El ninguneo *

Written By: Hugo Neira - Jul• 08•24

El ninguneo es una palabra que nos viene de los mexicanos. Es intraducible en cualquier lengua moderna, porque no se usa en países civilizados. En México, por lo visto, es usual. Lo cual prueba que tanto los mexicanos como los peruanos inventamos nuestra propia barbarie. Octavio Paz cuenta que también lo ningunearon. Y ya había escrito  El laberinto de la soledad. Pero igual hacían como que no lo había escrito, que no se exhibía en los estantes de las librerías. Porque ningunear es desconocer adrede, ignorar a sabiendas. Si te ningunean no es que no sepan que vales sino todo lo contrario. Es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, pero el vicio sale ganando. Algo ganan en ese recurso barroco, y es que si no te mencionan ni en público ni en privado pues no te leen. Pero los que ningunean sí lo hacen, solapados, en la discreción de la habitación de trabajo, leen en secreto a aquel que denigran, y lo admiran incluso, pero por estrategia de supervivencia, le niegan el reconocimiento. Lo ocultan a sus alumnos, no vaya a ser que lo prefieran. Lo disimulan ante los lectores, si es que escriben. Y en general, ningunear es esconder el talento ajeno, negarle, al maldito que tiene dones y la virtud del esfuerzo, el placer y la justicia del reconocimiento en vida. Esperan su muerte para alabarlo, citarlo, e incluso, comentar, editar, prologar.

¿Qué es el ninguneo? Una práctica a la vez perezosa y fatal para una sociedad y una cultura. Consiste en volver invisible la obra ajena y de paso al autor. Es pereza, o como decimos, es flojera, permite evitar el trabajo de comentar que, sin embargo, es la esencia misma de la vida académica desde hace más de un milenio. Obviamente, comentar y citar, y hasta invitar al otro, a aquel con el cual no estamos de acuerdo, es en otros lugares civilizados el gesto normal, pero ocurre ahí donde han salido de las tinieblas del sectarismo medieval que aquí cunde y reina. Cuando en una sociedad, la que fuese, se asesina civil y moralmente al incómodo rival, entonces, no hay vida universitaria o académica posible. ¿Se han fijado lo poco o nada que hay de reseñas en nuestros diarios y revistas? Ni la enseñan en los institutos que forman a comunicadores.

Aquí la costumbre es ahorrarse el reconocimiento. Evitar el debate, flojera criolla o vieja táctica, no de estudiosos modernos sino de oidores del siglo XVIII.

* Este texto proviene esencialmente de un artículo titulado “Plegaria por un guerrero bondadoso, Javier Tantaleán Arbulú”. Fue publicado en un libro de homenaje, Historia y compromiso por el Perú, publicado por la Universidad Nacional Federico Villarreal, en el 2017.

Publicado en El Montonero., 8 de julio de 2024

https://elmontonero.pe/columnas/el-ninguneo

Política y siglo XX. El concepto de personalización (II)

Written By: Hugo Neira - Jun• 25•24

Los fundamentos del hitlerismo de masas (1933–45)

¿Qué eran esas masas que le permiten al político Hitler abrirse paso entre diversos candidatos y llegar al poder legal para establecer el poder total? En primera fila, las SA. No eran solamente una milicia, grupos militarizados del nazismo. Era una forma de reclutamiento muy especial. Este aspecto es descuidado por lo general en los análisis del hitlerismo de masas. Los partidos comunistas se articulaban por un sistema de células de base, como lo sabemos (Duverger, Les partis politiques). Ese tipo de organización fue retomada por los fascistas italianos, la sección. El partido que monta Hitler no es un club de burgueses cultos y civilizados. Se enraíza en la clase obrera y capas sociales arruinadas por la inflación. En un tejido social con fuerte cultura militar y experiencia directa de la guerra que había afectado a millones de alemanes. Así, las SA eran, en principio, algo más que grupos de acción. Era una forma de vida. Hubo locales partidarios en distritos y lugares. Eran también albergue. Aquí, claro está, la lección del reclutamiento hospitalario que Hitler conoció en Viena. Un local de la SA, donde un grupo de asalto reposa o espera la orden para salir a la calle, era a la vez casa de partido, lugar de reunión, y de paso, cuartos para dormir. Podemos imaginar que un desconocido se acercara, falto de techo y hambriento, era frecuente, eran años duros.

