caso chileno con los conceptos que nos son familiares a los peruanos. Las sociedades tienen puertas y muros, pero las llaves son diferentes. No digo mejores, diferentes. Por muy andina que sea Bolivia, no es Ecuador. Somos en América Latina países específicos. Tanto como son distintos el Portugal y España, o Italia con Francia.  ¿O cree usted que Canadá y los Estados Unidos son lo mismo cuando están en el norte? Entonces, paciencia. ¿Qué siguió después del estallido?

Preámbulo a lo que está pasando. Se acuerda un proceso constituyente. Es decir, un plebiscito nacional es acordado el 25 de octubre del 2020, y chilenos y chilenas «decidieron que se redacte una nueva Constitución». Ahora  bien, ¿cómo se forma el cuerpo político para discutir y producir la nueva Constitución? En el Perú, estamos acostumbrados a que algo así lo hagan representantes en el Congreso. En el caso chileno es un cuerpo político específico que se llama la Convención Constitucional, y debe estar compuesto por 155 representantes y mediante elección directa. ¿Ok? ¿Lo ha entendido el lector?

Pues bien, las elecciones de Chile en este 2021 y en estos 15 y 16 de mayo, se han organizado a partir de tres elecciones a la vez. Las municipales, los gobernadores (por primera vez) y los miembros de la Convención Constitucional. Estas elecciones en paralelo fueron postergadas dos veces, se había previsto el domingo 25 de octubre del  2020 pero, visto la pandemia, las dejaron para el 4 de abril del 2021. Otra suspensión, por la pandemia. Por una serie de aspectos jurídicos en los que no entraremos, los nuevos alcaldes y concejales asumirán sus funciones el 28 de junio. También hubo un tiempo para que los partidos, los tradicionales o los nuevos, tuvieran sus primarias. Y elegir sus representantes para los tres rangos, obviamente, el más importante, ¿quién dominará la asamblea que redactará la Nueva Constitución?

Sí, claro, Chile tiene una administración local dividida en 346 comunas que son 345 municipalidades, si es que no me equivoco. El número de concejales depende de la demografía de la comuna,  y alcaldes o concejales tienen el cargo hasta el cuarto año,  y pueden ser reelegidos. Pero supone usted, el lector, en este instante, que la cosa del poder no está en las comunas sino en quienes han sido elegidos para la Convención Constitucional. ¿Qué son, de derechas o de izquierdas? Se sabía antes de los resultados —que han dejado con la boca abierta a todo el mndo— que era para dejar la de Pinochet y los Chicago boys que impusieron la muy conocida economía neoliberal. Cierto, en Chile ha habido crecimiento económico, pero a la vez, brechas gigantescas en la sociedad chilena. (Los mismos problemas que sacuden a las sociedades avanzadas de Europa, acosadas por los populismos tanto de izquierda como de derecha). ¿Quién ganaría, pues, en el caso chileno?

En fin, se sabe que desde el 2000 al 2019, el poder legal ha estado en manos de izquierdas y derechas, a saber, Ricardo Lagos, socialista, del 2000 al 2006. Luego, Michelle Bachelet, del 2006 a 2010. Y luego, Sebastián Piñera del 2010 al 2014. Vuelve la señora Bachelet del 2014 al 2018, y luego, por segunda vez, Piñera. Hasta este día. Parece un sistema bipartidista. Para algunos les debe parecer un modelo de reconocimiento del «otro». Pero esta vez, algo ha pasado. Como diría ese gran filósofo que era Cantinflas, «ahí está el detalle». Ocurre que ha aparecido un nuevo actor en Chile, se llaman los «independientes».

Una nueva fuerza, que nadie esperaba. Con sus 48 escaños, por encima de los 37 escaños de Vamos por Chile (muy pocos, el voto por el oficialismo). Con 28 escaños, un conjunto de fuerzas de izquierda y en donde está el Partido Comunista. Con 25 escaños, liberales y demócratas cristianos. Hubo 17 escaños para pueblos originarios. Y el presidente Piñera dijo que la «ciudadanía le envió un mensaje claro al gobierno». Y acierta en pensar qué es lo que emerge en Chile: «Estamos siendo interpelados por nuevas expresiones y nuevos liderazgos». Exactamente, no lo vence la izquierda sino un nuevo anhelo del pueblo, tener pueblo en el poder. Un cambio cultural, más que político, de orden social.

¿Qué significa este resultado? En primer lugar, la derecha pierde su derecho a vetar, lo que quiere decir que la constitución liberal no tendrá defensa alguna. Eso es una victoria, ¿pero para quién? La izquierda no ha perdido pero tampoco ha ganado. Se esperaba, visto las protestas permanentes en la calle, un triunfo masivo. Pero no es mayoría. ¿Entonces quién va a mandar?  Es claro, los de «independientes».

Pero no es toda la sorpresa. El triunfo de independientes, se dice en Chile, es un castigo del ciudadano a la política y a los partidos¡! En efecto, a los que han perdido se les está llamando «los tradicionales». Y eso es feroz crítica tanto a la derecha como a la izquierda. Los llamados «independientes» no forman parte de un partido. Un observador dice lo siguiente: «se acabaron los días en que los partidos políticos dominaban la política»  (Kenneth Bunker, en Las últimas Noticias).

Ahora bien, preguntando qué son, los dibujan como figuras variopintas, donde se mezclan movimientos, dirigentes sociales, y también críticos de partidos. Sobre todo, eso, los partidos. Un conocedor del mundo político chileno dice que «los independientes son figuras que en su mayoría no esgrimen ideas, sino la voluntad de promover este o aquel interés». Otro dice que «ya no es problema de representación». Se da cuenta,  amable lector, si eso se piensa en Chile. Entonces, los «independientes» resultan ser el ciudadano corriente, que no tiene líder, que en cambio se prepara para el diálogo. O sea, lo que está pasando en Chile es un giro en la historia de la política. Quien no se sorprendería es un tal Rousseau, «la soberanía está en el pueblo». O sea, en nuestra época en donde todo gira en torno a enriquecerse o comandar, viene la idea del «estado llano». Los constituyentes pueden gobernar, no es necesario ni un Rey ni un Mandatario. Y que es el pacto social. Y Rousseau: «Encontrar una forma de asociación  que defienda y proteja con toda la fuerza común a una persona y los bienes de cada asociado, y por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes». 

