Revueltas y desastres

Written By: Hugo Neira - Mar• 20•23

No estoy en Perú, estoy en el extranjero donde me ocupo de mis achaques y dolencias. Pero aun así, sigo lo que pasa en mi tierra pese a lo terrible que son, para mis paisanos, las pérdidas que se encadenan. Un ciclón, Yaku, que provoca inundaciones y huaicos en el norte del país y luego aluviones en la región de Lima. Desastres que se repiten.

Con la tecnología de hoy, lo que sucede en algún lugar traspasa inmediatamente las fronteras nacionales como si no las hubiera. Abundante información e imágenes que nos llegan. Y tengo en mano el número 1681 de Courrier International, del pasado mes de enero, con un artículo sobre el Perú que les quería comentar. Me llamó la atención por su título “Une révolte incontrôlable” (una revuelta incontrolable) y es un resumen de prensa de la primera quincena de enero.

Lo que dice la redacción de Courrier International va junto con un mapa del Perú para situar la cordillera de los Andes y los principales focos de revueltas en las regiones, ubicando las de Ayacucho, Apurímac, Cuzco y Puno. Y Lima, un punto de color rojo. ¿Qué dicen los periodistas de Courrier? “Lejos de calmarse, la crisis política escala y nadie sabe hasta dónde irá. Luego de los bloqueos de carreteras y tentativas de toma de aeropuertos, los manifestantes que exigen entre otras cosas la renuncia de la presidenta Dina Boluarte, han iniciado una ‘marcha’ hacia la capital”. Marcha, entre comillas.

Lo repito, no estuve en Perú para ver esa “révolte incontrôlable”. Me hubiera sorprendido verla. Se cita la revista digital Americas Quarterly de Nueva York que se ocupa de América Latina; y lo siguiente: “El sublevamiento y la represión se explican por la desconexión que existe entre las maniobras políticas de Lima y el clima que impera en las regiones donde lo indígena, lo rural y la pobreza dominan.” Seamos sinceros, hubo manifestantes que venían hacia la capital desde esas regiones más pobres (Ayacucho, Apurímac). Los problemas del Perú provincial que no es atendido debidamente por sus autoridades cercanas ni por el gobierno central. Lima da la espalda al país del interior que marchó para hacerse recordar. Recuerdo que en Brasil, Lula ha sido reelegido, y democráticamente, por tercera vez en un territorio tan vasto y diverso como es Brasil. Se me ocurre que, si volvió luego de ocho años en dos mandatos (2003-2011) y largos años de maniobras judiciales posteriores, es porque se ocupó de los de abajo, madres, niños y las clases obreras. Los atendió y sacó de la pobreza a millones con, por ejemplo, la Bolsa Familia. Eso no es algo peruano. Me permito recordar que la temida marcha hacia la capital, Lima, no es tan así. ¿Capital? No la sienten suya ni un centro administrativo como en Brasil sí lo es Brasilia, ciudad muy distinta por su ubicación y concepción. En una columna del 2015, les decía que Lima no es la capital sino una ciudad grande que queda muy cerca del Perú. Y que en Lima-Mónaco, todo se cura con el bálsamo del diálogo. Años después, hay un país harto de “mecidas”. https://www.bloghugoneira.com/non-classe/la-agonia-del-principado-limeno

El artículo de Courrier también recoge las opiniones sobre la presidenta de la sucesión que parte del país no quiere reconocer, en La República, El País América, El Comercio y Ojo Público. No solo se ha ganado impopularidad por los enfrentamientos directos con las masas sino por aceptar la sucesión constitucional y mantenerse firme en el cargo. Su llamado al Congreso para acordar elecciones anticipadas que la calle también pedía, no logró aprobarse. La sensación de caos es lo que retiene la revista, por la “represión sangrienta” de una policía “poco preparada”, según opinión de un columnista peruano, para tales enfrentamientos, que también dieron “un policía quemado vivo por los protestantes”. Una nota bien ponderada.

