Ciberpolítica, el nuevo mundo que se viene

Written By: Hugo Neira - Oct• 24•22

María del Pilar Tello me hace el honor de que prologue este su nuevo libro. Es una alegría y a la vez un problema. Ella sabe mucho más que el que escribe esta nota previa, sobre ciberpolítica e internet. Ha estado tras de ese enorme tema un buen rato. Me consta, de eso hablamos cuando nos encontrábamos. El tema es enorme, tan extenso como cuando en algunos países europeos —y más tarde en América del Norte y en Japón— se dieron cuenta de que la circulación de barcos de vapor y ferrocarriles a fuerza de carbón, y la aparición de fábricas —desde el XIX— estaban cambiando por completo la vida humana. Y la llamaron revolución industrial.

Pues bien, este libro, que viene de la segunda, tercera y acaso cuarta revolución industrial —por cierto, en ninguna de ellas hemos entrado— se ocupa no de algo que es historia sino de la realidad que nos rodea. Desde la conversación que podemos tener con internet, con alguien que vive en las antípodas, tras una pantalla de laptop. O comprar un libro en Amazon, acaso en papel impreso o bajarlo. Sin hablar de las técnicas medicinales de estos días. Ya no con rayos X sino con resonancias. Pero a lo que voy, puede que lo que esté ocurriendo no sea un ciclo más de las revoluciones tecnológicas. Acaso otro tiempo. El impacto de la informática, la genética (los genes podrán ser tratados e impedir enfermedades hereditarias), de eso a ciudades sobre los océanos, el control del clima, un cambio tan grande para el género humano como el que ocurrió cuando las primeras tribus de humanos pasaron de la caza a la agricultura. Y de clanes transhumantes a sedentarios en urbes y civilizaciones. Hoy estamos en el umbral de otra era. Y nada de esto es ciencia ficción. Los instrumentos de esa mutación social se hallan delante de nuestras narices.

Querida María del Pilar, no es fácil presentar tu libro. Tengo que comenzar contándote qué hago cuando abordo ese tema en mis clases, no con tu competencia, sino a mi manera. Les digo a los que siguen mis seminarios, que llegamos tarde a la primera revolución industrial. Eso lo primero, para situarnos. Ese término, «situarse», era uno de los preferidos por Jean-Paul Sartre. Mi generación, ese término lo usamos a fondo. Ahora bien, en la clase me detengo y hago la siguiente pregunta. Revolución industrial. ¿A partir de cuándo la llamaron de esa manera? Puesto que las primeras zonas industriales aparecen en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII y la locomotora de Stephenson es de principios del siglo XIX, ¿cuándo se crea el concepto de revolución industrial? Y aunque parezca mentira, era un tiempo en que la tracción animal era reemplazada por máquinas a carbón y a vapor, pero lo que ocurría, no tenía un nombre propio. La llamaron «maquinismo». Otros prefirieron hablar de «civilización industrial». Sobre todo en Francia. Ahora bien, en 1765, James Watt construye el primer prototipo de máquina a vapor. Los ferrocarriles circulan desde 1835 en Inglaterra, y luego en toda Europa, a excepción de España que llegó tarde a todos los grandes eventos políticos y técnicos que poblaron el siglo XIX. Y sin embargo, el concepto de «revolución industrial» amanece en Friedrich Engels, el gran amigo de Marx, en un modesto trabajo sobre la «situación de la clase obrera en Inglaterra» en 1845. Pues bien, entre la aparición de la sociedad de máquinas y obreros y el concepto, pasaron unos 80 años. Debemos asombrarnos.

Se trataba de un evento espectacular, de coches sin caballos, con tejidos hechos por telares mecánicos, de agricultura con sus desmontadoras, de viajes por los océanos con naves a vapor y no en vela, era algo que todo el mundo veía y aprovechaba. Sin embargo, como puede apreciarse, nada es más difícil para los seres humanos que el darse cuenta en qué era viven. Con la excepción de los hombres del Renacimiento, todas las épocas han sido bautizadas tardíamente.

María del Pilar se ocupa de la cibernética, internet, poder, democracia. Ese intitulado plural permite abrazar el enorme contenido de «lo que transforma el mundo y las relaciones de las naciones». Uso esa frase, deliberadamente, porque son las de David Landes en 1998, hablando de la «revolución industrial». Eso vendría a ser la actual era digital. Lo hago a propósito de la situación actual. Estamos entre un Alfa y un Omega. El tema que se aborda en este libro es tan vasto que no hay más remedio que reunirlos en una sola temática. Es lo que hace Pilar Tello con internet y política. Es cierto que en otras ocasiones es mejor separar los temas. Pero en este caso  no es así. Más claramente, si este libro estuviera consagrado a explicar el universo, sería posible hacerlo, pero a partir de qué es el big bang y la formación de estrellas en los millones de galaxias. E incluso, admitiendo, por el momento, el límite del saber humano: los agujeros negros que no acabamos de entender, o la materia oscura «que es invisible, cuya masa podría ser muy superior a la de la materia visible» (Diccionario del amante de la ciencia, Claude Allègre). Pues bien, la nueva era digital tiene sus enigmas. No es pues inútil la comparación con la clásica revolución técnica, política y social del siglo XIX y el XX. Hoy estamos ante una transformación tan completa y total como cuando la gente comenzó a viajar en ferrocarriles y entre un enorme y múltiples cambios, dos nuevas clases sociales: la burguesía y el proletariado. Y otro modo de producción que llamamos capitalismo.

Pero, ¿qué modificaciones se producirán en la vida laboral? ¿Qué pasará bajo los efectos del big data, el Facebook y Google, el poder político de los algoritmos? ¿Qué ocurre cuando vivimos, quieras o no, bajo el imperio de las tecnologías? Cada una de esas entidades, es lo que analiza la autora. Son cinco capítulos y un epílogo. Se ocupa de la ciberpolítica, cap. V. Que no es tema abstracto sino concreto. Es decir, «la posverdad y las noticias falsas, lo que amenaza a las democracias». Ya sabemos que las elecciones que ganó Donald Trump las gana con mentiras (llamadas posverdades). «La mentira más difundida —dice la autora— fue que el papa Francisco había dado su apoyo al candidato republicano». La campaña por el Brexit es otro caso. Y el separatismo catalán. Y el escándalo de Facebook. Hay un capítulo de lo más interesante de la página 181 hacia adelante. Entre paréntesis, lo del Facebook me lo sospeché. Nunca me inscribí en ese club de vanidosos. Solo creo en tener como amigos a aquellos con los que puedo tomar un café y conversar. No sé por qué siempre me resistí a las modas.  

