La amistad entre Einstein y Haya de la Torre                                                

Written By: Hugo Neira - Jul• 11•23

En una columna anterior, les conté cómo conocí a Cossío del Pomar, en Gandía, España. Ahora, quisiera entregarles algo de su prosa, un extracto de su Biografía de Haya de la Torre, que salió en México, en 1969, en especial el capítulo sobre la amistad de Haya con Einstein. El peruano Haya de la Torre, tan intelectual como político, conoció o frecuentó a los grandes espíritus de su época y no les dejó indiferentes. Estuvo en la encrucijada intelectual de su tiempo. Y fue el mentor de la izquierda democrática en el continente. Obviamente, con ese capital simbólico, nunca lo dejarían llegar a ser presidente del Perú. Más pudieron las alianzas antiapristas. Los dejó con Cossío y su capítulo «Einstein y Víctor Raúl».* 

                                                                        ***

            En Estocolmo se entera Víctor Raúl de la muerte de Einstein. Desde ahí recuerda en una crónica aquel duro invierno en Berlín, donde vivió fecundas horas de preparación intelectual. Alternaba sus estudios con el imperativo de ganar el pan de cada día en un medio muy difícil para un extranjero. Ya hemos visto cómo, a raíz de su primera deportación, en Berlín, se enfrenta a todas las dificultades, decidido, en cambio, a enriquecer sus conocimientos y experiencias.

            Por entonces desempeñaba el cargo de secretario del Wirtschaft Institut Lateinamerika, fundado por el profesor alemán Alfonso Goldschmidt, autor de cuatro libros muy útiles sobre problemas económicos indoamericanos. En la biblioteca de Goldschmidt, en Grunewald, encuentra por primera vez a Albert Einstein, tan justamente llamado «Aristóteles de nuestro tiempo». Los ojos claros, bondadosos, del sabio se llenaron de simpatía al estrechar la mano del joven desterrado.

            La impresión que le produce Einstein es de esas que se graban profundamente en la memoria. Desde ese primer día en que Víctor Raúl se limita a oír la conversación entre los dos sabios, su curiosidad insaciable ahondará en las teorías einstenianas. Le sigue en sus escritos y conferencias, en las charlas que de semana en semana sostiene públicamente con Planck en la rotonda del Instituto de Ciencias. «Amables torneos verbales presenciados por gran número de gentes interesadas en los problemas de la Relatividad y el Cuanta».

            Con la pasión tenaz que pone cuando se interesa por profundizar un tema o llegar a dominar un conocimiento, Víctor Raúl no deja de leer nada de lo que escribe Einstein ni pierde nada de lo que hace. Ahí está en una velada de caridad realizada en la sinagoga mayor de la vieja Monbijoustrasse de Berlín para oírle tocar el violín (1930). ¡Con cuánta satisfacción comprueba sus mismos gustos! Al igual que el sabio, Víctor Raúl tiene su «violon d’Ingres» para abrir la compuerta a sus sentimientos. Sentado al piano, goza del ritmo sedante de las rapsodias de Mendel o las fugas impetuosas de Bach.

            La segunda vez que conversa con Einstein y las muchas veces que le siguen ya puede juzgar la trascendencia de la revolución que aporta a la ciencia sus descubrimientos. Ya Víctor Raúl está capacitado para juzgar por sí mismo la obra del sabio. Siempre ha sido así. Siempre quiere tener una opinión propia sobre las ideas y los hombres que conoce. Afirmar el íntimo convencimiento de su valor:

                        «Einstein —debo confesarlo— ha sido para mí el hombre más egregio de nuestra época, y ningún otro ha concitado tanto mi humilde admiración. Su bondadosa simpatía, sus palabras de aliento, son privilegio de mi vida. Y acaso porque su generosidad era amplísima con los jóvenes, un día, en casa de Goldschmidt, me hizo una amable broma. Súbitamente me dijo:  —Como usted y yo somos coautores de un libro… Y riendo de mi estupefacción me recordó que en 1926 se publicó en homenaje a Romain Rolland el lujoso Liber Amicorum, que prepararon Máximo Gorky y Stephan Zweig para honrar al autor de Jean-Christophe en su 60° aniversario. Conocida por ellos mi filial amistad por Romain Rolland, los compiladores me otorgaron un lugar en aquel volumen, honrado por las firmas más ilustres del mundo. Y ahí figuraba, claro está, el tributo de Einstein.

—Sí, mi amigo, en el Liber Amicorum, de nuestro amado Romain Rolland, agregó muy alegre de verme un tanto confundido.

            En el fondo la broma correspondía a la sincera admiración que Einstein sentía por su joven amigo. Más tarde la haría pública al declarar al escritor norteamericano R. Josephs: «Haya de la Torre es uno de los pocos hombres que entiende a fondo la teoría de la relatividad, y puede explicarla en términos filosóficos». Esta opinión sobre Víctor Raúl la adquiere el sabio después de largas charlas, que le permiten calar su entendimiento. A Einstein le deleita oír al político peruano aplicar con exactitud sus teorías a esas tierras que vieron nacer culturas remotas creadas por el hombre, precariamente, sobre el cuerpo contorsionado de la naturaleza, que lo empuja hacia abismos. Pocos describen Machu Picchu, con su equilibrio de masas, su sentido de simetría, su sentido de estructura. Árboles que hienden paredes, levantan bloques de piedra de sus cuencos y engullen ciudades alguna vez poderosas.

