Alan, el Autor

Written By: Hugo Neira - Oct• 18•19

Alan García. O cuando los políticos eran cultos y escribían

A los seis meses del viaje de Alan García a lo desconocido, Caretas me pide estas líneas. Una revista con la que me unen lazos de muy atrás. Vayamos al grano. A su muerte, por mi parte dije que lo perdía no solo su partido y la democracia, sino el Perú. Palabras en un programa de Canal N, entrevistado por Mijael Garrido Lecca, que dicho sea de paso es un joven excepcional como se probó esa noche conversando conmigo de igual a igual pese a la diferencia de edades. Y entonces, comencé por situarme en un espacio no discutible. El del «amigo». ‘Situarse’ era uno de los conceptos que usaba el filósofo Sartre para que no lo confundieran con tal o cual tendencia. Sí, pues, Sartre. Mario Vargas Llosa dijo alguna vez que en nuestra generación todos éramos sartrianos. En fin, lo del «amigo» esa noche, era para que se comprendiera no solo que no era yo aprista sino que no soy parte, deliberadamente, de ningún ente político peruano. La pasión por la política, en mi caso, ha sido reemplazada por la actitud académica de comprender antes de enjuiciar. Eso que se llama axiología. Es decir, la búsqueda de lo real, lo cierto, lo verdadero. Tarea del investigador y no del político. Si nosotros, en las cátedras, no somos claros y desinteresados, ¿para qué serviríamos?

Tras la idea de amigo hay dos enlaces con lo real. En primer lugar, Alan García no solo fue un político aprista sino que se dio tiempo para escribir: Modernid@d y polític@ en el siglo XXIEl mundo de Maquiavelo90 años de aprismoConfucio y la globalización. Comprender China y crecer con ella. Y no solo hizo eso. En el 2015, editados por Crisol, publica nueve volúmenes, con el título de Obras. Lo dicho y lo escrito. En total, algo como 4000 páginas de su pensamiento.

Que un político de nuestros días se dedique también a lo conceptos y al saber racional, no lo creo. No imagino al señor Acuña redactando páginas filosóficas. Lo que estoy diciendo es que lo del amigo, viene de un enlace generacional de Alan García con otros políticos que también fueron prolíficos, por ejemplo, Henry Pease, de Izquierda Unida. Estoy diciendo también, que de los 70 al 90, hubo un manantial de obras: los días de Julio Cotler, Matos Mar, Fernando Fuenzalida, Macera, Gonzalo Portocarrero, Webb, Nicolás Lynch, Mirko Lauer, Sobrevilla, Plaza, Degregori, Alberto Flores Galindo. Ahora bien, de esa generación de pensadores, anteriores al internet, pertenece Alan García. Los había leído. ¿Cómo lo sé? Porque la biblioteca personal de Alan García está en este momento, bien guardada, en el local del Instituto de Gobierno y Gestión Pública, hasta que se ubique en los lugares que indicó Alan antes de partir. Será una sorpresa. Alan lector, probablemente subrayaba frases y párrafos. Otra sorpresa van a ser sus Memorias, que están por salir.

Sin embargo, hubo un silencio total en los que a ratos llamo la «intelligentsia». Es la categoría que usamos los sociólogos para aquellos que les interesa el saber y a la vez las metamorfosis del poder. Lamentable silencio. Hubo en sus libros algo más que la hermenéutica proaprista, recuerdos de su maestro, Víctor Raúl Haya de la Torre. García lee el Perú y el mundo desde las novedades —algunas muy peligrosas— de este siglo, el XXI. No hay sitio para un estudio a fondo, por ahora me contento con decir que Modernid@d y polític@ ya es un llamado a situarnos en las ventajas y retos de nuestro tiempo. Más allá de las izquierdas arqueológicas y las derechas Bolsonaro, su segundo gobierno, después de los errores o el excesivo entusiasmo del primero, mezcla una política liberal de mercado con políticas sociales. Y el resultado fue —da pena tener que repetirlo— entre 4 o 6 millones de peruanos que salieron de la pobreza extrema. ¿Y eso no fue un acierto?

Alan estaba dos pasos adelante de la clase política. En nuestros días sabemos que el neoliberalismo todo mercado no salva por sus propias fuerzas, a una sociedad. Al lado de la economía hay otros espacios de poder. Ni tampoco el proyecto chavista de Estado total en manos de unos cuantos. En sus actos, en sus discursos, en sus libros, estaba en Alan esa idea de combinar liberalismo con tareas sociales. Que es lo que hacen Macron en Francia, los socialistas españoles, media Europa.

