Desde
el 2014, hay un partido político en España que se llama Podemos. Logra cinco escaños en el Parlamento Europeo de los 54 a
los que España tiene derecho, no muy lejos de del PSOE (Partido Socialista Obrero
Español) con 14, mientras el PP, Partido Popular, más bien de derecha, con 16. Fue
un inicio fulgurante, sus líderes se jactan que eso les costo 130 mil euros, o
sea, para aclarar las cosas, quería decir que no fue el resultado de una gran
publicidad sino de la campaña de sus líderes, en especial, Pablo Iglesias.
Habían comenzado con «Los Indignados», las manifestaciones en la Puerta del Sol
de Madrid, y consistía en un grupo de politólogos e intelectuales, todos muy jóvenes,
que aparecen justo cuando comenzaba a fracasar el gobierno de Rodríguez
Zapatero, y un tanto cuando España no salía de la crisis económica y el retorno
de la pobreza. Y por lo tanto, la duda de si la monarquía parlamentaria,
posterior a Franco, podía ser reemplazada por un Estado republicano. Podemos crece, entonces, en una España
de escándalos, latrocinios en Andalucía del Partido Socialista, gastos enormes
del que fuera rey, Juan Carlos, y una serie de corrupciones. ¿Se entiende? Hay
un clima de disgusto.
En
todos esos años, Podemos llama la
atención, y recordar su proceso sería excesivo para este artículo. Lo decisivo
es que, rompiendo el bipartidismo y por la necesidad de gobernar desde una
mayoría, el PSOE hace alianza con Podemos.
He aquí el triunfo asombroso de Pablo Iglesias, profesor universitario, desde
los libros y los estantes hacia el poder. Además, de izquierda cultivada, y el
líder, el cabello con una coleta que fue materia de estudio puesto que en
nuestro tiempo, las maneras cuentan más que las ideas. Y sin embargo nos llega
esta noticia.
Paso
a lo que dicen los diarios. Con comillas: «Un Partido Popular (PP, centro
derechas) en las nubes». «Los socialistas por el suelo». «Un Unidas Podemos
(izquierda populista) en crisis», y «los liberales del partido Ciudadanos, completamente
fuera del juego político. Ese fue el saldo de los comicios madrileños». Cuando
lo leí, me quedé con la boca abierta. Esas elecciones han tenido un récord de
participación, un 80,73%, o sea, ¡con ganas de censurar! El PP ha arrasado
—dicen los diarios— 65 escaños, más del doble de los 30 que tuvieron en el
2019. Ahora bien, el PSOE queda como segunda fuerza, pero con solo 24 escaños.
«Al socio del gobierno socialista —dice el periodista—, no le fue mejor. Pablo
Iglesias tuvo un resultado mediocre.» Y entonces, no solo ha barrido la derecha
las elecciones sino que se hunde Podemos como
el complemento del socialismo. La respuesta que da la vuelta al planeta: «Iglesias
anuncia que deja la política tras su derrota».
Francamente
es una sorpresa. Podemos aparece como
un fenómeno, pero no por su estrategia —siempre es posible otro rostro y otra
manera de ver— sino porque el núcleo creativo proviene de lo que aprendieron
con Hugo Chávez, en Venezuela. ¿Qué pasó con ese chavismo venezolano? Tengo en
la mano el libro de mi amigo Ramón Tamames. Se titula ¿Podemos?Un viaje de la nada
hacia el poder, 2015. Muy completo, y tuvo la amabilidad de hacerme llegar su
trabajo. Pero quiero ocuparme de cómo un movimiento perdió la confianza de la
gente hasta ese punto. ¡Es una bofetada! ¿Qué pasó?
Varias
cosas.
En
primer lugar, teóricamente, los seguidores de Pablo Iglesias no son distintos
de la clientela de otros partidos, ni mejor formados ni más jóvenes, más bien
gente con desafección política, gente que desconfía de la clase política, de
los partidos, «en espera de una ruptura del orden establecido» (Tamames). Y una
palabra aparece en el vocabulario de Iglesias, «la casta». Y bien, ¿qué hace el
líder de ese colectivo de descontentos? Se compra una casa enorme, cuyo costo
ha sido de 600 mil euros¡! No estamos diciendo que hubo algo de ilícito, sino
un gesto de vanidad y entonces es posible que la gente de ese movimiento
populista lo haya tomado como «un suplantador y demagogo».
En
segundo lugar, su mujer, que tiene un cargo de ministra, ha usado recursos públicos
y no de su bolsillo, para pagar a la niñera. Además, su mujer tenía prohibido
el uso de los baños de la casa a las escoltas estáticas que tenía para
protegerla.
¿Se
imaginan ustedes a Vladimir Ilich Ulianov, más conocido como Lenin, en 1920,
comprando una gran casona? Y su mujer, Nadezhda Krúpskaya, que era de una rama
de la nobleza rural, ocupada en que los bolcheviques que la protegían fueran a
orinar al cuartel? ¿Y el Che Guevara comprándose una casa en Hawái?
Una
información que nos viene de amigos españoles, es que hubo excesos de poder en Podemos, y por eso ocurre una escisión,
Errejón se distancia de Iglesias y funda Más Madrid. Está claro, los que han
dirigido Podemos son señoritos, hijos
de papá, muy parecidos a nuestros «caviares». Y llevan consigo esa doble carga:
queremos una revolución pero seguiremos siendo parte de la clase dominante.
Todo está dicho. Una casta quiere deshacerse de otra casta. ¿Y es eso el «socialismo
del siglo XXI»?
Esa
idea bien absurda de Hugo Chávez… Hace una mescolanza con Bolívar y Karl
Marx. Bolívar no podía ser socialista porque para pensar como Marx era preciso
que se viviera en la revolución industrial. Si no hay capitalismo y fábricas,
no hay ni burgueses ni proletarios. Max nace en 1818. No había todavía proletarios.
Esclavos, trabajadores, pero no todavía con máquinas. Bolívar era lo más
avanzado que había, era un liberal. No odiaba el capitalismo, ni el sistema ni
el concepto existían todavía. Admiraba Inglaterra. Por eso, entre otras causas,
la Independencia nos permitía lo que el Imperio español no permitía, el libre
comercio. Pero Hugo Chávez, por el amor del cielo, era un cachaco sin mucha
cultura. Y eso es la Biblia de Podemos
y otros proyectos, como el de Perú Libre, con la lección del hundimiento del
marxismo-leninismo. No deberíamos llamarlos así sino chavismo-madurismo.
Esperamos que el 28 de julio no venga a festejar su triunfo.
Volviendo
al revolucionario Pablo Iglesias, lo lógico de un populista es encarnar al
pueblo. Pero por lo visto, una idea que corre en las izquierdas
latinoamericanas es que la elite debe vivir bien y mejor que nadie, porque si
ellos no estuvieran, no habría revoluciones. Esa convicción la he conocido
cuando visitaba Cuba en los 70. Estaba hospedado en un lugar de alto nivel, y
como había invitado a comer a una peruana que hacía estudios en La Habana, la
amiga se quedó mirando los platos y me dijo: «No sabía que en Cuba había queso
Camenbert!» Esa noche tuve una discusión feroz con mis amigos de los
rangos de la clase política. No por la invitación sino porque ella se enteró
qué era lo que comía la clase política. Y no lo podré olvidar. «-Sí, esa es la
cosa, si no hubiera nosotros, la vanguardia, no habría revolución alguna».
Pero
entonces, los cambios de la humanidad, ¿se reducen a castas que se
enfrentan? Quien pensó eso fue Pareto, «la historia es un cementerio de elites».
No es el único —Wright Mills, Mannheim,
Mosca—, pero las cosas se complican porque en este tiempo de la presión
colectiva para llegar a tener una sociedad del bienestar, la mundialización, la
tecnología, que imprime velocidad tanto al comercio como a las interacciones
entre naciones y entre continentes, no se le puede decir al pueblo una cosa y
comportarse con las distancias sociales, las grandes brechas que produce el neoliberalismo.
Todo esto nos lleva a la paradoja de a más economía feliz, más conflictos.
El
tema de las elites es inmenso. Pero, dejando el tema para un ensayo, me parece
que la sustitución del feudalismo por la burguesía, o alguna forma de
dominación como las nomenklaturas de
sociedades que se dicen socialistas, acaso lo que se espera es otra forma de
vivir para las clases políticas. Puede haber una elite, pero austera. Así, en
la Alemania del XVII, según Weber, emerge un tipo de productores que trabajan,
venden, tienen éxito, dinero, pero no lo desperdician. Y viene el ahorro,
y con ello la inversión, el capital. Quizá esa ética solo debe ser para la
clase política. Debe ser sobria y el resultado de la movilidad social, y no de
estratos familiares o grupales. Por fortuna, desde Tocqueville, las formas de
la igualdad y la desigualdad serán el fruto de la meritocracia. Siempre habrá
lugar para el altruismo. Puesto que marchamos hacia una nueva Edad Media.
Los
resultados de los países con algún Podemos
en América Latina en materia de Índice de Seguridad Jurídica elaborados por
World Justice Project, en 2014, son los siguientes: sobre 99 países, Venezuela
es el peor, 99. Bolivia hoy es 94. Ecuador, 77. (¿Podemos? Ramón Tamames, p.
78.)
