Por qué fracasan los países                                                                           

Written By: Hugo Neira - Ago• 07•23

Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza es un libro extraordinario. Un gran trabajo de investigación y comparatismo que les tomó 15 años a sus autores, dos economistas, Daron Amoceglu y James A. Robinson, docentes ambos, uno en el Massachusetts Institute of Technology y el otro en Harvard. La edición que tengo a la mano es del 2012, del Grupo Unión, de Argentina. Un libro que partiendo de las «primaveras árabes» del 2011 examina los orígenes de la pobreza en varios países y continentes y a través de los siglos, el impacto de los modos de producción en la larga duración (feudalismo, esclavitud), el impacto de los absolutismos, los imperios y la colonización, y demuestra que la «sabiduría convencional» sobre el tema está equivocada. ¿Qué se suele decir de los países que no llegan a prosperar? se preguntan. «Una situación geográfica desfavorable, creencias o culturas incompatibles con el éxito económico. Y también políticas equivocadas por falta de asesoría adecuada». Lo que esa «sabiduría» oculta, precisan, es el papel que juegan las élites reducidas que logran hacerse del poder, que no buscan crear riqueza para el beneficio de la sociedad sino para el suyo, concentrando el poder en muy pocas manos. Por el temor a volverse «perdedores políticos». La prosperidad viene con los derechos políticos, con instituciones inclusivas como las que nacieron de la Revolución Francesa —abolición de los gremios, igualdad ante la Ley, Estado de Derecho (p. 342)—, con los inventos, la mecanización que libera el hombre del trabajo manual y las revoluciones tecnológicas. Y «no hay receta para desarrollar dichas instituciones políticas inclusivas» (p. 536). Pero su investigación muestra que nacen cuando el poder político está «ampliamente repartido en la sociedad», cuando hay pluralismo, condiciones que lograron las grandes revoluciones: la Francesa, la Gloriosa en Inglaterra o la del Meiji en Japón. En cambio, la bolchevique y sus réplicas fracasaron en aportar libertad y prosperidad.

Destacaremos algunos extractos.

 «Antes de 1492, fueron las civilizaciones del valle central de México, América Central y los Andes las que tenían una tecnología y un nivel de vida superiores a los de Norteamérica o lugares como Argentina y Chile». A pesar de que la geografía continuaba siendo la misma, las instituciones impuestas por los colonos europeos crearon un ‘revés de la fortuna'» (p. 75).

«El temor a la destrucción creativa es la razón principal por la que no hubo un aumento sostenido del nivel de vida entre la revolución neolítica y la revolución industrial, La innovación tecnológica hace que las sociedades humanas sean prósperas, pero también supone la sustitución de lo viejo por lo nuevo, y la destrucción de los privilegios económicos y del poder político de ciertas personas. (…) La élite, sobre todo cuando ve amenazado su poder político, forma una barrera enorme frente a la innovación. (p. 220)

«Los países fracasan hoy en día porque sus instituciones económicas extractivas no crean los incentivos necesarios para que la gente ahorre, invierta e innove. Las instituciones políticas extractivas apoyan a estas instituciones económicas para consolidar el poder de quienes se benefician de la extracción.» (p. 436)

«El hecho que haya democracia no supone necesariamente que haya pluralismo. El contraste entre el desarrollo de las instituciones pluralistas de Brasil y la experiencia venezolana es revelador en este contexto. Venezuela también hizo la transición a la democracia después de 1958, pero esto ocurrió sin cesión de poder a las bases y no creó un reparto pluralista del poder político. Lo que sucedió fue que los políticos corruptos, las redes de clientelismo y los conflictos persistieron en Venezuela, y, en parte como resultado de ello, cuando los votantes fueron a las urnas, incluso estaban dispuestos a dar apoyo a déspotas en potencia como Hugo Chávez, y la causa más probable es que pensaran que solamente él podría hacer frente a las élites establecidas de Venezuela. Por consiguiente, Venezuela todavía languidece bajo instituciones extractivas, mientras que Brasil rompió el molde» (p. 535).

