El mundo increado del pensamiento chino

Written By: Hugo Neira - Nov• 25•24

China es el nombre de una civilización que se ha desarrollado en un espacio privilegiado de praderas y agua abundante. Pocas veces en la historia se ha vuelto a repetir esta circunstancia. Acaso cuando los norteamericanos del siglo XIX descubren las llanuras del lejano Oeste y lo ocupan a despecho de la población autóctona. Pocos territorios como el americano del Oeste tan fértil y llano para la explotación ganadera y agrícola. Los españoles instalados en Nueva España y en Nueva Toledo —México y Perú— no hallaron tierras vírgenes, salvo en la selva, impracticable para el trigo. La forma de dominación fue otra, patrimonial, y un sistema ambiguo de servidumbre (Encomiendas, Corregimientos.) A la larga prefirieron las minas. Roma se expande en el Mediterráneo y en el inmenso bosque casi virgen que era Europa. Finalmente, solo los Estados Unidos y China han tenido esa oportunidad. China se mantuvo siglos como una civilización agraria. Tanto que cada hambruna era atribuida al descuido de la dinastía en el poder, que era derrocada. Y un nuevo ciclo de prosperidad se abría. Los Estados Unidos van a transformarse, desde el siglo XIX, a la par que la revolución industrial que importan de Europa. China se recupera de su retardo siglo y medio más tarde. La idea de la burocracia y el centralismo del poder enlazado a la economía es parte de su herencia. “Celeste o hidráulica” —dice Pierre-Étienne Will— “la idea corriente de que a China, desde la noche de los tiempos la conduce un régimen burocrático, es esencialmente una idea correcta” (Encyclopaedia Universalis 2012).

Desde el enunciado, la idea aparece como incongruente. ¿Acaso no hemos quedado que la China clásica es la sociedad de las “tres escuelas”, confucianismo, budismo, taoísmo? Resulta insuficiente recordar que se trata de “escuelas de moral”. Son algo más, en particular el budismo y el taoísmo. Y si bien el confucianismo aparece un tanto laico —como se examinará en su momento— no olvidemos la contaminación de unas y otras escuelas a lo largo de dos milenios. Pero volvamos al concepto de “un mundo increado”. A primera vista sugiere un ateísmo. Un mundo que se explica a sí mismo. Sería un error tomarlo de esa manera. Cierto, el pensar en China no se inicia en una revelación como en la tradición judía. No hay profetas. Y tampoco en la tradición y en fragmentos de mitos cosmológicos acerca de la separación del Cielo y de la Tierra, como en los antiguos griegos. No hubo la idea del mundo como obra de un creador. Aunque hay que tomar en cuenta que en textos arcaicos se habla de un hombre cósmico, Bangu, cuyo cuerpo inconmensurable da lugar a la formación de partes, es decir el universo (Op. Cit.). Pero ese sincretismo hombre-cosmos describe el universo, no su origen. No hay tampoco una genealogía de los dioses como con el griego Hesíodo y con Homero, fundan la cultura griega. En cambio Zhuang zi, taoísta, reflexiona: “el frío no puede engendrar el frío, lo caliente no puede engendrar lo caliente; lo que no es ni frío ni caliente no puede engendrar lo caliente y lo frío. Lo que se forma viene de la no forma”. “El fin y el comienzo y lo pleno”, comenta un sinólogo en Harvard en 1956, “se entreveran en lo sin forma, y nadie conoce el fondo”. La fundadora concepción del pensar en China es más bien la de una perpetua perplejidad.

No estamos, sin embargo, ante un mundo de secos materialistas. En China, la idea de lo ilimitado —que se escribe Wuji— ha generado ardientes y seculares polémicas. El problema de los orígenes ha ocupado a los taoístas chinos tanto como a teólogos y filósofos occidentales. La reflexión sobre el mundo ilimitado existe, y Wuji se escribe como un círculo vacío. Que el paciente lector de estas páginas me permita este punto de partida. Esta religiosidad china sin la idea de un Dios creador es acaso el punto más difícil de comprender. Aún si nos llevan de la mano los más eminentes sinólogos de nuestros días. En consecuencia, hay que avanzar tras una serie de negaciones. No hay una suerte de religión natural donde “la increación del mundo” resulte ser una suerte de encarnación asiática del teísmo kantiano. Y menos la idea de un Dios razonable, al alcance del conocimiento del hombre, como con los deístas de la Ilustración. No hubo ni hay escuela alguna que explique Dios ni a la dualidad entre creador y mundo. ¿Qué, entonces?  [Continúa en la próxima columna]

Texto que procede de mi libro, Civilizaciones comparadas, cap. III, «Conceptualización en sociedades asiáticas (China/India), Cauces Editores, Lima, 2015, pp. 198-202.

