Toda mi vida

Written By: Hugo Neira - Jul• 26•21

Toda mi vida, en paralelo con otras actividades —historia, ciencias políticas, ciencias sociales—, siempre fui periodista. Comencé con el Expreso de Mujica, que abría una ventana ante el dogmatismo de El Comercio y La Prensa finamente reaccionaria de Pedro Beltrán. Con Abelardo Oquendo, Raúl Vargas, éramos jóvenes «progresistas», es decir, de una izquierda rara y sin partido. El director era José Antonio Encinas, diplomático, y que había hecho dos doctorados, de economía y filosofía en Harvard, como si tal cosa. Luego me fui a Europa. El segundo diario fue La República. Me acuerdo de su director y fundador, en el fondo de un café miraflorino, Gustavo Mohme Llona, el padre. Y  durante más de 15 años, le envié crónicas de diversos lugares del planeta. Mi situación de profesor francés —lograda por un concurso público— me hacía viajar en misiones cortas, y a veces, en lugares lejanos. En mis últimos años y antes de la jubilación, me habían situado en la Polinesia Francesa, en la isla de Tahití, y sin embargo escribía para ese diario limeño, tomándole el pelo a Macera por sus votos y botas, a Tudela, a quien llamé la contrarreforma en persona. Y a Fujimori padre que los hacía bailar, y sin embargo, desde el lado de Lima que no lee, me colgaron la etiqueta de fujimorista porque no me sumaba a eso que fue el periodismo de estos años, los anti, como ideología. Y uno de esos días, me dejaron sin mi placer de escribir para los ciudadanos, y sin dirigirme al lector fuera de izquierda o de derecha. Dije siempre lo que dio la gana. Había dicho que no votaría por Ollanta «ni con una pistola en la sien».  Eso fue. Menos mal que a Víctor Andrés Ponce se le ocurrió El Montonero. Todo este rollo —como dicen los madrileños— para decirles, desde la libertad de expresión, lo que me parecía que pasaba por la cabeza de mis paisanos. Por lo general, he estado diciendo durante estos últimos veinte años que eran años de presidentes improvisados, dos decenios de democracia aunque facciosa, y crecimiento económico pero empotrado a Odebrecht. Sin embargo, qué banalidad, como que flotábamos todos como si estuviéramos en el Huáscar de Grau. Y resulta que estamos en un Titanic que se hunde, ¿o quizá se viene la era del acorazado Potemkin, o la de la Kon-Tiki? ¡Vaya usted a saber!

Por eso prefiero esperar. Escribo esta nota el fin de semana. Y el miércoles entrante, el 28 de julio, en el acto de asumir el rango de presidente, el ciudadano Pedro Castillo nos dirá qué piensa hacer. Y eso es algo que esperamos muchos peruanos y peruanas. Por eso, esta vez, no quiero anticipar cualquier supuesto o conjetura. En realidad, esta vez les digo, a los amables lectores, que no trabajo a partir de a priori. Lo real me interesa, sea como sea. El a priori es un juzgamiento ya bañado de subjetividad. Por lo general, una idea sesgada, algo efusivo. Una suerte de rumor huachafo que juega a ser académico.

Pero no puedo dejar de decir que mi estado de ánimo no es el mejor. Puesto que mi país, el Perú, tuvo errores enormes en el pasado y en el presente —peor que nunca—, y acaso continúan con multitudes que abren los ojos pero no admiten ni lo que ven. No sé, sinceramente, si es el fin de una época para otra era todavía peor (¿?). Perder la patria es peor que perder madre y padre a la vez. Y es por eso que, al amable lector, le doy a leer un poema, que es mío. Soy el artesano de diversos oficios, también la escritura y las ideas. Mi poesía la escondía hasta estos días de dolor. Porque lo que estamos perdiendo no es poca cosa. Es acaso la patria misma. Y entonces, ya no podemos entendernos con el razonamiento, eso es con la escritura, prosa y ensayo, que es o debe ser racional. Pero el poema puede ir más lejos, más allá de las causas, adonde se puede exponer el lado inconsciente y oscuro, y que solo se produce en el poema, el ensueño o la muerte. Después del cinismo de estas elecciones, lo intransferible.

Meditaciones tras la infelicidad de «lo incierto»

A Dios, que a veces se le va de las manos ciertos asuntos

En mi país todas las paralelas se juntan

En mi país los ríos hablan en voz baja

Y cada residente es un monólogo 

En mi país las madres asesinan a sus hijos dándoles la vida.

En mi país los días comienzan por las tardes

Las mañanas llegan con prisa

A nadie le sorprende.

En mi país, con mi madre

muerta

conversamos,

como lo hacen los poetas y los muertos

en silencio.

Cuando nos visites,

te enseñaré el secreto de las hojas

de árboles que son las mismas que las de los libros,

y que te esperan en el repliegue de tus sueños,

cuando creen que estás dormida.

O en estas palabras que solo sirven para decirlas en tu oído.

En mi país nacemos llevando las aguas del océano adentro

Por eso no navegamos, ni necesitamos naves ni expediciones

Cada quien no es la nave sino las aguas mismas. (HN)

Publicado en El Montonero., 26 de julio de 2021

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La Cuba que conocí no es la de estos días

Written By: Hugo Neira - Jul• 19•21

A La Habana fui muchas veces, en los años setenta. Época de la Guerra Fría, la Cuba de Fidel Castro jugaba un papel importante, el de ser una isla —porque eso es Cuba—, el tamaño del departamento de Ica y apenas 11 millones de personas, pero acaso como un cuchillo en la garganta de los Estados Unidos. Estuvimos al borde de una guerra nuclear. Los soviéticos temían el riesgo de la plataforma en Grecia y los espacios que les había dejado la España de Franco. Aquello, un equilibrio de amenazas, que por fortuna desaparece desde la caída del muro de Berlín.

Que me perdone el amable lector que tenga que explicar qué hacía yo en esos años inesperados. Estaba en París, me habían invitado a trabajar como investigador en un equipo de Sciences Politiques, y entre tanto, seguía mi formación universitaria en Francia. Cuando el golpe de Estado contra Fernando Belaunde, yo estaba muy lejos de la política peruana, de eso que José Carlos Mariátegui llamaba, con toda razón, «la política criolla». Unos militares peruanos que estaban de paso por Europa me preguntan qué pensaba de ese acontecimiento. Les dije que si era para recuperar Talara, estaba bien, pero era poca cosa. Un gesto nacionalista. Les faltaba pasar el Rubicón. Y eso era terminar con el feudalismo agrario. Se miraron, y me dijeron: «- Ya tendrá usted noticias nuestras». Y un día, en los kioscos, en distintas lenguas, se daba la noticia de una reforma agraria, era junio de 1969. Y dejé mi puesto académico, y volví a Lima.