Basta para comprobarlo pensar en la ausencia de ferrocarriles en el Perú. Las elites volcadas en la importación de autos pensaron en sus negocios, y temiendo la competencia de otros modos de transporte, desdeñaron el desarrollo de las vías férreas, tanto las de la superficie como más tarde las subterráneas. Lima entró al tercer milenio sin metro. Es lo que nuestro gran historiador Jorge Basadre llamó el «sultanismo», término que proviene de Weber, en uno de sus últimos trabajos, un libro póstumo, que escribió un año antes de su muerte. Fue prohibido de distribución por el poder legal, porque justamente denunciaba a las élites que se hacen del poder para depredar las riquezas de la nación. Temieron ser «perdedores económicos». El sultanismo, la esfera de los favores.

En tanto que weberiano, me detuve en los argumentos de los autores respecto del relativo peso de la cultura. Preguntándose si la cultura es útil para comprender la desigualdad del mundo responden «sí y no» y argumentan lo siguiente: las normas sociales se vinculan con la cultura y puede ser difícil de cambiarlas. Pero «ni la religión, ni la ética nacional ni los valores africanos o latinos son importantes» para explicar la persistencia de las desigualdades en el mundo (p. 77). Y la confianza en los demás, muchas veces invocada, no se puede considerar una causa en sí pues resulta de las instituciones.

Sobre la «ética protestante de Weber» que traen como «explicación cultural» en su apreciación, no niegan su impacto en los Países Bajos e Inglaterra que eran «predominantemente protestantes y los primeros éxitos económicos de la era moderna» (p. 80). Pero Francia e Italia, que eran países predominantemente católicos, prosperaron igual, «por copiar rápidamente los resultados económicos de los holandeses e ingleses en el siglo XIX». Y el Asia logró la prosperidad sin el cristianismo, por cierto.

Citar al respeto a Weber por solo una de sus numerosas obras sobre las religiones podría confundir al lector sobre sus alcances.  A lo que Weber se refería no era solo el protestantismo sino la ética, el sistema que lo sustentaba. Muchos de sus escritos circulan poco. Al describir el capitalismo como un sistema de explotación formidable, no pretendía buscar su paternidad sino entender los engranajes del ‘reparto irracional de los bienes’ que el sistema capitalista representa. Ha estudiado el confucianismo y el taoísmo, el judaísmo, el hinduismo y el budismo. Se interesó por los sistemas de pensamiento de las civilizaciones y su impacto en la racionalización económica, es decir en la racionalización de las ganancias. De ahí su interés por las religiones, no por su aspecto irracional en sí sino por sus relaciones íntimas con el intelectualismo racional. La ética, una disposición.

Publicado en El Montonero., 7 de agosto de 2023

https://elmontonero.pe/columnas/por-que-fracasan-los-paises

Hacer política en el Perú

Written By: Hugo Neira - Jul• 31•23

¿Cómo hacer política en el Perú? ¿Cómo servirse del Estado cuando las demandas sociales son de por sí concurrenciales? Esas preguntas las intenté responder hace cuatro años en mi libro El águila y el cóndor. México/Perú.*

La fragmentación no favorece tampoco a los poderes municipales y regionales. Con menos razón, el poder nacional. El problema no es quién manda en el Perú sino qué hay que hacer para poder mandar. Entre tanto, el sistema político peruano de estos días no es sino un acto de democracia plebiscitaria a favor de algún jefe de Estado que llegará a la casa de Pizarro, sin partidos, sin militantes, sin servicio leal de funcionarios de carrera y que va a vivir cinco años a la defensiva. Optando en general por la inacción o la fuga. Y entonces, la sociedad improvisará —sin gobierno— su propio camino.

Socialmente, entonces, ¿qué es el Perú? Una sociedad de masas que ha desdeñado la construcción de una nación. Y en cuanto al Estado, su reforma es lo último que se piensa. Sin embargo es cierto que hemos progresado si se toma en cuenta la división del trabajo, justamente uno de los rasgos de toda sociedad moderna. Pero, contrariando el mito de muchos peruanos que consideran nuestro país ininteligible tan original que escapa a toda clasificación, lo cierto es que no es así. No he mencionado por gusto la división del trabajo. Ya la tenemos. Existen estratos socioeconómicos. Una población ocupada que se asemeja a cualquier otra sociedad en vía de transformación.