Del Alan que hablo, es el que estudió en París con los mismos profesores que tuve. De ahí su lado cosmopolita, su curiosidad por lo que es la China post Mao. Para entender esa enorme sociedad, Alan trabaja sobre dos rieles. El primero, las ideas centrales de Confucio, «el poder tiene obligaciones ante el cosmos y obligaciones ante la sociedad»; «La ética confuciana no conduce a evitar la sospecha sino a la lealtad y la reciprocidad». Alan se detiene en los efectos de Confucio en filósofos occidentales, como Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger. Por otra parte, el Alan estadista, nos dice: «Asociarse al crecimiento chino de los próximos decenios en el papel de aliados, sin abandonar lo esencial de nuestra cultura libertaria y sus valores» (p. 177). Le fascinó la China: «No debemos olvidar que las proyecciones de los organismos internacionales coinciden que China será, en el año 2030, junto al Asia, un bloque cuya producción se acerca al 50% del producto mundial». Piensa en que podemos «tener bloques como el de la Alianza del Pacífico que integra a Perú, Chile, Colombia y México». Y el Alan político: «El Estado debe ser firme para impulsar el crecimiento, pero no convertirse en un Estado empresarial por cuanto, en el mundo, hay recursos de inversión suficientes  para cumplir en mayor velocidad y menor costo los objetivos de la producción y el empleo. Con lo cual se supera el error histórico de sociedades que trabajan para mantener los Estados que, a su vez, endeudan a las sociedades para subsistir». O sea Venezuela, por ejemplo. Lo digo por temor, no miedo, de lo que se instale en el 2021.

En suma, perdimos un alma y una cabeza. Para ese doble rol, no hay reemplazo alguno. Un crimen contra el político intelectual. Una suerte de especie en extinción. Confieso que estaba a punto de verlo, antes de ese 17 de abril. Quería que me ampliara una frase enigmática.  Pues bien, las páginas de Alan sobre el alto funcionario que fue Confucio, sus valores: la lealtad, la reciprocidad. Y hablando de sistemas de gobernabilidad recuerda a Robert Dahl, que sostiene que la política no es solo la representación nacional sino «todas las instituciones sociales en su aspecto político» (Ver página 182). ¿Qué había visto Alan en China en la relación entre el poder, las comunidades y la sociedad civil? En China hay 80 millones de miembros del partido. Y 800 mil villorrios, y en ellos, lo que los occidentales llaman «espacios democráticos». ¿Qué hará China? Conviene saberlo, acaso combinaciones del poder que ni imaginamos.

Pensé siempre que Alan podía inspirar una solución republicana a nuestro conflicto de sociedad sin políticos y políticos sin sociedad, y que para eso, no necesitaba ser otra vez Presidente. En países más civilizados que el nuestro, como en México, los expresidentes forman parte de un Consejo de Estado. ¿Cuál era ese proyecto institucional-societario de Alan? Nunca lo sabremos, se lo llevó consigo, a la tumba. Aquello hubiera sido una reforma del Estado y no el mamarracho que se discutió en el extinto Congreso y que además, ¡lo aprobaron! Igual los disolvieron.

Publicado en Caretas n° 2612, 17 de octubre de 2019, pp. 40-41 y 59.

¿Democracia sin demos?

Written By: Hugo Neira - Oct• 14•19

«Perú, tierra de arqueros, poetas y, más recientemente, de constitucionalistas» (Somos, 12.10.19). No seas malo, Renato, también de politólogos y sociólogos. Por ejemplo, lo que dice Carlos Meléndez sobre el atribulado inicio de siglo. Dice, «Otra década perdida». No puedo menos que darle la razón.

Y ahora citaré lo que ha dicho, no como muchos universitarios que «bajan» un texto ajeno en Internet. No les han enseñado —en la secundaria— las herramientas del quehacer intelectual, entre ellas, para qué sirven las comillas. Meléndez: «Comenzamos el siglo XXI con condiciones inmejorables. Habíamos derrotado el terrorismo y la hiperinflación, dejábamos atrás la etiqueta de ‘país inviable’, consolidábamos un crecimiento económico ininterrumpido. Hasta la democracia parecía, finalmente, voltear las peores páginas del autoritarismo. Durante la primera década del siglo, el modelo económico se legitimó y, aunque quedó pendiente un sistema de mejor redistribución social, sobraban razones para el optimismo.» La cita es larga, lleguemos a su final: «Con o sin partidos, en solo dos lustros pasamos de las ganas de construir país al odio impío