Para que se entienda este libro, su enorme importancia, quisiera decir algo sobre su autora. María del Pilar Tello ama el Perú, profundamente. Pero eso no le ha impedido tener también una vida cosmopolita. Conoce a fondo Francia, su cultura, sus costumbres intelectuales. Y es por eso que sus libros, que son numerosos, provienen del uso de la razón. De aquella de lo más exigente. Esa que viene de la vieja Europa. Solo se busca la verdad. No esa ensalada de medias verdades, calculadas pasiones, eso que se llama ideología. Muchos marxistas, por estas tierras  «tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos » (el mexicano Porfirio Díaz), creen en la ideología de Marx. Por desgracia, son marxistas que no han leído a Marx. Ignoran que para su primera obra, La ideología alemana —escrita en Bruselas, ya era un exiliado—, vino a verlo su gran amigo Engels, y entre ambos, ese par de jóvenes brillantes escriben un panfleto contra Feuerbach, filósofo de izquierda alemán, y contra las elucubraciones de Bauer, Stirner —jóvenes hegelianos— todo esto, en setiembre de 1846. Marx tenía 28 añitos. Engels, 30. Ya estaban a la izquierda de la izquierda. ‘Ideología’ para ellos era una explicación a partir de una creencia y de valores que son siempre subjetivos y que predominan sobre lo real, acomodados a los intereses personales o de clase del autor o de los autores. En otras palabras, no era ciencia. Y a eso aspiraba el joven Marx. Por eso estudió la economía de Adam Smith. Decirle ideólogo era insultarlo. Todo esto para decir que lo dominó a Marx y más tarde a Weber, el Verstehen de los alemanes. Primero comprender. Luego, juzgar. Las Geisteswissenschaften. Las ciencias del conocimiento.

Lo digo aquí porque María del Pilar no porta consigo una ideología. Si eso fuera así, yo no estaría escribiendo estas líneas. Ella investiga, opina, libremente. No trabaja para esos grupos cerrados y sectarios que dominan nuestras empobrecidas universidades. Si alguna inclinación política tiene, es la de una socialdemócrata. Es decir, la más razonable y abierta de las posturas intelectuales. Y es una de las pocas que hablan de los «compromisos socialdemócratas que permitió el modelo social más avanzado del mundo e hizo de Europa un buen lugar para vivir».  Ni invento ni miento (p. 103). ¿Y qué tiene que ver eso con la informática ? Tiene que ver. «Pero Silicon Valley explota las incongruencias, ambigüedades y debilidades del ideal socialdemócrata». No es pues, una partidaria del neoliberalismo. Del todo mercado. Ni tampoco del todo Estado  (Fidel, Maduro, etc).  ¿Qué es? Un testigo libre de estos tiempos. De ese tipo de gente al que me sumo. Somos los precursores de algo. Y eso es un chiste inglés. Un señor, se encuentra en una sala de galería de arte. Y cruza una conversación con otro visitante e intrigado le pregunta: ¿qué es usted? Y el desconocido le responde: – Soy un precursor. Y entonces, le repregunta:  – ¿Precursor de qué? Y la respuesta es: – Si lo supiera, no sería precursor.

Fuera de bromas. Hay pocos libros tan meticulosos como el presente. Cuando María del Pilar aborda la revolución digital —uno de los tantos conceptos de los cuales es rico este trabajo— la define, apelando a otros investigadores, como se hace en perfecta regla académica. En ese caso, a Francisco Sierra Caballero y a Ramón Zaya, sendos autores de libros en la materia. Estoy diciendo que el presente libro está concebido en las más exigentes de las reglas del mundo del pensamiento escrito, es decir, se interroga, se cita, con las debidas comillas, y se comenta. Así se discute, se afirma y se duda. Ojalá muchos otros autores tuvieran el mismo rigor intelectual de la autora. No se contenta con citar a las mayores autoridades sino que hace algo más. Si cita a Castells, a una celebridad, sobre el tema de cómo «los modelos de desarrollo económico van a entrar a un impulso de reestructuración», en un párrafo de nueve líneas, y luego, ella misma añade que es esa «lógica diferente» (p. 29).

Libros así, quiere decir tres cosas. La primera, que hay una enorme materia que la autora ha recogido. Esa es una regla elemental en trabajos de esta naturaleza, agotar la bibliografía en la materia. Si no se estudia lo que se ha dicho sobre el tema central, entonces se corre el riesgo de descubrir el Mediterráneo. Y en consecuencia, hacer el ridículo. La segunda regla es que no se trabaja para tener una sola visión de la cosa, sino varias. Entonces, se entra al terreno del debate, de los puntos de vista diferentes. La tercera regla es añadir, o al menos intentar decir algo nuevo. Entonces lo novedoso puede venir de la personalidad del investigador. Y es el caso de este libro. Cuando la autora se ocupa de los escándalos provocados por Facebook y Google, no lo hace solo como una observadora de lo que fue la campaña electoral de Trump. El compromiso personal con su país la habita. La preocupación muy justificada de que algo parecido nos ocurra en el 2021.

Este es un libro crítico. Y criticar —tengo que decirlo— no es solo señalar algo defectuoso o falso. En nuestro país se tiende a encerrar los problemas en espacios muy reducidos. Criticar, en nuestra lengua y en general en las lenguas indoeuropeas, la idea es más ancha. Es poder decir algo en favor o en contra de algo. A la manera de un crítico de teatro que puede hallar excelente la entonación de los actores, y sin embargo puede que encuentre que el decorado teatral es más bien mediocre. Ese arte equilibrado de juzgar, casi ha desaparecido en nuestros usos ordinarios y también en el discurso intelectual. Eso no ocurre en estas páginas. Por una sencilla razón. Por la honestidad intelectual de la autora y porque los temas sociales pueden ser ambiguos.

En efecto, el internet es como una moneda, tiene una doble cara, como tantas otras cosas que el genio humano ha inventado. Los primeros libros, después de la invención de la imprenta, se hicieron para leer la Biblia, los manuales de moral, de buenas costumbres, pero también para entretenerse con la novela, o bien, para ver imágenes eróticas y hubo libros de ciencia como pornográficos. Un filósofo español de nuestros días decía que un automóvil puede servir para sacar a pasear a los niños y a la abuela, pero también para asaltar un banco.

Este libro tiene el entusiasmo por la nueva tecnología, y a la vez, la virtud de la prudencia, ante su impacto en la sociedad, la lucha por el poder y el conflicto social que es innato a toda sociedad humana. Y con más fuerza cuando las sociedades —como las actuales— entran inexorablemente a un proceso de mutación. Este libro es la iniciación para saber qué son esas nuevas formas de producir información. Y a la vez, un ensayo crítico. María del Pilar es periodista y profesora universitaria. Yo diría que cuando la periodista se entusiasma, acude la profesora que contribuye con el peso de la duda. En efecto, cada cosa que ha hecho el ser humano es ambivalente. Cuando se inventa el hierro, sirve para la agricultura y los arados, pero también para fabricar mejores espadas. Un invento sirve para la vida pero también para la guerra. Por eso, ciberpolítica e internet. Por eso, poder y democracia van de la mano.

