Sobre el Estado

Written By: Hugo Neira - Mar• 14•23

Hace un par de semanas, les traía un texto del colombiano Arciniegas sobre la crisis del Estado en América Latina escrito en los años sesenta. Ahora invito al amable lector a leer uno de mi autoría, que viene de un libro agotado (¿Qué es Política en el siglo XXI? Fondo Editorial USMP, 2018) en el cual traté la cuestión del Estado, la forma de organización que específicamente se ocupa del quehacer político, según la definición de la Enciclopædia Universalis.

El nacimiento del Estado moderno (de derecho,racional)es inseparable del conceptode soberanía. Esta viene acompañada de la “razón de Estado”. ¿Y qué razón es esta? La de salvaguardar al Estado mismo. Es un principio que entendía muy bien Richelieu, el objetivo prioritario del poder es el poder mismo. Y la pregunta que nos tenemos que hacer es si hemos terminado por ir lejos del momento en que Maquiavelo aconsejaba al Príncipe a no pensar en otra cosa que en la guerra. Tanto la guerra interna como externa ante otras señorías.

Un Estado es, ante todo, una “realidad política”, según el filósofo francés Alain Cambier, pues “un Estado que fuese un puro sistema de normas no sería sino una versión restringida e ineficaz del Estado mismo”. El año pasado, la población mundial sobrepasó los 8 mil millones de terráqueos. Cada diez años nacen 74 millones de chinos y 190 millones en la India, que será el país más poblado de la tierra. ¿Qué tipo de Estado mundial, qué burocracia, se atrevería a manejar esa inmensa humanidad cuando, Estado por Estado, ya es difícil la administración?

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Del Estado, en genérico

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¿Es posible una síntesis sobre el Estado? Al parecer lo es, si se abrevia en una primera parte la historia de la humanidad como lo hace el politólogo canadiense Gérard Bergeron (Petit traité de l ‘Etat), desde los “Estados” que faltan, en sociedades llamadas primitivas, o por el contrario, donde hay demasiado Estado con los imperios, que llamaríamos despóticos. El Estado aparece al final de la evolución humana. No hay señales de Estado cuando los australopitecos ni con los neandertales. Bergeron señala nueve gradas para llegar de la evolución de los homínidos al primer Estado. Los primeros son “gigantescas centrales de potencia”. Lo que sigue es más conocido, de la ciudad-estado al Imperio del mar. De lo bárbaro a lo feudal y a lo imperial. La segunda parte está consagrada a la emergencia del Estado ‘soberano’. Su reconocimiento se hace general en el XVII. Monarquía inglesa y francesa. Luego, una forma que es adoptada por un círculo de Estados. Y de dinástico a absolutista, de Hobbes a Bossuet, de Locke a Montesquieu, el Estado que constitucionaliza lo “nacional”.

En la tercera parte, aparece el Estado contemporáneo. Le parece omnisciente. Una definición, “el Estado como la organización de organizaciones”. Pero también estudia los casos de débil coherencia. Debemos detenernos en sendos puntos. A su parecer, la disciplina que estudia las organizaciones, tiene ante ese reto actitudes diversas. O bien lo considera una organización como cualquier otra. O bien lo tiene fuera del campo de lo investigable. Hay una tercera opción, hacerle el honor de considerarlo una megaorganización. Prefiere esta última. Pero su organización “no es la de un club de bridge, una firma o un ejército”. El Estado organización necesita una legitimización. Lo que nos remite a lo que Weber señala, las diversas legitimidades.