Publicado
en El Montonero., viernes 14 de mayo
de 2021
Dejémonos de fingimientos y
sutilezas, el país democrático está a punto de colapsar. La descomposición
reina en el Perú. La segunda vuelta está cantada. No se juega la victoria o la
derrota de la derecha o de la izquierda sino algo mayor, trascendente, la nación
misma, la patria, la Soberanía. Cuántos pueblos marchan hacia sus libertades en
este planeta pese a considerarse comunistas, ¿y entre nosotros hay ciudadanos
que votarán a favor de un marxismo-leninismo trasnochado?! Y quieren eludir que
si eso ocurre, es el fin simple de la libre expresión o el de tener una humilde
tienda o un negocio privado. Todo va a ser Estado. Pase lo que pase en las
urnas, los peruanos van a mirar de frente el profundo laberinto que es el
incompleto Estado y también su sociedad. En general creemos que nuestro mal, que
es el desorden, proviene de los políticos y eso es una manera de librarnos de
la culpa. La corrupción, que ha sido la bandera de varios personajes que
llegaron a Palacio, está sembrada en toda la sociedad, arriba, al medio y
abajo. Pero si se vota a favor de Perú libre, y se instala un régimen despótico
—con el gobierno de unos cuantos, con una nomenklatura
como en la Rusia soviética y el actual poder en Venezuela, la situación de
anomia y enriquecimiento ilícito alcanzará niveles increíbles.
El abismo que se puede abrir
de aquí a unas semanas ha comenzado desde hace veinte años. Un periodo de
crecimiento imposible de negar, en el 2001, un 58% de pobreza y en 2017 un 21%.
Sin embargo el rumbo político siguió siendo incierto, el camino a la modernidad
no se inició, y seguimos con una producción primaria, la de siempre, extracción
minera y algo de agricultura. Somos sin duda un caso especial. Cuanto más era
exitosa la economía abierta, mayor era el rechazo político. Sin embargo algo
parecido ya había ocurrido en nuestra historia. Jorge Basadre, el más lúcido
historiador del Perú republicano, ante el aumento de la riqueza tras la derrota
en la Guerra del Pacífico, producido de 1900 a 1930, califica ese periodo como «el
auge falaz».
Por mi parte, a mi retorno
de Europa, encontré una economía peruana que crecía, al punto que el FMI ubica
la del Perú, de 1990 a 2016, entre las mejores. Por mi parte, no lo vi así. Y
llamé a esas décadas «la prosperidad del vicio». No es una clasificación sin
bases. He aquí lo que ocurrió en Perú, a lo largo de los inicios del siglo XXI.
En esas décadas «el
desencanto económico fue mayúsculo, la desconfianza en los políticos al tope.
Las encuestas recogían esas emociones que no se confiesan». Todo esto dije en
una entrevista para Brecha,
Montevideo, 2011. Lamentablemente anticipaba
la desilusión de los peruanos con la democracia. Esa decepción paradójica en
Perú, no convencía al FMI, pero en la población era el 60% del peruano de a
pie. Y a ese disgusto cotidiano en las capas sociales populares, se suman los
escándalos de todo tipo, como la habilidad de Odebrecht, empresa brasileña,
para seducir buena parte de la clase política, cosa que también logró en otros
países (el Brasil del gran Lula, que no dejaba de ser una suerte de subimperialismo,
y no por azar el caso de Odebrecht se hizo público gracias a que lo desvelaron los
norteamericanos). El poder en Lima —esa suerte de Mónaco que ignora la vida de
las provincias— se volvió una Sodoma y Gomorra. Los diarios, los medios, el
lugar de las maniobras y actos ilícitos fueron grabados en audios y dados a
conocer en la TV. Y acaso, en ese momento, el sistema de partidos políticos se desmorona
por su descrédito. Centenas de políticos, funcionarios, periodistas y jueces. Como sabemos, tanto los sociólogos como los
politólogos y psicólogos, una crisis moral, en sociedades donde no se ha
terminado de salir de la pobreza y el subdesarrollo, puede provocar una
regresión autoritaria en las urnas. Y ese es el momento de los radicales, tanto
de derechas como de izquierdas. Un gran historiador europeo ha dicho que
contrariamente a lo que se cree, en la historia hay momentos decisivos. Desde
la muerte de César a nuestos días.
Lo que puede pasar ahora no
es la primera vez, tiene un antecedente. Hugo Chávez, en vida y presidente,
asoma en la vida peruana apoyando a Ollanta Humala. Pero comete un error, llama
al candidato Humala «el buen soldado». En ese instante, los peruanos, bien que
mal, confiaban en gran parte en su sistema de economía abierta, y entonces,
votaron por el otro candidato, Alan García, que había hecho un gobierno muy
discutido, en medio de la guerra civil desencadenada por Sendero Luminoso poco
tomada en cuenta. (Llegó a ocupar gran parte del territorio, por poco no gana).
Volviendo a las elecciones del 2006, Alan García ocupa el espacio del «mal
menor». Y así consigue su segundo gobierno, que a partir de una economía
abierta fue una de los mejores que tuvo el Perú. Disminuye enormemente la
pobreza. Pero el malestar continuaba y Ollanta insiste en el 2011. Su partido
se llamaba «nacionalista». Gran parte del electorado vio en él un exmilitar y
un mestizo, por lo tanto, cercano tanto al fantasma de la repetición de un
militar en Palacio a la manera de Velasco. Esas elecciones eran para cambiar el
sistema neoliberal. Pero Ollanta, a los 3 o 4 meses de gobierno, se rinde ante
«una hoja de ruta». Las grandes reformas quedaron para un futuro impreciso.
El enigma peruano. ¿Veinte
años de descontento social y a la vez de auge económico? Lo primero que podemos
pensar es que el descontento de una gran mayoría de peruanos proviene del
olvido de las necesidades. Pero los datos estadísticos muestran lo contrario.
No solo la pobreza había disminuido, «la vida de una familia popular había
cambiado sustancialmente: del 67% que tenía un hogar con alumbrado eléctrico en
1996, en el 2009 sube a un 86,4%. A nivel rural
—talón de Aquiles de la sociedad peruana— las viviendas con disponibilidad
de áreas de saneamiento pasan de un 43% en 1993 a un 60% en el 2008. El
malestar no podía deberse, pues, a un crecimiento exclusivamente para las capas
medias y ricas. En fin, una hipótesis razonable es que el menudo pueblo no había
visto crecer dinero en sus bolsillos. Pero otra vez, los datos son desconcertantes.
En 1980, el ingreso per cápita es de 890 US $. En el 2009, es de 4’200 US $. Y
en el 2017, es de 6’541 US $. Estos índices los exponen el Banco Mundial e Images Economiques du Monde, edición
2017.
Ante el descontento en
periodo de crecimiento, puede haber otra hipótesis razonable. Acaso un proceso
inflacionario o tal vez una deuda externa exuberante. Es el caso de algunas
naciones como la Argentina y sus famosos fondos buitre, pero el Perú ha
mantenido en su política monetaria y cambiaria una seriedad incomovible, debido
al buen manejo del Banco Central de Reserva. Al punto que más tarde, hubo
recursos para el momento crítico de la pandemia. Entonces, ¿los empleos? Tan
poco es eso. Mientras se triplicaba el PBI, aumentaba la demanda privada y
pública en esos 20 años de bonanza. Hubo más población y gente activa, la PEA
pasa de 13,4 millones a 14,8 en el 2009. Para decirlo en pocas palabras, la
evolución económica y social del Perú ha sido inversamente proporcional al
aumento de la confianza en los políticos, las instituciones y el Estado.
Desechada la economía y la
sociedad donde aparecieron clases medias emergentes, es preciso buscar en otros
espacios, más cerca acaso de las mentalidades y lo subjetivo. Una de las
interrogantes, en la sociología de movimientos sociales de descontentos, puede
no ser de orden económico sino de otro, moral y étnica. Lo llamaríamos los
sentimientos de injusticia. Su protesta y rebelión no proviene necesariamente
de los partidos políticos. No es casual, en este caso, que en la primera vuelta
quien ha alcanzado la mayor votación ha sido un líder campesino y a la vez,
profesor de primaria, para asombro del resto de la sociedad peruana, Pedro
Castillo. Podemos investigar mucho más esa fuerza colectiva, otros actores,
otras estrategias. Pero sin olvidar que en la primera vuelta, los aspirantes a
la presidencia no representan las «grandes mayorías» como lo han sido las
elecciones del 2016 con PP Kuczynski, del 2011 con Ollanta, del 2006 con Alan
García, y del 2001 con Alejandro Toledo. Y más bien por el parlamento, Valentín
Paniagua en el 2000, ante la fuga y renuncia de Alberto Fujimori. ¿Se buscaba
algo nuevo? La mayoría de los expresidentes, del 2001 a la fecha, han pasado
por «prisiones preventivas». Si se suma a ese descalabro la pandemia y sus
muertes, se entiende que la ocasión de unas elecciones era y es la peor. ¿Cómo
razonar serenamente? Las pasiones personales o colectivas siempre están presentes
en las decisiones políticas, pero esta vez, al máximo.
No olvidemos que el Perú
está en un continente en que el sentido de pertenencia —la identidad para
decirlo de otra manera— se está perdiendo en sociedades cada vez más fragmentarias,
a raíz de los efectos socioeconómicos del neoliberalismo. Y entre ellas, el Perú
es acaso el más fragmentado. En el Perú siempre ha habido un mosaico de
perspectivas. Es muy difícil todavía hablar de la «sociedad peruana». El Perú
se explica por ser, en términos de comportamientos y mentalidades, por lo menos
dos grandes culturas. La criolla y la andina. Ambas provienen de los desechos
del Tahuantinsuyo, la Conquista, el periodo colonial, la República en el XIX en
manos de los blancos y los conflictos etnopolíticos en el curso del siglo XX.
Dos grandes culturas que cohabitan y que tienen reivindicaciones y vocaciones diferentes.
