A La Habana fui muchas veces, en los años
setenta. Época de la Guerra Fría, la Cuba de Fidel Castro jugaba un papel importante,
el de ser una isla —porque eso es Cuba—, el tamaño del departamento de Ica y
apenas 11 millones de personas, pero acaso como un cuchillo en la garganta de los
Estados Unidos. Estuvimos al borde de una guerra nuclear. Los soviéticos temían
el riesgo de la plataforma en Grecia y los espacios que les había dejado la
España de Franco. Aquello, un equilibrio de amenazas, que por fortuna
desaparece desde la caída del muro de Berlín.
Que me perdone el amable lector que tenga que
explicar qué hacía yo en esos años inesperados. Estaba en París, me habían
invitado a trabajar como investigador en un equipo de Sciences Politiques, y
entre tanto, seguía mi formación universitaria en Francia. Cuando el golpe de Estado
contra Fernando Belaunde, yo estaba muy lejos de la política peruana, de eso
que José Carlos Mariátegui llamaba, con toda razón, «la política criolla». Unos
militares peruanos que estaban de paso por Europa me preguntan qué pensaba de
ese acontecimiento. Les dije que si era para recuperar Talara, estaba bien,
pero era poca cosa. Un gesto nacionalista. Les faltaba pasar el Rubicón. Y eso
era terminar con el feudalismo agrario. Se miraron, y me dijeron: «- Ya tendrá
usted noticias nuestras». Y un día, en los kioscos, en distintas lenguas, se
daba la noticia de una reforma agraria, era junio de 1969. Y dejé mi puesto
académico, y volví a Lima.
Yo no era sino el joven de Cuzco: tierra y muerte, cronista de las invasiones o recuperaciones
de tierras en los sesenta. La gran sorpresa, una revolución sin armas de los
propios campesinos, dirigidos por una elite rural propia donde no había
partidos políticos sino ellos mismos: Sumire, Cornejo, y Saturnino Huillca, al
timón de esa Federación Campesina del Cuzco, que removía el mundo rural. No es
la primera vez que lo digo: sin esas tomas de tierras sin sangre, no hubiese
habido la modificación de las formas de tenencia de la tierra, ya no
arrendires, sino propietarios. Ese gobierno era militar. Carlos Delgado fue
quien recluta a diversos civiles descontentos de los partidos de entonces. Así,
Carlos Franco, que deja el Partido Comunista. Francisco Guerra García, que
venía de la Democracia Cristiana. Héctor Béjar, después de la guerrilla. Por mi
parte, en el SINAMOS, fui Director de Difusión
(hoy, Comunicaciones). Lo digo y lo cuento, sin vanidad. Y es por eso que fui
repetidas veces a La Habana. Eran entonces unos viajes muy corrientes. Y hasta
los aviones eran rusos.
Yo había dejado hacía tiempo el PCP de Jorge del
Prado, acaso porque comenzaba a estudiar Ciencias Sociales, lo cual me
distanciaba deliberadamente de las ideologías. Y cuando aterrizo en Europa, un
viaje con estudiantes a Moscú me confirma lo que se sabía en Europa: el régimen
soviético no lograba satisfacer las necesidades primarias de las sociedades que
tenían bajo su poder. Ni en Polonia ni en Hungría, y unos alemanes que perdían
la vida al intentar pasar del Este al Oeste cuando no se había tumbado el muro
de Berlín. Algo parecido le ocurre a Fernando Fuenzalida en la «democracia
popular» de Polonia. Soportó un año, y volvió a Lima más que decepcionado. Nos
quedamos sin brújula pero no nos pusimos a buscar un Inca como Flores Galindo.
Nunca he gozado del pensamiento mágico.
Al amable lector, le contaré cómo era para nosotros
la Cuba de esos años. Nos trataban muy bien. Por ejemplo, fui invitado a la
memoria de un acto heroico y de recuerdo cuando el Cuartel Moncada, el 26 de
julio de 1953, es tomado por unos jóvenes y echan las armas por las murallas esperando
que el pueblo las usara. Y ese fue el primer paso de la revolución cubana. Los
tomaron presos, se salvaron de un fusilamiento, los echaron al exilio. Y tres
años después, en 1956, después de aprender el uso de las armas en México,
llegan en un yate llamado Granma y desembarcan en la Sierra Maestra, y comienza
la guerrilla. 82 guerrilleros ante un ejército, el de Batista, con una fuerza
de 40 mil hombres. Fueron 3 años de guerra.
