«¿Cuándo se jodió el Perú?» En diez errores

Written By: Hugo Neira - May• 25•20

Nunca me gustó esa frase. Dilema tonto, puesto en la boca de Zavalita, personaje de «penosa sensación de mediocridad», dice José Miguel Oviedo. Y nosotros, como si se tratara de Hegel o de Kant, «miramos la Avenida Tacna, sin amor; edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos» en la novela de Mario, y entonces, en el día gris nos decimos, ¿en qué momentos se había jodido el Perú? Y ya somos filósofos y sociólogos¡! Falso dilema. Una persona puede realmente joderse si mata a alguien o roba y lo descubren¡! Pero las naciones se recomponen. La Alemania hitleriana que sigue a su Führer en la invasión a Rusia, se jode y pierde la guerra. Pero la Alemania de hoy es una gran potencia y una sociedad demócrata. Es otra Alemania. He aquí un caso de polimorfia.

¿Cuándo se jodió el Perú?

1. Cuando asume el cargo de protector de la Confederación Perú-Boliviana, el mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz, uno de los vencedores en la batalla de Ayacucho, y a la vez, presidente del Perú (1827) y de Bolivia (1829-1839). Para Chile fue una muy mala noticia. La idea de reunir esas repúblicas era la esperanza de varios líderes peruanos, como Xavier de Luna Pizarro, José María de Pando, Vidaurre y a ratos, Agustín Gamarra. Chile entonces declara la guerra a la Confederación y su ejército llamado Ejército Restaurador invade el sur. Luego hubo una segunda expedición chilena, a la que se suma el presidente del Estado Nor-Peruano, Luis José de Orbegoso. Santa Cruz es derrotado en 1839 y parte en exilio a Europa. Todo esto ocurre 41 años antes de la Guerra del Pacífico.

2. El Perú había comenzado a joderse cuando en 1874, el presidente Manuel Pardo renuncia a adquirir las naves de guerra contratadas por el presidente anterior, José Balta. Sin embargo, Ramón Castilla había dicho: «cuando Chile compra una nave de guerra, hay que comprar dos». Pero Manuel Pardo creía en los acuerdos internacionales y decía a sus allegados que tenía dos fragatas, «Argentina y Bolivia». En política no se puede ser ingenuo, y él lo era. Además, en secreto, en 1873, se había firmado un tratado de alianza defensiva entre Bolivia y Perú. Y eso fue otro gran error.

3. El Perú se jode cuando el 8 de octubre, en el combate de Angamos, pierde a Grau y al monitor Huáscar y el país, la guerra. El enemigo tenía el dominio del mar, y de ahí, se inicia la ocupación y el Perú pierde las riquezas del salitre. Los historiadores chilenos lo admiten, «el fin de la guerra permitió a Chile contar con una serie de nuevas e importantes riquezas minerales. Chile vivió uno de los periodos de mayor riqueza de su historia» (Nueva historia de Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2011).  

4. El Perú se jode cuando el presidente Mariano Ignacio Prado decide dejar el país en plena guerra y el gobierno queda en manos de un general anciano. Al poco tiempo, el golpe de Estado de Piérola. Ese viaje, no era necesario, para comprar armas bastaba con enviar a uno o dos comisionados. Entonces, ¿por qué dejar la gobernabilidad? No obstante, cuando retorna en 1886,  «numerosas personalidades lo recibieron». Muere en París, en 1901. Hasta el día de hoy, la familia Prado intenta salvar la honra de ese presidente en fuga, pero historiadores como Jorge Basadre y el norteamericano Markham «han censurado la necesidad del viaje de Prado a Europa». Solamente a fines del XIX,  y gobernando Piérola, se funda una Escuela de Guerra. Paradojas del Perú, el montonero  reforma al ejército contratando una misión francesa.

5. El Perú se jode cuando Leguía gana las elecciones presidenciales en 1919. Fue el vencedor pero «faltando pocos días para su asunción al mando, encabeza un golpe de Estado. Fue una época en que se restringieron las libertades públicas. Turbas asaltaron los talleres de los diarios de oposición» (Wikipedia). Leguía mandaba al exilio al católico conservador Víctor Andrés Belaunde y el joven dirigente universitario Haya de la Torre, por igual, fuera del país. En el Oncenio la figura del presidente fue adulada a límites extremos. El Congreso lo declaró Prócer de la República en 1928. Dos años más tarde, es derrocado. Y luego de tantos arrumacos y halagos, lo dejan morir en una fría celda. Con Leguía se inicia en el Perú un estilo de gobierno personal y autocrático. Militares y civiles lo han imitado a lo largo del siglo XX.

6. El Perú y el aprismo y la posibilidad de un régimen de socialdemocracia se va al diablo cuando la foto de Haya de la Torre, en almuerzo con Odría y Pedro Beltrán, llega al público, y una buena cantidad de apristas deciden no seguir al Jefe. Entre ellos, Alfonso Barrantes, Carlos Delgado, Luis de la Puente Uceda, que muere en Mesa Pelada.

7. El Perú se vuelve a joder cuando en la noche del 17 de mayo de 1980, en el distrito de Chuschi, ocurre el primer atentado terrorista de Sendero Luminoso. Las ánforas y las cédulas de los 2000 electores de ese pueblo ayacuchano fueron robadas y quemadas. Había nacido Sendero. Y como dice Constante Traverso en La Izquierda en el Perú, Sendero es un giro hacia el culto a la personalidad de Abimael Guzmán Reinoso, quien se autoproclamó «el más grande marxista-leninista-maoísta viviente». Se había muerto Mao. Lo peor es que le creyeron. Patético. En esa guerra que Abimael Guzmán declara al Perú, han muerto unas 70 mil personas, entre ellas, la mayoría campesinos (ver Comisión de la Verdad).