Bergeron confirma algo que viene de la realidad. La diversidad de Estados. En la época en la que escribe, ya hay 195 Estados y territorios no independientes. Casi todos miembros de las Naciones Unidas. En el proceso de la descolonización, muchos han cambiado de nombre: Congo Kinshasa, Rhodesia, Camboya y Ceylán se volvieron Zaire, Zimbabwe, Kampuchea y Sri Lanka, y algunos volvieron a recuperar sus antiguos nombres. La ruptura de Yugoslavia multiplica el número de Estados. Lo mismo la división de la ex Checoslovaquia. Todo este menudo proceso parece no tener mucho sentido. Pero, los trabajos del tipo emprendido por Bergeron permiten darnos una visión de conjunto. El Estado es parte del proceso de mundialización. O dicho de mejor manera, los países tienden a estatizarse. Es más, lo que está ocurriendo es que el planeta es uno, pleno de Estados. Sea la religión, la etnia, el lugar, el proceso comenzó en el XIX y se acelera en el siglo XX. El Estado alcanza la catolicidad, dice Bergeron, con ironía, puesto que católico quiere decir universal. No es pues una forma política, sino “la fórmula política tal cual”. Y se remite a una fuente, L’État dans le monde moderne (París, 1976). La obra me parece que es de Henri Lefebvre.

La contabilidad de los Estados es un ejercicio muy corriente. Yves Lacoste los agrupó en 33 “conjuntos geopolíticos”, salvo siete grandes Estados, URSS, Estados Unidos, China, India, Brasil, Canadá. Pero eso era la Realpolitik en 1988. En los días que corren, esas reagrupaciones no son ya usuales, se prefiere hablar de “la crisis de los viejos sistemas hegemónicos y de un mundo policéntrico”. Con más de 7 mil millones de habitantes, el asunto migratorio por todas partes, la desigualdad que provoca el crecimiento económico bajo las firmas transnacionales, la búsqueda de un desarrollo que no afecte a la pérdida del empleo, la aparición de nuevas formas de comunicación y tecnología de contacto inmediato, ocurre algo temible por ambos lados. La legitimidad la pierden de a pocos los Estados. Y también las organizaciones de carácter mundial. La crisis de la gobernabilidad es interior y exterior. De modo que si bien es cierto que se multiplican los Estados, esto puede ser un movimiento espontáneo de los pueblos y masas, de doble signo. O se preparan para defender sus señas o identidades, o para acelerar la mundialización misma. Me temo que nadie está en condiciones de decir cuál de esas tendencias concluirá por imponerse. O cómo en otros casos en la historia, surgirán formas ambiguas, combinatorias de una cosa o de la otra. ¿Y cómo se llama entonces, esa actividad que se ocupa de darle forma legal a lo inconexo y por momentos, irracional? Se llama la política. Pero no por haberla inventado los griegos lograron llegar a unirse en lo que pudo ser la helenidad. Nunca superaron la polis, el Estado-ciudad. Lo que permite a George H. Sabine decir, “el fracaso de la ciudad-estado”.

Sabine, gran profesor en Cornell University, autor de textos admirables por su minuciosa descripción del pensamiento político de Platón a nuestros días, tiene enjuiciamientos un tanto desmedidos. Diría un tanto provincianos. Strauss le habría criticado por partir de sus propias preguntas. A los antiguos —consejo de Strauss—, hay que interrogarlos desde sus propias preguntas. Lo cual demanda del historiador un grado muy grande de empatía. Los griegos son mucho más distintos de nuestra manera de ver las cosas de lo que creemos.  Claro está, nos resulta inverosímil que los griegos no realizaran algo más audaz que la ciudad-estado. Pero en ese caso también podemos señalar con el dedo, a las monarquías del siglo XVI al XIX, que se hicieron la guerra porque no pudieron reunirse en algo como la Sociedad de Naciones o las Naciones Unidas. O reprochar a incas y aztecas no haberse unido para rechazar a los Conquistadores. No lo hicieron porque ambos imperios no llegaron ni a rozarse¡! No debemos hacer, a los hombres del pasado, nuestras preguntas sino pensar desde su pensar. Los griegos nunca vieron la necesidad de algo más grande que la polis, entre otras cosas, porque no eran muy numerosos. Atenas en su apogeo llegaba apenas a 140 mil habitantes. Los reinos aparecen con un sentido demográfico. Los persas, sí eran numerosos. ¿Y qué tenían? Tenían reyes, sátrapas o funcionarios menores, diversos pueblos sometidos. Cada caso tiene su propia lógica. Y cada lógica, es una política distinta.