La situación que vive el Perú me trae a la memoria a Manuel González Prada (1844-1918). Nuestro escritor y agudo crítico —el fundador de nuestro pensamiento crítico—, era un hombre libre, no se le pudo callar. Había logrado ingresar al colegio San Carlos donde destacaba en los cursos de química, letras y filosofía. Entre 1870 y 1879, vivía retirado en su hacienda Tutumo en Mala, y dedicado a la agricultura. Vivió de cerca la tragedia de la Guerra del Pacífico participando en la defensa de Lima. Una vez ocupada la capital, se encerró en su domicilio “parar no ver la insolente figura de los vencedores”. “Consagrado como un escritor de verbo penetrante, sus frases fueron verdaderos latigazos de cólera dirigidos contra la clase política que llevó al Perú a la  situación de 1879”, nos dice el historiador Juan Luis Orrego:

            “¿Qué fueron por lo general nuestros partidos en los últimos años? Sindicatos de ambiciones malsanas, clubs eleccionarios o sociedades mercantiles. ¿Qué nuestros caudillos? Agentes de grandes sociedades financieras, paisanos astutos impulsivos que veían en la presidencia de la República el último grado de la carrera militar.”

Por ello en el Teatro Politeama, el 29 de julio de 1888, les decía a los estudiantes de Lima:

            “Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna generación recibió herencia más triste, porque ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer”. 

La independencia nos abruma como una montaña de plomo. Se diría que lamentamos la esclavitud perdida.”

González Prada ponía en cuestión la sociedad entera. Un siglo después de su muerte, y por su desidia, la sociedad peruana entera debe cuestionarse. Obstinarse en levantar casas en lugares prohibidos, en las quebradas, y no realizar las obras de prevención y mantenimiento mínimas, añade más desastre al desastre natural.

Publicado en El Montonero., 20 de marzo de 2023

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Sobre el Estado

Written By: Hugo Neira - Mar• 14•23

Hace un par de semanas, les traía un texto del colombiano Arciniegas sobre la crisis del Estado en América Latina escrito en los años sesenta. Ahora invito al amable lector a leer uno de mi autoría, que viene de un libro agotado (¿Qué es Política en el siglo XXI? Fondo Editorial USMP, 2018) en el cual traté la cuestión del Estado, la forma de organización que específicamente se ocupa del quehacer político, según la definición de la Enciclopædia Universalis.

El nacimiento del Estado moderno (de derecho,racional)es inseparable del conceptode soberanía. Esta viene acompañada de la “razón de Estado”. ¿Y qué razón es esta? La de salvaguardar al Estado mismo. Es un principio que entendía muy bien Richelieu, el objetivo prioritario del poder es el poder mismo. Y la pregunta que nos tenemos que hacer es si hemos terminado por ir lejos del momento en que Maquiavelo aconsejaba al Príncipe a no pensar en otra cosa que en la guerra. Tanto la guerra interna como externa ante otras señorías.

Un Estado es, ante todo, una “realidad política”, según el filósofo francés Alain Cambier, pues “un Estado que fuese un puro sistema de normas no sería sino una versión restringida e ineficaz del Estado mismo”. El año pasado, la población mundial sobrepasó los 8 mil millones de terráqueos. Cada diez años nacen 74 millones de chinos y 190 millones en la India, que será el país más poblado de la tierra. ¿Qué tipo de Estado mundial, qué burocracia, se atrevería a manejar esa inmensa humanidad cuando, Estado por Estado, ya es difícil la administración?

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Del Estado, en genérico

[…]

¿Es posible una síntesis sobre el Estado? Al parecer lo es, si se abrevia en una primera parte la historia de la humanidad como lo hace el politólogo canadiense Gérard Bergeron (Petit traité de l ‘Etat), desde los “Estados” que faltan, en sociedades llamadas primitivas, o por el contrario, donde hay demasiado Estado con los imperios, que llamaríamos despóticos. El Estado aparece al final de la evolución humana. No hay señales de Estado cuando los australopitecos ni con los neandertales. Bergeron señala nueve gradas para llegar de la evolución de los homínidos al primer Estado. Los primeros son “gigantescas centrales de potencia”. Lo que sigue es más conocido, de la ciudad-estado al Imperio del mar. De lo bárbaro a lo feudal y a lo imperial. La segunda parte está consagrada a la emergencia del Estado ‘soberano’. Su reconocimiento se hace general en el XVII. Monarquía inglesa y francesa. Luego, una forma que es adoptada por un círculo de Estados. Y de dinástico a absolutista, de Hobbes a Bossuet, de Locke a Montesquieu, el Estado que constitucionaliza lo “nacional”.

