Nadine y la Comisión Laura Bozzo (con perdón de Laura)

Written By: Hugo Neira - Jul• 16•15

Acabo de enterarme de las preguntas que se le han hecho a la señora Nadine Heredia en la Comisión de Investigación del Congreso. Y la fulminante respuesta de la ciudadana Heredia. Preguntas, vaya deriva de la Comisión, sobre su vida privada. Y no me sumaré al infierno de chismes dando el nombre de algún varón nombrado. Si la cercanía a la gente del poder, sea quien sea, produce dividendos, hay que probarlo, asunto de inversiones, cifras, licitaciones. Y punto. Ninguna otra mención, menos a una mujer casada y con marido e hijos. He visto en los diarios la queja de la agraviada, “la pregunta de la congresista Pérez Tello afecta a mi honor de mujer, madre de familia y esposa”. No le falta razón. Pésima pregunta. Pésima costumbre de mezclar lo privado con lo público.

No tengo nada que ver con el partido nacionalista, ni lo tuve ni lo pienso tener, pase lo que pase el 2016. Ni voté por Ollanta Humala ni en el 2006 ni en el 2011. Es más, dije en La República que no votaría por él “ni con una pistola etnocacerista en la sien”. “Si gana Humala la inestabilidad institucional no acabará el 6 de junio. Por el desencuentro entre Congreso y Palacio. Por lo que Ollanta pueda intentar, si gana, hasta un programa de derecha con cuadros que se le ha arrimado”. Eso dije, mi punto de vista sigue siendo el mismo. Y si opino en esta columna es como profesor universitario. No me apura lo inmediato, y “chiquitas” y “carnecitas” no son mi taza de té. Pero toda regla tiene excepciones. Hoy estoy indignado y alarmado por lo que ocurre en esa Comisión. Las preguntas de índole personal que le han hecho a la ciudadana Nadine Heredia nos hacen pensar que hemos vuelto a los días de la Inquisición. Por la manera en que se ha formulado, y su contenido —asuntos de orden privado, de orden moral, de esos que interesan en los confesionarios— me da vergüenza ajena.

He dicho también preocupación. El tema Nadine Heredia era, hace apenas unas semanas atrás, si el Congreso iba a investigar sus cuentas bancarias levantando el secreto de las mismas. Era que Nadine Heredia “busca evitar que el Congreso acceda a su secreto bancario” (El Comercio, 01.07.15). Era que la lista de personas en torno a Belaunde Lossio seguía aumentando, expresidentes de regiones como Jorge Acurio, o empresarios como Olmer Mendoza y Eduardo Novoa Monje, directores de Omesa Consultores y SIMA, respectivamente. Y entre ellos, el abogado de Nadine Heredia, Eduardo Roy Gates (El Comercio, 02.07.15). Era que Ilan Heredia, su hermano, era incorporado como investigado. Era que Rocío Calderón callaba y que María Llanos levantaba sospechas (La República, 08.07.15) ¿Y ahora? ¿En qué quedamos sobre los depósitos en cuenta bancaria y unos US $ 79’000 de la empresa venezolana Kaysamak, que habría depositado en la creación del Partido Nacionalista Peruano (El Comercio, 08.07.15)?  ¿Y las transferencias desde un Banco de Nueva York a Rocío Calderón (El Comercio, 21.06.15)?

¿Qué pasó con todo eso? Que es bastante abultado. Que si contactos, que si tarjetas bancarias, que si plata que unas fuentes exteriores dan para partidos (lo cual no es en nada un ilícito) y en cambio se gastan en compras personales. ¡Vaya amor por los pobres! Pero vamos a lo de estos días: la señora Marisol Pérez Tello acaba de decir que “recibió un primer grupo de documentos remitidos por entidades financieras”, añadiendo, “pero aún no lo hemos revisado”. Pero señora, por el amor de dios, es por ahí donde tenía usted que comenzar y no con chismes ni como ustedes los llama “trascendidos”.

Hoy el tema central es salvar al Estado de Derecho. La metida de pata de la ciudadana Marisol Pérez Tello es inadmisible. Hasta parece un truco, una trampa¡! El presidente umaHumaHumm Humala no ha parado de decir que la Comisión Belaunde es “ilegal”, y que hay “difamación y mala intención”. ¿Y le hacen ese tipo de preguntas a su esposa? ¿De carácter íntimo, personal? Bravo, congresistas. Esa investigación parece que la dirige Laura Bozzo, una de esas trifulcas de callejón en la que nadie escucha y todos hablan a la vez.

Publicado en El Montonero., 16 de julio de 2015

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Los indios del Perú y “los muchos y grandes pecados”

Written By: Hugo Neira - Jul• 14•15

El Papa Francisco acaba de pedir perdón por “las ofensas de la Iglesia a los indígenas durante la Conquista”. ¿Cómo no celebrar tal mensaje? Pero no diré sino cosas sabidas, buenas de recordarse sobre nuestro pasado colonial. En parte vigente.

