Lo nuevo puede ser lo viejo: humillaciones de siempre con los indios (2/2)

Written By: Hugo Neira - Ago• 28•19

Las líneas anteriores son globales. Tocan la política y los conflictos y rivalidades de  élites del poder. Las líneas que siguen, más bien son «la visión de los de abajo». El testimonio de la «pequeña historia». La grande, es que el Perú dejó detrás esa continuación colonial de la encomienda, eso que era el latifundio. Pero ahora, ruego al lector me acompañe, tratando de gente corriente. Y de que me sirva, en este instante, lo que en las ciencias sociales se llama, «historias de vida».

Es un género particular. Se logra no con estadísticas sino con entrevistas. Los antropólogos lo pusieron entre sus recursos desde 1920, y consiste en transcribir el testimonio de personas de un determinado grupo social sobre su vida. No se trata de autobiografías, porque se trata acaso de gente que no tiene la costumbre de un diario personal. Lo que cuenta es qué relato individual representa, quiérase o no, la idea que un grupo social se hace de sí mismo. Es el relato de los excluidos. De los dominados. De esos que Miguel Barnet llamó les peuples du silence. Los pueblos del silencio, sus autobiografías mediatizadas por antropólogos, sociólogos, historiadores. En la América Latina se expande como género a partir de 1960. Recordaré algunas obras.

Ricardo Pozas que abre la vía publicando en 1952 la vida de un indio de Chiapas, México, Juan Pérez Jolote, biografía de un tzotzil. El cubano Miguel Barnet que publica tres relatos de vida sobre la vida de un antiguo esclavo, Biografía de un cimarrón, 1966. Hay también el relato de un emigrante gallego, Gallego, 1981. La de una cantante, Canción de Rachel, 1969. Y luego, en 1983, Me llamo Rigoberta Menchú, que encarna la revolución en Guatemala. Entre estos casos, se suele citar, en el extranjero, mi libro, Huillca: habla un campesino peruano (1974), premio de la Casa de las Américas, en Cuba. Hay uno que se titula Se necesita muchacha (1983), testimonio de sirvientes en el Cusco (Culebrero, 1986). Y hay una obra que no he podido encontrar. José Luis Ayala, Yo fui canillita de José Carlos Mariátegui, autobiografía de Mariano Larico Yujra (Lima, 1990). El testimonio notable del Perú a los inicios del siglo XX, ¡hecho por un aymara!

El interés de los relatos de vida es que llevan consigo una cultura, un lenguaje, una visión del mundo difícilmente accesible. Es la palabra y a la vez la conciencia a la manera de la gente humilde, sobre su situación, de alguien vinculado a la acción, acaso sin saberlo. Fue, finalmente en París, en la Sorbona, en un curso de antropología, que tuve la fortuna de seguir las lecciones de Lévi-Strauss, el más grande antropólogo del siglo XX. Una de esas mañanas, nos dice que nada es mejor que el trabajo en el terreno y sobre todo, la entrevista. O sea, la historia de vida. Fue entonces que me juré reencontrar a Huillca, y así fue. De ahí el libro que gana un premio en Cuba y que está traducido a varias lenguas. La historia de un campesino, tras 5 siglos de silencio. Los 3 mil dólares del premio, se los entregué a Huillca, el verdadero autor de ese libro. Con un micro en la boca y la traducción de dos quechuistas. Cuando volvimos al Perú, se compró Huillca un par de vacas finas.

¿Para qué estos trabajos de investigación?

Dos metas :

– La objetividad, la visión popular de la historia.

– Un paso metodológico, la percepción del mundo por el actor y no el universitario.

URIN PARCCO Y HANAN PARCCO

(apenas unos fragmentos de un libro imposible de negar su valor)

Es obra compuesta de textos de testimonios de campesinos que conocieron cómo era la vida en las haciendas antes de las invasiones de tierras, y antes de la Reforma Agraria. A cada testimonio se suma una foto. Rogamos a los editores, que coloquen lo uno y lo otro. La imagen y lo que el personaje dice.

Cornelio Quispe Huamaní (78 años)

«En tiempos de la hacienda, hemos sufrido sin pago. Era la tierra de ellos. Como vivíamos ahí, ellos nos hacían trabajar sin pago como retribución de lo que vivíamos en su tierra. Yo nací cuando ya era hacienda. Por eso no tenemos estudio. No sabemos ni leer ni escribir.»

 ¿Cómo se enteró de la reforma agraria?

Eso llegó cuando ya estaba aquí, cuando ya salí del cuartel. Entonces, un grupo fuimos a Huancavelica a protestar como en campaña, gritando, ¡Los gamonales que mueran! diciendo.

Mauro Yancari Nahuincopa (78 años)

«El patrón no quería que estudiemos. Recuerdo que mi papá nos ha puesto en Manyacc a una escuela, y a mi papá le había llamado y le había dicho, ¿Para qué has puesto a tu hijo? ¿Acaso va a ser ingeniero, o doctor? diciendo le pegó. Así, no quería que estudiáramos. Yo ya sabía leer porque había estudiado hasta tercer grado, y yendo al ejército me enseñaron más».