En la tercera parte, aparece el Estado contemporáneo. Le parece omnisciente. Una definición, “el Estado como la organización de organizaciones”. Pero también estudia los casos de débil coherencia. Debemos detenernos en sendos puntos. A su parecer, la disciplina que estudia las organizaciones, tiene ante ese reto actitudes diversas. O bien lo considera una organización como cualquier otra. O bien lo tiene fuera del campo de lo investigable. Hay una tercera opción, hacerle el honor de considerarlo una megaorganización. Prefiere esta última. Pero su organización “no es la de un club de bridge, una firma o un ejército”. El Estado organización necesita una legitimización. Lo que nos remite a lo que Weber señala, las diversas legitimidades.

Bergeron confirma algo que viene de la realidad. La diversidad de Estados. En la época en la que escribe, ya hay 195 Estados y territorios no independientes. Casi todos miembros de las Naciones Unidas. En el proceso de la descolonización, muchos han cambiado de nombre: Congo Kinshasa, Rhodesia, Camboya y Ceylán se volvieron Zaire, Zimbabwe, Kampuchea y Sri Lanka, y algunos volvieron a recuperar sus antiguos nombres. La ruptura de Yugoslavia multiplica el número de Estados. Lo mismo la división de la ex Checoslovaquia. Todo este menudo proceso parece no tener mucho sentido. Pero, los trabajos del tipo emprendido por Bergeron permiten darnos una visión de conjunto. El Estado es parte del proceso de mundialización. O dicho de mejor manera, los países tienden a estatizarse. Es más, lo que está ocurriendo es que el planeta es uno, pleno de Estados. Sea la religión, la etnia, el lugar, el proceso comenzó en el XIX y se acelera en el siglo XX. El Estado alcanza la catolicidad, dice Bergeron, con ironía, puesto que católico quiere decir universal. No es pues una forma política, sino “la fórmula política tal cual”. Y se remite a una fuente, L’État dans le monde moderne (París, 1976). La obra me parece que es de Henri Lefebvre.

La contabilidad de los Estados es un ejercicio muy corriente. Yves Lacoste los agrupó en 33 “conjuntos geopolíticos”, salvo siete grandes Estados, URSS, Estados Unidos, China, India, Brasil, Canadá. Pero eso era la Realpolitik en 1988. En los días que corren, esas reagrupaciones no son ya usuales, se prefiere hablar de “la crisis de los viejos sistemas hegemónicos y de un mundo policéntrico”. Con más de 7 mil millones de habitantes, el asunto migratorio por todas partes, la desigualdad que provoca el crecimiento económico bajo las firmas transnacionales, la búsqueda de un desarrollo que no afecte a la pérdida del empleo, la aparición de nuevas formas de comunicación y tecnología de contacto inmediato, ocurre algo temible por ambos lados. La legitimidad la pierden de a pocos los Estados. Y también las organizaciones de carácter mundial. La crisis de la gobernabilidad es interior y exterior. De modo que si bien es cierto que se multiplican los Estados, esto puede ser un movimiento espontáneo de los pueblos y masas, de doble signo. O se preparan para defender sus señas o identidades, o para acelerar la mundialización misma. Me temo que nadie está en condiciones de decir cuál de esas tendencias concluirá por imponerse. O cómo en otros casos en la historia, surgirán formas ambiguas, combinatorias de una cosa o de la otra. ¿Y cómo se llama entonces, esa actividad que se ocupa de darle forma legal a lo inconexo y por momentos, irracional? Se llama la política. Pero no por haberla inventado los griegos lograron llegar a unirse en lo que pudo ser la helenidad. Nunca superaron la polis, el Estado-ciudad. Lo que permite a George H. Sabine decir, “el fracaso de la ciudad-estado”.