Podemos imaginarlo pasando la noche en ese lugar abrigado, conversando acaso con los nazis de turno de guardia; funcionaban como una comisaría o un grupo de bomberos, en su momento, como grupos de asalto. Podemos imaginarlo, en fin, fraternizando, y un tiempo después, ingresando al partido, a las SA. Lo dotaban de un uniforme, algo de dinero, una bandera y un destino: seguir al partido y su jefe hasta las últimas consecuencias. Si Arendt describe el nazismo como la forma que la anomia general de un periodo de guerra produce en las conductas, es preciso añadir el reclutamiento ideológico, que daba a cada quien un sentido a su propia existencia. La remilitarización de varios millones de alemanes dentro del partido fue una respuesta a la anomia. Los análisis del nazismo insisten mucho en aspectos intelectuales, el mesianismo, los discursos antisemitas y xenófobos. Puede ser, pero el nazismo moviliza sus bases sociales desde una actividad concreta. La fascinación del nazismo no vino por obra solo de la propaganda. Alguien dijo que eran los Boys Scout (a los que prohibieron) pero armados, un poco más mayores y dados al sport de matraquear a cuanto judío y opositor se les cruzaba. Algo de eso hay en el filme La naranja mecánica, la banda de adolescentes londinenses —en un tiempo que es el futuro—, en los que el placer de golpear es su única motivación. En cuanto se desestructura un poco el tejido social en las sociedades industriales, surgen amagos de nostalgias nazis.

Pero ni el nazismo escapa como partido a un criterio de organización (Duverger, Los partidos políticos). Hemos hablado del círculo interno del poder y de los militantes, toca hablar de los simpatizantes, sobre todo, en ese partido de masas. Así, un brazo para estrechar al pueblo y otro para deslumbrarlo y envilecerlo. Peter Fritzche, profesor de Harvard, que ha reconstruido el ambiente jubiloso de esos años con Hitler en el poder antes de la guerra, considera que lo que perdió a los alemanes al volverse masivamente nazis, fue precisamente el entusiasmo. La fiesta nazi se celebraba en los años de gloria el mismo día y en el mismo lugar donde antes celebraban los comunistas, el 1° de mayo, en el campo de Tempelhof, Berlín. No fue solo el odio sino la esperanza, “el entusiasmo patriótico” (De alemanes a nazis, 1914–1933). El nazismo, según todos los testimonios, fue una suerte de alegría ritualizada. Las canciones ritmadas al paso de marcha militar, en general, la escenificación del fervor. Reuniones multitudinarias y de preferencia por la noche, el uso del fuego, el bosque de banderas, la música. Todo eso es el nazismo, un gran ritual durante los años de ascenso. Y ya en el aparato de Estado, una suerte de dramaturgia que se extiende a la sociedad entera. La espectacularidad permite el acceso al poder legalmente. El desfile nazi es a la vez tropas militantes ritualizadas y fiesta. Se han juntado la lección bohemia del arte en la calle y la lección jerárquica del reclutamiento organizado de masas. Y el individuo entre unos y otros, asiste a una estetización del poder. Brutalidad y seducción. El Estado no solo es quien controla —la Gestapo— sino quien seduce, bosque de banderas, fraternidad de las asociaciones, juventud hitleriana, Hitlerjugend; los estudiantes, Deutscher Studentenbund; las mujeres, Frauenschaft. La mise en scène del nazismo es imitada y admirada en diversas otras naciones y comunidades sociales. Pero a las masas en otros países, les faltará la fuerza del romanticismo germánico y la teatralización de Goebbels, quien fue capaz de sacar soldados del frente ruso para que figurasen en sus filmes de propaganda. La élite del partido y las masas esperaban esa producción artística, en la que todos eran figurantes. No era solo una obra de propaganda sino una reconstrucción neopagana que alejara al pueblo del cristianismo, protestante o católico. El gran rival del hitlerismo no estaba ni en Moscú ni en Londres ni en Washington sino en las religiones seculares. Hasta que no acabara la guerra, la Alemania fue una mise en scène permanente. La más grande superproducción cinematográfica de todos los tiempos. Todavía los documentales del nazismo los estudian en las escuelas de arte y cine. Son el horror y son admirables.