Publicado en El Montonero., 25 de noviembre de 2024

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Tiempo y destiempo. ¿El pasado tiene porvenir? (II)

Written By: Hugo Neira - Nov• 11•24

Observemos el paisaje intelectual y científico del fin de siglo. Nuestro tiempo sabe enviar sondas a los extremos del sistema solar, observar las más alejadas estrellas en el confín del universo, pero la física cuántica no ha avanzado desde el indeterminismo de Planck, como si el auge de sus aplicaciones fuera simultáneo a la crisis de los fundamentos del conocimiento científico. Conocemos la naturaleza de Júpiter, su mancha roja, pero la misma ciencia está en la incapacidad de explicar los comportamientos aleatorios de la micromateria. Es la “inseguridad radical de lo real” (Prigogine). Se fabrican y guardan armas atómicas, pero el conocimiento teórico no ha sobrepasado el desafío del teorema matemático de la incompletitud de Gödel, de 1930, la paradoja de que la razón racional y deductiva prueba sus propios límites axiomáticos. Más claramente, no podemos afirmar nada enteramente.

Las democracias occidentales han triunfado dos veces sobre los imperios del mal (de Hitler, y de los sucesores de Lenin) pero los derechos humanos, del individuo y la autonomía de grupos étnicos, son la frágil conquista de unas cuantas naciones, desconocidos por franjas enormes de la humanidad, y la lista anual de atentados a la libertad ciudadana de Amnesty International no olvida a ningún Estado. Es cierto que hemos visto extinguirse las feroces ideologías del XIX al XX, incluyendo las variantes reformistas, como el austro marxismo, todo aquello que prometía la salvación social, pero el fin del marxismo no ha dado lugar al auge de las ideas de libertad y de fraternidad sino al retorno de las intolerancias étnico-religiosas, y en filosofía, al nihilismo, a la pérdida de absoluto, no solo al desencanto, sino al vacío del narcisismo, al agotamiento de los sentidos. ¿Por qué habríamos de suponer que la crisis de los paradigmas filosóficos y científicos, debe conducir al encuentro de formas superiores, probablemente más complejas de pensar (E. Morin)? Puede ser, sería deseable. Castoriadis, sin embargo, antes de dejarnos, puso en guardia ante la ilusión racionalista. Como afirmara Aristóteles, ¿el hombre está sediento de conocimiento? Falso, sostuvo Castoriadis, los hombres lo que reclaman son creencias. El vacío de sentido abre las puertas a los nostálgicos de absoluto. Ya acampan, nueva barbarie —integristas, skin head— al borde de la Babilonia moderna.

Si el futuro es el lugar de lo indeterminado, ¿nos esperan sociedades más humanas, más lúcidas? ¿El mal, la muerte, la irracionalidad, lo demoníaco, no son el fardo de cada tiempo, de cada civilización, de toda existencia? ¿Serán aquellas el lugar de la verdad? Pero en la versión de Nietzsche, como algo que podamos crear, no recibir como revelación o trascendencia. La nueva versión de las cosas, ¿podrá darle un nuevo papel a la razón, al lado de lo oscuro, lo subjetivo, lo misterioso y adivinatorio que con nosotros llevamos? ¿Una razón más prudente de sus propios excesos (R. Thom)? ¿Recobrarán su sentido las ciencias humanas? ¿Crecerá el gusto por la asociación, por el afecto, la red de amigos, el compartido gozo? ¿Asistiremos al crecimiento de la subjetividad, de la fiesta colectiva, salutífera, o se acrecentará la multitud solitaria? ¿Cambiaremos de interpretación o de cosmovisión? La aparición de fenómenos femeninos arquetípicos señalados por psiquiatras —en los sueños de hombres y mujeres de este fin de siglo— deja preverlo. La hipótesis de Tarnas, el pensamiento occidental, de Platón a Freud, como un hecho abrumadoramente masculino, me parece una pista digna de exploración. Y las ideas que se deducen: la crisis del hombre moderno esencialmente como crisis masculina, “su resolución ya empieza a advertirse con el tremendo surgimiento de lo femenino en nuestra cultura”. No se trata, por cierto, de proponer un mundo de andróginos, sino el reconocimiento de que la cultura masculina ha marcado con desprecio, al decir de Tarnas, “…la necesidad de asociación, de pluralismo y de juego recíproco”, al preferir el enfrentamiento. Es probable que el reequilibrio masculino/femenino ocupe un lugar decisivo en la civilización del siglo XXI.