Yo no era sino el joven de Cuzco: tierra y muerte, cronista de las invasiones o recuperaciones de tierras en los sesenta. La gran sorpresa, una revolución sin armas de los propios campesinos, dirigidos por una elite rural propia donde no había partidos políticos sino ellos mismos: Sumire, Cornejo, y Saturnino Huillca, al timón de esa Federación Campesina del Cuzco, que removía el mundo rural. No es la primera vez que lo digo: sin esas tomas de tierras sin sangre, no hubiese habido la modificación de las formas de tenencia de la tierra, ya no arrendires, sino propietarios. Ese gobierno era militar. Carlos Delgado fue quien recluta a diversos civiles descontentos de los partidos de entonces. Así, Carlos Franco, que deja el Partido Comunista. Francisco Guerra García, que venía de la Democracia Cristiana. Héctor Béjar, después de la guerrilla. Por mi parte, en el SINAMOS, fui Director de Difusión (hoy, Comunicaciones). Lo digo y lo cuento, sin vanidad. Y es por eso que fui repetidas veces a La Habana. Eran entonces unos viajes muy corrientes. Y hasta los aviones eran rusos.

Yo había dejado hacía tiempo el PCP de Jorge del Prado, acaso porque comenzaba a estudiar Ciencias Sociales, lo cual me distanciaba deliberadamente de las ideologías. Y cuando aterrizo en Europa, un viaje con estudiantes a Moscú me confirma lo que se sabía en Europa: el régimen soviético no lograba satisfacer las necesidades primarias de las sociedades que tenían bajo su poder. Ni en Polonia ni en Hungría, y unos alemanes que perdían la vida al intentar pasar del Este al Oeste cuando no se había tumbado el muro de Berlín. Algo parecido le ocurre a Fernando Fuenzalida en la «democracia popular» de Polonia. Soportó un año, y volvió a Lima más que decepcionado. Nos quedamos sin brújula pero no nos pusimos a buscar un Inca como Flores Galindo. Nunca he gozado del pensamiento mágico.

Al amable lector, le contaré cómo era para nosotros la Cuba de esos años. Nos trataban muy bien. Por ejemplo, fui invitado a la memoria de un acto heroico y de recuerdo cuando el Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, es tomado por unos jóvenes y echan las armas por las murallas esperando que el pueblo las usara. Y ese fue el primer paso de la revolución cubana. Los tomaron presos, se salvaron de un fusilamiento, los echaron al exilio. Y tres años después, en 1956, después de aprender el uso de las armas en México, llegan en un yate llamado Granma y desembarcan en la Sierra Maestra, y comienza la guerrilla. 82 guerrilleros ante un ejército, el de Batista, con una fuerza de 40 mil hombres. Fueron 3 años de guerra.

Obviamente, conocí la Cuba posguerra. Y a la vez cómo entonces se tomaba en cuenta los inicios de la revolución. Y en uno de esos actos rituales, el inicio por lo de Moncada. A los del SINAMOS nos ponían en una galería muy cercana a Fidel Castro. A tres gradas de distancia. Recuerdo que en el enorme anfiteatro había algo así como una fiesta, pero cuando apareció Fidel vino un momento espartano. Soldados que hasta ese momento estaban ocultos, dispararon al aire. Y Fidel Castro toma la palabra recordando a un amigo, el poeta cubano, Rubén Martínez Villena, con su poema: «Hace falta una carga para matar bribones,/ para acabar la obra de las revoluciones; / para vengar los muertos que padecen ultraje, / para limpiar la costra tenaz del coloniaje; / (…) Para  no hacer inútil, en humillante suerte, / el esfuerzo y el hambre y la herida y la muerte; / para que la República se mantenga de sí,/ (…) para que nuestros hijos no mendiguen de hinojos / la patria que los padres nos ganaron de pie.». Y entonces, Fidel Castro termina: «Rubén Martínez Villena, desde aquí te lo digo, la toma del Moncada es la carga que tu pedías». Me quedé impresionado. Ya de regreso al hotel, el cubano que nos acompañaba nos dice: «- Mañana todas las escuelas hablarán de este poema». Y añade: «que se habían olvidado los mismos cubanos». Pero en ese coche, me había puesto a susurrar el poema… «para cumplir el sueño de mármol de Martí». No sé cómo se me quedó en la cabeza, quizá no todo pero sí gran parte. Y el cubano me pregunta: «- Oye chico, ¿en Perú conocen entonces a Martínez Villena?» Le contesto que no. Y me dice: «- ¡¿Te lo has aprendido en el mitin mismo?! Coño, Neira». Le expliqué que a veces la emoción hace esas cosas con el cerebro, acaso con el espíritu.

Conviene saber el proceso histórico de Cuba. Fue el más tardío en romper los lazos con España imperial, de 1868 a 1874. Luego hubo una segunda guerra de la independencia, duró tres años (1853-1895) y la dirige José Martí. Más tarde, los Estados Unidos, que intervienen cuando la guerra con España no acababa. Y siempre se enteran los EEUU por Puerto Rico, las Filipinas. Para Cuba siempre el anexionismo fue un fantasma perpetuo. Incluso en 1906, cuando el americano Hitchcock, en la primera Constitución de Cuba, obtiene «un derecho unilateral de intervención». En fin, siempre hubo inestabilidad social y política, las dictaduras fueron frecuentes: Gerardo Machado (1925) y Fulgencio Batista, dictador hasta 1944, y un segundo golpe de Estado en 1952, siempre con el apoyo de Norteamérica. Además de las dictaduras había un Partido Comunista y Batista, el que fue vencido por Castro, era parte del sistema político.

Ahora bien, la figura de Fidel Castro —en su combate y éxito en los inicios— fue apreciada por Eisenhower, en Francia por De Gaulle, Adenauer en Alemania. Lo veían como un país del Tercer Mundo que se libraba de un tirano, Batista. Pero el proyecto de régimen iba más lejos. La Habana estaba plena de burdeles, y según Hugh Thomas, se habían ejecutado entre 7000 y 10’000 entre los perdedores.

El rol de Fidel Castro no proviene del viejo Partido Comunista de Cuba. Cuando toma las armas no dice sino «movimiento 26 de julio». No se suele decir que había un Partido Socialista popular (también comunista) cuando aparece la guerrilla en Sierra Maestra, y en 1956, se dice que esos revolucionarios eran «aventureros pequeño-burgueses». No les faltaba razón, Fidel venía de una familia acomodada. Más que españoles, gente de Galicia, lo envían a estudiar Derecho. Se entiende que decenios después el tirano Francisco Franco mantuviera siempre una relación diplomática con Cuba. Castro y Franco, cosas de gallegos.

