Los reproches del maestro Porras

Written By: Hugo Neira - Jul• 13•20

Cuando vivía en la Polinesia Francesa y siendo profesor, no dejé de escribir semanalmente para La República. Fue Mohme padre quien me invita (mis sabatinas, a lo largo de 15 años suman unas 2000 páginas). Y entre otras crónicas, inventé un personaje, Vaitea Teihotaatamaraetefau, mi supuesto exalumno de la Papúa Nueva Guinea. Es un recurso literario imaginar un personaje. Vaitea me contaba lo bien que le iba porque hacía viajes de investigación para la Reproduction of Managerial Elites, Ebert. (Por supuesto, esa empresa no existe.) Con el tiempo, al intelectual polinesio lo reemplazan personajes de la cultura occidental. Y es así cómo en mi casa en Papeete descendían por una escalera de caracol, eminencias como Marx, Hobbes, y Luis Alberto Sánchez. Pues bien, ahora, en mi muy modesto departamento, reaparecen mis fantasmales amigos. Anoche escuché unos ruidos en la biblioteca que está en la sala. Me levanto, voy a ver quién es el visitante y me llevo la gran sorpresa. Don Raúl Porras abriendo uno que otro libro en la sala.

Me asombra y le doy la bienvenida al maestro que tanto cuenta en nuestra vida, la de Pablo Macera, Carlos Araníbar, y Mario Vargas Llosa. En la casa de Colina, en Miraflores, hoy instituto de investigación, nos enseñó las artes del quehacer intelectual, y además, se ocupó de abrirnos puertas. El joven Mario fue recibido en París tras una llamada telefónica del doctor Porras. Sin embargo, esa noche tenía el ceño fruncido. El maestro, por lo general, era sonriente y amable, esta vez no.

Mire Neira, no tenemos mucho tiempo por delante. Y señala con el dedo los cielos, el permiso para hablar con los mortales es muy corto.

– Claro doctor, le respondo. Ya me ha pasado anteriormente. ¿Qué pasa, cuál es el tema? Por favor, dígalo, por algo ha venido a verme. Se calma un poco y me pregunta.

Está usted dando unas clases de historia, ¿no? Y se va a ocupar de cómo organizaban los Incas, después de Pachacútec, a esas 100 o más etnias de ese inmenso Imperio. ¿Era una novedad la Pax incaica, ¿no?

Como lo conozco bien, le contesté a partir de la complejidad de esa estructura del poder antes de la Conquista.

– En parte sí, y en parte no. Establecieron ciertamente las cuatro regiones, con un Apu en cada una de ellas. Pero, con los ayllus —comunidades indígenas compuestas de diversas familias— estas organizaciones existían antes de los Incas. Lo que los Incas les imponen es el deber de no guerrar entre ellas. Por lo demás, extienden el principio de distribución a otros pueblos, a medida que los integraban.   

– Neira, dejemos de lado esas instituciones que estructuraban la vida de los Andes y vamos al hecho de que esas normas sirven a los Incas, sobre todo los últimos, para gobernar.

– ¿Me está usted sugiriendo una suerte de dominación por lo alto de la etnia Inca? Cierto, pero no solo era eso. Hubo la separación de hanan y hurin, los de arriba y los de abajo. Pero también el Inca, el dios Sol y la comunidad, es decir, un triadismo. O sea, se organizaban por 2, por 3 y también por 4, las regiones. Y como usted sabe, decimalmente. Por 10, 100 o mil. Tenían los quipus, sabían contar.

A lo que voy, Neira, cuando llegan los invasores, Pizarro y sus huestes, ¿trastornaron todo para dominar?

– Claro que no. Económicamente se rompe la regla del trueque, aparece la moneda, algo que no usaban. Con la Conquista, es el incario sin el Inca, idea de Luis E. Valcárcel que usted ha conocido. Ahora que me lo dice, la Conquista se asienta en las organizaciones ya existentes (¡!) En vez del trabajo para el Inca, el Sol y la comunidad, aparece el encomendero, el curaca con más fuerza que nunca, y el corregidor. Y también los curas. Los indígenas soportaron todo eso para no perder sus tierras. Hubo estallidos de rebeldía, pero en general, sobrevivieron.

Porras me mira furiosamente.

¿No se da cuenta usted que el poder se toma desde arriba? Los Incas usando las tradiciones milenarias. Y los españoles del virreinato, ¿acaso no se sirvieron de las reglas y normas de la sociedad andina para dominarla? Además del trabajo de la mita, —o sea la minería— ¿los tributos, y el uso de la mano de obra?

– Bueno, ¿ha bajado usted de los cielos a decir que la dominación española en el XVI se aprovechó de las instituciones incas para a la vez dominar y deshacerlas? Bueno, eso lo sabemos.

Porras sigue furioso. Y continúa.

– ¿Y no es eso lo que está pasando ahora en Lima cuando las bancadas votan para despojar de la protección de la inmunidad y el antejuicio a los actuales ministros, al propio presidente y de paso, los futuros congresistas? ¡Todos salvo ellos! No se olvide que yo fui un liberal. ¿Y usted no se da cuenta de que la democracia varias veces ha sido destruida desde la misma democracia?