En Chile ¿retorna la «voluntad general»? Y para aterrizar y ver qué cambios o temas ocupan los independientes constituyentes, lo que está en un diario de Santiago. Los 48 electos de los 155 de la futura Convención, traen los temas de «pensiones, impuestos, agua y Banco Central, esto en lo económico». En cuanto a qué posición los de izquierda o la derecha, nada que ver. Titular de El Mercurio del martes 18.05.2021: «Lista del Pueblo se define contraria al sistema neoliberal y es crítica de partidos de izquierda». ¿Qué les parece? Ni esto ni ajeno. Se supone que para no necesitar de partidos y de líderes excepcionales, «el pueblo» —o sea, todo ciudadano— precisaría de un nivel alto en la sociedad civil compuesta de gente bien formada, no solo en una profesión sino en conocimiento de la cultura democrática. Puede que así sea en este momento en la sociedad chilena. ¿Será el país vecino una suerte de Suiza latinoamericana? Ya lo veremos. Lo de la nueva Constitución tendrá un plebiscito que la ratifique o no, en el 2022. Y solo entonces, su promulgación.

Y el Perú, ¿como estará? Cuando gente de Perú Libre dice, muy frescos, que si ganan se quedan para siempre. Es una barbaridad, pero al menos no esconden sus propósitos.

Publicado en El Montonero., 19 de mayo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/chile-la-sorpresa

Un género de escritura, entre ciencia social, ironía y la verdad

Written By: Hugo Neira - May• 17•21

Hemos tenido los peruanos el Pitucómetro, el Caviarómetro, el Cholometro, y ahora tenemos el Ignarómetro. Esta vez se trata de los jóvenes que tuvieron esa magnífica educación en la secundaria peruana que, como sabemos, es la mejor del planeta en las evaluaciones PISA gracias a que sus maestros fueron senderistas. Varias generaciones que creen que son marxistas y no saben ni michi. Por supuesto, hubo clases de Historia Peruana e Historia Universal (nunca las hubo, desde 1990 hasta nuestros días). Ellos no son culpables de «la educación de la ignorancia» que han recibido, lo somos todos. El truco ha sido no explicar por qué la URSS se desploma. Y por qué Sendero Luminoso pierde la guerra en la sierra y cae prisionero Abimael Guzmán. A veces el silencio es una complicidad. Es el caso.

El sistema es el mismo que para el Caviarómetro: una pregunta y una respuesta, con puntos para subir o bajar.

1) En marzo de 1985, la potente URSS decide aplicarse la Perestroika, palabra rusa. Este concepto fue conocido mundialmente. ¿Puede usted explicar qué es?

Sabe: 20 puntos para arriba.  No sabe:  20 para abajo.

El término quiere decir «reconstrucción». Lo establece Mijaíl Gorbachov, Secretario General del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética). No era, pues, una iniciativa de la oposición, en el sistema estaliniano eso no existía. En realidad era un mea culpa del sistema mismo. Muerto Stalin en marzo de 1953, comenzaron una serie de reformas anteriores a la Perestroika, que fue la última. La enorme modificación se organiza en tres metas. La primera consistía en reducir los gastos militares. Era la era de la Guerra Fría. El rival de la USSS en materia de innovación y armas nuevas eran los Estados Unidos. Rusia soviética gastaba un 40% de sus ingresos y USA solo un 10%. Fue una habilidad del presidente norteamericano Reagan, haciendo gastar más a su rival y provocando una permanente crisis socioeconómica en el interior de la URSS. En efecto, las colas de gente en Moscú eran enormes, «y en la vida cotidiana, las dificultades materiales provocaban una tensión de la cual sufrían los rusos mismos» (Información obtenida en Histoire du XX siècle (Initial), un manual de secundaria de 1973. Por supuesto, una temática como esta no se tuvo, desde 1990 a nuestros días, en las asignaturas peruanas. De ahí la ignorancia como materia de educación en Perú.)

La segunda meta era acrecentar la producción. La URSS competía con las sociedades europeas sin poder alcanzarlas. Y la tercera, una modificación completa del sistema tanto económico como social. Como sabemos, se les escapó de las manos y esas modificaciones destruyeron el sistema y llevaron a la desaparición de la URSS.

2) Gorbachov tuvo otra idea, tan importante como la Perestroika, y ese concepto se llama Glasnost. ¿Qué quiere decir? Si sabe, + 20 puntos. Si no sabe,  – 20 puntos.

Glasnost quiere decir un lenguaje de la verdad. Al tener una economía planificada, se formó una suerte de economía subterránea. Era sabido que la burocracia soviética mentía en sus resultados, y era preciso decir las cosas como eran, para despertar la apatía de esos años.

3) Desde la Revolución de Octubre en 1917 —que fue un golpe de Estado de Lenin—, se establece la dictadura de un solo partido, el PCUS. Los bolcheviques hacen la paz con los alemanes, perdiendo territorio, enfrentan una guerra interna (con los rusos blancos), lanzan el movimiento comunista internacional y se estatiza la industria, el comercio y los campesinos. Es una economía planificada en la que no hay propiedad privada ni libertad de mercado, por cerca de un siglo.

¿Cierto o falso?

Es falso. El mismo Lenin, en las circunstancias de una guerra en el extranjero y en el interior, lanza la NEP, en 1921. Es decir, la Nueva Política Económica, mediante la cual llama a propietarios privados y a empresarios, y que salva a Rusia de la hambruna y permite la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Pero también es cierto. ¿Por qué no continuaron eso que hoy es el método de la China actual: economía de mercado y Estado-Partido? Lo que ocurre es que Lenin muere en 1924 y es Stalin quien lanza, en 1929, la «construcción del socialismo». Consiste, según Stalin, imponer a la fuerza una política industrializante y una colectivización agraria sin piedad. Lo que se sabe hoy —y es académico y no ideológico—, está en la Historia que no miente. Lo impuesto a los campesinos tuvo un costo humano: dos millones de personas se negaron a ese sistema y los separaron. La hambruna que estalla entre 1932 y 1933, produce seis millones de víctimas.

La pregunta que les hemos hecho es para que conozcan la ambivalencia de la historia misma. Se puede decir que es cierto, por la intervención de Stalin, y que no lo es, por el sentido común de Lenin de llamar a los que entendían el mercado y salvan por unos años, al pueblo.

4) Los rusos, en el prolongado sistema soviético, desde 1929 hasta la Perestroika en 1985, soportaron el régimen estatalista.

¿Cierto o falso?

