La entropía peruana y sus Ersätze

Written By: Hugo Neira - Feb• 01•21

Entropía es una manera termodinámica para medir la pérdida de energía (Diccionario de la Ciencia, Claude Allègre). Y Ersatz, su definición más adelante.

No es cómodo reflexionar y hablar de un país que sufre no una crisis sino varias. La pandemia, el hundimiento de la economía, la posibilidad de una venganza colectiva en las urnas en abril y la sensación de un desorden gigantesco. Curiosamente, crisis y cripta son dos vocables cercanos. Cripta es catacumba. ¿Qué se está muriendo en estos días? ¿Una época? ¿El fin de ese ahora detestado y maltratado sistema de economía abierta que nos ha dado, mal que bien, algo de crecimiento en los últimos decenios? ¿Pese a la corrupción de varios estadistas? Hoy, dada la enorme cantidad de víctimas del Covid-19, se nota claramente y también de modo subterráneo, la búsqueda del culpable. Pocas veces he visto, con tantas ganas, la búsqueda del chivo expiatorio. Por ahora son Vizcarra y Sagasti —los juntan—, se preguntan hoy si PPK lo hubiera hecho mejor, y cosas por el estilo. Pero lo que nos falta a los peruanos es una crítica de nosotros mismos. No nos dimos cuenta —o no quisimos ver la realidad— de lo frágil que son las instituciones, el Estado y la sociedad misma. Por ejemplo, la imposibilidad de confinar a poblaciones que llamamos informales puesto que «si no salen a trabajar hoy, no comen mañana». Esa frase no viene de ninguna ideología o de pedantes doctos. Lo dicen voces populares. Con una franqueza que falta a otras capas sociales de este país porque los señoritos confunden educación con hipocresía.

Hace casi veinte años que dejé Europa en donde fui profesor titular de universidad, puesto que obtuve por concurso público. En Europa no se es catedrático como en Perú, a dedo. Pero ya de retorno, me sorprendieron diversas cosas, entre ellas un absurdo optimismo. Los antiguos griegos decían que el asombro es el inicio del conocimiento. Y en efecto, me asombraba, por su irrealidad, esa idea flotante en la mentalidad peruana de que éramos un país ya listo para entrar al club de la OCDE. ¡Por el amor de dios! A la  Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos? Tienen 37 países miembros, entre ellos Alemania, Australia, Bélgica, Dinamarca, España, Estados Unidos, Estonia, Finlandia, Polonia, etc, en Europa, y los Estados Unidos, Japón, Nueva Zelanda. De los países americanos, un par de ellos, México y Chile. Y hace poco, Colombia. No están, en este lado del mundo, ni Brasil ni Argentina. Seamos sinceros, no veíamos la pobreza. No habita únicamente el espacio rural andino y las provincias, sino la misma Lima. ¿No la hay en San Juan de Lurigancho, y en la vía de Evitamiento, hasta incluir en esas zonas riesgosas al Agustino y Santa Anita? Antes de la pandemia, una entidad municipal me pidió trabajar en la descripción de los problemas urbanos en el margen izquierdo del río Rímac. Hice el trabajo y descubrí el otro país que existe. Y pensar que esos suburbios están a tiro de piedra de la espalda del Palacio de Gobierno.  Pero en lo que somos campeones mundiales es en el lenguaje evasivo. ¿Sabe el amable lector cómo se les llama a esos lugares? «Periféricos interiores». Un oxímoron (es decir, dos ideas contrarias).

Ser crítico en el Perú es un riesgo, te toman como alguien que no ama la patria. Pero lo real, lo verdadero, tarde o temprano se abre camino. Y para ver si eso nos está ocurriendo, le echo una mirada a la prensa local. Y encuentro a un exministro de Economía, Luis Miguel Castilla, con libro intitulado La oportunidad del siglo, y me ha llamado la atención por lo que dice: «El tiempo corre, la pobreza aumenta y somos un país mucho más precario de lo que ya éramos». ¡Aleluya! Volvemos a la sinceridad, aunque en punta de pie… Nunca palabras crudas. En cuanto al eminente ingreso a la OCDE ya podemos esperar el día en que San Pedro baje el dedo. 

¿Qué es Ersatz? A veces es necesario un concepto que no puede traducirse a lengua alguna. Ersatz es algo que reemplaza. Más claramente, un sucedáneo. Por ejemplo, un diabético que toma un chocolate que no es chocolate. El Ersatz es algo falso, artificial, de imitación. En suma, no es lo que pretende ser. Ahora bien, estamos rodeados de Ersätze, y acaso no nos damos cuenta. Por ejemplo, cuando hablamos del Estado, la educación peruana y la política que tenemos. La política no es odiar al rival, no es una guerra. Si no alcanzo aquí a describir los Ersätze peruanos, lo haré en otro artículo en este portal. Además, el gran problema de los peruanos es «el otro». Tema gigantesco.

Vuelvo, pues, sobre lo dicho por el ex ministro Luis Miguel Castilla. En la entrevista que le han hecho en Caretas, dice: «El Estado no da para más». Y luego pone sobre la mesa «la batería de reformas indispensables para un golpe de timón». Por mi parte, le doy la razón pero, señor Castilla, la cosa es más grave, es parte de nuestras propias automentiras. ¿Usted ha dicho Estado? * Llamemos las cosas por su nombre. Primero, no tenemos Estado. Lo que tenemos son gobiernos, no es lo mismo. Dos. No queremos tener Estado. Lo decimos de lengua para fuera. Y alguien puede decirme, pero bueno, ¿qué falta hace? Y si es un empresario o un exportador, o un minero, nos dirá: ¿acaso no crece la economía con un fisco que no tiene que pagar excesos de policías y docentes y comechados? Prácticamente, varias capas sociales peruanas creen que no lo necesitan. Arriba, los fanáticos del liberalismo y partidarios de Estados achicados. Y abajo en las capas pobres, no les importa, porque siguen sus vidas en el vasto campo laboral de lo informal.

Se llama Estado algo que ni conocemos, y sin embargo tenemos islas de modernidad estatal, lugares en donde hay un cuerpo especializado: Relaciones Exteriores, el MEF, el Banco Central de Reserva. Y acaso alguna otra entidad, pero no el conjunto de instituciones. ¿Los ministerios? Por favor, no me hagan llorar o reír.  Se entra a uno de esos paquidermos inútiles por una de las tres P. La P de partido (luego de las elecciones, el botín del vencedor). La P de parentela, eso de llevarse los parientes que es uno de los modus vivendi que nos han quedado de la colonia. Y la tercera P es tener un pata (pata o patín, o patricio, o amigo fraterno, ver Julio Hevia en ¡Habla Jugador!)