La Conquista fue feroz, qué duda cabe. En la realidad corriente, la hueste de Cortés no fue grande, unos 600 hombres. Y con Pizarro, 189 hombres y 39 a caballo. Pero el México azteca que conoce Cortés es de 25 millones. En 1605, solo 1 millón¡! El Perú, de 1530 a 1560, pierde población, un 30%. Un tiempo se pensó que la mortandad se debía a minas y obrajes. Sí, pero ¿desaparece el 90%? Hoy sabemos tras Simpson, Borah, de la demografía de Berkeley y del choque microbiano. Los grandes generales que acompañan a Cortés y Pizarro son el general sarampión, varicela y gripe. Despoblaron. El mundo solo sabe de microbios con Pasteur (en 1895).

La verdad, Santo Padre, lo peor vino después.

Vino la explotación de los indios. No los exterminaron, los necesitaban. La población indígena comienza a recuperarse en el XVII, pero sobre la fuerza-trabajo de indios se encarama la entera sociedad colonial. Todos. Corregidor, hacendado o minero, criollos y españoles, para repartirse la mano de obra local y pillar sus tierras. A ese sistema de explotación se suma el curaca y la nobleza india. Y siento decirlo, también los curas.

Franciscanos y dominicos fueron la primera ola evangelizadora, y a los indios, los protegieron. No lo olvidamos. Pero los reemplazan curas doctrineros. Cómo vivían es de espanto. Lo cuenta Huamán Poma de Ayala: “los dichos padres de las doctrinas (…) tienen muger yndia por manseba” y “solteras” para “hilar y texer, como alcagüeta” (p. 542, edición Murra, 2013). Y con el Corregidor el cura “nos rroba”. Tenían cárceles propias y pegaban. Estos curas doctrineros amancebados tenían una media de 20 hijos.

¿Solo el abuso con los indios? Por desgracia no. El alto clero compite en corrupción con el mundo criollo. Su comportamiento escandaloso lo describe, con horror, Jorge Juan y Antonio de Ulloa. “Dase noticia de la conducta y graves desórdenes de su vida, en particular de los religiosos” (Noticias secretas de América, p. 501). El ayer colonial no fue solo procesiones, santos y santas. Lo que vieron esos dos marinos españoles era un clero con “la primacía del concubinaje”.

¿Un mea culpa por la Santa Inquisición? No encuentran muchos cismáticos y judíos y se dedican a aplicar tormentos a mulatas como Teodora Villarroel, iqueña, que se jactaba de sortilegios. O a mujeres como Ana de Castro, acusada de judaizante, en realidad vendía sus favores —hermosa mujer— a los virreyes, y la torturaron, la pasearon con sambenito y la quemaron. ¿Quién lo dice? Ricardo Palma (Anales de la Inquisición). Fue una institución que nos inicia en supersticiones y delación. Algo nos queda. Chismes y colgar sambenitos.

Un mea culpa debe incluir los siglos de inútil metafísica de las universidades virreinales cuya escolástica denuncia Javier Prado en El Estado social del Perú en 1894. No tuvimos ciencia colonial ni a tiempo se estudia a Descartes, ni a Kant ni se toma el camino de los estudios empíricos y del racionalismo. Herederos de la Contrarreforma. Dogmáticos hasta las cachas. Hasta nuestros días.

El mea culpa debemos emprenderlo también los intelectuales. Cuando declina la intolerancia de la Iglesia contrarreformista, la reemplazan en Perú las ideologías. Y nuevas inquisiciones, hoy de seglares. La caza de brujas se hace en pomposas cátedras de sesudos profesores que pontifican. Partidarios de la lucha armada que nunca han corrido riesgo alguno. Me hubiera gustado, Padre, que algo se diga sobre la necesidad de estudios de ciencia y tecnología que nos hacen falta, para transformar justamente la naturaleza sin herirla. Entiendo que Adán era el jardinero del Edén. No su sirviente. Y que no es conveniente reemplazar el Dios del Antiguo Testamento por un culto medio pagano del Dios Medio Ambiente, intocable. Algunos lo van a ver así. Digo yo, es un decir.

Publicado en El Montonero., 13 de julio de 2015

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Obama y una isla que quiere ser Nación

Written By: Hugo Neira - Jul• 06•15

¿Por qué habría Obama que cerrar la mano a los hermanos Castro? El presidente americano no saludaría a un tipo de economía y régimen sino a una nación. La independencia cubana a fines del XIX fue distinta. E intervinieron los americanos. Es una larga historia, y merece una apretada sinopsis.