Alejandra Quispe Belito (77años)

«No nos pagaba nada. Cuando pastábamos animales, a veces moría y eso de todas maneras teníamos que reponer de nuestra parte. Una vez tenía que reponer cinco ovejas. En aquella vez, mi casa se [ha] incendiado. (…)  Se ha quemado los pellejos. Entonces, tejiendo medias, braceras he comprado cinco ovejas para reponer. Así hemos sufrido».                                                                                  

Máximo Soto Buendía (70 años)

«En la hacienda trabajábamos de lunes a viernes y, para nosotros, solo trabajábamos sábados y domingos. Toda la semana trabajamos sin pago.»

Fuente: Mercedes Crisóstomo Meza, editora y autora —aunque por gesto hermoso, dice, ‘autores’, Comunidad de Buenos Aires Parco Chacapunco y Comunidad de San José de Parco Alto—, CISEPA de la PUCP, Lima, diciembre 2017.

Publicado en Café Viena, 27 de febrero de 2019

Cavilaciones: Por qué en Perú se extinguen los partidos

Written By: Hugo Neira - Ago• 26•19

¿Qué se hizo el rey don Juan? / Los infantes de Aragón / ¿qué se hicieron? /¿Qué fue de tanto galán? —Jorge Manrique—

Cuando me tuve que ir a Europa, hace más de cuarenta años, en el Perú, mi país, la tendencia intelectual que dominaba era la pasión por las ideas. Desde que he vuelto, lo que encuentro es la pasión por las pasiones.

Y una extraña democracia constituida por diversas tendencias no democráticas. No seríamos los únicos. En ciencias políticas, hoy se considera que las elecciones contra la democracia son frecuentes. Obviamente, no en boca de nuestros comunicadores, les pagan para ser optimistas.

Tres hipótesis se abren ante este problema. La primera, es la protesta política ante la dominación neoliberal. La segunda es una espiral de decepción, provocada por la corrupción, lo cual establece una ruptura entre país real y país político. La tercera es que los sistemas electorales no logran garantizar ni una justa representación ni una buena gobernabilidad. (Amérique latine, les élections contre la démocratie? Olivier Dabène. Y para las encuestas, el Latinobarómetro).  

El problema de las tres hipótesis es que hace tres decenios que el comportamiento electoral no coincide con la oferta económica. Y hoy la América Latina es un continente de desengaños colectivos, pese a un cierto auge productivo. Pase lo que pase, con líderes carismáticos o con gobiernos moderados, no se encuentra una dinámica que aleje Estado y sociedad de la economía neoliberal. Sin proponer, por nuestra parte, que esta es inamovible —nada lo es, ni el universo mismo—, los resultados en los ciudadanos son diversos. Van desde la bronca deserción a la indiferencia. En cuanto a la primera, la decepción de la democracia, los niveles son diferentes: Honduras el más alto, un 44,6%. En cuanto al Perú, su decepción es mayor que Bolivia, Chile y Costa Rica. Lo que explica la era de los outsiders, Fujimori, Toledo, Humala, PPK y compañía. En México, es altísima, lo que explica la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador, gracias a los decepcionados. Cuando gobernaba el Brasil ese presidente llamado Lula, había algo que se le puede llamar ‘delegación de poder’, lo mismo pasó en el Ecuador de Rafael Correa, y sigue existiendo en la Bolivia de Evo Morales. A estos regímenes — Evo, Correa, Hugo Chávez— se les llamó de «izquierda». En general, es el calificativo de muchos de mis colegas europeos, con los cuales discrepo.

¿De izquierda? Para razonar, prefiero llamar la atención del gobierno de la señora Bachelet. Terminado su gobierno, la reemplaza debido a las urnas, el presidente Piñera. Quiero decir que en Chile no ocurre lo que ha ocurrido en los otros regímenes considerados de la nueva izquierda. En Bolivia, el movimiento hacia el socialismo, el MAS, y una federación de movimientos sociales, no solo elevan al poder a Evo Morales —al parecer para siempre— sino que destruyen el sistema de partidos después del 2000. En Brasil, el Partido Socialdemócrata Brasileño, el PSDB, logra denunciar la corrupción que destruye el PT, Partido de los Trabajadores. Claro está, cae Lula y unos «19 partidos que eran sus aliados» (Dabène). El resultado es el mismo que en Bolivia. Se acaban los partidos. Y como sabemos, cuando no hay política, lo que hay es politiquería. Polarización. Lo que no impide popularidades.

Para evitar lo que Romeo Grampone llamaba «nuestra obstinada ignorancia». Un tiempo de rupturas. De ahí, el outsider, mejor dicho, los aventureros, tanto en Brasil como en Perú. Ahora bien, un colombiano, Francisco Gutiérrez, ha estudiado las tendencias en el cambio del sistema de partidos de Bogotá, y ¿saben cómo le llama a este fenómeno? Lo llama, «historia de democratizaciones anómalas» (Véase ¿Degradación o cambio?, Bogotá, Norma, 2002).