8. El Perú se jode cuando el joven presidente Alan García anuncia, un inolvidable día, el 28 de julio de 1987, la estatización de la banca. Eso hace nacer a un rival político, Mario Vargas Llosa. En cuanto a Alan, menos mal que pudo retornar a Palacio, mostrando su pericia en su segundo gobierno.

9. El Perú se jode en las elecciones presidenciales de 1990, cuando el candidato —un hombre admirado en el mundo entero— sufre una derrota inesperada. Se puede discutir largamente esa sorpresa. Para muchos, entre ellos Enrique Ghersi, no fue tanto el peso del contricante —Alberto Fujimori, era un Rector desconocido en política, y Mario un candidato joven, nuevo, le bastaba el FREDEMO— pero levanta el brazo de Fernando Belaunde y el de Luis Bedoya Reyes. Sin duda hombres honestos, no era un acierto, el pueblo los veía como «lo de siempre». Mario pierde por sus propios discursos. Su error fue la sinceridad: atacó al aprismo, a la izquierda, a los empresarios y a los militares. Y a todas esas fuerzas sociales y políticas, nos les deja otra posibilidad de frenarlo que votar por Fujimori, sin imaginar lo que se venía con el desconocido «chinito». Hay un buen texto sobre este episodio peruano, de Carlos Zuzunaga: Vargas Llosa: el arte de perder una elección. De modo que Vargas Llosa mismo, es parte de la cuestión planteada por su personaje Zavaleta. ¿Cuándo se jodió el Perú? Cuando Mario quiso ser presidente y lo derrota un desconocido.  

10. Entre el 2005 y el 2014, Odebrecht y otras empresas brasileñas reparten millones de dólares americanos para pagos de sobornos. El daño moral, social, político y económico es incalculable.   

Mínima reflexión

Y como dice Alfredo Bryce Echenique, «la gran cagada y ¡viva el Perú!». Cabe preguntar si el Perú se jode repetidas veces, ¿es la culpa de quién? ¿De la oligarquía? Ya no la hay. ¿De la CIA? Un filósofo español, desconocido en Lima, José Antonio Marina, ha explicado qué son «las culturas fracasadas». Me pregunto si vamos por ese camino. Hace veinte años que llega a Palacio una caterva de improvisados.1 ¿Y quién los pone en el sillón? Los mismos peruanos. Acabamos de descubrir que la informalidad es nuestro peor defecto, no nos habíamos dado cuenta hasta que llega el Covid-19. El mito del Perú en progreso acaba de hundirse. 3/4 de la población con trabajos precarios, sin servicios de salud, con la peor educación, no es una plataforma para saltar a la modernidad y al bienestar. Sin perder la democracia, hay que removerlo todo.

1 Caterva quiere decir un montón de gente desordenada.

Publicado en El Montonero., 25 de mayo de 2020

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La replana y la rebelión de las mesas

Written By: Hugo Neira - May• 19•20

Uf! Al menos unas temáticas que me pongan lejos de las últimas noticias del coronavirus, si los contagios del mundo rebasan los 4.3 millones y que los catalanes en su Ayuntamiento (traducción, la Municipalidad) «reparten 20 mil cajas de comida a los desprotegidos de la pandemia». ¿Cuáles temáticas? Un cierto debate sobre cómo se quiere enseñar el castellano. Y el otro, lo lindo que se está portando el nuevo Congreso. Está claro que es peor que el anterior.  

Roberto Abusada Salah (El Comercio, 13/05/20) dice con sinceridad que «mientras el virus destruye las fuentes de sustentos de millones de peruanos un Congreso hiperactivo y disfuncional», «dispara y aprueba leyes sin debate de comisiones ni opiniones de expertos». El Banco Central cree que es posible una recuperación económica para los finales del 2021. Abusada duda y sostiene que no será posible porque los mecanismos que tenía el Perú antes de la pandemia, los está arruinando el Congreso actual por su «cortoplacismo, clientelismo, y el desbocado populismo». Si así es, su fúnebre presagio es peor que el coronavirus. Un Perú debilitado en su economía quedará para el siglo XXI, como decimos, calato.  

Entre tanto, otro problema, la manera de enseñar en Perú el castellano. Hay confusión en la materia. No existe un solo modo de hablar el castellano. Lo que cambia en los países de la lengua de Cervantes son los usos. Y sin duda, los acentos. Puede que un español no sepa que un peruano no está enamorado sino templado. Que los peruanos no tenemos amigos sino patas. Si eres estudioso entonces te llaman chancón. El peruano no se porta tímidamente, se chupa. Y lo que llamamos cantaleta, los españoles le dicen estribillo. El cocacho peruano de la abuela es coscorrón en la península. Un español no se escarapela, se espeluzna. Podemos seguir, los peruanismos son innumerables. Hay los tradicionales como en el Vocabulario de peruanismos de Miguel Ángel Ugarte, mi profesor de gramática en el Melitón Carvajal. Sí, pues, tuve la suerte de vivir mi adolescencia en la era de oro de la secundaria estatal peruana, antes que se volviera un Ersatz. Es decir, algo que reemplaza, que se parece y no lo es. Como la sacarina en vez del azúcar. Hace rato que lo digo: no es que sea mala esa educación, ha dejado de existir. Hace rato que lo digo, pero seguimos tan panchos pese a las pruebas de PISA, en la cola del planeta.