Salvo que, para no perderse en el accidentado camino de la prosperidad, a los diversos oficios y formas del ingreso le son precisos dos requisitos. El primero, «un centralismo coordinador». Es una de las premisas de Durkheim. No quiere decir algún tipo de estatismo o planificación. Se trata de que es la ley «la coordinación». Impedir lo ilícito. El segundo requisito es que unas y otras capas productivas —y con el tiempo prósperas— no pierdan de vista la importancia de la solidaridad social. Es un principio no legal sino moral. Y eso son los impuestos. Ambos hacen la cohesión social. De lo contrario, dice Durkheim, «el precio que hay que pagar —cuando se evita la ley y la solidaridad— es la anomia». Textual, libro de 1893. El Perú ilustra con su crecimiento caótico, anómico, y el egoísmo reciente de las nuevas capas de ricos emergentes lo que un sociólogo de fines del siglo XIX auguraba. La anomia de Durkheim se instala como una gigantesca lombriz intestinal en una de esas repúblicas sudamericanas, que progresa en lo particular, pero sin lograr la cohesión en general de su propia sociedad. Como ocurre con todos los parásitos, la víctima desconoce la naturaleza de la entidad extraña que la posee. Para ese mal, tan enredado en nuestra mentalidad y comportamientos, no vale la pena hacer un viaje hasta Piura en busca de curanderos.

* Actualmente en venta en la FIL, en el stand la Universidad Ricardo Palma, el editor, junto con el tomo I, El mundo mesoamericano y el mundo andino, y Dos siglos de pensamiento de peruanos.

Publicado en El Montonero., 31 de julio de 2023

https://elmontonero.pe/columnas/hacer-politica-en-el-peru

Democracia providencial                                                                                 

Written By: Hugo Neira - Jul• 24•23

Unas semanas atrás, dediqué mi columna a la “sociedad heteronómica” (https://www.elmontonero.pe/columnas/la-sociedad-heteronomica). Y en el caso del Perú, dicho concepto nos lleva a otro, el de “democracia providencial”. Se suele definir como providencial “a un proceso que se produce de forma casual o inesperada y evita un daño o un perjuicio inminentes” (Diccionario Julio Casares de la Academia). Su aplicación es, pues, pertinente para sistemas electorales donde lo casual es predominante, al punto que una consulta electoral estuvo bajo el signo del azar y lo imprevisto. Las elecciones generales del 2016 en Perú fueron el ejemplo de ese elemento inopinado, una inoportuna reforma electoral en pleno proceso electoral. Lo de providencial significa que se evitó el daño. Por razones absolutamente azarosas, un Jurado Nacional Electoral que se atrevió a tomar decisiones de último momento. En suma, democracia providencial designa casos insólitos. Si se sale adelante es por milagro. “Dios es peruano”.

En las ciencias sociales actuales, el concepto de democracia providencial es de uso corriente (Revue européenne des sciences sociales, n° IV-135, 2006). Obviamente, para regímenes de alto grado de inestabilidad. Pero no es su único uso. Lo de providencial cubre una fenomenología más ancha. Otro rasgo de la clasificación en democracia providencial es que depende de un poder extrasocial, de la divinidad. En cualquiera de sus representaciones y creencias. Ahora bien, en ese caso estaríamos ante una sociedad cuya religión dominante fusiona con el poder político. Es lo que ocurre en buena parte de los Estados islámicos. De modo general, se trata de comunidades y culturas que no han hecho un pasaje hacia la secularización. Sin embargo, sociedades como la española lo consiguen después de Franco. José Juan Toharia señala que, en 1989, un 63% de jóvenes españoles rechazaban la intervención de la Iglesia en la política (Juan González-Anleo, Para comprender la sociología, Editorial Verbo Divino, Estella, Navarra,1992). Hay que entender que no se trata de una descristianización sino de la separación del ámbito eclesiástico de lo civil.