            El buen humor de Víctor Raúl no puede faltar en estas conversaciones «serias». En notas de su libro Ex combatientes y desocupados, figura una agudeza que relata a Einstein por aquella época: «Un chiste científico del astrónomo bonaerense Martín Gil. Al oírlo, el sabio rio de buena gana y halló coyuntura para decir cuánto le había llamado la atención, al visitar nuestro continente en 1923, la perspicacia y la viveza imaginativa latinoamericana. Martín Gil había dicho que toda la teoría de la relatividad se basa en el principio absoluto de que la luz viaja en el espacio con la más grande de las velocidades conocidas —300.000 kilómetros por segundo— y que, en consecuencia, un rayo solar tarda en llegar a la Tierra ocho minutos. «Yo conozco una energía —decía, más o menos textualmente Martín Gil— de velocidad mayor que la de la luz, y es la del pensamiento. Mientras ella emplea en venir desde el Sol a la Tierra ocho minutos, yo voy con mi pensamiento al Sol y vuelvo en dos segundos».

            Con cuanta consternación se entera Einstein del peligro de muerte en que está su amigo en el Perú. Entre los múltiples telegramas que recibe el gobierno de Sánchez Cerro, el de Einstein es uno de los más sentidos y apremiantes. El texto de aquel mensaje, redactado con señera sobriedad admonitiva, pide «se respete la vida del hombre que es honra y prestigio para el continente americano». Víctor Raúl declarará más tarde: «Es ciertamente una de aquellas grandes e inmerecidas compensaciones que la vida depara, cuya fuerza moral sirve de compañía y estímulo en los silencios adversos.»

            En 1947, Víctor Raúl vuelve a encontrar a Einstein gozando de la tranquilidad que le ofrece la Universidad de Princeton. El reencuentro no puede ser más grato. ¡Es tan plácido rememorar con un amigo los días pasados! Ha terminado la locura guerrera de Alemania. Víctor Raúl encuentra el maestro envejecido después de dieciséis años. «La rara luz de sus ojos brillaba siempre igual desde el fondo de su portentosa mente. La misma voz suave y pastosa, casi paternal, en el diálogo, pero con una novedad.  Ahora, Einstein hablaba en inglés, no muy claramente —honraba así el idioma de su tierra de asilo—, mas en cuanto comenzaba a tocar temas profundos se deslizaba casi sin dejarlo sentir hacia la lengua alemana. Entremezclaba ciertos vocablos germanos con los ingleses (Zeit, Bewegung, Materie, etc.), y luego entraba de lleno en el caudal de su lengua nativa durante largos periodos. Entonces su pensamiento parecía más denso y luminoso.»

En la sencilla casa de Princeton, Víctor Raúl fue huésped bienvenido. La primavera en el norte de los Estados Unidos es incomparable, como son incomparables los campos en esas universidades levantadas con espíritu y amor, tan ajenas al tradicionalismo de las universidades estatales. 

            Paseando por los cuidados parques de Princeton, en inglés y en alemán, reanudaron el diálogo. Poca atención prestaba Einstein al relato de los trances políticos de su amigo. Por otro lado, en palabras de aliento, le instaba a continuar su proposición sobre el espacio-tiempo histórico, que tanto provecho tendrá para la Humanidad: «Me estimuló a seguir —recordará Víctor Raúl— en el significado subjetivo del espacio-tiempo, no solo perspectiva en la historia según mi interpretación, sino conciencia de ella.»  Y luego repitió, en inglés, con mucho convencimiento: «Parece tan lógica su proposición que podría servir de base a toda una teoría. ¡Cuánto me gustaría verle emplear todo su tiempo en seguir estas investigaciones!».

            Hay varias fotografías que muestran a Einstein y Víctor Raúl en sus diarios paseos. Siempre en charla. Dada la insaciable curiosidad por todo lo que represente valores espirituales, ya podemos suponer los intensos momentos felices vividos por Víctor Raúl. Lo que más le admira es el claro optimismo del sabio respecto a las grandes posibilidades del uso de la energía atómica para fines pacíficos. «Cuando yo le expresé que en mi sentir, con aquel nuevo y prodigioso poder del hombre sobre la Naturaleza, vendría la revolución que realmente transformaría al mundo», respondió en alemán: «Son nuestras seguras esperanzas y también nuestros deseos. El deseo de dos pacifistas sinceros.» Al mostrarle Víctor Raúl una cajita que acababa de recibir de la revista Time, de Nueva York, conteniendo unos fragmentos de tierra radiactiva de Hiroshima, Einstein le aconsejó que tuviere siempre lejos aquel regalo.