¿No hemos explicado, en las primeras páginas de este libro, que China crea el primer Estado con funcionarios y poder central porque necesita reunir diversos reinos e intereses en torno a obras hidráulicas para contener los grandes ríos y prosperar como sociedad rural? Y no hace eso con una nobleza —que como en otros episodios de la historia, son gente de guerra— sino con funcionarios llamados mandarines. ¡Con letrados! (HN, ¿Qué es Política en el siglo XXI? pp. 176-178)

Publicado en El Montonero., 13 de marzo de 2023

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«Buscando a Dios en el universo»

Written By: Hugo Neira - Mar• 06•23

Este libro de Ramón Tamames (Erasmus Ediciones, Madrid, 2018) busca a Dios en el universo. O el sentido de la vida, como señala el subtítulo. El lector es atraído por la foto de una nebulosa a 680 millones de años luz de la Tierra en la portada, llamada el Ojo de Dios. Economista, político y prolífico autor nacido en Madrid en 1933, Tamames nos invita a una obra peculiar y fascinante que reúne la ciencia y sus enfoques de trascendencia. Por mi parte, amante que soy de los libros, mis lecturas sobre la naturaleza y la exploración del universo que nos rodea no cesan nunca. Y en esta obra de nueve capítulos, Tamames se pregunta, en el tercero, si estamos solos, los humanos, en el cosmos, y si es para siempre. No sabemos si hay otros mundos donde la vida ha dejado de ser un misterio. Situamos la existencia del Homo sapiens sapiens (nosotros) a 35 mil años atrás pero no sabemos en qué momento emergió el Hombre pensante. Sin embargo, descubriendo las leyes de la naturaleza, especialmente la física cuántica, y mejorando la tecnología de observación de los astros y cuerpos celestes, vamos entendiendo cómo se forman los planetas y mueren las estrellas. Y nacen más interrogantes, como la de Lynne McTaggart, divulgadora científica, que sugiere que «hay un campo de energía cuántica que puede estar influida por el pensamiento humano» (Capítulo VI).

Cuando comencé a leer esas páginas, me sentí como en una obra de Julio Verne. No siendo ficción, se puede gozar del libro del español Ramón Tamames por la sencillez con la que trae temas muy complejos y la discusión en torno a estos, y que nos habitan. Por ejemplo, ¿de dónde vinimos?, ¿qué somos?, ¿adónde vamos?, también título de un famoso cuadro de Gauguin. El universo está en expansión desde el big bang o hay otros (multiuniverso), y otras formas de materia y energías, llamadas oscuras. Y la gran cuestión:  ¿estamos solos en el cosmos?  El libro estudia la vida y la nueva racionalidad,   los cerebros y la informática. ¿Qué somos? ¿O los exoplanetas nos esperan? No es algo que ponga de lado las religiones. No hay incompatibilidad. Puede que la ciencia ayude a recordar que, para el cristianismo, Jesús no tuvo muerte, qué sabemos. Y las nuevas ecuaciones… Por una vez, seamos modestos, el libro de Ramón Tamames no es un libro sino otra escalera para el entendimiento de nuestra condición. Felicitaciones, y muchas gracias por haberlo escrito. Si llego tarde en las felicitaciones, es porque me muevo entre países, una biblioteca y otra, pero siempre estuvo en mi lista de prioridades. Me alegro que esta obra tuviera múltiples ediciones en España por su gran acogida.

Publicado en El Montonero., 6 de marzo de 2023

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La crisis del Estado en Latinoamérica

Written By: Hugo Neira - Feb• 27•23

Hace unos años, en un artículo que escribí para El Comercio (“América, la nuestra”) del 27 de febrero de 2019, recordaba al amable lector que no tenemos que imitar a nadie, nuestro destino somos nosotros mismos. Le invitaba a conocer lo nuestro y para ello, leer a Paz, Borges y Arciniegas (1900-1999). (https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/america-nuestra-hugo-neira-noticia-611686-noticia/)  Germán Arciniegas era un historiador colombiano y gran ensayista. Y un liberal. Escribió una historia de la cultura en América, El continente de siete colores. Un libro formidable (entre otros), panorámico, que salió en 1965, sobre una América Latina que sufre de una “falta de seguridad en su capacidad de pensar y decidir”. He aquí un fragmento de dicha obra sobre la crisis del Estado. Que yo sepa no ha vuelto a ser editado pero numerosas viejas ediciones están en venta en internet, siendo la que tengo de 1990 y de la editorial Aguilar.