Lo del Estado es tema porque no lo hay. Pero en estos días de emergencia, se nota que tenga sentido que exista. Por eso felicito a Vivas por su «Decreto mi cuarentena» en El Comercio: les dice a sus amigos liberales, «una razón de vida o muerte para invocar la fuerza del Estado». Pero Fernando, pasada la pandemia, volveremos a lo mismo. Con dolor tenemos que admitir que nos sentimos mejor sin un Estado moderno. ¿Por qué no fue construido de la Independencia a nuestros días?  Alguien lo dijo, «un refinado y mañoso sistema de exclusiones en el que se esmeran tanto los de arriba como los de abajo». Esa observación viene de un libro de Dwight Ordoñez y Lorenzo Sousa (2003), admirable crítica de lo peor de nuestras costumbres, El capital ausente. ¿Lo ha leído el amable lector? Si lo hace, prepárese para un diluvio de verdades, que arden. Pero nada ha cambiado. Al  contrario, retrocedemos. (Entropía que también llamo anomia.) No hay Estado sino gobierno, una administración un poco más grande que una municipalidad y listo el pollo.

Otro Ersatz, la ciencia. En Somos, un gurú con barba y todo, Ragi Burhum, y nos sale con el hastag #SinCienciaNoHayFuturo. Gracias señor, qué revelación, no nos habíamos dado cuenta¡! Un país de ‘pelotudos’ como dirían los argentinos. No lo tuvimos nunca, sin embargo, cuando yo era un niño, en las escuelas del Estado (que eran muy buenas y han desaparecido), nos hablaban de nuestros científicos, de Antúnez de Mayolo, matemático y físico, que fue el autor de la central hidroeléctrica del cañón del Pato, en Áncash. Por supuesto, Daniel Alcides Carrión que se hizo inocular el producto de un brote de verruga, y la estudiaba mientras se moría. Trágico, ¿no? Además precursores, Pedro Paulet, arequipeño, precursor de la aeronavegación a propulsión, un peruano nacido para la era espacial. Pero tuvo que suspender sus experiencias porque los vecinos se quejaron a la policía de los ruidos del extraño aparato. Sí, pues, el Perú sigue siendo una sociedad en la que no hay lugar para sabios. Por lo general se van. Pero, señor Ragi Burhum, usted nos dice que no contamos con la ciencia, y es cierto. Pero la cuestión es el porqué. La causa, de muchas cosas, que el Estado —que no existe— «no da para más».

La respuesta es otro Ersatz. La educación peruana. Hubo una vez una excelente educación secundaria en escuelas públicas, en ese momento, mejores que las privadas. Al retornar he encontrado un desastre. Diversas causas: la desaparición simple y llana de asignaturas. Lo peor y que tiene que ver con el conjunto de los peruanos, es que hasta los años 70-90, eran otra sociedad, al parecer iba a entrar en la sociedad del conocimiento. Vayan hoy a un colegio y se echarán a llorar.  

Me escribe Heraclio Bonilla. Está en Lima, ha pasado años en Colombia como docente. Y como muchos que estuvimos fuera, vemos y sentimos lo que no perciben los sedentarios. «No acercamos al bicentenario, en el marco de un país en ruinas, expresado en la caída del producto bruto interno, del aumento brutal del desempleo». «Ahora ni siquiera la protesta legítima existe, porque los partidos políticos son anacronismos de antaño, porque los que se movilizan no saben nada del territorio donde habitan y no tienen por lo mismo ideas claras de las metas que persiguen ni cómo conseguirlas». Y termina: «A diferencia de la generación del centenario, ni el paisaje, ni la historia ni los dioses inspiran la búsqueda de un camino distinto». Heraclio, tengo que decirte que a estos jóvenes que hacen las marchas para tumbarse presidentes interinos, les han cerrado el cerebro, no hubo Historia del Perú desde 1990. Los han vuelto ahistoriados. Nuestros paisanos cantan el nombre del Perú pero son el pais —el único— que no tiene Historia nacional en las aulas de los escolares y el menor porcentaje de presión fiscal de América Latina junto a Venezuela y Guatemala. O como dice un personaje de Alfredo Bryce, «la gran cagada y ¡viva el Perú!».

*https://www.bloghugoneira.com/non-classe/has-dicho-estado

Publicado en El Montonero., 1 de febrero de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/la-entropia-peruana-y-sus-ersatze

Escuchando a De Soto. Y un triste adiós a unos amigos

Written By: Hugo Neira - Ene• 25•21

Las agendas a veces las hace el azar. Comentaré el primer mitin virtual de Soto que quienes lo siguen han llamado «Gran mitin virtual. Hernando entra a la cancha». Fue en la noche del viernes pasado, 22 de enero, a las 7 pm. Pero creo necesario recordar que el 24 de noviembre se nos fue Pedro Cavassa, entre amigos, Quino. Fue de un momento a otro. Y en estos días, también Carlos Tapia. Ambos temas no tienen relación alguna. Salvo lo que dijo un filósofo: «la vida tiene sorpresas mientras te empeñas en hacer planes». 

I

Comentaré ahora el programa de Hernando de Soto. Fue mucho mejor de lo que podíamos esperar. A la primera o segunda frase, salté a buscar mi lapicero para tomar notas. Le escuché decir que «el Estado está maniatado». Todos los peruanos lo sabemos, el exceso de normas («28 mil al año» y «1439 que pertenecen a grupos pequeños»), lo llamamos «la tramitología». Ciertamente, no hay Estado sin leyes y reglas, pero bueno es culantro pero no tanto. Se comprende que es una manera de frenar la corrupción, pero la medicina ha resultado peor que la enfermedad. Las pequeñas coimas se reproducen en función del tropiezo y el enredo. Unos cuantos soles, y el expediente camina. Esa invitación a la sencillez, no solo es posible sino que es un buen proyecto tanto popular como para las grandes empresas. Primer acierto.

De Soto comenzó con ese tema y dirigiéndose a diversas instituciones sociales, propone inyectar en los dos primeros años de presidente —«si usted tienen la amabilidad del voto»— unos 37 mil millones de dólares, para que los que llamamos por ahora informales puedan obtener un capital y salir del círculo vicioso de la baja ganancia de sus pequeñas empresas. ¿Qué propone de Soto? Nada menos que «cerrar la brecha entre los sectores A/B y los C/D/E. Es decir, su proyecto, que proviene de su equipo de trabajo (citó algunos), cubre los intereses de las grandes empresas, obviamente, pero también abarca la gran parte de los empleos, gente, y producción de los productores medianos y populares con enorme potencial.