Ahora bien, lo gramatical va muy lejos. En cada vocablo nuevo asoma un cambio en la sociedad. Lo de acholar deja de ser después del «Cholo soy, y no me compadezcas» de Luis Abanto Morales. En los breviarios de peruanismos se solía decir huachafo por ridículo o cursí. Pero eso era antes de la migración andina y la emergencia de clases medias. Desde los 40 del siglo pasado, el recién llegado a Lima se vuelve mosca, despierto, osado, ambicioso y nace otro vocablo. El achorado. Cuidado, entramos en la dinámica de las relaciones sociales. Eso que necesita explicación, porque no es racional sino emotivo. Y el problema de lo peruano no es la identidad. Es «el otro» (sobre ese escollo trabajo en un libro que será amplio por la complejidad del tema).

La cuestión clave de la sociología en nuestros días, ¿cuál es la idea de sí en un grupo? ¿Cómo se ve y cómo los ven? ¡Qué se han creído! En el turbulento mosaico de culturas que habitan el Perú, país heterogéneo como India o México, las mutaciones sociales producen configuraciones espontáneas. Después del cholo vino el achorado. Ahora bien, a muchos peruanos ese juego de categorías les parece trivial. No es así para Danilo Martuccelli, profesor de sociología en París, que se ocupa del individualismo y resulta que en el Perú actual ve diversos rostros. En Lima y sus arenas, los criollos, la cultura chicha y el achorado con su «humor del aplaste». Ya no es el advenedizo, ni el intruso, como los emigrantes andinos. Martuccelli define al achorado al que «avasalla sin miramientos, por ignorancia, por indiferencia, por buscavidas». No acata además las reglas. Lo que le interesa únicamente es su exclusivo beneficio.

Entonces, se entiende el intitulado de este artículo. La rebelión de las mesas. Es cierto que los informales necesitan salir a comprar cada día. Pero no deja de ser verdad que vienen del mal vivir, pobrecitos. Y su ideología, por decir así, es una confluencia de la informalidad y la costumbre de la transgresión liberticida, algo que sería el paraíso para los ácratas del planeta. Por lo demás, no han recibido nada de eso que se llama Estado. Al menos esta vez, algo de comidas y bonos para sobrevivir. Pero carecen de la educación para salir de la precariedad. Si hubieran tenido estudios, hoy conocerían el misterio de cómo prosperaron las naciones capitalistas desde el XIX a nuestros días. Es sencillo, gracias a los lazos fiscales. Tú me das tributos, yo te hago carreteras, túneles, puertos, escuelas, hospitales. Pero eso es Suecia o Suiza, más lejos del Perú que la galaxia Andrómeda.

En fin, la replana, la jerga, no necesariamente lenguaje para delincuentes, sino las ganas de cada generación de tener claves y secretos. Es la voz de las características particulares. Por ejemplo, nuestra «sociabilidad» que sorprende a Martuccelli. Lo somos, y por eso nos cuesta el confinamiento. Pero,  debo decir que la mejor síntesis de nuestra manera de vivir, la pone en el lenguaje no un sociólogo o un político, sino un poeta, Carlos Germán Belli. En ¡Oh Hada Cibernética!, Belli desentierra la palabra descuajeringados. Gran peruanismo, más fuerte que despelote, para casos menores. O descomputarse (Hevia). Quiere decir que vivimos en el caos. Yo lo llamé, veinte años atrás, anomia. Ausencia de reglas. Y así no se sale de pobre.

El tema de las «discriminaciones lingüísticas», me llega de parte de un amigo que teniendo hijos para la escuela primaria, se inquieta que las clases a distancia no «corregirán los defectos». Yo también me indigné. Pero no eran las formas provincianas de hablar. El error está en no hacer la diferencia entre acento y reglas. Acento tiene el mexicano, el argentino, y lo tenemos nosotros. El cusqueño, el limeño, el loretano. Otra cosa es que el castellano tenga diversos nombres para la misma cosa. He sido por unos años, periodista en España. Y el director de la revista en la que trabajaba, «bueno, Neira, el artículo está bien construido, pero ahora ¡tradúcelo al castellano, coño! Ellos cogen las cosas, nosotros las agarramos (pero no tenemos garras¡!). No dicen carro sino auto o coche. Un español se pone de pie cuando un latinoamericano se para. En la lengua corriente pararse es detenerse. En fin, un ejemplo. En Madrid, para cruzar una avenida, el letrero para los transeúntes, de ser a la peruana, sería, «apriete el timbre y pase la calle». Para los madrileños, «pulse el botón y atraviese la calzada». ¿Cuál es el mejor? ¡No lo hay! Las lenguas son variadas como la vida y tienen modificaciones que solo se nota con los siglos. ¿Podemos acaso leer a un autor del Siglo de Oro y entenderlo? Puede que sí, puede que no. La mujer que dice «que ya entiendo lo que demandades: non es desseosa de amar», es la vaquera de la Finojosa que le dice nones al Marqués de Santillana¡! Incidente que se vuelve poema (no se dice deviene), un clásico del castellano antiguo.

Conclusión, nuestro argot o jerga, cumple una tarea social: comunica. Pero escribir es otra cosa. Lo hacemos para una vasta comunidad lingüística. Igual que en matemáticas, artes y pintura,  corregir es necesario ante las reglas estrictas de la gramática. Cuidado con esa tendencia al facilismo. Por lo demás, ya es tiempo que vuelva para los escolares peruanos la gramática desaparecida por el capricho de unos cuantos. Hace 30 años. Me dicen que solo un 3% consigue entender hoy un texto escrito. Después de eso, ¿reclaman tener congresistas cultivados?! La solución es simple, falta un Senado.