Nuestras independencias suramericanas ocurren entre 1810 y 1830, en Cuba mucho más tarde, entre 1895 y 1898. Paréntesis decisivo. Millones de emigrados españoles se habían instalado en el Caribe, y se aferraron a Cuba, Puerto Rico y Filipinas, últimas colonias. Fue una guerra feroz. Los generales españoles optaron por “tierra arrasada”. Fue una guerra tardía. Un siglo atrás, las naciones latinoamericanas habían enarbolado principios independentistas sin carga de reivindicación social, salvo Bolívar que en el Cusco se puso a dar leyes para favorecer los indios, irritando a los conservadores. Cuba agenda dos revoluciones y no solo una. Luego de salir de España, una generación de revolucionarios se propuso liberar La Habana de Batista, Sodoma y Gomorra entonces capital de gánsteres.

Cuba ha tenido siempre una dramática vecindad con los Estados Unidos. En su guerra independentista contra España se entrometieron los yanquis. Un inesperado atentado contra un barco americano, el Maine, provocó una intervención fulgurante. ¿Qué hacía un acorazado en las aguas de un país caribeño en plena guerra? Tras el hundimiento del Maine, nada pudo detener la movilización de voluntarios americanos; cerca de 200 mil. Pronto se prueba la obsolescencia de la marina española. Y en tierra, el ejército español capitula en la provincia del Río. Pero la intervención norteamericana no salva la causa patriota, la trastorna. La isla es ocupada: la Enmienda Platt permite el control de la isla de 1899-1902. Por muy poco, Cuba pudo ser un anexo como Puerto Rico.Y créanme, no les gusta, ni lo olvidan.

Cuba se halla en el Caribe. “Patio trasero” de América. Con las repúblicas suramericanas, los problemas con la potencia del norte la más de las veces son los de una dominación diplomática, financiera, política, pero siempre indirecta, sin intervención directa o militar. Abajo del Canal de Panamá, jamás se ha visto la bota de un U.S. marine. Otra cosa es el Caribe. «Entre 1898 y 1965, se cuenta unas 400 intervenciones de los Estados Unidos en 23 países, totalizando 25 años de ocupación juntando Cuba, Haití y Nicaragua» (Encyclopædia Universalis, 1975).

Obama sabe todo eso. En Fidel Castro, el mundo ha dejado de ver un dirigente comunista, y ve un líder anticolonialista. Ha sido ambas cosas. Lo primero no ha sobrevivido a la prueba de los hechos. Lo segundo sigue vigente. Por mi parte he estado varias veces en Cuba, guardando mis distancias ante el modelo cubano. Y he indagado, en abierta discusión, por las razones de la popularidad, pese a todo, de Fidel y Raúl. Y de los que se batieron en Sierra Maestra.  A ningún líder suramericano se le ocurre ser la continuidad del libertador San Martín. En cambio los cubanos ven a Martí y a Fidel muy cercanos.

Es la idea de Soberanía quien recibiría el apretón de mano del presidente Obama. Los cubanos cambiarán de régimen —es de esperar— sin por ello ser norteamericanos. Sé que muchos no me van a entender.  Pero no todo es economía ni costo/beneficio en esta vida. Cuentan los sentimientos profundos, los arraigos.  “Patria o muerte” no quiere decir socialismo o liberalismo. Esas son ‘políticas’, todas opinables. Quiere decir a secas, patria. Si no se entiende no se entiende nada. La lección cubana nos debe dejar una sola preocupación: ponernos la mano en el pecho y preguntarnos qué clase política o ciudadano de a pie piensa, aun fuese un minuto, en la idea de patria. Y no solo en los intereses particulares.

Publicado en El Montonero., 06 de julio de 2015

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Partidos políticos. ¿La soberanía del pueblo?

Written By: Hugo Neira - Jul• 06•15

Este artículo lo escribí en el 2002. Todavía era profesor en la Universidad del Pacífico, en Tahití. Me lo pidió Abelardo Sánchez León. Creo que su sentido está intacto. Al punto que me sirve para mis clases sobre qué cosa son los partidos políticos. Lo publicó Quehacer que era una excelente revista de izquierda. Cuánto lamento que haya desaparecido como la también excelente revista de Carlos Franco y Héctor Béjar, Socialismo y Participación. Claro que hay una crisis de la izquierda, teórica y práctica. No compran sus revistas. Es alarmante la ausencia, con la agitada vida social que tenemos, de revistas teóricas. Me lleno de vergüenza cuando viajo y veo la producción en esa rama en México, Brasil y Argentina. El que cree que la teoría no es necesaria es un imbécil. El día que nos surja un líder popular bárbaro y arase con todo, van a ver el costo de no tener ese beneficio. Lima tiene menos revistas inteligentes que cuando era la Lima de Mariátegui, habitada por dos cientos mil habitantes.