En su exposición, estuvo sereno, sonriente, además de proponer un nuevo paradigma para eliminar los obstáculos del Perú y dirigiéndose a «los jóvenes cuyo horizonte se ha perdido» (referencia a los estragos de la pandemia), habló de la importancia de las empresas y la historia del terrorismo: «fuimos el solo país que venció algo tan grave como Sendero Luminoso, pero por lo visto, no hemos aprendido nada». ¿Qué es lo que no hemos entendido? Sencillamente que «el Perú es un país con informales que no tienen cómo ingresar al mercado mundial, y un sistema que trabaja para los formales». El sistema actual protege las desigualdades. De Soto intentaría formalizar ese potencial gigantesco que está bloqueado. Millones que no gozan de la legalidad de sus propiedades.  Y no se trata solo de propiedad sino de lo que llama «securitizar» para que «sus  derechos de su activo puedan generar capital en las bolsas y mercados financieros global». (Esta explicación proviene de una entrevista en el diario Expreso). En efecto, hubo una reunión de 50 mil pequeños mineros de las federaciones nacionales de la pequeña minería artesanal, que representan a 500 mil mineros informales que trabajan la tierra sin papel alguno. De Soto les dice: el tener propiedad, es tener moneda. El misterio del capital es que les falta paquetes de información y acreditación, o sea, el «pasaporte» para entrar en los eslabones del sistema internacional. Según De Soto, «hay unos 800 mil millones de dólares en proyectos bloquedados en el Perú». En suma, se trata de darles a los mineros informales la identidad legal. Y entonces, no solo sale favorecida la gran empresa extractiva sino los productores medianos, los gobiernos regionales y central (más tributos). El Perú no es pobre. Está desconectado. Clase por clase, valle por valle.

Vuelvo a eso de evitar la brecha entre sectores A/B y los C/D/E. ¿Cómo llamar esa estrategia? Diría que es lo que nosotros los sociólogos llamamos conexionismo. Es decir, grande, mediano o pequeño, cada uno es un valor. Eso signicaría una filosofía política fraterna y amigable. De Soto no es que no crea que exista clases sociales —las hay—, pero lo que está claro es que la sociedad peruana no es una sino varias. No hemos salido de la situación colonial. Ahora bien, debo decir que a De Soto lo conocí por lectura, cuando escribí, antes de volver al Perú, Hacia la tercera mitad, tuve que ocuparme del enorme fenómeno de lo informal. Encontré tres interpretaciones: la de Carlos Franco, la de Matos Mar y la de De Soto, a quien no conocía. El primero, Franco, la «plebe urbana». Matos Mar, «el desborde». Pero preferí la versión que los tomó como los verdaderos empresarios. Lo hice pese a que Franco era más que un amigo, un hermano, y Matos, mi maestro en antropología. Preferí lo real, lo que envolvía la totalidad de la vida peruana. Después nos conocimos, y en estos últimos años, nos encontramos, no regularmente porque él suele viajar al extranjero y yo también. Pero hemos conversado a cada rato.

Ahora bien, el De Soto de hoy es alguien más que esa persona calificada mundialmente como teórico de los derechos de propiedad y acaso porque ha conocido 30 presidentes que lo han reconocido y porque el ILD ha sido elogiado por Milton Friedman, el Nobel de Economía. Lo veo esta vez más político que tecnócrata. Escuche bien, amable lector, ha articulado una federación de grupos sociales de trabajadores en la cual no solo hay  mineros sino todo tipo de vendedores, gente de diversos oficios, cosa que no tienen otros candidatos presidenciales. No estoy diciendo que tiene un gran partido sino que lo acompañan entidades laborales casi invisibles hasta la fecha.

Pero es necesario que diga que no busco un puesto en el Estado. Nunca he sido mermelero. Uso mi libertad. Y seré igualmente claro y desinteresado para todos los otros aspirantes a entrar en Palacio. Por lo demás, no tengo criterios maniqueos. Alguna vez un pensador francés dijo: «la historia no es enteramente racional, ni enteramente absurda» (Merleau-Ponty).

II

Cuando un amigo se va a ese lugar que es insondable, uno pierde algo de su propia vida.

Cuando venía a Lima desde las islas de la Polinesia Francesa tras 25 años de vida fuera del Perú, traía las pruebas de Hacia la tercera mitad. Publicarlo no hubiese sido posible sin Mati y Marcos Caplansky, sin Moisés Lemlij que buscó a Salomón Lerner. El libro lo había terminado en Papeete, 760 páginas, y la coordinadora era Dana Cáceres y Quino. Y no puedo olvidar cómo me ayudaron. Luego hubo otros libros. Quino estuvo trabajando conmigo cuando estuve en la Biblioteca Nacional. Hicimos libros no solo valiosos. Amábamos a fondo la escritura y estábamos convencidos de que los libros deben ser hermosos. Y sin tanto floro, al diablo, vaya a ver amable lector, Garcilaso, testigo de vista,  y Sueño y pasión por el Perú. Apuntes sentimentales. En ambos, Pedro Cavassa. Ocurre que Quino estudió antropología en la PUCP y a la vez, se dedicó a un oficio artesanal, la diagramación. Ahora bien, hubo un momento en que salí de la BN —y no quiero ni acordarme mis razones— y me dediqué a dar clases y escribir libros. Así,  salieron ¿Qué es República? y ¿Qué es Nación? editados por la USMP. Incluso otro libro posterior, Civilizaciones comparadas, editado gracias al banco BBVA, lo dedico «a la memoria de Mario Brescia», y agradezco a Carlo Reyes, a Claire «por su escrupulosa revisión de los originales« y a Quino, «que ha hecho lo imposible para que este libro sea correctamente editado». Pero está también un lujoso libro, que es Joyas de la Biblioteca Nacional del Perú, gracias a la ayuda del Banco Central de Reserva y de Julio Velarde. Ese libro tiene una infinidad de imágenes de los libros-tesoros que guarda la Biblioteca, y fue diagramado por Pedro Cavassa, esta vez, editor ejecutivo. ¿Se entiende por qué lo echo de menos?

Además, otros nexos con Quino. Por una parte, descendía de italianos, Cavassa. Lo mismo yo, mi padre Neira Damiani. (O sea un abuelo italiano que aterrizó de pronto en la Arequipa del siglo XIX. Y el bisabuelo se casó con una arequipeña chacarera y tuvieron una nube de hijos. En Arequipa los conocen, unos macizos mestizos). En cuanto a política, Quino fue trotskista. Por mi parte dejé el marxismo cuando conocí la URSS. Pero ante la política peruana, solía conversar por teléfono y le anticipaba a Quino mis ideas, y me respondía con una versión sensata y sutil. Entendía perfectamente hasta los partidos que no le gustaban. Era un don, algo especial. Al «otro» no lo despreciaba.