Pucha, Lenin, Maduro… Me quedo frío. No se me había ocurrido. Pese a que un buen rato he estado estudiando el poder de las analogías, «unas semejanzas entre cosas distintas». Pero para seguir la línea del maestro Porras que se ha dado el trabajo de visitarme, le hago una observación.

– De acuerdo, las bancadas que se creen radicales no son sino una suerte de conquistadores españoles. Pero necesitan pueblo. Masas que los apoyen, ¿no?

– Otro olvido de su parte. Dígame, ¿cuál era la jerarquía social de la sociedad incaica?

Está un poco pesado el maestro, pero igual le respondo.

– El clan de los Incas, los cuatro Apus, los tucuyricuy (inspectores). Las panacas familiares, suerte de nobleza de Estado. La burocracia local o curacas.

– ¿No ve? Se olvida de un grupo, ¡los yana! Esos indígenas abajo de toda la escala social del incanato¡!

– Sí pues, me había olvidado de ellos. El yana durante el Tahuantisuyu, no tenía ayllu ni tierras, era un errante. Y es cierto que se vuelven los siervos del Estado Inca y cada vez más numerosos. Y recién me doy cuenta de que fueron los servidores de los Españoles. Durante la guerra de la Conquista, que fue corta, se pusieron del lado de los invasores, asaltando los tambos y violando a las ñustas sagradas. Fueron un factor de la descomposición social.

Pero ya no estamos en el XVI y se lo digo a Porras.

¿Así no? Neira, piense. ¿Hay un grupo social que no está del todo asimilado a la sociedad peruana?

– Diablos, y —temblando— le digo al maestro, ¿se refiere a los informales?

Entonces, Porras triunfante:

– Los nuevos conquistadores cabalgarán el poder legal republicano como lo hicieron los incas con los ayllus ya existentes. No se olvide de que yo fui no solo liberal sino que estudié también derecho. La República está en peligro. Los despotismos se hacen desde arriba.

Porras se despide y parte por la escalera de caracol. Es cierto que los yanaconas estaban en el nivel más bajo de la pirámide social incaica, un «proletariado nómada», que se acomoda a los nuevos mandones, a curacas y corregidores, dice Carlos Araníbar (Nueva historia general). Pero la actual informalidad es muy compleja, desde el vendedor ambulante al pequeño empresario en las pymes, e incluso, una clase media emergente y algunos millonarios. Si el maestro se hubiese quedado un rato antes de regresar a los Campos Eliseos, le hubiese dicho que son capas sociales heterogéneas. Por lo tanto, habrá diversas clientelas. En cuanto al poder, los peruanos del siglo XXI quieren que se ponga orden, pero sin excesos. El mismo Porras me dijo una vez una frase de Garcilaso de la Vega, el Inca, llegada de sus parientes cusqueños: «ne me mandes demasiado».

Publicado en El Montonero., 13 de julio de 2020

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Salazar Larraín: la claridad y los diarios que hacían historia

Written By: Hugo Neira - Jul• 06•20

La semana anterior prometí dedicar esta columna a Arturo Salazar Larraín. Su partida me tomó de sorpresa. Y recordé que guardo algunas de sus crónicas. Desde mi retorno de Europa, dicto en unas y otras universidades, un curso que enseña a escribir un texto de prosa, es decir, saber pensar por cuenta propia. Redacción y lectura, materia que debería existir en la secundaria peruana —como es lo correcto en todas las secundarias del planeta— salvo la excepción peruana. El hecho es que he guardado algunos de sus artículos. Por ejemplo, el que sigue.

«Una Universidad Inmóvil», por Salazar Larraín: «Desde hace diez años la universidad peruana ha agudizado, por sí misma, el proceso de su crisis. Parece ya tiempo más que suficiente para abordar seriamente sus problemas y es lógico y natural que esta acción provenga de ella misma, como un acto de conciencia honesto y sincero. En primer lugar, es imperativo evitar el estallido de lo irracional. Las cosas en la universidad deben contemplarse a la luz de la razón (…)» Como el amable lector puede observar, su estilo consistía en ir de frente al «nervio vivo» del problema. Y «acudir a la razón». Pero lo cortés no quita lo valiente. Continúa con esta frase: «El rectorado ha sido presa permanente de apetitos y pasiones de índole completamente personal. La institución —como institución propiamente dicha— ha importado un comino. Lo hemos visto ayer y lo estamos viendo hoy.» Esto es publicado el miércoles 13 de marzo de 1957. Hace más de medio siglo. Pero como el amable lector podrá apreciar, hemos retrocedido. En aquel momento, a nadie se le ocurría poner a las universidades bajo las inquisiciones estatales que hoy las monitorean (el verbo ‘monitorear’, que le encantaba al expresidente Toledo, me pone los pelos de punta. La gramática dice que no debe usarse un concepto si ya existe el correcto, vigilar, seguir, observar. Pero se prefiere ocultar que el que monitorea no hace otra cosa que manipular. Tiempos de despotismo con máscara.)  