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Los que tenemos, ¿son todos los partidos que cabe tener? ¿Expresan lealmente a la sociedad peruana? ¿No podrían reciclarse? Este artículo en Quehacer nace dentro de un clima de vísperas, de elecciones municipales y regionales a puertas, de espera de una ley de partidos que discutirían los congresistas, o sea una ley de autolimitación de los políticos discutida por los mismos, no lejos de la ilusión de los ratones de la clásica fábula que aspiraban a ponerle un cascabel al gato. El partido político, hay que decirlo, como teoría y práctica nos viene de Occidente, como el álgebra, las ecuaciones de la termodinámica o el fútbol. No digo que sea un injerto estrafalario sino que lo hemos adoptado, como tantas otras cosas, hasta producir, como en el lenguaje corriente, la arquitectura, o en nuestra gastronomía, algo irreductible a sus lejanos modelos. El culto al caudillo, nuestros barrocos partidos populistas, la violencia y características tan particulares del senderismo, las modalidades de la corrupción en las elites, vale decir entre quienes menos estarían sujetos a la urgencia, tienen algún parecido a otras modalidades del despotismo o del abuso del poder, pero guardando un matiz exclusivo. Como el maíz morado o la hoja de coca, hay que venir al Perú para hallarlas, o padecerlas. Pero como en otros lugares, cuando la política falla, le devuelven su grandeza la gente común, como en las horas de la movilización contra la reelección de Fujimori.

Intentaré responder a las preguntas enunciadas líneas arriba, desde un espacio propio de libertad, fuera de los partidos. Como soy profesor, se me perdonará que las resuelva al interior de algunas consideraciones generales, las que siguen. Propondré que un partido político es una entidad respetable pero parcial y que aspira, por obvias razones, a una representación sobredimensionada. Luego expondré el tema de la democracia representativa como la única forma de legitimidad que la globalización admite, no sin dejar de decir que es un artificio jurídico, sin duda necesario, pero fundado en la incomplitud: no todos pueden participar en los actos de gobierno. La cultura del conflicto y a la vez de la tolerancia, son parte de la cultura democrática. Por eso los partidos tienen el difícil papel, no siempre comprendido, de enfrentarse y a la vez de entenderse. Un Parlamento, se ha dicho, no es sino una guerra civil sin balas. En fin, abordaré a los partidos políticos peruanos que tenemos, además de sus líderes, estilos y culturas propias (y hay una cultura aprista, como la hay senderista, o de derechas) acaso porque son una dramaturgia cargada de significaciones: en la escena pública exhíben lo que secretamente somos, ambiciones y debilidades, entre las cuales se haya nuestra propensión al poder personal, a asumirlo o a admitirlo. A desearlo y aborrecerlo, «Buscando un Inca» dijo Flores Galindo. No sé si esto satisface a quienes me invitan a escribir, pero no sé hacerlo de otro modo.

I – Partidos, ni tanto ni tan poco

Un partido político es un ente parcial. ¿Qué otra cosa puede ser sino la expresión de un grupo y no la generalidad? Como concepto lleva consigo la marca de origen; «partida» era en el viejo castellano un lugar, un territorio circunscrito, y en nuestra gramática «tomar partido» no es sino expresar un parecer circunstancial, casi lo hemos olvidado después de un siglo de arrogancia ideológica. Aprovecharé para decir que la propuesta de «partido único» no es sino un abuso de gramática, un oxímoron, como «claro oscuro», tolerable en poesía y abjecto en materia civil. Si es partido ya no es único. Y si es único ya no es un partido sino una religión civil, otra cosa, una expresión forzosamente totalitaria. Ahora bien, esa condición segmentaria y parcial del partido político, sea reformador o conservador, no les impide tomar la palabra en nombre del bien común, ni transformar el egoísmo de grupo en proyectos políticos globales, e involucrar a gente con identificaciones diferentes. Pero la idea esencial —yo no soy el todo— es algo que a los políticos de raza les cuesta admitir, y que al revés, a politistas y sociólogos nos encanta celebrar. La representación total de la sociedad, en efecto, es una quimera, un ensueño de dictadura, un sustituto empobrecido de las antiguas y sangrientas teocracias. No es lo político lo que en ello combato, sino el retorno de la discriminación.

El fenómeno de la fragmentación, que va unido a la libertad de los individuos, es inevitable. Comenzó hace siglos, con la Ilustración. La democracia contemporánea se basa en el supuesto, en parte cínico y en parte realista, de que los intereses de clase son opuestos y distintos, y que por lo general pueden negociarse. Ahora bien, el conflicto es siempre sorpresa; algunas buenas, como el fin del muro de Berlín, o malas, como el 11 de setiembre. La irreductible conflictividad no admite una respuesta definitiva. Pero esta idea de una historia que se desenvuelve ante desafios, en serial interminable de problemas, aterra a más de uno; les parece una reminiscencia del marxismo y de la tesis de la lucha de clases. En realidad, la realidad como constitutivamente inestable, como la vida misma, ha sido incorporada por casi todos los discursos sociales, incluyendo el liberal. Si esto es así, los partidos, en cada país, juegan un papel decisivo. Son los agentes de la integración y del conflicto. Son la salud y la enfermedad. Obedecen, en democracia, al postulado de la política como competición permanente, y en la era de la comunicación y los mass media, retoman el agon de los griegos. Los partidos no se pueden pensar sin el rival al que se enfrentan y, aunque no lo digan, los completa. El reproche vulgar de que son a la vez bomberos e incendiarios es injusto, pues ese dualismo es lo mejor que tienen.