Vivimos una era muy singular. Hace muy poco, el gran Sartori, acaso el mayor politicólogo del siglo XX, precisamente por su actitud a no renunciar ante la complejidad de las cosas, explicó cómo la televisión, hace cincuenta años, se había convertido en un medio de comunicación sencillo y al parecer sano. Pero unos decenios después, cambia de opinión. La televisión la ve como uno de los nuevos riesgos para la democracia. «En el mundo del homo videns no hay más autoridad que la de la pantalla: el individuo sólo cree en lo que ve (o en lo que cree ver). Lo visual reemplaza a lo escrito. La pantalla no permite nada que no sea breve. Y emocional.» Sartori, que se hizo famoso, visitaba diversos países. En todos ellos, aun en los más avanzados y civilizados, en el inicio del milenio, la calidad del discurso político estaba en plena regresión. Al homo sapiens lo reemplaza el homo ludens. Por nuestras calles, como en las ciudades del planeta, caminan individuos que conversan interminablemente con amigos invisibles. Cierto, no están solos. Se conectan, pero algo presiento que se pierde, el gusto por leer. Y si esto es así, el descuido en el uso de la lengua —sea cual fuese—, no leer ni poder escribir una página correcta significa que estamos ante una gigantesca regresión. En la ciencia cognitiva —que es un racimo de saberes científicos y humanistas— se ha estudiado el cerebro mejor que nunca. Y esta es la verdad, hay zonas del cerebro que solo se encienden (la metáfora del foco de luz es correcta) cuando se lee o cuando se escribe. No cuando se habla o solo se mira. No se es completamente un ser humano si no se lee. Pero han surgido las masas de homo videns, y esas, las maneja cualquiera. Hitler se ha hundido pero no su comunicador, Göbbels. Por lo visto, es su era. 

En fin, creo que este libro tendrá una efecto genealógico. Será el precursor de otros tantos estudios que acompañarán la ruda problemática de este siglo. Lo que viene es y será difícil de entender. Ante la posibilidad de sociedades más ricas y humanizadas, sociedades de lo multicultural, multisocial, multiétnica y multirreligiosa, no podemos reducir esa tareas a una ciencia en particular. Es preciso la interdisciplinariedad. E investigadores como la autora. El lector debe entrar a este libro en punta de pie, y con lápiz en la mano. Porque aquí están las llaves que abren las puertas de las diversas mutaciones que emergen en el contorno nuestro. No es el futuro. Son sus anticipaciones. Por mi parte, no me arriesgo a pensarlo ni paradisiaco ni apocalíptico. Más bien complejo. Es por eso que admiro a fondo el trabajo de la periodista y profesora María del Pilar Tello. Dos grandes métiers como dicen los franceses. Tiene, aunque no parezca, mucho de la pasión y la razón del artesano. Para ser profesor o ebanista, hay que amar el oficio, y solo así se llega a los alumnos y al público. ¿Cuándo le dan un rectorado? ¿Cuándo un diario? ¿Cuándo un programa en los medios?

El tiempo pasa, la brillante generación que fue la mía, se extingue. Fuenzalida, Carlos Franco… No veo sucesores. Veo un abismo cultural por delante. Y el lector debe saber que eso es lo peor, la conciencia individual y colectiva, dañada. De ahí acaso mi tono un tanto indignado, del que pido disculpas. No hay detrás de mis palabras sino afecto y reconocimiento por la autora, y acaso la silente esperanza que las cosas cambien. Y cuando pido rebeldías no miro a los cielos, sino a mis contemporáneos. Dejen tranquilo a Jehová que no tiene la culpa de nuestras torpezas. Defiendan este libro, háganlo circular. Esta obra, entre tantas pequeñeces y mentiras.

(Prólogo al libro de María del Pilar Tello, Ciberpolítica: Internet, poder y democracia, Fondo Editorial de la Universidad Villarreal, Lima, 2018)

Publicado en El Montonero., 24 de octubre de 2022

https://www.elmontonero.pe/columnas/ciberpolitica-el-nuevo-mundo-que-se-viene

Rafael del Riego

Written By: Hugo Neira - Oct• 17•22

En este breve texto quisiera salvar un pedazo de nuestra historia, un personaje cuya vida e ideas no deberían ser desconocidos por gran parte de nuestros ciudadanos, pero los historiadores los esconden. Es el caso del general Rafael del Riego que se negó a dirigir una flota contra los movimientos de la independencia. En este portal, toqué el tema en una columna del pasado 20 de junio (https://elmontonero.pe/columnas/hispanofobia-otro-de-nuestros-defectos) y vuelvo a tocarlo por su importancia. Del Riego, antes de San Martín y Bolívar, evitó que fracasara nuestra emancipación. De haber llegado la Gran Expedición de Ultramar, probablemente habríamos tenido otro siglo de dominación. Pero en 1820, del Riego logra detener su partida. Lo hago por amor a la patria y no por alguna ideología. El papel del historiador es narrativo, el lector decide quién es el peor o el mejor. La historia es siempre imprevisible. Todo lo que a mí me interesa es la verdad.

¿Quién fue Rafael del Riego, militar y político, el hombre que se negó a una expedición gigantesca sobre las colonias americanas? Si usted es peruano, no conocerá probablemente lo que hizo mientras que en otros países como México, sí lo conocen. Saben qué fue esa Gran Expedición que en 1819 organizaba la España imperial. Preparaban algo que pudiera detener a gran parte de las colonias que ya intentaban  independizarse

El gobierno español, tenía para eso el mayor ejército en Andalucía, en Cádiz y la isla de San Fernando, un ejército de 20’200 infantes, y 1’370 artilleros con 94 piezas de campaña, y además, catorce escuadrones de caballería. Esa enorme expedición de ultramar estaba al mando de Enrique José O’donnell, conde de La Bisbal. Y para escoltarlos, las fuerzas navales contaban con cuatro navíos de línea, tres a seis fragatas, y diez fragatas, cuatro a diez bergantines, dos goletas, y treinta cañoneras, entre otros. La tripulación se componía de 6 mil marinos. El total de los hombres está en discusión entre los historiadores, entre 14’000 y 25’000. El objetivo era “sofocar definitivamente la sublevación de las colonias de América”. “El plan era dirigirse a Venezuela” según unos, o “desembarcar cerca de Montevideo y apoderarse de Buenos Aires” según otros. Otros más afirman que iba dirigida a México. Es evidente que lo que era levantamiento y ejércitos locales, hubiera tomado tiempo en vencer pues no eran las guerras locales de esos siglos. ¿Cómo se desmorona tal proyecto? Tras el llamado Pronunciamiento de Riego. Riego estaba al mando del Segundo Batallón Asturiano de la Gran Expedición a Ultramar y a favor de la Constitución liberal de 1812. Renuncia a la España absolutista. El político se impuso por encima del militar. Desde el balcón de Tineo en Asturias, el general Riego dio un discurso a sus tropas, el 1° de enero de 1820. He aquí su pedido de una España liberal, no un régimen absolutista:

“España está viviendo a merced de un poder arbitrario y absoluto, ejercido sin el menor respeto a las leyes fundamentales de la nación. El rey, que debe su trono a cuantos lucharon en la guerra de la Independencia, no ha jurado, sin embargo, la Constitución; la Constitución, pacto entre el monarca y el pueblo, cimiento y encarnación de toda nación moderna. La Constitución española, justa y liberal, ha sido elaborada en Cádiz entre sangre y sufrimiento. Mas el rey no la ha jurado y es necesario, para que España se salve, que el rey jure y respete la Constitución de 1812, afirmación legítima y civil de los derechos y deberes de los españoles, de todos los españoles, desde el Rey al último labrador. […] Sí, sí, soldados, la Constitución. ¡Viva la Constitución!”

Finalmente, tras su levantamiento, la Gran Expedición se desmoronará dándose tiempo a los movimientos independentistas americanos para organizarse. El resto lo sabemos. La Restauración del absolutismo, la guerra al otro lado del océano que fue inevitable, y aparecieron las Repúblicas.

Rafael del Riego, teniente coronel de 35 años, era muy español. Había nacido en una familia hidalga asturiana. Iniciada la guerra de la independencia (o sea, la guerra contra España), estuvo en las batallas donde las tropas españolas sufrieron importantes derrotas. Pero él se sentía un liberal, y se sabe que fue hecho prisionero el 13 de noviembre de 1808 y deportado a Francia donde conoció las teorías liberales las más radicales (Wikipedia). Desde Francia, viaja por Inglaterra (el reino en donde no solo estaban las familias reales sino las cámaras parlamentarias) y también Alemania. En 1814,  al retornar a España y reincorporarse al ejército con el grado de teniente coronel, quienes han estudiado su vida nos dicen que se había hecho masón. De ahí su lucha contra el absolutismo. En España, en la primera etapa del reinado de Fernando VII llamado ‘sexenio absolutista’ (entre 1814 y 1820), Riego ya masón prefiere restaurar la Constitución de 1812. No puede moralmente hacer una guerra del otro lado del océano contra quienes no querían un poder absolutista que era la esencia y la mentalidad del poderoso imperio español. La Gran Expedición a Ultramar no lograría disminuir el poder absolutista y por esa razón, no acepta el cargo militar y se pone en una situación difícil para la guerra. Su pedido es una monarquía sin el absolutismo que había vuelto en 1820. Después de su pronunciamiento en 1820, fue destituido de la capitanía general. A pesar de ello, su popularidad crecía, sus soldados por un tiempo lo apoyaron. Marchó a Cádiz donde había una mayoría de liberales, pero finalmente, capturado, lo trasladan a Madrid donde pidió clemencia a los que había ofendido por sus posibles crímenes liberales. Fue declarado culpable de alta traición, y el 7 de noviembre de 1823, en la plaza de la Cebada, en Madrid, ejecutado por ahorcamiento, entre los insultos del público. Tenía 39 años. “Rafael del Riego pervivió en la memoria popular como un héroe mítico de la lucha por la libertad”, señala Wikipedia. Víctor Hugo lo menciona en Los Miserables, y por mucho tiempo se tocaría el Himno de Riego como himno revolucionario.

Era un enemigo y rival del absolutismo. Nunca lo dijo pero no podía odiar a los países americanos cuando los revolucionarios eran como él, tenían el deseo de un imperio pero con un régimen que no diera todo el poder a las casas imperiales como los austriacos. Pero quiso más el cambio político en España. Logró un régimen constitucional que impuso en 1820, por un tiempo vencedor de la monarquía absoluta. Militarmente, fue entonces nombrado Capitán General en Aragón. Pero los monárquicos solo soportaron el Trieno Liberal (1820-1823).

El antihispanismo. Políticos y estudios

Es hasta normal el rencor de la dominación de un imperio. A lo cual se suma el homenaje al mundo de los incas en cada aniversario de la Conquista. Tanto los incas como los aztecas —civilizaciones que no tuvieron contacto con otros continentes — estuvieron aislados por los océanos. Sin embargo, ninguna sociedad escapa a la necesidad de los dominadores y los dominados. Muy poco se lee sobre los excesos del sistema de organización de las civilizaciones prehispánicas durante milenios. Nos olvidamos que el mundo inca se extendió del sur al norte de Sudamérica, y que mucho antes de que llegaran los conquistadores, el Imperio inca controlaba unas cien culturas. Y que cuando aparecieron Pizarro y los primeros extranjeros, el Cusco y sus poblados estaban en guerras locales. A tal punto que, durante la Conquista, muchos pueblos sometidos ayudaron a vencer el Imperio inca. Cierto que no fue por las armas de los invasores europeos, poco numerosos, sino por la pérdida de los dioses. El cristianismo que las naves españolas trajeron consigo no pedía sacrificios humanos, ni sacrificios de los hijos, esos que hasta hace poco siguen descubriendo los arqueólogos en las cumbres de los Andes de Arequipa. ¿Fue más humano el ritual cristiano que el de los indígenas? No lo sabemos. Pero la dulzura del Dios amable ha tocado diversos pueblos y culturas en lo que fue los espacios del mundo egipcio y otros, en el Mediterráneo.

Se espera, sin embargo, el rencor lógico de parte del dominado ante los dominadores. Hubo por cierto una esclavitud feroz, sabemos cómo se redujeron a lo largo de los siglos las poblaciones nativas. Y como pasa siempre, se etiqueta algún pueblo o etnia. Los alemanes, en la Alemania nazi, se inventaron un pueblo a exterminar, al cual se le podía negar inclusive la condición humana. Los judíos.

Pues bien, siglos después de los errores que comentamos, busquemos, esta vez, la herencia, la mentalidad y las sociedades que los españoles dejaron. Así, no se puede dejar de recordar a un personaje como Rafael del Riego, español, militar, político y liberal. Al español se le toma por conservador, reaccionario, se le atribuye lo peor posible. ¿Y no era español el que muriera ahorcado, por luchar por la libertad de los novohispanos, nuestra libertad?

Por cierto, la guerra republicana de la que emerge Franco pareciera ser prueba de ese mundo de españoles que no gusta. Por último, ¿España no está en Europa? Pero no es Europa. Sin embargo, nosotros los latinoamericanos, debemos tomar en cuenta que después de los 40 años de un gobierno tiránico, se convierte en un país con un régimen monárquico, y luego, un Estado con democracia. Y con modernidad. Los ferrocarriles, la educación, la tecnología, como en los otros países con sociedades que entraron a la revolución industrial. En América Latina hemos tenido decenios de caudillos, pero ninguno de ellos nos hizo entrar a la modernidad.