Es cierto mientras estuvo Stalin. Con él se establece un régimen totalitario. Es la época del Gran Terror. No solo el Partido elimina las élites de otros países sino las suyas. Las «purgas», así se llaman esos crímenes. Y en víspera de la II Guerra Mundial, se estima que unos siete millones es el número de personas que fueron enviados al gulag (a tierras de la Siberia, donde se morían de hambre y de frío). Muchos de ellos no eran conservadores sino facciones de marxistas que discutían a Stalin, algunos de ellos echaban de menos a Trotsky. Este había construido el Ejército Rojo de los años veinte que salva a la Rusia comunista. No vamos a ocuparnos de la II Guerra Mundial ni de los esfuerzos de los rusos por contener la ofensiva alemana. Fue una guerra patriótica, no de defensa del régimen. Costó 26 millones de muertos, y dentro de esa cifra, 9 millones de militares. El derrumbe del nazismo lleva la URSS, desde 1945, a ser una gran potencia mundial. De ahí la extensión de la Rusia soviética sobre Europa, un Imperio como en la época de los zares, Rumanía, Hungría, Albania, Checoslovaquia, países satélites que, con gran cinismo, se llamaron «democracias populares». ¿Democráticas? En ellas, partido único y nunca elecciones. Sin embargo, los rusos soviéticos lograron el CAEM, un acuerdo de  Rusia con las naciones que dominaban en la Europa del Este, una mutua ayuda. Se le conoce  como el Pacto de Varsovia. (Algo así como el pacto silencioso de la Cuba que ya no tiene la riqueza que le daba Rusia soviética y tiene hoy problemas internos, con una Venezuela tan inepta que no logra producir petróleo y una Bolivia de Evo que sueña en convertir Moquegua en su salida al mar, por supuesto, a patadas.)

Para tener buena nota hay que revisar la historia de Rusia. No todo en la historia y en las transformaciones cabe en negro o blanco. Es el caso de la Rusia post Stalin. Intentaron mejorar el sistema pero, por lo visto, la economía comunista no era productiva. Pero tampoco eso significa que el capitalismo salga triunfante. La crisis del 2008 revela grandes problemas provocados por lo que se llama el neoliberalismo. En las semanas siguientes, trataremos con el mismo criterio crítico, desde la falla de la URSS a lo que se llama neoliberalismo.

Por el momento, tomemos en cuenta la cronología de 1945 a nuestros días de una y otra Rusia.

El 5 de marzo de 1953 muere Stalin, y el 7 de setiembre Kruschev, Primer Secretario del Partido, asume el cargo. Hijo de minero, inicia su vida como pastor en Ucrania, participa en la Guerra Civil de 1918-1920, estudia técnica y política, y hace una brillante carrera en el aparato del Partido. A la muerte de Stalin, es una figura, la mejor del politburó. Con él comienza un proceso de des-estanilización. Lo que sacude el mundo comunista en la Europa del Este, la China y Corea del Norte. Es un periodo que va de 1956 a 1964. Pero es en la URSS que lo increíble ocurre: el inicio de una liberalización intelectual y reformas económicas. Todo ello a partir del XX Congreso del PCUS  (febrero de 1956). «El cometido era lograr la eficacia en el sistema soviético y alcanzar a los Estados Unidos hacia los años setenta» (manual escolar ABC du bac, Nathan, París, 1994, p. 94). Otro Congreso, el XXII (1961), va más lejos: todos los nombres que recordaban a Stalin fueron transformados. Así la ciudad de Stalingrado pasa a ser Volgogrado. El cuerpo de Stalin deja el mausoleo donde están los restos de Lenin.

En esos años, las naciones europeas sometidas a la URSS aprovecharon para liberarse, no del todo pero en algo. Albania deja el bloque soviético y se aproxima a la China de Mao. Yugoslavia dirigida por Tito se reconcilia con Rusia en 1956, pero su modelo es un socialismo autogestionario, o sea, un sistema que no es el soviético. En Polonia no siguen el sistema de planificación de los rusos y descolectivizan las tierras. Se vuelve a una producción de economía familiar, como lo hará la China post Mao. En fin, en lo que se llamaba el Tercer Mundo, la China Popular, en 1958, toma una vía de desarrollo maoísta, y no la de Stalin y los jefes de Estado posteriores.

No fue nada fácil esa metamorfosis. El 14 de octubre de 1964,  Kruschev es destituido de todas sus funciones. Lo remplaza Leonid Brézhnev. Hijo de obrero, trabajó muchos años en fábricas, y se forma como ingeniero metalúrgico. Al parecer estaba cercano a Stalin, y luego vuelve y es un personaje discutido. Tomamos en cuenta lo que les parece un retorno al pasado estalinista, o bien, los esfuerzos por salvar el Estado y la Rusia soviética.

Para algunos, los años de Brézhnev son el retorno «del culto a la personalidad», eso que se rechazaba para Stalin, un hombre de medallas. Medalla de la Orden de Lenin, medalla de Héroes de la URSS, medalla de oro Karl Marx. Los que han estudiado ese periodo inestable de la Rusia soviética dicen que Brézhnev, en los años 70, favoreció a algunos de sus familiares, a su hijo Yuri, como delegado a un XXV Congreso, y ministro adjunto del ministro de Economía. Curioso, ¿no? Se diría alguno de nuestros mandatarios y el comportamiento de las capas dominantes en Perú. Desde nuestro punto de vista, vemos todo el tiempo cómo las sociedades latinoamericanas, y en particular la sociedad peruana, están devoradas por las argollas. Podemos pensar que la Rusia en caída de los años 70 tenía un aire de prepotencia parecido.

Pero sigamos la otra versión sobre las dificultades de Brézhnev. Había un problema: muchos cuadros políticos eran gente de mayor edad. Esto ocurre en los años 70, la potente Rusia estaba dirigida por una «gerontocracia». Ciertamente, ese aspecto le daba a Moscú algo de estabilidad, pero también de inmovilidad. Continuaron con el sistema de planificaciones pese a las reformas que intentaban. Y es así como el bajo nivel de crecimiento agravaba la vida cotidiana de la población, crecía la penuria, la mala calidad de los productos, y la URSS descubría que la mortandad infantil aumentaba, puesto que se degradaban los servicios de salud. Había, pues, un malestar social.