En aquel momento, yo era un estudiante de San Marcos, y para vivir me ganaba los porotos como obrero en una fábrica de tejidos en la avenida Colonial, o bien inspector de boletos en el tranvía, o improvisado profesor de secundaria en colegios privados de los peores, uno en particular en donde recibían a jóvenes que no podían acabar su secundaria. Hijos de papá, insoportables. Pese a todo, yo leía los diarios y recolectaba lecciones de escritura. Estaba en San Marcos y en la juventud comunista. En una célula con Arias Schreiber y Fernando Fuenzalida. Y Salazar era un convencido liberal, igual lo leía. Por lo visto, yo no era un dogmático. La Prensa, el diario de Pedro Beltrán, no buscaba las reformas que a mi generación nos parecía necesarias, pero, al margen de su doctrina liberal, quería saber cómo se escribía.

Mi vida ha sido agitada, varias veces he dejado el Perú, idas y vueltas, pero me las arreglé para guardar algunos papeles, para mí trascendentes. A Arturo Salazar Larraín lo conocí personalmente unos pocos años después, en 1961. Por una razón, ingresé a un nuevo diario, llamado Expreso. Fundado el 24 de octubre de 1961, por Manuel Mujica Gallo, «rico propietario vinculado al negocio de la banca y seguros, que al efecto constituyó la empresa Periodística Perú S.A». (Wikipedia) El diario lo dirigían (no monitoreaban) dos personas excepcionales: el director José Antonio Encinas, diplomático, que residiendo en los Estados Unidos, logra dos doctorados, uno de Economía y el otro en Filosofía, nada menos que en Harvard. Y el otro era Raúl Villarán, inventor del diario Última Hora, y Correo, que fue una cadena de diarios provincianos. Eran personajes muy diferentes. Encinas decidió tener unos editorialistas lo más jóvenes posibles —nos llamaría sus «juniors»—, y para eso, llamaron a un concurso. Miguel Pons-Couto, que estaba en la administración, me pasó la voz y me presenté. Entramos Abelardo Oquendo, Lucho Loayza (con el tiempo y fuera del país, un gran ensayista), Raúl Vargas y el que escribe. No éramos de izquierda, ese vocablo no existía, yo me había alejado del Partido Comunista, pero sin hacer mucho ruido. En mi pobreza, el partido me había conseguido puestos de trabajo de poco salario, pero que me permitían ir a comer al restaurante universitario en San Fernando, al que llamábamos «la muerte lenta». En cuanto a la política y el diario, nos llamaron entonces, «progresistas». En realidad, Manongo —o sea Mujica Gallo— quería que hubiese en Lima un diario entre El Comercio y La Prensa. Y lo consiguió, ayudó a que Fernando Belaunde ganase las elecciones.

Así fue cómo conocí al elenco que tenía Pedro Beltrán. Se había rodeado de un equipo de escritores de primer nivel. Jorge Luis Recavarren, Enrique Chirinos Soto, y en Última hora, Guido Monteverde, su «Antipasto Gaga». Su columna, es un relato de la vida limeña con algo de admiración y mucho de sorna. Beltrán en 1958, es el primer ministro de Manuel Prado, y establece medidas liberales bastante duras, elimina los subsidios de alimentos y eleva el costo de la gasolina. Beltrán, un peso pesado de la vida política y cultural, con estudios en La Recoleta, agronomía en Oxford. Casado con una aristócrata bostoniana, el ironista Sofocleto decía que no deberíamos nacionalizar la empresa petrolera de Talara sino a Beltrán primer ministro. En efecto, lo conocí un día de esos, me llamó para invitarme a entrar en La Prensa. Su oficina era escueta, una única lámpara sobre su escritorio, y el resto en penumbra. ¡Estábamos en Londres! Le agradecí la propuesta pero en Expreso y mis amigos estábamos cerca de lo que se llamaba el Movimiento Social Progresista, de Alberto Ruiz Eldredge y Sebastián Salazar Bondy. Pero entre periodistas nos encontrábamos con frecuencia.

En fin, otro texto de Arturo Salazar Larraín (10/03/1956): «en nuestro país todos somos encendidamente demócratas (…) pero en la práctica, las cosas son distintas. Hay un abismo insalvable entre la teoría y la práctica política».

Han pasado siete decenios. En lo que concierne al periodismo tengo la impresión de que ese Perú tenía una mejor prensa. En primer lugar, eran directores o gente de prensa que no temían al gobierno de turno. Beltrán puso en el poder al general Odría en 1948, y luego se apartó del dictador, y Odría lo encarcela con 40 empleados de La Prensa. Y así y todo, después de unos meses en El Frontón, siguió en sus trece. Hoy los diarios no solo temen en su mayoría al gobierno sino que sobreviven gracias a Palacio de Gobierno. En segundo lugar, hoy cualquiera es periodista. En los cincuenta y sesenta, eran humanistas. En tercer lugar, los diarios actuales no se imprimen para las clases medias o cultas sino para la gran mayoría de la población. Eso no es repudiable, pero como la educación peruana ha olvidado de enseñar, por desgracia, el placer de leer, la consecuencia es que se ha perdido el hábito de la lectura.

¿Para qué comprar periódicos? Y menos leerlos. Es la era de Internet, del celular, del entretenimiento. En otras sociedades, la tecnología es usada, pero hay diarios. Millones de peruanos no son analfabetos pero sí son iletrados. No leen libros. Y de esa manera, en las urnas, sin personas que sepan pensar por su propia cuenta, vamos directamente al abismo. Un  probable despotismo, acompañado de un tiempo del ocio tonto y el esclavo feliz. Por eso la imagen de esta nota, La balsa de la medusa, cuadro de 1819 en el Museo del Louvre. Espero equivocarme.  