El tema de los partidos peruanos me ha interesado desde mi retorno. En un Quehacer, el n°136 de mayo-junio del 2002, me ocupé de los partidos políticos, con este título: «¿La soberanía del pueblo?» Ese artículo, en épocas en que las izquierdas leían y compraban sus revistas, nacía en un clima de vísperas. En efecto, tiempo de elecciones municipales y regionales, pero ni en ese momento me convencí que queríamos partidos. Antes de ser sociólogo, fui historiador, y no me olvido de las nefastas herencias: «Culto al caudillo, la costumbre de la corrupción en las élites, la tentación al despotismo». Dije todo eso, hace 18 años. Por lo visto, no se oye padre.

¿Qué es un partido político? Es un grupo organizado y permanente cuyos miembros se reúnen porque comparten un proyecto político, ciertos valores comunes, o ciertos intereses. Esta definición no es exhaustiva, pero reúne la academia planetaria —Sartori, Lipset, Duverger—. De él viene el principio de clasificación. Una cosa es ser militante, otra ser simpatizante. La otra palabra clave es «permanencia». La duración es algo decisivo. No lo son cuando no superan el lapso de vida del fundador. En ese sentido estamos ante una extinción digna del Pleistoceno, cuando predominaban ciertos mamíferos, el mamut peludo y felinos de grandes colmillos. La cuestión no es pues qué nuevas leyes sino por qué desaparecieron. Todo esto para decir la insoportable sucesión de presidentes sin partido en el curso de estos 19 años. Desde el FREDEMO de Vargas Llosa, lo que hay son partidos «atrápalo todo». Catch-all party.

No necesitamos una Comisión de Alto Nivel como la de Tuesta, sino un equipo de Paleontología. De esos que estudian cómo el gliptodonte y el megaterio desaparecieron en la América del Sur. No se ha indagado a los que fueron más que testigos, actores, es decir, lo que sienten los exministros de Toledo, digamos un Jaime Quijandría, Javier Soto Nadal. Y entre los nacionalistas, Daniel Abugattás, vocero del extinto Partido Nacionalista Peruano. La dicha Comisión se ha ocupado del parto de un sistema nuevo, sin estudiar que llevó a la extinción los poderosos partidos de los años 2000 a 2016. Se necesita una autopsia. Nuestra ciencia política no puede explicar esos cambios climáticos. A dicha Comisión, con todos mis respetos, le ha faltado una variante. Viene de mis colegas europeos. ¿Qué cosa es un partido político? Algo que existe en las sociedades del afecto. No estoy bromeando: Frédéric Lordon, La société des affects, Le Seuil, París, 2013.

Se han olvidado en la Comisión el papel de las emociones. Lo que han hecho es una suerte de esquema para montar empresas y no partidos. La estructura Tuesta revela hasta qué punto, hasta en los mejores, les come la testa la lógica del mercado. Se olvidaron de las pasiones. Y por supuesto, de una idea de la patria. Un ideal. Un programa. No me sorprende. Tampoco tenemos nación. Renan, Herder, Fichte, Gellner, Hobsbawm: la nación la hace la tierra y los sueños. También los partidos. Chau.

Publicado en El Montonero, 26 de agosto de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/cavilaciones-por-que-en-peru-se-extinguen-los-partidos

Lo nuevo puede ser lo viejo: humillaciones de siempre con los indios (1/2)

Written By: Hugo Neira - Ago• 20•19

No escribo este texto como político. No me es posible en un país que no termina de comprender que el siglo XX ha concluido. Y que sus ciudadanos viven bajo una política mundial a la vez nacional y local, pero las novedosísimas reglas llevan a una nueva lógica organizacional que no es ni el Estado actual, ni el Imperio de siempre sino nuevas formas de internacionalismo, con engranajes complejos que van a atar invisiblemente la aldea andina a la aldea global. Hay realidades múltiples que se interactúan. En un mundo fragmentado y multicultural como el actual, el concepto mismo de cosmopolitismo y provincianismo queda superado. Estamos en una era en marcha al posnacionalismo. Y a la vez de transnacionalidades. No solo emigran los emigrantes, sino pueblos enteros, capitales e ideas. Y hay ciudadanos incompletos. Al interior de las naciones que dejan, y obviamente, en los países a los que acuden para mejorar su vida. En el fondo, todos somos sujetos sin destino en comunidades locales o internacionales. En la Roma antigua, en su decadencia, les ocurrió algo parecido. Y lo que sobrevino fue la Edad Media. ¿Cómo se puede proponer una acción, o sea una política, en un tiempo en que lo que se muere no acaba de agonizar y lo que nace no termina de abrir los ojos?

Por eso, y desde hace años, sin dejar de seguir las fases inestables de la mundialización, tiendo, a ratos, a ocuparme de lo cercano. De lo pequeño. De  lo que se podría llamar la historia de la gente corriente. La cartografía de las familias comunes. El enigma de las capas humildes. A eso lo llaman los franceses, le souci des autres. Y eso fue  Huillca: Habla un campesino peruano (Premio Casa de las Américas, La Habana, 1975. Traducciones a nueve lenguas). La vida de un campesino cusqueño que dirige a sus hermanos a una era de libertad, sin gamonales ni patrones. Es un tema local y a la vez nacional. El Peru dejó entonces de prolongar la colonia en la sierra peruana. Pero luego he hecho entrevistas a los que llamo «los hijos de Huillca». Es decir, he entrevistado campesinos posvelasquismo. Sin publicar. Acaso porque tal vez logre incorporar a otros marginales, los mineros informales y las aldeas amazónicas.