El sistema comunista se descomponía por dentro. Había ya gente que se reconocía «disidente», pero no había marchas ni protestas porque podían terminar en uno de los campos de prisioneros llamados gulag. Entonces, era un tiempo de hipocresía, sobre todo entre los dirigentes menores. Cada uno guardaba silencio, pero si hablaban, era posible que los internaran en hospitales para dementes. Alguno, sin embargo, se atrevía a protestar: el escritor Solzhenitsyn, expulsado en 1974. Para el ruso corriente, había algunas formas de huir de la zozobra social: la indiferencia, el trabajo con mala gana, el alcoholismo, las drogas, la delincuencia… Otras formas de resistencia, entre los jóvenes, en la manera de vestirse y divertirse. Adoptaron el jazz, la música electrónica, el rock, el blues, se diría casi un exceso de idealización del mundo occidental.

Extraña sociedad. Si aplicamos la idea de Karl Marx a la URSS antes de su derrumbamiento, encontramos clases sociales en el mundo soviético, la clase obrera, los campesinos en los koljós, o sea, zonas de trabajo colectivo agrario (no había propiedad privada) y lo que se llamaba la intelligentzia (trabajadores intelectuales).

En 1991 es el fin del comunismo y la desaparición de la URSS. El 29 de agosto, el Sóviet Supremo suspende las actividades del PC en toda Rusia y procede a su disolución. Se establece un gobierno de transición, reuniendo a Gorbachov y dirigentes de las repúblicas. Y continúa la perestroika en la Europa del Este. En Polonia, es el triunfo de Solidaridad. Hungría abandona también el comunismo. Dos Estados se declaran contrarios a la perestoika, la República Democrática Alemana y Bulgaria. En Checoslovaquia, forman un gobierno todavía con comunistas pero en minoría. En  Rumania, en noviembre de 1989, Ceaucescu es elegido por unanimidad por el Partido Comunista Rumano, y un mes después, en diciembre, es ejecutado. Hay que decir que  el poscomunismo, para las naciones que fueron «democracias populares», les es muy difícil acomodarse a un sistema de economía de mercado. Su democracia es frágil, en cambio ha aumentado el nacionalismo y el temor de pasar de una dominación a otra.

5) ¿Qué viene a ser, entonces, lo que se llama marxismo-leninismo?

Según el Diccionario Histórico y Geopolítico del Siglo XX, es la etiqueta que el propio Stalin se coloca. Sirve a Rusia en la época del imperialismo soviético. Políticamente es la ortodoxia doctrinal para lograr el control desde el partido único. Por cierto, no todos los bolcheviques estaban de acuerdo en que el poder estuviera en pocas manos. Los opositores eran Nicolás Bujarin y León Trotsky. Ese sistema no logra la mejora de los rusos, y dura hasta 1956, cuando en el XX Congreso del PCUS, Nikita Kruschev denuncia el estalinismo. Hay que decirlo, es el peor régimen que se conoce en la historia del comunismo a nivel mundial. Socialistas como Castoriadis —griego comunista que rechaza el marxismo-leninista—, lo consideran un régimen de «barbarie». Otros como Lefort lo ven como un «totalitarismo».

La pregunta adecuada es la siguiente: ¿Por qué el partido Perú Libre, en la voz del señor Cerrón, sostiene que entre las variantes del régimen comunista prefiere el marxismo-leninismo, es decir, el peor. Entonces, de obtener una victoria en la segunda vuelta, borraría el Congreso y habría lo que él busca, un poder sin límite alguno. Ese marxismo-leninista ha fracasado en la Rusia soviética y en nuestros días. Los pocos países comunistas —Cuba, Vietnam, Laos— caminan hacia una economía de mercado. En cuanto a China, está claro, es un capitalismo de Estado. Dejaron a Mao y desde 1980 (hace 40 años) combinan, desde Den Xiaoping hasta nuestros días, un capitalismo que logra el socialismo porque es productivo.

(Cf. https://elmontonero.pe/columnas/comunismo-en-el-peru-cual-de-ellos)

PD: Programa para las siguientes columnas del Ignarómetro:

– Segunda parte. No hay un solo marxismo. Son varios. Marxismo, Stalin. Maoísmo. Socialdemocracia (en particular en la Alemania del siglo XX. La variante de Yugoslavia con Tito.

– Tercera parte. Qué es socialismo. Qué es comunismo. Y cuándo y en dónde se separan.

– Cuarta parte. ¿Quién era Karl Marx? ¿Y por qué lo seguimos leyendo?

Conviene saber que el dijo alguna vez, viendo como no le entendían sus seguidores, «que si así pensaban —de modo totalitario— él no era marxista».

Además de Karl Marx, ¿conoce usted quiénes siguieron observando y estudiando el fenómeno económico, social y moral del capitalismo? ¿Por ejemplo, Sombard, Weber, Schumpeter, y muchos otros en el siglo XX?

Publicado en El Montonero., 17 de mayo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/un-genero-de-escritura-entre-ciencia-social-ironia-y-verdad

Madrid: renuncia de Pablo Iglesias

Written By: Hugo Neira - May• 15•21

¿Qué pasó en Podemos?

Desde el 2014, hay un partido político en España que se llama Podemos. Logra cinco escaños en el Parlamento Europeo de los 54 a los que España tiene derecho, no muy lejos de del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) con 14, mientras el PP, Partido Popular, más bien de derecha, con 16. Fue un inicio fulgurante, sus líderes se jactan que eso les costo 130 mil euros, o sea, para aclarar las cosas, quería decir que no fue el resultado de una gran publicidad sino de la campaña de sus líderes, en especial, Pablo Iglesias. Habían comenzado con «Los Indignados», las manifestaciones en la Puerta del Sol de Madrid, y consistía en un grupo de politólogos e intelectuales, todos muy jóvenes, que aparecen justo cuando comenzaba a fracasar el gobierno de Rodríguez Zapatero, y un tanto cuando España no salía de la crisis económica y el retorno de la pobreza. Y por lo tanto, la duda de si la monarquía parlamentaria, posterior a Franco, podía ser reemplazada por un Estado republicano. Podemos crece, entonces, en una España de escándalos, latrocinios en Andalucía del Partido Socialista, gastos enormes del que fuera rey, Juan Carlos, y una serie de corrupciones. ¿Se entiende? Hay un clima de disgusto.