Por lo visto, en primer lugar, las revoluciones vienen del pueblo, a veces de elites, pero cuentan siempre las circunstancias. No es el marxismo lo que conduce a Castro. En segundo lugar, el que era marxista es el Che Guevara. Acababa de venir de Guatemala donde habían derrocado un gobierno democrático, vencido por militares que habían sido formados en Washington. Entonces, tanto Fidel Castro como el Che Guevara probablemente pensaron que no había nada que pudiese hacerse sin un gran poder. Y en tercer lugar, cuando Castro va a los Estados Unidos —todavía no era un país asociado al Kremlin— le ocurre dos cosas. En el comité cubano había unos cuantos negros. Cuando a un hotel entró con todo el comité, les dijeron nones. Se fueron a un barrio de negros. La segunda cosa es todavía peor. Tenía una cita con el presidente de los Estados Unidos, nada menos que Eisenhower, y se fue a jugar su partido de golf. Castro regresa a La Habana, y pone en marcha la expropiación del capital americano en centenares de empresas. Un periodista americano dijo que el partido de golf del hombre en Washington fue el más caro de la historia de los Estados Unidos. El resto es sabido: el fracaso de la Bahía de Cochinos, el tema de los misiles en 1962, luego el aislamiento de la isla, y por todo eso, el alineamiento con la Unión Soviética.

Ese acuerdo es negativo y positivo para la isla de Fidel. Adoptan para Cuba un modelo de gestión y de economía estatal bajo el poder de un partido único y comunista que se vuelve, como en otros casos, gente de represiones, burocracia y «monolitismo ideológico». Todo eso lleva a la ruina. Ya estaban mal antes del hundimiento de la URSS. En 1980, entraron miles de cubanos en la embajada de Perú. Y 125’000 cubanos parten a los EEUU. Pero la vida se hace imposible cuando se hunde la URSS en 1990.

Y aquí viene lo peor. Siendo marxistas, deberían ocuparse del «modo de producción». Pero Cuba comunista vivía en un 90% de lo que le daban para el presupuesto nacional. Cuba, cierto, tuvo años felices, pero gracias al apoyo del gigante URSS. Era en realidad una suerte de vitrina para convencer que con el comunismo se puede tener buena educación, gastos en salud, empleos. A veces, en Cuba, algunos de los militares de Velasco los notaba admirados por el nivel de vida. A algunos les dije lo real, viven de lo que les da la URSS (y el turismo y las remesas de los cubanos en el extranjero, hasta que vino Trump). En sus últimos años Fidel intenta un «socialismo de mercado» pero, con la estructura administrativa y política en manos del partido, era imposible. Había que volver a las libertades democráticas y eso no podía porque era dañar los privilegios de las nuevas capas dominantes: Policía, burocracia y exrevolucionarios. 

La Cuba de hoy es ese vídeo que da la vuelta al planeta. Un joven discute con alguien en la calle, y otro individuo saca tranquilamente una pistola y le da varios balazos. Alguien que es parte de «las milicias». O sea, ¿la ideología comunista está por encima de la población? O sea, ¡¿la ideología como algo sagrado e intocable?! La cuestión es que un Estado liberal, conservador o socialista, debe proteger su pueblo, no asesinarlo. Eso ya no es política sino barbarie. ¿Esto en el siglo XXI? Por eso digo, esa no es la Cuba que conocí. En fin, con «el socialismo real» las revoluciones llevan al poder a una elite y no a los ciudadanos corrientes (con lo cual no digo que el capitalismo es lo mejor).

Un exceso de poder, que no olvido, fue el de un burócrata cubano y una pobre estudiante  peruana a la que tenían como esclava sexual. En uno de esos viajes, una familia limeña me pide que me ocupe de la joven a quien uno de los «barbudos» (los guerrilleros primeros) no la dejaba volver al Perú. La invité en el magnífico hotel donde me alojaban. Lo del abuso tuvo que parar. Porque yo iba a hacer un lío enorme en el Perú. Ahora bien, la muchacha dijo mirando la mesa: no sabía que en La Habana había queso Camenbert¡!  Y esa misma noche estaban furiosos los cubanos que me acompañaban. En el calor de la disputa, uno, el mejor de ellos, me dice: «- Sí Hugo, tenemos que estar mejor que el pueblo, porque sin nosotros, no habría revolución». Nunca me olvidé de esa discusión. Las revoluciones producen aristocracias, oligarquías, otras formas de dominación. Como las abejas y hormigas, unos nacen para príncipes y otros para abuejelas. Hitler aplaudiría.

En fin, la revolución de Fidel Castro y el desembarco en la Sierra Maestra inflama a millares de jóvenes latinoamericanos. Pero el tiempo es un gran juez, y hoy podemos ver ese estallido con otros criterios. Seamos sinceros, ¿qué guerrilla, en qué país, llega a tomar el poder? El Che muere en 1967, y como él lo cuenta, los campesinos se negaron. Y entonces aparecieron grupos guerrilleros urbanos, como explica hoy un argentino (Héctor Ricardo Leis), montoneros en Argentina y tupamaros en Uruguay, que confunden guerrilla y terrorismo. La Triple A es la respuesta. La dictadura de Videla, el terrorismo de Estado, los miles que fueron martirizados, asesinados y arrojados desde los helicópteros al mar. Las madres de Mayo pidiendo, al menos, los restos de sus hijos.

¿Y Cuba qué fue? ¿Un país que vivía a costa de los soviéticos? ¿No insistía Karl Marx en el modo de producción? ¿Es un país comunista uno que exporta azúcar y vive del turismo? ¿Y cuando se hunde la URSS, logra colonizar la Venezuela de Chávez? Siento decirlo, ese comunismo es un chiripazo, una suerte, el azar. Los rusos necesitaban frenar a los Estados Unidos y La Habana está al frente de la Florida. Fidel Castro aprovechaba una situación geopolítica, y eso es todo. Una vez más, en la América Latina nos perdemos en utopías, ilusiones, la búsqueda de El Dorado de los conquistadores, hace cinco siglos, tras las quimeras, la magia, la credulidad. A ver si algún día salimos de nuestra Edad Media.

Publicado en El Montonero., 19 de julio de 2021

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Argentina. De país rico a país pobre

Written By: Hugo Neira - Jul• 12•21

Con el respeto por el pueblo de José de San Martín, el Che Guevara y Borges.

Por un largo tiempo la Argentina fue el «granero del mundo». El país latinoamericano que atraía a los emigrantes europeos tanto como los Estados Unidos. Y hoy es el país donde la pobreza llega a un 51%. En otras palabras, hay hambre. ¿Qué pasó en esa sociedad que el autor de este escrito conoció y vio un país con un nivel de educación invidiable, y una sociedad lejos de la precariedad de estos días? No es un enigma, sino una época en que Argentina se vuelve un país agroexportador. Vinculado a un país europeo, aquel que había sido el primero en convertirse en sociedad industrial, es decir, la Gran Bretaña. Se trata, pues, de la historia de un país europeo por una parte, y por la otra, de una de las repúblicas de la América Latina.