Nuestro caso es más complicado. No eran los hombres de sotana los llamados a secularizarse sino los laicos, profanos, los civiles. Y eso no ha ocurrido como le recordé en otra columna  del 10 de abril (https://elmontonero.pe/columnas/la-mentalidad-tridentina-y-sus-herederos-actuales), e influye más bien sobre los hábitos mentales, las formas de discurrir, sobre dicotomías. Es la mentalidad tridentina que no se inclina por el análisis social —tendría que reconocer la existencia del otro— sino por la exclusión en nombre de principios morales.

En Perú, el Estado y la Iglesia teóricamente están separados, pero el punto de vista de las autoridades eclesiásticas cuenta enormemente. No por azar hay un rito que permanece, el Te Deum. Cada año, cada 28 de julio, el arzobispo de Lima le da una lección de orden moral a la clase política peruana, y no hay Presidente ni ministro que deje de acudir a ese ritual. Que escuchan muy compungidos y como escolares.

Publicado en El Montonero., 24 de julio de 2023

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Saber racional y magia. Henrique Urbano   

Written By: Hugo Neira - Jul• 17•23

En un artículo publicado originalmente en la Revista digital del Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la San Martín de Porres, en diciembre del 2019 —“Perú Mágico. El giro lingüístico y los sentidos de pertenencia y socialización”—, me preguntaba qué pasa, en efecto, si adoptamos la magia. Pues existe una tendencia secular a reemplazar el conocimiento de lo real por lo sobrenatural, y que se hunde en nuestra doble raíz, india y española, de las edades barrocas y crédulas. ¿Qué pasa si eso ocurre en una sociedad como la nuestra, anómica, dispersa en materia de valores y pautas racionales de vida? No hemos pasado por la maquinaria social demoledora de una sociedad industrial. Ni nos hemos desarrollado bajo la dominación racional y legal de una burguesía moderna, y puesto que invocamos a Max Weber, no tuvimos ninguna clase dominante austera y puritana como la Alemania industrial del siglo XIX. Lo nuestro fue una combinación de explotación de castas y juerga. La magia tiene algo que nos atrae enormemente. La irresponsabilidad del mal. Propio al curandero o al hechicero. Me explico. ¿Qué separa, en su aplicación, la cura de un médico y la de un curandero? No nos mintamos a nosotros mismos. A veces, el curandero cura. Y el médico no lo logra, o remite a otro tratamiento, y hasta a otro especialista. El problema está —y es lo que separa ciencia de magia— en que la medicina sí sabe lo que está pasando en el cuerpo del enfermo y la magia no lo sabe, porque los poderes ocultos obran y no obran, y el propio curandero no sabe por qué acierta, cuando acierta. Lo dicen con sinceridad, “los espíritus son caprichosos”. La religión también establece sus fronteras ante la magia. Ella establece el vínculo con lo sacro, con lo innominado. Las religiones no se fundan en las adivinaciones, en las entidades misteriosas. En el fondo, detestan lo inesperado, y cuando hay milagros, y la posibilidad de reconocer lo insólito, se toman su tiempo, son prudentes, las canonizaciones esperan decenios. La magia es más inmediata, casi diría civil, laica, comercial. Pero la cura mágica es obra del destino, ni el enfermo o poseído tiene culpa alguna, ni el intermediario que tampoco puede salvarlo. No hay mal. Nadie es responsable, no hay sanción ni culpa, esta exoneración de la magia está en Durkheim, el carácter amoral de la magia. Y como peruano, me digo a mí mismo, ¡qué terapia más peruana! Lo mismo da Chana que Juana.

En su momento, Henrique Urbano (1938-2014), un reconocido estudioso de la cultura andina, fundador del Centro Bartolomé de las Casas y de la revista Allpanchis, científico social también sacerdote dominico, fue crítico de esta tendencia. Urbano, en la introducción de uno de sus libros, hace un serio reproche a José Carlos Mariátegui y a Víctor Raúl Haya de la Torre. Les critica la dimensión “mítica y religiosa”, e incluso, “mágica” que asumen. 

            “Ahora bien, lo que más me llama la atención es la incapacidad de pensar el presente y diseñar el futuro sin una dimensión mítica y religiosa. Es propósito de Mariátegui de introducirla en la conducta política. Haya era distinto, pero el peso de la fe religiosa era tan grande en él, las metáforas cristianas le caían de los labios como expresiones naturales”.  

