La leyenda negra de España

Written By: Hugo Neira - Nov• 09•21

Ocuparnos de algo que pertenece más bien a asuntos de rivalidad entre los antiguos imperios de Europa siglos atrás, parece un tema que no nos concierne. Pero, por casualidad y desgracia, sí nos concierne. Estamos bañados y cubiertos de esa leyenda. La leyenda negra, combinada con otros aspectos de nuestra larga historia, nos conduce a un desprecio de nuestra cultura, no solo por el catolicismo sino por la poca importancia de la lengua castellana, y una idea que existe en muchos peruanos, «nos habría ido mejor con otro tipo de coloniaje». Esta idea es lo primero que debemos dejar. Ninguna colonialidad es mejor que otra.

Lo primero que debemos entender es que es un asunto muy lejano en nuestra propia historia y de la misma metropoli, o sea, España. Era una idea de desprecio a todos los que hablaban el castellano. Un español, Antonio Sánchez Jiménez—catedrático de la Literatura española y experto en Literatura del Siglo de Oro— sostiene que la leyenda negra se inicia desde los tiempos de Lope de Vega. O sea, cuando Quevedo, Góngora, Tirso de Molina, Cervantes y Calderón de la Barca, competían hasta el siglo XVIII (ver: Leyenda negra: la batalla sobre la imagen de España en tiempos de Lope de Vega, Ediciones Cátedra, 2016). Como pudo haber una tendencia literaria que ponía en cuestión la vida española y a los españoles mismos —presentados como intolerantes, santurrones y crueles— fue a la vez una manera de detener los excesos de la Corona, el dominio de Flandes. Antonio Sánchez sostiene en su obra que hubo «astucia». El ingenio de los españoles: presentaban un ser frío y siniestro, y que serían calculadores. O sea, un estereotipo, «fuerte y muy difundido, pero no incólume al paso de la centurias». Hablaban mal de ellos para asustar a otros pueblos europeos. La leyenda negra sería una «soberbia» hispana. Para dar valor a las numerosas victorias militares españolas en el siglo XVI. «Tras esas sorprendentes campañas los italianos desarrollaron una idea muy favorable de los soldados españoles, concretamente de los tercios de infantaría. Todos los historiadores de la época (Maquiavelo, Guicciardini, Contarini, etc.) les alababan como la mejor infantería de Europa, particularmente por su tenacidad y capacidad de resistencia.» Según Gómez-Centurión Jiménez, citado: «El teatro europeo se llenaba durante un siglo y medio de parodias intencionadamente afectadas y altisonantes de los hidalgos hispanos». Otro rasgo que se le atribuyó, es la «sangre semita». Entonces, tenemos dos hipótesis. O bien fue una manera de hacerse elogios ellos mismos. O bien, por razones evidentes, por temor al imperio de los Habsburgo, hasta se dijo que los españoles eran «marranos», semitas, «falsos cristianos».

Era una era de guerras y combates tanto en tierra como en el mar, y no había internet pero sí la imprenta. Esa calificación —la leyenda negra— que va a cruzar los siglos, nace bajo la pluma de un autor que se hizo llamar Julián Juderías. Nunca se ha sabido su verdadero nombre. En cuanto al contenido es ambiguo. Por una parte, fue una suerte de propaganda lo que sería, en nuestro tiempo, una manera de exagerar al soldado español. Por otra parte, los imperios y reinos de Europa procedieron a demonizar a los españoles y entonces circularon grabados y dibujos que eran la respuesta de la propaganda hispana: en ellos se veía cómo, ya en las Indias, los hombres del Imperio español quemaban indios para que se comieran entre sí. Esto fue, por ejemplo, los grabados de Theodor de Bry (1528-1598). Era una propaganda antiespañola que aparece en países protestantes, como Inglaterra y en las Provincias Unidas (hoy Holanda). No hay duda de que esas guerras eran feroces, con las descripciones de escabrosas y exageradas escenas de violencia. Pero cuando hubo la toma del Oeste americano, expulsando a los indios norteamericanos, no hubo grabados como los de Theodor de Bry.

La  continuación de la leyenda negra es el tema del genocidio. Se le echa la culpa de las plagas al mismo Colón. Para que se odie a la civilización europea.

La leyenda partió de la Italia de esa época, con relatos sobre el mundo de la España americana. Se suele decir que mataron a los indios. Hoy los estudiosos de la historia de América Latina saben que la población, tanto en México azteca como en el Perú, tuvo pérdidas enormes por el choque microbiano. Al llegar Cortés, México tenía 20 millones de habitantes. Y un siglo después, solo un millón. En el Perú, eran trece millones, pero también cayeron a menos de un millón. Tratándose de contagios, solo en nuestra época se ha podido entender lo que ocurrió. Solo a fines del XVIII Louis Pasteur descubre los microbios y su acción patógena, mucho después de inventarse el microscopio. Unos especialistas de los Estados Unidos encontraron que la población de las islas del Caribe desapareció sin que hubiera minas ni tampoco trabajos excesivos. El misterio de la muerte masiva de los naturales de América india perduró porque durante siglos no se supo del efecto de las pestes. La humanidad del Nuevo Mundo no estaba inmunizada para soportar las plagas de los europeos, que eran contagiosas para ellos pero no letales. Una gripe y el estornudo provocaban la desaparición de una aldea caribeña. Enfermedades como la viruela, la peste bubónica, la malaria, la fiebre amarilla, la tuberculosis.

La aniquilación de la población, no tiene sentido. Los españoles no podían destruirla puesto que necesitaban la mano de obra indígena. Y como ha dicho el americanista Tzvetan Todorov,  «ni las guerras ni las consecuencias de los maltratos, suponiendo que existieron, explican un exterminio directo de millones de indios, por lo tanto, se dio por el «choque microbiano»  (La Conquista de América. El problema del otro, 1982)

También pudo ser la «leyenda negra» una crítica a la Inquisición. El antihispanismo corresponde al ascenso de Inglaterra. Pero para Ernesto Sábato, en 1991, «no hay leyenda negra ni blanca». Lo que cuenta es Latinoamérica, desde el Descubrimiento a nuestros días.

Pero hoy hay que examinar nuestras leyendas negras, han emergido críticos en estos años sobre nosotros mismos. Una pequeña bibliografía:

            Las raíces torcidas de América Latina, de Carlos Alberto Montaner

            América del Sur. El surgimiento de un actor global, de Cristiane Pereira

            Elecciones y legitimidad democrática en América Latina, de Fernando Mayorga

Y entonces, sí tenemos una leyenda negra, según Javier Sáenz del Castillo. Dicen que somos una «Europa fracasada». Pero lo guardo para las semanas siguientes.

Publicado en la revista digital S.P.Q.R. de El Montonero, n°2. «’Pueblos originarios’ con la hoz y el martillo» de noviembre del 2021

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Plagas como ensayo de Apocalípsis*

Written By: Hugo Neira - Nov• 09•21

                                                                     

*Artículo publicado en El Reporte N°1, edición digital de abril de 2020

Si esto fuese una conferencia o una de mis clases, entonces rogaría a los presentes ponerse de pie y guardar silencio unos minutos, por aquellos que se están muriendo y peor acaso, los desamparados que no tienen ni para comer. Nuestra generación y niños y jóvenes, no olvidarán jamás este ensayo inesperado de Apocalípsis. Vivimos en este instante ante el azar de la vida y la fuerza de la naturaleza. Éramos cándidos al creer que las plagas eran cosa del pasado, inmersos y enceguecidos por el consumismo y el mito de nuestro tiempo, el crecimiento económico sin límites. Salvo que inventemos ahora mismo otras formas de producir y de vivir. Creo que estamos en lo que se llama el fin de una era. El historiador Braudel, que modificó los estudios de historia con el concepto del «tiempo largo» (longue durée), decía que el gran enemigo del mercado no era el Estado sino el capitalismo. «Lejos de ver la zona de la oferta y la demanda, el capitalismo es la zona del poder y la astucia». ¿Y no es eso acaso, las multinacionales?