Vamos a hacerlo en tres partes. La primera, la revolución industrial en Inglaterra. La segunda, la transformación de la Argentina como país agroexportador. Y la tercera, las reformas económicas de la Unión Europea.

Comencemos con algo nuevo que ocurre en la Gran Bretaña. Algo tan poderoso que cambia la vida del ser humano tanto como en los primeros homo sapiens, cuando en el Neolítico aprenden a usar el fuego, luego la caza y la agricultura. Luego la escritura, la aparición de las ciudades, y el pasaje a las primeras civilizaciones. Ese algo es lo que llamamos la revolución industrial. Y con ello, las novedades en el trabajo: fábricas, máquinas, medios de transporte por mar y luego por el aire. Sin contar con el progreso de la medicina, el conocimiento de la naturaleza. El uso al inicio del carbón, luego el petróleo, la energía eléctrica. Esto es sabido, pero como la educación peruana es una de las mejores del mundo como lo prueban en las pruebas PISA, conviene explicarlo brevemente. Hay un  antes y después en la aventura humana, de la era preindustrial y la actual.

Sin embargo, los inicios fueron modestos. «Alrededor de 1760, una ola de pequeños instrumentos destinados a facilitar el trabajo, inundó a Inglaterra» (T.S. Ashton, La revolución industrial, 1760-1830). En realidad, las innovaciones surgen en la agricultura, transporte, industria, comercio y finanzas. Vale la pena señalar la cronología. En 1707, naves a vapor. En 1732, coque (carbono destilado que mejora la fusión). En 1733, la lanzadera volante en los telares para tejidos. Los rieles fundidos, en 1763. En 1783, barco a vapor con ruedas. En 1783, la mongolfiera o globo para viajes. En 1784, la máquina de vapor automática. En 1795, la pasteurización. En 1801, la pila eléctrica. En 1807, barco a vapor de Fulton. Y en 1821 —el año de nuestra independencia—, vías de fierro y vapor en Gran Bretaña. Luego el ferrocarril es incorporado a Francia, Alemania, por todas partes de Europa.

Ahora bien, cuando en mis clases llegamos a este punto, no falta una pregunta: ¿por qué la primera revolución industrial emerge en Gran Bretaña? Es una buena pregunta. Hubo varias causas. Los inventores se sentían seguros cuando obtenían la patente. Es el caso de la máquina de vapor de Watt. La monarquía liberal de la Gran Bretaña tenía la fama de ser régimen comercial honesto, y de ahí, su moneda estable, su sistema bancario. Si Watt hubiese sido no inglés sino un latino, le hubieran robado su invento. Pero hay otras causas para que fuera Inglaterra, había abundancia de hierro y sobre todo, de carbón. La revolución industrial se fue transformando a partir de otras energías, ya no tanto el aire para los molinos sino, luego del carbón, el petróleo, la electricidad. Y hoy, la energía atómica.

Pero surge un problema. De tipo laboral y social. Hasta ese momento Inglaterra era un país rural como todo país, pero para pasar a un sistema de producción en fábricas, era necesario la mano de obra. Primer problema. ¿Cómo desalojar a los trabajadores rurales para que se volvieran obreros urbanos? Las aldeas eran terrenos donde se explotaba pastos, ovejas y cerdos, y cultivos. Y los campesinos británicos no querían dejar sus tierras. Pero el poder de las clases dirigentes encontró su talón de Aquiles. Tenían deudas. Nunca lograban pagar del todo. Esas aldeas tenían terrenos comunales que venían del pasado, sin prisa para acumular riqueza. Además, los protegían diversas iglesias. Así, «para hacerlos salir de la campiña, el Parlamento impone leyes que producen el desalojo de los trabajadores rurales que inevitablemente no tuvieron más remedio que precipitarse hacia los puestos en las fábricas. A esa pérdida de propiedades, se les llamó los Enclosure Acts (Paul Mantoux, La Révolution industrielle au XVIII siècle, 1906).

Los sacaron del mundo rural. Los excampesinos encontraron trabajo como obreros. Era inevitable, en el mundo rural, ante las innovaciones técnicas, iba a disminuir el número de jornaleros. Pero surgía otro problema. Si disminuían los campesinos —vueltos obreros— ¿quién iba a resolver la cuestión de los alimentos? Algunos pensaron que podían recibir a los nórdicos, pero dejaron esa posibilidad. Inglaterra en algún momento de su pasado fue invadida por los normandos, y buscaron otra solución. La hubo, al otro extremo del planeta.  

Tratemos ahora la Argentina y sus modificaciones. En torno al río de la Plata, no había la población numerosa de otras zonas dominadas por el imperio Español. Así, la corona se inquieta por los portugueses, y crea un virreinato de la Plata, cuya capital es Buenos Aires (1776). Por un tiempo no destaca hasta que arranca, en 1810, uno de los proyectos de independizarse. Cosa que lograron. Pero para tener una migración masiva, era necesario que se incorporaran extranjeros si había una modernización de la Argentina. Había un obstáculo, en el desierto y la pampa, estaban los indígenas. La situación argentina se parece a la lucha por la frontera de los norteamericanos ante los indígenas que eran también nómades. Los llamaron los «malones». Cierto, «defendían sus tierras»  (Alain Rouquié). Esto lo logra la Argentina de gauchos definitivamente en 1879. Larga guerra local. Es célebre la campaña del general Roca que abre 375 000 kilómetros cuadrados de tierras fertiles al sur de la pampa (Rouquié). Es así como surge en la Argentina una exportación de cereales en abundancia y carne.

Vencidos los nativos, aparecen desde 1870 las infraestructuras locales, puertos, y frigoríficos gigantes que luego eran trasladados a los barcos británicos. El flujo de inmigrantes convierte la Argentina en una nación de inmigrantes. Las cifras no mienten. Al final del siglo XVIII, 300 mil habitantes. En 1869, 1’877’490. Luego, 3’954’911 habitantes en 1875. En 1914, 7’885’227. «La población argentina doblaba prácticamente cada veinte años» (Rouquié).

Al parecer, el modelo agroexportador insertaba a la Argentina en la economía como país agroexportador. Sin embargo —hay que decirlo—, el sistema generó una concentración de la riqueza y la exclusión de las clases trabajadoras y de las poblaciones asentadas fuera de la región pampeana. La economía alcanzó altos niveles de crecimiento. «En la corriente inmigratoria hubo millones de italianos y españoles, y en menor medida, europeos orientales y asiáticos» (Wikipedia).  «La prosperidad impulsó el crecimiento de una considerable clase media». No faltaron en la Argentina, después del caudillo Juan Manuel de Rosas (gobierna hasta 1852), un Faustino Sarmiento a quien se debe la educación pública, o un Avellaneda, un Roque Sáenz Peña, que en 1912 estable el voto secreto y obligatorio. Y dejaremos el papel de Juan Domingo Perón y su esposa, Eva Perón. El sistema agroexportador todavía tenia vida. ¿Qué pasó, entonces?