Cabe preguntarse, sin embargo, si estamos preparados para esa gimnasia. Fuerte es la tentación de considerar al adversario como al enemigo, lo cual es el fundamento del totalitarismo (Cf. el pensador alemán Schmitt). Si una parte de la clase política lo percibe así, se pierden y nos pierden. Resultaría casi imprescindible tomarse las cosas deportivamente, como un juego de rivalidades calculadas, atemperadas por las buenas maneras y el talante democrático de soportar al rival. Ese vínculo conflictivo, a la vez rivalidad y alianza tácita —para que la palestra permanezca, parlamento o comicios— es la tenue frontera que nos separa de la abierta guerra civil. Entenderlo no es fácil, hay que ser un poco griego. La oposición de contrarios. En fin, más cercana, la ejemplaridad de los políticos en la Transición española, que podría inspirarnos. Y aunque no estemos en los goces de una economía del bienestar, algo habrá que hacer para que las clases políticas se civilicen, en el sentido que le dio al proceso civilizatorio Norbert Elias, es decir, se autoimpongan reglas y límites, aunque solamente en Lima fueran la forma como verbalmente se tratan y maltratan. No hacerlo es prepararnos para nuevas barbaries.

Hay que entender, en segundo lugar, a los partidos políticos como parte de una democracia representativa, es decir, de un vasto sistema de mediación, listos para interceder entre los ciudadanos que se dispersan luego de votar y los ámbitos, a menudo cuasi sagrados, donde se toman las decisiones: Congresos, ministerios, Palacio. En otras palabras, encarnan la voluntad general y al mismo tiempo la mediatizan. Aquí viene un problema, hay que decir, irresuelto, y del que nación alguna escapa. Si es cierto que negar los partidos políticos es rechazar la democracia representativa, admitirlos sin la ilusión de otra alternativa es aceptar el principio absolutista de la delegación del poder, es decir, bajo las fórmulas de legitimidad hoy vigentes, gobernar es asunto de unos pocos. Es la objeción de Marx, de los anarquistas y hoy de los partidarios de la sociedad civil y de los hiperliberales. ¿Quién, por otra parte, se atreve a proponer la abolición de la mecánica representativa? Además de las monstruosidades dictatoriales, cada intento de democracia directa en el siglo XX, desde los concejos anarquistas de Durriti en la guerra civil española, o los frecuentes de concejismo obrero, se saldaron con un doloroso fracaso. La democracia en sociedades de masas, desde sus orígenes, está sujeta a esa maldición, la intermediación. Hasta nuevo aviso, elegimos a quienes nos mandan, y el poder siempre está lejano. Acaso por ello la actitud ante los partidos suele ser esquiva. Desaparecen bajo las tiranías, con las transiciones o salidas del autoritarismo reverdecen, en los períodos de paz social languidecen, cuando las cosas no van bien, reciben las peores críticas. Contrariamente a lo que puede pensarse, no tienen buena prensa. Para épocas aciagas, son el chivo expiatorio ideal.

II – Partidos en el Perú, por otra lectura

Un partido político es un grupo organizado y permanente cuyos miembros se reúnen porque comparten un proyecto político, ciertos valores comunes o, en ciertos casos, alianza de intereses. Esta definición sin duda no es exhaustiva, y reúne diversas (Goguel, Burdeau, Sartori, Lipset). Algunos añaden «para intentar convencer al mayor número de ciudadanos». Otros, «porque comparten una idea del bien común». Lo de «permanente» condena a nuestros partidos caudillistas, leguiístas, odriístas y otros. La duración es un criterio, deben superar el lapso de vida del fundador.

El principio de clasificación más decisivo se lo debemos a Duverger. Más que en el programa o el proyecto, puso el acento en la organización interna y en la importancia del régimen de sufragio. Es éste el que crea los partidos y no al revés. Con una proporcional tenemos unos resultados, otros con escrutinios a mayoría simple; de eso dependen, y no de darles reglamentos que sólo pueden afectar al sistema de financiamiento. Ahora bien, con arreglo a esta caracterización que por el momento es canónica, partidos de notables, de masas, de cuadros, de militantes, de electores, podemos entender de otra manera nuestra propia historia. Hay en efecto una lista de partidos históricos que proporciona la ONPE, y por Internet. Esta lista llega a 115, el primero en 1871, el Partido Civil, fundado por Manuel Pardo y que gobernara repetidas veces hasta 1912, y el último que registra es Solidaridad Nacional, en 1999, de Luis Castañeda Lossio. No me parece. Se establece una continuidad que es ficticia, por cronológica. Existen diferencias de natura entre las organizaciones anteriores y posteriores a 1931, el año del voto secreto y universal. Otra clasificación es posible.