Sabine, gran profesor en Cornell University, autor de textos admirables por su minuciosa descripción del pensamiento político de Platón a nuestros días, tiene enjuiciamientos un tanto desmedidos. Diría un tanto provincianos. Strauss le habría criticado por partir de sus propias preguntas. A los antiguos —consejo de Strauss—, hay que interrogarlos desde sus propias preguntas. Lo cual demanda del historiador un grado muy grande de empatía. Los griegos son mucho más distintos de nuestra manera de ver las cosas de lo que creemos.  Claro está, nos resulta inverosímil que los griegos no realizaran algo más audaz que la ciudad-estado. Pero en ese caso también podemos señalar con el dedo, a las monarquías del siglo XVI al XIX, que se hicieron la guerra porque no pudieron reunirse en algo como la Sociedad de Naciones o las Naciones Unidas. O reprochar a incas y aztecas no haberse unido para rechazar a los Conquistadores. No lo hicieron porque ambos imperios no llegaron ni a rozarse¡! No debemos hacer, a los hombres del pasado, nuestras preguntas sino pensar desde su pensar. Los griegos nunca vieron la necesidad de algo más grande que la polis, entre otras cosas, porque no eran muy numerosos. Atenas en su apogeo llegaba apenas a 140 mil habitantes. Los reinos aparecen con un sentido demográfico. Los persas, sí eran numerosos. ¿Y qué tenían? Tenían reyes, sátrapas o funcionarios menores, diversos pueblos sometidos. Cada caso tiene su propia lógica. Y cada lógica, es una política distinta.

¿No hemos explicado, en las primeras páginas de este libro, que China crea el primer Estado con funcionarios y poder central porque necesita reunir diversos reinos e intereses en torno a obras hidráulicas para contener los grandes ríos y prosperar como sociedad rural? Y no hace eso con una nobleza —que como en otros episodios de la historia, son gente de guerra— sino con funcionarios llamados mandarines. ¡Con letrados! (HN, ¿Qué es Política en el siglo XXI? pp. 176-178)

Publicado en El Montonero., 13 de marzo de 2023

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«Buscando a Dios en el universo»

Written By: Hugo Neira - Mar• 06•23

Este libro de Ramón Tamames (Erasmus Ediciones, Madrid, 2018) busca a Dios en el universo. O el sentido de la vida, como señala el subtítulo. El lector es atraído por la foto de una nebulosa a 680 millones de años luz de la Tierra en la portada, llamada el Ojo de Dios. Economista, político y prolífico autor nacido en Madrid en 1933, Tamames nos invita a una obra peculiar y fascinante que reúne la ciencia y sus enfoques de trascendencia. Por mi parte, amante que soy de los libros, mis lecturas sobre la naturaleza y la exploración del universo que nos rodea no cesan nunca. Y en esta obra de nueve capítulos, Tamames se pregunta, en el tercero, si estamos solos, los humanos, en el cosmos, y si es para siempre. No sabemos si hay otros mundos donde la vida ha dejado de ser un misterio. Situamos la existencia del Homo sapiens sapiens (nosotros) a 35 mil años atrás pero no sabemos en qué momento emergió el Hombre pensante. Sin embargo, descubriendo las leyes de la naturaleza, especialmente la física cuántica, y mejorando la tecnología de observación de los astros y cuerpos celestes, vamos entendiendo cómo se forman los planetas y mueren las estrellas. Y nacen más interrogantes, como la de Lynne McTaggart, divulgadora científica, que sugiere que «hay un campo de energía cuántica que puede estar influida por el pensamiento humano» (Capítulo VI).