Con quien dirige esta publicación —mi muy querido amigo—, conversando por teléfono, hemos quedado en que me ocupe de la nación, el Estado, el Bicentenario, la situación actual. Ante ese abanico de temáticas, comenzaré, pues, por la situación actual. Es decir, del 2001 hasta la fecha.

1. Un editor arequipeño, para una quinta edición del Bicentenario de Hacia la tercera mitad, me pidió un capítulo sobre ese trecho de nuestra historia contemporánea que es el Perú en los inicios del siglo XXI. Tenía razón, es libro de 709 páginas, cubre nuestra historia (social) desde la conquista hasta la fecha, pero se detiene en los años noventa.1 ¿Y sabe usted, estimado lector, qué título tiene ese ensayo que hemos añadido? Se titula: «Perú siglo XXI: la prosperidad del vicio». Sin duda es un oxímoron, o sea, un recurso literario que consiste en usar dos conceptos de signo contrario. Por ejemplo, un sol negro. Es decir, un absurdo. Pues bien, eso es la sociedad peruana. Un crecimiento económico, por una parte. El producto interno bruto crece a un 4,2% en un caso, y a 7,2% entre 2006 y 2011. Y la pobreza había disminuido, de un 54,3% pasa a cerca de 20%. Pero el desafecto político no dejó también de crecer. Con lo cual se prueba que la economía no lo es todo. Hay brechas entre ricos, clases medias y clases populares, cada vez más grandes. Por otra parte, las instituciones como el Parlamento resultan cortas para el deseo de participación. Además, el sistema actual de descentralización es un fiasco. Han aparecido oligarquías provincianas.

¿El desencanto lo origina la corrupción? Sí y no. Ya existía mucho antes que explotara el polvorín de escándalos de Odebrecht, en los días de Toledo. ¿Exceso de promesas? ¿Excesivas ilusiones de los votantes? Lo cierto, es que las élites son despreciadas y odiadas por la masa del pueblo. ¿Qué pasa, entonces, cuando una sociedad tiene una jerarquía social y económica que no es respetada? En la prosperidad de otras sociedades capitalistas hay otra racionalidad que influye, no solo el dinero sino la conciencia de la gente. De lo contrario, el incremento de la riqueza en el desorden lleva la sociedad a autodestruirse. El desdén de la virtud, eso es lo que nos estaba pasando antes del Covid-19.

2. En cuanto al Estado, debido a la crisis comenzamos a tenerlo. El Estado en el Perú ha sido y sigue siendo un archipiélago. El MEF, el BCR con Julio Velarde, director, en cuatro etapas presidenciales. De alguna manera, Relaciones Exteriores, las Fuerzas Armadas, la SUNAT. Islas de modernidad y paramos de contar. En cambio, para llegar a los ministerios no se usa el concurso público que es regla en otras naciones. Nada de esto ocurre en el Perú. Permanece el sistema del favor, el amiguismo, o los puestos como botín del partido que gane. Entonces es imposible tener una burocracia profesional. Una carrera de por vida. El sistema actual, tiene el vicio de la improvisación y además, la inestabilidad. Los presidentes cambian ministros y directores como quien se cambia de camisa. En el Perú se dan cuenta de la necesidad del Estado en los momentos de crisis.  Ahora bien, en otros países  vecinos,  se tiene una opinión positiva para esa institución. «El Estado es la institución que propicia el desarrollo y la integración en la Europa del siglo XIX y XX». La cita que acabo de hacer viene de un profesor mexicano, Arturo González Cosío. En efecto, existe una tecnicidad de la gestión pública, tan importante como la que se necesita en la empresa privada. Pero es raro que se acepte el mercado y el Estado en la mentalidad peruana de estos días.

3. Si no tenemos Estado, no podemos tener Nación. «Las naciones latinoamericanas fueron creadas después de la Independencia y no antes». ¿Quién dice eso? Nada menos que una de las más despejadas cabezas de este continente, Octavio Paz. Entonces, nuestra historia es el envés del proceso europeo. Allá, la nación precede al Estado moderno. En América Latina, era la República y sus instituciones que tenían que reunir a los pueblos, pero no es eso lo que ha ocurrido. En México, fue la revolución de 1910 que liquida una capa social dominante. No es el caso del Perú.

¿Qué tuvimos después de la Independencia? La aristocracia colonial peruana eran mineros, gente de títulos y blasones, pero no una clase ilustrada como para ser estadistas. Así, a la revolución de la Independencia le sigue la guerra de los caudillos. «Hubo un vacío de poder», señala Jorge Basadre. No hubo ni nobleza ni burguesía, sino una de esas agrupaciones raras, a la peruana, «sólidos grupos plutocráticos» (Basadre). Gente que se enriquece con el guano, la apropiación violenta de tierras en la región serrana, de ahí, al gamonalismo (que solo desaparece en 1969). Para elegir al Presidente bastaban 3 mil o 4 mil votos en todo el país, conseguidos tras elecciones censitarias, es decir, por padrones para notables locales. Los analfabetos e indios, no votaban. «República hubo, para unos cuantos» (César Gamboa, «Los filtros electorales», 2005). Hablando claramente, no hubo sufragio universal hasta 1931.

He estudiado la formación de las naciones europeas —Francia, Inglaterra, Alemania— y luego, en la misma obra, México y Japón. La nación en Asia y Europa llevó siglos para que se volviera algo real y a la vez emocional. Pero en nuestro continente, ¿hubo acaso alguna nación emergente? Sí la hubo. Es la Argentina de inmigrantes de 1860 a 1930, y el gran instrumento fue la educación estatal. No se nacía argentino, se aprendía a serlo, con el retrato de San Martín y la bandera blanquiazul en las salas de clases. A fines del siglo XIX, el Japón de los Meiji. Una dinastía inteligente que decidió romper su aislamiento, abrirse al mundo enviando a miles de jóvenes a estudiar en el extranjero. Desde el poder imperial, fabricaron un pueblo-nación.

4. La República no tiene, pues, dos siglos. Las capas sociales dominantes en el siglo XIX no hicieron sino prolongar las formas de vida y de ocio propias a los criollos del periodo virreinal. Pocos historiadores reparan en ese estilo de vida. Menos mal que contamos con el testimonio del alemán Tschudi. Lo que ve: «eran comodones, no gustan del trabajo y si se ven obligados a escoger una actividad para ganarse la vida, de preferencia una tienda, que no les cueste mucho esfuerzo y les brinde la oportunidad de conversar con sus vecinos y fumar tranquilamente sus cigarros». Y añade: «los criollos son jugadores apasionados» (Testimonio del Perú, p. 105). Al otro lado del océano, en esos años, había arrancado la revolución industrial que cambiaría el mundo.

5. ¿La democracia? ¿Cómo se puede decir que somos demócratas sino no tenemos demos? Era un concepto que usaba José Carlos Mariátegui. El demos de los griegos era una población de ciudadanos organizados. Lo esencial en la democracia era el derecho del ciudadano para ocuparse de la vida pública. Para lo cual discutían, se reunían en asambleas, resolvían las diferencias con el voto. Los atenienses tenían una idea fundadora, la isonomia, en griego, igualdad.