Propongo distinguir tres grandes momentos y familias de partidos. El primero, de 1871 a 1931, que es un sistema de clubes políticos, tanto el civil —y el cacerista, pierolista, leguiísta— o sea emanaciones de la misma clase dominante. Un tiempo de régimen censitario, con partidos de notables anteriores al sufragio universal. Uno segundo, de 1931 a 1990, con partidos de masas, de fuerte coloración mesiánica —el comunista, socialista, la unión revolucionaria— y, claro está, el aprismo, partido paradigmático de este período, lo digo sin ser aprista, cuyo modelo de organización, a la vez clasista y espacial, fue imitado por una serie de partidos, incluyendo los de la múltiple izquierda. El sistema multipartidario se interrumpe en 1968, y reaparece en los ochenta. Su momento culminante es el retorno de Belaunde, en las municipalidades Barrantes y Alan García en las presidenciales. En fin, hay un tercer período. Desde 1990 aparecen nuevos partidos, son máquinas electorales, aunque «Libertad» y el FREDEMO de Mario Vargas Llosa parecen revivir la tradición ideológica, esta vez del lado liberal, pronto se disuelven. La mixtura de partidos que aparece responde a otro sistema de organización, son «partidos atrapa todo». Catch-all-party. Esta modalidad incluye a las organizaciones fujimoristas, pero también a sus opositores, como Perú Posible y a la nube de independientes de estos días. Los partidos del período anterior, sin embargo, permanecieron. ¿Qué sistema es éste, que abarca organizaciones tan disímiles, ideológicas unas y pragmáticas otras, estructuradas o laxas, y de lealtades distintas? Diré simplemente una verdad de Perogrullo: ese estado de cosas expresa la heterogeneidad de la propia sociedad peruana. La boga de los «independientes» dice a las claras la crisis de confianza de la sociedad ante los partidos y políticos conocidos; no se ha llegado al grado argentino, pero poco falta. Hay un electorado flotante, de una saludable deslealtad grupal, sobre todo en los Conos, como observó bajo el fujimorismo Martín Tanaka. No una antipolítica sino una media política, el toma y daca del corto plazo, y la ausencia de lealtades duraderas. Un reparo. Los accidentes (Fujimori es uno de ellos), la ausencia de continuidad, han impedido que la democracia partidaria genere una clase política profesional. Ésta precisa de acumulada experiencia. Nuestros políticos no siguen el cursus honorum de otros sistemas. No son antes de candidatos presidenciales, ministros, administradores de algo que no sea sus propias ambiciones. El poder, desde hace decenios, es un lugar para la improvisación. Entre tanto, crece la incertidumbre, no por exceso de clase política sino por su ausencia. Y se acentúa uno de los rasgos más grave de nuestra cultura politica: la extrema personalización del poder.1 La democracia, ¿puede ser mejorada? ¿Sólo ofrece la consolación de cambiar los gobernantes sin violencia, como lo afirmara Karl Popper? Desde el enunciado de esa premisa por el gran liberal, algunas cosas han pasado, y también por casa. No quiero estimular ningún nuevo mito, ninguna nueva mentira, pero es cierto que ha crecido la sociedad civil en países ricos y en los pobres. Los abusos de la representatividad pueden ser corregidos, además de jueces, por una corriente intensa de «consultismo». En el fondo, no escapamos a una vieja controversia. Los «representativistas», de Stuart Mill a Giovanni Sartori, consideraron que los ciudadanos no pueden ocuparse todo el tiempo de la cosa pública, como en Atenas, donde trabajaban los esclavos, y de ahí, por consiguiente, la necesidad de una elite responsable. La argumentación ha permanecido en pie dos siglos, pero hoy se deteriora. Por un lado, las elites no han resultado tan responsables, la corrupción es un problema generalizado. Por otro, los ciudadanos tienen hoy en día medios para responder a diferentes cuestiones, eso también es la globalización, la información, los referéndum, las leyes por iniciativa popular, y que no todo tenga que pasar por las manos de los elegidos. Los partidos políticos son necesarios, pero puede que tengan que compartir un poco más de proscenio y decisiones. Dejar asomar otros rostros, otros actores. Aumentar la representación, no deprimirla, volver en nuestro caso a la Cámara alta y baja, innovar con Parlamentos regionales. Más democracia para sanar la democracia de partidos. Gran conquista, sin duda, pero que comienza a quedarnos corta. Como en Venezuela, como en la Argentina.