Proviene de : Neira, H,  ¿Qué es Nación?, Fondo Editorial UMSP/Instituto de Gobierno, 2013. Cap. II, Construcciones occidentales, pp. 145-146.

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Política y siglo XX. El concepto de personalización (I)

Written By: Hugo Neira - Jun• 10•24

El pasado 6 de junio se conmemoró en Francia el 80° aniversario del Desembarco aliado de Normandía, con un despliegue excepcional de actividades y la presencia de veinticinco jefes de Estado. Es una fecha y un mes propicios para recordar qué cosa es el nazismo y por qué se le sigue estudiando. Estimado lector, de eso me ocupé hace once años para un capítulo de mi libro ¿Qué es Nación? en páginas que recordaré en dos columnas. Esta es la primera. La próxima, dentro de quince días.

                                                             ***

La personalización del poder siempre es una reducción, ocurre cuando se extingue la pluralidad democrática. Cuando las cosas se definen por un hombre al poder o el fin de la nación. Sin embargo, la Alemania de 1919, pese a la derrota, era todo menos eso. ¿Qué explica la progresión de los nazis? Tienen sus altibajos, pero en líneas generales, en el transcurso de los años veinte y treinta se harán numerosos. La sociedad humana no produce nada de manera rectilínea. ¿Por qué avanzan? Los avatares de la República de Weimar no agotan la cuestión. Se olvida que Alemania todavía demócrata, entre 1925–1928, había conseguido salir de sus problemas financieros y se elevaban los salarios obreros. Si el hitlerismo es una tendencia militarista y racista, no es la única al día siguiente del fin de la guerra. Si los ‘camisas pardas’ están en contra del Diktat (así llaman al Tratado de Versalles), lo está también, francamente, el país alemán entero. Fue aprobado por ser el resultado de una capitulación de guerra. A los vencidos no se les consulta. Si el nazismo es un nacionalismo, los hay muchos en los primeros años de la posguerra. ¿Los nazis? Hubo decenas de millares de otros activistas y grupos de derechas por todas partes. Los “cuerpos francos”, por ejemplo, bandas armadas de exsoldados, que después del frente, se alquilaban, tanto para el orden como para el desorden. Pero se fueron disolviendo. Los nazis, no.

El Tratado de Versalles había impuesto la inmediata desmovilización. Fue un desatino, millones de hombres pasaron de las trincheras a la desocupación. Sin guerra ni oficiales ni enemigo externo, los “cascos de acero” se situaron a la derecha, los Stahlhelm, y a la izquierda, los Reichsbanner. Los primeros un millón de adherentes, los segundos, 3,5 millones. “Alemania, país desmilitarizado al perder la guerra y remilitarizado porque los alemanes son soldados”. No es una generalidad vacía, lo dice en esos años, un gran escritor, E. Junger. “El espíritu soldadístico”. Los nazis llevan uniforme, pero eso era frecuente. La costumbre del uniforme y actuar en grupo con violencia, animaba a Hitler, pero también a las muchas asociaciones militares de esos años —los Wehrverbande—a los que se hacían llamar Wiking, los Oberland de Baviera, la Orden joven alemán. Ordre jeune-allemand, señala Dreyfus. La cuestión es que había cien mil potenciales Hitler. ¿Por qué, pues, Adolf? ¿Por qué su núcleo de camaradas se va ampliando al correr de los años veinte y treinta?