Ahora bien, pregunto, ¿aspiramos los peruanos a ser iguales? ¿Realmente? Me atrevo a decir que los peruanos tienen una tendencia a la jerarquía, un tanto como algunas sociedades asiáticas. Sin embargo, esa mentalidad ha desaparecido en la sociedad mexicana. Lo cierto es que ningún mexicano de nuestros días se reclama azteca. Y menos todavía, español. Pero en el Perú, no han desaparecido ciertas nostalgias, que no son precisamente igualitarias. Hay blancos que todavía se consideran descendientes de los conquistadores. Y en cuanto a los de origen indígena y mestizo, se reclaman descendientes de algún inca. La herida de la Conquista en el XVI, permanece y alimenta la pugna secreta entre culturas. Arguedas es un ejemplo de fusiones, pero es un caso excepcional. No hay un alma nacional sino varias. Pero lo que me inquieta es la inclinación al «pensamiento mágico». La fuga de lo real tras una utopía.

Incluso afecta a la inteligencia universitaria. Para un libro de pensadores peruanos he leído íntegramente a Alberto Flores Galindo.2 Me han impresionado sus ensayos y visiones. Sin embargo algo le reprocho, y es que el autor de Tiempo de plagas, lúcido libro, toma en serio el mito del Inkarri y abraza apasionadamente la «utopía andina». Iván Degregori, excepcional antropólogo, le toma el pelo, ante su libro Buscando un Inca, diciéndole que los «indios de hoy, no esperan un Inca sino un omnibus».

Dos errores enormes. La educación que perdimos, aquella que se dictaba en las Grandes Unidades Escolares, simplemente, era clásica y eficaz, era la transmisión de conocimientos, con asignaturas de lógica, gramática, historia del Perú y del mundo, geografía, ciencias naturales. Esas enseñanzas permitían aprender a razonar, comprender, y se aprendía a organizar las ideas y al menos saber escribir un paper. Eso ha desaparecido. Hoy buscan «habilidades». Ese pretexto para no iniciar, en las capas sociales bajas, la ambición del conocimiento. Se ha hecho estatalmente el peor de los ahorros, el de «la economía del saber». Y luego, los últimos en las pruebas PISA.

6. El otro error, es que han deshistorizado a generaciones enteras. Por ello, pregunto, ¿cuál es el periodo histórico más largo en la historia del Perú? No es el de los Incas, según María Rostworowski, solo hubo Imperio Inca desde Pachacútec. O sea, dos siglos antes de la llegada de Pizarro. Y en cuanto a la República, apenas dos siglos. El periodo más prolongado es el virreinato. No lo conocemos. Como tuvo vicios tuvo virtudes. Cuando en México se preguntan cuándo se establecen principios democráticos, la respuesta es «en primer término, los españoles, ayuntamientos, audiencias, visitadores, juicios de residencia y otras formas de autogobierno». ¿Quién dice eso? Una vez más, Octavio Paz.

7. ¿Qué nos hunde? El colapso masivo de la cultura peruana, después que tuvimos una generación excepcional, en los 70: Cotler, Matos Mar, Quijano, Portocarrero, Flores Galindo. Hoy no hay analfabetos pero sí iletrados, los que no abren nunca un libro. ¿Qué nos hunde? La renuncia al saber desinteresado. La inclinación a la intolerancia. El tren de vida en un país que apenas vive del canon minero. El excesivo culto al consumismo. Baudrillard, años atrás, sostuvo que «el consumo en su insistencia tiene poco que ver con la satisfacción de necesidades». La cultura del consumo no sería sino «un código para incluirse en el sistema global de dominación». Lo dijo en 1970. Esperemos que después de esta crisis, seamos un tanto más razonables y apreciemos la salud y no los gastos  de la cultura de la apariencia.

Después del Covid-19 las ideas van a cambiar enormemente. Dicho esto, el confinamiento o cuarentena, no soporta unas semanas más. Sería conveniente abrir por unos meses, restaurantes populares.   

1 Hacia la Tercera Mitad, Perú, XVI-XXI. Ensayos de relectura herética, quinta edición, El Lector, Arequipa, 2019.

2 Dos siglos de pensamiento de peruanos. Por publicarse, Universidad Ricardo Palma.

[Publicado en el 2021, ISBN 978-612-4419-85-0, actualización del 7-11-21]

Publicado en El Montonero., 7 de noviembre de 2021

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Edgar Morin en el Perú: evento a larga distancia

Written By: Hugo Neira - Nov• 01•21

Pues bien, ha habido en Lima un diálogo sin fronteras —las ventajas de la tecnología de la comunicación electrónica— los jueves, viernes y sábado de la semana pasada. El Instituto de Pensamiento Complejo Edgar Morin de la Universidad Ricardo Palma fue el organizador del II Congreso Internacional del Pensamiento Complejo y Ciencias de la Complejidad junto con la Embajada de Francia en el Perú, la Unesco y otras instituciones de diversos países, en especial Colombia, que intervinieron a distancia junto con el propio Morin. ¿Cuál era la temática que reunía a los participantes? La gente de este II Congreso parte no de un solo problema sino de un conjunto de problemas que ellos han llamado una «Megacrisis en un mundo en metamorfosis». No es que en el mundo en que vivimos hay un gran problema, hay varios, que se entrelazan. Por otra parte, la explicación de algo que envuelve el conocimiento gira en torno de Edgar Morin quien es el pensador del pensamiento complejo, con más de 100 años. Nos ha escuchado desde lejos, estando en un hospital [https://youtu.be/NM8glO5rVo4], el congreso es un homenaje al sabio que ha encontrado lo que él llama la complejidad tanto en las modificaciones como en las metamorfosis de sociedades enteras, tema al cual ha dedicado su vida, libros y viajes y lo que nos propone: una reforma del pensamiento. Nada menos.

Presentemos a Edgar Morin para luego explicar lo que él llama la «complejidad». Se suele decir de él que es filósofo y sociólogo, lo cual es cierto pero es algo mayor, alguien ocupado por las ciencias del hombre y las ciencias de la naturaleza. Morin nace en París el 8 de julio de 1921 (o sea, tiene 100 años y plena lucidez, con lo cual se caen  muchos mitos sobre la vejez, los que han usado su cerebro, no lo pierden). Sus padres eran judíos, el padre comerciante, y pierde la madre a sus diez años. Tuvo una infancia difícil y el tema de la enfermedad y la muerte acaso le da que pensar, tanto como la II Guerra Mundial. Sus dos primeros libros vierten sobre el ser humano y la muerte, y también la situación de Alemania tras la guerra, en un estudio que lleva como título, «La hora cero de Alemania», después del nazismo.

¿Por qué nos detenemos en la formación de Morin? Por su curiosidad por el conocimiento del cuerpo natural y los comportamientos de los pueblos y los individuos. Por lo general, la salud es algo que atrae y ocupa a médicos, biólogos, psicólogos como la química y la biología. Y por otra parte, encontramos la historia, la antropología, la sociología, o sea que se llama asignaturas o disciplinas humanistas.

Edgar Morin no solo propone que haya estudios pluridisciplinarios, va más lejos. No es posible del todo saber qué es el hombre y las sociedades con tan solo el conocimiento de la historia de los pueblos, sin saber la vida y la mentalidad de los pueblos y culturas. ¿Qué propone Morin? Nada menos que un nuevo paradigma de sabiduría. ¿Qué es paradigma? La definición es de uso corriente, desde los filósofos a los biólogos y otras disciplinas.