La respuesta de los mismos argentinos.

Cuando se quiere saber qué le pasa a una nación, es sensato preguntar a sus ciudadanos. Para esto, entre una enorme bibliografía, tengo en la mano un libro titulado Pensar la Argentina, de 2006. Son siete intelectuales que reflexionan sobre su país. Y entre ellos, tomo la respuesta de Juan José Sebrili. Lo que dice es directo y claro. Se ocupa de las crisis políticas, pero a diferencia de lo que se suele decir, «no responsabiliza a las clases gobernantes». Señala más bien una crisis mucho mayor. La crisis económica. No es Perón o sus contrarios. Ni los militares y sus golpes de Estado. Su respuesta es que «los problemas comenzaron con la crisis del 29». «Hubo un modelo económico, el modelo agroexportador. Que fue muy exitoso desde 1880 hasta 1930. Y que sobrevivió hasta la Segunda Guerra Mundial. Después quedó agotado porque cambiaron las condiciones del mercado mundial». ¿Qué quiere decir? Que en el momento en que la Comunidad Económica Europea forma un sistema de mercado que consiste en lo que producen hoy los 27 países, es ventas y compras en una superestructura. Con lo cual los productos agropecuarios solo entran al mercado de la Unión Europea si es que no se les puede hallar en Europa misma. Con más franqueza, los países de otros continentes, los países netamente agrarios, quedaron descolocados.

Sebreli dice: «Fuimos ricos cuando teníamos vacas y trigo, pero después se acabó, no tuvimos nada que exportar». «Se ataca a la clase política cuando los culpables son la sociedad civil y el capitalismo industrial argentino, pero impotente». Se hace una pregunta, pensando en los muy ricos estancieros: «Lo que se ganaban, ¿en que lo invertían? ¿En tecnología? Se invertía en llevar el dinero afuera». Lo considera un «capitalismo rentista, especulador y subsidiario». En suma, «si no hay producción ni crecimiento económico, se distribuye la miseria.»

Para terminar, tres ideas.

1. Siempre me sorprendió que la capa social de estancieros no volcara su capital en empresas industriales. Se lo pregunté una vez a Perón mismo. En ese momento, yo vivía en Madrid, en la Casa Velázquez, casa para científicos y artistas. La respuesta de Perón fue el silencio. Y cambiamos de conversación. Siempre me pareció que la pampa era algo casi intocable. Como una suerte de Machu Picchu horizontal. El mejor libro sobre la Argentina es de Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la pampa. Sin por ello dejar de lado a Borges. Que admiro.

2. ¿Por qué no dieron el salto a la revolución industrial como lo han hecho en el Asia, por ejemplo, Corea del Sur? Perón quiso industrializar pero no lo dejaron.

3. Nada es eterno, las sociedades, la economía y la ciencia se transforman. En Argentina pensaron que el trigo y la carne de la amada Pampa era para los siglos de los siglos.

Cuidado peruanos, esas minas que muchos aborrecen, uno de estos días nos van a decir que el cobre queda de lado. Las puede reemplazar alguna ciencia de la energía nuclear. Y adiós los canones.

Publicado en El Montonero., 12 de julio de 2021

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Perú, tiempos sombrios

Written By: Hugo Neira - Jul• 05•21

Por azar, para un libro mío en el que está, con otros pensadores, Víctor Andrés Belaunde cuando lo exila el presidente Leguía después de un golpe de Estado (que no era necesario-1919), le dice lo siguiente: «El Parlamento vivirá de espaldas a la opinión”. Y se me ocurre que se puede decir ahora: «El gobierno y sobre todo, una parte del Poder Judicial, vivirá a espaldas de la opinión». Sí, pues. La vida pública peruana repite sus vicios.

Por una parte, hay una enorme mayoría en contra del 6 de junio. Pero los tejes y manejes en las mesas de votación son sacralizados por leyes y reglamentos que impiden, paradójicamente, la justicia. Nos hemos quedado sin estado de Derecho. Estas elecciones son lo peor que le ha pasado al Perú. Por otra parte, la pandemia que no ha sido vencida todavía, la necesidad de empleos y de retornar a la economía de antes de la pandemia, imponen —nos guste o no nos guste— un nuevo inquilino en el Palacio de la Plaza de Armas de Lima. De modo que, sin olvidar el lado ético y jurídico, el 28 de julio habrá un presidente. Y en este caso —que no aplaudo— lo real se impone. Y es hora de comenzar a ver qué hace o qué deshace el nuevo mandatario.

Gremios. ¿Modernizar el país con algo vetusto y anticuado?

El ciudadano Pedro Castillo (probablemente pronto proclamado presidente), ha hecho saber que los gremios le interesan. Por mi parte, hacía tiempo que no escuchaba algo sobre los gremios. Los hubo en Europa desde la Edad Media, y en el Perú desde los primeros pasos a la modernidad —desde 1850—, pero confundidos con las sociedades mutualistas y sindicatos, como veremos más adelante. Lo de gremial es interesante pero tiene sus bemoles.

Sin embargo, antes de continuar, debo explicar mi manera de abordar nuestros problemas, acaso fríamente, tratando de entender adónde quieren llegar los que han ganado, por desgracia, no los mejores. Entre tanto, en esta caja de Pandora que es la vida pública peruana, tengo pasión por entender, aunque no pertenezco a ningún partido ni a las tendencias actuales. Soy, por encima de todo, un universitario. Y es algo que aprendí en los decenios que fui profesor en Francia. Tuve la suerte de seguir las clases de Raymond Aron, las de Alain Touraine, dos gigantes entre otros. Jamás supe por quien votaban. No era necesario. En esas sociedades, las universidades son el lugar en donde las ciencias sociales no se confunden con las ideologías. Practicar esa actitud en Lima es difícil. Pienso en el libro de Octavio Paz, El laberinto de la soledad. Para mi caso, se me ocurre «La soledad en el laberinto». Quizá es el precio de la libertad. Cierto, el Perú actual es un caos. Pero en el caos, según los  astrónomos, suele producirse un orden inesperado. Ya se verá.

Volvamos a lo de los gremios. Para entenderlo no me salgo del espacio de las ciencias sociales. Hay un concepto que abraza lo gremial y se llama, técnicamente, el corporativismo. Ha sido usado repetidas veces en la Argentina de Perón, el México de Cárdenas, el Brasil de Getulio Vargas, el Egipto de Nasser. Nada los liga salvo que se trata «de regímenes populistas, y los sindicatos y las organizaciones campesinas, tienen un papel importante en la gobernabilidad». Esta definición viene de un profesor mexicano, Enrique de la Garza, de la Universidad Autónoma Metropolitana, en Iztapalapa. De este tema, para los gremios y los sindicatos, me enteré en 1990, en México. Uso, pues, mis notas sobre esa temática ya que aparece en el Perú de estos días.