Si el neoliberalismo produce grandes brechas en sociedades que llevan siglos de
cohesión, ¿qué se puede esperar de un país tan complejo como el peruano,
donde la cohesión social es lo que menos interesa? Una vez más, dos índices escalofriantes.
Aunque subían los ingresos —antes de la pandemia— la cohesión que necesita la
nación disminuía. El Perú es el país que menos cumple en su obligación
tributaria. Y en las encuestas que se han hecho, para vivir bien, el tipo de
formación universitaria preferida, en Bolivia y en Perú, es una carrera corta para
el 39% contra un 40% que prefiere una buena formación para un buen trabajo. Y
en cuanto a buenos conocimientos —que significaría que se preparan para dar un
salto a la sociedad industrial y posindustrial— solo un 3% en Bolivia y apenas
un 7% entre los jóvenes peruanos.
Con tal mentalidad, el Perú
no saldría nunca de lo que se llamaba el Tercer Mundo. Las grandes obras como
las que necesita el país —ferrocarriles, carreteras para los dos millones de
campesinos propietarios después de la Reforma Agraria de 1969— no entraban en
las agendas del Estado. Hasta que vino la pandemia.
Es y sigue siendo un gran
mal. Pero nos abrió los ojos. Descubrimos entonces que no éramos el país que
estaba a punto de entrar a la OCDE. Nos dimos cuenta de que lo que llamábamos
‘los informales’ era una solución siempre inestable y momentánea. Y de pronto,
que la pandemia, por las cuarentenas, hacía perder millones de puestos de
trabajo y a la vez, mataba familias enteras con casas pequeñas o insalubres en las
capas pobres de la sociedad. Descubrimos que nuestra organización social era
precaria, tanto como el Estado y la sociedad. Y que muchas cosas deben
reformarse, siempre y cuando sigamos teniendo libertad y el Perú sea de los
peruanos.
¿Por qué digo esto? El Perú
sigue siendo un país con recursos que no existen en otras sociedades. Entonces, la votación de la segunda vuelta, en
junio, no es un tema únicamente peruano. Lo que me inquieta es la geopolítica
continental. Por mi parte, no es que el partido Perú Libre sea comunista, lo
admitiría si fuera la decisión de los ciudadanos. Aunque sea una regresión.
Pero eso no sería sino el primer paso a algo peor: volveríamos a ser colonia. Cuba
ha logrado algo increíble. Colonizar y dominar otra república latinoamericana.
O sea, Venezuela. Pero ni la una ni la otra tienen lo que tiene el Perú, pese a
sus problemas. Tenemos en los Andes cuatro enormes cuencas, Cuzco-Puno, Junín y
Huancayo, y la cuenca de Cajamarca. Lo que puede producir una de esas cuencas
puede alimentar las hambrientas La Habana y Caracas. Eso quieren, pero no
comprando sino dominando. Y entonces, los campesinos que votarán por PL serán
los nuevos yanas de sus nuevos conquistadores. Estamos en el siglo XXI, la
cuestión de la globalización hace que nuestras opciones políticas dejan de ser
nacionales. Y entonces, lo que se juega, el 6 de junio, no es si gana la
pareja Pedro Castillo y el señor Cerrón. La cuestión es si perdemos la Soberanía.
Si volvemos a tener virreyes. Años atrás, Nicolás Lynch escribió ¿Qué es ser de izquierda?. Y establece
dos tipos de organización: izquierdas autoritarias e izquierdas democráticas. Hoy,
las últimas se han esfumado. Solo quedan las primeras. El Apra era una suerte
de socialdemocracia en un país de indios, criollos y mestizos.
Entonces, ¿qué nos queda? La
nación como salvación. Pero eso nos va a costar un esfuerzo enorme. Nuestra
crisis no es solo la salud, la pérdida de empleos, sino una crisis de lo peor,
una crisis ética. El gesto que nos salve es de contenido ontológico. Sí, pues,
es filosófico y moral. No somos un país acostumbrado a la filosofía, tuvimos
uno que otro curso y por lo general, profesores de filosofía. Pero hoy, al
borde del abismo, tenemos que elegir entre la ética de la convicción y la ética
de la responsabilidad. Fue una idea de Max Weber. Y las mismas ideas luego,
en el filósofo alemán Jonas. Es simple y terrible. ¿Los peruanos serán los
siervos de los cubanos? ¿Es así el fin histórico del Perú? Hemos llegado a esta
situación acaso porque tuvimos una serie de presidentes improvisados, salvo un
par de políticos, Paniagua y Alan. Y hoy es preciso un esfuerzo enorme, de
orden moral y patriota.
No es fácil olvidar por un
momento la convicción. Muchos de mis amigos y colegas no admiten de ninguna
manera a Keiko y a su fujimorismo. Los entiendo. Yo mismo, nunca lo fui. Pero
queda la ética de la responsabilidad. Queda lo que puede hacer la pareja
Castillo-Cerrón, que tiene tales propósitos que se niega a declararlos en
debates electorales. Son un agujero negro, lo digo como metáfora. En el cosmos
existen pero no sabemos qué tienen dentro. Por lo demás, la ironía que el Perú
se pierda justo para su Bicentenario…
Cuentan que Diderot —el
ilustrado francés que crea la Enciclopedia— había escrito una carta titulada «Carta
para ciegos». Eso es mi caso. No entienden algunos que las patrias acaso no son
inmortales. ¿No desapareció Yugoslavia, fragmentada entre serbios, croatas, montenegrinos
y musulmanes, etc? Cuando la situación es extrema, el alma misma sufre de
imponerse a sus propias creencias, en nombre de algo trascendente. Fue el caso
del encuentro entre el presidente Roosevelt, Churchill y Stalin, en secreto y peligrosamente,
en Yalta. Eran tres hombres de Estado que se detestaban. Para Stalin, el inglés
conservador que era Churchill era alguien que hubiera mandado a matar
inmediatamente. Lo mismo Churchill que estaba al tanto de los crímenes de
Stalin que había fusilado a la guardia vieja bolchevique, la gente de Lenin. Lo
mismo el americano. Pero la guerra y la política son así. Por encima de todo, había
que vencer a Hitler. Este caso, muy conocido, puede que nos ilumine. A veces hay
que hacer lo que no nos gusta, en nombre de la patria.
Sí, en nombre de la patria. Yo les digo, cuando mi padre súbitamente
tuvo un infarto, yo estaba en Francia y era Navidad, y muchas gentes volaban
para encontrar sus familias. Y no puedo olvidar a la funcionaria de Air France
en aquella noche buscando una ruta, que fue la de salir de Francia a Canadá y de
ahí a otro avión en los Estados Unidos, y al fin, Lima. Mi padre ya había
muerto. Me reclamó hasta el último minuto. Ahora mismo me saltan las lágrimas.
El féretro se lo echaron a la espalda mis camaradas del CEDEP, Pancho Guerra
García, Carlos Franco,… Pues bien, tan duro como la muerte de un padre es la
muerte de tu país. Lo digo porque este es el riesgo que corremos. No quiero
creer que desapareciera el Perú por unos cuantos ciudadanos que no evaluaron el
riesgo de perder la patria. Por esto, en esta columna que puede ser de
adiós, insisto en que laética de la responsabilidad es la
solución. No hay otra. Tendremos entonces el tiempo necesario para las grandes
reformas que la sociedad y el Estado necesitan.
Podemos hacerlo sin
desenterrar el modelo de Lenin e imponerlo en un país, que mal que bien, ya se
ha acostumbrado al uso de la libertad. Lenin tenía sus razones, en una Rusia de
campesinos mujik que adoraban a su zar.
Queremos democracia para más grandes reformas. El Perú ha perdido varias
ocasiones. Después de Velasco. Después de la caída de Abimael Guzmán. La
pandemia nos ha abierto los ojos. Y también la presión del candidato Castillo.
En política y en el pensamiento, existe la tesis y la antitesis. Hoy es
escuchar a los que quieren cerrar Congresos, empresas privadas y lo que sea. En
ese caso, el partido Perú Libre cae en el mismo defecto que el resto de los
partidos y tendencias peruanas. Se maneja nuestra vida pública no incluyendo
sino excluyendo. Tomar el poder y ejercerlo como un sultán, es algo que nos ha
ocurrido a cada rato y nos ha llevado a nada. Luis Alberto Sánchez nos describe
un «Perú adolescente». Esperamos que por un milagro, el joven presumido se
porte como un adulto. Pasando el mal rato de votar por lo que no nos gusta con
tal de salvar la patria.
Hay
un Bicentenario en estos días. No es el de un peruano, ni presidente o algún
gran pensador en el pasado. Es alguien que se vincula con las raíces de nuestra
independencia, pero de una manera particular. En este 5 de mayo se cumple el
bicentenario de la muerte de Napoleón Bonaparte en 1821. El amable lector se
preguntará qué tiene que ver con nuestra historia y la construcción de nuestra
República ese personaje europeo. Mi respuesta es que me ocupo en estas líneas
sobre Bonaparte por dos razones. La primera es que durante la invasión de un
ejército francés en el reino de España, en 1808-1810, dirigida por Napoleón
Bonaparte, caen prisioneros en Bayona el rey Fernando VII y también su padre,
Carlos IV. El propósito era bloquear, aislar a la potente Inglaterra. Pero el
Imperio español quedaba sin corona. El efecto fue inmediato. De ahí en adelante,
en las colonias se sabía que el Imperio llegaba a su ocaso y obviamente,
arrancaron con vigor diversos movimientos independentistas. La segunda razón,
es que el ejemplo de un Bonaparte a la vez revolucionario y estadista, precede
a San Martín y Simón Bolívar.