Un paradigma es «una constelación de conocimientos compartida por un conjunto de investigadores y científicos». El mundo occidental ha usado el paradigma de Descartes. No se trata de que las ciencias actuales tienden a distanciar las ciencias tanto de la vida como de la naturaleza, convencidos que tal o cual disciplina pesa más en los países de culturas diferentes. Morin sin embargo habla del «paradigma perdido», ese es el ser humano actual. El nuevo paradigma tiene que ensancharse puesto que precisa de estudios profundos sobre la forma de alimentarse, vivir, las creencias, las religiones, la mentalidad. Los acontecimientos a nivel del individuo, la nación o la colectividad no se explican desde una sola causalidad o una sola ciencia. Los economistas, por ejemplo, no pueden comprender por qué las sociedades industriales, en las que no hay hambre ni pobreza, generan populismos que detestan el sistema que los ha salvado de la pobreza. Eso que las hace felices y equilibradas. Solo un conocimiento que estudie el campo de las emociones y las mentalidades colectivas puede comprender el caos de las sociedades que parecían ser las más avanzadas. ¿Qué tipo de sociedad ha logrado tener sus propios tutores y una vía alternativa a los sistemas actuales —tanto los de países capitalistas como comunistas—, cuyas clases dominantes son todas discutidas? Es esto lo que explica las metamorfosis de las actuales sociedades, inestables, y que van modificándose acaso por la velocidad de las revoluciones tecnológicas. El temor a no ser útil bajo el poder de sociedades productivas con robots e inteligencia artificial. ¿Cuál será la forma de trabajo en unos cuantos decenios? ¿O lo que puede ocurrir en los países y continentes enteros? Una feliz Nueva Edad Media. ¿Cuando los trajes los hacían costureras y no máquinas? ¿Y un dominio para cada hogar, con tierras de cultivo, lo suficiente para una familia? Y acaso el comercio transoceánico desaparecerá porque los países del tercer mundo volverán a su autonomía agraria, como la tuvieron durante milenios Egipto, China antigua, los Incas en los Andes y los pueblos de México.

¿Qué quiere decir Morin con complejidad? Dos definiciones.

1. No es que haya un defecto en las ciencias actuales. Es al revés. Nunca se ha sabido tanto como hoy. Hasta conocer la atmósfera y los arenales del planeta Marte. Lo complejo es también un campo de conocimientos muy numerosos al punto que no podemos leer la masa, inmensa, de millares de estudios que circulan más allá de la imprenta y los libros, en las plataformas de comunicaciones. El tejido del pensamiento actual tiene dos enormes obstáculos. El primero es la abundancia. Solo en sociología hay por lo menos más de mil tesis o estudios de calidad por año. Como lo ha dicho Morin, la complejidad. Pero algo más: muchos de esos «estudios» son distintos y contradicen otros trabajos.

2. El pensamiento enfrenta la complejidad de lo humano, algo que sí saben los médicos porque los enfermos son todos distintos. En cuanto a la especialización científica de una sociedad, definirla con un concepto resulta no solo difícil sino que la sociedad se va modificando mucho más rápidamente que los sociológos, los politólogos y los políticos mismos. Se necesitan, pues, personas como Edgar Morin. Pensar de manera compleja ante lo complejo. Las reducciones mentales son lo que debemos evitar. Falta como lo sabemos un conocimiento del conocimiento. Cabe inventar las tres teorías de Morin.

– La teoría de la información (limitando lo que se dice en las redes sociales que no son sino una forma de inestabilidad). No todo lo que se dice es nuevo. Las sociedades esconden sus propias reglas en medio del gran ruido que hacen las falsas verdades.

– La teoría de la cibernética, que espera contar con máquinas autónomas.

– La teoría de los sistemas. La primera lección sistemática es que las partes no hacen siempre el todo. El todo no es siempre la suma de las partes. Hay partes que tienen una calidad especial. Que pueden provocar reacciones violentas e incluso un feedback, un retroceso, como forma de regulación.

– Cabe estudiar cómo se formaron las sociedades en su autorganización. Y no olvidar el factor del azar. (Jorge Basadre, en su último libro, antes de morir, se ocupó de cuanto juega la suerte y su contrario en la historia). Pizarro llegó al Imperio Inca cuando estaba en plena guerra civil, los incas de Cusco vencidos por la revuelta de los ayllus y tribus del norte, en el territorio de Quito. Si no hubiese llegado en ese momento, podemos imaginar otra historia. El determinismo, hay que dejarlo en la historia y la posibilidad del futuro.

Por eso es que ha llegado al océano de la complejidad: el método cartesiano resulta provincial. Lo real es  complejo. Se necesita trabajos interdisciplinarios. El desorden es creador de vida. El paradigma de la complejidad no renuncia a las partes ni a la síntesis.  Existe lo imponderable, el azar. Por cierto, esto significa que se necesita una nueva pedagogía. Al menos dos formaciones. Sobre el contorno del ser humano, desde las reglas, la ética, la salud y el modo de vivir. Y aprender a aprender, saber leer bien un texto, saber dudar, entenderlo. Discutiendo. Es el primer paso, según Descartes. Yo existo y por lo tanto, mis sentidos y la razón me dicen lo que veo y mi contexto. Y el concepto de los antiguos griegos (2400 a.C.): conócete a ti mismo. Es lo primero que debemos saber. Si eres flojo, no protestes. El futuro va a modificar —debido a los cambios climáticos— las formas de vida, la producción de alimentos. Actúa. La humanidad debe responder ante la naturaleza que nos amenaza, porque desde la revolución industrial hemos destrozado bosques y tierras fértiles, contaminado océanos con nuestros desechos y basura. Hay que evitar lo que se viene producto de las grandes sociedades industriales, los 2 grados más de calor. De 56° hacia arriba, la vida va a ser muy difícil. Pero claro está, esto no se puede decir en unas cuantas líneas. Solo la ciencia y la curiosidad del ser humano nos podrá salvar.

Y no por eso podemos olvidarnos de los problemas inmediatos —las elecciones, la pandemia—, pero unos y otros problemas se envuelven entre sí, como cuando se reúne un grupo de serpientes (esto solo es una metáfora). Hasta el próximo lunes.

Publicado en El Montonero., 1° de noviembre de 2021

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Edgar Morin en el Perú

Written By: Hugo Neira - Oct• 25•21

Eso ocurrió en junio del 2007. Cuando llegó, era el Director emérito del CNRS (Centro Nacional de la Investigación Científica), en Francia. Morin es un inmenso pensador e investigador. Siendo sociólogo y filósofo, siguió estudios de biología en el Salk Institute for Biological Studies. Morin sostiene que para comprender tanto al ser humano como a las sociedades, es preciso la confluencia entre la antropología social y las ciencias biológicas. De esta interdisciplinariedad tratan sus libros. Cuando llegó al Peru, ya había publicado su gran obra, La Méthode, que son 6 volúmenes traducidos al castellano (El Método). Morin insiste en que las ciencias de la naturaleza y del hombre no solo deben ser paralelas a los otros conocimientos de nuestro tiempo como la cibernética y la genética, sino cruzarse. Y en esos estudios ha encontrado lo que llama la «complejidad». Tal como siglos atrás Isaac Newton, continuando a Galileo, pudo explicar la caída de los cuerpos descubriendo la ley de la atracción universal, más tarde Darwin (1809-1882) —el autor de la Teoría de la evolución de las especies—, descubrió que lo viviente evoluciona con pequeños cambios que resultan ser importantes. Es cierto que se había adelantado Lamarck pero Darwin había insistido sobre el mecanismo de la «selección natural», para decirlo sencillamente, la lucha de los individuos y las especies por adaptarse a la ecología.

Pues bien, volviendo a Morin, dado el encuentro con la complejidad, el pensamiento de nuestros días solo puede ser una ciencia completa si se produce una reforma del pensamiento. Lo que considera necesario es otro paradigma. Otro modelo. Busca otra forma de matriz que implicaría un conjunto de conocimientos con conocimientos, vinculando soluciones concretas. Con Thomas Kuhn —el pensador de las revoluciones científicas (1962)—,  los paradigmas cambian cuando la sociedad cambia, cuando las mutaciones, tanto técnicas como morales y creencias, los vuelven inviables. El nuevo paradigma, en el siglo XX y el actual, es una era de turbulencias políticas, de grandes crisis —incluso en las sociedades con innovaciones técnicas regulares­—, pero en lo geopolítico, se producen descomposición y hundimiento de las certidumbres de los regímenes capitalistas o comunistas.