Sí, pues, confieso esa suerte de inesperada soledad que emerge cuando de la noche a la mañana se va el amigo y con ello, una copiosa parte de tu vida. Quizá porque cuando se va teniendo una vida más bien longeva —que es mi caso– la muerte o la «tiznada» como dicen los mexicanos, se complace en llevarse a los íntimos, incluyendo los amigos. Cómo no ponerse un tanto melancólico. Pero no lo tomo como solo un asunto patológico, como lo ha vuelto el psicoanálisis. Sin la melancolía no habríamos tenido poetas. Una suave tristeza cubre innumerables poemas. Es un sentimiento, duelo y melancolía, y aquí un poema de Gómez de Avellaneda, español: «Venid todos los que el ceño airado…, los que no esperáis consolación alguna, … Venid también, espíritus ardientes, que en ese mundo os agitáis sin tino». No es poema del Siglo de Oro, sino del XIX, pero la cultura peruana se ha distanciado de lo hispano. Cueto, en El Comercio, se acuerda de que hace un decenio que nos dejó el maestro Cisneros. Dice que le enseñó la diferencia entre Habla y Lengua. Pero hace 30 años que no hay asignatura de castellano en los colegios del Estado (¡!). Vamos Cueto, di algo.

El otro amigo es Carlos Tapia, ya no está en este valle de lágrimas. Con él no tuve actividades comunes, pero en los 90, escribí un libro titulado Cartas Abiertas y le dediqué una «en torno a guerrillas y grupos de presión armados» [https://www.bloghugoneira.com/biblio-upload/CartasAbiertas.1997.pdf].* Luego, nos conocimos. Aprecié su maneras de ver las cosas, era de izquierda pero sin deseos de despotismo. No era el único y si Alfonso Barrantes hubiese llegado a Palacio, no habría cometido ese error de quedarse en el poder para siempre, como en la Cuba de Fidel y la Venezuela de Maduro. Pero no cambiamos nosotros sino la historia. A la caída de la URSS, un giro feroz de un capitalismo destructor de sindicatos, sociedades y Estados, se impuso en el fin del siglo XX, hasta nuestros días. Hay una fecha en que Cotler cree que era posible «afirmar la Democracia», era el año 80. Pero entonces, afuera, el socialismo colapsa. Y en el Perú, Sendero es sangre y matanza de campesinos, arruinando a las diversas izquierdas de esos días. Por algo Basadre dejó un libro que deberíamos conocer, El azar en la historia. Y ya está bien, hasta el próximo lunes.

* En Cartas abiertas, p. 77, les dediqué también una a ‘Quino’ Cavassa y Dana  Cáceres, «Acotación sobre la sociedad hipercompleja»

Publicado en El Montonero., 25 de enero de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/escuchando-a-de-soto

La era de Trump. La miseria de un millonario, su ignorancia

Written By: Hugo Neira - Ene• 18•21

La nación americana, esa América del Norte que desde sus primeros colonos y las emigraciones de una masa de gente de diversos orígenes —alemanes, irlandeses, ingleses, holandeses— construyó una nacionalidad estadounidense, es un sistema de autogobierno más que una herencia colonial, su repugnancia. (En 1773, antes de Bolívar y San Martín, que se inspiraron en esa revolución. Antes de la Revolución francesa de 1789.) Ellos patentaron una unidad política y cultural que admiró al mundo. Pues bien, eso que conocemos como los Estados Unidos, pasa por uno de sus más difíciles momentos.

No es una guerra como cuando inesperadamente Japón ataca Pearl Harbor, ni se trata hoy de la supremacía en el Pacífico. Tampoco es el crack de octubre de 1929, el hundimiento de la bolsa. No tienen, como entonces, 12 millones de parados y 5 mil bancos que cerraron. Con Roosevelt nace “el nuevo trato”, y  se recuperaron. No hay ninguna guerra mundial ni tampoco “guerra fría”. Ya no hay la URSS. No hay una guerra que se pierde en el lejano Vietnam. Y no es la geopolítica que los molesta en estos días, ni el equilibrio de poder que ahora no vacila como cuando un presidente como Nixon y su asesor Henry Kissinger fueron a negociar en Pekín con Mao. Tampoco un desconocido, un pobre diablo, llamado Oswald, asesina al presidente Kennedy (pero no sabemos quiénes lo manejaron). La “gran sociedad” continúa, en el periodo post Kennedy con Lyndon Johnson, la “guerra contra la pobreza”. Desde Eisenhower, el fin de la guerra en Corea —y el tema de los negros, y la lucha por los derechos civiles— y pese al escándalo Watergate, los gobiernos se siguen unos a otros, Ford, Carter, hasta los años ochenta. Y la elección de Reagan (primero y segundo gobierno), y luego Bush, los problemas de USA eran entonces más bien externos. El Medio Oriente, Allende en Chile. Castro en Cuba. Las intervenciones de Irán e Irak fueron otro riesgo. Pero no como la situación actual que es más bien intestina.

El dilema actual es distinto. Todo comienza cuando un ciudadano proveniente de una empresa familiar especializada en comprar y vender, construir y reconstruir “torres de oficinas, hoteles, casinos y campos de golf”. Y llega a ser candidato para ocupar el rango n°45 de Presidente de los Estados Unidos, y lo consigue el 20 de enero de 2017. Se llama Donald Trump. No es en realidad un republicano según los politólogos norteamericanos —cuyos libros he traído—, intentó tener un partido presidencial Partido Reformista, pero prefirió candidatear del lado republicano. Llega al poder a los 70 años, se ha casado tres veces, es el presidente americano de mayor riqueza en la historia de los Estados Unidos. Pero su último gesto como presidente es no admitir que ha sido vencido en las presidenciales del 2020 por Biden. Se niega a esa derrota. Ha hecho “falsas afirmaciones de fraude”, dicen los diarios, y lo que es grave, “ha presionado a funcionarios del gobierno”. Y por el Twitter, ha llamado a un asalto al Capitolio a las hordas que lo siguen.

Se escribe esta nota periodística días antes del 20 de enero. No sabemos qué va a pasar. Ni qué camino tomará Trump. Ni qué harán los ‘supremacistas blancos’. 

Por mi parte he estado fuera del Perú durante un mes, y estando en otras capitales de América Latina, y flotando en el clima el caso Trump, encontré revistas y libros sobre Donald Trump y los Estados Unidos de este momento. Estoy diciendo mis fuentes. Así, como hay un lado oscuro en la sociedad norteamericana también existe un pensamiento crítico y libre que me permite recoger datos y nutrir esta sumaria explicación. Y entonces, a partir del párrafo siguiente, y en comillas, haré saber cómo ven la situación de los Estados Unidos y cómo lo ven en otros lugares del planeta.