Buscamos lo específico, cuesta hallarlo. Lo que emerge, habría dicho Hegel. Si el nazismo nace en la galaxia de pequeños grupos de extrema derecha, cierto es que también luce un perfil clasista e izquierdista tomado de los obreros que recluta, y dentro de su partido, Hitler tuvo aliados muy especiales, los nazis de izquierda, los hermanos Strasser, que habían dejado el partido comunista por considerarlo poco radical. George Strasser es eliminado “en la noche de los cuchillos largos”. Cuando Hitler en el poder ya no necesita a los SA. El otro Strasser, Otto, que pretendía un “nacionalsocialismo revolucionario”, lo persigue la Gestapo y escapa al Canadá. En el camino, que es a lo que vamos, los nacionalsocialistas, que no dejaron de considerarse revolucionarios, de ahí la confusión de los dos hermanos Strasser, tuvieron que competir en el campo de las izquierdas, ahí donde no faltaban sólidos partidos. Spartakistas, bolcheviques alemanes, y el considerable electorado de la KPD, con Thalmann. Nada podía augurar la transferencia de votos de obreros comunistas a Adolf Hitler en noviembre de 1932 y en marzo de 1933, pero es lo que ocurrió. ¿Consecuencia directa de la crisis, del plan Young, de la quiebra de los bancos alemanes cuando Nueva York suspende sus créditos? Pero, una vez más, ¿por qué por Hitler, que en nada ocultaba sus propósitos, un antisemitismo sin concesiones y un poder total, unificador, no menor al que ejercía Mussolini en Italia?

La victoria de Hitler en las urnas nunca fue concluyente, mientras hubo República de Weimar. Obtiene en 1932 una votación importante como para que fuese propuesto Canciller, un 37% de los votos. En marzo de 1933, el momento de más alta votación, un 44%. Tuvo que ir en alianzas para obtener la mayoría absoluta. Hubo un ascenso espectacular si se toma en cuenta el 2,6% de 1928, antes que la crisis de Wall Street le eche en los brazos capas enteras de la población popular y media. Sin embargo, el NSDAP no pudo convencer del todo a las derechas moderadas de liberales y católicos. Ni del todo a las clases medias, pese a que se ha dicho que el hitlerismo electoral era su expresión. Es falso, estereotipo, lugar común, los estudios posteriores de las últimas consultas —con los nazis en el poder, no hubo más elecciones— revelan que convence a un 46% de los obreros, y un 23% de electores de clase media. También a una buena proporción de campesinos. Pero Hitler gobierna siendo expresión de un tercio de los ciudadanos. El tema se arregla a su manera. En 1932, arde el Reichstag. A sus miembros les impone la necesidad de otorgarle poderes “habilitantes”, o sea, ilimitados. No habrá más Reichstag. Luego, el Estado seductor del hitlerismo captura la sociedad mediante el pleno empleo (aunque transitorio, economía de guerra), la propaganda y el entusiasmo. A partir de la toma del poder, gobierna con plebiscito, 1934, 1935, 1935. Puede ganarlos, no hay opositores.

Cabe, pues, el uso del concepto de personalización. Significa, en el caso nazi, dos mutaciones.  Por una parte, el partido mismo, que se vuelve una fuerza de autorreferencia del líder. Por otra parte, hay cambios en su actitud, en lo que vamos a insistir, en el rol variable de Hitler hasta llegar a ser el Führer. Es cierto que hizo entretanto lo que todo candidato a las urnas hace, visitar asilos, dar la mano a todo el mundo y sonreír benévolamente al público. Lo seguirá haciendo hasta llegar a Canciller. A partir de entonces, es lo que quiere ser, el jefe incontestado. Aquel que ocupa la escena por completo. ¿Es que acaso eso es lo que quería un gran número de alemanes? ¿No echaban de menos los tiempos de Guillermo II, el poder en manos de una autoridad incuestionable? El alemán piensa la masa y la potencia como un ejército, dice Canetti. El inglés como un navío.