En las calles de Estocolmo se entera por los titulares de los periódicos de la muerte de «El padre de la física nuclear». A un grupo de jóvenes oyó lamentar la desaparición: «El más grande sabio del mundo; el descubridor del E igual Eme v dos (E= m v 2)». «Acaso sobre su tumba —pensó Víctor Raúl— sea esa fórmula primicial de la edad atómica el mejor epitafio».

* Cossío del Pomar, Felipe, Biografía de Víctor Raúl Haya de la Torre – Periodo 1931-1969, Editorial Cultura México DF., 1969, pp. 283-286. 

Publicado en El Montonero., 10 de julio de 2023

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La sociedad heteronómica  

Written By: Hugo Neira - Jul• 03•23

La heteronomía es un concepto que aplica a la sociedad peruana. En griego, hetero es el otro. Lo que influye fuera de uno. Y heteronómico es el individuo que se determina por algo externo. El concepto de heteronomía es técnico, procede de la filosofía, se opone al de autonomía, y procede de Immanuel Kant. Ahora bien, no es un concepto más sino uno decisivo. En el kantismo, por razones morales, es una falta “si un agente individual o colectivo no se da a sí mismo la ley a la que está sometido”. La heteronomía impide al individuo asumir su libertad y su responsabilidad si se deja llevar “por principios que lo hacen depender de objetos exteriores”, dice el filósofo francés Luc Foisneau (Encyclopédie Philosophique Universelle, “Les Notions Philosophiques”, PUF, París, 1990).  Es más que eso, es una tara: la heteronomía de la voluntad “es la fuente de todos los principios ilegítimos de la moralidad” (Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres).

En nuestro tiempo, el filósofo Castoriadis recupera el concepto de Kant para un uso sociológico, psicológico y ético. El individuo se degrada en la heteronomía y entonces no es un ser autónomo, “sino alguien que toma decisiones desde el exterior de su mismidad”. Es el caso del sujeto manipulado por las ideologías de masas, la propaganda emocional de los autoritarismos o la seducción de un líder carismático. O alguna religión opuesta a la modernidad. Castoriadis —economista, filósofo, comunista griego, desencantado por el estalinismo— emigra a Francia y junto a Edgar Morin, fueron la crítica de izquierda del comunismo, con la revista Socialisme ou Barbarie, que salió entre 1949 y 1965. Castoriadis se propuso, como lo dijo Patricio Lóizaga en su Diccionario de pensadores contemporáneos (Emecé, 1996), “repensar en todos sus aspectos la sociedad”. Fue profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales en París, donde me formé. No se puede resumir semejante esfuerzo en una columna, pero podemos citar a Lóizaga: “La enfermedad de las sociedades modernas es que esperan que el sentido de la vida y de su muerte les sea provisto por otra persona, institución o Estado”. En cambio, Castoriadis sostuvo que “el sentido de nuestra existencia ya no nos puede ser dado por una religión o una ideología, sino que somos nosotros mismos los que debemos crearlo”.

Ahora bien, la heteronomía ocupa un espacio inmenso en la historia de la vida intelectual del Perú. O es la religión, como lo expliqué en mis libros y hace poco en este portal (somos los hijos de la Contrarreforma, de un catolicismo estatal, crecimos en un imperio hostil a la modernidad (https://www.bloghugoneira.com/no-clasificado/la-mentalidad-tridentina-y-sus-herederos-actuales), “La mentalidad tridentina y sus herederos”), o son las “leyes de la historia”, el marxismo, las que determinaron las grandes escuelas de pensamiento político.

Publicado en El Montonero., 3 de julio de 2023

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Viaje en torno a Felipe Cossío del Pomar  (2/2) *

Written By: Hugo Neira - Jun• 26•23

Cossío del Pomar era alto, un poco más alto que Víctor Raúl, y un poco su mayor, por seis años. Ambos norteños, Felipe piurano y Víctor Raúl trujillano y, dirá algún guasón, ambos apristas. Pues mire usted, no es tan evidente porque el aprismo no existía hasta que no saliera de los entresijos de esa misma generación, por lo que tuvo mucho de red de amigos, club de estudiantes levantiscos, de orden misional por las persecuciones y exilios, y finalmente de hermandad. Lo de la diferencia de edad cuenta. Porque don Felipe era ya un personaje que cabalgaba por el ancho mundo cuando los jóvenes de la Reforma se reúnen para oponerse a Leguía y luego, para fundar el aprismo. Cossío del Pomar —me cuenta, en Gandía— participa en la I Guerra Mundial. – ¿De qué lado estuvo? pregunté. – De los franceses, me responde. Y añade: – Pero no maté a nadie.