            Y luego, refiriéndose a “los que frecuentan las páginas de Mariátegui”, prosigue:

            “No pueden reflexionar en forma crítica, liberarse de las formas políticas irracionales y superar los obstáculos que la tradición levantó para protegerlas y defenderlas. Cierto, a muchos Mariátegui abrió los ojos para las realidades políticas, pero les cerró la inteligencia a la comprensión crítica. Con Haya de la Torre la ceguera de la irracionalidad y del sectarismo no fue menor y hasta cierto punto aún más perjudicial; lo extraño de todo esto es que los dos percibieron que algo estaba cambiando en las sociedades andinas, pero se alejaron del camino al optar por soluciones míticas, mágicas y mesiánicas, en lugar de llevar hasta las últimas consecuencias la opción por un pensamiento crítico y moderno en el sentido ilustrado y filosófico de los términos” (Urbano, Tradición y modernidad en los Andes, Centro Bartolomé de las Casas, Cusco, 1992, p. XLII.).

Urbano nace en Portugal y muere en Lima. Su teología la adquiere en Montreal, Canadá. Su obra es extensa, sus estudios de la sociedad andina recorren la antropología, la sociología y la historia, sus contribuciones son conocidas sobre el Taki Onkoy, los quipus, los ceques, la organización social y ritual de los incas, las idolatrías. En la apreciación del mundo andino y el tema de la modernidad, discrepó severamente ante la actitud frecuente entre estudiosos peruanos de caer en la exaltación de la magia. Su crítica es un dato para la historia de la cultura peruana. El sacerdote Urbano es un inesperado testigo del repliegue sectario del mundo universitario a fines del siglo XX. Hombre de religión, luce paradójicamente una gran libertad de criterio. Un dominico misionero, más abierto y tolerante que más de un catedrático de estos lares. 

Publicado en El Montonero., 17 de julio de 2023

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La amistad entre Einstein y Haya de la Torre                                                

Written By: Hugo Neira - Jul• 11•23

En una columna anterior, les conté cómo conocí a Cossío del Pomar, en Gandía, España. Ahora, quisiera entregarles algo de su prosa, un extracto de su Biografía de Haya de la Torre, que salió en México, en 1969, en especial el capítulo sobre la amistad de Haya con Einstein. El peruano Haya de la Torre, tan intelectual como político, conoció o frecuentó a los grandes espíritus de su época y no les dejó indiferentes. Estuvo en la encrucijada intelectual de su tiempo. Y fue el mentor de la izquierda democrática en el continente. Obviamente, con ese capital simbólico, nunca lo dejarían llegar a ser presidente del Perú. Más pudieron las alianzas antiapristas. Los dejó con Cossío y su capítulo «Einstein y Víctor Raúl».* 

                                                                        ***

            En Estocolmo se entera Víctor Raúl de la muerte de Einstein. Desde ahí recuerda en una crónica aquel duro invierno en Berlín, donde vivió fecundas horas de preparación intelectual. Alternaba sus estudios con el imperativo de ganar el pan de cada día en un medio muy difícil para un extranjero. Ya hemos visto cómo, a raíz de su primera deportación, en Berlín, se enfrenta a todas las dificultades, decidido, en cambio, a enriquecer sus conocimientos y experiencias.

            Por entonces desempeñaba el cargo de secretario del Wirtschaft Institut Lateinamerika, fundado por el profesor alemán Alfonso Goldschmidt, autor de cuatro libros muy útiles sobre problemas económicos indoamericanos. En la biblioteca de Goldschmidt, en Grunewald, encuentra por primera vez a Albert Einstein, tan justamente llamado «Aristóteles de nuestro tiempo». Los ojos claros, bondadosos, del sabio se llenaron de simpatía al estrechar la mano del joven desterrado.

            La impresión que le produce Einstein es de esas que se graban profundamente en la memoria. Desde ese primer día en que Víctor Raúl se limita a oír la conversación entre los dos sabios, su curiosidad insaciable ahondará en las teorías einstenianas. Le sigue en sus escritos y conferencias, en las charlas que de semana en semana sostiene públicamente con Planck en la rotonda del Instituto de Ciencias. «Amables torneos verbales presenciados por gran número de gentes interesadas en los problemas de la Relatividad y el Cuanta».