Lo que ocurrió con el pasaje de gremios a sindicatos interesó a un investigador llamado P. Schmitter. Sus textos editados en Londres. Al parecer, ha habido una polémica internacional acerca del corporativismo. Y tanto el mexicano como el inglés consideran que colocando sindicatos o gremios «subordinados al Estado», es «considerado como régimen político no estrictamente democrático». Se suma a esta observación, O’Donnell (Transiciones desde un gobierno autoritario, Paidós, B. A. 1989). No es pues, algo nuevo.

Conviene que haga ver, en estas líneas, al propio Schmitter y su idea del corporativismo. El investigador inglés encuentra dos posibilidades. La primera es positiva, en efecto, «puede coexistir con sistemas políticos competitivos, con partidos, régimen abierto a la alternancia del poder, con culturas democráticas y vinculados con los estados benefactores posteriores a la crisis del 29». Pero, por su parte, la segunda posibilidad es negativa: «el corporativismo estaría asociado con Estados autoritarios». Schmitter no dice que ‘países autoritarios’ no se refiere a los gobiernos comunistas sino también a los que fueron gobiernos fascistas. Es decir, la Italia de Mussolini, el sistema nacionalsocialista de la Alemania de Hitler, y la España de Francisco Franco. En el libro de mis días de estar en Sciences Politiques en París, el Diccionnaire des institutions politiques de Guy Hermet —mi libro de cabecera, página 66— lo toma como una corporaciones surgidas en los oficios y artesanos en la Edad Media, luego señala una categoría profesional, y que resguarda ciertas ventajas particulares. Y algo más, «apareció en Europa para ciertas instituciones de semidictaduras conservadoras, entre las dos guerras mundiales, en Austria, España, Portugal o la Francia del régimen de Vichy. Que cedió el poder a los alemanes.

Ahora bien, recordemos, por el itinerario de estas organizaciones a partir de nuestra propia historia, un breve resumen de gremios, organizaciones mutualistas, sindicatos, en el XIX, en nuestro primer siglo de vida republicana. Lo que es la sociedad andina siguió sus pautas tradicionales, «aunque hubo algunos intentos de ‘modernización’, impulsados por algunas élites peruanas» (Historia del Perú, Lexus, 2007, p. 993).

Los inicios no fueron inmediatos. Mandaba en sierra y en costa una suerte de irracionalidad premoderna. Un testigo, obviamente extranjero, Middendorf, se admira que los pueblos de la sierra, todo lo que esta gente ahorraba de sus salarios o la venta de sus productos de chacra, no lo empleaban para la mejora de sus condiciones de vida en el hogar, sino que era «guardado para la fiesta patronal». Es decir, pagaban la fiesta, no los hacendados. No era mejor la actitud de los obreros panaderos de Lima. Había un culto a «San Lunes». O sea, «el hábito de no trabajar para continuar la fiesta del domingo». Ese culto, señala Augusto Ruiz Zevallos, no era solo de la clase alta sino la cultura del ocio, la irresponsabilidad en el trabajo existía en las ciudades. En Lima, los aguadores eran célebres por su retardo. Lo mismo los zapateros, diversos artesanos  (Idem, p. 963). ¿Cómo se explica el poco apego a la laboriosidad? Sencillamente, el Perú independiente, tras cuarenta años de guerras internas entre caudillos, se aruina. Pero todo cambia en 1850 gracias a ese regalo del cielo que es el guano: el Perú exporta entre 11 y 12 millones de toneladas. De ahí arranca una era de bonanza, con obras tanto privadas como públicas. Y como había capitales, hubo todo tipo de trabajadores.

Para comprender la evolución de los estilos de vida —no hablamos esta vez de las elites—, los presentamos en forma cronológica. En primer lugar aparecen «las sociedades mutualistas». Así se llamaban ellos mismos. Son el principio de solidaridad (sin contar con Marx, no era un proletariado sino artesanos). Eran famosos los empleados en imprentas. Había unas de Auxilios Mutuos. Y una Sociedad Filantrópica Democrática. Llegaron a tener una Confederación de Artesanos Unión Universal (Idem, p. 992). En segundo lugar, es en los finales del siglo XIX y los años 1900 a 1930, cuando surgen los sindicatos. Entre los mutualistas hubo algún político, pero con más vocación por la política surgen no socialistas ni apristas, sino primero los anarquistas. Ese gremio, bajo el impulso de Manuel González Prada, es el que logra la jornada laboral de las ocho horas. Sus dirigentes —Carrocciolo Lévano, su hijo Delfín Lévano—, es un grupo que merece un buen trabajo en nuestros días.

«Los sindicatos pasaron al control de los anarquistas». Los mutualistas sin embargo no desaparecieron, buscaban trabajo a los desocupados y habían creado una Bolsa del Trabajo, un apoyo fraternal para los necesitados. En 1928, había sociedades de amigos, de panaderos, y el gremio de lustradores de zapatos, de carteros y de empleados de teatro asistieron a un Congreso de 36 representantes de los distintos gremios. Había de todo: «gremios en talleres o de fábricas, pero también entidades culturales representativas del interior del país». Gremio, pues, se desliza hacia las clases altas, y en los años veinte, a las clases medias. Empleados públicos, comerciantes, o representantes de firmas extranjeras. Lima crece en ese periodo, se ensancha: Miraflores, San Isidro.

En fin, para O’Donnell o Schmitter, «el gremio en forma corporativista tiene el monopolio de la representación, un número limitado de asociaciones, control literal de liderazgos, y articulación de intereses». Hablando claramente, «una mediación estatal a través de organizaciones e instituciones» (F. Pike, The New Corporatism, 1974). No soy yo, es la academia universal. De vez en cuando, conviene echar un vistazo fuera de nuestro país. Estamos en el planeta Tierra, en una era mundialista. Por lo visto, México no lo adoptó.

Hoy en día, en nuestro país, es cierto que «la mala autoridad» va de alcalde a gobernador regional, de ministro a funcionario. Es cierto que los partidos políticos en los países modernos no son solo la clientela que llena las ánforas. Tienen otras acciones, son la red (si es un partido grande y no pequeño) entre las bases y los dirigentes. Pero entre el 2001 y el 2019, hemos visto la desaparición de partidos. La desconfianza hace casi imposible que tengamos una democracia representativa. Quedan, pues, varias incógnitas.