Había participado de voluntario, y entra al frente de guerra cuando los alemanes están a punto de tomar París, conduciendo una ambulancia de la Cruz Roja. En 1922 ya era doctor por la Universidad del Cusco y a la vez un conocido pintor y estudioso de temas artísticos. Es pues un hombre hecho y derecho el que se suma a una generación de muchachos un poco menores en edad. Se puede abordar ese vínculo de otra manera y estimar la capacidad de convocatoria de Haya de la Torre sobre gente cuajada y mayor como Cossío, o como Antenor Orrego (y como Vallejo antes de irse a Europa), se sumaron a ese aprismo matinal y a su joven líder. Esto para una historia sentimental del aprismo, que la explicaría mucho más que otras aproximaciones. Cossío y Haya se parecían, finalmente, por el vigor del cuerpo y del alma. Pero había diferencias. Acaso las estrategias de vida. Cossío del Pomar fue siempre un cosmopolita, un andariego, ya lo dije. Haya lo fue a ratos. Cuando estudiante, peregrino, por Buenos Aires. Luego Oxford, Berlín, Moscú. Por exiliado. Casi por fatalidad. Cossío no, viajes y estancias prolongadas eran su opción personal, y en la diversidad del mundo perseguía el mismo anhelo. ¿Cuál era? Nunca dejó de preocuparse por la vida peruana, el aprismo, la política para decirlo rápidamente. Pero su existencia era la de un creador en un dominio personal que conviene señalar.

Cossío se levantaba muy temprano y se ponía a pintar. Por la tarde, después que pasaba el agobio de las horas cálidas puesto que Gandía tiene buen tiempo todo el año, se ponía a escribir. Y por si fuera poco, tenía, por la tarde ya tarde, clases, observaciones a sus alumnos y alumnas de arte, o como lo pude comprobar personalmente, tiempo para la charla con vecinos o visitantes. Bebía casi nada, un poco de vino, moderado en el comer, y siempre alegre y activo. Ese ideal de vida, creativo y generoso con la vida y con los demás, entre los pinceles y la escritura, me admiraba. Y un día muy tranquilamente, sin ostentación personal alguna, me explica que eso era lo que hacía el Tiziano. Cualquier biografía de ese grande del Renacimiento nos dirá «que tuvo una larga y dilatada carrera». Nadie sabe la fecha de su nacimiento, se vacila entre 1475 según unas fuentes y 1488 en otras, pero como se muriera en 1576, lo menos que se puede decir es que se fue entre los 88 y 101 años. Lo cual, en cualquier época, sigue siendo una existencia particularmente longeva.

Cossío se dio tiempo para trabajar y publicar una quincena de libros, algunos de los mejores sobre la pintura colonial cusqueña, además de la estupenda bibliografía de Haya de la Torre, con información de primera mano sobre los pasos del joven Haya y al lado del ministro de Cultura del gobierno mexicano revolucionario de entonces, José Vasconcelos. Y de llevar adelante un tipo de pintura de caballete que hoy se puede visitar en Piura, según tengo entendido. Además de la correspondencia que se publica y comenta en este mismo volumen.

Acaso hizo algo que, hasta donde alcanza mi conocimiento, no hizo su vigoroso maestro, Tiziano. Montar esos talleres escuelas en donde se hacía algo más que aprender a mezclar colores, prepararlos, trazar un esbozo, y coger los pinceles. Entre el Renacimiento y nosotros, han ocurrido algunas grandes aventuras intelectuales y artísticas. En el XVIII, la Ilustración, la idea de la invención del progreso, de la posibilidad de perfectibilidad del género humano mediante la libertad del arte, la cultura. Y el placer del saber y la creación personal. Eran esos tiempos de Gandía, para mí, como de espera, y leía intensamente los clásicos. En las tardes de Gandía, hablando con don Felipe, sentía que no estaba lejos Diderot, por la voluntad de abarcar los conocimientos y de un Kant, el de la historia desde un punto de vista cosmopolita.

Cossío era extraordinario, en el diverso orden de las cosas. Si se publica la foto que le he enviado a Rafael Tapia, se verá que nos acompaña una mujer. Es una auténtica indígena mexicana con la que don Felipe se había casado, o en todo caso, su hijo, que no era el hijo de su carne. Lo había nombrado hijo y heredero. Era un hermoso muchacho indígena y es el que nos hace la foto. La vida de Cossío se descomponía entre una errancia interminable, pero a la vez fundadora, San Miguel de Allende, luego Gandía. En cada caso, casa escuela. A diferencia de otros grandes viajeros, los de Felipe Cossío del Pomar conducían de un extremo a otro del mundo, al mismo sitio: al tesoro de un bodegón o de un retrato. En el fondo no había ni migración ni destierro. La extravasación de todo lo vivido emanaba de nuevo en cuadros y papeles. Acaso en sus cartas, que no comentaré, es que no se percibe solamente al creador sino al ser humano.