En una próxima ocasión les hablaré de las Cortes de Cádiz donde fueron llamados varios peruanos. Otro ‘olvido’. Es el primer Congreso. En el nacimiento de la primera cámara parlamentaria, en el corazón de España, lejos del Perú, estuvo gente peruana.

Publicado en El Montonero., 17 de octubre de 2022

https://www.elmontonero.pe/columnas/rafael-del-riego

Un indio inteligente, Huillca

Written By: Hugo Neira - Oct• 11•22

Cómo un indio inteligente en el Cusco salvo a los indios y cholos del Perú.

I. Con Wikipedia, que respeto y admiro a menudo, esta vez no tengo otro camino que discrepar del trato que le dan a las revueltas indígenas y de campesinos en el Perú a partir de los años sesenta del siglo XX (Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Perú). Es algo pues que he visto y vivido, escribí libros sobre el tema. Un diario de Lima, Expreso, me envió a la gran zona andina peruana donde ocurría una serie de fenómenos políticos nuevos. Fueron tan intensos que el ejército y los militares dieron un golpe de Estado contra la clase social más alta —los hacendados terratenientes—, para detener esa fuerza social en rebeldía. Estábamos en los años sesenta, y en 1963, subía al poder, sin duda legítimamente, tras elecciones, Fernando Belaunde, democrático, acaso con intentos de reforma. Pero lo que ocurría en los Andes cusqueños no solo era un tema político y económico sino de estructura social. No podrían darse las modificaciones del caso sin una reforma agraria, que es lo que ocurre en 1969. Es el año en que, por razones de Estado, desaparecen los gamonales o terratenientes. Y no era por una acción guerrillera que imitara a la revolución cubana. Entre 1963 y 1965, los Andes peruanos fueron sacudidos por una convulsión social y política de carácter masivo y de raigambre rural, que provocó la fuga de los hacendados mismos, acontecimiento que fue conocido en la capital porque estuvo en las noticias que yo enviaba desde un hotel en Cusco al diario Expreso.

Algo gigantesco estaba ocurriendo en el Sur. No era un pequeño grupo de guerrilleros. Y eso venía del pasado cercano. Cuando se habla del Perú y de las llamadas haciendas o latifundios, se habla de posesiones enormes de territorios agrarios en valles y cuencas. Era la estructura tradicional de la tenencia de la tierra de esos inmensos dominios, donde una sola familia, o un gran señor, era terrateniente, uno solo, como en los siglos de la colonia. Ese sistema no desapareció cuando el Perú dejó de ser un dominio hispano. Al contrario, después de la Independencia, en el Perú hubo un proceso que en sociología se llama el poscolonialismo (Nicolas Bancel). Podemos decir que en el centro del Perú andino sobrevivió un sistema de dominación y producción que descansaba en una clase de siervos. Un sistema de señoríos rurales, los gamonales, tenía a los indios encadenados, formaban una “clase ociosa” y rica, como diría el sociólogo Ferdinand Tönnies, al reunir la posesión y su usufructo, un modo de vida premoderno con producción y fiestas dispendiosas en los siglos XIX y XX a costa de los indios.

¿Cuándo perdieron sus territorios los indígenas peruanos? No fue durante la Conquista. Ni durante el virreinato, bajo el dominio de los virreyes españoles. La dominación de la clase social blanca fue una mutación del poder después de la Independencia. Esa etapa que hace perder toda esperanza a los herederos y descendientes de los incas, es un fenómeno gigante. Fue el descubrimiento de uno de nuestros historiadores, Jorge Basadre, sincero. Se ocupó del salto capitalista desde la costa peruana a los Andes con otros patrones. Todo está en su libro Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano, editado por Carlos Milla Batres, en 1981. Lo de Basadre es un conjunto de ensayos. Describe a la aristocracia colonial peruana, luego a las clases sociales, una por una, ya en el tiempo republicano. Sigue con las etapas de la sociedad republicana, la tercera siendo la formación de un “sólido grupo plutocrático nacional” desde 1860. Y lo que ocurrió en la cuarta, la “apropiación de la región serrana del país por un pequeño número de antiguos y nuevos propietarios de tierras, que antes pertenecieran a las comunidades indígenas, al Estado, a la Iglesia, a las municipalidades y a las beneficencias.” Y prosigue: “Las masas rurales empobrecidas quedaron como mano de obra servil en los grandes dominios agrícolas u optaron por la emigración”. Y si faltaba mano de obra rural para el auge de la agricultura de exportación del algodón y el azúcar, estuvo la “mano de obra servil china”, chinos que llegaron antes de la guerra con Chile (1879-1883), añade Basadre.

Hay algo que no podemos callar. En las compras de tierras, la fingida actividad judicial nunca le dio la razón a los indios. Las comunidades indígenas, desde la costa, que existían desde el presidente Leguía, en los años veinte, llamaron a sus abogados. Los indígenas tenían los títulos para hacer valer sus derechos. Pero como me lo dijeron los abogados del Cusco, ¿cómo un indígena, ante los fiscales, le iba a ganar a un poderoso miembro de una familia blanca? De las plutocracias limeñas o costeñas, nunca a los indios la moneda de papel les llegó. No recibían dinero, trabajaban fuera de todo sistema de remuneración. Esta distancia y separación entre blancos e indios o cholos, ha quedado, y por lo que es del Perú, nación no es. Desde ahí, de esas antiguas raíces, sigue en pie la sociedad de brechas, no solo de dinero sino de cultura, educación, sentimientos políticos y mentalidades.

II. Pero encontré en el Cusco al indio inteligente que se llama Saturnino Huillca. Había organizado a los grupos de sindicatos que invadieron las tierras de las haciendas, evitando la violencia, solo ocupándolas sentando a la gente suya, sin armas ni guerrillas. Esa estrategia que Huillca llamaba “recuperación de tierras” abría la puerta a una discusión con los gamonales, los seudo dueños (más adelante, explicaré cómo perdieron sus tierras por los fiscales y jueces limeños, en el siglo XIX). Esa manera de recuperar sus tierras llamó la atención en Lima, y un director de periódico buscó a un periodista que conociera el mundo indígena. No es la primera vez que lo cuento. Yo nací en Apurímac. Por el lado de mi familia materna, los tíos Samanez me invitaban cuando no había clases en la capital, y yo pasaba más tiempo con los indígenas que con mis parientes. Además, fui alumno de Arguedas en San Marcos. Por eso no estoy de acuerdo que algunos vayan a creer que fueron los pocos grupos guerrilleros que obligaron al régimen de Velasco a tomar la decisión de la Reforma Agraria. Es infame y vanidoso que se suponga que los grupos de guerrilleros repetían el mecanismo revolucionario de Cuba y no se tome en cuenta otras causas profundas en el alma y la memoria indígena. Dicen, por ejemplo, que un grupo en Chiclayo llamado APRA Rebelde, con De la Puente Uceda y que pasará a llamarse MIR, fue la gran causa que lleva a 1969, o sea a la Reforma Agraria desde el propio Estado. Hay diversas causas y muy potentes.