Obviamente, conocí la Cuba posguerra. Y a la vez
cómo entonces se tomaba en cuenta los inicios de la revolución. Y en uno de
esos actos rituales, el inicio por lo de Moncada. A los del SINAMOS nos ponían en una
galería muy cercana a Fidel Castro. A tres gradas de distancia. Recuerdo que en
el enorme anfiteatro había algo así como una fiesta, pero cuando apareció Fidel
vino un momento espartano. Soldados que hasta ese momento estaban ocultos,
dispararon al aire. Y Fidel Castro toma la palabra recordando a un amigo, el poeta
cubano, Rubén Martínez Villena, con su poema: «Hace falta una carga para matar bribones,/ para acabar la obra de las
revoluciones; / para vengar los muertos que padecen ultraje, / para limpiar la
costra tenaz del coloniaje; / (…) Para
no hacer inútil, en humillante suerte, / el esfuerzo y el hambre y la
herida y la muerte; / para que la República se mantenga de sí,/ (…) para que
nuestros hijos no mendiguen de hinojos / la patria que los padres nos ganaron
de pie.». Y entonces, Fidel Castro termina: «Rubén Martínez Villena, desde
aquí te lo digo, la toma del Moncada es la carga que tu pedías». Me quedé
impresionado. Ya de regreso al hotel, el cubano que nos acompañaba nos dice: «-
Mañana todas las escuelas hablarán de este poema». Y añade: «que se habían
olvidado los mismos cubanos». Pero en ese coche, me había puesto a susurrar el
poema… «para cumplir el sueño de mármol de Martí». No sé cómo se me quedó en
la cabeza, quizá no todo pero sí gran parte. Y el cubano me pregunta: «- Oye
chico, ¿en Perú conocen entonces a Martínez Villena?» Le contesto que no. Y me
dice: «- ¡¿Te lo has aprendido en el mitin mismo?! Coño, Neira». Le expliqué
que a veces la emoción hace esas cosas con el cerebro, acaso con el espíritu.
Conviene saber el proceso histórico de Cuba. Fue
el más tardío en romper los lazos con España imperial, de 1868 a 1874. Luego
hubo una segunda guerra de la independencia, duró tres años (1853-1895) y la
dirige José Martí. Más tarde, los Estados Unidos, que intervienen cuando la
guerra con España no acababa. Y siempre se enteran los EEUU por Puerto Rico, las
Filipinas. Para Cuba siempre el anexionismo fue un fantasma perpetuo. Incluso
en 1906, cuando el americano Hitchcock, en la primera Constitución de Cuba,
obtiene «un derecho unilateral de intervención». En fin, siempre hubo
inestabilidad social y política, las dictaduras fueron frecuentes: Gerardo
Machado (1925) y Fulgencio Batista, dictador hasta 1944, y un segundo golpe de
Estado en 1952, siempre con el apoyo de Norteamérica. Además de las dictaduras
había un Partido Comunista y Batista, el que fue vencido por Castro, era parte
del sistema político.
Ahora bien, la figura de Fidel Castro —en su
combate y éxito en los inicios— fue apreciada por Eisenhower, en Francia
por De Gaulle, Adenauer en Alemania. Lo veían como un país del Tercer Mundo que
se libraba de un tirano, Batista. Pero el proyecto de régimen iba más lejos. La
Habana estaba plena de burdeles, y según Hugh Thomas, se habían ejecutado entre
7000 y 10’000 entre los perdedores.
El rol de Fidel Castro no proviene del viejo Partido
Comunista de Cuba. Cuando toma las armas no dice sino «movimiento 26 de julio».
No se suele decir que había un Partido Socialista popular (también comunista)
cuando aparece la guerrilla en Sierra Maestra, y en 1956, se dice que esos
revolucionarios eran «aventureros pequeño-burgueses». No les faltaba razón,
Fidel venía de una familia acomodada. Más que españoles, gente de Galicia, lo
envían a estudiar Derecho. Se entiende que decenios después el tirano Francisco
Franco mantuviera siempre una relación diplomática con Cuba. Castro y Franco, cosas
de gallegos.
Por lo visto, en primer lugar, las revoluciones
vienen del pueblo, a veces de elites, pero cuentan siempre las circunstancias.
No es el marxismo lo que conduce a Castro. En segundo lugar, el que era
marxista es el Che Guevara. Acababa de venir de Guatemala donde habían
derrocado un gobierno democrático, vencido por militares que habían sido formados
en Washington. Entonces, tanto Fidel Castro como el Che Guevara probablemente
pensaron que no había nada que pudiese hacerse sin un gran poder. Y en tercer
lugar, cuando Castro va a los Estados Unidos —todavía no era un país asociado
al Kremlin— le ocurre dos cosas. En el comité cubano había unos cuantos negros.
Cuando a un hotel entró con todo el comité, les dijeron nones. Se fueron a un
barrio de negros. La segunda cosa es todavía peor. Tenía una cita con el
presidente de los Estados Unidos, nada menos que Eisenhower, y se fue a jugar
su partido de golf. Castro regresa a La Habana, y pone en marcha la expropiación
del capital americano en centenares de empresas. Un periodista americano dijo
que el partido de golf del hombre en Washington fue el más caro de la historia
de los Estados Unidos. El resto es sabido: el fracaso de la Bahía de Cochinos,
el tema de los misiles en 1962, luego el aislamiento de la isla, y por todo
eso, el alineamiento con la Unión Soviética.