            Con la pasión tenaz que pone cuando se interesa por profundizar un tema o llegar a dominar un conocimiento, Víctor Raúl no deja de leer nada de lo que escribe Einstein ni pierde nada de lo que hace. Ahí está en una velada de caridad realizada en la sinagoga mayor de la vieja Monbijoustrasse de Berlín para oírle tocar el violín (1930). ¡Con cuánta satisfacción comprueba sus mismos gustos! Al igual que el sabio, Víctor Raúl tiene su «violon d’Ingres» para abrir la compuerta a sus sentimientos. Sentado al piano, goza del ritmo sedante de las rapsodias de Mendel o las fugas impetuosas de Bach.

            La segunda vez que conversa con Einstein y las muchas veces que le siguen ya puede juzgar la trascendencia de la revolución que aporta a la ciencia sus descubrimientos. Ya Víctor Raúl está capacitado para juzgar por sí mismo la obra del sabio. Siempre ha sido así. Siempre quiere tener una opinión propia sobre las ideas y los hombres que conoce. Afirmar el íntimo convencimiento de su valor:

                        «Einstein —debo confesarlo— ha sido para mí el hombre más egregio de nuestra época, y ningún otro ha concitado tanto mi humilde admiración. Su bondadosa simpatía, sus palabras de aliento, son privilegio de mi vida. Y acaso porque su generosidad era amplísima con los jóvenes, un día, en casa de Goldschmidt, me hizo una amable broma. Súbitamente me dijo:  —Como usted y yo somos coautores de un libro… Y riendo de mi estupefacción me recordó que en 1926 se publicó en homenaje a Romain Rolland el lujoso Liber Amicorum, que prepararon Máximo Gorky y Stephan Zweig para honrar al autor de Jean-Christophe en su 60° aniversario. Conocida por ellos mi filial amistad por Romain Rolland, los compiladores me otorgaron un lugar en aquel volumen, honrado por las firmas más ilustres del mundo. Y ahí figuraba, claro está, el tributo de Einstein.

—Sí, mi amigo, en el Liber Amicorum, de nuestro amado Romain Rolland, agregó muy alegre de verme un tanto confundido.

            En el fondo la broma correspondía a la sincera admiración que Einstein sentía por su joven amigo. Más tarde la haría pública al declarar al escritor norteamericano R. Josephs: «Haya de la Torre es uno de los pocos hombres que entiende a fondo la teoría de la relatividad, y puede explicarla en términos filosóficos». Esta opinión sobre Víctor Raúl la adquiere el sabio después de largas charlas, que le permiten calar su entendimiento. A Einstein le deleita oír al político peruano aplicar con exactitud sus teorías a esas tierras que vieron nacer culturas remotas creadas por el hombre, precariamente, sobre el cuerpo contorsionado de la naturaleza, que lo empuja hacia abismos. Pocos describen Machu Picchu, con su equilibrio de masas, su sentido de simetría, su sentido de estructura. Árboles que hienden paredes, levantan bloques de piedra de sus cuencos y engullen ciudades alguna vez poderosas.

            El buen humor de Víctor Raúl no puede faltar en estas conversaciones «serias». En notas de su libro Ex combatientes y desocupados, figura una agudeza que relata a Einstein por aquella época: «Un chiste científico del astrónomo bonaerense Martín Gil. Al oírlo, el sabio rio de buena gana y halló coyuntura para decir cuánto le había llamado la atención, al visitar nuestro continente en 1923, la perspicacia y la viveza imaginativa latinoamericana. Martín Gil había dicho que toda la teoría de la relatividad se basa en el principio absoluto de que la luz viaja en el espacio con la más grande de las velocidades conocidas —300.000 kilómetros por segundo— y que, en consecuencia, un rayo solar tarda en llegar a la Tierra ocho minutos. «Yo conozco una energía —decía, más o menos textualmente Martín Gil— de velocidad mayor que la de la luz, y es la del pensamiento. Mientras ella emplea en venir desde el Sol a la Tierra ocho minutos, yo voy con mi pensamiento al Sol y vuelvo en dos segundos».