Publicado en El Montonero., 18 de mayo de 2020

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Cervantes y Sancho, desde Salamanca

Written By: Hugo Neira - May• 11•20

El asunto de «Don Quijote y la necesidad de Sanchos sensatos», me ha ganado una lluvia de mails. Me suele ocurrir, pero esta vez me sorprende. Llegan del Perú pero también de amigos lejanos. Por ejemplo, un amigo colombiano, Juan Carlos Consuegra, cuya amistad se inicia en París. Otro desde la Polinesia francesa. Y desde España, Manuel Alcántara, profesor en la universidad de Salamanca. En su caso, vino el mail acompañado de un trabajo suyo «Política en El Quijote». Y le escribe a Claire: «me encanta la sintonía que tengo con Hugo». Para ser más claros, debo decir que Alcántara es eso que se llama un «americanista». Dicta clases en Salamanca pero por lo general, pasa el mayor tiempo en América Latina. Por lo que sabemos, en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Los americanistas son todos aquellos profesores e investigadores que estudian nuestras sociedades. Los hay norteamericanos, europeos, ingleses, aunque no lo crean, japoneses y en la India. Los hay obviamente en España y Alcántara nos conoce. Lo que sigue es apretada reseña de su texto, y acaso una conversación sobre el poder y las letras.  

Nada mejor que comenzar con una pregunta. Siendo un profesor de ciencia política, ¿por qué acude a un texto literario? La respuesta: «El ámbito de la ficción es un terreno cada vez más extendido en el uso del análisis político». Sin saberlo, es lo que estoy haciendo en estos meses de cuarentena, reviso obras de la literatura peruana, tras los personajes del relato desde el «jaguar» de Mario Vargas Llosa, los líos en una quinta limeña en Julio Ramón Ribeyro, o el «niño Julius» —«la pérdida de la inocencia», dice José Miguel Oviedo, y el «descubrimiento de una realidad más compleja y vasta de lo que la educación familiar de Julius quería inculcarle». El Quijote, que es literatura, nos dice Alcántara «brinda innumerables pistas desde el humor y la ironía para la comprensión de varias dimensiones del ser humano y, como consecuencia, sobre su posición ante la política, entendida como las relaciones de poder pensadas en el ámbito público». Y como buen académico, se pone él mismo en cuestión. «¿Qué hace un hidalgo loco dando atinados consejos sobre buen gobierno? ¿Se puede formar a un campesino inculto y ambicioso en el arte de gobernar teniendo como único aval su propia ambición? ¿No seremos los politólogos quijotes empeñados en intentar adiestrar a falsos escuderos en nuestro tesón por abordar cuestiones ligadas a la calidad de la política o a la de los propios políticos?»

Ahora bien, por razones evidentes, elegimos tres temáticas que envuelven tanto a Sancho como a don Quijote. Lo que hizo Sancho como gobernabilidad en la Ínsula Barataria. Los consejos previos que le había dado don Quijote. Y las cartas que circulan entre Sancho y Teresa Sancha (su mujer) y la hija, Mari Sancha, a quien Sancho, mientras es Gobernador, le pide a su familia que se ocupen de su educación porque la prepara para ser princesa.  

En cuanto que gobierno, Alcántara explica que hubo dos actividades. Unas ordenanzas de Sancho, es decir, unas medidas inmediatas de su parte, ante pobres de solemnidad. «Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por parecerle que corría con exorbitancia.» Luego, «puso tasa en los salarios de los criados». La tercera, «puso gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día». Podemos suponer un pedido de los habitantes de esa aldea o ciudad —nunca se dijo cuán grande o pequeña era la ínsula—, debieron meter ruido y juerga en una aldea de campesinos. La cuarta era los ciegos, cantaban milagros y coplas, pero a Sancho le parecía que «los más que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos». ¿Qué hizo el gobernador Sancho para separar los falsos ciegos y los de verdad? Pues «creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha». Todo ello, en el texto de Alcántara y directamente extraído del Capítulo LI,2a parte.

¿Cómo le fue? No muy bien. Lo que le pasa a casi todo político. Alcántara: «Sancho Panza deja la ínsula afirmando algo que le acompañará en el futuro y que resume su autocrítica constituyendo, a la vez, un programa de mínimos de indudable contenido ético, ‘no he tocado derecho ni llevado cohecho’». Vaya síntesis. La deberíamos colocar en algún lugar visible del Palacio de Gobierno de Lima. Y Alcántara, continuando cómo le fue a Sancho, lo presenta muy despierto. «Toma conciencia de que el poder se parece a ‘las torres de la ambición y de la soberbia’. Y se dirige al mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos presentes en unos términos que traducen su amarga derrota en clave de su ensimismamiento y autocompasión y en palabras que se pueden encontrar en declaraciones de políticos actuales dimisionarios: ‘abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente’». Para Alcántara, el desenlace es de decepción. Y magistralmente, interviene Cervantes, con un breve, «calla, Sancho».

Y todo lo que le aconsejó el mismo Don Quijote. «Iréis vestido parte de letrado y parte de capitán», «que seas limpio, y que te cortes las uñas … no andes desceñido y flojo … anda despacio». «No comas ajos ni cebollas … come poco y cena más poco … sé templado en el beber… no mascar a dos carillos». Claro está, no falta «has de temer a Dios». Y Alcántara se detiene en este consejo notable: «Haz gala de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores». O sea, campesinos. «Y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio». Hay un criterio de humanidad, dice Alcántara, en esos consejos: «al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio».