¿Qué pasó? Atribulado quiere decir apenado, entristecido, apesadumbrado (debo explicarlo, porque la comprensión lectora está por los suelos). ¿Qué gran desgracia tuvimos? ¿Ganó su guerra contra el Perú, Sendero? Lo que he dicho en mi último libro es que el país no ha dejado de crecer desde 1991. «En las administraciones o gobiernos sucesivos de Alberto Fujimori —quiere decir que no ninguneo ni a Toledo ni a Humala—, los mecanismos que llevan al crecimiento no sufren grandes modificaciones, y para abreviar, el crecimiento anual del 2001-2005, con una media del 4% pasa entre 2006 y 2010 a 7% (Banco Mundial). Hay que decirlo sin ninguna jactancia, es el más alto de la América Latina ». Eso digo en El águila y el cóndor (libro de comparación Perú/México, 2019, https://www.bloghugoneira.com/que-soy/escritor-editado-por-universidades/el-aguila-y-el-condor). Pero a lo que vamos, en esos años, «la cultura política de la democracia» en nuestro país. Según el Barómetro de las Américas, es una de las más bajas. Ecuador, 19,2%; México, 22%; Chile, 29%. Uruguay, 38%. ¿Sabe el amable lector, cuántos de los peruanos creen en la democracia en esos años de lujo? Solo un 12.2%¡!

O sea, crecimiento económico y desafecto político¡! Seguro que algún «comunicador» diría que es un pueblo ingrato, pero yo no puedo quedarme en esa paparruchada que finge ser psicología de masas. Cuando un sociólogo, como es mi caso, se enfrenta a un hecho social tan extraño, lo llamamos, por modestia, un enigma. Una incógnita. No intentaré en tan pocas líneas ventilar el misterio peruano del desengaño en pleno crecimiento. Necesitaría un libro entero. Haré lo que hacen los médicos ante un paciente complejo, descartar las causas del malestar. Un lector de a pie, si es que llega a leer esta crónica, diría «los pobres siguieron siendo pobres». Error. La pobreza disminuye desde el  2001 de un 54% a 31,3% en 2010, y hasta el 2016, según INEI (Instituto Nacional de Estadística) «unos 264’000 peruanos dejaron la pobreza en el 2016. Pero en el 2017, las cifras de pobreza volvieron a crecer».  

No culpemos a la economía. Alguien sin embargo diría, «no llegó el crecimiento a los más pobres». Otro error. Cito cifras que son conocidas en el mundo entero sobre nuestra verdadera realidad, que como digo, es desconcertante. El ingreso per cápita —o sea, en criollo, la plata que tienes en el bolsillo—, en 1980 era de 890 dólares. En 1995 sube a 500$. En el 2009, es de 4200$ y en el 2017 a 6541$. Si el escéptico lector nota que esas  cifras son del periodo de su segundo gobierno, no me diga que el Banco Mundial está lleno de apristas y también los franceses de Images Économiques du Monde, edición 2017. Alguien más listo como dicen los españoles, o sea, más perspicaz, me dirá «el empleo». Es una buena hipótesis, pero mientras se triplicaba el PBI, en años de bonanza, aumentaba la demanda privada y pública, y las personas ocupadas, o sea la PEA, pasa de 13,4 millones a 14,8 millones con chamba en el 2009.

Entonces, ¿por qué el descontento? No me vengan con la corrupción y Odebrecht. El desengaño masivo ocurre antes de descubrirse —vía los norteamericanos—­ las maniobras de un Brasil proimperial comprando clases políticas y administradores sin escrúpulos. ¿Barata y Compañía? No friegue, amable lector, el desdén del pueblo por los políticos es desde hace rato. Algo que salta a los ojos ­—y no es necesario para eso ser politólogo o sociólogo— ninguno de los presidentes de ese largo periodo de bonanza pudo tener un sucesor. Ni Fujimori, ni Toledo, ni Humala, ni García. ¿Raro, no? Y algo peor, que escapa a la razón, cada elección presidencial, se votó por el antisistema. Curioso comportamiento. Acaso en los colegios no enseñaron a pensar (a mi generación sí nos enseñaron, con cursos de historia universal, gramática, lógica que desaparecieron en los inicios de los noventa). Pero ese fenómeno de crisis mental coincide con las pruebas PISA. Los últimos de la clase, como ha dicho Nicolás Lynch, no por azar, ex ministro de Educación. Pero nadie mueve un dedo. Está claro, quieren eso, un pueblo del cual no surjan ni líderes ni intelectuales. La trampa está hecha. Pero con las urnas puede salirles el tiro por la culata.

Busco una causalidad. No es asunto político o económico. Explico, pues, el porqué del título de este artículo y la palabra ‘demos‘. Cierto, soy profesor, explico el mundo de los griegos para abordar a Aristóteles, luego Maquiavelo y los filósofos que pensaron la política. No quiero ser pedante, ese concepto ‘demos’ ya lo usó alguien que respeto para siempre, José Carlos Mariátegui. En los Siete Ensayos, en el capítulo sobre «política agraria», hablando de los caudillos, sus intereses, «se apoyaba en el liberalismo inconsistente y retórico del demos urbano». En la Lima de entonces, inmensamente más culta que la actual, todos entendieron. Para los griegos, demos era una suerte de distrito con asambleas, no una multitud sino un pueblo estructurado y consciente. La extraordinaria alma y cabeza de Mariátegui en los años veinte, llama demos a los gremios y sindicatos que habían surgido contra el civilismo y que logran las 8 horas, gente que luego se formaría en las Universidades Populares que dictaban intelectuales jovencísimos. Entonces, hubo un ‘demos’. Y el inicio de los movimientos políticos para renovar el Perú, por decenios. El pobre de entonces pensaba. Hoy no. Hoy consume y odia.