¿Liberar al pasado del futuro? La colonización del futuro nos ha llevado a su mitología. El futuro nos aplasta, al punto que tengamos que liberarnos del mismo. La obligación de ser moderno, o ser futurista, es absurda. Pero faltos de utopía, de sueño, de proyecto, lo hemos sustituido por uno, el porvenir. ¿Por qué ha de ser mejor? Ciudades más altas, hombres más longevos, puede que con guerras más terribles. Liberar el pasado (ese pretérito del futuro que es nuestro tiempo) es reconocerlo como tal, en su lógica, en su valor específico. Es también no pretender falsos modernismos ni atarnos a un fantasma todavía inexistente. ¿Nuestras Atlántidas están en el futuro? El tiempo presente vive esa angustia, al punto de olvidar sus propias tareas: el hambre, la contaminación, los derechos humanos, la equidad.

Es legítimo, claro está, preguntarse por el futuro y su lectura del pasado inmediato o lejano. En la medida en que eso no incluya el atajo adivinatorio. Pero podemos vivir reconciliados con nuestras propias posibilidades presentes, con nuestro tiempo. Sin la angustia de un juicio final de la historia o de los hombres que vendrán. La historia es también sorpresa, cambio, imprevisibilidad. Los hombres del futuro enfrentarán nuevas posibilidades y nuevas amenazas. Nuevas técnicas en la salud humana, en la energía, también nuevos problemas, enfermedades y derivas totalitarias, y todo, a escala planetaria. Acaso podamos ensayar un cambio radical de inquietudes, de cara no a un fin de los tiempos sino a un fin del tiempo. La asunción del tiempo presente es proponer una moral de la responsabilidad inmediata, nadie vendrá a resolver nuestros problemas sino nosotros mismos. Por lo demás, la postindustrialización no  hace sino comenzar. Sus imbricaciones e interacciones vuelven imposible todo pronóstico. El futuro es opaco, indiscernible. Interrogarlo solo nos devuelve el eco de nuestros temores y esperanzas. Vana sombra de sombra en la caverna del fluir del tiempo. Vivamos, que los muertos entierren a sus muertos.

Extraído de: Neira, H, Teoría y práctica del ensayo. “Tiempo y destiempo”, Editorial Siklos, Lima, 2008, pp. 153-157. Fragmento del texto escrito en 1999 para el Concurso internacional de ensayo Año 2000 convocado por la ciudad de Weimar y Lettre International, quedando entre los 43 finalistas de un total de 2481 trabajos.

Publicado en El Montonero., 11 de noviembre de 2024

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Tiempo y destiempo. ¿El pasado tiene porvenir? (I)

Written By: Hugo Neira - Oct• 28•24

El futuro como continuidad puede extender y dilatar nuestros actuales problemas sin atinar a resolverlos, y entonces, la visión que nos puede ofrecer el futuro inmediato podría ser el de un siglo XX ampliado en sus peores aspectos. (…) En la versión pesimista del siglo XXI, podemos suponer se establezcan regímenes a las antípodas de lo que al final del siglo XX se considera, consensualmente, como desarrollo social y humano: respeto a los derechos del hombre, democracia, equidad, justicia social, libertades. Cabe recordar, sin embargo, que todo ello, no es sino el inacabado programa del siglo XIX y XX. Y por otro, que durante el siglo que se acaba, la sociedad abierta de K. Popper, estuvo a punto de perecer en dos ocasiones, ante el nazismo y el comunismo. Quiero decir con esto que esos valores no son definitivos, aunque nos sean fundamentales. Son en realidad históricos, es decir nacieron y pueden desaparecer. Son la herencia del Aufklärung. La apuesta de los enciclopedistas por la perfectibilidad del género humano a partir de la débil pero necesaria razón. Ahora bien, las Luces surgen antes de la era de la técnica. Ya sabemos del uso del saber tecnológico en el siglo XX al servicio del Leviatán nacionalista. El siglo arrancó en 1914, su gran novedad fue la guerra industrial por todos los medios. Si el futuro de la humanidad depende únicamente de la técnica, entonces nada es seguro. La técnica puede ser la continuación de las ideologías totalitarias. Las revistas especializadas ya hablan, por desgracia, de la utilización de la biotecnología con fines militares. En todo caso, el debate sobre “la intimidad genética” no es un tema de ciencia ficción en los Estados Unidos, sino de la actualidad más trivial (Biofutur, Nº 178, mayo de 1998).