En cuanto a la visita de Edgar Morin, en los cortos días que estuvo en nuestro país, recibió un homenaje de la Asamblea de Rectores, de la Universidad Ricardo Palma, de la Universidad San Marcos, de la Derrama Magisterial y de la Biblioteca Nacional. Luego viajó a Chiclayo. Todos estos actos no pudieran haberse llevado a cabo sin el esfuerzo de la Embajada de Francia y la participación de Nelson Vallejo-Gómez, entonces agregado de Cooperación Universitaria de la misma embajada. Hoy Nelson, gran amigo del Perú, ocupa un rango alto en el Ministerio de Educación francés.

Explicaremos a continuación dos puntos. Primero, qué es un paradigma. Y en segundo lugar, la importancia de otro paradigma en particular para comprender las sociedades  como las nuestras.

1. Un paradigma en general, en el campo de las ciencias sociales, puede definirse como «una imagen de toda la sociedad. Es una representación global que sirve de punto de referencia; ordena y jerarquiza las representaciones de los diferentes campos y sectores sociales»  (Léxico de la política, FCE de México). El riesgo es que se conviertan en una matriz disciplinada. Ahora bien, las sociedades que aspiran a tener justicia social y a la vez, libertad de expresión, existen. Pero para Morin, las ideas son tan variadas como las aves y por ello habla de unas «ecologías» de las ideas, presentándose enfrentadas entre sí cultura y conocimiento.

2. Por eso es que ha llegado al océano de la complejidad. Lo real es complejo. Se necesita trabajos interdisciplinarios pues el desorden mismo es creador de vida, el paradigma de la complejidad toma en cuenta el azar. Edgar Morin irrita a algunos y a otros les parece fascinante. Filósofo, sociólogo, estudioso del hombre en toda su esencia, es alguien imposible de clasificar. Pero hace más de 20 años que para comprender a los seres humanos estudia sus ideas, sus pasiones, con datos de la antropología, la biología, y es así como las disciplinas de lo humano se juntan en un paradigma nuevo, complejo, que va desde la economía, los hábitos sociales, creencias, religiones, hasta las ideologías, el modo de vida.

Para Morin no hay un solo «espíritu» sino varios. La idea de lo político le acompaña pero no es lo único. No es un ideólogo sino alguien que junta las diversas disciplinas del hombre y la naturaleza. Las maneras como se articulan las sociedades. Nuestro tiempo es muy complejo. Dicho de otra manera, no basta una sola disciplina científica sino varias. Nos explayaremos más en el próximo artículo sobre el paradigma de Morin. Lo complejo no puede reducirse a una sola causa. Por ejemplo, hay conflictos en países avanzados que no tienen que ver con la pobreza. Es por otras causas.

Morin ha cumplido hace poco 100 años, y dice de sí mismo que es «un universitario incompleto».

Publicado en El Montonero., 25 de octubre de 2021

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Placas tectónicas y el Perú

Written By: Hugo Neira - Oct• 18•21

Una amiga, que sigue mis textos, me dice que repito algunas de mis ideas. Es cierto, acaso para que tomen en cuenta cómo entiendo el Perú contemporáneo. La idea de las «placas tectónicas» es una metáfora  en uno de mis libros. Uno editado en el 2019, titulado El águila y el cóndor. México/Perú. Tiempos modernos y contemporáneos, publicado por la editorial universitaria Ricardo Palma. Es una comparación de la historia de dos sociedades. La mexicana y la peruana. Y ante el hecho que, en México, hubo una revolución en 1910, y en el Perú, revoluciones ocultas. La idea de las placas tectónicas proviene de la geología. Y en ese libro explico dos modificaciones en el mundo andino peruano en el siglo XX. La primera placa tectónica con la migracón interna, del campo a las zonas urbanas. De modo espontáneo, los provincianos y campesinos indígenas dejaron los Andes para entrar en la modernidad de las ciudades y luego dar el salto a la capital, que desde entonces está poblada por emigrantes provincianos y herederos de la cultura indígena. En el mundo urbano, cambiaron sus oficios y acaso sobrevivieron por las virtudes de su tenaz capacidad de trabajo y autorganización, para sorpresa de todos. Estamos hablando de la capa social llamada «informales». Un historiador habló de las «ojotas porfiadas» —ojotas son un tipo de zapato ligero y útil—, ojotas indígenas pero rebeldes, que se han trasformado, se volvieron mercaderes en el mercado libre.

Pero hubo una segunda modificación. La reforma del agro en 1969. El poder desde arriba (un gobierno militar) hizo cambios gigantescos. Desaparición de los feudos y de una capa social de terratenientes que, desde el siglo XIX, había arrancado la tierra a los indígenas andinos. Todo esto nos lleva a un caso original: unas  revoluciones ocultas del Perú contemporáneo. Luego vino la economía de mercado. Todo esto es una transición tanto política como social, interminable. Lo que sigue está en el libro citado, páginas 491-501, justo antes de un epílogo, sincero.

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Las placas tectónicas. O revoluciones ocultas del Perú contemporáneo

Cuestión previa

En este capítulo, se intenta imparcialmente abordar algunos hechos sociales contemporáneos que explican la transformación de la sociedad peruana. Pero tenemos una dificultad. Hace diez años Héctor Béjar dijo lo siguiente: «el silencio de hoy a los cuarenta años de la Reforma Agraria es la mejor demostración de su importancia». Hoy se cumplen cincuenta años y el silencio es más poderoso que nunca. En cambio, esa revolución sin sangre es comentada en el extranjero con una mirada objetiva que no se practica en Perú. Prisionero de lo que se llama un sistema de pensamiento «cerrado». En consecuencia, hemos tomado la decisión de recurrir a fuentes y enjuiciamientos no de peruanos sino del extranjero. Con una excepción. La información que proviene del INEI (Instituto Nacional de Estadística). Dejemos, pues, que hablen las cifras y los censos. 

A los peruanos nos ha obsesionado la revolución que no hicimos, para unos, por inevitable temor. Las revoluciones no pueden impedirse ser sangrientas y suelen desembocar en nuevos y elaborados despotismos. A otros, porque nos parecía inevitable. Hubo gente que quería el poder total, pero hubo también gente generosa que estaba dispuesta a dar su vida para que acabase la iniquidad de la vida peruana. Pero la gran noche de la revolución, no ocurrió nunca. Hubo guerrillas, invasiones de tierras, y Sendero Luminoso, pero eso no es ni 1789, ni 1917, ni 1910, ni la entrada de Fidel Castro a La Habana. Y sin embargo, el país ha cambiado. Se removieron las bases de la sociedad misma. Por eso preferimos utilizar una metáfora de orden geológico y estructural: las placas tectónicas. Los geólogos las estudian porque forman las dorsales oceánicas y las cadenas submarinas. Lo que vamos a describir ocurre en el abajo de lo peruano.  