Mi caso es que comencé muy temprano. Cuando en los años 60, cuando ocurría en el sur las invasiones de tierras de hacienda por masas de campesinos entre los que había tanto comuneros como ‘colonos de hacienda’ (el nombre del trabajador encapsulado en el interior del latifundio), y conducidos, por sus propios dirigentes, en una acción que ellos llamaron no invasión sino ‘recuperación’ de tierras. Se habían cansado de litigar. Cusco antes de las invasiones —que cambiaron la historia del Perú y no solo de la tenencia de tierras— estaba lleno de estudios de abogados. No es que el departamento cusqueño tenía muchos litigios, sino que la mayoría de clientes eran comunidades indígenas en pleito contra algún potentado rural. Por cierto, nunca una comunidad logró algo. A esa relación entre hacendados y parientes en la esfera jurídica, se le llamó gamonalismo. Vieja herida, la menciona Mariátegui en los años 20. Pero mi fortuna fue que me enviaron a examinar lo que estaba sucediendo en el sur.

Así descubrí la problemática rural. Mis crónicas las publica el diario Expreso que dirigía José Antonio Encinas. Por lo general, la gente pensaba en algo parecido a una guerrilla. Y de hecho, la aparición de un político moderno como Hugo Blanco en el valle de la Convención, permitió dos cosas que fueron un punto de partida de lo más equivocado. Lo creyeron un guerrillero. Y lo encarcelaron, llevándolo a Arequipa, en donde hubo un largo juicio, con la posibilidad de una sentencia de muerte. En esos años, esa pena capital era posible. La verdad de las cosas era, sin embargo, otra. En efecto, el valle de la Convención era un lugar singular, en la ceja de selva, con un clima más bien caliente, una región propicia para cultivos como el café, la coca, los cítricos, en suma, productos más rentables que los tradicionales de la zona alta de los Andes. Y esas condiciones llevaban a que se instalasen predios rurales más comerciales y exitosos que los de las comunidades tradicionales. Ahora bien, la cuestión de la mano de obra, se resolvió con pactos entre arrendatarios y arrendires. Estos últimos, eran gentes migrantes andinos. El pacto, sin embargo, no fue en salarios sino la reproducción del esquema de la explotación de la mano de obra en los Andes. El arrendire trabajaba unos 18 días al mes —pongamos un ejemplo— y los otros 12 días, en el lote que le cedía el propietario para que cultivara para su propia familia y consumo. Como se entiende, el dinero no aparecía por ningún lado. Era un sistema precapitalista. Y entonces, en Chaupimayo, los arrendires descubren un modo de vencer a sus explotadores. No van a litigar al Cusco. Deciden la huelga rural. Huelga a medias: no trabajan para el patrón sino para ellos mismos. Entre los campesinos migrantes que llevan adelante esa rebeldía, se hallaba un joven cusqueño que había hecho estudios agrarios en Buenos Aires. Era un hombre blanco, pero igual se había convertido en un indio más. Se llama Hugo Blanco. Y este fue el inicio de una dinámica social que tuvo varias fases, todas exitosas.

Primera fase. En 1962, el gobierno militar surgido de un golpe de Estado de Lindley López y Pérez Godoy, aquel que cierra la puerta a la semivictoria electoral de Haya de la Torre, interviene y se produce una suerte de experimento de reforma agraria en el valle mismo, pero no por eso, acabar con los cabecillas de esa revuelta original. Hemos explicado el origen del origen mismo. Blanco fue hecho prisionero. Pero ocurrió algo excepcional.

Segunda fase. Entre los indígenas de las zonas quechuas y los que se habían desplazado hacia las zonas calientes, los lazos sociales no se habían roto. Lo que habia ocurrido en el valle de la Convención fue asimilado por las poblaciones rurales andinas que rodean la ciudad del Cusco. Y entonces, en el lugar donde la lucha por la tierra era conocida, las aspiraciones campesinas encuentran una manera de organizarse, que no había sido usada antes de esos años. Los 60 fueron trascendentales.

Se había producido la acción revolucionaria de Luis de la Puente Uceda, una versión del foco subversivo a la manera del Che Guevara. Sin embargo, la lucha guerrillera fue vencida. Pero la convulsión campesina no se detuvo. No aspiraban a un cambio general de la vida política peruana, no a una revolución pensada con los criterios de otros. Lo de valle de Convención había dado, como resultado, en 1962, la ley de Bases de la Reforma Agraria, tema que se suele callar. Y un Decreto-Ley, n°14238, dirigido a la distribución de tierras en el valle de la Convención.

Tercera fase y decisiva. En Cusco se había formado la Confederación Campesina del Perú, desde 1946. Desde 1956, ya existía un campesinado organizado. Es lo que ocupa la parte central de mi libro, Cuzco: tierra y muerte, 1964. Esa entidad manejaba centenares de «sindicatos» campesinos, desparramados por todo el departamento del Cusco, y algo en Puno y Apurímac. Las invasiones eran imparables: ocupaban predios con multitudes, y sin violencia con los propietarios o peones de las haciendas. Era un movimiento que yo llamé gandhiano, es decir, ilegal pero no violento.