¿Qué funciones tendría ese otro poder del Estado, un cuerpo corporativo? Cuando se ha hecho algo fuera de los tres poderes del Estado —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— han sido regímenes no democráticos, el ejemplo fue Francisco Franco. El corporativismo es propio a regímenes populistas. ¿Lo somos? Los gremios no discuten, ¿sería  una manera de evitar debates entre doctrinas? Pero si no hay debate, no hay política. Y si es así, retrocedemos. Lo que sí hay que hacer es nuevas instituciones para que los ciudadanos sean escuchados y participen, pero no por el sistema que estuvo bien para el siglo XIX y no para un Perú que ya no es analfabeto. No es posible una democracia sin partidos. Toda sociedad es heterogénea. Se necesita la pluralidad. Pero acaso lo gremial, consciente o inconsciente, es un gran paso hacia el partido único. O sea, el despotismo. Espero equivocarme.

Publicado en El Montonero., 5 de julio de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/peru-tiempos-sombrios

Ninan cuyuchiq

Written By: Hugo Neira - Jun• 28•21

Expresión quechua. Quiere decir el que atiza y se cae en el fuego. No tengo otra manera de decir lo que está pasando en el Perú. Ni para unos ni para otros, hay salida. Ninan cuyuchiq es título del catálogo de una exposición de mi amigo Alberto Quintanilla, amigos de toda la vida —él cusqueño y yo abanquino—, gran artista, pintor barroco, lo traigo a este texto porque sus figuras son peces y caracoles que se vuelven infernales, todos dentro de un mundo  más bien de submundo. Eso me parece la situación peruana. Fea realidad, los que tenían que protegernos de las estafas, cierran los ojos y los oídos. Todo de cabeza.

Escribo desde el extranjero pero en estos tiempos, no hay fronteras porque la tecnología, si uno lo desea, borra distancias. Leo desde Santiago los diarios de Lima, en la televisión también sintonizo Perú Mágico, el espacio peruano en la TV por cable. Sin contar con la conversación directa con un celular. Y como lo he dicho en otro artículo en El Montonero, estoy cerca de los astrónomos. Ellos ven galaxias y planetas, inclusive agujeros negros, pero no saben qué es lo que contienen. Y ahí viene la perplejidad en lo político puesto que unas elecciones han sido dañadas, habriendo un perjuico gigantesco en el destino inmediato de la colectividad peruana.  

No me incomoda que haya un partido, Perú Libre, que se dice capaz de establecer un régimen marxista-leninista. La cuestión no es que sea un partido comunista. He vivido largamente en Europa donde hay partidos comunistas  (Italia, Francia, España), pero son a la vez democráticos, o sea, si llegan al poder legal, no se quedan para siempre. Que es lo que ocurre en la América Latina. No deberíamos llamarla así, mejor sería lo que dijo un  humanista colombiano —Germán Arciniegas–, América Ladina, o sea mañosa. Eso es Maduro y la Venezuela de estos días, o el boliviano Evo Morales cuya continuación en el poder, le rechazó su propio pueblo. Del marxismo y el comunismo, algo conozco. En mi vida, cuando joven no fui de izquierda, eso no se decía todavía. Yo fui comunista. Pero era en el tiempo en que el secretario del PCP era Jorge del Prado. Mientras hoy en día, la bandera roja parece que ha caído en manos de hombres de negocios, y lejos de Marx, más bien estamos con la praxis de Al Capone. Después de todo, quizá tengan razón. La ideología dominante en nuestro país o es la indiferencia, el odio a los políticos, por una parte, o es el interés por el lucro, por la otra. A nadie le gusta ser pobre, eso es lógico. Pero ¡¿millonario, de un día para otro?! No me digan que no es eso lo que nos habita. Basta decir Odebrecht o Lava Jato, la cantidad de gente que se ensuciaron con ellos se cuenta por centenares. Y esa suerte de lumpenburguesía lucha por no salir del poder que tiene. Y de ahí, nuestras grandes dificultades para hacer elecciones claras y sin mañas. 

Disculpe el amable lector que diga brevemente algo personal. Descubrí un potencial para salir de la dominación secular en los indígenas cuando fui al sur, y como periodista me enviaron al Cusco. Había un fenómeno social, las invasiones de haciendas por masas de campesinos que, fatigados de litigar (¿cuándo un indígena iba a ganar un litigio a un hacendado?), tomaban las tierras que les habían arrancado. Cuando regresé a Lima, Sebastián Salazar Bondy y Manuel Scorza me animaron a que recogiera mis artículos en Expreso. Así nace Cuzco: tierra y muerte. Fue un éxito. Entonces, de 1961 a 1963, en el gobierno de F. Belaunde, se discutía la reforma agraria. El Congreso me premió por mi trabajo. Solo conté lo que vi, acaso porque al lado del maestro Porras, había estudiado a los cronistas españoles del XVI, y eso fue no mi opinión sino la de hacendados y, por cierto, la de los dirigentes de la Federación Campesina. Fue un libro que cambió mi vida. Entendí que los campesinos indígenas no necesitaban partidos de izquierda, ellos tenían su propia élite. Vladimiro Valer, Sumire, inolvidables. Entre ellos, Saturnino Huillca, a quien dediqué una biografía años después, ganando un concurso de la Casa de la Américas, en La Habana. Pero no es eso lo que cambia mi vida. Un profesor francés, François Chevalier, de paso por Lima y que buscaba un peruano para un grupo de trabajo en París, conoce mi libro y me propone ir a París como chercheur, o sea, investigador, como ya conté. Buena estrella, así es la vida. Y llego a Francia cuando el comunismo había comenzado a desvalorizarse en la versión soviética. Los bolcheviques habían desaparecido, eliminados por Stalin. Los procesos de Moscú, fue un horror indescriptible. Stalin obligaba a sus rivales a declararse culpables de conspiraciones con el mundo americano o europeo. Los revolucionarios se habían vuelto una casta burocrática. Rusia soviética era un sistema jerárquico. La idea de una igualdad comunista se había esfumado.

Ya nadie creía que el comunismo era el final de la dominación para los trabajadores y los pueblos. En la Europa de los 60, se sabía cómo era el sistema marxista. Desde Lenin, luego de la revolución de 1917, se hablaba de la «dictadura del proletariado». Pero inmediatamente se vuelve un sistema de partido único, el Partido Comunista en la Unión Soviética (PCUS). Una dictadura despótica, una era del gran terror —los gulags, campos de concentración—, el poder de la Tcheka, la policía política, fue un «terror rojo» en el corazón mismo del sistema, las purgas las sufrían también los miembros del Partido. Eso se sabía en Europa. Curiosamente, en la América Latina, las izquierdas no querían discutir sobre ese sistema. En el mejor de los casos, se pensaba que era un asunto de rusos, algo etnológico. Como se puede comprender, el sistema marxismo-leninista solo existe a partir del despotismo. En cuanto al nivel de vida, la cosa es un colapso en 1990-1993. La soberbia URSS, cuando llega la perestroika, el 50% de la población rusa vivía en la pobreza, por no decir miseria. El colapso de ese sistema es evidente. Pero en el Perú, ¿hay quienes nos lo quieren imponer?! Eso es ya una ofensa a la conciencia e inteligencia de la población peruana.  