La personalización no es un hecho natural, se construye. Erwing Goffman ha presentado el mundo como un teatro donde cada individuo juega un rol, y desde los saludos a la manera de vestirse, el vivir se ritualiza. Es una hipótesis interesante, conviene incorporarla a la visión del nazismo, entre otras visiones de su política, como un juego de actores. Por ejemplo, ese montaje de algo singular, la “camaradería” nazi. El proceso de personalización debe avanzar introduciendo lazos personales con los militantes, nexos directos, de mando y obediencia, y Hitler venía de la fraternidad de combatientes en las trincheras. Un partido como el nazi, una religión política, no camina solo por un programa sino por los lazos sentimentales, emocionales. Hitler venía de la experiencia de Viena y de su vida bohemia. Para la personalización es necesaria un mensaje personal que absorba las otras ideologías en circulación. Hitler aprenderá a la vez la necesidad de la flexibilidad y la rigidez del Jefe. Las abundantes memorias sobre su mando difieren como si hablasen de personas distintas. Y no nos recostamos en interpretaciones psiquiátricas. Hitler manejaba a sus heterogéneos partidarios siempre como el Jefe. Ante sus colaboradores técnicos era el jefe de una empresa. Para los realistas, las autopistas, Autobahnen. Para los seguidores delirantes, la guerra total y los campos de exterminio. Al fondo hay sitio. […]

¿Qué es Nación?, Fondo Editorial UMSP/Instituto de Gobierno, 2013. Cap. II, Construcciones occidentales, pp. 127-132.

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El mensaje que dejó Haya de la Torre                                        

Written By: Hugo Neira - May• 27•24

En la ocasión de la celebración del natalicio de Víctor Raúl Haya de la Torre (22 de febrero del 1895), a principios del 2005, los jóvenes me habían pedido unos comentarios que ahora, en el Centenario de la fundación del APRA, en México, quisiera recordar en las líneas siguientes.  

Haya de la Torre fue y es un peruano extraordinario. Me parece muy bien que se le recuerda no solamente en ese natalicio, sino corrientemente. No sé cuándo es el día de nacimiento de Jefferson o de Hamilton, pero dudo que los norteamericanos dejen de recordarlos. No necesito ser aprista para darme cuenta de este hecho, es un asunto de sentido común. Pero el sentido común es el menos frecuente de los sentidos. 

A lo largo de mi vida he estudiado el pensamiento de Haya. He escrito sobre la materia en diversas ocasiones. Como todo gran pensador, en Haya hay acaso diversas lecturas, interpretaciones. Por mi parte, yo reencontré a Haya en mi propio camino, saliendo de un marxismo duro y revolucionario. Creo que él indicaba un camino de reformas profundas y sinceras. Ellas no se han emprendido. El Perú político del siglo XX es un desastre. No lo eligió en las urnas ni tampoco hubo una revolución popular. Ni menos una transformación por vías conservadoras como en otros países. De esta manera, los problemas no solo no se han resuelto sino que se han acumulado.

Si en esos años se pecaba de exceso de politiquería, hemos pasado al otro extremo, nada de política en la juventud. La sola enunciación del concepto les aburre. Creen muchos que el progreso y el desarrollo es cuestión de mercado y dinero e inversiones. Cuando tengo la ocasión de señalarles —gracias a mi experiencia de haber vivido en el primer mundo los últimos treinta años— que ese progreso de los países avanzados se debe sin duda al mercado, la sociedad industrial y posindustrial, la ciencia y la técnica, no menos verdad es que no se habría logrado, ni en los Estados Unidos ni menos en Europa (por lo general socialdemócrata) sin paralelos esfuerzos políticos, tras luchas sociales enormes, tras la construcción de Estados y democracias sólidas gracias a la existencia de ciudadanos activos y críticos. Pero este segundo volante del progreso es cuidadosamente evitado en las universidades privadas, en particular en la formación de economistas y gestores. El camino está abierto a formas perversas de totalitarismo, no por el exceso de política sino por su ausencia. 