La actual crisis peruana: no se ha educado en este siglo al Soberano. A sabiendas. El problema no son las universidades. Es la brutal eliminación de cursos y disciplinas en la secundaria. Han asesinado al ‘demos’. Millones de jóvenes no abren un diario. El peruano medio lee la mitad de un libro por año. En el nivel medio y abajo, tenemos un nuevo siervo. Habían desaparecido al no haber gamonales, pero han vuelto. Y cuando no hay demos que lee y piensa, ¿qué puede haber? Masas movidas por emociones. Formidable. Eso fue el fascismo italiano y el nazismo de los años treinta. Pero lo peor es que cuando eso que se llama pueblo no existe, sino fragmentos desubicados, tampoco podemos decir que tenemos una burguesía. Y eso es más largo y complicado de explicar. Chau.    

PD: Artículo escrito antes de la publicación de las encuestas del domingo 13 de octubre. Aunque considero que el lado fujimorista del Congreso se ha portado torpemente, nada me impide decir libremente que lo que muestra la encuesta, con un 79% para unos y 85% de aprobación para otros, nos pone a la cola de las naciones democráticas del planeta. Como se supone, las inversiones de capitales van a llover.

Publicado en El Montonero., 14 de octubre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/democracia-sin-demos

Realmente, ¿estamos en el XXI?

Written By: Hugo Neira - Oct• 11•19

Repetidas veces, en esta columna de autonomía y de expresión personal, he sostenido la tesis, de sabor bastante amarga, que no tenemos historia, si por tal se entiende un proceso que va del ayer al futuro. No es así. Hay patterns de comportamiento que son de retroceso en la vida pública. Una cierta tradición, que no sería materia de escándalo por que lo peruano si se trata de las culturas, merecen continuar en la vida presente. Fiestas, danzas, cocinas, lugares sagrados, etc. Pero en lo que concierne a la lucha por el poder, solemos prolongar los vicios del periodo colonial y la vida republicana. Y encima, ¡nos creemos novedosos! Un poeta, Martín Adán solía decir, por las costumbres limeñas, al saludar, no «¿qué hay de nuevo?», sino «¿qué hay de viejo?». Los poetas están para eso, para jugando, jugando, decir lo cierto.

Traigo a colación, tema, o conversación un texto sorprendente. Resulta que buscaba una definición de un concepto político entre mis amigos (así llamo a mis libros) y me doy con unas líneas que sorprenderán al lector por su actualidad. Son los párrafos que siguen, encomillados, con el fin de separar lo que dice ese escritor, y lo que pueden ser nuestros comentarios.

El primer párrafo, no es de estos días sino del pasado que no se va: «Durante casi toda nuestra vida republicana hemos carecido de ese elemento que los tratadistas de derecho constitucional consideran indispensables para el funcionamiento de una organización partidaria. No hemos tenido ni el sistema bipartidista de Inglaterra, ni el sistema multipartidista de Francia, ni el sistema unipartidista de la dictadura fascista; generalmente hemos tenidos dos partidos, como dijo un general ilustre: el partido de los perseguidos y el partido de los perseguidores, y también se hizo en el Parlamento el partido del pro y el partido del contra».

Sorprendente, ¿no? «El partido del pro y el partido del contra». PPK versus Keiko. El presidente Vizcarra versus el Congreso. La persona que escribió esas líneas no es algún reportero o estudioso que haya visitado el Perú desconcertado de estos últimos tres años, desde el 2016.

El personaje que hemos despertado del sueño de los muertos conoce como la palma de su mano nuestra historia. Primero se refiere a los del primer siglo republicano, el XIX. «En realidad no hubo presencia de factores ideológicos en la vida política del Perú —después de la independencia— y apenas hay sí atisbos de partido en el Partido Liberal de Vigil, de Mariátegui, de Gálvez, y en el Partido Demócrata de Piérola, pero que estuvo sugestionado por la personalidad carismática del jefe del partido. Y en realidad, no hubo un Partido Conservador, a pesar de la figura prestante de Bartolomé Herrera, porque ningún partido tuvo la organización debida, ni tenía comités directivos, ni tenía programas ni fines inmediatos.» 