En conclusión, una subversión razonable. Cada invasión (o recuperación de tierras) era acompañada de rituales de posesión (las mujeres sentadas sobre la tierra) y mesas en el campo, en espera de las autoridades y la invitación al diálogo. En otras palabras, no era el levantamiento violento del pasado, no corría sangre. Los campesinos habían considerado evitar los «fúnebres levantamientos» como los llamaba José María Arguedas. Nada de esto se decía en los diarios de Lima, salvo mis crónicas. Se explica que me dieran dos premios, a mi retorno. El del Congreso de esa época, y el Premio Fomento a la Cultura. Tenía 28 años.

Breve historia del génesis de la Reforma Agraria

Después de la Convención, no se trataba solamente de adjudicar tierras (que habían sido comunidades, y que a lo largo del siglo XIX, fueron capturadas por la aristocracia rural) sino de cambiar las modalidades precapitalistas del trabajo rural sin salario. Era el fin del yanaconaje, la aparcería, el arrendamiento. Hubo pues una ley en ese sentido, la ley n°15037. Pero la Sociedad Nacional Agraria se opone. Y es así como los militares en el poder en 1968, apuntan a algo decisivo, el fin de los grandes monopolios de tierra.  Fernando Belaunde presidente, no pudo convencer a los Aspillaga, Beltrán, Basombrío, Moreyra Paz Soldán, Berckemeyer, de la Piedra. Las leyes pensadas en el periodo democrático del presidente Fernando Belaunde Terry, no eliminaban las formas semiserviles del trabajo en el campo. La ley de Reforma Agraria n°17716 elimina el poder gamonal en el Perú. En cuanto a las CAP —Cooperativas Agrarias de Producción— fueron la modalidad para haciendas y predios en la costa peruana. Y en la sierra, las SAIS, es decir, las Sociedades Agrícolas de Interés Social. Los militares buscaron una transformación racional de la tenencia de la tierra, pero a la Reforma de Velasco, le sigue la reforma de los mismos campesinos que consistió en la apropiación por lotes y familiares. Luego se reunieron en empresas campesinas. La historia de la tenencia de tierra es extensa, es el posvelasquismo. Existen estudios muy objetivos sobre sus modalidades. Por ejemplo el estudio de Fernando Eguren sobre las políticas públicas, cómo se modernizaron, cómo ingresaron al mercado pequeños agricultores y campesinos.

Con la Reforma Agraria, según el Ministerio de Agricultura, se distribuyen 9’543’580 hectáreas de las cuales cerca de un millón y medio fueron adjudicadas individualmente y más de 8 millones en forma asociativa. En la evolución de estas últimas, hubo de todo, errores, crisis, progresos. El INEI (Instituto Nacional de Estadística) señala en el Censo Nacional Agropecuario del 2012, como productores agropecuarios, nada menos que 2 millones 261 mil productores. Y que operan en una superficie de millares de hectáreas, 38 mil 742. Grandes empresas, las hay, un 4%. Pero está prohibido no pagar salarios. Arrendires ya no hay. Un 96% son pequeñas y medianas propiedades.

He aquí el «fracaso» de Velasco. Arroz cáscara, maíz amarillo duro, pasto bizanta, cacao, trigo, quinua; en la sierra, papa, alfalfa, avena. En la selva, café pergamino, maíz, arroz. Hay marchas mineras. No hay marchas campesinas.

Volviendo al intitulado, ¿cuál es hoy la humillación de los indios? No les creen que puedan libertarse por su propia cuenta. El mito del indio menor de edad es el fantasma de estos días. Sin embargo, el que no se logre entender que la Reforma Agraria de Velasco fue la consecuencia de la aparición de un movimiento organizado e inteligente de los campesinos cusqueños, se debe a que no tenía como jefatura ningún partido político, y en el fondo de las cosas, tampoco un líder mesiánico. Hoy, Hugo Blanco explica que la toma de tierras en las zonas andinas —y no en la zona de ceja selva— no se hizo con su liderazgo puesto que estaba preso. Acaso con el ejemplo de lo sucedido en el valle de la Convención. Pero la idea de que los campesinos tuviesen sus propios dirigentes, tales como Zumiri, Saturnino Huillca, es algo incomprensible para la clase política peruana y muchos intelectuales. ¡¿Cómo?! ¿Una revolución sin necesidad de su Lenin? Lo ocurrido es la prueba de la inteligencia colectiva del pueblo andino. Una racionalidad sin nombre propio. Y como ninguna tendencia de izquierda se puede vestir con ese triunfo histórico, se suman a las clases conservadoras a negarle al indio su capacidad de rebelión y su capacidad para vencer a sus dominadores. La espontaneidad de los revolucionarios es posible. He visto en mi vida dos grandes fenómenos de rebelión autorganizada por sí misma. Los campesinos cusqueños y Mayo 68 en París. Como se comprenderá, nada más ajeno a la cultura de la izquierda que los dominados no los necesiten como la consabida «vanguardia», y ellos produzcan sus propios dirigentes. (Continúa la semana próxima)