En todos esos años, Podemos llama la atención, y recordar su proceso sería excesivo para este artículo. Lo decisivo es que, rompiendo el bipartidismo y por la necesidad de gobernar desde una mayoría, el PSOE hace alianza con Podemos. He aquí el triunfo asombroso de Pablo Iglesias, profesor universitario, desde los libros y los estantes hacia el poder. Además, de izquierda cultivada, y el líder, el cabello con una coleta que fue materia de estudio puesto que en nuestro tiempo, las maneras cuentan más que las ideas. Y sin embargo nos llega esta noticia.

Paso a lo que dicen los diarios. Con comillas: «Un Partido Popular (PP, centro derechas) en las nubes». «Los socialistas por el suelo». «Un Unidas Podemos (izquierda populista) en crisis», y «los liberales del partido Ciudadanos, completamente fuera del juego político. Ese fue el saldo de los comicios madrileños». Cuando lo leí, me quedé con la boca abierta. Esas elecciones han tenido un récord de participación, un 80,73%, o sea, ¡con ganas de censurar! El PP ha arrasado —dicen los diarios— 65 escaños, más del doble de los 30 que tuvieron en el 2019. Ahora bien, el PSOE queda como segunda fuerza, pero con solo 24 escaños. «Al socio del gobierno socialista —dice el periodista—, no le fue mejor. Pablo Iglesias tuvo un resultado mediocre.» Y entonces, no solo ha barrido la derecha las elecciones sino que se hunde Podemos como el complemento del socialismo. La respuesta que da la vuelta al planeta: «Iglesias anuncia que deja la política tras su derrota».

Francamente es una sorpresa. Podemos aparece como un fenómeno, pero no por su estrategia —siempre es posible otro rostro y otra manera de ver— sino porque el núcleo creativo proviene de lo que aprendieron con Hugo Chávez, en Venezuela. ¿Qué pasó con ese chavismo venezolano? Tengo en la mano el libro de mi amigo Ramón Tamames. Se titula ¿Podemos? Un viaje de la nada hacia el poder, 2015. Muy completo, y tuvo la amabilidad de hacerme llegar su trabajo. Pero quiero ocuparme de cómo un movimiento perdió la confianza de la gente hasta ese punto. ¡Es una bofetada! ¿Qué pasó?

Varias cosas.

En primer lugar, teóricamente, los seguidores de Pablo Iglesias no son distintos de la clientela de otros partidos, ni mejor formados ni más jóvenes, más bien gente con desafección política, gente que desconfía de la clase política, de los partidos, «en espera de una ruptura del orden establecido» (Tamames). Y una palabra aparece en el vocabulario de Iglesias, «la casta». Y bien, ¿qué hace el líder de ese colectivo de descontentos? Se compra una casa enorme, cuyo costo ha sido de 600 mil euros¡! No estamos diciendo que hubo algo de ilícito, sino un gesto de vanidad y entonces es posible que la gente de ese movimiento populista lo haya tomado como «un suplantador y demagogo».

En segundo lugar, su mujer, que tiene un cargo de ministra, ha usado recursos públicos y no de su bolsillo, para pagar a la niñera. Además, su mujer tenía prohibido el uso de los baños de la casa a las escoltas estáticas que tenía para protegerla.

¿Se imaginan ustedes a Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin, en 1920, comprando una gran casona? Y su mujer, Nadezhda Krúpskaya, que era de una rama de la nobleza rural, ocupada en que los bolcheviques que la protegían fueran a orinar al cuartel? ¿Y el Che Guevara comprándose una casa en Hawái?

Una información que nos viene de amigos españoles, es que hubo excesos de poder en Podemos, y por eso ocurre una escisión, Errejón se distancia de Iglesias y funda Más Madrid. Está claro, los que han dirigido Podemos son señoritos, hijos de papá, muy parecidos a nuestros «caviares». Y llevan consigo esa doble carga: queremos una revolución pero seguiremos siendo parte de la clase dominante. Todo está dicho. Una casta quiere deshacerse de otra casta. ¿Y es eso el «socialismo del siglo XXI»?

Esa idea bien absurda de Hugo Chávez… Hace una mescolanza con Bolívar y Karl Marx. Bolívar no podía ser socialista porque para pensar como Marx era preciso que se viviera en la revolución industrial. Si no hay capitalismo y fábricas, no hay ni burgueses ni proletarios. Max nace en 1818. No había todavía proletarios. Esclavos, trabajadores, pero no todavía con máquinas. Bolívar era lo más avanzado que había, era un liberal. No odiaba el capitalismo, ni el sistema ni el concepto existían todavía. Admiraba Inglaterra. Por eso, entre otras causas, la Independencia nos permitía lo que el Imperio español no permitía, el libre comercio. Pero Hugo Chávez, por el amor del cielo, era un cachaco sin mucha cultura. Y eso es la Biblia de Podemos y otros proyectos, como el de Perú Libre, con la lección del hundimiento del marxismo-leninismo. No deberíamos llamarlos así sino chavismo-madurismo. Esperamos que el 28 de julio no venga a festejar su triunfo.

Volviendo al revolucionario Pablo Iglesias, lo lógico de un populista es encarnar al pueblo. Pero por lo visto, una idea que corre en las izquierdas latinoamericanas es que la elite debe vivir bien y mejor que nadie, porque si ellos no estuvieran, no habría revoluciones. Esa convicción la he conocido cuando visitaba Cuba en los 70. Estaba hospedado en un lugar de alto nivel, y como había invitado a comer a una peruana que hacía estudios en La Habana, la amiga se quedó mirando los platos y me dijo: «No sabía que en Cuba había queso Camenbert!» Esa noche tuve una discusión feroz con mis amigos de los rangos de la clase política. No por la invitación sino porque ella se enteró qué era lo que comía la clase política. Y no lo podré olvidar. «-Sí, esa es la cosa, si no hubiera nosotros, la vanguardia, no habría revolución alguna».

Pero entonces, los cambios de la humanidad, ¿se reducen a castas que se enfrentan? Quien pensó eso fue Pareto, «la historia es un cementerio de elites». No es el único  —Wright Mills, Mannheim, Mosca—, pero las cosas se complican porque en este tiempo de la presión colectiva para llegar a tener una sociedad del bienestar, la mundialización, la tecnología, que imprime velocidad tanto al comercio como a las interacciones entre naciones y entre continentes, no se le puede decir al pueblo una cosa y comportarse con las distancias sociales, las grandes brechas que produce el neoliberalismo. Todo esto nos lleva a la paradoja de a más economía feliz, más conflictos.