Entonces, los hubo en el siglo XX. Su respuesta es lo que sigue. «Lo que ha ocurrido en la política del Perú es que no tuvimos partidos liberales efectivos, ni conservadores, con orientaciones auténticas y con masas organizadas, sino que tuvimos simplemente partidarios de los caudillos, de las personalidades». «En el Perú no hemos tenido esos grandes partidos de ideas, esos grandes partidos renovadores que transforman la realidad económica y la política de un pueblo, sino que simplemente hemos tenido sustentadores del libertador tal o del califa cual. Y así hemos tenido el pradismo, el pierolismo y el cacerismo, luego el pradismo, el leguiísmo y el sanchecerrismo, y no sigamos adelante para no llegar a la historia actual».

Y entonces, se puede pensar que los movimientos obedecen a reglas más antiguas. Y eso es lo que dice el autor, con una gota de zumba, entre cierto y broma. «Creo yo sinceramente que en el Perú, durante toda nuestra primera etapa republicana, no ha habido partidos, sino ‘panacas’, a la manera incaica». ¿Y qué es la panaca? El autor, siguiendo una regla que muchos periodistas y hasta catedráticos olvidan, explica qué eran. Siempre es bueno aclarar un término. «Las ‘panacas’ incaicas eran guardadas por el clan o la tribu del inca, que le sobrevivía después de la muerte. La panaca incaica se quedaba viviendo en el mismo palacio del inca. Lo que produce querellas interminables entre los herederos.»

El autor de estas líneas, recuerda el pasado, que siempre está presente: «Toda la vida incaica es una lucha tremenda de odios, de celos, de emulaciones entre las diversas panacas. La historia incaica es la rivalidad entre las diversas panacas que se atribuyen y se arrebatan los hechos de unos incas para beneficiar los respectivos partidos o descendencias de éstos.»

El investigador admite que aparecieron los partidos de masas. Los llama modernos. A saber, «el Partido Demócrata, fundado por Piérola, el Partido Socialista, el Partido Comunista, proscritos por la Constitución; y el Partido del Pueblo o el Apra, habiendo surgido su Jefe en 1931, Partido del Pueblo que consagra algunas ideas nuevas. El Partido del Pueblo fue el de los primeros en agitar la conciencia popular y en llevar a la conciencia popular una serie de términos renovadores.»

El autor de estas frases no llegó a ver el siglo XXI peruano. Ni este lapso presente de nuestra historia en que se extinguen los partidos con principios, doctrinas y militantes. Sabemos que se ha vuelto una suerte de clientelas tras líderes personalistas. Se parece al caudillaje de los primeros decenios del siglo XIX, pero los caudillos, Gamarra, Santa Cruz, Ramón Castilla, no se tomaban por correctos seguidores de las reglas constitucionales. Como se sabe y lo ha explicado Jorge Basadre, las modificaciones de las constituciones, fueron el juego en que se perdió el siglo entero (1823, 1826, 1828, 1834, 1839, 1856, 1860, 1867). ¿A qué se debe el caudillaje? Responde el sabio al que he invitado en esta columna: «El caudillaje fue principalmente hijo de la indolencia y de la pereza criollas y con ellas se mezclaron, como se ha afirmado por algunos sociólogos americanos, algunos restos de la crueldad española y de la crueldad indígena. Pero, sobre todo, creo que hubo en el caudillismo peruano, en los partidos peruanos de carácter personalista, la tendencia retardataria y tradicionalista que hace que tuviéramos predilección con lo que podría llamarse los partidos prehistóricos o sea los partidos personalistas que se reúnen en forma de clan o en forma de clientela alrededor de un jefe, de un hombre, y que mueren con este hombre, con este caudillo de prestigio carismático.»

¿El autor? Estaba yo hojeando unos textos de Raúl Porras Barrenechea en busca de una definición suya sobre el liberalismo. Estoy terminando un libro sobre conceptos. Y de casualidad doy con un discurso suyo en el Congreso de los años 50. El texto se halla en Raúl Porras, parlamentario (Fondo editorial del congreso del Perú, 1999).

Publicado en El Montonero., 10 de octubre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/realmente-estamos-en-el-siglo-xxi

¿Y qué pasaría si la sociedad es tiránica?

Written By: Hugo Neira - Oct• 07•19

El título lo inspira una obra de esos escritores de periódicos en España, Javier Marías. Alguien que nada a contracorriente. Y por eso lo habita la soledad. Es un riesgo, y hace rato que he ido contra esa corriente de opinión de mis paisanos, ese optimismo, que nunca ven hasta que el toro de la desgracia los atropella.