El regalo inesperado a la Independencia
de Bonaparte. Una España acéfala
Cuando
gobernaba Leguía en 1919, se exaltaba nuestro centenario, la patria, acaso con
alguna amargura al estar muy cerca de la guerra perdida en el conflicto con
Chile. Y por emoción y razón, los historiadores de entonces y los políticos
tomaron esa efeméride, la independencia, como una cuestión nacional. Un siglo
más tarde, el actual, la patria sin duda pero también se le considera un
episodio continental. Esta manera de apreciar nuestra independencia es reciente.
En el curso de los siglos XIX y XX, se ha recopilado la insurrección de Túpac
Amaru II, la rebelión del Gabriel Aguilar y Manuel Ubalde, las muchas
conspiraciones criollas y la actitud de los ilustrados como Toribio Rodríguez
de Mendoza en San Carlos, como si todo eso fuese una larga lista de héroes
alineados hasta que llegara el ejército de San Martín en octubre de 1820. Acaso
por una cierta vergüenza que la independencia no viniera del país mismo, o como
lo dice en nuestros días Carlos Contreras, «La Independencia que vino por el
mar» (Perú: historia mínima, p. 166).
En general, durante un siglo se ha tratado la independencia como un asunto
local. Y lo de Bayona, con un Bonaparte dándole la corona española a su hermano
José, no aparece. Por cierto, el pueblo español lo detesta, y surgen las
guerrillas antibonapartistas. Sin embargo, deberíamos reflexionar: por qué de
la península ocupada en restablecer su vida propia, no parte ningún gran ejército
para recuperar las colonias. Canterac sabía
que era el último. Y la abdicación se produce en Ayacucho.
Hoy,
en reuniones académicas en diversas capitales de América Latina, para el
Bicentenario, he notado que se toma distancia de la explicación tradicional, o
sea, como causa los abusos coloniales y el ejemplo de la independencia norteamericana
y la revolución francesa. Sin duda, tiene un sentido. Pero hoy, se profundiza
estudiando la serie de coincidencias y se toma en cuenta las causas internas de
la independencia y las externas. En nuestros días consideramos decisivos el
exilio de los jesuitas, la Corte de Cádiz en 1812, las logias masónicas, las
reformas borbónicas, detestadas por los criollos por su aumento de impuestos,
pero no se suele señalar el ocaso del Imperio Español debido a un factor
decisivo, el ingreso de las tropas napoleónicas a España y la doble abdicación
el 6 de mayo de 1808. Dejando acéfalo el Imperio español. No se necesita ser un
gran historiador para comprender que eso sacude al continente al otro lado del
Atlántico. Las consecuencias fueron enormes. Efectos simbólicos e históricos en
la América española. ¿Cómo podían gobernar los virreyes si había desaparecido
la Corona? ¡¿Seguir obedeciendo a un Imperio acéfalo?!
Como sabemos, en Buenos Aires y
Caracas, las autoridades hispanas se apoyaron en los criollos. Fue la primera
vez que esa capa social, que era rica pero sin participacion política, tenía
una oportunidad. Fingen maldecir a Bonaparte, pero en realidad, las juntas y
gobiernos locales aparecen por primera vez. Los historiadores de hoy lo llaman la
“tesis del accidente” (Pierre Chaunu).
La
segunda razón son nuestros libertadores. Algunos fueron rebeldes nativos,
locales, pero San Martín y Bolívar eran patriotas y también cosmopolitas. Estoy
seguro que el amable lector debe admirar a San Martín y a Simón Bolívar.
Dejando de lado a cuál prefiere, es evidente que ese perfil del corso, soldado
y a la vez estadista, eso que encarna
Napoleón Bonaparte, no pudo menos que llamar su atención. Además, los precede. En
1796, el joven general Bonaparte estaba ya al mando de un ejército francés en
Italia, a los 27 años.
Ocuparse
de Napoleón Bonaparte es a la vez fácil y difícil. Por ello, vamos a tratarlo
por partes. La vida, el estadista, el estratega y finalmente el hombre y los
efectos hasta nuestros días de eso que
se puede llamar bonapartismos.
La vida
Nace
el 15 de agosto de 1769, en Ajaccio, la ciudad más poblada de la isla, la cual
fue territorio de ultramar para Genova, y también de ingleses y franceses. Y forma
parte del territorio francés en 1768. O sea, justo el año en que nace Napoleón.
La inclusión de la isla de Córcega en el Reino de Francia determina el porvenir
de Bonaparte. De otra manera no habría podido estudiar, junto con sus hermanos,
en Francia. Y luego su formación militar. A casualidades de este tipo, en
ciertas civilizaciones, se les encuentra un sentido misterioso. La moira de los antiguos griegos. El Kharma de los hindúes. En la cultura
occidental, bañada por el cristianismo, le llamamos el destino.
Poco
se sabe de su infancia. Su familia no era pobre (según Masson, uno de sus biógrafos)
y los Bonaparte —su lengua era el italiano— habían elegido establecerse en
Córcega. El padre de Napoleón era parte del Consejo de Ancianos de Ajaccio, lo
cual era considerado como un título de nobleza. Córcega, de «comunidades y
señores». Acaso por eso entendía a los de arriba y los de abajo. Cuando niño,
entra a un colegio de Autun, para aprender los rudimentos de la lengua
francesa. Se dice que siempre tuvo un acento italiano. A los 10 años entra a la
Escuela Militar de Brienne, un colegio dirigido por una orden, los padres Mínimes.
Y luego, a los 15 años, lo admiten en la Escuela Militar de París. Cinco años
después, recibe el diploma de artillero. Esa especialidad formará parte de sus
éxitos. Era el arma más importante en esos tiempos. Y Napoleón era un
apasionado de las matemáticas.
Ya
en el Ejército, lo destinan al regimiento de artilleros, en Valence. Al
parecer, tenía una nostalgia de Córcega y su familia y se sabe que pidió 32
permisos. En una carta dice «solo entre los hombres», carta de puño y letra, en
1785. Era, en cierto sentido, un extranjero. O alguien raro, corso entre
italiano y francés. Y se refugia en los libros, textos de estrategia militar,
autores clásicos, teatro francés, pensamiento político y doctrinas económicas. Lee
mucho a Rousseau y acaso de ahí la idea de la legitimidad a partir de los
pueblos mismos. Un biógrafo dice que se encontró, en un libro de geografía,
esta anotación suya: «Santa Elena, pequeña isla». Curioso, ¿no?
Y llega la revolución. 1789
¿Cómo
vio la inesperada revolución francesa? La respuesta de los que han estudiado a
fondo la mentalidad de Napoleón coinciden en que era un patriota corso, y que
odiaba la antigua monarquía francesa y acaso esperaba una Córcega
independiente. Pero de pronto ocurre que los independentistas corsos asaltan la
casa de su familia y tienen que refugiarse en Marsella. Córcega había vuelto a
caer en manos de los ingleses. Napoleón rompe sus lazos con los
independentistas corsos. Continúa su destino de oficial francés, y se reintegra
al regimiento de Niza. Ahí comienza a mostrar su habilidad. Sustituyen en
Tolón, al comandante de artillería que se ocupaba de la rada. Había habido un
motín contra el terror republicano de los jacobinos y eso había permitido el
desembarco de una fuerza angloespañola. Napoleón toma las riendas, coloca
varias baterías artilleras, y el total de fuego fue superior al de los que
atacaban Tolón. La armada enemiga no tuvo más remedio que partir.
Le
iba muy bien, «su capacidad de trabajo y su frialdad bajo el fuego lo
convierten en un héroe del sitio» (Wikipedia).
Lo nombran general de brigada, pero surge algo que lo perjudica. En julio de
1794, cae Robespierre. Políticamente Napoleón era un jacobino, es decir un
radical, y además tenía una amistad íntima con el hermano menor de Robespierre,
Maximilien. Lo arrestan entonces dos semanas. Pero es liberado, por falta de pruebas. O bien —podemos suponer— porque
no era el momento para perder militares capaces y que fueran republicanos. Como
sabemos, la Nobleza era las fuerzas armadas de Francia y habían partido con la
Revolución, y formaban parte de ejércitos de austriacos e ingleses con el fin
de recuperar sus privilegios.
A
este periodo de Napoleón se le llama «las campañas iniciales». Hay varias. Se
le encomienda dirigir una tropa improvisada para defender el Palacio de las
Tullerías. En esos días, la plebe de París iba a Versalles a pedir la muerte
inmediata de los nobles. Pero ya no gobernaba el sanguinario Robespierre. El
nuevo gobierno llama al general corso. Una vez más Napoleón se sirve de su
talento de artillero, y con algunas pocas piezas y la ayuda de un joven oficial
de caballería llamado Murat, logra distanciar a los vándalos. Murat será un
gran militar que acompañará a Napoleón en los años siguientes.
Durante
Robespierre, se había guillotinado a unos 17 mil aristócratas y unos cuantos
revolucionarios, Danton, Camille Desmoulins. En total, 50 mil muertos en toda
Francia. Pero los jacobinos fueron reemplazados por los que se llamaron
Termidorianos, en el Directorio. Se abren las prisiones, se desmantelan los
comités jacobinos. Y es entonces cuando Bonaparte aspira a una campaña de mayor
magnitud. Es decir, llevar un ejército republicano fuera de Francia. Lo logra
gracias al apoyo de una mujer, Marie-Josèphe Rose Tascher de la Pagerie, o más
sencillamente, Joséphine de Beauharnais. Más conocida como Joséphine. Ella le
consigue ese rango.