El uso de esa metáfora nos conviene. La revolución, como transformación política, en la definición corriente (Enciclopedia Oxford de Filosofía) hace pensar en cambios radicales de un Estado, de un régimen y del orden social. Algo que fermenta mucho tiempo pero estalla en corto plazo, Diez días que estremecieron al mundo, de John Reed.  Lo que vamos a señalar es como las placas tectónicas, un tiempo lento, hechos reales y decisivos, no significan en lo inmediato un cambio trascendente en la sociedad. Es el caso del cambio producido en la demografía y la organización social peruana. Estamos hablando de la gran migración del campo a la ciudad. De los Andes a la costa. Un tiempo largo. En «una dinámica demográfica de la población peruana en las últimas cinco décadas». De una transformación que se ha realizado delante de nuestros ojos. Tan importante que solo la comparan con el «descalabro demográfico de la sociedad prehispánica como consecuencia de nuevas enfermedades y la desarticulación del Estado inca». En cambio, «el siglo XX, está marcado por el signo opuesto: la explosión demográfica y una rápida urbanización». 1

1. Migración interna. De las ojotas rebeldes a la choledad empresarial

Nos atrevemos a usar el  concepto de cholo, no como insulto, sino como reconocimiento social. Las cifras nos permiten un punto de vista objetivo y racional. En 1940 el 70% de la población del Perú era rural. Hoy es todo lo contrario. En el 2017, la población urbana es mayoritaria en todos los departamentos del Perú. No solo en la costa sino en sierra y selva. Hoy, el 76% de los peruanos reside en localidades urbanas. La migración interna es un acontecimiento inmenso. Por la sencilla razón que ocurre cuando la población total alcanzó su mayor tasa de crecimiento. En cifras globales, en 1961 había 10’217’500. En el 2007, había aumentado a 28’220’700. Desde entonces, la tasa anual ha disminuido. El Perú ha hecho su transición demográfica. Es por eso erróneo creer que la migración del campo a la ciudad ha disminuido la población rural. «Entre 1961 y 2007 la población rural aumentó en poco más de 1,4 millones de personas.» 2 ¿Qué significa esta migración interna de los últimos cincuenta años? Lo que sigue se apoya en los censos de población realizados en 1940, 1961, 1972, 1981, 2005, 2007 y 2017.

Una transformación sin precedentes. Se urbaniza la sociedad. La capital, Lima, en 1940 —cuando se inicia el exodo rural hacia la capital— contaba con 645’172 habitantes. En 1961, viente años más tarde, la población es de l’845’910. En 1993 llega a los 6 millones. Hoy, en el 2018, alberga 9 millones. Respecto al resto del país, Lima metropolitana ha pasado de 9,4% en 1940 a 28,4%. Pero sería un error pensar que despuebla la capital a las ciudades costeñas o serranas. La distribución (voluntaria) de población del campo a la ciudad hace crecer también a otras urbes. Y el INEI (Instituto Nacional de Estadística e Información) señala que en los días que corren, las ciudades del interior crecen a una tasa superior a la de Lima. Estamos hablando de un proceso de modificaciones, tanto económico y social como cultural, en curso. Además, hay que decir que lo urbano se acompaña de otro cambio significativo. Los peruanos de hoy viven más bien en la costa que en la sierra o la selva. En la costa, reside el 55%, en la sierra el 29,6%. La selva sigue siendo poco poblada. Hay que decir que es la primera vez que en tres mil años, la sierra deja de ser el centro nuclear del Perú histórico. Estas mutaciones no nos impiden decir que todavía la peruana es una sociedad muy fragmentada. Por ejemplo, la pobreza monetaria afecta a un 21,7% de la población. Sin embargo, entre 2007 y 2017, cerca de 6 millones de personas dejaron de ser pobres.  

Otro cambio gigantesco. Analfalbetismo y alfabetismo. En 1940, un 57,6%. Que pasó en 1961 a 38,9 %, y en 1981 se reduce a 18,1%. En el 2017, habría solo un 6%. Por lo general, población de adultos mayores y que viven en lugares alejados. Hay debate sobre lo actual: según diversos estudios, consideran que queda un 13% de analfabetos. Departamentos como Huánuco, Ayacucho, Huancavelica, oscilan entre 14% a 11%. Y siempre hay más mujeres analfabetas que varones. Pero se puede decir grosso modo que la población peruana es ahora urbana, costeña y alfabeta. Es innecesario insistir en el impacto de esas modificaciones que llamamos la dinámica de las capas tectónicas. Es decir, la población misma.

Los peruanos conocen estos cambios o creen conocerlos. Los han percibido como la aparición en la capital de migrantes andinos o provincianos. Y con ellos, varios eventos inesperados, toma de tierras eriazas, aparición de las barriadas (transformadas, con la ayuda del tiempo, en distritos). Gente que construye sus propios hogares, al inicio choza en los arenales costeños, luego casa propia. Matos Mar llamó la atención de esa mutación. Y Hernando de Soto explicó, muy tempranamente, ese comportamiento social de los recién llegados (El otro Sendero: la revolución informal, 1987). No por azar la subtitula, «la revolución informal». Los «cholos» bajados de las alturas andinas  ocupaban terrenos, organizaban sus calles y plazas, se inventaban sus propios oficios. Nace con ellos el autoempleo, la autoconstrucción y el autogobierno. Son a la vez el éxito, por ejemplo, Villa el Salvador, y la informalidad, con todo lo de positivo y negativo que la habita. De Soto encuentra en ellos el inicio de un capitalismo venido desde abajo. Aníbal Quijano anuncia el nacimiento de una sociedad cholificada. En efecto, Norma Adams y Jürgen Golten, en Los caballos de Troya de los invasores, encuentran la clave de ese asombroso éxito popular. Los excampesinos llegan a la gran ciudad con el «poder simbólico» (Cf. Bourdieu). Es decir, sus costumbres. Provienen de un patrón de comportamiento andino, cauto en los gastos, prudente porque la tierra como las lluvias son precarias, y con una moral del trabajo y la austeridad (que era milenaria). Al punto que la antropóloga Adams les encuentra un parecido a los pioneros americanos, y lo dice: «no saben que lo son, pero son protestantes». La migración confirma una de las tesis de Max Weber. El capitalismo había aparecido con la Reforma y desde abajo. Los calvinistas alemanes eran sobrios y ahorrativos. Los invasores andinos también lo fueron, en las dos primeras generaciones. Lo suficiente para prosperar por cuenta propia. Hoy sus nietos o tataranietos son parte del país consumista que es el Perú actual. Su cultura ha cambiado, es chicha, es achorada, es otra cosa. Y es otro tema. Aquí explicamos el génesis y no el apocalipsis.

Con la migración interna, ha ocurrido algo mayor que una revolución, que suelen ser políticas y en consecuencia, visibles. Lo que hemos descrito, tomó tiempo, y para muchos, tomaron como natural un hecho voluntarista, pero anónimo, discreto, improvisado, y eficaz. De abajo vino el vendedor ambulante, luego los mercaditos callejeros, luego la tienda propia, la empresa, los emprendedores populares. Sin la emigración, nada de eso existiría. Si esto no es una revolución social, que baje Pedro y lo vea.

2. La segunda placa tectónica. La reforma del agro en 1969

La segunda placa téctonica ocurre en 1969. Desaparece el gran latifundio y lo que los peruanos llamaron desde los años veinte, el gamonalismo. Pero ese acontecimiento, la entrega de tierras que les pertenecía a los campesinos, es un tema inabordable en el Perú actual. Se sigue diciendo que la reforma agraria de Velasco fue un fracaso, mientras los peruanos van a los supermercados a comprar camote, olluco, yuca, habas verdes, cebada, choclo y carne de ave, de ovino, porcino, y leche fresca, producción que ya no proviene de los latifundios. Muchos de los actuales propietarios de tierras son hijos y nietos de los antiguos arrendires y peones. Pero la ideología dominante niega esos cambios en el mundo rural que sin embargo, los alimenta. Por eso —con la excepción de la estadística del INEI— hemos dicho que acudimos únicamente a la información externa. Ingleses, franceses, americanos que admiten esa reforma como un paso decisivo a la modernidad. Para otra ocasión, la historia de la contrarreforma agraria.