El tema de las elites es inmenso. Pero, dejando el tema para un ensayo, me parece que la sustitución del feudalismo por la burguesía, o alguna forma de dominación como las nomenklaturas de sociedades que se dicen socialistas, acaso lo que se espera es otra forma de vivir para las clases políticas. Puede haber una elite, pero austera. Así, en la Alemania del XVII, según Weber, emerge un tipo de productores que trabajan, venden, tienen éxito, dinero, pero no lo desperdician. Y viene el ahorro, y con ello la inversión, el capital. Quizá esa ética solo debe ser para la clase política. Debe ser sobria y el resultado de la movilidad social, y no de estratos familiares o grupales. Por fortuna, desde Tocqueville, las formas de la igualdad y la desigualdad serán el fruto de la meritocracia. Siempre habrá lugar para el altruismo. Puesto que marchamos hacia una nueva Edad Media.

Los resultados de los países con algún Podemos en América Latina en materia de Índice de Seguridad Jurídica elaborados por World Justice Project, en 2014, son los siguientes: sobre 99 países, Venezuela es el peor, 99. Bolivia hoy es 94. Ecuador, 77. (¿Podemos?  Ramón Tamames, p. 78.)

Publicado en El Montonero., viernes 14 de mayo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/madrid-renuncia-de-pablo-iglesias

A favor de la ética de la responsabilidad

Written By: Hugo Neira - May• 10•21

Dejémonos de fingimientos y sutilezas, el país democrático está a punto de colapsar. La descomposición reina en el Perú. La segunda vuelta está cantada. No se juega la victoria o la derrota de la derecha o de la izquierda sino algo mayor, trascendente, la nación misma, la patria, la Soberanía. Cuántos pueblos marchan hacia sus libertades en este planeta pese a considerarse comunistas, ¿y entre nosotros hay ciudadanos que votarán a favor de un marxismo-leninismo trasnochado?! Y quieren eludir que si eso ocurre, es el fin simple de la libre expresión o el de tener una humilde tienda o un negocio privado. Todo va a ser Estado. Pase lo que pase en las urnas, los peruanos van a mirar de frente el profundo laberinto que es el incompleto Estado y también su sociedad. En general creemos que nuestro mal, que es el desorden, proviene de los políticos y eso es una manera de librarnos de la culpa. La corrupción, que ha sido la bandera de varios personajes que llegaron a Palacio, está sembrada en toda la sociedad, arriba, al medio y abajo. Pero si se vota a favor de Perú libre, y se instala un régimen despótico —con el gobierno de unos cuantos, con una nomenklatura como en la Rusia soviética y el actual poder en Venezuela, la situación de anomia y enriquecimiento ilícito alcanzará niveles increíbles.

El abismo que se puede abrir de aquí a unas semanas ha comenzado desde hace veinte años. Un periodo de crecimiento imposible de negar, en el 2001, un 58% de pobreza y en 2017 un 21%. Sin embargo el rumbo político siguió siendo incierto, el camino a la modernidad no se inició, y seguimos con una producción primaria, la de siempre, extracción minera y algo de agricultura. Somos sin duda un caso especial. Cuanto más era exitosa la economía abierta, mayor era el rechazo político. Sin embargo algo parecido ya había ocurrido en nuestra historia. Jorge Basadre, el más lúcido historiador del Perú republicano, ante el aumento de la riqueza tras la derrota en la Guerra del Pacífico, producido de 1900 a 1930, califica ese periodo como «el auge falaz». 

Por mi parte, a mi retorno de Europa, encontré una economía peruana que crecía, al punto que el FMI ubica la del Perú, de 1990 a 2016, entre las mejores. Por mi parte, no lo vi así. Y llamé a esas décadas «la prosperidad del vicio». No es una clasificación sin bases. He aquí lo que ocurrió en Perú, a lo largo de los inicios del siglo XXI.

En esas décadas «el desencanto económico fue mayúsculo, la desconfianza en los políticos al tope. Las encuestas recogían esas emociones que no se confiesan». Todo esto dije en una entrevista para Brecha, Montevideo, 2011. Lamentablemente  anticipaba la desilusión de los peruanos con la democracia. Esa decepción paradójica en Perú, no convencía al FMI, pero en la población era el 60% del peruano de a pie. Y a ese disgusto cotidiano en las capas sociales populares, se suman los escándalos de todo tipo, como la habilidad de Odebrecht, empresa brasileña, para seducir buena parte de la clase política, cosa que también logró en otros países (el Brasil del gran Lula, que no dejaba de ser una suerte de subimperialismo, y no por azar el caso de Odebrecht se hizo público gracias a que lo desvelaron los norteamericanos). El poder en Lima —esa suerte de Mónaco que ignora la vida de las provincias— se volvió una Sodoma y Gomorra. Los diarios, los medios, el lugar de las maniobras y actos ilícitos fueron grabados en audios y dados a conocer en la TV. Y acaso, en ese momento, el sistema de partidos políticos se desmorona por su descrédito. Centenas de políticos, funcionarios, periodistas y jueces.  Como sabemos, tanto los sociólogos como los politólogos y psicólogos, una crisis moral, en sociedades donde no se ha terminado de salir de la pobreza y el subdesarrollo, puede provocar una regresión autoritaria en las urnas. Y ese es el momento de los radicales, tanto de derechas como de izquierdas. Un gran historiador europeo ha dicho que contrariamente a lo que se cree, en la historia hay momentos decisivos. Desde la muerte de César a nuestos días.

Lo que puede pasar ahora no es la primera vez, tiene un antecedente. Hugo Chávez, en vida y presidente, asoma en la vida peruana apoyando a Ollanta Humala. Pero comete un error, llama al candidato Humala «el buen soldado». En ese instante, los peruanos, bien que mal, confiaban en gran parte en su sistema de economía abierta, y entonces, votaron por el otro candidato, Alan García, que había hecho un gobierno muy discutido, en medio de la guerra civil desencadenada por Sendero Luminoso poco tomada en cuenta. (Llegó a ocupar gran parte del territorio, por poco no gana). Volviendo a las elecciones del 2006, Alan García ocupa el espacio del «mal menor». Y así consigue su segundo gobierno, que a partir de una economía abierta fue una de los mejores que tuvo el Perú. Disminuye enormemente la pobreza. Pero el malestar continuaba y Ollanta insiste en el 2011. Su partido se llamaba «nacionalista». Gran parte del electorado vio en él un exmilitar y un mestizo, por lo tanto, cercano tanto al fantasma de la repetición de un militar en Palacio a la manera de Velasco. Esas elecciones eran para cambiar el sistema neoliberal. Pero Ollanta, a los 3 o 4 meses de gobierno, se rinde ante «una hoja de ruta». Las grandes reformas quedaron para un futuro impreciso.