Pero no nos equivoquemos, Sancho, gobernador o no, no es un santo. En la carta a su mujer —con «rotunda claridad», dice Alcántara—, le dice «de aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo (Capítulo XXXVI, 2a parte).» ¿Quiere decir esto que Sancho fue un aprovechador? Cervantes nos da la respuesta: conversan Don Quijote y Sancho,  «si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen d’él que ha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un mentecato». Y Sancho dice «me han de tener por tonto que por ladrón». Convendría que ministros y congresistas juren, delante de la Biblia, la Constitución y El Quijote de Cervantes, preferir pasar por idiota que por canalla que se lleva la plata del pueblo.

Amigo Alcántara, en cuanto al quijotismo como filosofía y conducta, en la América Latina también han incursionado en ese tema. Recomiendo, pues, lo escrito por Mariano Picón Salas, venezolano, admirable ensayista como el mexicano Alfonso Reyes. Hubo —dice— «un hidalgo pobre», en era crepuscular, y quiere conciliar la pluma y la espada. Y entiende que la vida es trampa e ironía. Y si no hay caballería hay que inventarla. Y ese Quijote no es otro que el mismo Cervantes. Gracias por el envío y por concedernos la licencia. El amable lector puede acceder a las páginas de su ensayo editado por la AMECIP, en versión electrónica: https://amecip.com/publicaciones.php

Posdata: Inaceptable la actitud del ministro de Salud Víctor Zamora ante los médicos en estado grave en la ciudad de Iquitos. Necesaria la indignación del cuerpo médico y sus instituciones.

Publicado en El Montonero., 11 de mayo de 2020

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Don Quijote y la necesidad de Sanchos sensatos

Written By: Hugo Neira - May• 04•20

Muchas cosas que nos ocurren, ya han acontecido. La historia es una diosa taimada y burlona. Nos hace creer que el pasado es pasado, pero no es así. Según Nietzsche ciertos acontecimientos se repiten. A eso le llamaba «el eterno retorno». Nuestra historia está plena de actos absurdos. El presidente Manuel Pardo, que no compra las fragatas en Inglaterra —era un consejo de Ramón Castilla— que quizá hubiesen evitado la guerra del Pacífico. O Leguía, que gana las elecciones en 1919. «Sin embargo, faltando pocos días para su asunción al mando, encabezó un golpe de Estado» (Historia del Perú, Lexus, p. 881). Leguía inventa el sistema personalista, autocrático, de los presidentes peruanos del siglo XX.    

En los días que corren se ha hecho público que hay una investigación por corrupción en la Policía para compras por Covid-19. Esto ha motivado la destitución del ministro del Interior, Carlos Morán. Y de paso la del comandante de la policía, general José Luis Lavalle, cuestionado dicen las redes, «por el alto número de agentes contagiados por el coronavirus, unos 2000 policías, de los cuales ya han muerto unos 20».

En estos días de alargada cuarentena, he trabajado estoicamente temas míos y para clases en los meses que vienen, a partir del Quijote y de Sancho, es decir, la temática del idealismo y la realidad. Ideas y criterios que se vinculan y a la vez se rechazan. Para ello sirve el imaginario de Cervantes, por ejemplo el episodio de don Quijote en Sierra Morena, o el del cura y el barbero, y también, el gobierno de la Ínsula Barataria para su escudero, tema que no estuvo en su primera edición (1605) sino en la segunda, diez años más tarde (1915). ¿Acaso se anima Cervantes cuando ya era famoso?  Tal vez por eso se atreve a nombrar a Sancho Panza como gobernador. A los cervantistas —que siempre conviene consultar— les parece raro que un Caballero andante pero Caballero, cediera ese poder a un plebeyo. ¿Un cargo que solo era para duques o nobles? No olvidemos que Sancho no era sino escudero.

En la narrativa del Ingenioso Hidalgo, que es el título de su obra, lo que probablemente lo hizo célebre no solo fueron sus tragico-cómicas aventuras sino la singularidad de los dos varones que, pese a las diferencias sociales, a menudo discutían, sin faltarse el respeto y sin embargo con gran franqueza. Escuchémoslos.

Sancho protesta: «lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando al cabo al cabo nos han de traer a tantas desventuras, que no sepamos cuál es el pie derecho». El prudente escudero y su sencillez. Y luego, le sugiere volverse al hogar, «es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de ceca en meca». «¡Qué poco sabes, Sancho —responde don Quijote— de achaque de caballería! Calla y ten paciencia».

En esos coloquios andaban don Quijote y su escudero, cuando a lo lejos ven que se levanta una gran polvareda. Son rebaños de ovejas y carneros, eso lo ve Sancho, el hombre de campo pegado a lo real, pero no don Quijote. El ingenioso hidalgo ve en ellos ejércitos y se pone a celebrar la llegada de «los hombres del gran emperador Alifanfarón, señor de la gran isla de Trapobana». Sancho le pregunta a don Quijote por qué tenían que quedarse a enfrentar los rebaños o bien el copiosísimo ejército de los reyes paganos o musulmanes en la inmensa llanura. La respuesta de don Quijote: es para «favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos». Amor al pueblo, mezclado a la necesidad de la hazaña.