¿Cuál es la situación actual? Según el INEI, el número de unidades agropecuarias es de 2’128’087, y con ello, ocupando una superficie de 7’125’008 hectáreas (2016). Tomando en cuenta el régimen actual de tenencia, hay 2’213’506 unidades agropecuarios.3 Que se descomponen en 1’516’888 propietaros, unos 256’387 comuneros, 94’244 arrendatarios. Y posesionarios 94’063. Un análisis más preciso, con propiedades de cien o más hectáreas, hay 18’813 propietarios, entre las cuales aparecen también 1’336 comuneros. ¿Qué es lo que ha desaparecido en este censo de propiedades, que va desde pequeñas empresas a grandes propiedades? Ha desaparecido lo que se llamaba el latifundismo. Un sistema de propiedad precapitalista desaparece por obra de una ley, la n°17716. Y desde un gobierno militar que llegó al poder mediante un golpe de Estado. El lector puede comprender lo renuente que era la sociedad peruana a romper el sistema de dominación de los hacendados precapitalistas, que tuvo que ser una dictadura (de militares de izquierda) que cambiara, de abajo para arriba, el país sumiso y arcaico anterior a 1969.

Que fue una mutación decisiva no se admite en Perú, todavía. En cambio, sí en la  Encyclopædia Universalis. Antes de la acción espectacular de la reforma, describe de esta manera la vida rural: «En la sierra montañosa de los Andes, donde se concentraba una gran parte de la población rural, reinaba hasta 1968, una situación neofeudal; estaba la gran propiedad en manos de un 0,4% que concentraba el 75,9%. Todo el resto de propietarios —indios, mestizos, blancos— se repartian el 5,5% de la tierra disponible, por lo general, terrenos mediocres». «Los pagos no se hacían en dinero sino bajo la costumbre arcaica de cambiar tierras de alquiler por mano de obra y días de trabajo del siervo indio. Cuando la reforma agraria fue dada por terminada, en 1979, se habían distribuido 7 millones de hectáreas». Con todo, en la ideología limeña, la reforma agraria fue «un fracaso». 4

Sin embargo, las tierras recuperadas por los campesinos indios, los hacendados las habían pillado en el siglo XIX. El primer siglo republicano fue una catástrofe para los campesinos indígenas. Libres del control de la administración virreinal que protegía a los campesinos, los hacendados criollos tomaron tierras que no les pertenecía durante el primer siglo de vida republicana. Su independencia, fueron las invasiones de tierras de los años sesenta. Y su San Martín, los sindicatos campesinos que encabezaron líderes indígenas como Saturnino Huillca. Y unos pocos políticos, como Hugo Blanco. (Veáse mis libros Cuzco, tierra y muerte, premio nacional Fomento a la Cultura (1965), y Saturnino Huillca, habla un campesino peruano, premio Casa de las Américas (Cuba, 1975).ugo HH

Ahora bien, los fundos rurales no fueron distribuidos de manera individual. El gobierno de Velasco estableció un sistema de cooperativas, como Sociedades Agrícolas de Interés Social (SAIS). Pero ni los campesinos comuneros (hay 6’000 comunidades) ni los expeones llamados colonos, es decir, los antiguos peones de la hacienda, la admitieron. Aspiraban a ser propietarios directos. Y eso es lo que ocurrió. En los años ochenta, una reforma a la reforma ocurre en el Cusco. Es una segunda ola de invasiones. Las cooperativas desaparecen en los años ochenta. oy es Hoy

Hoy el agro guarda las antiguas comunidades campesinas, pero los exindígenas son propietarios directos. Tenían razón, es una tendencia planetaria en los agricultores, al manejo directo de su propiedad. Explicar esa tendencia natural nos llevaría a un paseo por la antropología y la psicología. Contentémonos con insistir que ha nacido una capa social nueva, rural y agropecuaria. Se aplaude esa mutación en Lima, callando su origen.

Sigamos con la explicación que proporcionan observadores no peruanos. Jacques Lambert —francés, americanista, profesor de derecho en la universidad de Lyon—, en un libro célebre por su objetividad, 1956. Es decir, antes de la Reforma. Cuando reinaba el latifundio serrano. (En la costa peruana había gran propiedad, pero pagaban salarios.) Lambert examina la situación rural antes que se mueva la placa tectónica de la reforma. Y en el capítulo IV de un libro dedicado «a las estructuras sociales e instituciones políticas de la América Latina», sostiene lo siguiente: «la responsabilidad de los latifundios en el retardo de la evolución social. ¿Qué quiere decir Lambert? Además de describir la ineficacia de ese sistema de propiedad, de cómo la gran propiedad monopolizaba la tenencia de tierras, observa algo mayor. «El latifundio no solo era cruel y opresivo sino que lo detestaban» porque al indio colono —así se llamaba a los peones de la hacienda—  «lo ponían fuera de la vida política y económica del país». 5 Para Lambert, el indio dentro de la hacienda, estaba encapsulado. La gran propiedad arcaica, el latifundio, no era sino un sistema económico muy débil (los hacendados no eran empresarios sino rentistas). «La gran propiedad arcaica, dice el profesor de Lyon,  imponía la fidelidad personal del campesino indio.» A ese tipo de poder se le llamó el gamonalismo. Desde los años veinte. Desde Hildebrando Castro Pozo, José Carlos Mariátegui. Por eso, Lambert considera el latifundio como una rémora enorme. ¿Cómo podía haber república peruana si sobrevivían esos espacios feudales en todo el territorio?

El «indio», tradicionalmente, obtenía alguna seguridad en su condición de siervo. «Se conformaba con su miseria», dice Lambert. Pero en los sesenta, ocurre un cambio de conciencia en las masas rurales. Descubren el camino a la libertad. Y la emprendieron por su propia cuenta. Fue esa la razón, el gran fenómeno de las invasiones de tierras, el mayor movimiento de rebeldía después de Túpac Amaru II, lo que provoca la decisión de los militares de intervenir y liquidar los semifeudos andinos.

¿Qué paso en el sur, de 1961 a 1965? Llamaremos a un profesor inglés. El más célebre de sus historiadores. Eric J. Hobsbawm publica, en 1959, Primitive Rebels.6 Traducido en el 2001 como Rebeldes primitivos. Es un estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en el siglo XIX y XX. ¿Qué tipo de gente y de rebeldía lo ocupa? Los anarquistas españoles, el bandolero social, la mafia siciliana, las sectas obreras. Y «un movimiento campesino en el Perú». Sus fuentes son dos. Un informe sobre la tenencia de tierra publicado en Washington, de 1966, y mi libro Cuzco, tierra y muerte, de 1964. Hobsbawm sitúa esa rebeldía de campesinos peruanos como «gente prepolítica  con aspiraciones a la justicia social». Fue un acierto del profesor de Oxford. Los líderes de ese enorme movimiento eran gentes como Sumire, Huillca. Hablaban quechua y en esa lengua se dirigían a las masas. Pero también había entre ellos los que habían hecho servicio militar y eran bilingües. La estrategia atinada de las marchas campesinas viene de ahí, evitaban el enfrentamiento con la policía o el ejército. No eran una guerrilla. Como me encargué de decirlo, no hubo milicias campesinas. Yo escribí ese libro en el lugar de los hechos. Con verdades de puño. «¿Por qué hay invasiones? Porque se han cansado de esperar». Ahora bien, sin extenderme en refutar a Hobsbawm, lo cierto es que los rebeldes no eran tan primitivos. Hubo unos cuantos trotskistas: Hugo Blanco, Vladimiro Valer, Fausto Cornejo. Pero el trotskismo no contaba en la vida política. Entonces, ¿qué fue aquello? Algo que vino de la más extrema marginalidad. Uno de los titulares de mis crónicas habla «de multitudes nuevas, sin partido». Y eso fue lo que ocurrió. Indigenistas, los había habido desde los años veinte. Decenas de antropólogos y estudiosos. Pero esta vez no eran indigenistas sino indios. No es lo mismo. Fue una inesperada toma de conciencia de los explotados. Pero, por eso mismo, no se les pudo entender ni aprobar.