El enigma peruano. ¿Veinte años de descontento social y a la vez de auge económico? Lo primero que podemos pensar es que el descontento de una gran mayoría de peruanos proviene del olvido de las necesidades. Pero los datos estadísticos muestran lo contrario. No solo la pobreza había disminuido, «la vida de una familia popular había cambiado sustancialmente: del 67% que tenía un hogar con alumbrado eléctrico en 1996, en el 2009 sube a un 86,4%. A nivel rural  —talón de Aquiles de la sociedad peruana— las viviendas con disponibilidad de áreas de saneamiento pasan de un 43% en 1993 a un 60% en el 2008. El malestar no podía deberse, pues, a un crecimiento exclusivamente para las capas medias y ricas. En fin, una hipótesis razonable es que el menudo pueblo no había visto crecer dinero en sus bolsillos. Pero otra vez, los datos son desconcertantes. En 1980, el ingreso per cápita es de 890 US $. En el 2009, es de 4’200 US $. Y en el 2017, es de 6’541 US $. Estos índices los exponen el Banco Mundial e Images Economiques du Monde, edición 2017.

Ante el descontento en periodo de crecimiento, puede haber otra hipótesis razonable. Acaso un proceso inflacionario o tal vez una deuda externa exuberante. Es el caso de algunas naciones como la Argentina y sus famosos fondos buitre, pero el Perú ha mantenido en su política monetaria y cambiaria una seriedad incomovible, debido al buen manejo del Banco Central de Reserva. Al punto que más tarde, hubo recursos para el momento crítico de la pandemia. Entonces, ¿los empleos? Tan poco es eso. Mientras se triplicaba el PBI, aumentaba la demanda privada y pública en esos 20 años de bonanza. Hubo más población y gente activa, la PEA pasa de 13,4 millones a 14,8 en el 2009. Para decirlo en pocas palabras, la evolución económica y social del Perú ha sido inversamente proporcional al aumento de la confianza en los políticos, las instituciones y el Estado.

Desechada la economía y la sociedad donde aparecieron clases medias emergentes, es preciso buscar en otros espacios, más cerca acaso de las mentalidades y lo subjetivo. Una de las interrogantes, en la sociología de movimientos sociales de descontentos, puede no ser de orden económico sino de otro, moral y étnica. Lo llamaríamos los sentimientos de injusticia. Su protesta y rebelión no proviene necesariamente de los partidos políticos. No es casual, en este caso, que en la primera vuelta quien ha alcanzado la mayor votación ha sido un líder campesino y a la vez, profesor de primaria, para asombro del resto de la sociedad peruana, Pedro Castillo. Podemos investigar mucho más esa fuerza colectiva, otros actores, otras estrategias. Pero sin olvidar que en la primera vuelta, los aspirantes a la presidencia no representan las «grandes mayorías» como lo han sido las elecciones del 2016 con PP Kuczynski, del 2011 con Ollanta, del 2006 con Alan García, y del 2001 con Alejandro Toledo. Y más bien por el parlamento, Valentín Paniagua en el 2000, ante la fuga y renuncia de Alberto Fujimori. ¿Se buscaba algo nuevo? La mayoría de los expresidentes, del 2001 a la fecha, han pasado por «prisiones preventivas». Si se suma a ese descalabro la pandemia y sus muertes, se entiende que la ocasión de unas elecciones era y es la peor. ¿Cómo razonar serenamente? Las pasiones personales o colectivas siempre están presentes en las decisiones políticas, pero esta vez, al máximo.

No olvidemos que el Perú está en un continente en que el sentido de pertenencia —la identidad para decirlo de otra manera— se está perdiendo en sociedades cada vez más fragmentarias, a raíz de los efectos socioeconómicos del neoliberalismo. Y entre ellas, el Perú es acaso el más fragmentado. En el Perú siempre ha habido un mosaico de perspectivas. Es muy difícil todavía hablar de la «sociedad peruana». El Perú se explica por ser, en términos de comportamientos y mentalidades, por lo menos dos grandes culturas. La criolla y la andina. Ambas provienen de los desechos del Tahuantinsuyo, la Conquista, el periodo colonial, la República en el XIX en manos de los blancos y los conflictos etnopolíticos en el curso del siglo XX. Dos grandes culturas que cohabitan y que tienen reivindicaciones y vocaciones diferentes. Si el neoliberalismo produce grandes brechas en sociedades que llevan siglos de cohesión, ¿qué se puede esperar de un país tan complejo como el peruano, donde la cohesión social es lo que menos interesa? Una vez más, dos índices escalofriantes. Aunque subían los ingresos —antes de la pandemia— la cohesión que necesita la nación disminuía. El Perú es el país que menos cumple en su obligación tributaria. Y en las encuestas que se han hecho, para vivir bien, el tipo de formación universitaria preferida, en Bolivia y en Perú, es una carrera corta para el 39% contra un 40% que prefiere una buena formación para un buen trabajo. Y en cuanto a buenos conocimientos —que significaría que se preparan para dar un salto a la sociedad industrial y posindustrial— solo un 3% en Bolivia y apenas un 7% entre los jóvenes peruanos.

Con tal mentalidad, el Perú no saldría nunca de lo que se llamaba el Tercer Mundo. Las grandes obras como las que necesita el país —ferrocarriles, carreteras para los dos millones de campesinos propietarios después de la Reforma Agraria de 1969— no entraban en las agendas del Estado. Hasta que vino la pandemia.

Es y sigue siendo un gran mal. Pero nos abrió los ojos. Descubrimos entonces que no éramos el país que estaba a punto de entrar a la OCDE. Nos dimos cuenta de que lo que llamábamos ‘los informales’ era una solución siempre inestable y momentánea. Y de pronto, que la pandemia, por las cuarentenas, hacía perder millones de puestos de trabajo y a la vez, mataba familias  enteras con casas pequeñas o insalubres en las capas pobres de la sociedad. Descubrimos que nuestra organización social era precaria, tanto como el Estado y la sociedad. Y que muchas cosas deben reformarse, siempre y cuando sigamos teniendo libertad y el Perú sea de los peruanos.