Josefina
Debemos
detenernos un instante ante la mujer que Napoleón amó toda su vida, y ella
misma, un personaje excepcional e inclasificable. De origen colonial, francesa
nacida en la isla Martinica, se casa con Beauharnais, un aristócrata que no
está en contra de la revolución, pero igual lo matan durante «el terror». Ella
también es llevada a una prisión, por un corto tiempo. Cuando desaparece el
Tribunal Revolucionario, es puesta en libertad el 6 de agosto de 1794. Se queda
viuda, viuda de alto rango, y tiene encuentros y vida social en los grandes
salones con las nuevas clases altas que aparecían. Le atraían los hombres
poderosos. Uno de ellos, Paul Barras, que estaba en el Directorio —el gobierno—
se convierte en su amante. Pero una noche, en los salones de París, ella conoce
a Napoleón. Deja a Barras y se casa con Napoleón. Y es así como su antiguo
amante es quien abre la puerta del éxito y de la historia al joven militar.
Días después de su matrimonio, Bonaparte parte al mando del ejército francés en
Italia. Barras había cumplido pero era casi un suicidio. La República francesa luchaba
contra varias monarquías.
Francia
en ese instante no era una potencia. «Un país desvastado por la guerra, la
industria desecha, el comercio paralizado, las finanzas por los suelos,
desertores por millares, sin hospitales para esa guerra, y una nación
desmoralizada» (Jean Tulard, historiador). Y sin embargo, es el momento en que
Napoleón entra a la historia.
En
efecto, no miente a sus soldados, les dice: «estáis
mal vestidos y mal alimentados. El gobierno nos debe mucho. Pero en esta
Italia, hay grandes ciudades que tienen loque no tenemos, y serán vuestra ». Y luego pasan los Alpes que
los separan de Italia, caen por sorpresa, y no solo enfrentan a los italianos
sino a fuerzas austriacas en Lombardía, y derrotan el ejército de los Estados
Pontificios (en esa época, Roma católica tenía ejércitos). Bonaparte muestra lo
que sabe hacer, vencer. Derrota a cuatro generales austriacos cuyas tropas eran
superiores en número y fuerza a Austria a firmar un acuerdo de paz. «El
resultado es el famoso Tratado de Campoformio que da a Francia el control de la
mayor parte del norte de Italia, y también los Países Bajos o la llamada
Holanda, y el área del Rin.» Después de esa victoria, no regresa a Francia sino
que va hasta el extremo de Italia. Llega a Venecia, la ocupa y le hace perder
la autonomía que tenía desde siglos. Bonaparte organiza Italia, junta los
territorios ocupados e inventa una república, la Cisalpina.
Por
lo demás, está clarísimo que el pasaje inesperado de la cordillera de los Alpes
—las montañas más extensas y altas de Europa, con cimas y quebradas— no es un
lugar para llevar cañones, pero lo
consiguen Bonaparte y sus soldados. No era sencillo ese pasaje, y es evidente
que mucho ha podido inspirar la idea de San Martín, el pasaje de los Andes para
caer sobre Chile. El punto de partida de nuestra independencia, tras las
batallas de Chacabuco y Maipú. Luego, liberado Chile, como Contraalmirante,
Lord Cochrane con su flota y por cierto, Paracas.
Bonaparte,
después de Italia, parte a la expedición de Egipto. Es evidente que no se le ve
ya solamente como un excelente militar. El aprecio del pueblo francés crece
enormemente. Y emerge el Bonaparte político. La gente del Directorio —los que
eran mayoría en la Asamblea Constitucional —comienzan a verlo con malos ojos.
Pero la popularidad de Napoleón aumenta, no solo vencía en cada batalla a ejércitos
de otros reinos europeos sino que había establecido una guerra muy distinta a
la de otras naciones.
A
esa máquina de guerra a la vez moderna y revolucionaria, se le llama las «guerras
napoleónicas». Desde 1797, en Italia, hasta 1815. En ese tiempo, la institución
de la Francia revolucionaria se convierte en un sistema de transición de una
monarquía —el Antiguo Régimen— a una república francesa. Para ello, establecen un
régimen de transición, se llama el Consulado. Usaron el sufragio popular.
Bonaparte es Cónsul por dos veces.
Cabe
que nos hagamos ya una pregunta. ¿Cuándo Bonaparte se vuelve Napoleón I? El 18
de mayo de 1804, nombrado emperador hereditario. En este caso, muchos
historiadores se olvidan de decir que el pasaje de Cónsul a Emperador fue el
resultado de un plebiscito. A lo largo de esta serie de modificaciones del
poder político —Asamblea Legislativa, Convención Girondina, Convención Termidoriana,
el Consulado, y finalmente el Imperio—, en todo ese tiempo y modificaciones
institucionales, hubo elecciones. Eso es algo que se oculta. Porque en el siglo
XX, las revoluciones establecieron regímenes
sin elecciones. Y el silencio hizo creer que la Revolución Francesa fue lo
mismo. Es todo lo contrario.
No
en 1789 sino cuando ya no había reyes, desde 1790, desde las primeras
consultas, los ciudadanos activos
pasaron del sufragio censitario al sufragio universal. De un millón a once
millones. Se expandió el cuerpo electoral. De la primera república al Consulado
y al Imperio, hubo siempre elecciones municipales, cantonales y referéndum. Estaban
en guerra y sin embargo había escrutinios y recuentos de urnas y papeletas. Se
conoce la clase social de los que votaban: clero, funcionarios, burgueses,
hombres de ley, profesiones liberales, comerciantes, artesanos, asalariados,
campesinos. No puedo extenderme sobre ese proceso electoral, y recomiendo un
libro que está traducido al castellano. Se titula Larevolución francesa y las
elecciones. De Patrice Gueniffey, Fondo de Cultura Económica, 1993.
La
gran cuestión es ¿por qué no se dice que hubo elecciones permanentes y paralelas
a la revolución misma? Ocurre que los marxistas-leninistas, no los socialdemócratas,
han hecho creer a millones de revolucionarios que la revolución socialista o
comunista, establecía un poder de partido único, y nunca más elecciones. Lo han
callado porque no les convenía. Y en cuanto a Bonaparte, lo describen como Cónsul
y Emperador, sin decir que había consultas a los franceses. ¿Revolución y elecciones permanentes? Vaya sorpresa. Olvido
decir que en el curso de esa metamorfosis, los votos eran cada vez más
radicales.
Napoleón Bonaparte, ¿por
qué era popular?
La
respuesta es sencilla. Para el pueblo era el personaje que había puesto fin a una opresión
de siglos de una capa social señorial. La asamblea nacional había eliminado en
1892 los derechos feudales. ¿Desde cuándo lo tenían? Durante nueve siglos hubo
feudalismo. La revolución, que era protegida por Bonaparte en el campo de la guerra,
había hecho desaparecer el diezmo. Y los bosques fueron considerados bienes
nacionales, y no de condes o duques. La confianza en Bonaparte fue la ideología
de las clases populares, en su mayoría rural, pero también en los artesanos y
primeros obreros. Al punto que cuando Bonaparte resucita la Monarquía –la suya–
no pierde esas capas sociales. ¿Por qué razón? Para reorganizar la sociedad
francesa en un sistema republicano. Y eso no lo hace el general Bonaparte, sino
el estadista.
El estadista
Sorprende
por lo general un Napoleón estadista. Y antes de continuar, debo decir que no
he dedicado mi vida a un estudio profundo de la historia francesa. Lo que ahora entrego a la curiosidad del
lector, es lo que los especialistas —investigadores y profesores franceses— han
logrado un consenso sobre ese lado de Bonaparte, más claramente, un punto de
vista académico más que político. Acudo, pues, a fuentes históricas confiables.
Resumo,
pues, lo que la academia propone para explicar el caso de Bonaparte. Y para proseguir,
un par de preguntas. ¿Cómo se inscribe en la vida francesa el régimen
napoleónico? ¿Qué dicen los estudiosos de ese periodo histórico?
Lo
siguente: «lo que deseaba la mayoría era la paz civil, la cohesión nacional y
el orden social» (Jean Tulard, Encyclopædia
Universalis). Esto no significa que se sacrificaba las conquistas sociales
del periodo revolucionario. Entonces, se junta el poder personal —es decir,
Bonaparte— y a la vez, el republicanismo. Desde esas dos tendencias que llamaríamos
la derecha y la izquierda, «se realiza una gran empresa de construcción
legislativa y administrativa que sentó la base de una Francia moderna» (Tulard).
Hay que decir que ello fue observado en gran parte del continente europeo. En
suma, dos objetivos. Territorio y Estado.
¿Qué
ocurre en Francia cuando Bonaparte es imperial? Código Civil que extiende a
territorios conquistados. Herencia de la revolución: la igualdad de todos ante
la ley. Y el derecho a la propiedad. No olvidemos, la red de funcionarios,
prefectos, subprefectos, alcaldes.
En
la educación, de nuevo, aspectos conservadores y a la vez muy modernos. Por un
lado, con Napoleón se crean las grandes escuelas del más alto nivel, la École
Polytechnique, la École Normale Supérieure, L’Institut de France. Se trata,
hasta nuestros días, de casas de estudios superiores por encima de las
universidades. En ellas se ha formado, durante siglos, la elite tanto
científica como política de Francia. Y eso que el sociólogo Bourdieu ha
llamado, la «nobleza del Estado». Un cuerpo institucional al que acude el
Estado, sea quien fuese el presidente, por ser una elite escogida y eficaz. Los
que se han formado en esas escuelas ocupan los órganos centrales del Estado
francés en una carrera estable y permanente.