Publicado en Café Viena, 20 de agosto de 2019

https://www.cafeviena.pe/index.hp/2019/08/20/lo-nuevo-puede-ser-lo-viejo-humillaciones-de-siempre-con-los-indios-1-2/

Las autocracias en Perú. Y unas vacaciones llamadas democracias

Written By: Hugo Neira - Ago• 19•19

A veces —no siempre— alguna idea en los diarios, nos sorprende. Es el caso del artículo de Alonso Cueto, sobre «Los líderes en el Perú» (El Comercio, 16/08/19). Coincido con él, «los peruanos endiosamos a un líder, le atribuimos cualidades divinas, y lo derrumbamos de su pedestal después de un tiempo». Y continúa, en tema que toca nuestra ingrata e olvidadiza memoria: «De nuestros expresidentes a lo largo de la historia solo algunos, como Ramón Castilla, se salvan del olvido». Y luego hace un listado de partidos políticos, «que no sobrevivieron a sus líderes». Es el caso «del poderoso Partido Civil del siglo XIX, del Oncenio de Leguía, del Apra que nunca se recuperó de la ausencia de Haya de la Torre». Y no se olvida de Acción Popular, de Fernando Belaunde. Sobre este último caso, parece que amanecen otros líderes, pero casi 50 años después¡!

Bravo querido amigo. El amable lector debe saber que no franeleo al escritor Cueto. Ocurre que coincidimos, por azar, en vivir en Madrid, justo cuando acababa el régimen franquista y se abrían las magníficas y anchas puertas de la Transición de España. Nosotros estábamos ahí, por razones diversas, ¡pero estábamos! Íbamos con frecuencia al cine o al teatro, y además de estudios y escritura, comentábamos lo que nos ocurría en la caza amorosa de españolas, que en ese momento, se soltaban las cabelleras y los deseos, con más intensidad que las turistas suecas. Pensándolo bien, siempre he tenido, en Lima, en París o en Madrid, más amigos poetas o escritores, cineastas o gente de teatro, que sociólogos o politólogos. Acaso porque aparte de estudiar permanentemente, no me olvidé de vivir. 

Lo que sostiene Alonso Cueto, es un hecho real, que debemos tomar en cuenta. «Cuando desaparece el líder, desaparecen muchas veces los grupos». A muchos no les sorprenderá esa suerte de cementerio. Pero los que hemos tenido una vida cosmopolita, o aquellos que siguen atentamente el carácter de otras sociedades, saben que eso del líder como tema decisivo, no es precisamente general. Es más bien, nuestro particularismo. El jefecito. En México, el PRI gobierna 70 años, con presidentes distintos. Cabe recordar que después de Mitterrand en Francia, vinieron otros socialistas franceses. Y después de Allende en Chile ha habido presidentes socialistas. Ricardo Lagos, por ejemplo, o la señora Bachelet. No como  en nuestro caso, salvo pocas excepciones, una sucesión de lobos esteparios, por decir lo menos. Fácil es hablar mal, a posteriori, de aquellos a quienes aupamos al poder, Toledo, Ollanta, PPK, etc. El «nos», no me incluye. 

Ahora bien, que exista una suerte de pattern, en la vida peruana, un molde, lo he mencionado en esta misma columna. Lo del rol del «taita, el señor, el diosito, el que tiene la última palabra», como lo dice Alonso Cueto. He llamado a ese fenómeno repetitivo, la autocracia. Y eso es lo que era Leguía: sube con los votos del Partido Civil al que luego elimina con un golpe de Estado. Se inventa su propia bancada y ministros, y una nueva elite muy trepadora, gente «que no pertenecían a la casta oligárquica», dice Armando Bazán, uno de los intelectuales que lo apoyaban. Estamos hablando, pues, de autócratas civiles y no dictadores militares. Abimael Guzmán intentó el poder con la violencia, y fracasó. Los autócratas llegan con urnas. Y la especie tiene porvenir en un siglo en que las democracias vuelven a ser discutidas. Miren Europa y lo que se llama populismos.

A Leguía se le veneró. «Nunca he visto inteligencia más rápida, imaginación más fecunda ni aptitud igual a la resolución inmediata de las cuestiones difíciles», lo dice Luis Alayza y Paz Soldán, que no era cualquiera. Lo llamaron «modelador del alma nacional, inspirador de una nueva ideología» (José E. Bonilla). Se habló entonces del Siglo de Leguía.«Sus diez años de gobierno, empeñaron la gratitud nacional». Y en octubre de 1929, lo vuelven a elegir. Pero la autocracia pagó un precio muy alto e inhumano, Augusto B. Leguía acaba sus días en una prisión. Antes de morir, escribe sus memorias, un breve texto, Yo tirano, yo ladrón. Y pregunta Leguía a sus enemigos: «¿No era yo el padre, el hermano y el amigo generoso de todos, y noble hasta con sus enemigos?» No hay duda que lo abandonaron los que se beneficiaron de sus favores.