Publicado en El Montonero., 6 de julio de 2020

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Conceptos y debate. ¿Dice usted terrorismo?

Written By: Hugo Neira - Jun• 29•20

Immanuel Kant (1724-1804) se ocupó poco de la política pero lo suficiente para inspirarnos en nuestros días. Tres de sus obras fundan los términos jurídicos de la modernidad. Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón práctica (1788), y la Crítica del juicio (1790). Siendo la más breve, propone una enseñanza política que después de Hobbes, Locke o Rousseau, va más lejos, según Pierre Hassner. En busca de nuestra libertad mental separa el mundo de los fenómenos —entre ellos los sociales— y el mundo de los noúmenos. El primero, es el mundo de las cosas en sus manifestaciones, y el otro, el de cosas que no lograremos entender. Así, para entrar al ámbito de la razón, necesitamos conceptos. O sea, herramientas del saber que intermedian nuestra conciencia y el mundo mismo. Sin las cuales no podríamos pensar ni acceder al conocimiento de la ley, la historia y la política. De Kant nos separan dos siglos, que no es nada en el pensar la filosofía y la ética. ¿A santo de qué viene todo esto? dirá el amable lector. Ocurre que corre una tendencia que llama a troche y moche al que no le cae bien, «terrorista». No voy a ser yo el que defienda lo indefendible. Pero recuerdo a Ernst Bloch, filósofo judío alemán, «el concepto es el estado mayor del conocimiento».

Desde ese punto de partida, se entiende que es terrorismo los atentados del 11 de marzo de 2004 en la estación Atocha de Madrid, cuando cuatro trenes simultáneamente explosionan. Obra de artefactos dejados en los andenes de la estación, 500 gramos de un explosivo llamado Goma-2 ECO. El atentado fue a la hora de mayor aglomeración y alcanzó hasta 500 metros y murieron 199 personas, unos 120 españoles y muchos de otros países, entre ellos, cuatro peruanos. Los autores de esa infamia rápidamente se identificaron, una carta llega a un diario de Londres y se reconocen como las brigadas de Abu Hafs al-Masri, en nombre de Al Qaeda. Eso es, pues, terrorismo.

En el Perú, nadie olvida lo ocurrido hace 28  años. El 16 de julio de 1992, dos coches bomba cargados de dinamita estallan en la calle Tarata, y matan a 15 residentes. Los daños al edificio fueron enormes. Yo no estaba en el Perú, y una amiga me escribe y me cuenta: «volaron las ventanas y vitrinas y se veía la modestia de sus muebles, su decente pobreza». Pese a ello, quienes vencen a SL fueron las Fuerzas Armadas en el campo y las rondas campesinas. Poco después, el Poder Judicial condena a perpetua a Abimael Guzmán, a Elena Yparraguirre y a otros 11 dirigentes. En Tarata había perdido su guerra Sendero Luminoso.

Terrorismo es el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Un inolvidable 11 de setiembre de 2001. Fanáticos secuestraron aviones comerciales para estrellarlos. 2996 muertos, 6000 heridos. Entre ellos, algunos peruanos. Años más tarde, el 2 de mayo de 2011, el mismo Barack Obama anuncia: «Justicia está hecha. Osama Bin Laden está muerto». En el territorio de Pakistán, la misión se llamó «Operación Lanza de Neptuno». Obama además tuvo el tino de sepultar el cuerpo de Bin Laden en el mar como cementerio. Y sin embargo tuvieron el gesto de celebrar los ritos islámicos del caso. Esa no solo fue una guerra política sino religiosa, la de una tendencia del Islam contra los países occidentales, y ahí siguen, entre Siria e Irak. Una guerra inacabable.

En el campo de la violencia, es harta conocida la victoria de los improvisados guerrilleros cubanos que desembarcaron en Sierra Maestra el 2 de diciembre de 1956, en un yate llamado el Granma —hoy en el museo de La Habana— y unos 82 guerrilleros, entre los cuales estaban los hermanos Castro, Cienfuegos, el Che, para enfrentar al tirano Batista, y es cierto que llegaron al poder, los «barbudos». No se definían como comunistas porque todavía no lo eran. Venían de una entidad insurreccional, el Movimiento 26 de Julio, cuya ideología era la rebeldía. El resto ya lo sabemos. Tiempos de la guerra fría. Nos hizo creer en toda la América Latina que una revolución no era una cuestión muy complicada. Consistía en ir al monte. Lo real, es que hoy una entidad muy académica y estricta, hace este resumen: «de 1959 a 1961, des échecs du castrisme insurrectionnel» (Encyclopædia Universalis). Traduzco, «los fracasos del castrismo insurreccional», y mencionan a Hugo Blanco: «en 1965 vencido por una contraofensiva de las Fuerzas Armadas peruanas». Pero no dicen que es un terrorista. Se ocupan de otros casos, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. Pero las rebeliones «castristas» —así las llaman— en ningún caso llegaron al poder.