De esa liturgia tranquila del pintar, escribir y conversar, don Felipe a veces se salía. Tengo que contarlo porque para eso me han invitado. Un día me buscan con desasosiego amigos y familiares. Don Felipe se había perdido en la mar. Con la complicidad de su hijo adoptivo, se había comprado, y en el mayor de los secretos, un velero.  Y como dos colegiales traviesos, se habían embarcado a su cuenta y riesgo. Naturalmente, el mar del grao de Gandía es bastante tranquilo, pero no su alta mar, y claro está, se perdieron. Ocurre que existe un punto en el mar muy conocido por los lugareños llamado el desguace. Es donde van a parar los restos de las naves de madera que se rompen o pierden, una suerte de cementerio natural de naves. Ahí fueron a meterse don Felipe, con el flamante velero, sus fogosos 90 años, y el hijo adoptivo. Los sacaron, por cierto, con la ayuda de la Marina Nacional. Una grúa levantó en peso al velero y a sus temerarios navegantes. Esa noche ya bien entrada llegaron los expedicionarios, el pobre velero izado como un muerto y ellos indemnes. Apenas puso pie en el muelle, don Felipe vino directamente hacia mí y, tomándome de los hombros y mirándome fijo a los ojos, me suelta a boca de jarro: – Hugo, yo siempre he soñado en ser Ulises. La verdad, he visto muchas cosas y conocido gente con coraje y admirable, pero esa lección de elegante sinrazón, de maravillosa y sana chifladura, no es posible olvidarla. No, no estaba loco, locos estamos los que no sabemos vivir con ese ardor y consumir nuestros días desde nuestras propias pasiones mientras tengamos aliento. Era un hombre fuera de serie. Pintor enorme, escritor, aprista de toda la vida, nómade y rebelde, maestro entusiasta, bondadoso. Regresa al Perú en 1981 para morir. Que lo sepan en Piura, donde lleva una galería de arte, y en San Isidro, cuya municipalidad lo recuerda. Se había ido a Nueva York porque quería volver a iniciar lo que hizo en San Miguel. Debe seguir viajando por algún punto de la Vía Láctea.

* Segunda parte del prólogo mío, entre otros, al libro «El aprismo es un acierto y una profecía». Cartas de VR Haya de la Torre a Felipe Cossío del Pomar (1948-1975), editado por del Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2009.

Publicado en El Montonero., 26 de junio de 2023

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Viaje en torno a Felipe Cossío del Pomar * (1/2)

Written By: Hugo Neira - Jun• 19•23

La estancia en Gandía

Felipe Cossío del Pomar vivió muchos años en Gandía, Valencia. Esta nota trata de esta estancia, y de nuestro encuentro fortuito, obra del azar y de amigos comunes. En realidad, don Felipe vivió mucho, en extensión, en intensidad, como se apreciará. Por la obra de don Felipe comienza a haber un culto en el Perú y es bueno que sea así, pero acaso no se conoce por entero sus andanzas y la nota presente, con ocasión de la publicación de la correspondencia del pintor y escritor Cossío del Pomar con Víctor Raúl Haya de la Torre, no tiene otra aspiración que completar la información sobre sus pasos y su vida. No trataré ni de sus libros ni de sus cuadros, ganas no me faltan. Mi contribución es más bien testimonial. Me ocuparé del Cossío del Pomar que conocí.

Don Felipe era lo que mis abuelas cusqueñas hubieran llamado un andariego. Es de todos conocido el episodio de su estancia de San Miguel de Allende, en México, donde fundó una escuela de Bellas Artes en un local que había sido convento y cuartel. Pues bien, algo por el estilo montó don Felipe en Gandía, España, ya no sobre los auspicios de un gobierno revolucionario como el mexicano de los años 20 sino el de la reaparición de la demanda cultural entre los españoles del milagro de la prosperidad post Franco. Y ahí, en ese punto de la geografía mediterránea, tuvo albergue, taller, trabajo, encargos, y alumnos y amigos hasta ahora lo recuerdan y lo aprecian. Hay galería de arte que lleva su nombre. Del peruano amable y sabio, ya de años, que fue a explicar qué era el arte del Perú antiguo, al tiempo que pintaba, cada mañana de su vida, unos lienzos donde la herencia de Paul Gauguin era visible. Esos verdes terribles y misteriosos. Y los ácidos azules.

Gandía, a poca distancia de la capital valenciana tiene playa muy concurrida, y grao, o sea puerto o ensenada en valenciano, y tiene ciudad, casco urbano, viejas iglesias, plaza y tiene solera. No es muy grande ni poblada, unos 85 mil habitantes —hablo de cuando iba con frecuencia—, ahora debe andar por los cien mil. No le falta nada y le sobra el exceso de las grandes urbes. A don Felipe siempre le atrajo esas villas intermedias, propicias al encuentro y a la vez al trabajo, sobre todo el suyo, artesanal, personal, recoleto. Un poco como Morropón donde nació, ciudades pequeñas y medio replegadas, pero cercanas al mar. Y vaya mar, el Mediterráneo. De eso hablamos mucho, acaso porque en sus días sonaba en todos los aires la canción de moda de Joan Manuel Serrat. «A tus atardeceres rojos / se acostumbraron mis ojos / como el recodo al camino.» No, no habíamos nacido en el Mediterráneo, como dice la tonada, pero en cambio, cuánto lo amamos.