Lo que ocurre, no me sorprende. Lo vi venir y de eso son testigos mis artículos. No se trata de magia o predicciones, sino de sentido común. En marzo del 2018, en televisión, en ATV, con Beto Ortiz: «si lo vacan (a PPK) pues para eso están los vicepresidentes». Y sobre Vizcarra,  «es provinciano y no tiene empresas» (19.03.2018, EM). Pero como continuaba lo que llamé la «guerra civil sin balas», dije entonces, «se está fabricando un magnopresidencialismo». Y «la ausencia de reflexión marca este tramo oscuro de la patria» (19.11.2018, EM).

Para esta crónica, leo y releo a algunos. Por ejemplo a Fernando Vivas que hace la crónica minuciosa donde se juntaron lo fáctico, lo emotivo, lo jurídico, y cuando una fuente palaciega le dice aue el decreto de disolución ya estaba hecho, y «las crisis nos enseñan que los actores tienen planes y metas que han calculado y barajado los escenarios». Siempre lo hacen, Fernando, desde Roma, «si era o no legal que César hubiese pasado el Rubicón».

Podemos leer a Jaime de Althaus: «Es asombroso constatar cómo las convicciones democráticas y constitucionales se adecúan a las conveniencias políticas del momento. Políticos, periodistas y hasta constitucionalistas que creíamos firmes defensores del orden constitucional, de pronto encuentran toda clase de razones para justificar o constitucionalizar una medida dictatorial, cuando ella favorece a sus posiciones, intereses o en algunos casos, fobias políticas». Y menciona a Eduardo Dargent por su concepto de «demócratas precarios». (El Comercio, 4.10.2019)

En fin, Martín Tanaka hace un recuento de lo que pudo hacer el Legislativo, desde sus inicios, «una amplia coalición conservadora». Pero la crisis se agudiza, y entonces, Tanaka se pregunta: ¿Y ahora? Bueno, por mi parte, entiendo la libido dominandi de los políticos. Pero, en efecto, ¿para qué? ¿O para quiénes? Algún día sabremos quiénes fueron los del gabinete en la sombra para esas decisiones audaces. Puede que el propio presidente. Ya se sabrá.

La crisis actual es algo que viene de más lejos. «El neopresidencialismo en el Perú»  (1997), es un texto de Agustín Haya de la Torre. «Se había cambiado la constitución para afianzar las posiciones autoritarias». Agustín se tomó el trabajo de decirnos que la modernidad política que se manifiesta por los partidos de masas, con base doctrinal, «no encuentra terreno apropiado para desarrollarse». El desdén ante el parlamento no solo es de nuestros días, «siempre fue visto como engorroso y molesto» (Ensayos de sociología política, 2005, p. 38). Y menciona de paso el discurso totalitario de Sendero Luminoso, que muchos olvidan. Agustín se ocupa del sistema de partidos, de la difícil construcción de la comunidad política, y si lo entiendo bien, estaría por una «democracia parlamentaria de participación plena».

Vamos amable lector, escuchemos a César Arias Quincot, en su excelente libro La difícil transición democrática (2005). Ve avances, limitaciones y conflictos. Y como Arias Quincot es un pensador libre, se atreve a decir que «está la percepción en las grandes mayorías de que, cuando vivimos en democracia y el poder tiene limitaciones,  es posible generar agitación, desorden y violar la ley bloqueando carreteras, tomando locales o propiciando demostraciones violentas, sin temor a sufrir las consecuencias» (p. 71). Arias Quincot es una persona serena, pero la sociedad peruana no lo es. Y por eso ve «una mentalidad autoritaria que predomina en el Perú». «La gran mayoría carece de sentido de respeto por la legalidad y, por lo tanto, acepta someterse a un poder personal fuerte y arbitrario, a la par que desprecia a quienes respetan el Estado de derecho» (Ibid.) Y añade: «Fujimori captó muy bien esa actitud cultural, y la explotó al máximo» (p.72). La cosa estaba cantada desde hace años pero los políticos democráticos, si es que los hay, no leen. Ni escuchan ni a los de magia blanca o magia negra. Ya sabemos, nadie es profeta en su tierra.

Una tragedia sin héroes, la derrota de los partidos… Perú 1980-1992, libro de Nicolás Lynch. Editado por San Marcos, en 1999. Está todo, la ilusión electoral, los outsiders, la democracia conservadora, el populismo sin partido, la agudización de la desigualdad social, las coaliciones imposibles, «el joven que sabía más que su partido» (Alan) y «cuando los vaivenes matan», o «yo mismo soy», y «el viraje hacia el abismo». Que hay en común, en los presidentes, el personalismo. Lynch como Arias Quincot, no tienen empacho alguno en decir que puede abreviar el lapso democrático de este inicio de siglo. Lynch es de izquierda, pero no esconde «el problema de la ambigüedad ideológica». Se refería a la Izquierda Unida de esos días, y en algún momento, Carlos Tapia y Santiago Pedraglio la observan en la poco clara actitud de las izquierdas ante Sendero Luminoso. Su libro recorre todos los vericuetos de esos años, y especialmente, cómo anduvo Alberto Fujimori quien tampoco estuvo «contento con las mayorías parlamentarias», y además, «manifiesta repetidamente en público su aversión a la negociación con los diferentes grupos políticos», y eso de negociar con grupos políticos, lo tomaba «como un impedimento al normal desenvolvimiento de la labor de gobierno» (p. 246). En «Anatomía de una derrota» Alberto Vergara (El Comercio, 6.10.19): «Con todo lo que hemos visto en estos años, yo ya no confío en nadie». De acuerdo Alberto, ¿pero hubo políticos en estos últimos años? Lo que son en esencia estadistas, en el posfujimorismo, no los hubo a excepción de Paniagua y Alan segundo gobierno. Políticos improvisados sí los hubo: Toledo, Ollanta y su «presidencia conyugal», PPK y Keiko. La crisis no es de hoy. Es crónica.