Una reflexión personal. Cuidado con perder la paciencia y los papeles. Yo entiendo el respeto que se le tiene a Haya de la Torre. Pero estamos pasando de una política de la salvación, donde un héroe intelectual y gran conductor como Haya resulta indispensable, a otro tipo de aproximación a nuestra propia historia. Yo sé, Haya es tan grande como para Israel la figura de Ben-Gurión. Como para la India contemporánea la de Gandhi o Nehru. Pero no hay que olvidar que los dos ejemplos que cito son fundaciones, han dejado una patria. Una se llama Israel, nos guste o no su política palestina, eso es otro asunto. El otro la inmensa India, que va rápido al progreso y por vías democráticas, a diferencia de China. Un joven hindú y un joven israelita no necesitan que se les explique quiénes son los padres fundadores. En el Perú, por desgracia, el aprismo no logró llevar al poder legítimo a su fundador. Lo he dicho en mis libros, esa es la gran carencia de la República peruana en el siglo XX. Los peruanos se equivocaron en las urnas prefiriendo otros caudillos. Ya es un poco tarde. Hay que retomar el combate intelectual y moral desde sus inicios.

La verdad que trajo a los peruanos es que o tenemos una democracia exigente y del pueblo, o perecemos. Y ese mensaje no es pasado. No es historia. Es presente. Es tarea inmensa. El mundo no es lo que era en el mensaje fundador, cierto. Pero las desigualdades sociales, las inmensas grietas entre oprimidos, excluidos, pobres de verdad y los polos de ostentosa riqueza y egoísmo, no han desaparecido. La actualidad de una demanda social de justicia, aun mínima, la que pedía y por la que luchaba el gran trujillano, sigue vigente para deshonra y vergüenza de esta vida colectiva peruana que hace como si las cosas se pudieran arreglar si las dejan tal como están. No. Empeorarán. Esa es mi íntima y acaso desesperada convicción.

Publicado en El Montonero., 27 de mayo de 2024

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Haya en su siglo: el doctrinario

Written By: Hugo Neira - May• 14•24

Cuando en 1936, Carlos Manuel Cox, un aprista en el exilio chileno, se decide a publicar El antiiimperialismo y el APRA, Haya, su autor, es un hombre perseguido y reina en el Perú un orden varsoviano. Nadie sabe dónde vive el Jefe del aprismo, que escapa por muy poco a la ferocidad de la policía política. Tres gobiernos sucesivos, nacidos del fraude electoral o del golpe de Estado, persiguen con raro ensañamiento al Jefe del aprismo y a sus simpatizantes, tratados de sectarios internacionales por haber paseado por las calles del Perú las banderas de otras repúblicas sudamericanas.

En cuanto al Antiimperialismo, programa liminar, se trata de una obra que va a reorientar la mirada de varias generaciones de revolucionarios al asunto de los nexos de las sociedades latinoamericanas con la economía exterior. En cuanto al libro mismo, que intenta innovar en el pensamiento y la táctica de los movimientos de izquierda, parece haber sido escrito durante una estadía proselitista de Haya en México, a comienzos de 1928. El manuscrito, después de haber seguido un camino rocambolesco, logra llegar hasta las manos de sus editores. Es la obra más importante de Haya, no la primera. La precedieron recopilaciones, textos de propaganda y combate. Llama la atención la localización, fuera del Perú, de los editores de la gran mayoría de esa literatura aprista. Los exiliados apristas publicaron además la Instructiva secreta, es decir, la defensa del propio Haya cuando se le procesó judicialmente en mayo de 1932, y una serie de escritos, muy interesantes aunque fragmentarios, sobre las impresiones del Jefe del aprismo sobre Inglaterra, la Alemania del ascenso nazi y su visita a la Rusia soviética. Ninguno, y menos los posteriores, alcanzó la importancia de El antiiimperialismo y el APRA.

La crítica al imperialismo norteamericano y a sus secuelas en nuestros países nos es hoy tan familiar que casi no merece repetirse. De las modificaciones del concepto de imperialismo, la versión 1931 (el Discurso-Programa) y la versión 1956 (la de Treinta años de aprismo), me ocupo más adelante. Conviene ahora preguntarse qué planteó esa primera versión de tan decisivo concepto.