Sancho no puede reprimir su fastidio. «Él no ve encantamiento, ni sucesos, ni fantasías de caballerías que solo existían en los libros de caballería», explica Cervantes —que solía meterse en el diálogo—, y el escudero estalla: «Para mis barbas», dijo Sancho, preocupado por su asno que corría peligro en la contienda que se avecinaba. Sordo ante su escudero, don Quijote le promete que después del combate, no le faltarán caballos. Y ante la confusión del hidalgo que ve ejércitos en vez de ovejas, «el paciente Sancho, se subió a una cuesta para mirar las locuras «que su amo hacía». Más tarde, ante un don Quijote golpeado y herido, el escudero le reprocha: «¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos sino manadas de carneros?». Pero el hidalgo tenía siempre respuestas a sus delirios. «Sábete Sancho, mi enemigo que es un sabio —un brujo— puede desaparecer y contrahacer, y ha vuelto los escuadrones de enemigos en manada de ovejas».

La simbología de esos dos personajes, Quijote y Sancho Panza, recorre el mundo cuando la gran obra de Cervantes es traducida en Alemania, Reino Unido, Rusia, Francia y en China. (Y en nuestros días, en guaraní, hebreo, catalán, japonés y quechua.) En la literatura y el pensamiento de Occidente, desde el Romanticismo, don Quijote encarna una moral altruista. Y esa interpretación simbólica va del ruso Dostoyevski que lo compara con Jesucristo hasta Lunacharski, el amigo de Lenin, bolchevique muy culto, y en consecuencia, primer comisario de la educacion y cultura, que prefiere al Jefe que al que lo sigue. Sin embargo, más de un pensador vuelve sus ojos no tanto en los desvaríos de don Quijote, sino a la estupenda y sensata gobernabilidad de Sancho en la Ínsula. Fue una broma de unos aristócratas cuando los hospedan en un castillo, pero Sancho se lo tomó en serio y fue un gobierno justo.

Las hazañas del hidalgo, aunque delirantes, encendieron la imaginacion del inglés Charles Dickens y de Chesterton. De los americanos soñadores como Jefferson, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos. Y de Melville, el de la Moby Dick. Interesó tanto que el alemán Thomas Mann puso a Cervantes al lado de Shakespeare y Goethe. Fue admirado de Kafka a Borges. Pero hay que decirlo, don Quijote predomina sobre su acompañante. Es un español, el filósofo Miguel de Unamuno, en Vida de don quijote y Sancho (1905), quien los iguala. Nota que Sancho, contagiado por el hidalgo, comienza a leer libros. Unamuno, un hombre de la generación del 98, acaso harto de una España en crisis y plena de Quijotes y alucinados, encuentra que la cordura de Sancho es tan valiosa como el coraje de su amo. Sancho, en efecto, tiene un sueño. Ser gobernador de la Ínsula Barataria. Quiere el poder  «para librarse de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazones y mal entretenida» (la frase está en el capítulo 51 de la segunda edición).

Así, en el violento siglo XX, pleno de -ismos, fascismo, comunismo, y de dos guerras mundiales y del riesgo permanente de armas atómicas, no es el hidalgo que gana terreno sino el escudero. La virtud de Sancho es el sentido común. No es poca cosa. Ese sentido, es el menos común. Se diría, pues, que la vida política contemporánea es cada vez más compleja, y si se necesita de Quijotes —sin duda para las inevitables reformas—, cuando se gobierna es preciso los Sanchos que vienen del pueblo, gente corriente, porque ellos saben de qué lado les aprieta el zapato. Es así como nos atrevemos a decir que, como nuestro Huamán Poma de Ayala tenía una teoría del ‘buen gobierno’, también la tiene Sancho, ya quijotizado. Y al revés, antes de su muerte, el Caballero andante comienza a razonar. En realidad, ambos se complementan.

Conclusión, no se puede gobernar sin Sanchos sensatos. Incluso Gengis Khan, conquistador nómade y mongol, los tuvo. Ahora bien, es increíble ese escándalo de jefes de policías en un posible acto ilícito e inoportuno, y justo cuando el pico de los contagiados y muertos no ha declinado todavía. ¿Gente de alto rango coimeando en plena emergencia?  Un ilustrado del siglo XVIII, Charles Louis de Secondat, más conocido como Montesquieu, escribe: «Bienaventurados los pueblos cuya historia es aburrida». Está claro, no es nuestro caso.

Publicado en El Montonero., 4 de mayo de 2020

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Plagas como ensayo de Apocalípsis

Written By: Hugo Neira - May• 03•20

Si esto fuese una conferencia o una de mis clases, entonces rogaría a los presentes ponerse de pie y guardar silencio unos minutos, por aquellos que se están muriendo y peor acaso, los desamparados que no tienen ni para comer. Nuestra generación y niños y jóvenes, no olvidarán jamás este ensayo inesperado de Apocalípsis. Vivimos en este instante ante el azar de la vida y la fuerza de la naturaleza. Éramos cándidos al creer que las plagas eran cosa del pasado, inmersos y enceguecidos por el consumismo y el mito de nuestro tiempo, el crecimiento económico sin límites. Salvo que inventemos ahora mismo otras formas de producir y de vivir. Creo que estamos en lo que se llama el fin de una era. El historiador Braudel, que modificó los estudios de historia con el concepto del «tiempo largo» (longue durée), decía que el gran enemigo del mercado no era el Estado sino el capitalismo. «Lejos de ver la zona de la oferta y la demanda, el capitalismo es la zona del poder y la astucia». ¿Y no es eso acaso, las multinacionales?

Con quien dirige esta publicación —mi muy querido amigo—, conversando por teléfono, hemos quedado en que me ocupe de la nación, el Estado, el Bicentenario, la situación actual. Ante ese abanico de temáticas, comenzaré, pues, por la situación actual. Es decir, del 2001 hasta la fecha.