Cuando comencé a leer esas páginas, me sentí como en una obra de Julio Verne. No siendo ficción, se puede gozar del libro del español Ramón Tamames por la sencillez con la que trae temas muy complejos y la discusión en torno a estos, y que nos habitan. Por ejemplo, ¿de dónde vinimos?, ¿qué somos?, ¿adónde vamos?, también título de un famoso cuadro de Gauguin. El universo está en expansión desde el big bang o hay otros (multiuniverso), y otras formas de materia y energías, llamadas oscuras. Y la gran cuestión:  ¿estamos solos en el cosmos?  El libro estudia la vida y la nueva racionalidad,   los cerebros y la informática. ¿Qué somos? ¿O los exoplanetas nos esperan? No es algo que ponga de lado las religiones. No hay incompatibilidad. Puede que la ciencia ayude a recordar que, para el cristianismo, Jesús no tuvo muerte, qué sabemos. Y las nuevas ecuaciones… Por una vez, seamos modestos, el libro de Ramón Tamames no es un libro sino otra escalera para el entendimiento de nuestra condición. Felicitaciones, y muchas gracias por haberlo escrito. Si llego tarde en las felicitaciones, es porque me muevo entre países, una biblioteca y otra, pero siempre estuvo en mi lista de prioridades. Me alegro que esta obra tuviera múltiples ediciones en España por su gran acogida.

Publicado en El Montonero., 6 de marzo de 2023

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La crisis del Estado en Latinoamérica

Written By: Hugo Neira - Feb• 27•23

Hace unos años, en un artículo que escribí para El Comercio (“América, la nuestra”) del 27 de febrero de 2019, recordaba al amable lector que no tenemos que imitar a nadie, nuestro destino somos nosotros mismos. Le invitaba a conocer lo nuestro y para ello, leer a Paz, Borges y Arciniegas (1900-1999). (https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/america-nuestra-hugo-neira-noticia-611686-noticia/)  Germán Arciniegas era un historiador colombiano y gran ensayista. Y un liberal. Escribió una historia de la cultura en América, El continente de siete colores. Un libro formidable (entre otros), panorámico, que salió en 1965, sobre una América Latina que sufre de una “falta de seguridad en su capacidad de pensar y decidir”. He aquí un fragmento de dicha obra sobre la crisis del Estado. Que yo sepa no ha vuelto a ser editado pero numerosas viejas ediciones están en venta en internet, siendo la que tengo de 1990 y de la editorial Aguilar.

Escribo esas líneas mientras me llega la lamentable noticia del fallecimiento de Jorge Morelli, colaborador de este portal desde el primer día, gran periodista y lector. El Perú lo echará de menos, sabía discrepar y debatir.

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La crisis del Estado (Germán Arciniegas)

Si los escritores han creado su propia manera de expresión americana, logrando así su independencia, y la novela latinoamericana surge como creación original, auténtica, los políticos no han llegado a la misma madurez por falta de imaginación creadora. Los viejos partidos no logran modificar sus estructuras y cargan con el lastre de los oportunistas, acostumbrados a usufructuar posiciones y ventajas a la sombra del poder abusivo. Los partidos nuevos no presentan soluciones tan originales que alcancen a despertar una nueva mística como la que permitió a comienzos del XIX cumplir la única gran empresa política de todo el continente: la independencia de España. Este quedarse cortos de unos y otros ha favorecido el retorno de los brujos, es decir: de caudillos sin escrúpulos, algunos de ellos francamente ladrones, de oratoria demagógica desvergonzada, que cautivan a una vasta masa de ingenuos, prontos a marchar en pos de una ilusión. Los golpes militares parten de la insuficiencia de los partidos civiles. Así, los mapas de la América Latina, llevados a un atlas político, no ofrecerían imágenes tan claras como los mapas literarios. Lo que salta a la vista en este momento del caos es una gran mancha negra de los gobiernos impuestos por golpes constantemente se reproduce esa imagen en periódicos y revistas de Estados Unidos y Europa—, a manera de denuncia gráfica sobre la insuficiencia de los movimientos civiles para resolver el problema de una nueva sociedad en donde el ansia de mejoramiento camina más veloz que el progreso urbano o la industrialización en que se cifra la nueva riqueza nacional.