Se entiende que para las derechas sea un tema maldito. ¿Pero por qué para los partidos de izquierda? José Carlos Mariátegui, en 1928, acaba con el mítico «problema del indio». No hay tal, la cuestión era «el problema de la tierra». Eso concluye con los movimientos campesinos de los años sesenta, antes del gobierno de Velasco. Pero la izquierda se ha sumado —con algunas excepciones— al llanto de viudas por la desaparición de los hacendados arcaicos. ¿Y por qué razón? Porque ese triunfo de lo popular no lo manejó ningún partido de izquierda. Héctor Béjar, que fue guerrillero, hace su mea culpa en 1965.7 El honesto y valiente Béjar. Pero el resto de la intelligentsia que se autocalifica de izquierda revela, en la incapacidad de entender ese movimiento autónomo, popular y libre de fundamentalismos, lo lejos que está del pueblo. Y de unas ciencias sociales objetivas y valiosas. La idea de que una fracción del pueblo se rebele sin una vanguardia, o que una elite revolucionaria aparezca desde abajo, es lo que más les molesta. Y entonces, lo que saben hacer, el silencio.   

Lo peor de todo es que el latifundio peruano es la continuación de una institución virreinal llamada la encomienda. Fue la recompensa de la Corona a los conquistadores para que explotaran a los indios. Bernard Lavallé la define como la «transferencia a particulares para que diesen protección e instrucción evangélica al encomendero». Y a eso seguía el «repartimiento», es decir, aldeas enteras que tributaban con trabajo de servidumbre. Esa figura jurídica evitaba dar títulos de nobleza a los españoles en Indias. Al encomendero lo que le importaba era la mano de obra indígena. Les hemos llamado equívocamente feudos. No es exacto, es lo que más se les parece. Pero los señores feudales en la Europa medieval, eran jueces y a ratos, la defensa militar de sus siervos, de ahí los castillos en España. En el Perú los señores no tenían ninguna obligación con sus indios peones o colonos. Entonces, quienes defienden todavía el latifundio no saben que están echando de menos una monstruosa entidad que viene del fondo colonial. Las haciendas permitían la existencia de amos y siervos, como las encomiendas. Y sin embargo, se sigue sin entender que eran incompatibles con un Perú que aspira a ser republicano.

3. El tercer terremoto. La economía de mercado, desde el gobierno de Fujimori

Entre 1991 y el 2000, se privatizan unas 228 empresas estatales.8 Lo cual significa el 90% del patrimonio de las mineras, el 85% de la manufactura, el 68% de los hidrocarburos, el 68% de la electricidad. Las transacciones tuvieron un valor para el Tesoro Público de US $ 6’445 millones. Nos limitamos a los hechos. Los siguientes gobiernos —Toledo, García, Humala— no salieron de ese esquema liberal, al contrario. Pero volvamos a las cifras. El ingreso per cápita en 1980, era de 890 dólares. En 1995  alcanza los l’530 dólares. En el 2009, es de 4’200 dólares. En cuanto al PBI, de 1991 al 2009, se pasa de 83’760 millones de nuevos soles constantes, a 192’994. Además, la pobreza disminuye de 53% a 21%. En pocas palabras, se pasa de un Estado que confiaba en la empresa pública a un Estado que prefiere la empresa privada y el libre mercado. Pensamos, sin embargo, que el Estado empresarial falla en el Perú, pero no en otras naciones. Es más bien un problema de recursos humanos. No contamos con el personal adecuadamente formado y con una ética capaz de evitar la corrupción. Si no hay esos dos requisitos, ninguna economía capitalista puede tener éxito. Hay una ética en el capitalismo. Eso lo explica Max Weber.

Sin embargo, tenemos que admitir que Alberto Fujimori es un personaje difícil de explicar. Vence en la pugna electoral a Mario Vargas Llosa, a quien el planeta daba por vencedor. Y a los dos años de gobierno da un autogolpe, cierra el Congreso, lo reabre bajo la presión de la OEA, con un esquema reducido, unicameral, y con distrito nacional único. Una barbaridad institucional. Y gobierna de manera autoritaria. No es una dictadura, pero sí un poder autocrático. Recuerda el exceso de poder de Leguía. Y lo que es peor, o se deja manejar, o forma parte del delito, socio de Vladimiro Montesinos. Luego, intenta un tercer gobierno, el descubrimiento de lo que «el Doc» hacía en su oficina, Jefe de la Inteligencia. Grababa sus actos de corrupción. Su despacho fue un nicho de negocios oscuros. Fue aquel un «Estado mafioso» (Manuel Dammert).9 Y cierra con broche de oro tal degradación. ¡Se fuga!

El otro gran gesto de Fujimori es dar un poder discrecional a los mandos militares para enfrentar a Sendero Luminoso. Eso fue una guerra civil. Sendero Luminoso le declaró la guerra al Perú. El concepto de «conflicto interno» es una de esas cobardías semánticas propias al hábito de no decir las cosas como son, retórica muy frecuente, por desgracia, en nuestro país. Pero claro, dada la trayectoria ilícita de Fujimori como presidente, hay resistencia para reconocerle al menos dos contribuciones. Derrota a Sendero Luminoso (con un costo enorme, en materia de derechos humanos). Y nos hace abandonar la ilusión de un Estado como motor de la economía. Ese modelo es posible pero con funcionarios de calidad y honradez. Estado y mercado son necesarios. Tampoco es  una solución integral, el desarrollo solo con mercado produce una paradoja, muy peruana. La evolución económica y social del Perú es inversamente proporcional al aumento de la confianza en los políticos. El Perú es una singularidad.

4. Conclusión, la penosa verdad. El poder, desde arriba, hizo cambios, aunque fuesen impopulares

Dos de los movimientos de las placas tectónicas —las migraciones y las ocupaciones de tierras— han ocurrido espontáneamente. Triunfo del pueblo. Las otras dos transformaciones corresponden a Velasco y a Fujimori. A dos gobiernos no democráticos. Es lamentable pero así son las cosas en Perú. Esperemos que en el futuro «las grandes reformas» se hagan con nuestras instituciones. Ojalá ocurra en este tercer siglo de vida republicana.

1 Aramburú, Carlos Eduardo en: Plaza, Orlando (coord.), Cambios sociales en el Perú 1968-2008. Homenaje a Denis Sulmont, FE PUCP, Lima, 2012 (2° ed.), p. 55.

2 Ibidem, p. 57.

3 INEI (Aníbal Sánchez Aguilar, dir.), Compendio Estadístico Perú 2016. Sistema estadístico Nacional, tomo 2,            INEI, Lima, 2016, p. 1039.

4 Pásara, Luis, en:  C. McClintock, Lowenthal, Abraham F. (compil.), El gobierno militar. Una experiencia peruana 1968-1980, IEP Ediciones, Lima, 1985, p. 366.

5 Lambert, Jacques, Amérique latine. Structures sociales et institutions politiques, PUF, París, 1963, p. 95.

6  Hobsbawm, Eric J., Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales siglo XIX y XX, Editorial Crítica, Barcelona, 2001, pp. 241-261.

7  Béjar, Héctor, Las guerillas de 1965: balance y perspectiva, PEISA, Lima, 1973.

8 Balance crítico para el país. Privatizaciones 1990-2001 (internet).

9  Dammert Ego Aguirre, Manuel, El Estado mafioso, Lima, Ediciones El Virrey, 2001.

Publicado en El Montonero., 18 de octubre de 2021

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