¿Cómo fue a dar a Gandía don Felipe, y cómo es que lo llegué a conocer? De saber quién era lo sabía. El aprismo nunca dejó de interesarme, ora en épocas, de distanciamiento, que las hubo, ora de proximidad. No ignoraba que Felipe Cossío del Pomar era de los grandes biógrafos de Haya y amigo dilecto. Cuando conversamos, mejor dicho, cuando llegué a ser suficientemente amigo suyo como para atreverme a hacerle una pregunta más que espinosa, se la hice. ¿Por qué había dejado San Miguel de Allende y todo lo que allí levantó y logró? Me respondió entonces, sin una sombra de reproche, pero sincero como un filósofo antiguo, «por las envidias». Cossío fue acogido por el México revolucionario de los años 20 al 40, pero cuando surgieron instituciones y cúpulas, tan singular institución —entre abadía artística y cartuja laica donde había locutorio y parlatorio, porque don Felipe daba lecciones de pintura y conversaba—, no fue entendida debidamente. México se aburguesaba. Y la quitaron la licencia.  Duró dos años lo de San Miguel. Todavía lo recuerdan.

El experimento mexicano de Cossío, a mí personalmente siempre me fascinó. Me hizo pensar en la Escuela de Palo Alto, cuyo origen en una pequeña ciudad al sur de San Francisco se debe a un psiquiatra, D. Jackson, quien funda un instituto para estudiar la mente humana, al que luego se sumaron una serie de sabios: Paul Watzlawick en 1962, y por los 70, Bateson, Erving Goffman. Claro, fue en Norteamérica. Pero siempre me intrigará por qué los anglosajones tienen tolerancia para las iniciativas en materia de invención de instituciones (Silicon Valley) y los hispanos no tanto. En Palo Alto no se discutía solamente la interacción, sino que se la vivía. Cossío monta unos talleres que solamente se entenderán al correr de este siglo XXI. Es el precio por la anticipación.

Esta nota no es pues una semblanza de Cossío del Pomar sino de un episodio, sin duda significativo, de sus años de pintor y escritor en Gandía. A estas alturas, debo decir cómo llegué a conocerlo, y pido disculpas de antemano si para ello no pueda evitar referencias a mi propio itinerario. El encuentro con don Felipe, en efecto, está ligado a un fragmento de mi vida que no tengo más remedio que evocar. He tenido por dos veces episodios españoles, el primero cuando era miembro de la Casa Velázquez de Madrid, residencia de investigadores y artistas becados por Francia en España. Pero me tentó de nuevo el periodismo político y formé entonces parte de un diario de oposición a Franco, en vida del caudillo, llamado el Madrid. Eso duró dos años con sus riesgos y vaivenes hasta que en 1969 vuelvo al Perú. El episodio me dejó amigos españoles, una camaradería del combate de enfrentar, con la palabra, una dictadura de ese calibre, y claro, todo eso de alguna manera me permitió, siete años después, volver a España, cuando arrancaba el proceso conocido como la Transición. Así a fines de los años 70, vivía en Madrid, trabajaba en una importante revista, y como todo el mundo, a la hora de veranear, cuando llegaban los grandes calores, había optado por un lugar de preferencia, y ese era el Mediterráneo, y en sus costas, no la extravertida Cataluña sino las calas hermosas y provincianas de Valencia. Precisamente, un amigo valenciano, Alberto Moncada, que conocía muy bien el Perú, con casa y propiedades en Gandía, me pregunta un día si conocía a Cossío y si quería personalmente verlo. Como le dije claro está, que sí, hizo desde la playa la consulta del caso y de este modo, en un día de verano, en la casa de los Moncada, se reunió un grupo de personas, y Cossío y yo nos dimos la mano.

Nuestros anfitriones esperaban una disputa entre el velasquista de nuevo en el exilio y el exiliado de toda una vida, don Felipe. No hubo nada de eso. Intercambiamos amabilidades. Hartos de nuestra esquividad, los españoles más dados a la dura franqueza se fueron a tomar el aire en la terraza, no sin regañarnos, «estos peruanos, cazurros, no se pelean en público». Cuando todos se habían ido, don Felipe jala una silla, se sienta más cerca, y me suelta la siguiente pregunta: –¿Y qué pasó? O sea ¿por qué la revolución de Velasco, o ese gobierno militar, en fin, se había acabado? Me estremecí, era lo mismo que me había preguntado antes de dejar Lima otro gran hombre del Perú, en la puerta de su casa en la avenida Orrantia, don Jorge Basadre. Y casi con las mismas palabras, «yo no le tuve simpatía a ese régimen, pero esperaba al menos que su autoritarismo cambiara a fondo el país«. Lo que dije a uno y otro no es cosa de esta crónica. A lo que voy, así fue cómo conocí personalmente a Felipe Cossío del Pomar. Esa misma tarde, al borde del Mediterráneo, comenzó una larga, muy larga conversación. Volví muchas veces a Gandía. Y a casa ora de Alberto, ora de Cossío. A veces solo, a veces acompañado. Corrían ya vientos libertarios en las formas de vida española y yo me encontraba en lo que llaman los franceses, la force de l’âge. Por lo demás, don Felipe me daba más que trato de amigo, había mucho de paternal, y por mi parte le acompañaba mientras trabajaba en su taller de pintura. – «No me molesta conversar mientras pinto«. Miraba cómo mezclaba sus materias, los diversos y meticulosos pasos de su arte, el cambio de pinceles o de espátula. Era realmente fascinante. La fragua de Vulcano. (Sigue la parte final la semana próxima)