Escribo esas líneas mientras me llega la lamentable noticia del fallecimiento de Jorge Morelli, colaborador de este portal desde el primer día, gran periodista y lector. El Perú lo echará de menos, sabía discrepar y debatir.

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La crisis del Estado (Germán Arciniegas)

Si los escritores han creado su propia manera de expresión americana, logrando así su independencia, y la novela latinoamericana surge como creación original, auténtica, los políticos no han llegado a la misma madurez por falta de imaginación creadora. Los viejos partidos no logran modificar sus estructuras y cargan con el lastre de los oportunistas, acostumbrados a usufructuar posiciones y ventajas a la sombra del poder abusivo. Los partidos nuevos no presentan soluciones tan originales que alcancen a despertar una nueva mística como la que permitió a comienzos del XIX cumplir la única gran empresa política de todo el continente: la independencia de España. Este quedarse cortos de unos y otros ha favorecido el retorno de los brujos, es decir: de caudillos sin escrúpulos, algunos de ellos francamente ladrones, de oratoria demagógica desvergonzada, que cautivan a una vasta masa de ingenuos, prontos a marchar en pos de una ilusión. Los golpes militares parten de la insuficiencia de los partidos civiles. Así, los mapas de la América Latina, llevados a un atlas político, no ofrecerían imágenes tan claras como los mapas literarios. Lo que salta a la vista en este momento del caos es una gran mancha negra de los gobiernos impuestos por golpes constantemente se reproduce esa imagen en periódicos y revistas de Estados Unidos y Europa—, a manera de denuncia gráfica sobre la insuficiencia de los movimientos civiles para resolver el problema de una nueva sociedad en donde el ansia de mejoramiento camina más veloz que el progreso urbano o la industrialización en que se cifra la nueva riqueza nacional.

Hasta 1900 la imagen de las repúblicas latinoamericanas fue rural. Argentina era como la pintó Sarmiento en las páginas de Facundo. Hoy, unas veinte ciudades que pasan del millón de habitantes y llegan hasta los siete, da una idea del espectacular y repentino desarrollo ciudadano. De otra parte, el progreso industrial engendra el desempleo. Las máquinas ­­—desde los remotos días en que se introdujeron los telares en Inglaterra— no han hecho otra cosa que deshumanizar la industria. Con la automatización extrema de las fábricas, se puede hoy producir cada vez más con menos gente. Se pueden ofrecer las cosas baratas que todo el mundo quiere tener. Lo primero que produce este nuevo sistema de enriquecimiento es el desempleo. No puede retenerse ocioso a un pueblo que quiere participar en el goce de la prosperidad, y queda al margen de una industrialización que hace cada vez más fuertes y ricos a los grandes. Se requiere un impulso nuevo, por caminos paralelos, de otro tipo de empresas que den ocupación al campesino echado de la tierra donde la agricultura se trabaja industrialmente o al obrero desalojado de los talleres cuando los reemplazan las fábricas. Tendrían que desenvolverse a gran rapidez oportunidades y ocupaciones como las que ofrecen un comercio muy desarrollado, la industria de la construcción, las obras públicas o el artesanado, y sobre todo el turismo, para ir llenando los vacíos que en el campo del trabajo impone el progreso industrial. Mientras esto no se logre, quedará flotando, con inconformes y necesitados, una masa puesta a la orden de los agitadores.

El agitador ha pasado a formar una nueva clase de formidable prestigio en las masas. Es ahí en donde la América Latina forma tipos representativos de gran figuración universal. Pero el agitador —hasta el momento en que comienza el tercer acto del siglo XX— carece de capacidad imaginativa suficiente para independizarse de los modelos europeos o asiáticos. El simple hecho de que los hombres de soluciones extremas estén divididos entre seguidores de la línea Moscú y seguidores de la línea Pekín, indica la ausencia de fórmulas originales, únicas que podrían definir una cultura política latinoamericana de relativa madurez.