Técnica, política despótica y porvenir, ¿es exagerado asociarlos? Un protagonista de algunos de los mayores cambios de este siglo, Václav Havel (presidente de Checoslovaquia hasta 1992), considera que los regímenes totalitarios no pertenecen al pasado como se  piensa en Occidente, sino que ellos son “la vanguardia impersonal que lleva cada día más al mundo hacia una vía irracional”. Su sospecha de la técnica lo acerca de Heidegger. Lo esencial, dice Havel, es que el hombre entienda su propia esencia, y no la adaptación de tal o cual programa de recambio. Havel quiere hablar del poder de los sin poder. Su programa de política es una no política. Es la vida de la verdad sobre la vida de la mentira. No hay política sin ética.

Pero, a diferencia de los pesimistas, ¿no sería posible ensayar otra lectura del siglo XX, menos depresiva, que tome en cuenta las inocultables mejoras, y en consecuencia, mantener una fundada esperanza de que lo positivo de hoy se desarrolle? El totalitarismo será siempre una amenaza, la democracia una construcción babélica, es decir, inagotable, pero el siglo XX ¿es tan catastrófico como lo presentan? Razonemos: victoria de la salud, es decir, alargamiento de la media de vida a casi el doble del siglo pasado, la tuberculosis y la polio erradicadas, la vejez sana y feliz, sanarse sin arruinarse, ¿conocieron otras edades progresos tan evidentes? Las amas de casa pueden añadir una lista de ventajas desconocidas e inimaginables por sus madres y abuelas, la colada simplificada, el agua por cañerías sin ir a buscarla al fondo del aldeano pozo, la oda al confort moderno resulta interminable. Es verdad que el teléfono y luego el fax a domicilio, cambian muchas cosas en las relaciones familiares, y la radio o la tele que matan el aburrimiento, las proezas de la movilidad con el auto, los progresos personales de la higiene, el matrimonio o el concubinato como un asunto de la pareja y no de un clan, el gusto por el hogar y el regreso al mismo, “el cocooning”, y en la mesa, la moderación; y después de siglos de niños maltratados, otra niñez, otros padres. ¿Punto de vista de mujeres? Sin duda alguna, confieso que los elementos citados vienen de una de ellas, directora de secundaria (proviseur de lycée), y de un libro de título elocuente, Merci, mon siècle (Ch. Collange). El progreso de la salud, de las madres y de los niños, es suficientemente importante como para matizar el balance provisional del magullado siglo que concluye. Si la condición de la mujer se ha mejorado y también la de los niños por la extensión de la higiene y la educación, entonces, el siglo XX no es ese amasijo de miserias bélicas que se pretende. Tal vez el pasado tenga un porvenir (positivo) si se prosigue como lucha para hacer más humanas las relaciones entre seres humanos, hombres y mujeres, más tolerantes, más cooperativas. Nada es, como me esfuerzo en demostrar, del todo seguro. Ni una escena futura con sociedades más libres y justas o todo lo contrario, el retorno de los grandes proyectos históricos despóticos.   [continúa …]

Extraído de: Neira, H, Teoría y práctica del ensayo. “Tiempo y destiempo”, Editorial Siklos, Lima, 2008, pp. 147-150. Escrito en 1999.