Hasta 1900 la imagen de las repúblicas latinoamericanas fue rural. Argentina era como la pintó Sarmiento en las páginas de Facundo. Hoy, unas veinte ciudades que pasan del millón de habitantes y llegan hasta los siete, da una idea del espectacular y repentino desarrollo ciudadano. De otra parte, el progreso industrial engendra el desempleo. Las máquinas ­­—desde los remotos días en que se introdujeron los telares en Inglaterra— no han hecho otra cosa que deshumanizar la industria. Con la automatización extrema de las fábricas, se puede hoy producir cada vez más con menos gente. Se pueden ofrecer las cosas baratas que todo el mundo quiere tener. Lo primero que produce este nuevo sistema de enriquecimiento es el desempleo. No puede retenerse ocioso a un pueblo que quiere participar en el goce de la prosperidad, y queda al margen de una industrialización que hace cada vez más fuertes y ricos a los grandes. Se requiere un impulso nuevo, por caminos paralelos, de otro tipo de empresas que den ocupación al campesino echado de la tierra donde la agricultura se trabaja industrialmente o al obrero desalojado de los talleres cuando los reemplazan las fábricas. Tendrían que desenvolverse a gran rapidez oportunidades y ocupaciones como las que ofrecen un comercio muy desarrollado, la industria de la construcción, las obras públicas o el artesanado, y sobre todo el turismo, para ir llenando los vacíos que en el campo del trabajo impone el progreso industrial. Mientras esto no se logre, quedará flotando, con inconformes y necesitados, una masa puesta a la orden de los agitadores.

El agitador ha pasado a formar una nueva clase de formidable prestigio en las masas. Es ahí en donde la América Latina forma tipos representativos de gran figuración universal. Pero el agitador —hasta el momento en que comienza el tercer acto del siglo XX— carece de capacidad imaginativa suficiente para independizarse de los modelos europeos o asiáticos. El simple hecho de que los hombres de soluciones extremas estén divididos entre seguidores de la línea Moscú y seguidores de la línea Pekín, indica la ausencia de fórmulas originales, únicas que podrían definir una cultura política latinoamericana de relativa madurez.

Lo que da su valor explosivo a los nuevos marginados son las oportunidades para la protesta que antes no existieron, y la información, al alcance de todos, de cuanto sucede en el mundo. La pobreza fue en otro tiempo universal y sumisa, calurosa y desprevenidamente compartida. Los hacendados mantenían a los peones —muchas veces hijos suyos— en un plan de familia medieval. Convivían bajo el mismo techo. Las diferencias de clase no eran extremas, y la riqueza no rodeaba al rico de lujos que hoy hacen cada vez más distantes los niveles sociales. Nadie disponía de las pantallas en que se ven imágenes de cómo van ascendiendo en otras comarcas —y sobre todo en los cinematográficos Estados Unidos— comodidades que dan al obrero un aspecto de burgués en miniatura. Así, la ambición de mejorar tiene estímulos que no se conocieron antes. Hasta ayer el hábito más difundido era el silencio. Hoy los inconformes se expresan incendiando automóviles, rompiendo las vitrinas, incorporándose a las guerrillas, mostrando más la desesperación que la posibilidad del cambio.

Mientras no se allane el camino para una transformación profunda y se llegue a la fórmula de la democratización en el goce del progreso, mediante sistemas originales, adecuados a las circunstancias latinoamericanas, el caos político seguirá siendo rutina constante. Lo agudo de semejante situación quizás determine pronto una respuesta satisfactoria, que será el triunfo de los políticos en el último tercio del XX.”

Publicado en El Montonero., 27 de febrero de 2023

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Carta de Simón Bolívar

Written By: Hugo Neira - Feb• 20•23

“General y estadista americano nacido en Caracas, Bolívar libertó de la dominación española a Venezuela y Nueva Granada que pasaría a llamarse Colombia en 1819. En 1824 funda nuevos Estados, el Alto Perú y Bolivia. Acusado de dictador, abdica cuando buscaba confederar los nuevos Estados latinos de Sudamérica” (Le Petit Larousse Illustré de 1927).

