No escribo este texto como político. No me es posible en un país que no termina de comprender que el siglo XX ha concluido. Y que sus ciudadanos viven bajo una política mundial a la vez nacional y local, pero las novedosísimas reglas llevan a una nueva lógica organizacional que no es ni el Estado actual, ni el Imperio de siempre sino nuevas formas de internacionalismo, con engranajes complejos que van a atar invisiblemente la aldea andina a la aldea global. Hay realidades múltiples que se interactúan. En un mundo fragmentado y multicultural como el actual, el concepto mismo de cosmopolitismo y provincianismo queda superado. Estamos en una era en marcha al posnacionalismo. Y a la vez de transnacionalidades. No solo emigran los emigrantes, sino pueblos enteros, capitales e ideas. Y hay ciudadanos incompletos. Al interior de las naciones que dejan, y obviamente, en los países a los que acuden para mejorar su vida. En el fondo, todos somos sujetos sin destino en comunidades locales o internacionales. En la Roma antigua, en su decadencia, les ocurrió algo parecido. Y lo que sobrevino fue la Edad Media. ¿Cómo se puede proponer una acción, o sea una política, en un tiempo en que lo que se muere no acaba de agonizar y lo que nace no termina de abrir los ojos?
Por eso, y desde hace años, sin dejar de seguir
las fases inestables de la mundialización, tiendo, a ratos, a ocuparme de lo
cercano. De lo pequeño. De lo que se
podría llamar la historia de la gente corriente. La cartografía de las familias
comunes. El enigma de las capas humildes. A eso lo llaman los franceses, le souci des autres. Y eso fue Huillca: Habla un campesino peruano
(Premio Casa de las Américas, La Habana, 1975. Traducciones a nueve lenguas).
La vida de un campesino cusqueño que dirige a sus hermanos a una era de
libertad, sin gamonales ni patrones. Es un tema local y a la vez nacional. El
Peru dejó entonces de prolongar la colonia en la sierra peruana. Pero luego he
hecho entrevistas a los que llamo «los hijos de Huillca». Es decir, he
entrevistado campesinos posvelasquismo. Sin publicar. Acaso porque tal vez
logre incorporar a otros marginales, los mineros informales y las aldeas amazónicas.
Mi caso es que comencé muy temprano. Cuando en los
años 60, cuando ocurría en el sur las invasiones de tierras de hacienda por
masas de campesinos entre los que había tanto comuneros como ‘colonos de
hacienda’ (el nombre del trabajador encapsulado en el interior del latifundio),
y conducidos, por sus propios dirigentes, en una acción que ellos llamaron no
invasión sino ‘recuperación’ de tierras. Se habían cansado de litigar. Cusco
antes de las invasiones —que cambiaron la historia del Perú y no solo de la
tenencia de tierras— estaba lleno de estudios de abogados. No es que el
departamento cusqueño tenía muchos litigios, sino que la mayoría de clientes
eran comunidades indígenas en pleito contra algún potentado rural. Por cierto,
nunca una comunidad logró algo. A esa relación entre hacendados y parientes en
la esfera jurídica, se le llamó gamonalismo. Vieja herida, la menciona
Mariátegui en los años 20. Pero mi fortuna fue que me enviaron a examinar lo
que estaba sucediendo en el sur.
Así descubrí la problemática rural. Mis crónicas
las publica el diario Expreso que
dirigía José Antonio Encinas. Por lo general, la gente pensaba en algo parecido
a una guerrilla. Y de hecho, la aparición de un político moderno como Hugo
Blanco en el valle de la Convención, permitió dos cosas que fueron un punto de
partida de lo más equivocado. Lo creyeron un guerrillero. Y lo encarcelaron,
llevándolo a Arequipa, en donde hubo un largo juicio, con la posibilidad de una
sentencia de muerte. En esos años, esa pena capital era posible. La verdad de
las cosas era, sin embargo, otra. En efecto, el valle de la Convención era un
lugar singular, en la ceja de selva, con un clima más bien caliente, una región
propicia para cultivos como el café, la coca, los cítricos, en suma, productos
más rentables que los tradicionales de la zona alta de los Andes. Y esas
condiciones llevaban a que se instalasen predios rurales más comerciales y
exitosos que los de las comunidades tradicionales. Ahora bien, la cuestión de
la mano de obra, se resolvió con pactos entre arrendatarios y arrendires. Estos
últimos, eran gentes migrantes andinos. El pacto, sin embargo, no fue en
salarios sino la reproducción del esquema de la explotación de la mano de obra
en los Andes. El arrendire trabajaba unos 18 días al mes —pongamos un ejemplo—
y los otros 12 días, en el lote que le cedía el propietario para que cultivara
para su propia familia y consumo. Como se entiende, el dinero no aparecía por
ningún lado. Era un sistema precapitalista. Y entonces, en Chaupimayo, los
arrendires descubren un modo de vencer a sus explotadores. No van a litigar al
Cusco. Deciden la huelga rural. Huelga a medias: no trabajan para el patrón
sino para ellos mismos. Entre los campesinos migrantes que llevan adelante esa
rebeldía, se hallaba un joven cusqueño que había hecho estudios agrarios en
Buenos Aires. Era un hombre blanco, pero igual se había convertido en un indio
más. Se llama Hugo Blanco. Y este fue el inicio de una dinámica social que tuvo
varias fases, todas exitosas.