Dejar el comunismo es una cosa. Y otra dejar de ser marxista. Debo ahora explicar por qué mis ciencias sociales no son las que discurren en las universidades peruanas. Llegué a Europa —para largo tiempo— cuando la crisis social en la URSS arrastraba el marxismo ruso y de paso los socialismos. Cuando continué mi formación en París, después de San Marcos, pasé de la ideología al conocimiento científico, es decir: Max Weber, la economía no produce una sociedad sino los comportamientos (La ética protestante y el inicio del capitalismo), y Simmel y el interés por el dinero. Y la sociabilidad en ciertas sociedades,  y las sociedades de masas que no hacen las revoluciones, y la sociología, la etnohistoria, los sistemas totalitarios, y hasta Maffesoli que nos explica los tiempos en que no son las clases las que compiten sino las «tribus». Y si el marxismo es productivo, ¿por qué se salen también Hungría, Bulgaria, Checoslovaquia, Rumanía, Varsovia? Países del Este europeo, ¿por qué se salieron? Y si fue un gigantesco error, ¿por qué se quiere ensayar, en un país como el Perú, lo que no pudo hacerse con sociedades más adelantadas que nosotros? Esos países son economías industriales. Y el comunismo no pudo competir con el capitalismo. Porque el progreso se hace con ciencia, y la ciencia necesita libertad. Eso que estamos a punto de perder.

Volvamos a nuestros problemas. Va a desaparecer el sistema de mercado libre que produjo un crecimiento económico del 2001 a 2016. ¿Saben lo que es eso? Es salirse de la mundialización. Para eso, hay que estar mal de la cabeza. Entre tanto, 13 mil millones de dólares han fugado del país. ¿Se quedará Julio Valverde, aquel que evitó errores fiscales durante años? Es obvio que se necesita un fisco rico para recomponer el sistema total del país y atender a los pobres, pero eso no habría sin una economía de libre mercado. Por lo visto, hasta ahora no se enteran mis paisanos que el camino para el socialismo democrático es el capitalismo. El mejor sistema lo tienen las sociedades europeas. Economía de mercado y Estado social que se ocupa de la Salud, la Educación (que es excelente y gratuita). Pero cuando digo eso, a mis paisanos no les cae bien. Y sin embargo, José Carlos Mariátegui dijo: «no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeo» (Prólogo a los Siete ensayos).  

Pero sigamos con el problema principal, es cómo el JNE «desestima» los alegatos de Fuerza Popular en diez casos sobre «presuntas modificaciones del proceso electoral». Está claro, el desestimado y el uso de «presuntos», revela que en el JNE ya tienen «una posición tomada». Como dice este diario virtual, «en uno de los procesos electorales más accidentados de nuestra historia republicana, se ve a las claras la decisión de proclamar a Castillo, cueste lo que cueste». A tal actitud, dejar como si fueran poca cosa las irregularidades, la protesta es gigantesca. El lector lo sabe, está en la plana de Expreso del viernes 25 de junio, lo siguiente: un «69% cree que el proceso electoral de la segunda vuelta fue fraudulento, según encuesta de CIT. Y un 66% está de acuerdo en que se realice nuevamente la segunda vuelta, para que el próximo Presidente tenga legitimidad. Un 85%, dice que Pedro Castillo debería deslindar con Vladimiro Cerrón, cuestionado por corrupción. Un 57%  afirma que las marchas realizadas pueden ocasionar la llegada de la tercera ola de Covid-19. Y un 65% desaprueba la labor de Francisco Sagasti como Presidente de la República».

Ahora bien, leo un texto de Javier Alonso de Belaunde. Dice que «los golpes militares ya no son aceptables. Salvo los civiles que los animan» (Perú.21). Quizá, pero hay un pero. Un pensador que no fue nunca político, un pensador libre y gran escritor, mexicano, tiene esta idea: «las dictaduras militares latinoamericanas jamás han pretendido sustituir al régimen democrático, y siempre han sido vistas como gobiernos transitorios de excepción». Y termina diciendo: «no pretendo absolver a las dictaduras, pero el régimen cubano se presenta como una nueva legitimidad». El gran pensador es nada menos que Octavio Paz, y su opinion está en la página 356 de La letra y el Cetro. Entonces, señor Belaunde, los golpes de Estado suelen ser cortitos. Pero los que pueden hoy instalarse en el Palacio de Gobierno de Lima, están en la línea de Fidel Castro, espero equivocarme.

No por azar las voces de esta situación son estremecedoras. He leído el editorial de Luis García Miró Quesada, su «Escuche señor Salas Arenas»: «escribimos ayer sobre el impresentable Jurado Nacional de Elecciones JNE, investido por la Junta Nacional de Justicia inventada por el miserable Vizcarra para producir un Estado a su imagen y semejanza». Todo ese aparato, desde los equipos que modifican actas en mesas, a las instituciones que se ocupan del Derecho. Y en cuanto a la carta de Luis Carlos Arce Córdoba —carta que no es corta sino larga—, explica por qué declina irrevocablemente.

En fin, lo que está pasando es lo que anticipó Francisco Durand, «La captura del Estado». Ni más ni menos, como en el siglo XIX, cuando grupos pequeños se convertían en plutocracias (Basadre). No de clases sino de castas y sectas. No viene del pueblo, el nuestro quisiera volver a la época anterior a la pandemia. Hoy, bajo diversas máscaras, se repite la historia, una crisis, y se preparan para dominar desde arriba mientras los de abajo los creen revolucionarios. Ahora o nunca. Después de todo, han desaparecido los cursos de Historia peruana y mundial en los colegios estatales. Y menos tienen Educación Cívica. Se están aprovechando la incultura de los pobres. Ellos, los que quieren dominar, les han quitado las asignaturas que enseñan a pensar, a razonar, a tener un espíritu crítico. Esa también es una trampa. Nos hemos olvidado que un sistema político —el que sea, liberal, socialdemócrata, comunista o conservador— tiene que tener una cosa que se llama ética. Así de simple, así de difícil.

Hace poco, una tesis fue aprobada en San Marcos. Trata de la pendejada, eso que divierte y nos hunde en el Perú, porque es el deporte más celebrado, tanto como el fútbol. Sigan así, y cada día nos iremos hundiendo en el desorden y la miseria.

Posdata: San Marcos acaba de elegir a su primera Rectora, Jeri Ramón. Ya era hora.

Publicado en El Montonero, 28 de junio de 2021

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