¿Por qué digo esto? El Perú sigue siendo un país con recursos que no existen en otras sociedades.  Entonces, la votación de la segunda vuelta, en junio, no es un tema únicamente peruano. Lo que me inquieta es la geopolítica continental. Por mi parte, no es que el partido Perú Libre sea comunista, lo admitiría si fuera la decisión de los ciudadanos. Aunque sea una regresión. Pero eso no sería sino el primer paso a algo peor: volveríamos a ser colonia. Cuba ha logrado algo increíble. Colonizar y dominar otra república latinoamericana. O sea, Venezuela. Pero ni la una ni la otra tienen lo que tiene el Perú, pese a sus problemas. Tenemos en los Andes cuatro enormes cuencas, Cuzco-Puno, Junín y Huancayo, y la cuenca de Cajamarca. Lo que puede producir una de esas cuencas puede alimentar las hambrientas La Habana y Caracas. Eso quieren, pero no comprando sino dominando. Y entonces, los campesinos que votarán por PL serán los nuevos yanas de sus nuevos conquistadores. Estamos en el siglo XXI, la cuestión de la globalización hace que nuestras opciones políticas dejan de ser nacionales. Y entonces, lo que se juega, el 6 de junio, no es si gana la pareja Pedro Castillo y el señor Cerrón. La cuestión es si perdemos la Soberanía. Si volvemos a tener virreyes. Años atrás, Nicolás Lynch escribió ¿Qué es ser de izquierda?. Y establece dos tipos de organización: izquierdas autoritarias e izquierdas democráticas. Hoy, las últimas se han esfumado. Solo quedan las primeras. El Apra era una suerte de socialdemocracia en un país de indios, criollos y mestizos.

Entonces, ¿qué nos queda? La nación como salvación. Pero eso nos va a costar un esfuerzo enorme. Nuestra crisis no es solo la salud, la pérdida de empleos, sino una crisis de lo peor, una crisis ética. El gesto que nos salve es de contenido ontológico. Sí, pues, es filosófico y moral. No somos un país acostumbrado a la filosofía, tuvimos uno que otro curso y por lo general, profesores de filosofía. Pero hoy, al borde del abismo, tenemos que elegir entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Fue una idea de Max Weber. Y las mismas ideas luego, en el filósofo alemán Jonas. Es simple y terrible. ¿Los peruanos serán los siervos de los cubanos? ¿Es así el fin histórico del Perú? Hemos llegado a esta situación acaso porque tuvimos una serie de presidentes improvisados, salvo un par de políticos, Paniagua y Alan. Y hoy es preciso un esfuerzo enorme, de orden moral y patriota.

No es fácil olvidar por un momento la convicción. Muchos de mis amigos y colegas no admiten de ninguna manera a Keiko y a su fujimorismo. Los entiendo. Yo mismo, nunca lo fui. Pero queda la ética de la responsabilidad. Queda lo que puede hacer la pareja Castillo-Cerrón, que tiene tales propósitos que se niega a declararlos en debates electorales. Son un agujero negro, lo digo como metáfora. En el cosmos existen pero no sabemos qué tienen dentro. Por lo demás, la ironía que el Perú se pierda justo para su Bicentenario…

Cuentan que Diderot —el ilustrado francés que crea la Enciclopedia— había escrito una carta titulada «Carta para ciegos». Eso es mi caso. No entienden algunos que las patrias acaso no son inmortales. ¿No desapareció Yugoslavia, fragmentada entre serbios, croatas, montenegrinos y musulmanes, etc? Cuando la situación es extrema, el alma misma sufre de imponerse a sus propias creencias, en nombre de algo trascendente. Fue el caso del encuentro entre el presidente Roosevelt, Churchill y Stalin, en secreto y peligrosamente, en Yalta. Eran tres hombres de Estado que se detestaban. Para Stalin, el inglés conservador que era Churchill era alguien que hubiera mandado a matar inmediatamente. Lo mismo Churchill que estaba al tanto de los crímenes de Stalin que había fusilado a la guardia vieja bolchevique, la gente de Lenin. Lo mismo el americano. Pero la guerra y la política son así. Por encima de todo, había que vencer a Hitler. Este caso, muy conocido, puede que nos ilumine. A veces hay que hacer lo que no nos gusta, en nombre de la patria.

Sí, en nombre de la patria. Yo les digo, cuando mi padre súbitamente tuvo un infarto, yo estaba en Francia y era Navidad, y muchas gentes volaban para encontrar sus familias. Y no puedo olvidar a la funcionaria de Air France en aquella noche buscando una ruta, que fue la de salir de Francia a Canadá y de ahí a otro avión en los Estados Unidos, y al fin, Lima. Mi padre ya había muerto. Me reclamó hasta el último minuto. Ahora mismo me saltan las lágrimas. El féretro se lo echaron a la espalda mis camaradas del CEDEP, Pancho Guerra García, Carlos Franco,… Pues bien, tan duro como la muerte de un padre es la muerte de tu país. Lo digo porque este es el riesgo que corremos. No quiero creer que desapareciera el Perú por unos cuantos ciudadanos que no evaluaron el riesgo de perder la patria. Por esto, en esta columna que puede ser de adiós, insisto en que la ética de la responsabilidad es la solución. No hay otra. Tendremos entonces el tiempo necesario para las grandes reformas que la sociedad y el Estado necesitan.

Podemos hacerlo sin desenterrar el modelo de Lenin e imponerlo en un país, que mal que bien, ya se ha acostumbrado al uso de la libertad. Lenin tenía sus razones, en una Rusia de campesinos mujik que adoraban a su zar. Queremos democracia para más grandes reformas. El Perú ha perdido varias ocasiones. Después de Velasco. Después de la caída de Abimael Guzmán. La pandemia nos ha abierto los ojos. Y también la presión del candidato Castillo. En política y en el pensamiento, existe la tesis y la antitesis. Hoy es escuchar a los que quieren cerrar Congresos, empresas privadas y lo que sea. En ese caso, el partido Perú Libre cae en el mismo defecto que el resto de los partidos y tendencias peruanas. Se maneja nuestra vida pública no incluyendo sino excluyendo. Tomar el poder y ejercerlo como un sultán, es algo que nos ha ocurrido a cada rato y nos ha llevado a nada. Luis Alberto Sánchez nos describe un «Perú adolescente». Esperamos que por un milagro, el joven presumido se porte como un adulto. Pasando el mal rato de votar por lo que no nos gusta con tal de salvar la patria.

Publicado en El Montonero., 10 de mayo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/a-favor-de-la-etica-de-la-responsabilidad