En primer lugar, desde Europa lo ven así: “L’Amérique ne fait plus rêver. La América actual ya no nos hace soñar. Texto en Le Courrier International. “En cuatro años de mandato de Donald Trump, la figura de los Estados Unidos se ha degradado”. Es una sensación hoy muy corriente, los que conocen esa América, hoy “le tienen piedad”. ¿Se imagina, el amable lector, los aliados de los norteamericanos del otro lado del Atlántico? Están estupefactos por “las faltas de Trump”, dicen los ingleses. Hay estadísticas. Brevemente, preguntan si les tienen confianza a los americanos y dos, a Trump. La respuesta es clara: opinión favorable a los Estados Unidos, entre 54 y 31%. Para Trump; de 9 a 15%. En cuanto Alemania —no se entendieron cuando Trump— son bastante escépticos. Lo ven débil a Joe Biden, lo que ven es una “radicalización de la derecha que encarna Trump”. Están presintiendo una “ruptura histórica”.

Veamos del lado de la inteligencia —con aquellos que piensan—,  una ensayista pone la gran cuestión en la mesa.  (La autora es Premio Pulitzer y jefa de la la sección de libros del diario The New York Times.) ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿Cuáles son las raíces de la falsedad en la era de Trump? ¿Cómo se ha convertido la verdad y la razón en la era Trump? Ella está poniendo en su lugar el desorden político y moral, el tema de la verdad.

¿De qué se trata? De la actividad del presidente Trump y sus maneras. En el libro que revela la muerte de la verdad: “El presidente número cuarenta y cinco de los Estados Unidos miente de un modo tan prolífico y a tal velocidad que The Washington Post calcula que durante su primer año en el cargo podía haber emitido 2140 declaraciones que contenían falsedades o equívocos”. Y añade: “Estos asaltos a la verdad no se circunscriben en el territorio de los Estados Unidos sino en todo el mundo. Por eso se producen oleadas de populismo y fundamentalismo que están provocando reacciones de miedo y terror.”

Entonces ¿“la sabiduria de la turba”? ¿De dónde viene? De un amigo de Trump, el ruso Putin, que intervino en el Brexit,  “y Rusia se lanzó a la siembra de la dezinformatsiya (concepto ruso) en las campañas electorales de Francia, Alemania y Holanda”. Los trolles rusos intervinieron en la elección de Trump al dispersar una serie de fake news, una manipulación masiva contra la señora Hillary Clinton, enormes mentiras como que daba dinero a los musulmanes terroristas. Es una realidad que se inventa. La gran herramienta del hombre de negocios Trump. Detesta las ciencias. 

Lo que notan los profesores y periodistas norteamericanos es la ignorancia de Trump. “Cuando llegó a la Casa Blanca, Trump no hizo esfuerzo alguno para rectificar su ignorancia en materia de política, interior o exterior”. Otra opinión, la de su jefe de estrategia, Stephen Bannon: “lee solo lo que reafirma su opinión”. Casi sería innecesario saber que el habitante de la Casa Blanca pasaba ocho horas al día viendo la televisión”. Y si estamos en el campo de su comportamiento, un diario y un canal (Vice News)sostiene que Trump recibía dos veces al día una carpeta llena de recortes de prensa aduladora que incluían tuits de admiración, transcripciones de entrevistas televisivas y noticias donde lo ponían por las nubes”.

Trump ha llamado la atención no porque sea un Lincoln o un Martín Luther King, sino porque viene a ser un caso aislado, todos los presidentes hicieron estudios antes de ser mandatarios. Sin el uso del conocimiento, ¿qué queda? La intuición animal. Philip Roth ha llamado a ese estilo “la fiera indígena norteamericana”. Y el historiador Richard Hofstadter, una definición grave, que lo dice todo: “el estilo paranoide”. Parece que es una cultura americana reciente, sentirse amenazado. Por eso mismo me atrevo a pensar que Trump, en una mezcla de amor propio, narcisismo y paranoia, se ha autoconvencido de que no podía perder.

Por otra parte, se nota al hijito de papá. En un libro que no ha escrito sino dictado, dice: “el mundo es un lugar horrible”. Y su método es atacar, atacar, atacar. El libro tiene un título modesto, El secreto del éxito. En fin, “se sabe que Trump se define a través de personas e instituciones a las que ataca, a saber, Hillary Clinton, Barack Obama, la prensa, las agencias de inteligencia, el FBI, el poder judicial, cualquiera que él considere una amenaza”. Los americanos cultos lo llaman “negatividad”. A mí me parece la resurrección de Stalin. Y por supuesto, no cree para nada en la necesidad de la protección medioambiental, y tampoco entendió la pandemia del Covid-19.

No estamos en tiempos de la palabra y el discurso, no hay sitio para un Mussolini ni un Hitler. Como en otros países, en Rusia, en Turquía, hay trolles y millares de bots para desinformar. Estamos hablando no de cualquier sociedad sino de los Estados Unidos de América que es el país con el mayor número de estudiantes en el mundo: 14 261 717  (el 4,75%). Un país con 4 599 universidades. Entonces dos culturas, ¿los que leen, escriben y piensan y los otros? No quiero ser elitario pero nunca hubo un presidente norteamericano tan ignorante. Tiene un cartón Trump, de bachiller en economía en una universidad que no es de las más selectas. Pero entonces es cuando al pueblo le atrae un líder que, según la célebre revista Forbes, es la 324 persona más rica del mundo. ¿Es eso su atractivo?

Si describimos el lado oscuro de los Estados Unidos, observemos el lado claro. Se recuerda a quien pensó en el totalitarismo, Hannah Arendt: “el sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino el individuo para quien no hay distinción entre hechos y ficción, entre lo verdadero y lo falso”. Entonces, ¿qué ha hecho Trump? Propagar lo falso, como las fábricas rusas de trolles que las emiten en cantidades industriales, por el Twitter del presidente de los Estados Unidos y de ahí a cualquier parte del mundo. ¿Qué sociedad entonces? ¿Tribalismo, deslocalización, miedo al cambio? No se está muriendo una democracia sino una cultura. Se está muriendo la verdad.

Resulta que ya no sabemos, gracias a los trolles, qué es lo real y lo irreal, lo cierto o lo falso, y el debate razonado ya no es parte de la vida política sino de las emociones. Por mi parte, creo que existe una verdad objetiva. Pero veo autocracias, el revés de la libertad. Así, con “la muerte de la verdad”, Trump viene no a ser un político norteamericano sino alguien más poderoso que esos dictadores de antaño de las “repúblicas  bananeras,” o busca algún despotismo personal que necesita legitimizarse. Estas cosas ya han ocurrido. En Roma antigua, para cambiar las leyes, un imperiu maximum.  Y con una Norteamérica imperial, ¿cómo nos iría? Por lo visto, el futuro puede ser autocracias con apoyo popular. ¿Volverán los Imperios? Puesto que no hemos construido ni la nación ni el Estado moderno. ¿Volveremos a tener virreyes? Ya los tenemos, Banco Mundial, el señor Saavedra. Cuando discutía su idea de la educación —él es quien manda— en El Comercio, me cerraron las puertas. Gracias.