Primera
fase. En
1962, el gobierno militar surgido de un golpe de Estado de Lindley López y
Pérez Godoy, aquel que cierra la puerta a la semivictoria electoral de Haya de
la Torre, interviene y se produce una suerte de experimento de reforma agraria
en el valle mismo, pero no por eso, acabar con los cabecillas de esa revuelta
original. Hemos explicado el origen del origen mismo. Blanco fue hecho
prisionero. Pero ocurrió algo excepcional.
Segunda
fase. Entre
los indígenas de las zonas quechuas y los que se habían desplazado hacia las
zonas calientes, los lazos sociales no se habían roto. Lo que habia ocurrido en
el valle de la Convención fue asimilado por las poblaciones rurales andinas que
rodean la ciudad del Cusco. Y entonces, en el lugar donde la lucha por la
tierra era conocida, las aspiraciones campesinas encuentran una manera de
organizarse, que no había sido usada antes de esos años. Los 60 fueron
trascendentales.
Se había producido la acción revolucionaria de
Luis de la Puente Uceda, una versión del foco subversivo a la manera del Che
Guevara. Sin embargo, la lucha guerrillera fue vencida. Pero la convulsión
campesina no se detuvo. No aspiraban a un cambio general de la vida política
peruana, no a una revolución pensada con los criterios de otros. Lo de valle de
Convención había dado, como resultado, en 1962, la ley de Bases de la Reforma
Agraria, tema que se suele callar. Y un Decreto-Ley, n°14238, dirigido a la
distribución de tierras en el valle de la Convención.
Tercera
fase y decisiva.
En Cusco se había formado la Confederación Campesina del Perú, desde 1946.
Desde 1956, ya existía un campesinado organizado. Es lo que ocupa la parte
central de mi libro, Cuzco: tierra y
muerte, 1964. Esa entidad manejaba centenares de «sindicatos» campesinos,
desparramados por todo el departamento del Cusco, y algo en Puno y Apurímac.
Las invasiones eran imparables: ocupaban predios con multitudes, y sin
violencia con los propietarios o peones de las haciendas. Era un movimiento que
yo llamé gandhiano, es decir, ilegal pero no violento.
En conclusión, una subversión razonable. Cada
invasión (o recuperación de tierras) era acompañada de rituales de posesión (las
mujeres sentadas sobre la tierra) y mesas en el campo, en espera de las
autoridades y la invitación al diálogo. En otras palabras, no era el
levantamiento violento del pasado, no corría sangre. Los campesinos habían
considerado evitar los «fúnebres levantamientos» como los llamaba José María
Arguedas. Nada de esto se decía en los diarios de Lima, salvo mis crónicas. Se
explica que me dieran dos premios, a mi retorno. El del Congreso de esa época,
y el Premio Fomento a la Cultura. Tenía 28 años.