El debate sobre el Oncenio siempre está abierto. Y me pregunto, ¿lo hunde «la depresión económica» como el mismo Leguía lo dice ante su ruina y la del país? Siempre me ha parecido un político moderno asociado a políticos oropelescos y retóricos. No fue un gobierno de incapaces. Leguía moderniza Lima y la plaza San Martín, entre otras obras, resultado del Oncenio. Las avenidas Salaverry, Brasil y la que hoy llamamos avenida Arequipa, comunicaron la ciudad y el mar. Se ocupó de la recuperación de provincias cautivas. Contreras, historiador, señala que en los Estados Unidos ya lo llamaban «el gigante del Pacífico». Pero vino la crisis de 1929, y el castillo de naipes que es la economía peruana, se vino abajo.

Como el lector lo sabe, no hay historia sino historias. Cada generación lee el pasado a raíz de su propio problema. La pregunta de hoy es cómo Leguia, fundador de autocracias, logra la popularidad. La respuesta es pasmosa. La he hallado en los opositores. «Leguía había hecho un mal gobierno en 1908-1912. Su popularidad vino del odio nacional contra el civilismo». Es curioso, se parece al odio por el keikismo de estos días. ¿Sabe quién sostiene esa hipótesis? Un exiliado entonces en México, el estudiante Víctor Raúl Haya de la Torre. Hay otro juicio que encaja en nuestro presente. «Leguía pisoteó a los corruptos políticos de su tiempo para cambiar con lobos de su propia camada». Lo dijo otro exiliado, en Buenos Aires, Manuel Seoane. 

Quisiera terminar con una conjetura impertinente. La que plantea Étienne de La Boétie en el siglo XVI (pensador desconocido en nuestras universidades, no es marxista ni liberal). En otras sociedades y comunidades cognitivas, lo estudian, autor y amigo de Montaigne, Discurso sobre la servidumbre voluntaria. En efecto, ¿es cierto que los seres humanos están ansiosos de sus libertades? Si eso fuera así, no habría autócratas alabados y deseados por los pueblos. La Boétie se hizo la pregunta, ¿por qué millones de millones de hombres, viven bajo tiranías feroces? Pregunta para estos tiempos inciertos.  

Las masas hipnotizadas por líderes fue tema dominante en los años treinta. Fascismo, nazismo,   En nuestro tiempo, la inseguridad nos hace a todos una especie híbrida, con principios, sin duda, pero también con el uso descomunal de la mentira. marxismo-leninismo. Fidel Castro, Francisco Franco, Hugo Chávez, nos guste o no, fueron amados y a la vez temidos. Hoy, la psicología observa que los súbditos voluntarios se identifican a su tirano. Freud puro: el carácter libidinal de individuos, reclaman a gritos un jefe y viven de esa ilusión. A lo que se añade la tecnología, la manipulación de emociones y el culto a la personalidad. El caso es que de La Boétie a Foucault, el poder es siempre precario, sea democrático o despótico. ¿Qué somos? ¿Insumisos de la libertad, o partidarios de un Leviatán-solapa, a la peruana? ¿Qué somos? ¿Insumisos de la libertad, o partidarios de un Leviatán-solapa, a la peruana? Maquiavelo, propondría ser león y a la vez zorro. En nuestro tiempo, la inseguridad nos hace a todos una especie híbrida, con principios, sin duda, pero también con el uso descomunal de la mentira.  En nuestro tiempo, la inseguridad nos hace a todos una especie híbrida, con principios, sin duda, pero también con el uso descomunal de la mentira.

 Y el juego de las apariencias que esconde las relaciones de fuerza de unos y de otros.  

Publicado en El Montonero., 19 de agosto de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/las-autocracias-en-peru

Capturas de poder y la otra política

Written By: Hugo Neira - Ago• 18•19

Propongo una temática y una obra de dos autores. Tengo otra, muy valiosa, de Javier Barreda, para la próxima. Pues se trata de la «otra política». Lo escribe al iniciarse este siglo.

La que presento, me parece urgente. Se trata de la obra de un par de investigadores que no habitan en nuestro país, pero lo conocen a fondo. Han estudiado y expulgado a las élites económicas y la manera cómo pueden influir sobre las decisiones del Estado, sin formar parte de él. En castellano, expulgar no es solo librarse de pulgas sino «examinar una cosa con detenimiento». Por cierto que ello puede hacerse por nuestros paisanos, pero los autores del libro que recomiendo tienen una ventaja. John Crabtree es investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos de Oxford, y miembro del famoso St Antony’s College, escuela y residencia para latinoamericanistas. (Tuve la suerte de pasar una temporada en ella.) Por otra parte, Francisco Durand, peruano, máster en Sociología en Berkeley, profesor ora en Texas, ora en la PUCP. Hablé de una ventaja. No es cognitiva, es que no dependen ni de los diarios peruanos, ni de ciertas universidades ortodoxas, ni tienen compromiso alguno con las izquierdas o las derechas, ni a favor ni en contra. Rara avis, ambos autoridades mundiales sobre lo que pasa en Perú en su economía y en su política.