III. En primer lugar, el CAEM, una universidad para hombres de guerra

En la historia contemporánea del Perú, hubo muchos golpes de Estado —Sánchez Cerro, Odría—, en general, fue desde los años 30 para la defensa del poder oligárquico. Y en efecto, lograron impedir que llegara Haya de la Torre a la presidencia. Pero pasando los decenios, los miembros de las fuerzas armadas fundaron su propio instituto universitario. El Centro de Altos Estudios Militares, CAEM, hoy CAEN. En su formación académica no solo estudiaron sus especialidades sino cursos de cariz civil, como Derecho, Economía, Ciencias Políticas, etc. Por lo general, en el siglo XIX no habían tenido esa vasta formación académica, y en consecuencia, en el siglo XX, sí podían las fuerzas armadas reemplazar a un gobierno civil. De modo que el fantasma del ignorante soldado ya no tenía cabida en la segunda mitad del siglo XX.

El CAEM fue fundado por el general José del Carmen Marín. Si el lector no me cree, que pregunte a un oficial. Lo que hizo fue formar un nuevo tipo de profesionales, el “militar intelectual”, lo dice la Historia del Perú editada por Lexus en su página 1070. Se llamó a esa institución Centro de Altos Estudios Militares. Estudiaron como yo lo he visto en Francia para mi persona una formación que no es una sola disciplina sino varias, que es lo que se necesita para comprender una sociedad y el Estado: Economía, Sociología, Derecho, Historia, etc. Entonces, esta formación pluridisciplinaria, que es racional, la tenía el general Velasco y no estaba solo. Decir “gobierno militar” es insuficiente para contar la historia del periodo 1968-1980: se puede decir “gobierno militar” y añadir la formación singular que tuvo dicho gobierno con el CAEM.

IV. En segundo lugar, los indios campesinos toman las tierras sin matar a nadie

No fueron guerrilleros. Estos eran otras gentes, muy jóvenes. Una de las características más interesantes eran las tomas de tierra entre el territorio de Cusco y Puno, pero con unas reglas asombrosas. Por lo general, las movilizaciones campesinas se daban por las mañanas. Las conformaban centenares de personas que, sin quemar ni matar, ocupaban las haciendas que iban a tomar, los hombres de pie y las mujeres sentadas. Invadir era entrar en la tierra prohibida de la hacienda. Los periodistas nos fijamos en esa regla. Se evitaba la violencia que hubo en el tiempo. No hubo sangre. Si eso hubiera ocurrido, los indígenas de esos días sabían que entonces caería sobre ellos, como en otras épocas, la policía y batallones militares. Los que vimos esa sublevación de los indios campesinos entendimos que habían acordado una estrategia a lo Gandhi. Y vimos a los indios revolucionarios poniendo una mesa y sillas para discutir, con una bandera peruana sobre la mesa. La rebeldía de los indios no estaba manchada de sangre. Así lo puse en mi artículo en el diario Expreso. Llegando al Cusco me recomendaron que buscara al presidente de la Federación de Campesinos del Cusco. Y en efecto, encontré al campesino presidente en su oficina, Saturnino Huillca (originario de la hacienda Chhuru de Paucartambo). Fue lo mejor que hice.

V. Los indios salvándose ellos mismos, sin partido

Puedo contar más cosas de Huillca, con él se disipa el prejuicio según el cual los indios no pueden vencer con sus propios medios, no tienen inteligencia. Lo entrevisté, y salió un libro sobre su vida e ideas que ganó el premio Testimonio de la Casa de las Américas, en Cuba:  Huillca: habla un campesino peruano. Él habla, yo pregunto. El libro fue traducido a siete lenguas. Huillca abrió el camino para liberar a los indios del latifundismo y de los gamonales. Entonces, el militar que era el general Juan Velasco Alvarado, vio tres cosas que no queremos entender. – Los movimientos de recuperación de las tierras arrebatadas se hacían sin violencia ni guerrilla. – El ejército dejaría de defender a la clase dominante para que el Perú entrara a la modernidad con la reforma agraria. – Se evitaría así una explosión de violencia, una guerra interna (lo que hizo después, a pesar de todo, el jefe de Sendero Luminoso). Los senderistas fracasaron, los mismos campesinos los dejaron.

El Perú cambió radicalmente después de la Reforma agraria. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, desde Puno al norte, hay dos millones de campesinos propietarios de lotes venidos de la reforma de 1969. ¡Vayan a decirles que regresen los antiguos gamonales!  Unos cuatro millones de lotes, me han dicho, retornaron a los andinos.

Cierto es que hubo varios líderes de movimientos guerrilleros. Héctor Béjar, las guerrillas primeras. Inclusive sacrificios, como el caso de Javier Heraud, poeta. La gente del MIR. Cómo se muere Guillermo Lobatón, tras los pasos del Che Guevara. Edith Lagos. Y desde entonces, después del ocaso del poder oligárquico y de la muerte de Velasco, enfermo, con el general Morales Bermúdez, se volvió a las etapas anteriores. No regresaron los hacendados medievales, pero se volvió a la disgregación del mundo andino, librado a su suerte. Los indios quedaron fuera del mundo moderno. A la reforma agraria le faltaba una educación técnica. Eso necesitaba más tiempo. Pero el Perú es así. Muerto Velasco, el país no pudo ser un lugar de gran producción de alimentos de varios tipos para el mundo entero. Nadie sabe adónde vamos.

Publicado en El Montonero., 10 de octubre de 2022

https://www.elmontonero.pe/columnas/un-indio-inteligente-huillca

¿Ha sido útil la República?

Written By: Hugo Neira - Oct• 03•22

Hace de eso 60 años, retomé por mi cuenta esa pregunta de Jorge Basadre intentando responderla en el diario Expreso donde había entrado como editorialista. Hoy, amable lector, exactamente seis décadas después, me la vuelvo a plantear y respondo sin quitarle una línea. Lamentablemente. Es la tercera entrega que les hago de esa época. Y dada la casualidad, haré una pequeña digresión. Acaba de presentarse en Lima el pasado 27 de setiembre, la vida, obra y pensamiento del fundador de Expreso, Manuel Mujica Gallo, un gran trabajo a cargo de sus hijos, con un título epónimo. Ramón me pidió el prólogo sabiendo el enorme aprecio que le tuve a su padre —hacendado y escritor a la vez—. La obra alcanza tres volúmenes que los invito a leer encarecidamente, por dos razones. Primero, Mujica Gallo era un gran patriota, un terrateniente patriota, y es hora que se conozca lo que hizo por el Perú, su generosidad. Y luego, como lo dije en el prólogo, porque la obra, que tiene emoción y erudición, aspira a ser a la vez una crónica personal y una versión histórica lejana y contraria a la historia convencional.