El imperialismo fue definido como un fenómeno global que debería recibir una respuesta global. El análisis de Haya, como lo ha sustentado en nuestros días Víctor Hurtado, es fundamental porque descubre que Latinoamérica es retrasada, dominada por potencias imperialistas y además, por mecanismos económicos más que culturales. Al lado del diagnóstico, venía la solución. El Estado Antiimperialista. Como sustento, el Partido-Frente, es decir, el APRA. Además, no proponía la dictadura del proletariado sino la hegemonía de los trabajadores. Y no la socialización inmediata de los bienes de producción sino un Estado contralor o regulador. En otras palabras, la propuesta de Haya contenía un programa de transición, cuya carencia era total en los programas de los comunistas ortodoxos.

De golpe, la doctrina hayista enfrentaba en los años veinte y treinta la cuestión de la construcción del Estado-Nación, con la reivindicación del “frente de clases oprimidas”, el de la identidad nacional, al sumarse a los reclamos indigenistas y en este sentido, a la prédica andina de Mariátegui, y el de la democracia suficientemente vigorosa como para emprender un camino de desarrollo (aunque dicha expresión no se utilizara por esos años), capaz de imponer reformas desde el Estado. De hecho, Rosemary Thorp sostiene que el Perú, entre 1890 y 1970, pasó al lado, en repetidas ocasiones, de una posibilidad de desarrollo autónomo, pero que faltó la voluntad política necesaria.

Resulta claro, por lo demás, que semejante tarea histórica no podía confiarse a las clases nativas dominantes, por la entrega de éstas al imperialismo norteamericano. Los teóricos revolucionarios, y no solo Haya, vacilaban en la definición del grupo interno de poder: civilismo, santa alianza criolla, plutocracia latifundista; pero hacia 1936, acaso bajo el acicate de la persecución —“la gran clandestinidad” — el repudio se hace más profundo. Se trata de una oligarquía “ … pocas tan refinadamente arteras” (texto firmado en el refugio de “Incahuasi”). Quiere esto decir dos cosas: no son una burguesía y no son democráticas. Se sobreentiende que tampoco son importantes. En esto Haya se equivocó, supieron resistirlo.

Otra idea fuerte del aprismo es la de la unidad continental. Precepto inicial es considerar como un solo problema y como un solo destino el pueblo que llama Indoamérica. Uno de sus pensadores, filósofo y aprista de la primera hora,  Antenor Orrego, aportó la idea de un Pueblo-Continente (1939). Ahora bien, si la gran tarea no podía ser confiada a las oligarquías, socias menores del gran capital internacional, tampoco a los partidos comunistas, manejados a gran distancia por dictados de la III lnternacional de la época. Era preciso construir “Estados-apristas”, piensa Haya, para lo cual es necesario hallar en cada caso los agentes históricos de “la gran transformación”. La identificación de los agentes sociales cargados de historicidad, vale decir, de aquellos que llevan consigo un proyecto de nación, o sea, obreros industriales, clases medias y campesinos, le lleva a proponer reunirlos en un “frente único de lucha”, idea contraria a la de “clase contra clase” de la III Internacional.

Resultaba innovador el proponer otra forma de manejo ante el Gran Vecino. Con razón ha dicho Germán Arciniegas: “Un elemento de hecho, por sí solo, afecta la vida política en la América Latina: la vecindad con los Estados Unidos. No la buena ni la mala: la simple vecindad”. En lo inmediato, esperando la explosión de otras tantas revoluciones apristas en países vecinos, Haya había expresado la vocación nacionalista de un Estado fuerte y un proyecto industrializante, todo lo contrario de una “República Bananera”, basado en las nuevas capas sociales advenidas a la vida pública en los primeros decenios del siglo.

Por los mismos años Mariátegui había enviado a la reunión de la filial de la III Internacional, en Buenos Aires, un delegado y un proyecto sensiblemente parecido. Como lo ha señalado Carlos Franco (1981), siendo rivales, sendos teóricos eran poseedores de proyectos igualmente cismáticos, vistos desde la perspectiva del comunismo ortodoxo. En esa idea cismática, había una lectura de la estructura de clases ajena a aquella que condujo al raquitismo de los partidos comunistas en la América Latina, y abierta a fenómenos políticos más anchos y complejos, con inmenso caudal popular, a los cuales hoy muchos analistas engloban bajo el concepto de populismo.