Publicado en El Montonero., 18 de enero de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/la-miseria-de-un-millonario-su-ignorancia

Donald Trump y el ataque al Capitolio

Written By: Hugo Neira - Ene• 11•21

Sorpresa, extrañeza, quedarse de una pieza. La historia de los Estados Unidos no ha dejado de ser una serie de conflictos, desde su independencia, y cuando los blancos invadieron las llanuras de los indios del Oeste. Pero eran guerras, incluso en la civil de 1860-1865, o en los momentos en que se mata a algún presidente —a Lincoln, a los dos hermanos Kennedy—, resulta tan chocante como lo que planetariamente hemos visto. Nos referimos por supuesto al «Asalto de seguidores de Donald Trump al Capitolio que remece a Estados Unidos». Esa noticia es la primera plana del diario El Mercurio de Chile y probablemente algo semejante en otros países. Noticia y asombro, el efecto emocional en la historia contemporánea solo se puede comparar con el 11/09 del 2001 cuando dos aviones suicidas derriban las torres gemelas. Pero al menos, eran rivales, gente de Al Qaeda. Pero esta vez proviene de un presidente que pierde una elección, y sugiere por medio de Twitter un acto vandálico. La intención, «miles de personas ingresaron a la fuerza al edificio del Congreso para obligar a la suspensión de la sesión en la que se certificaba el triunfo de Joe Biden». Esto, en la vida americana, no ha ocurrido nunca.

Joe Biden dijo del caos en el Capitolio que «no representan a quienes somos realmente».  Sin duda alguna, no se debe hablar de un pueblo estadounidense homogéneo, pero en este caso lo que hemos visto es una masa social compacta y combativa que ha trepado por las escaleras del Capitolio, y escalando los muros entraron por la fuerza en la Cámara de Representantes. Y Donald Trump, creyéndose vencedor, dice: «eso es lo que pasa cuando  los grandes patriotas entran en la escena».

¿Los que se autotitulan patriotas? La verdad, no entiendo. Entre los que intervinieron pese a los gases lagrimógenos estaban los que se llaman «supremacistas blancos». Los que se consideran los más americanos que nadie, ¿atacan a su sacro Capitolio? Me imagino entonces a un turba violenta de católicos que metan fuego al Vaticano. O musulmanes que rompen los muros de La Meca. La prensa dice que este ha sido un acto sin precedentes en la historia moderna de EEUU. Por mi parte, iría un poco más lejos. Supera a las utopías y a la imaginación del cine.

Una película que tuvo mucho éxito es Día de la Independencia. Los extraterrestes arriban e inician una guerra. Una nave espacial de los invasores se sitúa encima de la Casa Blanca, y un chorro de fuego de una energía desconocida, no solo incendia sino que la hace desaparecer por completo. Cuentan que el presidente Clinton, cuando vio la película, se echó a reír a carcajadas. Le preguntaron por qué. Y su respuesta fue: «eso es lo que quisiera el Congreso». Pero solo era un film. Hollywood se ha atrevido a diversas películas en que cae la Casa Blanca, pero nunca pasan de ser golpes de Estado de baja potencia. ¿O acaso el pueblo que lee todos los días los tuits de Trump, ha querido ser el héroe cinematográfico de este siglo?  Y en cuanto a Osama Bin Laden, diez años después, hallado en Pakistán, en una operación de fuerza cuando gobernaba Obama, lo matan. En algún momento cuando pasé por Nueva York, volví a visitar lo que había visto en ruinas de las famosas torres, y encontré no solo las torres sino el National September 11 Memorial, un museo, y algo muy americano, dos piscinas. Al parecer, lo que ha ocurrido esta vez ocupa hoy la justicia. Lo que ha pasado en el atentado al Capitolio es un síntoma muy profundo. Es una clara  metáfora de la desconstrucción de una sociedad que se fragmenta. Desde Europa, Piketty subraya que los que la invadieron llevaban la bandera de los Confederados que perdieron la Guerra de Secesión.  

¿Hay algún otro lenguaje que anticipa el oscuro futuro? Acaso no en la política pero sí en la ciencia ficción. Los americanos tienen más escritores en ese género que cualquier otra literatura, unos 300 y hablamos de los selectos. Entre ellos, un par, H. P. Lovecraft y Philip K. Dick. El primero, en su obra En las montañas de la locura (At the Mountains of Madness). Es el relato de una desastrosa expedición a la Antártida en 1930. Pero al lado de lo que hemos visto… En fin, hay que reconocer también a un gran escritor,  Philip K. Dick, unos 121 relatos cortos, el creador de Blade Runner, el robot con conciencia y emociones. Dick se inspiró en su propia vida, obsesionado por las drogas, la paranoia, y la esquizofrenia, pero no pudo ir hasta ese extremo de las masas que llegaron al Capitolio. Entonces, ¿qué tiempo es este? ¿El de los Estados Unidos de este siglo? ¿Los hechos reales superan el mundo de lo imaginario?

No me tomen por un antinorteamericano. Su cultura nos baña, quiérase o no. Como peruano —mejor dicho, desde que era niño—, tuve mi Norteamérica de los cómics y el cine. ¿Qué niño de entonces no la tuvo? Me refiero a nuestros mejores amigos, Pato Donald por ejemplo. Personaje de Disney, por lo general renegón, nunca entendí por qué se vestía como marinero. Cuando tuve más años, descubrí que venía de más lejos, por el año 1931. Con el tiempo le pusieron los sobrinos. Y una novia, Daisy. Me encantaban los zapatones que se ponía. En cuanto a Mickey Mouse ocurre que te hace de amigo pero también de los suyos, Pluto, Minnie Mouse.

Mucho más tarde, en los días del presidente Kennedy, recibí una invitación. La embajada americana invitaba a jóvenes de los partidos políticos en el Perú. Yo había sido cuando sanmarquino, uno de la juventud comunista. Por eso mismo me invitaron. Éramos unos 10, de todas las tendencias, y nos desplazaron por diversas Estados y nos hicieron conocer el sistema interno de los partidos norteamericanos, desde las elecciones primarias hasta el resultado final de las elecciones. Conocimos a Kennedy y a su hermano. Luego, no habré vivido en los Estados Unidos, pero no dejé de visitarlos. Tenía un hermano, médico, Federico Rojas Samanez, que vivía en California. Y cuando era profesor en la Polinesia Francesa, en los viajes que eran frecuentes rumbo a París, podía detenerme unos días en su casa.  