Publicado en El Montonero., 28 de octubre de 2024

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Lo peor del criollismo

Written By: Hugo Neira - Oct• 14•24

La Peña Ferrando y el general o lo peor del criollismo *

Cuando el bueno de don Hipólito Unanue escribía para el Mercurio Peruano y admitía —ya desde entonces— que ejercía los oficios de la inteligencia como ante un jurado europeo, hubo de exclamar con orgullo que nos asombra: «nosotros, sabios criollos».  Ha pasado el tiempo y en el uso de la República y de esa libertad por crear y vivir de acuerdo a nosotros mismos, el término criollo se ha empobrecido. Para nosotros, criollos, no es siempre motivo de orgullo, como lo fue para Unanue. No me atrevo a señalar los hitos de esta decadencia, de cuándo, en qué momento, si durante las luchas de los caudillos, o en la turbulencia de las locas administraciones imprevisoras del guano y el salitre, o con la Guerra del Pacífico, de pronto la palabra que inspiró parte de la ideología emancipadora se convirtió en algo así como una afrenta, como un reproche, como la conciencia de que lo aquí se hacía era incompleto, apresurado, inútil.

Mucho ha transcurrido desde la época en que Unanue podía ufanarse de su criollismo hasta el detritus social que se exhibe, bajo el mismo nombre, por ejemplo, en la Peña Ferrando. No hay relación entre lo criollo que justifica ahora todo mal gusto con ese nacimiento de la conciencia de la patria que esconden los muros de la Biblioteca Nacional en las páginas del primer Mercurio Peruano. Este criollismo es como la confesión de un fracaso colectivo. Es una enfermedad de los sentidos que, en canciones, giros idiomáticos, estilos arquitectónicos, vestidos y sobrenombres, potajes y espectáculo luce, más bien, lo bajo, lo bastardo, lo inferior, con el fácil pretexto de la criollidad, como si lo autóctono justificara toda la suma de equívocos que ahí se atrincheran. Solemos llamar criollo a aquellos productos inacabados, desde la broma que estalla en los teatros porque el espectáculo es injuria y afrenta contra alguien, al plato de comida que es apenas cocimiento ligerísimo de limón o ají; porque quizá la tragedia de estos días sea que sinónimo de criollo es lo inacabado, aquello que se hace con prisa, la menor calidad de las cosas, las formas y las maneras de lo inferior.

No es, pues, una vana reflexión admitir que existe alguna deplorable realidad, algún gran desengaño, cuando una palabra que comenzó con todos los mejores auspicios, en nombre de la cual tuvimos independencia, constitución, gobierno y nación, sea hoy expresión de nuestro más intenso descontento y crítica. «Hecho a la criolla» es como decir hecho del peor modo, a prisa y sin calidad. Estamos en el extremo de Unanue. Como decir que estamos en el otro extremo de la esperanza que dio nacimiento a la peruanidad criolla que festejamos, casualmente, este 28 de julio.

Es escándalo para este cronista la Peña Ferrando, pero por razones diferentes a las que invocaron sus censores. No porque fuera motivo de sátira un sacerdote ni un militar. Pueblo que no sabe reírse de sí mismo es pueblo enfermo, incapaz del análisis y la autocensura. Creo que lo peor de aquel espectáculo no fueron los temas, sino los modos. Había una tal carga de mal gusto, de deseo de relajar lo que en sí tiene mérito —en el caso de la caricatura hecha sobre Chabuca Granda—, y la acogida que tuvo en el público exhibe cierta deplorable tendencia a la disminución de los valores, un cierto estilo de pueblo parricida. Aquí ya no es posible distinguir la vieja manera criolla en la que fue sátira, correctivo y látigo de usurpadores, tiranos y bribones. Fue la punzante broma de Felipe Pardo o de Segura o del propio Palma, destinada a enmendar los malos pasos de la Reciente República, censurar a sus verdugos, fustigar los vicios

nacionales, y no cabe compararla con este deseo de rebajarlo y desprestigiarlo todo, que es tan claro y ostensible en esa perfidia que es curiosamente popular. Hay, pues, un gran abismo entre el criollismo de los fundadores de la Patria, soldados que se batieron en los campos de batalla, con el de los dictadores contemporáneos, cuyos grandes combates se libran asordinados en contra del presupuesto en jornadas memorables por obtener tajadas de obras públicas que nunca se construyen pero sí se inauguran, como en el caso de las irrigaciones de Cajamarca en el pasado gobierno del señor Manuel A. Odría. Y es que también aquí, como en la llamada «Peña Ferrando», estamos en las antípodas de Unanue, en lo peor del criollismo.

* Artículo publicado hace 60 años, en el diario Expreso del sábado 4 de julio de 1964.