Sin
embargo, la educación bajo el régimen de Napoleón, para la enseñanza primaria, se
hacía al lado de la Iglesia, en escuelas confesionales. Por lo tanto, esa era
una educación conservadora. Mientras la elite del poder, que nace con el mismo
régimen, era gente interesada por la ciencia, en suma, partidarios del pensamiento
libre, sin intervención de la Iglesia. Bonparte era partidario del progreso
científico. Y del Arte y la gran Arquitectura. En París se puede ver la Columna
Vendôme y el Arco del Triunfo. Cuando la expedición a Egipto, siendo joven, lo
envía el Directorio, incluye un número impresionante de científicos, y es así como hay estudios del antiguo Egipto,
entre ellos, de la piedra de Rosetta. Contiene tres lenguas, los jeroglíficos,
una lengua intermediaria llamada demótica, y el griego antiguo. Es así como se
pudo descifrar los jeroglíficos, proeza de Champollion. Y claro está, de
Napoleón.
Napoleón estratega
Para
entender el Bonaparte militar, hay que tomar en cuenta el tema del
reclutamiento. En 1789, cuando estalla la revolución, el ejército francés
—según los historiadores— contaba con 150 mil hombres. En 1794, bajo las
banderas de la República, 800 mil. En 1812, para la campaña de Rusia, 500 mil
hombres. Pero no todos franceses. En los efectivos hubo alemanes, austriacos,
prusianos, holandeses, polacos, italianos, españoles y portugueses. Por eso lo
llamaron «el ejército de 20 naciones». Y es así, porque había emergido «una
Europa Napoleónica». A Diego Castro, uno de los grandes conocedores de la vida
de Bonaparte, le parece que el «hecho de tener implantado el Código Napoleónico
en todos los Estados creados por el emperador, desaparecía el feudalismo, la
servidumbre, y la libertad de culto. En cada Estado una constitución, el sufragio
universal, la declaración de derechos y la creación de un parlamento. Hay
otras reformas, lo militar se mezcla con lo social. La educación, por ejemplo,
sea cual fuese la nación, para acceder a la enseñanza secundaria, sin tomarse
en cuenta su clase social o su religión.
En
cuanto a la táctica, Bonaparte crea lo que se llama una división, concepto que
se usa hasta nuestros días. Y a eso, dos brigadas de infantería, complementado
con un escuadrón de caballería, y sobre todo, los cañones. Pero no hubo un
manual, cada combate era para Napoleón, algo muy dúctil, mudable, cambiante,
irregular. ¿En cuántas películas se le ve con un catalejos observando al
enemigo? Ningún oficial sabía cómo iba a movilizarse, con lo cual evitaba
traiciones. Buscaba el posible punto de ataque, y entonces, era una orden
súbita de Napoleón. Por lo general, conocía las tácticas de otros ejércitos y
generales. Hay pocos seres humanos que hayan sido estudiados como Bonaparte,
hasta en sus mínimos detalles. No hay duda, improvisaba. Como en un juego de
cartas o en el ajedrez. Pero eso solo puede hacerlo un genio. Hay que hablar, pues,
del Hombre.
Un día de Bonaparte
—general, cónsul, Emperador— en Santa Helena
Es
ilimitada la bibliografía sobre su persona y salud. Hay, sin embargo, un par de
obras, la de Jean Tulard, Histoire de
Napoléon en un jour (1992). Y la de Frédéric Masson, Napoléon chez lui, París, 1894. O sea una jornada del Emperador en
las Tullerías, el ambiente, los horarios, etc.
Inclusive, hay un extracto del Diario Oficial del 19 brumario del año X.
O sea, del 10 de noviembre de 1801.
¿Qué
señalan? La fuerza prodigiosa del organismo del Primer Cónsul que le permite 18
horas de trabajo al día. Sin fatigarse mientras examinaba una y otra cuestión
que de inmediato, resolvía.
No
era muy alto, un metro y 68 centímetros. Piernas cortas, un color oliváceo, «un
mediterráneo», se decía, pero que se imponía, con temperamento autoritario, a
veces colérico, pero de un talante afable, y casi todos lo dicen, «resistente a
la fatiga». En el sitio de Tolón, duerme al pie del cañón. Otros insisten en su
«extraordinaria lucidez intelectual».
¿Cómo
era un dia de Bonaparte? Se despertaba a las 6 o 7 de la mañana, echaba un
vistazo a los periódicos, examinaba los informes de la policía y alrededor de
las 8, entraba a su gabinete de trabajo. Era un gabinete topográfico. Mapas,
incluso para un viaje. No escribía, dictaba. Tenía un sistema de cajones que
solo él usaba. A las 9 iba al salón de las Audiencias, recibía príncipes y dignatarios
del Imperio. A las 9 y media, el desayuno. Y hacia la 1, Consejo de Estado o de
Administración. No veía a los ministros, los consideraba ejecutores. Le escribían.
Los grandes problemas los discutía con Talleyrand, lo apreciaba por su
inteligencia pero lo despreciaba porque era un hombre del Antiguo Régimen. En
realidad, Tayllerand tenía muchos vicios, era un disoluto, pero brillante.
Napoleón, en algún momento en que disputaban, le dijo que «era un montón de
mierda envuelto en una media de seda». Cuando Napoleón gobierna con gente mediocre,
y el Imperio se vuelve más frágil.
La
cena era a las 18 horas. Y no duraba más de lo necesario. Era una cena frugal.
Luego trabajaba hasta tarde. Salvo el caso que hubiera una velada de la
Emperatriz. Y entonces un amigo, el bibliotecario Barbier, le contaba las últimas
novedades y rumores. Napoleon era, después de todo, un corso. La familia le
importaba. Era corso, es decir, tenía fe en el clan. Se dice que se guiaba por
un consejo del rey de Milán, llamado Murat: «haga usted como rey lo que habéis
hecho como soldado». Fue sobrio. Inútil y sin razón, diversos novelistas y
directores de películas lo presentan como un don Juan. Napoleón tuvo un solo
amor, Josefina. Se tuvo que divorciar de ella, para intentar tener un hijo con
una mujer más joven. Lo tuvo. Pero al pequeño lo mataron. A Josefina la
visitaba siempre, le pedía opiniones de orden político. Era ella una de esas
mujeres con un talento enorme y una capacidad para conocer a los seres humanos.
Nunca dejaron de verse, hasta la muerte. Ella fallece en mayo de 1814. Los
funerales fueron solemnes. Siete años antes que Bonaparte. ¿De qué muere? Tenía
problemas en el estómago. Probablemente un cáncer. Pero hace poco se ha
examinado un cabello de Bonaparte, y descubren los médicos que tenía una carga
enorme de arsénico. Es probable que lo envenenaba la «pérfida Albión», o sea,
Inglaterra. Se temía que un día lograra fugarse de la isla, y al parecer,
Bonaparte buscaría la proteccion de los países americanos.
En
fin, lo real, el vigor de Napoleón. En todo es monumental. Cuando está en
la isla de Santa Helena, los ingleses que lo vigilan no pueden negarle seguir
trabajando con algunos de sus amigos, que vienen a verlo. Y entonces, dicta su
vida, nada menos que 28 volúmenes. Es publicado en 1830-1832. Ha sido
reeditado. Los que lo han leído dicen
que el estilo es breve, directo, lo que llaman los estilistas, los castigados
(es decir frases cortadas). Lo admiraron los escritores franceses del XIX,
Stendhal, Sainte-Beuve, y en particular, Chateaubriand, quien dijo: «si
Bonaparte se hubiera dedicado exclusivamente a la literatura, hubiese sido no solo
un gran escritor, sino el más grande de los grandes».
Tenemos,
pues, un caso excepcional. Sus arengas no son acaso algo parecido a la
literatura por su calidad y convencimiento. Por ejemplo, la arenga a sus
soldados en la invasión de Italia: «Soldados…
En quince días habéis ganado seis victorias, capturado veintiuna banderas,
cincuenta y cinco estandartes y muchas plazas fuertes…Habéis ganado batallas
sin tener cañones. Habéis cruzado ríos sin puentes, habéis hecho marchas
forzadas sin zapatos, acampado sin licor y a veces sin pan. Solo los soldados
de la Libertad son capaces de soportar todo lo que habéis soportado.» Bonaparte,
en esa guerra de las primeras que se llamarían napoleónicas, llevaba su propia
literatura. Y lo que se llama las «ideas de Bonaparte».
Verbo
y cañones. Será el modelo de San Martín y Bolívar cuando llega la hora de
emancipar los dominios españoles del reino de los Borbones en lo que luego se
llamaría América Latina.
Y
hay que insistir como lo hace Diego Castro, con esta idea: «Para América
Latina, la figura de Napoleón Bonaparte es fundamental. Su intervención en
España, las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII, la entrega del trono
español que hace Napoleón para su hermano José, que gobierna como rey de España
y las Indias, y además, la promulgación de la Constitución de Bayona —donde los
Bonaparte los tenían prisioneros—, reconocían «la autonomía de las provincias
americanas del dominio español» y es así como se inician las independencias.
Pero como sabemos, es un hecho que se oculta por vanidades supuestamente
nacionales. Hoy se toma en cuenta la independencia sudamericana como parte de
las revoluciones de uno y otro lado del Atlántico. Hay pues, otro paradigma para comprender nuestra
historia, vinculada a la historia universal. Vivimos en otro siglo, el XXI, y
es tiempo que pensemos de otra manera la nación, la patria, el Estado, pero a
la vez, la historia de la mundialización.