Breve
historia del génesis de la Reforma Agraria
Después de la Convención, no se trataba
solamente de adjudicar tierras (que habían sido comunidades, y que a lo largo
del siglo XIX, fueron capturadas por la aristocracia rural) sino de cambiar las
modalidades precapitalistas del trabajo rural sin salario. Era el fin del
yanaconaje, la aparcería, el arrendamiento. Hubo pues una ley en ese sentido, la
ley n°15037. Pero la Sociedad Nacional Agraria se opone. Y es así como los
militares en el poder en 1968, apuntan a algo decisivo, el fin de los grandes
monopolios de tierra. Fernando Belaunde
presidente, no pudo convencer a los Aspillaga, Beltrán, Basombrío, Moreyra Paz
Soldán, Berckemeyer, de la Piedra. Las leyes pensadas en el periodo democrático
del presidente Fernando Belaunde Terry, no eliminaban las formas semiserviles
del trabajo en el campo. La ley de Reforma Agraria n°17716 elimina el poder
gamonal en el Perú. En cuanto a las CAP —Cooperativas Agrarias de Producción—
fueron la modalidad para haciendas y predios en la costa peruana. Y en la
sierra, las SAIS, es decir, las Sociedades Agrícolas de Interés Social. Los
militares buscaron una transformación racional de la tenencia de la tierra,
pero a la Reforma de Velasco, le sigue la reforma de los mismos campesinos que
consistió en la apropiación por lotes y familiares. Luego se reunieron en
empresas campesinas. La historia de la tenencia de tierra es extensa, es el posvelasquismo.
Existen estudios muy objetivos sobre sus modalidades. Por ejemplo el estudio de
Fernando Eguren sobre las políticas públicas, cómo se modernizaron, cómo
ingresaron al mercado pequeños agricultores y campesinos.
Con la Reforma Agraria, según el Ministerio de
Agricultura, se distribuyen 9’543’580 hectáreas de las cuales cerca de un
millón y medio fueron adjudicadas individualmente y más de 8 millones en forma
asociativa. En la evolución de estas últimas, hubo de todo, errores, crisis,
progresos. El INEI (Instituto Nacional de Estadística) señala en el Censo
Nacional Agropecuario del 2012, como productores agropecuarios, nada menos que
2 millones 261 mil productores. Y que operan en una superficie de millares de
hectáreas, 38 mil 742. Grandes empresas, las hay, un 4%. Pero está prohibido no
pagar salarios. Arrendires ya no hay. Un 96% son pequeñas y medianas
propiedades.
He aquí el «fracaso» de Velasco. Arroz cáscara,
maíz amarillo duro, pasto bizanta, cacao, trigo, quinua; en la sierra, papa,
alfalfa, avena. En la selva, café pergamino, maíz, arroz. Hay marchas mineras.
No hay marchas campesinas.
Volviendo al intitulado, ¿cuál es hoy la
humillación de los indios? No les creen que puedan libertarse por su propia
cuenta. El mito del indio menor de edad es el fantasma de estos días. Sin
embargo, el que no se logre entender que la Reforma Agraria de Velasco fue la
consecuencia de la aparición de un movimiento organizado e inteligente de los
campesinos cusqueños, se debe a que no tenía como jefatura ningún partido político,
y en el fondo de las cosas, tampoco un líder mesiánico. Hoy, Hugo Blanco
explica que la toma de tierras en las zonas andinas —y no en la zona de ceja
selva— no se hizo con su liderazgo puesto que estaba preso. Acaso con el
ejemplo de lo sucedido en el valle de la Convención. Pero la idea de que los
campesinos tuviesen sus propios dirigentes, tales como Zumiri, Saturnino
Huillca, es algo incomprensible para la clase política peruana y muchos
intelectuales. ¡¿Cómo?! ¿Una revolución sin necesidad de su Lenin? Lo ocurrido
es la prueba de la inteligencia colectiva del pueblo andino. Una racionalidad
sin nombre propio. Y como ninguna tendencia de izquierda se puede vestir con
ese triunfo histórico, se suman a las clases conservadoras a negarle al indio
su capacidad de rebelión y su capacidad para vencer a sus dominadores. La
espontaneidad de los revolucionarios es posible. He visto en mi vida dos
grandes fenómenos de rebelión autorganizada por sí misma. Los campesinos
cusqueños y Mayo 68 en París. Como se comprenderá, nada más ajeno a la cultura
de la izquierda que los dominados no los necesiten como la consabida
«vanguardia», y ellos produzcan sus propios dirigentes. (Continúa la semana
próxima)
Publicado en Café
Viena, 20 de agosto de 2019
https://www.cafeviena.pe/index.hp/2019/08/20/lo-nuevo-puede-ser-lo-viejo-humillaciones-de-siempre-con-los-indios-1-2/