Bolívar fue un caso muy especial. Su familia, que era española, se hizo rica en Venezuela. Le pudo dar una educación particular desde niño, y así contrató a un preceptor, Simón Rodríguez, uno de esos sabios al estilo de Rousseau, con una inmensa cultura que lo educó. Lo llevó a Europa donde el joven Bolívar aprendió cómo estaba organizado el ejército español que años después iba a enfrentar. Patriota y cosmopolita a la vez. Su maestro, en la ocasión de un viaje a un alto lugar de Roma, el Monte Sacro, le hizo jurar la libertad de América del Sur. Y así fue. Todos los combates que vinieron después partían de su capacidad para formar repúblicas, Estados libres de toda dominación. Esos países en esa época eran muy ricos: oro, plata, cobre. Su nombre fue aplaudido en Francia en 1820. Por influencia de su maestro, Bolívar dio la libertad a los esclavos de su familia, pues siempre había defendido la idea del “ser humano libre”.

He aquí la carta que le escribió a su tutor y maestro, Simón Rodríguez, caraqueño, la carta de Pativilca.

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Carta de Simón Bolívar a su maestro Don Simón Rodríguez

Al señor don Simón Rodríguez:

¡Oh mi Maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson, Ud. en Colombia! Ud. en Bogotá, y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud. el hombre más extraordinario del mundo; podría Ud. merecer otros epítetos pero no quiero darlos por no ser descortés al saludar un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el nuevo; sí a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada, no en su corazón sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que Ud. quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda Ud. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá Ud. olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener.

Ud. Maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló. Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa. No puede Ud. figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que Ud. me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que Ud. me ha regalado. Siempre presentes a mis ojos intelectuales las he seguido como guías infalibles. En fin, Ud. ha visto mi conducta; Ud. ha visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel, y Ud. no habrá dejado de decirse: todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la regué, yo la enderecé tierna, ahora robusta, fuerte y fructífera, he aquí sus frutos, ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos, porque mi derecho es imprescriptible, privativo a todo.

Sí, mi amigo querido, Ud. está con nosotros; mil veces dichoso el día en que Ud. pisó las playas de Colombia. Un sabio, un justo más, corona la frente de la erguida cabeza de Colombia. Yo desespero por saber qué designios, qué destino tiene Ud.; sobre todo mi impaciencia es mortal no pudiendo estrecharle en mis brazos: ya que no puedo yo volar hacia Ud. hágalo Ud. hacia mí; no perderá Ud. nada; contemplará Ud. con encanto la inmensa patria que tiene, labrada en la roca del despotismo por el buril victorioso de los libertadores, de los hermanos de Ud. No, no se saciará la vista de Ud. delante de los cuadros, de los colosos, de los tesoros, de los secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta soberbia Colombia. Venga Ud. al Chimborazo; profane Ud. con su planta atrevida la escala de los titanes, la corona de la tierra, la almena inexpugnable del Universo nuevo. Desde tan alto tenderá Ud. la vista; y al observar el cielo y la tierra admirando el pasmo de la creación terrena, podrá decir: dos eternidades me contemplan; la pasada y la que viene; y este trono de la naturaleza, idéntico a su autor, será tan duradero, indestructible y eterno como el Padre del Universo.

¿Desde dónde, pues, podrá decir Ud. otro tanto tan erguidamente? Amigo de la naturaleza, venga Ud. a preguntarle su edad, su vida y su esencia primitivas; Ud. no ha visto en ese mundo caduco más que las reliquias y los desechos de la próvida Madre: allá está encorvada con el peso de los años, de las enfermedades y del hálito pestífero de los hombres; aquí está doncella, inmaculada, hermosa, adornada por la mano misma del Creador. No, el tacto profano del hombre todavía no ha marchitado sus divinos atractivos, sus gracias maravillosas, sus virtudes intactas.

Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a Ud. a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte: la amistad invoco.

Presente Usted esta carta al Vicepresidente, pídale Ud. dinero de mi parte, y venga Ud. a encontrarme.

Pativilca, 19 de enero de 1824

Bolívar


Publicado en El Montonero., 20 de febrero de 2023

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