* Prólogo mío, entre otros, al libro «El aprismo es un acierto y una profecía». Cartas de VR Haya de la Torre a Felipe Cossío del Pomar (1948-1975), editado por del Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2009

Publicado en El Montonero., 19 de junio de 2023

https://elmontonero.pe/columnas/viaje-en-torno-a-felipe-cossio-del-pomar-12

In Memoriam Alain Touraine*

Written By: Hugo Neira - Jun• 12•23

Alain Touraine que nos visita es uno de los máximos representantes de la sociología mundial. Su obra atraviesa el siglo XX en modulación con las pasiones científicas y políticas. En consecuencia, presentarlo no es fácil. Autor de más de una veintena de libros, algunos influyentes como La sociedad post-industrial, o de categorías, como «los movimientos sociales», «el retorno del actor», una teorización esta última, decisiva para el oficio de sociólogo. No proseguiré sin agradecer a las autoridades académicas de la universidad San Marcos el haberme confiado tal tarea que es un honor, y a la vez, un verdadero desafío intelectual y moral.

En Touraine sociólogo, sus propios colegas suelen apreciar tres momentos creativos. Arranca observando el trabajo obrero en las fábricas francesas de Renault por los años 50 y pasa luego a observar la «conciencia obrera» en dos empresas chilenas en los años 60. Esta primera etapa es la de su «sociología del trabajo». Citemos algunas de sus obras de ese periodo: L’évolution du travail ouvrier aux usines Renault (1955), «Sociologie de l’action» (1965). Esos primeros trabajos no son solamente meditación teórica sino trabajos prácticos bañados por la realidad obrera, y habiéndose casado con dama chilena, un compromiso con los obreros de ese país, con la Unidad Popular del Chile de Allende. Touraine llega a decir en los debates sobre el destino de América Latina esta frase que lo dice todo:  – Je suis chilien. Es una adhesión moral y sentimental a nuestro continente que pese a su interés por temas científicamente más globales, no lo ha abandonado nunca. Por eso, esta mañana sanmarquina, está con nosotros.

El segundo momento sociológico arranca del Mayo 68 francés. Pero es ya Touraine «hombre de dos mundos», como lo señala Fernando Sabsay, y así, atiende al problema de los golpes militares en la América Latina de esos años trágicos. Por las mismas fechas está atento a lo que comienza a amanecer en otros países avanzados, es decir, «la sociedad post-industrial». Es un tercer Touraine que estudia lo que él mismo llama «los movimientos sociales», y tras ellos, va a Polonia donde se instala un año entero para estudiar la emergencia de ese movimiento sindical obrero llamado Solidaridad que, por su revuelta ante el Partido Comunista Polaco, marcará el fin de la legitimidad del poder soviético. De ese periodo, un par de libros, entre muchos otros trabajos: El movimiento obrero y este último, una vez más vasto trabajo sobre nuestro continente: La palabra y la sangre.

Una obra en la que se combinan los títulos que dan cuenta de la progresión de una nueva versión de la sociología, la sociología como ciencia sin referencia necesaria a un lugar en especial, y a la vez, los libros dedicados a América Latina. Touraine vive la muerte de Allende con una intensidad poco corriente en otros observadores y sociólogos. En 1974 publica Vida y muerte del Chile popular. Pero no es lo que se llama un americanista, es decir, únicamente un especialista de nuestro vasto continente. Porque su trabajo siendo al mismo tiempo práctico no pierde de vista lo que pasa en el avanzado mundo industrial y en la misma sociología, su métier (oficio). Son muchos los trabajos en ese sentido: Cartas a una estudiante (1974), La sociedad invisible (1976), Un deseo de historia. Autobiografía intelectual (París, 1977). Y de nuevo nuestro continente, Las sociedades dependientes: ensayos sobre América Latina (1978). Es el momento en que él mismo se autoanaliza.