Ahora bien, la gran cuestión, aparte del fenómeno Trump, es intentar entender qué le pasa a la potencia americana. ¿No es acaso una sociedad que quiere un cierto repliegue? ¿Mientras por otra parte quieren seguir siendo los dueños del mundo? Sinceramente no entiendo.  ¿Tan lejos va la ambición de poder de los parias blancos, pobres o rurales, los que llaman «white trash», lo que quiere decir algo como ‘chusma blanca’? Los que conocen a fondo la cultura americana dicen que eso se remonta a cuando los primeros colonos americanos se instalaron en Virginia, y eran apenas sirvientes de los que ya estaban establecidos. Vaya por Dios, entre ellos mismos, subproletarios de los proletarios mismos. Un profesor de estudios francoamericanos, Carol Anderson, dice que el espíritu del Ku Klux Klan —la organización de supremacistas—, toma esas formas: «el estallido de la cólera blanca es inevitable al avance de los negros».

Es paradójico pero los Estados Unidos son la víctima del modelo neoliberal que ellos establecieron en los inicios de los 90, cuando se hunde el rival, el Estado soviético. Esperábamos un periodo de progreso pero lo que se instala es una revolución  conservadora en ambos lados del Atlántico. Comenzó con Margaret Thatcher y siguió con Reagan. El menú lo sabemos: exaltación del mercado, privatización de las empresas públicas, sindicatos disueltos, precarización e inseguridad en el empleo. El resultado es que el neoliberalismo ha acentuado las luchas sociales y culturales. Según The New York Times, la clase media americana que era la más rica del mundo, ya no lo es. «En los últimos treinta años, los ciudadanos de otros países avanzados se encuentran mejor». Y lo que es peor, los jóvenes americanos entre los 16 y 24 años, están detrás de los de Canadá, Australia y Japón. ¿Y este es el modelo hegemónico para el capitalismo mundial? Hay, pues, un malestar. Las desigualdades se abren en casi todas las sociedades avanzadas.

Por si acaso, la crítica al nuevo Imperio no proviene de socialistas o marxistas. Uno de ellos es americano y Premio Nobel de Economía, y señala cómo el impacto destructor del libre intercambio empobrece a las clases medias y populares. Se llama Joseph E. Stiglitz. Léalo, amigo lector, tiene respuesta al malestar general en el mundo. A las grandes corporaciones que dominan la economía de la finanza (no la de inversión, por eso no hay novedades ni nuevos productos), no les importan ni las sociedades, ni los Estados ni las diversas naciones y culturas. Y se hunde el propio capitalismo porque la fuente de la prosperidad fue otro tipo de modelo económico. Hoy se siembra desigualdades, el gran mal de este comienzo de siglo, no la pobreza.

La gran potencia americana era cuando el auge de Silicon Valley. O bien cuando la NASA envía al espacio, el 16 de julio de 1969, el Apolo 11 y dos astronautas, Armstrong y Aldrin, que pisaron la superficie lunar por primera vez. Entonces era admirable.

¿Cómo es posible que en la nación donde se inventaron tantas cosas —entre ellas, la actual tecnología— se elija a una persona que no cree que existen las modificaciones climáticas ni los virus que atacan a los seres humanos? Qué desatinado riesgo que esa persona haya tenido en sus manos el botón rojo y el código de lanzamiento de armas atómicas durante todos estos años. Trump no es otra cosa que un «hijito de papá». Un riesgo para América y el género humano. «Golpe de Estado». «El día de la infamia». Sin duda, pero Donald Trump no es sino «el profeta de la decadencia». Lo ha dicho Scott Clement, en nada menos que The Washington Post, en noviembre del 2016. A veces los periodistas son los profetas de nuestras desgracias. Ojalá no lo veamos de nuevo en cargo alguno. Que compre y venda inmuebles, y punto.

Publicado en El Montonero., 11 de enero de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/donald-trump-y-el-ataque-al-capitolio

2021: ¿fin, comienzo o repetición?

Written By: Hugo Neira - Ene• 04•21

Sería una pena dejar pasar una ocasión de echar un vistazo a nuestro pasado y a la vez eso que se llama porvenir. Lo digo porque un año 21 en el Perú no es una fecha corriente. Además del tema del Bicentenario. Es norma, pues, corriente y necesaria tener la disposición para preguntarse por el futuro, tanto el de cada uno como el de la colectividad peruana, puesto que el trasmañana nos habita, el hoy y lo que venga, lo que veremos más adelante, a lo corto o a lo largo. Como llevo sobre mi alma la mochila pesada de la historia, puedo abordar cómo fueron los otros veinte años en el pasado, y sin intentar brujería o hechizo alguno, sorprendernos en una extraña semejanza. Los veinte años primeros de cada siglo resultan ser una contingencia que se repite. Una suerte de preámbulo feliz. Y solo después, los estallidos sociales.

Hace un siglo, este periodo muy conocido —el novecientos— comienza con la sorpresa de una coalición nacional de Nicolás de Piérola con los civilistas, y luego, una sucesión de presidentes, Eduardo López Romaña (1899-1903), Manuel Candamo, José Pando y Barrera (1904-1908), y luego el  revoltoso Billinghurst, un paréntesis al dominio del Partido Civil de nuevo con José Pardo hasta el segundo gobierno de Leguía en 1919 —con un golpe de Estado por si acaso habiendo ganado en las urnas— y su Oncenio. Años de modernización y optimismo, al punto de “La Patria Nueva”. Fueron decenios de educación primaria gratuita, “de ‘habeas corpus’ tomados de las constituciones europeas de la primera postguerra” (Historia del Perú, Lexus). Y por vez primera, el reconocimiento de la existencia jurídica de las comunidades indígenas. La nación peruana reconocía, al fin, los derechos de los indígenas —cosa que no se hizo en el largo siglo XIX, cuando los hacendados arrebataron las tierras a los ayllus—, un paso dado por Leguía que aplaudieron los estudiantes de San Marcos y los intelectuales “indigenistas”. Antes de Haya y de Mariátegui. Pero el lector actual puede dudar de ese progreso considerándolo solamente constitucional y no real.

Fueron años excepcionales desde el punto no solo político sino de la historia económica del Perú. Sugiero al lector que se consiga el libro de Rosemary Thorp y Geoffrey Bertram, titulado Perú: 1890-1977. Son investigadores de Oxford, y observaron, para una versión panorámica, no cada gobierno sino lo que se llama técnicamente las “tendencias de largo plazo”. Encontraron un desarrollo autónomo, azucarero, algodonero, de la lana, el caucho y los productos extractivos, la minería de metales. Sin duda, un crecimiento orientado por las exportaciones. Es evidente que la primera guerra mundial fue benéfica en términos de demanda para la economía peruana, y algo más, que solemos olvidar. La apertura del canal de Panamá en 1915, que permitía pasar del Callao al lado Este de los Estados Unidos.