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¿Ha sido útil la República?

A todos los problemas políticos actuales es posible resumirlos en una sola pregunta: ¿Ha sido útil la República? Subdesarrollo, analfabetismo, dependencia económica. Bajos niveles de vida y de consumo. Carencia de coherencia nacional. Fragmentarismo cultural y psíquico. Ausencia de un gran ideal nacionalista. Exilio o frustración de la elite intelectual refugiada en las utopías sociales. Preponderancia de lo regional sobre lo nacional. Crisis de la clase dirigente, crisis de la derecha peruana. Desarraigo espiritual colectivo evitando las tradiciones, en busca de un cosmopolitismo vacuo. Esto y más es el resumen del balance de más de siglo y medio de vida republicana. En las grandes unidades culturales e históricas peruanas, cuyos antecesores son el Incario y la Colonia: ¿cuál es el fruto de la República? Es preciso, a esta altura de los tiempos, ensimismarse en la tarea de un arreglo de cuentas con nuestro legado, con nuestra obra de país sin tutelas políticas. Imagen que parecemos ofrecer al mundo a partir de 1821.

Es preciso un balance, un alto en el camino. Una mirada a lo que somos. A lo que pretendimos ser. A lo que quizás no lleguemos a ser ya, si no cambiamos de paso y si seguimos marcando el ritmo zigzagueante y de cíclico regreso a los viejos problemas sociales y políticos del Perú del siglo XIX —militarismo y civilidad, Cáceres y Piérola, elites conservadoras versus la ola popular democrática— y a los que hoy no hemos logrado aún dar solución, al menos dentro de las instituciones republicanas. Esta es la invitación al autoconocimiento, claro, frío, sin mitos ni ideologías, hecha tanto a los eufóricos como a los adormecidos. ¿Cuál es el nudo del problema? ¿Tan sólo la estructura social del país? ¿Nuestra presente crisis nacional puede explicarse sólo por algunos hábitos colectivos, alguna influencia de líderes o caudillos personales, aislados? ¿Sólo por el factor económico, o el psicológico, o el histórico? Están en crisis hoy, en el mundo de las ideas contemporáneas, las sociologías monistas del siglo XIX. Las que querían explicar los mecanismos de cambios en las sociedades a través de la influencia de un solo factor, clase, raza o medio geográfico.

Hay algo que todo hombre peruano, derechista o izquierdista, aprista, comunista, democristiano, belaundista, socialprogresista, puede responder. Un tema al que se ha dado ya, si no una respuesta clara, sí algunas formas de opinión en los libros clásicos que han marcado la preocupación por el Perú en cada generación, como son El Perú contemporáneo de García Calderón, Horas de lucha, de Manuel González Prada, o en las obras de Mariátegui, de Porras, Víctor A. Belaunde o Haya de la Torre. Una pregunta que unificaría a Ravines con Huamantica, el líder rojo sindical del Cusco. Una misma interrogación con reacciones distintas para José Luis Bustamante y Luis A. Sánchez. Y esa pregunta a la que Jorge Basadre ya le ha dedicado un ensayo magistral con el título de «Para qué se fundó la República», no expresa otra cosa que la preocupación, la angustia general, esta vez de veras patriótica que indaga por el porvenir de la fórmula republicana. Lo que equivale a decir: ¿Cuál es el futuro del universo social peruano y su modo de organizarse tal como lo conocemos, en sociedad regida por la voluntad general, el voto representativo y la existencia de los tres poderes públicos, separados y autónomos?

No es extraño que en este instante histórico surja una encuesta tan necesaria como ésta. ¿Creen en la República, en la utilidad, en la necesidad, en la firmeza o el éxito de sus instituciones, el estudiante, el hombre de negocios, el artista, el campesino, el obrero, el empleado público? ¿Acaso no es vox populi, que se duda de las ventajas del sistema parlamentario, del sistema de partidos, de las mismas elecciones libres? Ya por fatiga democrática o por sentido realista al ver que estas maneras colectivas republicanas no conducen ni a la paz ni al infierno del cambio, sino al regreso desalentador y deprimente del mismo caos y de la idéntica parálisis partidaria y la frustración de generaciones de peruanos. Si se duda de estos supuestos, se duda del mismo esquema que se instaló solemnemente el 28 de julio de 1821. Si es así, si hay quienes consideran que no sólo nuestra crisis alcanza los niveles económicos ysociales del país y que es urgente organizarse colectivamente de modo distinto, es preciso que fijen de una vez y para siempre esa incertidumbre. No se trata de si la República ha de sobrevivir con signo de izquierda de algún grupo partidario o con un estilo de República señorial, aristocrática y de derecha. Se trata simplemente de saber si debemos seguir echando los vinos nuevos en los viejos odres. La interrogación, pues, es ésta: ¿La República tal y como la plantearon sus fundadores, se acerca a su fin? ¿La institución de una República democrática, parlamentaria, representativa, centralizada, conviene o no al bien público?

Es tiempo de que sepamos, o nos preguntemos al menos, si tales instituciones, tales regímenes, tales ideas o creencias de filosofía política, tales valores históricos han dado o no buenos resultados a la nación. Ésta es la pregunta de estos años y es tema tabú, del que no se habla, porque responderlo es intentar darle un sentido, un significado, a la totalidad de nuestra vida colectiva. (Expreso, viernes 7 de setiembre de 1962. Reeditado en Pasado presente. Del tiempo aleve: crónicas de los 60, editado por SIDEA en el 2001, pp. 109-111).

Publicado en El Montonero., 3 de octubre de 2022

https://www.elmontonero.pe/columnas/ha-sido-util-la-republica

Teresa de Jesús

Written By: Hugo Neira - Sep• 27•22

Siguiendo con la nostalgia de los 60, una crónica más que está de jubileo. Salió el martes 25 de setiembre de 1962, en Expreso, y ha sido reeditada en mi libro Pasado presente. Del tiempo aleve: crónicas de los 60 (Sidea, 2001). Aquel año, escribí tres columnas sobre la santa literata, la reformadora de la Orden de las Carmelitas, y me gané una beca española.