En fin, en un coloquio sobre «la estupidez en la escena política contemporánea», organizado por la Sociedad Peruana de Psicoanálisis el viernes pasado, escuché a uno de los invitados una barbaridad sin límites. «La voz del pueblo es la voz de Dios». Cuando me tocó hablar, conté que hace años, en una cena con profesores de una universidad y el padre Gutiérrez, alguien dijo lo mismo. Y el pensador de la Teología de la liberación corrige: «ni la voz del pueblo es la voz de Dios». Un sacerdote católico, que por lo general conoce el mundo y la historia, no puede dejar de saber que Hitler fue elegido por los alemanes. ¿Y no tuvo apoyo popular Franco en España? ¿Y en Chile, simpatizantes de Pinochet? A veces, el autoritarismo habita en las sociedades compuestas de excluidos y se vuelven tiránicas. ¿Ese es nuestro inmediato destino?

Publicado en El Montonero., 7 de octubre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/y-que-pasaria-si-la-sociedad-es-tiranica-1

El mal mayor *

Written By: Hugo Neira - Sep• 30•19

Hay algunos grandes enigmas que ocupan a los seres humanos. En astrofísica y cosmología, lo que se llama la materia oscura, que no es energía o materia ordinaria, algo que no emite ningún tipo de radiación o luz, pero que existe, y que ocuparía un 25% de la materia del universo. Lo deducen con telescopios por sus efectos gravitacionales. El segundo gran enigma es qué nos espera en el futuro inmediato, si la temperatura sube de dos grados a cuatro o cinco. Países enteros inhabitables, poblaciones enteras aniquiladas.  ¿Tierras áridas y a la vez inundaciones? Esto lo dice Mark Lynas, en libro que le ha ganado el premio de la Royal Society por su divulgación científica. Pero la extinción de nuestra especie, no es precisamente nuestra preocupación. Nuestro problema mayor consiste en preguntarse qué pieza de ajedrez moverá de la noche a la mañana, el presidente Vizcarra.

El país está paralizado pero en Palacio se divierten. Hasta hace poco, en la vida política peruana, era constante la sorpresa. «Con la política en el Perú nadie se aburre.» Pero en estos dos últimos años, ha perdido su encanto.

Esto ya cansa. Hace veinte años que vivimos de brazo con lo inesperado. ¿A quién se le iba a ocurrir que el ilustre candidato rey de la novela y la literatura y halagado por todos los diarios del mundo, iba a ser derrotado por un casi desconocido rector, y además, descendiente de emigrados japoneses? Y sin embargo, el «chinito», subido a un tractor, regalando lápices, derrota a Mario Vargas Llosa. Y el vencedor instala un sistema personalista y autoritario. Pero aquel presidente que había estabilizado la economía y ganado la guerra al terrorismo, se fuga al Japón, y el intento de entrar al país por Chile fracasa, y acaba  extraditado y con 25 años de sentencia. ¿A quién se le iba a ocurrir que el siguiente presidente, Alejandro Toledo, que según Juan Paredes, «mantuvo a velocidad crucero la economía y la democracia», ese mandatario que supo rodearse de ministros cabales —Luis Solari, Carlos Ferrero, Beatriz Merino—, el «cholo sagrado» como decía Eliane, acabase con esta frase que pasará a la historia: «Barata, paga, carajo»?

¿Debo seguir? ¿Cómo podíamos imaginar que ese señor, que tenía experiencia desde 1980 en que apoya a Fernando Belaunde, quien lo nombra ministro de Economía, y si no me equivoco, Director del Banco Central, exilado por el velasquismo, que hace su fortuna en los Estados Unidos, que había trabajado en el Banco Mundial, y que preside el gabinete cuando Alejandro Toledo, ese hombre, candidato de Peruanos Por el Kambio —«representante de la gente blanca y el sector privado» según los diarios norteamericanos—, resulta que se hunde con los destapes de Odebrecht. Al parecer, entre el 2004 y el 2014, se había vertido unos 4,8 millones de dólares a Westfield Capital y First Capital, «dos sociedades ligadas a Kuczynski» (Wikipedia). Un hombre de Estado que dimite en marzo del 2018. Hoy detenido. Con problemas cardiácos.