Napoleón I salva a la
Revolución Francesa. ¿Pero qué hacemos con el bonapartismo del sobrino?
«No
hay figura más popular en la historia universal que la de Napoleón. Eso lo dice
la Encyclopædia Universalis, una de
las más sinceras enciclopedias. Dice también, sobre Napoleón y su leyenda, «una
bibliografía exhaustiva de lo que se ha dicho y escrito, hoy es imposible». Sin
embargo, pese a sus batallas y a que las guerras napoleónicas permitieron retardar
el retorno de la Monarquía y la nobleza, dando tiempo a la sociedad francesa
para vivir en un sistema republicano, no se le perdona que
de «héroe» revolucionario pasa a ser «Emperador». En Francia, hasta
el día de hoy, el debate es inacabable.
Por
una parte, general y Primer Cónsul, la espada de la Revolución, pero se lanza,
el 18 Brumario, al intento de un golpe de Estado junto al más inteligente de
sus hermanos llamado Lucien. Con sus soldados irrumpen contra Los Quinientos,
así se llamaban a los diputados que sesionaban en Saint-Cloud, y que se
resisten, los silban e incluso les descargan un tiro. El 18 Brumario es un
golpe de Estado fallido. Lo que intenta Napoleón, es una fórmula en la cual la
izquierda de los burgueses revolucionarios continúe y a la vez, el retorno de
la Monarquía, a la manera inglesa, con parlamento. Y en ese caso, para preparar
esa república, un Cónsul-Gerente (en el estudio de Thierry Lenz). O
sea, ¡él mismo!
En
1818, en mayo, nace Karl Marx. En su juventud y primeros estudios recuerda a
Danton, a Robespierre, y trata con afecto «al pequeño caporal», Napoleón
Bonaparte. Ha visto la revolución de 1848. Recuerda el 18 Brumario del año VIII
del calendario revolucionario (el 9 de noviembre de 1799). El joven Marx lo compara
con el sobrino de Napoleón, por el golpe de Luis Napoleón Bonaparte, el 2 de
diciembre de 1851. Tiene 33 años, pero
ya es Marx. El tono es panfletario: «¡El dieciocho Brumario del genio por el
dieciocho Brumario del idiota!» El tono es ilustrado, recuerda a los Bruto, a
los Graco, al mismo César. El voto por Luis Bonaparte venía del mundo rural, es
decir, de la parte más conservadora e inculta. El autogolpe de Luis Napoleón ha
quedado como un modelo histórico a la luz de lo cual se ilustran otros casos
posteriores, cuando la burguesía parece que domina pero depende del despotismo
de una persona y una burocracia dominante, en nombre del pueblo.
Con
el fenómeno del poder personal a pedido de las masas, lo que se llama bonapartismo aplica más al sobrino de
Napoleón que al perdedor en Waterloo. De guerreros estadistas, hay algunos, De Gaulle,
que lo llamaron para reorganizar la vida política francesa dejando el sistema
parlamentario, y sustituye la IV República por la V. Un presidente elegido
directamente por el voto ciudadano, primer ministro al miembro del partido que
ganaba en las cámaras, la importancia del mandatario. Pero De Gaulle, gobierna
y se va, es un demócrata. Pero también es bonapartismo
los 70 años en el poder en La Habana de Fidel Castro, el ascenso de Hugo Chávez.
Y Putin que hoy ha conseguido legalmente gobernar hasta el 2036. Franco, Pinochet, Fujimori y Chávez,
son su encarnación hispanoamericana.
Dicho
sea de paso, ese tipo de régimen mixto —autocracia personal y apoyo tanto por
los más pobres como por elites sedientas de poder—, es el que predomina en
nuestro tiempo. No Napoleón, sino Luis Napoleón Bonaparte. El aporte de Marx a
la teoría de las revoluciones es que, además de ser imprevisibles, rompen la
historia en un antes y después, y tras una máscara, bajo formas de un poder
novedoso, actúan sin decir su nombre. Y que cada cierto tiempo producen
revoluciones que no son liberadoras. El fascismo italiano y el nazismo alemán,
también fueron revolucionarios. Con la promesa de otra época, otra economía,
otro hombre. En realidad, parecen inspirarse en las capas populares, pero para
lo que sirven es dominarlas. El engaño dura un cierto tiempo. Y luego hay que
volver desde cero a una sociedad de clases, con los conflictos de siempre, o
peor.
Repito,
proviene de los más pobres y abandonados, en texto de Marx: «Las condiciones de
los campesinos en Francia nos descubren el enigma de las elecciones generales
del 20 y 21 de diciembre, que llevaron al segundo Bonaparte al monte Sinai, no
para recibir leyes sino para darlas. Ciertamente, la nación francesa cometió en
estos funestos días un pecado mortal contra la democracia que, postrada de
hinojos, reza diariamente ‘Santo sufragio universal, pide por nosotros¡!’ (Karl
Marx, El dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte, Alianza Editorial). Y de alguna manera, es un cruel pero
merecido castigo, ante las clases indiferentes y egoístas, en países en que no
se distribuyen las ganancias nacionales de manera equitativa. El Perú es uno de
esos países infraternos. Dividido desde la colonia y la república de los siglos
XIX y XX, con dos culturas que no se fusionan, los criollos y la cultura
andina.
Al lado de nuestro Bicentenario, hay otros. México lo celebra tomando en cuenta 1808, cuando se rebelaron Hidalgo y Morelos, y Chile, Colombia y Ecuador, anteriormente que Perú y Bolivia. También cuenta un bicentenario de alguien que no luchó en la América hispana pero sí en Europa. El miércoles 5 de mayo es la fecha en que fallece Napoleón Bonaparte. ¿Qué hizo por diversas independencias? Algo decisivo. No ocurrió en América sino en la misma España.
En 1808, las
tropas francesas y bonapartistas invaden España, y Bonaparte toma prisionero no
uno sino dos reyes, Fernando VII y el padre, Carlos IV. Los lleva a la ciudad
de Bayona y los obliga a una abdicación doble. En nuestros días, un
americanista —así se llama a los historiadores que en el extranjero se ocupan
de la América Latina—, Thomas Calvo, llama a este acontecimiento «la divina
sorpresa». Lo que hizo Bonaparte deja al Imperio español acéfalo. El efecto fue
gigantesco. ¿Cómo podían administrar las colonias los virreyes en el otro lado
del Atlántico, y sin Rey ni Consejo de Indias? En Caracas y en Buenos Aires, el
que era virrey llama a los criollos para gobernar. Una capa social con privilegios
y fortuna material, pero que no participaba en el poder, de vez en cuando,
acaso como oidores, pero nada más. Por supuesto que la clase criolla aprovecha
de ese accidente lejano. Fue su primer momento de legitimidad política. En Lima
no ocurrió así, el hábil Abascal no los necesitó.
Hoy día,
cuando los académicos y estudiosos discuten sobre las causas de la
Independencia, antes de la llegada de San Martín a Paracas, se toma en cuenta las
Cortes de Cádiz en 1808, el exilio de los jesuistas, los abusos de los
corregidores con los indígenas, las reformas borbónicas que irritaron por el
aumento de los impuestos, pero sin duda, nadie deja de lado lo de Bayona. Es
evidente, fue entonces cuando se descubre el ocaso del Imperio Español. Por
cierto, Bonaparte no lo hizo para beneficio de lo que se llamaba Las Indias,
sino por ahogar, al menos comercialmente, a Inglaterra, su gran rival. Fue lo
que se llama un efecto colateral. Hubo, además, una rebelión contra el ejército
invasor. Militarmente, el ejército español había sido vencido, pero el pueblo
español inventa una manera de guerrear, se llama «la guerrilla». Decía
Bonaparte «que pueblo es este que no se da por vencido». Esa guerra interna
evitaba a la vez, el envío de soldados a las colonias. En 1820, el general
Riego se niega a ir a las Indias. Eran 20 mil soldados. De ahí se entiende que
Canterac sabía que no había tropas de reserva. Y en Ayacucho se produce la
abdicación. El no del general Riego no aparece en la versión oficial de la
historia del Perú.
«No hay
figura más popular en la historia universal que la de Napoleón», dice la Encyclopædia Universalis. ¿Sabe, el
amable lector, cuántos libros se ha escrito sobre Bonaparte? 88 mil libros. Extraño
personaje, no era francés sino corso. Nació en Ajaccio, y nace justo un año
después que Córcega fuera incluida en el Imperio de Francia. El azar, el
destino, lo que llaman los hindúes el kharma
lo acompaña. De no ser francés, no hubiera podido estudiar en la Escuela Militar
de Brienne. Tiene suerte, además de su talento, porque es un oficial muy joven
cuando ocurre la Revolución Francesa y los nobles (que eran las fuerzas
militares) abandonan o huyen al extranjero. Se había lucido en campañas
menores, era artillero. Pero no lo nombraban general. Y una mujer, Joséphine de
Beauharnais, bella y viuda —al marido lo habían guillotinado en el periodo
llamado «el terror»—, tenía contactos con los poderosos, y convence a uno de
sus amantes de darle una ocasión al joven general. Y así, con recursos de esos
tiempos, Bonaparte consigue la campaña de Italia, en 1796. ¡Y se casa con
Joséphine!
Ese cargo de
general no era un regalo. Francia no era una potencia. País desvastado por la
guerra contra varias Monarquías europeas. Y Bonaparte les dice a sus soldados,
antes de partir a cruzar los Alpes y caer sobre Italia: «estais mal vestidos y mal alimentados. Pero en Italia, hay lo que no
tenemos». Su victoria fue un relámpago, y les dice a sus tropas: «Soldados… En quince días habéis ganado seis
victorias, capturado veintiuna banderas. Habéis ganado batallas sin tener
cañones. Habéis cruzado ríos sin puentes, habéis hecho marchas forzadas sin
zapatos, acampado sin licor y a veces sin pan. Solo los soldados de la Libertad
son capaces de soportar todo lo que habéis soportado.» Napoleón, el verbo.