Lo que da su valor explosivo a los nuevos marginados son las oportunidades para la protesta que antes no existieron, y la información, al alcance de todos, de cuanto sucede en el mundo. La pobreza fue en otro tiempo universal y sumisa, calurosa y desprevenidamente compartida. Los hacendados mantenían a los peones —muchas veces hijos suyos— en un plan de familia medieval. Convivían bajo el mismo techo. Las diferencias de clase no eran extremas, y la riqueza no rodeaba al rico de lujos que hoy hacen cada vez más distantes los niveles sociales. Nadie disponía de las pantallas en que se ven imágenes de cómo van ascendiendo en otras comarcas —y sobre todo en los cinematográficos Estados Unidos— comodidades que dan al obrero un aspecto de burgués en miniatura. Así, la ambición de mejorar tiene estímulos que no se conocieron antes. Hasta ayer el hábito más difundido era el silencio. Hoy los inconformes se expresan incendiando automóviles, rompiendo las vitrinas, incorporándose a las guerrillas, mostrando más la desesperación que la posibilidad del cambio.

Mientras no se allane el camino para una transformación profunda y se llegue a la fórmula de la democratización en el goce del progreso, mediante sistemas originales, adecuados a las circunstancias latinoamericanas, el caos político seguirá siendo rutina constante. Lo agudo de semejante situación quizás determine pronto una respuesta satisfactoria, que será el triunfo de los políticos en el último tercio del XX.”

Publicado en El Montonero., 27 de febrero de 2023

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Carta de Simón Bolívar

Written By: Hugo Neira - Feb• 20•23

“General y estadista americano nacido en Caracas, Bolívar libertó de la dominación española a Venezuela y Nueva Granada que pasaría a llamarse Colombia en 1819. En 1824 funda nuevos Estados, el Alto Perú y Bolivia. Acusado de dictador, abdica cuando buscaba confederar los nuevos Estados latinos de Sudamérica” (Le Petit Larousse Illustré de 1927).

Bolívar fue un caso muy especial. Su familia, que era española, se hizo rica en Venezuela. Le pudo dar una educación particular desde niño, y así contrató a un preceptor, Simón Rodríguez, uno de esos sabios al estilo de Rousseau, con una inmensa cultura que lo educó. Lo llevó a Europa donde el joven Bolívar aprendió cómo estaba organizado el ejército español que años después iba a enfrentar. Patriota y cosmopolita a la vez. Su maestro, en la ocasión de un viaje a un alto lugar de Roma, el Monte Sacro, le hizo jurar la libertad de América del Sur. Y así fue. Todos los combates que vinieron después partían de su capacidad para formar repúblicas, Estados libres de toda dominación. Esos países en esa época eran muy ricos: oro, plata, cobre. Su nombre fue aplaudido en Francia en 1820. Por influencia de su maestro, Bolívar dio la libertad a los esclavos de su familia, pues siempre había defendido la idea del “ser humano libre”.

He aquí la carta que le escribió a su tutor y maestro, Simón Rodríguez, caraqueño, la carta de Pativilca.

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Carta de Simón Bolívar a su maestro Don Simón Rodríguez

Al señor don Simón Rodríguez:

¡Oh mi Maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson, Ud. en Colombia! Ud. en Bogotá, y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud. el hombre más extraordinario del mundo; podría Ud. merecer otros epítetos pero no quiero darlos por no ser descortés al saludar un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el nuevo; sí a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada, no en su corazón sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que Ud. quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda Ud. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá Ud. olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener.

Ud. Maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló. Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa. No puede Ud. figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que Ud. me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que Ud. me ha regalado. Siempre presentes a mis ojos intelectuales las he seguido como guías infalibles. En fin, Ud. ha visto mi conducta; Ud. ha visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel, y Ud. no habrá dejado de decirse: todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la regué, yo la enderecé tierna, ahora robusta, fuerte y fructífera, he aquí sus frutos, ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos, porque mi derecho es imprescriptible, privativo a todo.