Reeditado en Pasado presente. Del tiempo aleve: crónicas de los 60, SIDEA, Lima, 2001, pp. 231-232.

Publicado en El Montonero., 14 de octubre de 2024

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Guerras de religión. Relectura con Weber en la mano

Written By: Hugo Neira - Sep• 30•24

Las llamadas guerras de religión es un episodio enorme de la historia del mundo, la genera la ruptura entre Roma y Lutero y sus seguidores. Es el cisma, lo que originará en Europa dos modalidades diferentes de vida. En una de ellas, en la zona ocupada por naciones protestantes, se da la sociedad industrial y el progreso material y científico. Es pues una guerra religiosa con consecuencias en la ética económica. El mapa del rigor protestante coincide con los orígenes del capitalismo (Cf. Max Weber, La ética protestante y los orígenes del capitalismo). Para bien o mal es así como ha ocurrido. Es tema decisivo, Carlos V y Felipe II combaten a los Príncipes alemanes protestantes. Cuando vivíamos en los siglos coloniales bajo la tutela de la España de la Contrarreforma. Nuestros textos de escuela (cuando los hay) por lo general evitan esa temática. Ese ahorro de la historia universal resulta costoso. No sabemos qué pasó y de dónde proviene el mundo moderno y contemporáneo. Si el tema de las guerras de religión fuera conocido, no sería necesaria la sumaria explicación que aquí, modestamente, emprendemos.

Los desacuerdos religiosos condujeron a tomar las armas. En Francia se enfrentaron católicos y calvinistas entre 1562 y 1598. Los Habsburgo desde España intentaron invadir Inglaterra, pero la Armada Invencible fracasa (1588). El mayor enfrentamiento fue en Alemania, una coalición de Príncipes resistieron con éxito las tropas imperiales del poderoso Carlos V. No fue un fenómeno aislado ni localizado. Las guerras de religión abrazan a los Países Bajos, llegan a Praga, a Dinamarca. No es una sino muchas y variadas, un solo episodio se le conoce como “la Guerra de los Treinta Años” (1618-1648). No solo hubo enfrentamientos armados en los campos de batalla sino actos de exterminio: la masacre de la San Bartolomé, es uno de ellos (unas 30 mil personas, por ser protestantes). Cuando cesan, ni los católicos han logrado exterminar a los protestantes ni éstos a los fieles a la doctrina romana. Pero el mapa del poder político se ha modificado para siempre.

Una de las consecuencias de las guerras de religión consiste en la emergencia de un poder arbitral que mediara entre las fuerzas antagónicas. Y esa entidad será el Estado moderno. Su primera encarnación es la Monarquía nacional. Es el caso muy marcado de Inglaterra como el de Francia. Las Coronas se robustecieron. Las guerras de religión tuvieron otras dos importantes consecuencias. La primera, por paradójico que sea, afecta a la propia Iglesia Católica que se renueva. Lutero fue condenado en 1520, con la bula Exsurge Domine. Ahora bien, tras la guerra civil religiosa, se reúne un Concilio en Trento, el más prolongado de la historia, 17 años (1545-1563). La respuesta católica fue emprender una profunda reforma en la formación de sacerdotes, y eso son los Seminarios. Y en la enseñanza religiosa, el Catecismo que, como se sabe, es una sencilla pedagogía. La Contrarreforma es un vasto tema, no hay que subestimarlo, aquí nos detenemos en solo algunos puntos de doctrina. El Concilio robusteció la autoridad del Papa, refutó a Lutero en que solo era necesaria la lectura de las Santas Escrituras para salvarse, era importante la tradición, insistieron en el papel sacrificial de Jesús y en consecuencia, en la eucaristía, en la santa misa. No salvaba solo la fe interior, la sola fides de Lutero sino las obras, la caridad. En materia institucional, la Iglesia Católica crea nuevas órdenes, los jesuitas. Da paso a nuevos movimientos espirituales, San Vicente de Paúl, San Francisco de Sales. En cuanto al lugar de culto propiamente dicho, la Contrarreforma insiste que la iglesia era la casa de Dios y del pueblo y en consecuencia, se merecía lo mejor. Su respuesta fueron hermosos cuadros, esculturas y bellas fachadas, o sea, el barroco. Los protestantes respondieron con la música. De Bach a Mozart, la gran música procede de pueblos y países protestantes. Una compensación espiritual a sus desnudos templos.