Una obra tan vasta podría contentar a cualquier otro investigador social y europeo que, por lo general, tiene vasta obra, pero no a Alain Touraine. Hay un cuarto o quinto Touraine. Un nuevo campo de exploración se abre a mediados de los años 80. Después de la preocupación por las clases sociales, por las masas y los movimientos sociales, Touraine plantea «el retorno del actor».  Hay que especificar qué entiende por acteur. «Llamo sujeto o actor —dice Touraine— a la construcción del individuo (o del grupo) como actor, por la asociación de su libertad afirmada y su experiencia vivida, asumida y reinterpretada. El sujeto es el esfuerzo de transformación de una situación vivida en acción libre; introduce libertad en lo que en principio se manifestaba como unos determinantes sociales y una herencia cultural. Entonces, se trata de algo más que del individuo. Ha sido antigua, organizativa de la historia misma de las ciencias sociales, la oposición entre individuo y sociedad, una suerte de antinomia fundadora, desde Tonnies». Pero los sociólogos recientemente hallan el término de «sociedad» demasiado polisémico: sociedad peruana, sociedad industrial, sociedad filarmónica. Por otra parte, existe la tentación de oponer el individuo a la sociedad. Y de esta manera, tener que optar entre el individuo como actor social y la sociedad como estructura o sistema. Ahora bien, la lógica del actor de Touraine rompe con esa falsa oposición. De alguna manera retoma el hilo de lo que desde Norbert Elías se entiende por una «sociedad de individuos», y constituye una propuesta a la vez audaz y paradójica. En vez de enfrentar estos dos conceptos los vincula. Touraine razona: el individuo y el grupo existen encerrados en la comunidad. Pero el problema no puede seguir planteándose «como una alternativa radical entre el individuo kantiano y el tejido social y cultural. En esto el movimiento obrero fue claro —señala—, la acción colectiva es imprescindible para conseguir derechos individuales (contratos laborales, protección social)«. «La dificultad —agrega—, consiste en saber definir un sujeto individual de derecho que sea simultáneamente social, político y cultural«. Su «lógica del actor» aparecida en 1984 es un ensayo ambicioso: busca comprender el nuevo tipo de organización emergente posindustrial, «el cual no se manifiesta en una esencia o ‘definición esencial'» —se señala en la presentación del libro— «sino en una constante invención, a través de los conflictos y las negociaciones, de otras reglas de la vida colectiva». Si le entiendo bien, el actor social lo produce el conflicto, y a la vez, la emergencia de una conciencia social. Pero no hablemos del profesor Touraine como si no estuviese presente. ¿Qué dice de él mismo? Touraine par  lui-même.

«Yo no elegí hacer sociología del trabajo, ni siquiera estudiar sociología. Simplemente salí del liceo y decidí conocer lo que me rodeaba. Y lo que descubrí fue el mundo del trabajo, el movimiento obrero y la descolonización. ¿Cómo no dar importancia central a este problema en 1946? Pero hoy las categorías socioeconómicas han dado paso a las categorías culturales» —dice Touraine—. Aunque el trabajo ha perdido su centralidad,no quiere escuchar hablar del fin del trabajo. «La mitad de las familias francesas tienen al menos un obrero entre sus miembros«. Pero hay un cambio de perspectiva. Hoy la tendencia es a centrarse en el significado que se atribuye el actor en la acción social. En Mayo del 68 Touraine había anunciado la transición del puro economismo a la dominación cultural. Por su amor por América Latina, Touraine ya no es del todo europeo, se halla en los «intersticios», para retomar el término del profesor hindú Homi K. Bhabha. Entiende la hibridización de la cultura. Touraine, como Morin, ¿cosmopolita marginal? No es posible resumir a tan gran y fecundo profesor.  

¿Para qué sirve la sociología? «La sociología debe reconocerse una finalidad y una función: contribuir a que los miembros de una sociedad se comporten lo mejor posible como actores en una sociedad ella misma libre de su orden (o dominación), de sus ideologías y de sus retóricas«. ¿Qué es lo que nos está diciendo? Touraine aspira a que el «conjunto social actúe sobre sí mismo». «El fin de la sociología es activar a la sociedad, hacer visibles sus propios movimientos«. ¿Y el sociólogo en todo esto? Y nos responde: «no puede tener otra finalidad que de ayudar al buen funcionamiento de los sistemas de acción que él estudia. Esta fórmula asombrará al lector. Que reflexione un instante. Adoptar otra posición es identificarse a un actor social, lo que es la definición misma de la ideología» (Pour la sociologie, 1974). Si le entiendo bien, lo que trata es de prevenirnos de ocupar un rol de usurpación, el de reemplazar a los dirigentes salidos del propio magma de lo social y repetir la dominación tradicional que reemplaza las viejas por nuevas dominaciones. Así, la propuesta de Touraine: ni tecnicismo indiferente ni entrega ciega. La suya, lúcida, honesta, es un ejemplo de cómo actuar ante el doble aparato de lo universitario y el poder, de manera a la vez creativa y libre y autónoma. La sociedad se piensa a sí misma y el sociólogo no la dirige, en cambio la ayuda a entenderse.

No hay tiempo aquí y ahora para desenvolver la serpentina interminable de su pensamiento que abraza el mundo actual.  Me permito añadir que el homenaje podría prolongarse en profundizar y estudiar sus textos y sus ideas, en aulas. Cuando opina sobre las democracias, y en especial las latinoamericanas, puede sorprendernos.

Y por último, un vislumbre. Una ráfaga de optimismo en un tiempo nublado. Sobre el actual momento de la globalidad dominante, al que ve acabarse. «Pronto vamos a salir de este periodo de capitalismo puro y entonces, será necesario inventar una nueva socialdemocracia que en lugar de ser redistributiva, deberá apoyarse en un sistema educativo«. Querido profesor Touraine, precisamente el sistema educativo, ¡una de nuestras llagas! Bienvenido maestro a esta su casa. A este país de rebeldes culturales. (HN)

* Extraído del Discurso de orden en el doctorado Honoris Causa del sociólogo Alain Touraine pronunciado el 05/05/2008.

El discurso completo se encuentra en la página «Conferencista» de este blog.

Publicado en El Montonero., 12 de junio de 2023

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