Sí, mi amigo querido, Ud. está con nosotros; mil veces dichoso el día en que Ud. pisó las playas de Colombia. Un sabio, un justo más, corona la frente de la erguida cabeza de Colombia. Yo desespero por saber qué designios, qué destino tiene Ud.; sobre todo mi impaciencia es mortal no pudiendo estrecharle en mis brazos: ya que no puedo yo volar hacia Ud. hágalo Ud. hacia mí; no perderá Ud. nada; contemplará Ud. con encanto la inmensa patria que tiene, labrada en la roca del despotismo por el buril victorioso de los libertadores, de los hermanos de Ud. No, no se saciará la vista de Ud. delante de los cuadros, de los colosos, de los tesoros, de los secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta soberbia Colombia. Venga Ud. al Chimborazo; profane Ud. con su planta atrevida la escala de los titanes, la corona de la tierra, la almena inexpugnable del Universo nuevo. Desde tan alto tenderá Ud. la vista; y al observar el cielo y la tierra admirando el pasmo de la creación terrena, podrá decir: dos eternidades me contemplan; la pasada y la que viene; y este trono de la naturaleza, idéntico a su autor, será tan duradero, indestructible y eterno como el Padre del Universo.

¿Desde dónde, pues, podrá decir Ud. otro tanto tan erguidamente? Amigo de la naturaleza, venga Ud. a preguntarle su edad, su vida y su esencia primitivas; Ud. no ha visto en ese mundo caduco más que las reliquias y los desechos de la próvida Madre: allá está encorvada con el peso de los años, de las enfermedades y del hálito pestífero de los hombres; aquí está doncella, inmaculada, hermosa, adornada por la mano misma del Creador. No, el tacto profano del hombre todavía no ha marchitado sus divinos atractivos, sus gracias maravillosas, sus virtudes intactas.

Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a Ud. a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito más fuerte: la amistad invoco.

Presente Usted esta carta al Vicepresidente, pídale Ud. dinero de mi parte, y venga Ud. a encontrarme.

Pativilca, 19 de enero de 1824

Bolívar


Publicado en El Montonero., 20 de febrero de 2023

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Basadre y Macera sobre los militarismos

Written By: Hugo Neira - Feb• 13•23

Para ocuparse de la historia del Perú, los historiadores tienen métodos distintos a los de sociólogos y antropólogos que recogen la tradición oral. Así es raro un libro en el que dos grandes historiadores conversan. Es lo que hicieron Pablo Macera y Jorge Basadre, una conversación editada en 1979 en Lima por Mosca Azul, y que salió en dos mil ejemplares. Macera, en su presentación, dice entrevistar a Basadre como lo hiciera anteriormente José Miguel Oviedo con Luis Alberto Sánchez, en Conversaciones, que publicado en 1973. Conversaciones con Basadre explora, nos dice Macera, nuevas técnicas de información en el campo de la historia (“una ciencia en crisis”), que en realidad no lo son del todo si se recuerda que “toda la historia precolonial andina fue una historia hablada”. Macera señala que esa rehabilitación de nuevas fuentes históricas, con el precedente de Luis Alberto Sánchez y Oviedo “inicia un género confidencial a mitad de camino entre el reportaje y los libros de memoria”. Frente a una grabadora, Basadre respondía las preguntas en dos o tres sesiones sobre el misma tema. No todo está en la publicación, la editorial las clasificó y redujo en seis secciones: – El oficio del historiador – Marxismo e historia – La acción política – Los intelectuales y su función social – El proceso histórico peruano. Si Macera eligió a Basadre no fue una arbitrariedad, fue porque “era el primero de los historiadores peruanos, estaba en plena producción y apartado de toda actividad política”. Formaba parte de los grandes intelectuales de ese momento como Luis E. Valcárcel, Raúl Porras, José Carlos Mariátegui y Sánchez. Macera resalta una originalidad de Basadre: “siempre reactualizaba su información y sus criterios de estudio”.