Un editor arequipeño, para una quinta edición del Bicentenario de Hacia la tercera mitad, me pidió un capítulo sobre ese trecho de nuestra historia contemporánea que es el Perú en los inicios del siglo XXI. Tenía razón, es libro de 709 páginas, cubre nuestra historia (social) desde la conquista hasta la fecha, pero se detiene en los años noventa.1 ¿Y sabe usted, estimado lector, qué título tiene ese ensayo que hemos añadido? Se titula: «Perú siglo XXI: la prosperidad del vicio».

https://www.bloghugoneira.com/wp-content/uploads/2019/09/Peru%CC%81-s-XXI.La-prosperidad-del-vicio-fragmento.pdf

Sin duda es un oxímoron, o sea, un recurso literario que consiste en usar dos conceptos de signo contrario. Por ejemplo, un sol negro. Es decir, un absurdo. Pues bien, eso es la sociedad peruana. Un crecimiento económico, por una parte. El producto interno bruto crece a un 4,2% en un caso, y a 7,2% entre 2006 y 2011. Y la pobreza había disminuido, de un 54,3% pasa a cerca de 20%. Pero el desafecto político no dejó también de crecer. Con lo cual se prueba que la economía no lo es todo. Hay brechas entre ricos, clases medias y clases populares, cada vez más grandes. Por otra parte, las instituciones como el Parlamento resultan cortas para el deseo de participación. Además, el sistema actual de descentralización es un fiasco. Han aparecido oligarquías provincianas.

¿El desencanto lo origina la corrupción? Sí y no. Ya existía mucho antes que explotara el polvorín de escándalos de Odebrecht, en los días de Toledo. ¿Exceso de promesas? ¿Excesivas ilusiones de los votantes? Lo cierto, es que las élites son despreciadas y odiadas por la masa del pueblo. ¿Qué pasa, entonces, cuando una sociedad tiene una jerarquía social y económica que no es respetada? En la prosperidad de otras sociedades capitalistas hay otra racionalidad que influye, no solo el dinero sino la conciencia de la gente. De lo contrario, el incremento de la riqueza en el desorden lleva la sociedad a autodestruirse. El desden de la virtud, eso es lo que nos estaba pasando antes del Covid-19.

2. En cuanto al Estado, debido a la crisis comenzamos a tenerlo. El Estado en el Perú ha sido y sigue siendo un archipiélago. El MEF, el BCR con Julio Velarde, director, en cuatro etapas presidenciales. De alguna manera, Relaciones Exteriores, las Fuerzas Armadas, la SUNAT. Islas de modernidad y paramos de contar. En cambio, para llegar a los ministerios no se usa el concurso público que es regla en otras naciones. Nada de esto ocurre en el Perú. Permanece el sistema del favor, el amiguismo, o los puestos como botín del partido que gane. Entonces es imposible tener una burocracia profesional. Una carrera de por vida. El sistema actual, tiene el vicio de la improvisación y además, la inestabilidad. Los presidentes cambian ministros y directores como quien se cambia de camisa. En el Perú se dan cuenta de la necesidad del Estado en los momentos de crisis.  Ahora bien, en otros países  vecinos,  se tiene una opinión positiva para esa institución. «El Estado es la institución que propicia el desarrollo y la integración en la Europa del siglo XIX y XX». La cita que acabo de hacer viene de un profesor mexicano, Arturo González Costo. En efecto, existe una tecnicidad de la gestión pública, tan importante como la que se necesita en la empresa privada. Pero es raro que se acepte el mercado y el Estado en la mentalidad peruana de estos días.

3. Si no tenemos Estado, no podemos tener Nación. «Las naciones latinoamericanas fueron creadas después de la Independencia y no antes». ¿Quién dice eso? Nada menos que una de las más despejadas cabezas de este continente, Octavio Paz. Entonces, nuestra historia es el envés del proceso europeo. Allá, la nación precede al Estado moderno. En América Latina, era la República y sus instituciones que tenían que reunir a los pueblos, pero no es eso lo que ha ocurrido. En México, fue la revolución de 1910 que liquida una capa social dominante. No es el caso del Perú.

¿Qué tuvimos después de la Independencia? La aristocracia colonial peruana eran mineros, gente de títulos y blasones, pero no una clase ilustrada como para ser estadistas. Así, a la revolución de la Independencia la sigue la guerra de los caudillos. «Hubo un vacío de poder», señala Jorge Basadre. No hubo ni nobleza ni burguesía, sino una de esas agrupaciones raras, a la peruana, «sólidos grupos plutocráticos» (Basadre). Gente que se enriquece con el guano, la apropiación violenta de tierras en la región serrana, de ahí, al gamonalismo (que solo desaparece en 1969). Para elegir al Presidente bastaban 3 mil o 4 mil votos en todo el país, conseguidos tras elecciones censitarias, es decir, por padrones para notables locales. Los analfabetos e indios, no votaban. «República hubo, para unos cuantos» (César Gamboa, «Los filtros electorales», 2005). Hablando claramente, no hubo sufragio universal hasta 1931.

He estudiado la formación de las naciones europeas —Francia, Inglaterra, Alemania— y luego, en la misma obra, México y Japón. La nación en Asia y Europa llevó siglos para que se volviera algo real y a la vez emocional. Pero en nuestro continente, ¿hubo acaso alguna nación emergente? Sí la hubo. Es la Argentina de inmigrantes de 1860 a 1930, y el gran instrumento fue la educación estatal. No se nacía argentino, se aprendía a serlo, con el retrato de San Martín y la bandera blanquiazul en las salas de clases. A fines del siglo XIX, el Japón de los Meiji. Una dinastía inteligente que decidió romper su aislamiento, abrirse al mundo enviando a miles de jóvenes a estudiar en el extranjero. Desde el poder imperial, fabricaron un pueblo-nación.