            Con cuanta consternación se entera Einstein del peligro de muerte en que está su amigo en el Perú. Entre los múltiples telegramas que recibe el gobierno de Sánchez Cerro, el de Einstein es uno de los más sentidos y apremiantes. El texto de aquel mensaje, redactado con señera sobriedad admonitiva, pide «se respete la vida del hombre que es honra y prestigio para el continente americano». Víctor Raúl declarará más tarde: «Es ciertamente una de aquellas grandes e inmerecidas compensaciones que la vida depara, cuya fuerza moral sirve de compañía y estímulo en los silencios adversos.»

            En 1947, Víctor Raúl vuelve a encontrar a Einstein gozando de la tranquilidad que le ofrece la Universidad de Princeton. El reencuentro no puede ser más grato. ¡Es tan plácido rememorar con un amigo los días pasados! Ha terminado la locura guerrera de Alemania. Víctor Raúl encuentra el maestro envejecido después de dieciséis años. «La rara luz de sus ojos brillaba siempre igual desde el fondo de su portentosa mente. La misma voz suave y pastosa, casi paternal, en el diálogo, pero con una novedad.  Ahora, Einstein hablaba en inglés, no muy claramente —honraba así el idioma de su tierra de asilo—, mas en cuanto comenzaba a tocar temas profundos se deslizaba casi sin dejarlo sentir hacia la lengua alemana. Entremezclaba ciertos vocablos germanos con los ingleses (Zeit, Bewegung, Materie, etc.), y luego entraba de lleno en el caudal de su lengua nativa durante largos periodos. Entonces su pensamiento parecía más denso y luminoso.»

En la sencilla casa de Princeton, Víctor Raúl fue huésped bienvenido. La primavera en el norte de los Estados Unidos es incomparable, como son incomparables los campos en esas universidades levantadas con espíritu y amor, tan ajenas al tradicionalismo de las universidades estatales. 

            Paseando por los cuidados parques de Princeton, en inglés y en alemán, reanudaron el diálogo. Poca atención prestaba Einstein al relato de los trances políticos de su amigo. Por otro lado, en palabras de aliento, le instaba a continuar su proposición sobre el espacio-tiempo histórico, que tanto provecho tendrá para la Humanidad: «Me estimuló a seguir —recordará Víctor Raúl— en el significado subjetivo del espacio-tiempo, no solo perspectiva en la historia según mi interpretación, sino conciencia de ella.»  Y luego repitió, en inglés, con mucho convencimiento: «Parece tan lógica su proposición que podría servir de base a toda una teoría. ¡Cuánto me gustaría verle emplear todo su tiempo en seguir estas investigaciones!».

            Hay varias fotografías que muestran a Einstein y Víctor Raúl en sus diarios paseos. Siempre en charla. Dada la insaciable curiosidad por todo lo que represente valores espirituales, ya podemos suponer los intensos momentos felices vividos por Víctor Raúl. Lo que más le admira es el claro optimismo del sabio respecto a las grandes posibilidades del uso de la energía atómica para fines pacíficos. «Cuando yo le expresé que en mi sentir, con aquel nuevo y prodigioso poder del hombre sobre la Naturaleza, vendría la revolución que realmente transformaría al mundo», respondió en alemán: «Son nuestras seguras esperanzas y también nuestros deseos. El deseo de dos pacifistas sinceros.» Al mostrarle Víctor Raúl una cajita que acababa de recibir de la revista Time, de Nueva York, conteniendo unos fragmentos de tierra radiactiva de Hiroshima, Einstein le aconsejó que tuviere siempre lejos aquel regalo.

En las calles de Estocolmo se entera por los titulares de los periódicos de la muerte de «El padre de la física nuclear». A un grupo de jóvenes oyó lamentar la desaparición: «El más grande sabio del mundo; el descubridor del E igual Eme v dos (E= m v 2)». «Acaso sobre su tumba —pensó Víctor Raúl— sea esa fórmula primicial de la edad atómica el mejor epitafio».

* Cossío del Pomar, Felipe, Biografía de Víctor Raúl Haya de la Torre – Periodo 1931-1969, Editorial Cultura México DF., 1969, pp. 283-286. 

Publicado en El Montonero., 10 de julio de 2023

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