Nos interesa saber del oficio del historiador, que es la primera sección del libro, y del cómo llegó a serlo. En página 31, Basadre habla de Tacna, su familia, y su infancia. Nació en Tacna en 1903 durante la ocupación chilena. En una zona de minifundios y escasez de agua, precisa. Fue el menor de siete hermanos. Por el lado paterno, viene “de una familia enraizada allí desde hace muchos siglos”. Y por el lado de la madre, tiene antecedentes europeos. Su madre era “hija de un comerciante alemán y de una tacneña con orígenes locales desde el comienzo del siglo XIX y con ascendientes irlandeses y españoles”,  Olga Grohmann. En su casa, había una buena biblioteca, libros de literatura y de historia que fueron un refugio para el joven Basadre. “El goce de leer en cualquier momento lo que pertenece a uno, de abrir o cerrar libremente las páginas preferidas, de hallar compañía en lo que otros pensaron o dijeron es una voluptuosidad incomparable tanto en la primera juventud como en la vejez”. Su abuelo paterno había iniciado los estudios histórico-geográficos de Tacna y otro pariente, Modesto Basadre, había escrito mucho en los periódicos sobre la primera etapa del siglo XIX. Esta sería la raíz familiar de su vocación por la historia.

A los seis años, se muere su padre y la madre se hace cargo de todo. Pero ante las dificultades, se desarraigan y se van en 1912 a Lima. Su madre lo hace ingresar al Colegio Alemán “y no al de la Inmaculada o al de la Recoleta”. Y el último año de secundaria, en el Guadalupe. Ingresa a San Marcos en 1919, sustenta su tesis en 1927 y empieza a dictar un curso de “Historia del Perú, curso monográfico”. Al percatarse de que sus alumnos no tenían base de historia política, fue llevado a publicar parte de su tesis y sus nuevas investigaciones, en un libro titulado Iniciación de la República, en 1929 y 1930 (son dos volúmenes). Y en 1931 sale Perú: problema y posibilidad, un año antes de irse a Europa. En 1932, antes de la Alemania de Hitler, se va como estudiante libre del Instituto de Estudios Ibero-Americanos de Berlín y siguió un curso de Historia del Derecho. De Alemania, se va luego a España, muy disgustado por los acontecimientos en el Perú (el golpe de Sánchez Cerro), donde encuentra un trabajo en el Centro de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, cuyo jefe era José María Ots y que lo lleva a investigar en varios Archivos. Luego le dieron un cargo en el Instituto de Estudios Históricos de Madrid. En 1935 regresó al Perú y recuperó su cátedra, una vez reabierta la universidad que Sánchez Cerro había clausurado.

Nos importa mucho la formación de Basadre, gran patriota. Es muy saludable para un joven peruano irse a Europa para formarse, aprender la seriedad, la claridad, el rigor. No por ello perdió su amor al Perú. Basadre es un ejemplo entre otros. Sus escritos son llenos de verdades que resultan del sentido crítico del historiador. Aquí les traemos un extracto de la conversación grabada en 1973.

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Los militarismos  (pp. 153-156)