Los partidos calificados de “apristas” o de izquierda democrática como Acción Democrática de Venezuela y el MNR de Bolivia se señalaron por el ardor de sus simpatizantes, la entrega de sus cuadros, su oposición a las dictaduras castrenses y su importancia electoral, llegando varias veces al poder. En cambio, los comunistas ortodoxos que vilipendiaron a Haya de la Torre fueron totalmente estériles. Ninguna revolución latinoamericana, incluyendo el caso muy singular de la revolución cubana, fue llevada a cabo por un partido comunista, o un “partido de proletarios”. En cambio, varios partidos de corte “aprista”, en Costa Rica, en Venezuela, en Bolivia, llevaron adelante revoluciones armadas. Esos aprismos insurreccionales desembocaron en regímenes abiertos, y con el tiempo, en democracias estables.

Como el propio Marx, el peruano no puede reprimir una cierta admiración por ese capitalismo que espera combatir, o modificar, en su versión salvaje. El fenómeno del imperialismo era conocido desde los trabajos de Hobson, que retoma. También la extrema dependencia de las economías latinoamericanas ante el flujo de capitales yankees, que sustituye en muchos países, después de la Ia Guerra Mundial, al capital inglés. Piensa, sin embargo, que el capital extranjero conduce, fatalmente, de no mediar las leyes y un Estado nacional, a la más abyecta dominación.

En su experiencia personal, trujillano nacido en una vieja y noble familia, había visto humillarse a los antiguos señores criollos ante la Negociación Casa Grande, la inmensa plantación cañamera que ahogaba a los pequeños y medianos propietarios. Había visto también la proletarización de una capa de yanaconas —o libres ocupantes de terrenos—, atados a los ritmos de producción infernales de los nuevos ingenios azucareros. Capitalismo agrario despiadado y anónimo: los capataces reemplazaban al patriarcal patrón de antaño. Esta influencia ruralista, como lo indica el norteamericano Peter Klaren (1973), es una de las experiencias formativas del joven Haya.

Pero el Jefe del aprismo no es un antimoderno. Con el capital extranjero llegaba la dominación pero también la técnica, el progreso. El ingreso de capitales extranjeros no debería convertirse en dependencia política o cultural, lo que exigía un Estado fuerte, dirigista, pero no necesariamente con el control de toda la producción, que contara con autoridades reconocidas por los gobernados, es decir, con un consenso interno, o sea, democrático. Por lo demás, sostener que el capital extranjero era necesario cuando se ignoraba el grado de interpenetración económica de nuestros días, era un atrevimiento. El conjunto de la proposición constituía un cisma del credo marxista manejado por la III Internacional, entonces en el cenit de su pretensión a la universalidad. El eco de la polémica fue recogido por G. D. H. Cole, un profesor inglés, socialista fabiano que, como muchos universitarios ingleses, habla conocido personalmente a Haya de la Torre a su paso por Oxford en 1926-1927, y que mantuvo siempre una gran admiración ante su independencia de espíritu.

El sentido de estas ardientes polémicas sudamericanas se inscribe en el clima del mundo de la primera posguerra. Era un clima de vísperas, de negros presagios, de polarizaciones extremas. La postura aprista resultaba ininteligible en un mundo que parecía dividirse entre capitalistas y socialistas, ricos y pobres, fascistas y antifascistas. Una lucha sin cuartel, al parecer, de extremismos. En el estudio de esta etapa del pensamiento de Haya, en su última y conmovedora contribución, el ministro Luis Alberto Sánchez recomienda (1994) no olvidar el ambiente, es decir, “los violentos contrastes y las agitadas exigencias prácticas en las que se debatió su pensamiento”. […]

Fragmento de: Neira, H., “Después del muro de Berlín. Actualidad de Haya de la Torre”, en : Vida y obra de Víctor Raúl Haya de la Torre, Instituto Víctor Raúl Haya de la Torre, Lima, 1997, pp. 17-21. (Primer Premio Internacional de Ensayo sobre su Vida y Obra, 1996.)

Publicado en El Montonero., 13 de mayo de 2024

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