En mi generación vimos a Cuba como una posibilidad, pero en los hechos no fue así. Las guerrillas a la cubana no lograron el poder en ningún sitio. Las causas son evidentes. Habían subvalorado la capacidad de los ejércitos nacionales, un error también de SL. Y por otra parte, a las guerrillas no acudieron a integrarse los campesinos. Lo dice el mismo Che Guevara en sus notas. Sobre los movimientos campesinos y la teoría foquista, hay un buen trabajo de Daniela Rubio Gieseke (PUCP). Pero tengo una objeción: los movimientos campesinos, las tomas de tierras, no tienen nada que ver con los revolucionarios foquistas. Ni Béjar ni Hugo Blanco dirigieron esos movimientos. Pero como a los indios los han tomado desde la colonia como tontos, no faltan los que no entienden que ellos tuvieron su emancipación y sus propios dirigentes.

Lo sé porque fui enviado al Cusco por el diario Expreso de José Antonio Encinas. Y conocí a Sumire, a Valer, una élite popular salida de la nada que dirigía la poderosa Federación Campesina en Cusco, con unos 1800 sindicatos rurales. A la cabeza de esa emergencia sin milicias armadas, un campesino quechua, cuya vida he narrado (Huillca, habla un campesino peruano, traducido a 7 lenguas). Lo suyo fue un movimiento de tipo Gandhi. Presión de masas para recuperabar sus tierras pero sin sangre. Vi crecer la ola de recuperaciones de tierras hacia Sicuani, hacia Puno. De no haber habido esa movilidad indígena que comienza en el valle de la Convención con las huelgas en que estaba Hugo Blanco, luego las marchas de los campesinos de las zonas altas y por último la Reforma Agraria, Sendero habría ganado. Pero los prejuicios raciales impiden comprender que los campesinos se autolibertaron con esa extraña revolución sin armas. Hoy, la papa, el camote, el choclo que llega a nuestras mesas, no viene de los latifundios desaparecidos sino de los hijos y nietos de esa liberación ocurrida en los sesenta. Han entrado al mercado, ya no son arrendires, envían sus hijos a estudiar al extranjero.

Volviendo a Kant, conceptualmente no es lo mismo el guerrillero que el terrorista. Este último no da la cara, no corre riesgos, pone la bomba que mata y se va. El guerrillero, tenga o no razón para tomar las armas en la mano, se da a conocer: Javier Heraud, Béjar. Y Luis Felipe de la Puente Uceda, el 23 de octubre de 1965, es derrotado en Mesa Pelada, en el Cusco. Contaba con tres columnas, pero no logró el apoyo campesino.

Entiendo lo que pasa por el alma de muchos peruanos: el riesgo de las elecciones del 2021. De la misma manera que las urnas se llenaron con votos de ciudadanos incautos, eso puede repetirse y dado el hundimiento momentáneo de los empleos por la pandemia, puede emerger otro aventurero. Además, estamos en la era de la mundialización y Hugo Blanco es conocido. Y parte del pueblo lo aprecia. Yo leo, y en uno de esos libros, se entrevista no a cusqueño sino a «un poblador de San Martín de Porres»: «hablaba en quechua y hablaba de los pobres. Por eso he votado por Hugo Blanco». Y otro, «él ha luchado bastante, le han apaleado». En un libro de ESAN, p. 314. Pero hoy Blanco solo se interesa por los problemas ambientales.

Yo también pienso que estamos al borde de un abismo. No se juega solo un sillón presidencial. Un error, y perdemos otro siglo. Pero para conseguir democracia y progreso material y moral se necesita de algo, la política. Y el gran problema de los peruanos son los peruanos mismos. Con el «otro» —cholo o criollo— no se compite sino se elimina. No se hagan, no hay partidos sino minorías que se comportan como clanes feroces. Al punto que un sociólogo, que nos conoce a fondo, Danilo Martuccelli, en Lima y sus arenas, dice que estamos pasando de «la cultura chicha» al «achorado». Y este tiene el «humor del aplaste». Pienso entonces en lo que dijo como despedida César Vallejo: «Ahora que me asfixia Bizancio». Eso era para nuestro gran poeta, Lima. Vallejo, que sabía mejor que nadie su castellano, sabía que el bizantinismo es «la afición a las discusiones inútiles». El debate de si guerrillero o terrorista y si usamos o no «negrita», muestra que Lima sigue siendo bizantina. Temerariamente. 

PD: Es una pena la partida de Salazar Larraín. Para la próxima semana, escribiré sobre él y su estilo que siempre me admiró.

Publicado en El Montonero., 29 de julio de 2020

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Los poetas o sea, la inteligencia colectiva

Written By: Hugo Neira - Jun• 22•20

hasta las cachas de cansado ya/

—Carlos Germán Belli

Como van las cosas en el país, en el continente y en el mundo entero, más vale saber qué pasa en el terreno de lo irracional que en lo racional. En las revistas científicas europeas cada vez más la idea de «clase» es menos utilizada. No es que ha dejado de tener sentido —ricos y pobres hay—, pero ¿cómo aplicar criterios entendibles a los gilets jaunes, ese movimiento popular que apareció en noviembre del 2018 en Francia, y se pasean furiosa y silenciosamente con una cólera feroz a todo lo que sea Estado, fisco, orden y gobierno? Los gilets o chalecos amarillos, no dicen que quieren. Solo desfilan. ¿Ácratas mudos? Ni partido ni sindicato. ¿Una forma de descontento a la vez visible e ilegible? Si es así, la economía y la sociología, no es suficiente. Hay que completarlas con nuevas herramientas intelectuales. El español José Antonio Marina define lo que llama las ‘culturas fracasadas’. Sin duda, pero ¿quién tiene la razón? ¿Dónde está la verdad?