“Ansí que, hermanas, á las cosas ocultas de Dios

no hemos de buscar razones para entenderlas,

sino que, como creemos que es poderoso,

está claro que hemos de creer, que un gusano

de tan limitado poder, como nosotros,

que no ha de entender sus grandezas. Alabémosle mucho,

porque es servido que entendamos algunas.”   (Las Moradas)

Teresa de Jesús: éxtasis y contemplación                        

Intensa y creadora es la relación entre lenguaje y misticismo en la obra de Teresa de Ávila. He aquí un fenómeno literario que vincula dos actividades de la existencia en las que se revela el problema de ser del hombre. Poesía es el nombrar que instaura los dioses y la esencia de las cosas, ha dicho Heidegger ante el parecido dilema de lenguaje y misterio en la poesía de Holderlin. Y tal vez esta tensión máxima a la que somete al lector la lectura de Santa Teresa es la razón del astigmatismo crítico acaecido a su obra.

Hay un revelador fenómeno de desubicación, de desapego, ante el legado y el testimonio de Teresa, la santa. De este modo, ha sido juzgada como una mujer piadosa que escribió y, por lo tanto, su obra interesa más a la historia de la Iglesia, a la tecnología o a la exégesis religiosa. O, en cambio, se trata de una mujer de letras con hábito. En este caso, se coloca el acento crítico en la historia de la literatura española, y se la ve desde el atalaya de la Filología, porque refleja el idioma de su tiempo, cumplidamente. Así, sospechada por religiosos (por sus transportes estéticos) y por literatos (por sus transportes místicos), Teresa de Jesús ha sido juzgada fragmentariamente y ha llegado hasta nuestros días, en cierto modo, intacta.

Porque puede decirse que la discusión sobre la ubicación de Teresa de Jesús incluye la discusión sobre la esencia misma de la creación literaria. La crítica a Santa Teresa, como en otros poetas y escritores irreductibles por la carga de misterio que conllevan, es la historia de la crítica de Occidente ante el fenómeno de la poesía pura de los escritores herméticos. Santa Teresa, irreductible, derrotando a Urizel, el ángel de la razón, se une así a la vasta familia de «los poetas malditos», pese a su santidad y su fe en la existencia de Dios. Si la crítica exclusivamente Literaria la une a fray Luis de León (1583) y a San Juan de la Cruz, y la historia religiosa a Ignacio de Loyola (1548), por el compromiso que encarna su prosa y su poesía entre misticismo y lenguaje, pertenece también al linaje de William Blake, Mallarmé, Holderlin o Rimbaud. Porque, como en ellos, su creación literaria es producto de un relámpago, de una encarnación, de una comunión entre imagen y palabra, y porque, como en ellos, su poesía se vincula con la filosofía y culmina en la proposición de mitos.

En Teresa de Ávila la experiencia poética y su prosa creada bajo la pluma se confunden con el tema de la existencia del hombre. Como en Rilke, como en Novalis, los temas de Teresa de Jesús, son el amor, la muerte, es decir, temas en sí mismos absurdos, sin explicación racional, pero sí poética. Y en nuestro tiempo, la filosofía existencial ha reivindicado para los poetas, por su inmersión en el lenguaje, un mayor acercamiento y contacto con el ser y la nada. En la noche oscura de la locura halla Heidegger la mayor protección del mundo de entes para el poeta Holderlin. Y por lo tanto, la mayor visibilidad del tema del hombre y de la existencia. Santa Teresa asume para sí contacto con varios de estos abismos, metafísicos y poéticos. Novalis ha dicho: «religión no es sino poesía práctica». Teresa de Jesús siente a la religión como una revelación, un estado de ánimo susceptible de ser contado. El nudo esencial de su universo de imágenes y símbolos es el éxtasis. Un hecho irracional, metafísico. Y sólo la comprensión de cuánto puede deberle la filosofía a los poetas herméticos hará posible la lectura renovada de Teresa y de sus experiencias de vértigo místico y alucinante exploración del mundo interior del hombre.

Sucede pues que hoy podemos ver en la más extraordinaria y explícita narradora del éxtasis místico, un interés que la crítica anterior no halló. Un interés basado en las relaciones existenciales del hombre con el lenguaje, con el ser y con la esencia de las cosas. ¿Qué pasó, sin embargo, con la crítica anterior a nuestra época?

Fueron siglos burgueses los que vinieron luego del siglo XVI. Y burguesa (o racionalista) fue la crítica literaria. O interesadamente piadosa (libros laudatorios de religiosos sobre Santa Teresa, libros biográficos). De todos modos, los temas de la Virgen de Ávila pertenecen a la misa secreta de la creación poética y su prosa toca las situaciones límites de la existencia: muerte y transfiguración del ser. Ya Octavio Paz ha contado cómo el sueño, la divagación, el juego inútil y bello de la literatura simbólica o pura, fueron proscritos por la razonable y práctica burguesía ascendente del siglo XVIII y XJX. Ni lacayos, ni bardos, ni profetas, los poetas fueron simplemente desocupados. La poesía y la prosa sólo vuelven a tomar prestancia social cuando es preciso volver a transmitir mitos. Y éste es el hecho de los últimos años. Por eso hay que ver la vinculación, con otros ojos, de religión y Literatura en Teresa de Ávila. Y este es el nudo del fenómeno literario de Las moradas o Caminos de perfección. Teresa de Jesús pasaba del éxtasis místico a la comunicación literaria. Y en el éxito de sus imágenes, en la frescura de sus descripciones, por las cuales podemos saber hoy cuál era el estado de ánimo de un místico, radica el permanente valor de esas páginas.

Ningún místico de la Edad Media logró comunicar mejor que Teresa el arrobamiento, la visión, la luminosidad cegadora de ese estado del alma en el que la conciencia del infinito, la extinción del yo, la desaparición del mundo temporal y espacial se acerca al propio aniquilamiento. La diferencia básica entre misticismo y ascética está en que el primero no depende de la voluntad. Y la segunda, es producto de la disciplina. Teresa de Ávila, cierto es que tenía a su alcance el idioma claro y expresivo del Siglo de Oro español. Que recogía la tradición franciscana que se hunde lejanamente en Platón. Pero cierto es también que sus descripciones del estado místico, de su enajenamiento, son poderosas y visibles. Aguas luminosas son sus visiones. Usa metáforas sencillas. No abandona lo terrestre. No hay «noche oscura del alma», como en San Juan de la Cruz. A su lado, los místicos medievales quedan ayunos de imágenes. Lo que es goce de los sentidos para Teresa, comunicación con el infinito, es en Dionisio el Cartujano, «planicie inmensa, inconmensurable y desértica». Y «abismo sin fondo y sin forma» en Eckart. Teresa de Jesús, embriagada por sus visiones, no busca lo absoluto, como los místicos varones. «Intento de descripción directa y vívida de los procesos sensibles no se halla antes de Santa Teresa», dice América Castro. Y a ella ha de volverse cuantas veces se plantee el tema del conocimiento de la conciencia del hombre y de sus más exaltados e íntimos estados de lucidez total. (HN)

Publicado en El Montonero., 26 de setiembre de 2022

https://www.elmontonero.pe/columnas/teresa-de-jesus