1 Los partidos «panacas». Raúl Porras, 1957. «Creo yo sinceramente que en el Perú, durante toda nuestra primera etapa republicana, no ha habido partidos, sino «panacas», a la manera incaica. En el Perú se ha eludido, no han podido existir nunca los partidos de principio ni los partidos de masas, sino los partidos individualistas, coaligados por pasajeros intereses personales, y esto proviene, principalmente, de las «panacas» incaicas. La panaca era una organización destinada a mantener el prestigio y la validez de la personalidad de la momia y, además, a beneficiarse con los productos de la momia, o sea que la panaca recibía la ración de la descendencia del inca, y como mantenía ese culto de la memoria incaica, recibía sus raciones de chicha, de coca, de maíz y de llama. De modo que la panaca tenía la obligación de sacar la momia del inca y de cantar las hazañas del inca y hacerla prevalecer contra las demás panacas incaicas. Toda la vida incaica es una lucha tremenda de odios, de celos, de emulaciones entre las diversas panacas. La historia incaica es toda, únicamente, la rivalidad entre las diversas panacas que se atribuyen y se arrebatan los hechos de unos incas para beneficiar los respectivos partidos o descendencias de éstos. Y ésto es lo que ha ocurrido en la política del Perú. No tuvimos partidos liberales efectivos, ni conservadores, con orientaciones auténticas y con masas organizadas, sino que tuvimos simplemente partidarios de los caudillos, de las personalidades y, a veces, de la personalidad muerta, de la momia del caudillo que sigue viviendo y recibiendo su parte de chicha, de maíz y de coca. En el Perú no hemos tenido esos grandes partidos de ideas, esos grandes partidos renovadores que transforman la realidad económica y la política de un pueblo, sino que simplemente hemos tenido sustentadores del libertador tal o del califa cual. Y así hemos tenido el pradismo, el pierolismo y el cacerismo, luego el pradismo, el leguiísmo y el sanchecerrismo, y no sigamos adelante para no llegar a la historia actual» (pero hace la salvedad del partido demócrata de Piérola, de socialistas, comunistas, del partido del pueblo y de los demócratas cristianos).»

Legislatura extraordinaria de 1957. En: Raúl Porras, parlamentario, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 1999, p. 390.

 

Publicado por DESCO, en la revista Quehacer n° 136,  Mayo/Junio de 2002

Cuando la política era total entrega. Una carta

Written By: Hugo Neira - Jun• 30•15

Un antiguo conocido me escribe. En carta sincera y conmovedora dice verdades de a puño. La publico con su consentimiento luego de volverla anónima. Su estatus actual obliga a esa precaución. He aquí alguien que sigue siendo de izquierda pero la actual, lo lleva a abstenerse. A la lucha de clases le dedicó generosamente parte de su vida. (HN)

«Acabo de leer tu extraordinario artículo sobre la izquierda peruana, lúcido, preciso y puntilloso. He visto reflejado al ‘Mauricio’ (nombre ficticio) de las décadas de 1970 y 1980 en muchas partes. Soy de los que pensaban en los 80 que lo de Velasco había sido reformas fascistas porque habían fomentado el corporativismo y el mercantilismo que ya se hizo insostenible en la siguiente década con los gobiernos de Belaunde y García. Combatí duramente al APRA en esas dos décadas y hasta bien entrada la década de 1990. En mi partido (XY) el objetivo fue desprestigiar al APRA y a la Social Democracia y acumular fuerzas. Pertenecí pues a esa izquierda dogmática y pontificia de la que hablas. Luego trabajé en ZZ. Ahí me di cuenta de muchas cosas que quise comentar y compartir con mis amigos de la izquierda; los informales no eran una clase social, sus intereses no eran los del proletariado obrero ni los de los campesinos y que sintonizaban más con la idea de mercado que con la idea de revolución y que si se plegaban a las huelgas de la izquierda era para pelear por su sitio en la calle para desarrollar “su mercado”. Descubrí también que nuestra burguesía era mercantilista y que los liberales también los combatían. Descubrí que la crisis del gobierno aprista era la crisis de la región empeorada por el terrorismo y cómo no, algo o bastante de corrupción en el Estado. Nada de esto fue aceptado por mis amigos de izquierda, por mis compañeros de partido (camaradas solo usaban los prosoviéticos que eran imperialistas de Estado).

Ahí comienza mi crítica a la izquierda peruana, no al pensamiento progresista, hay que diferenciar. Sigo considerándome un hombre de izquierda aunque ya no milite, más por mi convencimiento de una necesidad de reparar iniquidades e injusticias en el país que por consignas ideológicas. La izquierda peruana perdió el rumbo, confundió el camino del progreso por seguir en la vía revolucionaria y cuando se topó con el muro de la realidad (fin de la guerra fría, caída del muro, reforma del sistema chino) prefirió ignorarlo y trató de seguir el mismo camino cuando las “condiciones objetivas” que eran parte del discurso de izquierdas cambiaron.