Aparte del Barroco, nada de eso vimos ni sentimos. Ocurrió entre 1562 y fines del siglo XVIII, y en Europa. Sin embargo, el Imperio de los Austria españoles sí estuvo involucrado, y por lo tanto, sus dominios coloniales en el Nuevo Mundo, y sus poblaciones españolas, indias o mestizas. Carlos V asume el papel del brazo armado del Papado en esa guerra que se extendió a toda Europa, cuando Lutero se niega a retractarse. El monje alemán acude a la cita de la ciudad de Worms, 1521, pero no se arrepiente, luego se refugia en Alemania, y cuando lo van a buscar las tropas imperiales, quince príncipes alemanes y catorce ciudades se niegan a entregarlo. Eso es lo que origina el epíteto de protestantes. Pero la Contrarreforma cerró los ojos y los oídos de la elite colonial en una Hispanoamérica al abrigo de esas polémicas. No estuvimos en ellas, ni tampoco en los inicios del capitalismo (salvo el aporte de las minas de Potosí y Huancavelica, hasta que se agotaron, a mitad del XVII). No estuvimos en la aparición de un pensamiento libre de dogmatismo y con espíritu crítico.

Volvamos a lo esencial. ¿Por qué deben interesarnos esas guerras intraeuropeas? Por la sencilla razón de que a raíz de ellas se genera algo que ahora llamamos la modernidad, los tiempos actuales. Pero no fue un hecho deliberado. La Reforma, donde se estableció, trajo consecuencias inesperadas. Para decirlo en pocas palabras, sus creencias religiosas estructuraron una vida económica diferente. Cuando Max Weber se pregunta de dónde provenía el capitalismo — y en una Alemania próspera, industrial, capitalista, burguesa de fines del siglo XIX—, procede como sociólogo y acude a unas estadísticas. Y estas mostraban la correlación entre las zonas geográficas de una vieja implantación calvinista con las zonas de industrialización y modernidad. Una profundización de la pesquisa de orden esta vez histórico, le revela algo sorprendente. Las aldeas y gremios que habían abrazado el calvinismo, adoptaron una forma de vida que valoraba el trabajo, limitaba deliberadamente el consumo y se abstenía de lujos. Las comunidades calvinistas habían racionalizado vida y economía. Weber señala que eso era el resultado de una creencia, el Beruf, vale decir, la vida como devoción. La plegaria a Dios era, para los herederos de Calvino, el trabajo cotidiano. ¿Una ética religiosa producía una economía? Weber no busca una causa única en la formación del capitalismo, pero es importante que una de las razones por las que aparece en el modesto norte de Europa sin grandes riquezas y sin colonias, es que se da la coincidencia del trabajo como una actividad libre y un ethos que racionaliza la vida. Que fuera religioso, o calvinista, no es lo decisivo. Sino que el proceso de racionalización occidental se da en una zona donde la virtud del ahorro y del libre trabajo se vincula a una religión.

Sobre Weber hay un malentendido. No toma la postura de un teólogo (ni el autor de estas líneas que lo glosa) ni discute el budismo asiático o las creencias hindúes en sí mismos. No califica ni descalifica. El profesor Weber practica uno de los métodos de higiene mental que propone, el de la distancia entre los hechos y las propias convicciones. Después de todo, la modernidad la concibe desde lo que él llama “el politeísmo de los valores”. Así, lo que a Weber le importa, y a nosotros en estos días, es responder a la pregunta siguiente: ¿cuál es el sistema de racionalidad que una u otra creencia genera en las costumbres y comportamientos corrientes? ¿Qué ética comanda la rutina cotidiana? La sorpresa cuando se conoce enteramente a Weber, es que “la racionalidad”, niña de los ojos de Occidente, también existe en sociedades extraeuropeas. Puede que en la China actual sea confucionista. En consecuencia, para el estudio comparado de las sociedades, es preciso otra lectura de la evolución del mundo moderno y contemporáneo. Una World History, como practican ya algunos historiadores, en particular los ingleses. Nada se explica, ni nación ni civilización alguna, enteramente por separado.

(Texto del 2012, viene de mi libro ¿Qué es República?, USMP, Lima, pp. 92-93.)

Publicado en El Montonero., 30 de septiembre de 2024

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