Para un libro que preparo, he revisado diversas disciplinas, historia, economía, sociedades, e ideologías, pero creo que todo eso no explica el ser social actual en el Perú. Así, pues, uno de esos días, en pleno confinamiento, en casa, luego de poner en orden mis papeles para las clases que dicto, se me ocurre leer a nuestros poetas, minuciosamente. Soy de los que consideran el verso y el texto filosófico en el nivel más alto del saber humano (tan importante como el arte o la ciencia). Y comienzo por casa, con César Vallejo. Quise saber en sus versos cómo veía la vida y su propio país.

De entrada, dejo de lado el ‘Hay golpes en la vida tan fuerte…¡Yo no sé!/’, y voy a las páginas de Trilce, cuando piensa en el imposible retorno, la madre difunta, y está solo, ‘En los bastidores donde nos vestimos/, no hay, no Hay nadie: hojas tan solo/». James Higgins, escocés, gran conocedor de nuestra literatura: «el poema XLIX destaca la crisis existencial del hombre moderno». Y Vallejo lo confirma, versos como ‘ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros/.

Luego, dejo de lado a César Moro, Lima fue solo un ínterin en su vida, nos vamos de visita a Martín Adán, después de La Casa de Carton (1929) deslumbrante, continúa con Travesía de extramares (1929-1946) y se le considera más que un vanguardista, la encarnación de «la poesía pura». Eso dicen los académicos. Pero me sorprende que se pierda, que dude de la palabra misma: ‘No soy ninguno que sabe. / Soy el uno que ya no cree/ ni en el hombre, / ni en la mujer, / ni en la casa de un solo piso, / … no me preguntes más, / que ya no sé…/’

Ha perdido la confianza en la palabra, cosa que un poeta es lo último que pierde, y su poema sobre Machu Picchu es posterior. Pero las piedras de esa ciudad no es el mundo corriente. Dejando el Reino que Martín Adán se ha construido imaginativamente, vamos a los años 50. Y en esos años, poetas que creen en la poesía, Sologuren, Bendezú, Leopoldo Chariarse. Nos detenemos en Sebastián Salazar Bondy y Blanca Varela. Lo de Salazar es en El tacto de la araña, cuando es sincero, directo: ‘Pertenezco a una raza sentimental, / a una patria fatigada por sus penas /’. Son los años de Odría, de exilios de apristas y socialistas, del poder del diario La Prensa de Pedro Beltrán, y Salazar Bondy era un «progresista», sin embargo, en la tímida izquierda de esos años, y volviendo a Higgins, «Salazar veía la vida como trágica pero bella». Pero Blanca Varela, no es una rebelde políticamente hablando pero sí una inconforme. Va al Puerto Supe, al balneario donde pasó los veranos de juventud, la costa peruana son sus raíces, «pero se rebela y añora otro tipo de existencia». Y le habla a Lima: ‘No sé si te amo o te aborresco / porque vuelvo/ sólo para nombrarte desde adentro /’. Conflicto entre la limeñidad y lo provinciano, sin solución.

Luego vinieron los poetas sociales. Gustavo Valcárcel, Manuel Scorza. Sin duda, la obra de Alejandro Romualdo. Es el poeta de los 50, batallador como un arcángel, habría dicho la poeta chilena Gabriela  Mistral. Es el poeta de ‘Aquí estamos, hermano de la sierra. / Aquí estamos sin tierras ni ganados. / Aquí estamos, sin fábricas ni máquinas, explotados /. Es un giro porque ‘Aquí estamos, peruanos de esta hora /, desesperados / ‘. Y claro está, la esperanza o la utopía de un retorno de Túpac Amaru II, ‘Lo harán volar / con dinamita. En masa, / lo cargarán, lo arrastrarán. A golpes /… ¡y no podrán matarlo! /. Me olvidaba, los poemas de Mario Florián, la sangre del pueblo magisterial, sobre los sufrimientos de los campesinos, cuando había una oligarquía terrateniente. Y hay los poetas urbanos, Leoncio Bueno,  ‘podría tal vez, hacerme vendedor ambulante/’. Ya no es el afecto por los proletarios sino uno de ellos.

Pero hay voces más desencantadas que los mismos revolucionarios. Son voces libres, personales. Washington Delgado, profesor talentoso, podía estar contento pero no. ‘En mi país estoy, / en mi casa, en mi cuarto, / en mi destierro /’. ¿Qué pasa en el Perú, entonces? Vivo para mañana y eso es todo. Pero quien estalla dulcemente se llama Carlos Germán Belli, el que dice que tiene «el pie en el cuello». Se hace famoso al decirnos como vivimos, ‘ya descuajeringándome, ya hipando /’. Para los profesores de literatura es como Washington Delgado, «una crítica social que viene de una clase media cuya vida es restringida y empobrecida». Sí, pero, es una queja sin nombre alguno. ¡Todo lo aplasta! ‘hoy me avasallan todos y amos tengo / mayores, coetáneos y menores /, y hasta los nuevos fetos por llegar /’. Y algo muy duro, muy sincero, «su pesimismo» (César Toro).  ‘Yo, mamá, mis dos hermanos / y muchos peruanitos / abrimos un hueco hondo, hondo, / donde nos guardecemos, / porque arriba todo tiene dueño, / toda está cerrado con llave /’. Ni el político más radical dice algo parecido. 