¿Qué cosas no vio la izquierda peruana?

1- Las grandes reformas sociales en el Perú provinieron de dictaduras, al margen de partidos y lucha de clases sobre todo pienso en el derecho al voto de la mujer durante Odría y la Reforma Agraria durante Velasco.

2- La crisis de las décadas de 1970 y 1980 son crisis regionales, en el Perú siempre nos miramos el ombligo y sobre todo la izquierda. ¿Nadie se dio cuenta que en esas dos décadas todos los países de la región estuvieron en crisis? ¿Que todos cambiaron de moneda dividiendo entre mil su valor como en el Perú? Cuando yo era chico la moneda de Chile era el escudo, la de Brasil el cruzeiro, la de Argentina el peso, la de Ecuador el sucre, así como la del Perú era el sol de oro; hoy la de Chile es el peso, la de Brasil el real, luego de haber sido cruzeiro, nuevo cruzeiro, cruzado etc; la de Argentina es nuevamente el peso luego de ser el austral y el peso convertible (equivalente a un dólar), la de Ecuador el dólar americano y así sucesivamente, a todos nos pasó lo mismo, el pago de la deuda.

Es un error pensar que fue solo por culpa de un mal gobierno de García y el APRA. Ahí nació el descrédito de la clase política que no es exclusiva del fujimorismo como todos repiten ahora, era el discurso de la izquierda peruana durante la década de 1980 tanto para el gobierno “genuflexo” de Belaunde como el “corrupto” de García, los partidos Acción Popular, Partido Popular Cristiano y el APRA servían —decía la izquierda— a los intereses de la burguesía (en algunos casos eso era cierto debido al mercantilismo); y se vendió la noción de que la política era corrupta e inútil, dos de esos partidos nos metieron en la crisis de los ochenta, pero incluso la misma izquierda no dejaba de insultarse entre sí, había los social imperialistas del PCP, los infantilistas de izquierda del trotskismo, los dogmáticos del maoísmo, cada uno se sentía dueño de la verdad y no dejaba de insultar a los de la misma izquierda, es por eso que desacreditados los partidos políticos, gana la elección a la alcaldía de Lima Belmont (el primer outsider) en 1989 y luego Fujimori en 1990. Desde los 80 y no desde los 90 la política peruana se convirtió en un vertedero de insultos y descalificaciones que nos han llevado a donde estamos ahora, donde todos son corruptos y la gente busca outsiders donde sea.

3- La gran mayoría de los peruanos (más del 70% u 80%) son empresarios, grandes, pequeños y microempresarios, incluso los campesinos. La gran mayoría de los peruanos tiene casa propia e ingresos independientes o es propietaria de sus medios de producción, en consecuencia, hablar de un proletariado revolucionario o un campesinado revolucionario es un sinsentido. La izquierda no ha podido darse cuenta de eso y sigue repitiendo consignas de los años 1930, 1940 o 1950, el Perú ya no es el de Mariátegui, ni siquiera el de Velasco, el rostro del Perú (y el del mundo diría) es otro y en consecuencia se necesita nuevas políticas de izquierda, más o menos inclusivas, más o menos promercado y más pensando en el desarrollo humano que en la expropiación de los medios de producción.

En resumen el gran pecado de la izquierda peruana es haberse estancado, no haber evolucionado con los tiempos y con los nuevos conocimientos. , así como la economía no es la de mediados de siglo XX. La minería también ha evolucionado, el concepto de mercado ha evolucionado y con ellos las aspiraciones populares, hoy en su mayoría tienen casa, servicios, artefactos eléctricos, celulares, computadoras, etc. Lo que falta es un Estado eficiente que atienda las necesidades de salud, educación y seguridad y no necesariamente administrándolo el Estado mismo, lo importante no es la propiedad sino que los servicios lleguen al pueblo.»

Publicada en versión abreviada en El Montonero., 29 de junio de 2015

http://elmontonero.pe/columnas/2015/06/cuando-la-politica-era-total-entrega-una-carta/

Posdata: Hace dos días que no tengo servicio de cable en donde vivo, una parte de Surco. Fallas de Movistar. Hoy lunes, para ver el partido por televisión, tuve que ir a un café de Miraflores. Movistar no da la talla. Nos hemos quejado pero es inútil. En su tipo de servicio se nota cómo tercerizando, basta que algún service de segunda que alquilan falle para que la cadena misma de transmisión colapse. Las ventajas del neoliberalismo son visibles. Se nota cuánto ganamos en calidad de servicio cuando de lo que se trata es ahorrarse gastos en personal, derechos sociales, o inversión en personal competente. Este capitalismo de cuarta categoría es el que se ha instalado en nuestro país.