Un hombre de Estado, pero si razonamos un poco, por encima de todo, un hombre de negocios. Nunca entendió que la empresa es una cosa y otra el Estado. En Chile, cuando llega al poder legítimo el presidente Piñera —muy parecido a PPK, empresario, inversor y político—, lo primero que hizo el chileno es montar un fideicomiso. ¿Tan difícil es separar —al menos por un tiempo—, el inversor y el político? Le debemos su herencia, el vicepresidente. Estamos encantados de ese reemplazo. Es prudente, trabajador, ha reconstruido el norte después del cataclismo del Niño, la economía va a toda velocidad, no propone cambios constitucionales. Nos hace recordar a Paniagua, gobierna un interregno y luego deja el mando. Estoy bromeando.

Si PPK no entendió nunca que el Estado no es una Empresa, muchos hoy, no entienden para qué sirve el Estado con tres poderes. Pésima secundaria. Me hago, pues, pedágogo y explico que es un viejo truco para que las democracias caminen. Lo inventó no un norteamericano ni un marxista, nada de eso, un filósofo de la Ilustración francesa del siglo XVIII, un tipo que lucía estos apellidos: Charles Louis de Secondat, noble, barón, más conocido como Montesquieu. Un loquito de esos que intentaba un tipo de leyes que salvaguardara a la vez la libertad y el orden. Resulta que en Del Espíritu de las Leyes  (el amable lector puede adquirirlo en las mejores librerías del ramo) se vuelve la herramienta inevitable de todas las democracias contemporáneas. «La democracia debe evitar el gobierno de uno solo»  (p. 162). Y entonces, «para que no se pueda abusar del poder, es preciso que, por las disposiciones de las cosas, ‘el poder frene al poder’».  Debería enseñarse en las aulas de escolares. Pero esos cursos dejaron de dictarse por los noventa. Los resultados son evidentes.  

Acaso tengamos que modificar el ritual republicano. Jurar diciendo, «acepto la existencia de los tres poderes autónomos, y sometidos a normas y leyes».

Lo que ocurre hoy, comienza a aburrirme. No veo sorpresas sino repeticiones. Hoy volvemos a viejas tradiciones, caudillistas. Don Augusto B. Leguía gana las elecciones en 1919, y por si acaso, da un golpe de Estado. Necesita eso para una constitución nueva a su medida. Hoy, el combate de los clanes —no hay otra manera de definirlos— es algo descontectado del país real. Un ejemplo: mientras ocurre la guerra civil entre los poderes, los peajes pagados en Lima en la Vía Evitamiento —que no forma parte de las obras construidas por la brasileña OAS—, igual los recauda la empresa brasileña (¡!). Y eso  debía durar unos 30 años, pero en la gestión de la señora Villarán, se amplió a 10 años más. Algo así como «US$ 1000 millones más de ganancia». Menos mal que tenemos una prensa libre que nos informa de todos los ilícitos cometidos. No solo la ponzoñosa vía expresa Línea Amarilla sino los movimientos bancarios de consorcios entre empresas brasileñas y peruanas. Bromeo, nada de esto está en los diarios, sino en un libro convincente. Estado Corrupto. Los megaproyectos del caso Lava Jato en Perú, de Juan Pari (Planeta, 2017). Solo explica cuatro megaproyectos. ¿Qué pasaría si conociéramos los otros?

El mal mayor, querido amigo Carlos Meléndez. Siglo XXI, crece la riqueza peruana, y con ello, ¿la necesidad de capturar el Estado? La avidez de hacerse rico es corriente en cualquier país, pero en nuestro acelerado Perú, no solo se ha corrompido al Estado, sino una parte de la sociedad. La buena pro, a como dé lugar, es la voz. Lo peor está por venir. «Cómo ser déspota sin que se note». Habrá numerosos candidatos presidenciales. Desde ahora lo digo, votaré en blanco. Si es que voto. Hace 30 años que la educación, para los hijos del pueblo en escuelas estatales, la hicieron pedazos. Eso y las tecnologías, no producen conocimiento sino ignorancia. Y un alegre caos. Que será corto. Se viene una sanción popular en las urnas para todos los que hoy creen ser amados. De repente, una revolución. Las revoluciones no las hacen los revolucionarios. Ocurren. El que vive, verá.

* Lo digo jugando con el título del libro de Carlos Meléndez, El Mal Menor. Realmente, un buen trabajo.

Publicado en El Montonero, 30 de setiembre de 2019

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