4. La República no tiene pues, dos siglos. Las capas sociales dominantes en el siglo XIX, no hicieron sino prolongar las formas de vida y de ocio propias a los criollos del periodo virreinal. Pocos historiadores reparan en ese estilo de vida. Menos mal que contamos con el testimonio del alemán Tschudi. Lo que ve: «eran comodones, no gustan del trabajo y si se ven obligados a escoger una actividad para ganarse la vida, de preferencia una tienda, que no les cueste mucho esfuerzo y les brinde la oportunidad de conversar con sus vecinos y fumar tranquilamente sus cigarros». Y añade: «los criollos son jugadores apasionados» (Testimonio del Perú, p. 105). Al otro lado del océano, en esos años, había arrancado la revolución industrial que cambiaría el mundo.

5. ¿La democracia? Como se puede decir que somos demócratas sino no tenemos demos? Era un concepto que usaba José Carlos Mariátegui. El  demos de los griegos era una población de ciudadanos organizados. Lo esencial en la democracia era el derecho del ciudadano para ocuparse de la vida pública. Para lo cual discutían, se reunían en asambleas, resolvían las diferencias con el voto. Los atenienses tenían una idea fundadora, la isonomia, en griego, igualdad.

Ahora bien, pregunto, ¿aspiramos los peruanos a ser iguales? ¿Realmente? Me atrevo a decir que los peruanos tienen una tendencia a la jerarquía, un tanto como algunas sociedades asiáticas. Sin embargo, esa mentalidad ha desaparecido en la sociedad mexicana. Lo cierto es que ningún mexicano de nuestros días se reclama azteca. Y menos todavía, español. Pero en el Perú, no han desaparecido ciertas nostalgias, que no son precisamente igualitarias. Hay blancos que todavía se consideran descendientes de los conquistadores. Y en cuanto a los de origen indígena y mestizo, se reclaman descendientes de algún inca. La herida de la Conquista en el XVI, permanece y alimenta la pugna secreta entre culturas. Arguedas es un ejemplo de fusiones, pero es un caso excepcional. No hay un alma nacional sino varias. Pero lo que me inquieta es la inclinación al «pensamiento mágico». La fuga de lo real tras una utopía.

Incluso afecta a la inteligencia universitaria. Para un libro de pensadores peruanos he leído íntegramente a Alberto Flores Galindo.2 Me han impresionado sus ensayos y visiones. Sin embargo algo le reprocho, y es que el autor de Tiempo de plagas, lúcido libro, toma en serio el mito del Inkarri y abraza apasionadamente la «utopía andina». Iván Degregori, excepcional antropólogo, le toma el pelo, ante su libro Buscando un Inca, diciéndole que los «indios de hoy, no esperan un Inca sino un omnibus».

Dos errores enormes. La educación que perdimos, aquella que se dictaba en las Grandes Unidades Escolares, simplemente, era clásica y eficaz, era la transmisión de conocimientos, con asignaturas de lógica, gramática, historia del Perú y del mundo, geografía, ciencias naturales. Esas enseñanzas permitían aprender a razonar, comprender, y se aprendía a organizar las ideas y  al menos saber  escribir un paper. Eso ha desaparecido. Hoy buscan «habilidades». Ese pretexto para no iniciar, en las capas sociales bajas, la ambición del conocimiento. Se ha hecho estatalmente el peor de los ahorros, el de «la economía del saber». Y luego, los últimos en las pruebas PISA.

6. El otro error, es que han deshistorizado a generaciones enteras. Por ello, pregunto, ¿cuál es el periodo histórico más largo en la historia del Perú? No es el de los Incas, según María Rostworowski, solo hubo Imperio Inca desde Pachacútec. O sea, dos siglos antes de la llegada de Pizarro. Y en cuanto a la República, apenas dos siglos. El periodo más prolongado es el virreinato. No lo conocemos. Como tuvo vicios tuvo virtudes. Cuando en México se preguntan cuándo se establecen principios democráticos, la respuesta es «en primer término, los españoles, ayuntamientos, audiencias, visitadores, juicios de residencia y otras formas de autogobierno». ¿Quién dice eso? Una vez más, Octavio Paz.

7. ¿Qué nos hunde? El colapso masivo de la cultura peruana, después que tuvimos una generación excepcional, en los 70: Cotler, Matos Mar, Quijano, Portocarrero, Flores Galindo. Hoy no hay analfabetos pero sí iletrados, los que no abren nunca un libro. ¿Qué nos hunde? La renuncia al saber desinteresado. La inclinación a la intolerancia. El tren de vida en un país que apenas vive del canon minero. El excesivo culto al consumismo. Baudrillard, años atrás, sostuvo que «el consumo en su insistencia tiene poco que ver con la satisfacción de necesidades». La cultura del consumo no sería sino «un código para incluirse en el sistema global de dominación». Lo dijo en 1970. Esperemos que después de esta crisis, seamos un tanto más razonables y apreciemos la salud y no los gastos  de la cultura de la apariencia.

Después del Covid-19 las ideas van a cambiar enormemente. Dicho esto, el confinamiento o cuarentena, no soporta unas semanas más. Sería conveniente abrir por unos meses, restaurantes populares.   

1 Hacia la Tercera Mitad, Perú, XVI-XXI. Ensayos de relectura herética, quinta edición, El Lector, Arequipa, 2019.

2 Dos siglos de pensamiento de peruanos. Por publicarse, Universidad Ricardo Palma.

Publicado en El Reporte N°1, edición de abril de 2020