Podría decir esto de otra manera: no son opinólogos. Gracias al cielo. Tampoco quiere decir que tengan siempre la razón. Quiere decir otra cosa. Dicen las cosas con claridad y sin tapujos. Por ejemplo, la captura política. ¿Quién la usa y ejerce? Las élites del poder. No dice que son de tal o cual clase social, sino del poder. Y no es elecciones, plebiscitos, partidos políticos, o lo que fuese e incluyera legalidad y competencia. No, lo que hay es «captura». Y ellos comienzan precisamente por ese vocablo, la captura. Crabtree y Durand ya no pertenecen a los universitarios que después del hundimiento de la URSS pensaron que podría venir una era de sociedades y economías cuya democratización provocaría políticas más igualitarias. Ese sueño habita una de las obras del gran Sartori, La democracia después del comunismo (1993). Pero muy pronto, Sartori descubre los nuevos enemigos de la democracia, sucesivamente, el nacionalismo, la sociedad teledirigida (el homo videns, el retorno de la imagen y el retroceso de la reflexión), y el comunitarismo. Tres rivales, hoy, las termites del Estado de Derecho. Pero eso es Europa y sin duda la América de Trump, hombre de negocios pero también de la televisión. Y eso son las redes y el uso de la posverdad.

La «captura» ha sido frecuente. Desde la transición del comunismo soviético a otra cosa. El poder no vino ni de la democracia ni del mercado. Vino desde «pequeños grupos corruptos dedicados a fortalecer su propia posición económica mediante la influencia sobre gobiernos o tomadores de decisiones oficiales». Se ha dado en Colombia y en México, dicen. Y en el caso del Perú «sus raíces se remontan a los primeros días de la República». Por mi parte, me alegra que digan lo que sigue: «En Perú, a diferencia de otros países vecinos, ocurrió la supervivencia de una estructura estatal oligárquica que no enfrentó hasta muy avanzado el siglo, desafío o presión efectiva, desde abajo». En otras palabras, nunca hubo una revolución. «Como en México, Bolivia, o Cuba». No estoy diciendo que hay correr con metralleta al monte sino que ese es un hecho real. «Tampoco hubo, dicen los autores, algo populista como Brasil y Argentina.» Objeción, sí la hubo, el aprismo. De 1931 a 1956.

En esta obra desfilan Ollanta (desde la primera página, desde julio del 2011, cuando asume el cargo de Presidente), y luego, Pedro Pablo Kuczynski, «financista internacional», pero también «Velasco y sus élites, los años de García y los 12 apóstoles,  manejando la división política». Y la izquierda peruana al límite. Sin olvidar el «decenio del fujimorismo». Quizá uno de los capítulos más trabajados es el 4. El estado neoliberal. Arrancan narrando cómo «en el momento mismo que asume su cargo el ingeniero Fujimori recibe una llamada por teléfono del economista Hernando de Soto, quien, con un grupo de banqueros y economistas peruanos, le organizan una gira internacional». La fuente de esa información es Boloña, su libro de 1993. En todo caso, el fax que le llega a Michel Camdessus, presidente del FMI, le resulta «música celestial». Pero si estas líneas le dan un aire de reportaje y chisme, lo cierto es que lo ameno tiene su espacio, pero corto, y luego describen la privatización, las 150 empresas estatales y su valor, US$ 9,221 millones. Las parcelaciones de tierras por iniciativa privada. La Sunat, el MEF, los Ministerios sociales.

Y luego, el poder de las nuevas élites. Capítulo basado en las investigaciones de Durand. Y es entonces, mientras se transformaba la élite económica, cuando se observa también el éxito de los descendientes de migrantes asiáticos (Wong, chino. Ikeda, japonés). Y descendientes de campesinos como Flores (de Huancavelica). O Acuña (de Cajamarca). Y los hermanos Rodríguez (Arequipa, dueños de Gloria). Es decir, el «capitalismo cholo». No es desdén, es lo que expresa: «provenían de sectores pobres y excluidos», por primera vez en la historia peruana. En el 2000, el capital extranjero y el nacional estaban parejos.

En realidad, hay un par de preguntas a las que responden los autores. La gran cuestión planteada por Robert Dahl, Who Governs? ¿Quién gobierna? La otra pregunta es que mientras hay tensiones y enfrentamientos entre las élites del poder político (el clásico match Ejecutivo versus Parlamento), las opciones democráticas del país son limitadas, la política es cara por el precio de la propaganda, y sectores grandes de la población no tienen presencia y expresión política. No hay base social ni para unas y otras élites. Estas líneas últimas son una interpretación de mi parte. Acaso el lector sacará otra idea-fuerza tras leer y reeler el texto de Perú, élites de poder. ¿Dónde se encuentra ese libro? Pues en el Fondo Editorial de la PUCP, en el Instituto de Estudios Peruanos, en la Universidad del Pacífico. Los tres auspiciadores y editores. Y además, libro para la red de ciencias sociales en el Perú.

Y en fin, ¡en las mejores librerías del ramo!

Publicado el 18 de julio, blog del Instituto de Gobierno y Gestión  Pública:

https://gobiernoygestionpublica.edu.pe/iggp/2019/07/17/capturas-de-poder-y-la-otra-politica/