Son tiempos de Javier Heraud —‘yo no me río nunca de la muerte /—, Corcuera, César Calvo ‘venid a ver el cuarto del poeta’, o sea, la madre y la  pobreza. Cisneros en Canto ceremonial se niega al ritual al libertador en la plaza San Martín. Pero, me atrevo a decir que el gigantesco mensaje de los poetas de los 70 a los 90, se reduce a una línea, la de Manuel Scorza: ‘¡Ay, Perú, patria tristísima!’. Y se pregunta de dónde sacaron los poetas sus «pájaros transparentes»,  ‘Yo sólo veo dolor /’ . Y en fin, es una poeta mujer que dice claralmente, ‘se crece entre cólera‘, Carmen Ollé en Noches de adrenalina. En fin, desde Hora Zero, hubo una pasión desoladora por decirnos la verdad. Nadie es feliz.

Poetas. Nos han estado enviando mensajes, augurios, pronósticos. Se esperaba en los 70 la revolución. No la hubo. Pero acaso vino algo peor, el vandalismo de arriba y de abajo. Y acaso nos espera el caos. En suma, los cálculos sobre el PBI y el per cápita de los expertos no profundizan en esa sucesión de desengaños de cada generación. Los poemas, en cambio, nos ponen en las narices el malestar y el declive de la sociedad, la nación y el Estado. De una poesía todavía esperanzada en los años 30 al 50, a una decepción paulatina. Y hoy, poemas, o más bien, ceremonias del adiós.                                                                                                                       

Publicado en El Montonero., 22 de junio de 2020

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Perú: ¿sociedad, o aisladas Gemeinschaft?

Written By: Hugo Neira - Jun• 15•20

En el diario El Comercio, sección «Dominical», se incluye una par de páginas sobre la filosofía. Son las de Pedro Cornejo. No tengo el gusto de conocerlo, pero lo felicito. No soy de esos que solo hablan bien si se trata de amigos y allegados, no vivo en esas burbujas muy limeñas. Cuando vivía en la Polinesia Francesa, profesor en la Universidad Francesa del Pacífico, un día de esos leo por internet un texto muy sensato de Alberto Adrianzén. Me pareció interesante, no lo conocía personalmente y lo comenté en La República. También leía a Martín Tanaka sin conocerlo. Me cayó muy bien, en una crónica contaba el baile de Tudela al lado de Alberto Fujimori en un estrado público. Eso de hacer bailar a los políticos me parecía siempre una suerte de venganza de la «plebe urbana» (concepto de Carlos Franco). Y más de una vez he visto sonreír sardónicamente a gente del pueblo ante el bailecito del candidato a alcaldía, curul parlamentaria o presidencial. Hasta Alfonso Barrantes, que era muy formal, lo hicieron bailar.

Ahora bien, en la edición del domingo 10 de mayo —perdón por el retardo y mis respetos, señor Cornejo—, así como lo felicito, en un punto, discrepo. Se ocupa usted de un tema social y usa dos conceptos, individuo y comunidad. El tema es más bien sociológico que filosófico. Y en sociología, la complejidad de la vida social nos ha llevado a pensar desde conceptos más bien tridentinos. Voy a referirme a un gran pensador en esa disciplina que probablemente no se le conoce en las arenas de Lima. Ferdinand Tönnies, alemán, establece la diferencia entre lo que es Gemeinschaft y Gesellschaft. Lo primero es una comunidad tradicional. Y la segunda es una sociedad moderna. Si alguien dice ‘soy francés’, está refiriéndose a una sociedad. Pero si dice ‘soy bretón’, o bien parisino, quiere decir que «sus interacciones son más estrechas y vinculadas a un grupo específico». Tönnies fue profesor hasta que llegaron los nazis. Lo expulsaron de la universidad en 1931. El concepto les incomodaba.

Una Gemeinschaft  es «una comunidad basada en los lazos familiares y en grupos sociales como si fuesen una iglesia». Una entidad a pequeña escala, «y tienden a aspiraciones y creencias comunes, y sus interacciones están basadas en la confianza y la cooperación» (Tönnies). No es necesario ser sociólogo para reconocer, en esos gestos, a nuestros migrantes andinos que cuando llegaron a las ciudades y encontraron trabajo, buscaron y llamaron a la gente que conocían en sus comunidades indígenas, y en los que depositaban su confianza, con toda razón. En cambio —seguimos con Tönnies— «en una sociedad, las relaciones son mucho más impersonales y superficiales y están basadas en el interés individual más que la ayuda mutua». La modernidad, pues, tiene un precio, cierto grado de incertidumbre. El individuo tiene interaccciones más anchas, pero a la vez, sufre de la inevitable soledad del que tiene que tomar decisiones personales. 