Y además estadista. El Código Civil que él dicta. De artillero a Emperador,
gracias a un referéndum. Era popular, soldado-emperador que dormía en el suelo, cubierto
por un abrigo militar. Y en las guerras napoleónicas, oficiales y tropas comían
algo que inventó el mundo de los incas, la papa. El tubérculo conocido en Europa
para luchar contra el hambre.
Es evidente
que nuestra independencia y Libertadores tienen como antecedente a Bonaparte.
El guerrero a la vez popular y estadista. No hubiera habido ni un San Martín ni
un Bolívar sin el ejemplo de Napoleón. Nuestros libertadores son tan bonapartistas
como los guerrilleros fueron del Che Guevara. El cruce de San Martín con el Ejército
de los Andes en Chile, y la batalla de Chacabuco y Maipú en 1817, hacen pensar
en la travesía de Bonaparte de los Alpes. ¿Y Bolívar, que quería una
presidencia vitalicia? Cuando San Martín declara la Independencia dice: «por la
voluntad general de los peruanos», eso es Rousseau puro. El padre de la
revolución francesa. La historia y las ideas republicanas peruanas en el XIX,
para bien o mal, son una extensión de la historia
universal. La Independencia de la América, desde México a Uruguay, fue un gran
acontecimiento planetario. No solo un asunto nacional y local.
Publicado en
Caretas n°2548, edición impresa del
22 de abril de 2021
El 5 de mayo de 1821, muere Napoleón Bonaparte. Este
es también un Bicentenario. El amable lector estoy seguro que se preguntará qué
tiene que ver con nuestro Bicentenario. Es cierto que su vida fue enteramente
europea, pero en los coloquios y reuniones en diversos países latinoamericanos,
para comprender el origen de nuestras diversas emancipaciones, desde México a
la América del Sur, se toma en cuenta las causas de la independencia tanto
internas como externas. En este caso, lo que ocurría en Europa y provocaba
efectos en los dominios hispánicos, en lo que eran virreinatos y capitanías.
Brevemente, podemos colocar el exilio de los jesuitas, las reformas borbónicas,
las Cortes de Cádiz de carácter liberal, la rebelión de los colonos
norteamericanos y la Revolución Francesa de 1789. Sin embargo, hay algo más
cercano.
Hoy día se toma en cuenta algo que la versión
tradicional de la emancipación durante un largo siglo no ha tomado en cuenta.
Lo siguiente: en 1808, un ejército francés invade España. A la cabeza, Napoleón
Bonaparte. Su intención era cerrar el comercio de Gran Bretaña, su gran rival.
Y al dominar a España impone la abdicación no de un rey sino de dos, Fernando
VII y el padre, Carlos IV. Los retiene en Bayona. O sea, el Imperio español se
quedaba acéfalo. Es por eso que el americanista francés Thomas Calvo, lo llama
“la divina sorpresa”, un hecho histórico que de 1808 a 1810, conmueve los
dominios hispanoamericanos. Bonaparte había nombrado rey español a su hermano
José, llamado por el pueblo español “Pepe Botella” por su gusto por el alcohol.
Consecuencia, los virreyes al otro lado del Atlántico, ¿qué podían hacer sin
Imperio? Llamaron, pues, a los criollos. La capa social económicamente privilegiada
pero sin poder político, aparte uno que otro oidor. Eso cambio la historia. Por
otra parte, España tuvo su propia guerra, lucharon contra los soldados
bonapartistas, y el continente entero tomó en cuenta la debilidad del gran
Imperio Español. Napoleón, pues, es algo más que un preámbulo sino el primer
acto de una emancipación que tuvo diversos capítulos.
Cabe, pues, acercarse a la vida y obra del corso. Y
sinceramente, no hay que ocultar que Francia discute apasionadamente uno de sus
mitos fundadores, al propio Bonaparte, creador de tantas instituciones
francesas e igual juzgado acremente. Aplaudido como el origen de una forma
ejemplar de héroe y estadista. Pero, difícil de reducirse a un solo rostro. El
Emperador ¿un patriota o un aventurero? Hagamos, pues, el esbozo de un
inacabable debate.
Además de sus éxitos
militares, Primer Cónsul, ¿y de pronto general golpista? ¿Ambición o
bien salvador de la Revolución? Estamos hablando de lo que se llama el 18
Brumario. En efecto, en 1799, la joven República estaba acosada, y Bonaparte,
espada gloriosa de la campaña de Italia, con sus fieles soldados que lo
idolatran, y Lucien, el más inteligente de sus hermanos, intenta desalojar a
los Quinientos, los diputados que sesionan en Saint-Cloud. Error, estos se
resisten, lo silban e incluso uno le descarga un tiro. Dos versiones. El 18
Brumario es un golpe de Estado fallido, urdido por Sieyes que manipula la
gloria del joven general. O es un acierto porque aun fallido, Bonaparte deja
ver una salida entre la izquierda de los burgueses revolucionarios y el retorno
de los monárquicos. Bonaparte inventa un sistema a la vez personal y social. Un
régimen de centro opuesto a los Borbones pero con orden, finanzas y paz civil,
gracias a un «Cónsul-Gerente» (T. Lenz). O sea, ¡él mismo! Ese doble rol
interesa más tarde a un joven judío alemán llamado Karl Marx. Ese pensador
admiraba a Napoleón pero no al sobrino, Napoleón III. Marx ve algo muy híbrido y a la vez eficaz,
un poder personal y el apoyo de las masas. Desde entonces, nace un tipo de
poder llamado “bonapartista”. De ello nos ocuparemos al final de este texto.
Volvamos al
dilema Bonaparte. ¿Gran estratega? No lo fue, sostiene Guglielmo Ferrero, pasó
de las guerras limitadas del XVIII a las de masas de nuestro tiempo. Todo lo
que aplicó, ya lo habían hecho otros, la formación en divisiones —un invento de
Federico el Grande— la ofensiva a ultranza. ¿Cómo negar, sin embargo, su
talento? El pequeño Caporal, entre Madrid y Moscú, Egipto y Alemania, los batió
a todos. Los Estados Mayores fueron sorprendidos por esa guerra de movimiento
inventada por el corso. Lo estudiaron con fervor en la II guerra mundial, por
Patton y el ruso Zhúkov que llegó el primero a Berlín. Lo que no quita lo de
carnicero, el Ogro, decía la tropa. Cargas masivas y ataques frontales, la
constante sangría. Bonaparte levantaba de la noche a la mañana ejércitos
inmensos. En 1814, Waterloo fue la última hemorragia. Estratega o carnicero,
acaso ambas cosas.
¿Por qué era tan
popular? Antes de Bonaparte, la guerra era un oficio de la nobleza. Y en
consecuencia, se usaba coches para vestirse y alimentarse como lo hacías en sus
palacios y castillos. Bonaparte elimina todo eso, sacrifica el confort. Sus ejércitos
se movían velozmente. Bonaparte comía y dormía como sus soldados.
¿Dictador a la
vez que jurista? Atropelló la ley (la consagración como Emperador) y a la vez,
fue fuente de nueva legitimidad: dictó el Código Civil, la libertad de cultos,
la inclusión de los judíos. Reaccionario: cerró diarios, gobernó con la policía
secreta y el prestigio de su propia leyenda, y a la vez, ilustrado: llevó 100
sabios a Egipto para que salvaran los monumentos e iniciaran la egiptología,
como Champollion. El autoritario Bonaparte crea la Comedia Francesa, la Legión
de Honor y los puestos públicos por concurso. No vamos, ni por asomo, a agotar
el tema. Por lo demás, sobre Napoleón se han publicado 80 mil libros en el
mundo.
Ahora bien,
hay una razón de orden político para
tratar de entender el caso de Napoleón I, lo que se llama “bonapartismo”. El
concepto aparece no con el hijo sino el sobrino que mezcla el apoyo de las
masas pero él, Emperador. Ese personaje es Napoleón III. Y el crítico de ese
sistema híbrido, es un joven judío alemán llamado Karl Marx. Hay que leer
entonces El dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte. Marx admiraba al tío pero despreciaba al sobrino. ¿Qué es el
bonapartismo? Un régimen mixto de autocracia personal
apoyado por clases sociales retrasadas. El aporte de Marx a la teoría de las
revoluciones es que además son imprevisibles. Pueden ser también una máscara, o
sea, formas de un poder caprichoso que no osa decir su nombre. El sistema
bonapartista “es el poder de un solo hombre en nombre de todos”. En apariencia representa
a las capas populares, pero es para
dominarlas. Eso fue Francisco Franco en España; en Chile, Pinochet, y Hugo Chávez y Maduro, en la confusa Latinoamérica.
O bien Fidel Castro. En estos días, en la Rusia posestalinista, Putin consigue
ser nombrado hasta el 2036. Eso es también una forma bizarra de querer hacer
política para el pueblo, sin la posibilidad de que los ciudadanos decidan
quiénes son sus mandatarios y cuáles sus necesidades. Si los pueblos olvidan
que tienen derechos, eso puede ocurrir en cualquier país. Incluso el nuestro. Y
eso no es izquierda, es bonapartismo.
Como el Conde Drácula, sale de vez en cuando de su cementerio. Por lo
general, el retorno del pasado que se hace pasar por una novedad.