Sin embargo, tenemos que detenernos para intentar comprender los efectos sociales de ese mundo artesanal, industrial y popular. Mientras gobernaban las elites, los gremios emergieron. La economía hacía nacer otro pueblo, asalariado y pobre. Eso se nota por algunos estallidos sociales como la lucha por las 8 horas de los primeros obreros sindicalizados. O algunas sublevaciones sangrientas rurales en Puno. La Reforma universitaria y la generación del Centenario, los jóvenes profesores Basadre, Porras, Mariátegui, Haya, acaso discípulos de Manuel González Prada. Aparece, pues, esa otra sociedad plebeya y descontenta puesto que la pobreza siguió siendo el rasgo más notorio de la vida peruana, incluso en los años de bonanza.

Todo eso concluye brutalmente con el Crack de la Bolsa de Nueva York en 1929. Una caída en el Perú que duró hasta 1936. Pero no es solo eso. En 1931, luego de la caída de Leguía, se llama a elecciones. Es entonces la aparición de partidos de masas. Fueron años de reducción de salarios, desocupación. “Lo que sí se extiende es la burocracia” (Lexus). ¿La paz de las clases medias? ¿Fue la crisis laboral lo que produjo esos partidos de masas? Acaso las causas económicas no explican del todo la emergencia sociopolítica sino una conciencia de sí entre el pueblo llano. El caso es que  desaparecieron civilistas y pierolistas, y los reemplaza la Unión Revolucionaria de Sánchez Cerro y el Aprismo de Haya de la Torre.

Fue la primera elección de voto secreto y personal de siglo y medio de vida republicana. En el siglo XIX, con un sistema de voto indirecto y de votos de para “notables”, se podía llegar a ser presidente con 3000 votos en todo el país, el caso de Pardo. En esa “modernización sin modernidad” (Augusto Ruíz Zevallos), no votaban los indios, por ser analfabetos. En 1931 hubo para Sánchez Cerro 152 mil votos, Haya: 106 mil, de la Jara: 21 mil y Osores: 19 mil. Son pocos para nuestros días, pero pirámides de votos en esos días. En fin, lo que sigue, tras el asesinato de Sánchez Cerro y la guerra civil que siguió entre el ejército y los apristas, pasaron las décadas que fagocitan la vida peruana. De 1932 a 1956. Perdimos un siglo entero. Porque al final del siglo XX, otro mundo se ha instalado. 

Volvamos a este tiempo. ¿Qué ha pasado en el Perú? No voy a fatigar al lector con una realidad que todos conocemos y que cabe, en una frase: “Riqueza económica y pobreza política”, de Francisco Durand. Del 2000 al 2021, se mejora el per cápita y el PBI, pero al azar del tipo de salario o situación social. Como sabemos, tres cuartas partes de la sociedad son informales. Y la precariedad de los que tienen que trabajar hoy para comer mañana, se ha exhibido con la presente pandemia. Somos un falso país en desarrollo puesto que nos faltan puestos estables y recursos humanos que puedan trabajar si los inversionistas extranjeros lo decidieran. De lo contrario, dado el crecimiento de la población, que ha triplicado del 2000 a estos años, hará casi imposible la vida peruana.

En el novecientos peruano, no había datas precisas sobre la pobreza peruana y hubo, sin embargo, una brillante generación: García Calderón, Victor Andrés Belaunde, Villarán. Pero hoy el Perú se conoce mucho mejor que hace un siglo. Está en los libros de Flores Galindo, el formidable trabajo de Iván Degregori, de Matos Mar y en Cotler; en los estudios de Martín Tanaka, sobre todo, “democracia sin partidos”. Desde la fecha (2005), es ahora peor: no hay partidos sino lo que se llama catch-all party, partido atrapalotodo. Es decir, sin brújula alguna. Pero sí los hubo en estos veinte años, según los análisis de Carlos Parodi y también de Paredes, por nombrar los más distantes. ¿De quiénes? De Fujimori, Toledo, García, Ollanta Humala. Que han sido, a excepción de Alan García, unos improvisados, lo que llamaríamos outsider.

El país real ha sido también estudiado por Francisco Sagasti, Pepi Patrón, Max Hernández y Nicolás Lynch, Democracia y Buen Gobierno “están las respuestas a empresarios, trabajadores, dirigentes de base, profesionales”. Ese texto tiene tres ediciones. Pero no podemos responder qué autoridad se necesita en el Perú para construir un país dentro de una economía moderna que haya escuchado a los ciudadanos, sobre todo a los más pobres. ¿Cómo juntar el Estado y la vida peruana? Esa distancia que existe entre Lima y las provincias, los urbanos y los rurales, los criollos y el mundo andino, sigue existiendo. Falta, pues, el poder pero escuchando al pueblo.

En artículo en El Comercio, en mayo del 2016, antes del carnaval de bajarse a presidentes, insistí en el riesgo de un vacío de poder. Lo titulé “O realismo o colapso”. Hacer política desde abajo hacia arriba, por muy inteligente que se sea, tras escuchar los estratos sociales. Dije que “el 2016-2021 quien gobierne, lo tiene difícil. Los años dorados de la fuerte demanda externa habían acabado. El ritmo de crecimiento de la economía mundial, según el FMI y el Banco Mundial, va a ser bajo”. Y eso lo dije antes de la pandemia¡!

Hoy, difícil, muy difícil. Hay otro factor. La mundialización y el neocapitalismo que se hace llamar liberal. Es un tema que desarrollaré pero no ahora. Tema inmenso. Otro tipo de capitalismo, no aquel que hizo distribuciones en las sociedades avanzadas, entre 1970 y 1990. Tendremos conflictos internos y sabe dios qué geopolítica mundial.

En fin, suelo llamar las placas tectónicas a la infraestructura de la producción en el Perú. No se ha modificado, los pobres siguen siendo los mismos y numerosos. Los regímenes democráticos desacreditan a la misma democracia. Es el caso de Odebrecht, compraron a políticos, periodistas, empresarios. La confianza ante los políticos se ha perdido. No se ha sabido hacer el post velasquismo y el post Sendero Luminoso. ¿Qué se hizo por los campesinos? Nada. A falta de representantes, los movimientos antisistema toman las calles y las carreteras. No hay política, ni Estado. Ni el pueblo se encuentra con aquellos que quieren gobernarlo. Los culpables de esta grave situación somos todos. Especialmente los medios de comunicación en la era de los fake news. Nos falta mucho, por ejemplo, una ética republicana: respetar al otro. Pero lo se que dice en política en Lima es maniqueo, y cualquier hijo de vecino se cree formar parte del Club de los Propietarios de la Verdad Única. Esos que dicen, a los que los contradicen, que «están en lo incorrecto». Me lo han dicho, pues, eso soy. Vengo de una educación en la que te enseñaban a dudar.  

Publicado en El Montonero., 4 de enero de 2021

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