La pregunta que el amable lector puede que haga sería, y eso, ¿qué tiene que ver con nosotros? Quizá me equivoque pero me parece que el Perú sigue siendo un país que está más cerca de la Gemeinschaft. Es mi impresión cuando viajo (Cajamarca, Cusco, Puno, Arequipa) y la misma Lima, para mí es un Principado, algo como Mónaco. En cada terruño veo culturas, comunidades, colmenas de abejas pero no una nación. Lo de peruanos, acaso nos une la gastronomía y un partido de fútbol, si la rojiblanca mete goles. Hemos tenido en el pasado indígenas separados. «Invisibles los indios», me dice un amigo antropólogo. Hoy diría, los informales, también invisibles, hasta que el Covid-19 nos revela su fragilidad. Antes de la pandemia como que no los veíamos. Los creíamos ya incorporados, pero no tienen caños con agua, ni neveras. Francamente, dos siglos republicanos, y no ha ocurrido lo que se llama «el triunfo de la voluntad». Claro está, concepto alemán, Nietzsche. En el XIX europeo, algo decisivo estaba pasando. He vivido en el vientre de la ballena, la mía fue Europa y conozco la historia de esas naciones tanto como la del Perú. Puedo explicar cómo pasaron de la comunidad cerrada, atrancada, a las grandes sociedades. (En el caso peruano, abajo y también arriba, clubs, apellidos sonoros, etc.). País de estamentos.

Para ello vamos a recordar cómo Alemania da el salto en el siglo XIX (ese siglo en que dormitamos). Nunca fue compacta —aunque en algo ante Bonaparte— pero no dejaba de ser una zona llena de ducados, principados, ciudades libres, territorios alemanes, hasta que llega Bismarck, canciller en 1862. En una década reúne los 300 reinos o ducados y drástricamente los reduce a 33. Eso es el II Reich. Y se vuelve la potencia que conocemos.

Lo consigue con tres herramientas. Mediante una inteligente diplomacia. Mediante las guerras internas, Prusia que se impone a Austria. Y mediante los servicios sociales. Asombroso Bismarck. Canciller conservador que establece para los trabajadores —ya había llegado la revolución industrial— el seguro de salud, de riesgo en el trabajo en caso de accidentes, el derecho a la huelga y al reposo para las madres en el parto. O sea, inventa y hace nacer la Seguridad Social. Lo sorprendente es que el Estado de Bienestar aparezca en la sociedad jerárquica de Guillermo II, el káiser. Sin embargo los autoritarios progresistas son tan abundantes que nos olvidamos. No solo Mao, sino un ejemplo cercano, Porfirio Díaz en México, a fines del XIX partidario de la industrialización. ¿No lo cree el amable lector? Seguro que ha visto alguna película sobre la revolución mexicana de 1910, y se les ve a los revolucionarios viajando sobre los techos de los ferrocarriles.  

Siempre me he preguntado por qué no nos ha gustado el tren y hemos preferido autos y carreteras. ¿Fastidio del viaje colectivo? ¿Vanidad de lucir el automóvil como signo de opulencia? No lo entiendo. Desde Leguía, que era un autoritario pronorteamericano. En otros países les sirve —Argentina, México— y las grandes potencias tienen trenes tanto como aeropuertos. En Europa, se puede ir por tren de Portugal a Rusia, y si tienes ánimo, hasta China. El tren fue parte de mi vida europea. Antes de doctorarme, tenía un puesto de profesor por contrato en provincia y viajaba de Saint-Etienne a París donde seguía mi formación superior en la escuela de Ciencias Sociales, y entre las dos ciudades, una distancia algo así como Chiclayo-Lima. Y salía por la mañana y con el TGV (tren de gran velocidad) estaba en 2 horas y media al otro lado. Muy bien, leyendo, jugando, descansando. ¿Por qué no tenemos un tren de gran velocidad a lo largo de la costa?

Todo esto tiene que ver cómo se puede dar el salto de la comunidad tradicional a la sociedad. Si el Perú sigue siendo un país fragmentado, no saldremos de esa suerte de Edad Media que nos acompaña. La modernidad es medios de transporte de bajo precio y cómodos, educación de calidad y gratuita, y salud no solo para los ricos. He aquí las vías para llegar a ser una sociedad moderna.

Algunos que me leen me quieren clasificar. Es inútil, yo les diría no soy sino un outsider, es decir, «el que no comparte los supuestos básicos de los miembros de un grupo social». El concepto viene de Alfred Schütz (1944). «La distancia del etnogrupo». Entonces se es libre pero también un solitario. Qué le vamos a hacer. Pienso en Ortega y Gasset, sus  «melancólicos privilegios». «Señores, yo no soy ahora yo, soy nada menos que el extranjero, el hombre que no está, sino que llega». En fin, me «conecto» pero poco, rara veztuiteo y no me interesan los fake news, evito sumarme al canibalismo de estos años sombríos. A diferencia de muchos leo diarios, escucho a amigos y cuando quiero saber el sentido de un concepto, consulto a mis maestros que ya no son de este mundo y están en los libros. No soy parte de ninguna ideología. No son ciencias sino creencias. Puedo estudiarlas pero no las sigo. Me interesan las IDEAS, aunque soy un escéptico esperanzado. A esta edad, lo que me apasiona son los Diccionarios. Pirámides del conocimiento. Pero el confinamiento del Covid-19 comienza a pesar y esta crónica está saliendo larga. Chaú.

Publicado en El Montonero., 15 de junio de 2020

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