-Jorge Basadre: A mí me parece que el militarismo nace en el Perú por varias causas. En primer lugar, la guerra de la Independencia, como decía antes, es muy larga. Se necesita crear la fuerza armada que va a destruir a quienes representaban al Rey de España. En segundo lugar, dadas las características especiales del Perú, el proceso de la Emancipación termina cuando en nuestro país hay tropas colombianas. Así que, inmediatamente después de la lucha con los españoles, se produce un fenómeno nacionalista anticolombiano que da lugar al derrumbe del régimen llamado vitalicio y de la Constitución vitalicia, y que, al mismo tiempo, obliga al retiro de las tropas colombianas, no solamente del Perú sino de Bolivia. El problema con este país sigue vivo durante muchos años, no obstante el hecho de que en 1873 se firma el tratado secreto de alianza. También me parece que el militarismo surge porque hay un gran vacío social. La aristocracia peruana no ha dirigido la última etapa de la revolución de la Independencia. La última etapa de la revolución de la Independencia ha estado en manos de Bolívar, de los colombianos; naturalmente con algunos auxiliares peruanos muy importantes: Sánchez Carrión, Unanue y otros; pero fundamentalmente, Bolívar y los colombianos. A la aristocracia colonial se le ha escapado el comando de la revolución. Las grandes figuras aristocráticas de la independencia terminaron en una posición inverosímil: Riva-Agüero buscando en vano una solución intermedia de acuerdo peruano-español que no era viable en ese momento, como no lo había sido cuando San Martín lo pretendió. Y Torre Tagle asilándose en Lima  según la tesis que él plantea– ante el peligro que presentaba la orden de fusilamiento dada por Bolívar, y amparándose así al lado de los españoles. El problema de Torre Tagle habría que discutirlo. Tanto Riva-Agüero como Torre Tagle están ausentes de las batallas de Ayacucho y de Junín o en los días que inmediatamente siguen a Ayacucho. A la aristocracia peruana se le ha escapado la revolución de la Independencia. La aristocracia peruana no ha comandado la revolución de la Independencia. Bolívar es el primero que comienza la tarea de deshacer a esa clase social. La ejecución de Juan de Berindoaga en la Plaza de Armas, no obstante todos los esfuerzos que hubo para salvar su vida, expresa claramente el deseo de Bolívar de humillar y dejar de lado a estos grandes señores limeños. Entonces, en ese vacío que no podía ser llenado por los ideólogos que pronunciaban discursos en las Asambleas Constituyentes, aparecen los militares vigorizados, repito, la duración larga de la guerra, por la actitud nacionalista frente a los colombianos y por el problema con Bolivia que ansía salir al mar por Arica. Al amparo de una serie de actitudes de orden personal, surge el caudillaje, que es como una especie de respuesta brutal, una especie de respuesta de hecho que la realidad ofrece a la teoría de las Constituciones formalmente copiadas de otros países. Este es el primer militarismo. Quienes lo conforman son todos combatientes de Ayacucho. El crepúsculo de este periodo aparece con la figura de Prado en el 65.

-Pablo Macera:  Ese es un militarismo después de la victoria.

Jorge Basadre: Sí y luego tenemos el militarismo después de la derrota, cuando ya el país está deshecho por los años que ha durado la guerra con Chile. Tras la destrucción del Estado, la única fuerza organizada es la fuerza militar, que en guerra civil prolonga la dolorosa etapa que implicó el conflicto con los chilenos.

Pablo Macera: Podríamos hablar entonces, por lo pronto, de dos militarismos; uno que llamaríamos el militarismo ayacuchano y otro que, si no fuera por Cáceres, podríamos llamar de Ancón. Pero quizás dentro de estos dos primeros militarismos cabría distinguir a su vez otros grupos. En el militarismo ayacuchano hubo diferencias entre hombres como, de un lado, Gamarra y Santa Cruz, que pienso coincidían en lo fundamental porque ambos querían la Confederación Perú-boliviana, solamente que cada uno de ellos pretendía comandarla, como usted ha dicho en su Historia de la República.

Jorge Basadre: La diferencia también existía en el hecho de que, para Gamarra, esta unión entre el Perú y Bolivia o, por lo menos, entre el Departamento de La Paz y el Perú, debería darse bajo el mando del Perú; y Santa cruz, que quiso ser Presidente del Perú en 1827 y no lo dejaron (por desgracia lo arrinconaron y no tuvo más remedio que aceptar la presidencia de Bolivia, donde dijo que él iba a hacer una Macedonia, del mismo modo como de Macedonia parte la unificación de Grecia clásica), Santa Cruz cree que de Bolivia puede partir la unificación natural entre el Alto y el Bajo Perú. Son esas dos las diferencias: primero la ambición personal y luego digamos el punto de partida para esta unión entre los dos Perúes.

Pablo Macera: Entonces podríamos incluso añadir otros grupos más. Siguiendo la metáfora de Santa Cruz, habría también un militarismo ateniense, representado por el mariscal napoleónico Vivanco, y dos hombres que necesitan un examen especial, que serían Salaverry, que en algún momento entusiasma a las juventudes liberales peruanas, y Castilla, el gran mito, a quien pienso yo que, como a otros mitos, cabe destruir o, por lo menos, reducir a su verdadera estatura.   […]

Publicado en El Montonero., 13 de febrero 2023

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