Ese acuerdo es negativo y positivo para la isla
de Fidel. Adoptan para Cuba un modelo de gestión y de economía estatal bajo el
poder de un partido único y comunista que se vuelve, como en otros casos, gente
de represiones, burocracia y «monolitismo ideológico». Todo eso lleva a la
ruina. Ya estaban mal antes del hundimiento de la URSS. En 1980, entraron miles
de cubanos en la embajada de Perú. Y 125’000 cubanos parten a los EEUU. Pero la
vida se hace imposible cuando se hunde la URSS en 1990.
Y aquí viene lo peor. Siendo marxistas, deberían
ocuparse del «modo de producción». Pero Cuba comunista vivía en un 90% de lo que
le daban para el presupuesto nacional. Cuba, cierto, tuvo años felices, pero
gracias al apoyo del gigante URSS. Era en realidad una suerte de vitrina para
convencer que con el comunismo se puede tener buena educación, gastos en salud,
empleos. A veces, en Cuba, algunos de los militares de Velasco los notaba
admirados por el nivel de vida. A algunos les dije lo real, viven de lo que les
da la URSS (y el turismo y las remesas de los cubanos en el extranjero, hasta
que vino Trump). En sus últimos años Fidel intenta un «socialismo de mercado» pero,
con la estructura administrativa y política en manos del partido, era
imposible. Había que volver a las libertades democráticas y eso no podía porque
era dañar los privilegios de las nuevas capas dominantes: Policía, burocracia y
exrevolucionarios.
La Cuba de hoy es ese vídeo que da la vuelta al
planeta. Un joven discute con alguien en la calle, y otro individuo saca
tranquilamente una pistola y le da varios balazos. Alguien que es parte de «las
milicias». O sea, ¿la ideología comunista está por encima de la población? O sea, ¡¿la
ideología como algo sagrado e intocable?! La cuestión es que un Estado liberal,
conservador o socialista, debe proteger
su pueblo, no asesinarlo. Eso ya no es política sino barbarie. ¿Esto en el
siglo XXI? Por eso digo, esa no es la
Cuba que conocí. En fin, con «el socialismo real» las revoluciones llevan al
poder a una elite y no a los ciudadanos corrientes (con lo cual no digo que el
capitalismo es lo mejor).
Un exceso de poder, que no olvido, fue el de un
burócrata cubano y una pobre estudiante peruana
a la que tenían como esclava sexual. En uno de esos viajes, una familia limeña
me pide que me ocupe de la joven a quien uno de los «barbudos» (los
guerrilleros primeros) no la dejaba volver al Perú. La invité en el magnífico
hotel donde me alojaban. Lo del abuso tuvo que parar. Porque yo iba a hacer un
lío enorme en el Perú. Ahora bien, la muchacha dijo mirando la mesa: no sabía que en La Habana había queso
Camenbert¡! Y esa misma noche estaban furiosos los cubanos que me
acompañaban. En el calor de la disputa, uno, el mejor de ellos, me dice: «- Sí
Hugo, tenemos que estar mejor que el pueblo, porque sin nosotros, no habría revolución».
Nunca me olvidé de esa discusión. Las revoluciones producen aristocracias,
oligarquías, otras formas de dominación. Como las abejas y hormigas, unos nacen
para príncipes y otros para abuejelas. Hitler aplaudiría.
En fin, la revolución de Fidel Castro y el
desembarco en la Sierra Maestra inflama a millares de jóvenes latinoamericanos.
Pero el tiempo es un gran juez, y hoy podemos ver ese estallido con otros
criterios. Seamos sinceros, ¿qué guerrilla, en qué país, llega a tomar el poder?
El Che muere en 1967, y como él lo cuenta, los campesinos se negaron. Y
entonces aparecieron grupos guerrilleros urbanos, como explica hoy un argentino
(Héctor Ricardo Leis), montoneros en Argentina y tupamaros en Uruguay, que confunden
guerrilla y terrorismo. La Triple A es la respuesta. La dictadura de Videla, el
terrorismo de Estado, los miles que fueron martirizados, asesinados y arrojados
desde los helicópteros al mar. Las madres de Mayo pidiendo, al menos, los
restos de sus hijos.
¿Y Cuba qué fue? ¿Un país que vivía a costa de
los soviéticos? ¿No insistía Karl Marx en el modo de producción? ¿Es un país
comunista uno que exporta azúcar y vive del turismo? ¿Y cuando se hunde la URSS,
logra colonizar la Venezuela de Chávez? Siento decirlo, ese comunismo es un
chiripazo, una suerte, el azar. Los rusos necesitaban frenar a los Estados Unidos
y La Habana está al frente de la Florida. Fidel Castro aprovechaba una situación
geopolítica, y eso es todo. Una vez más, en la América Latina nos perdemos en
utopías, ilusiones, la búsqueda de El Dorado de los conquistadores, hace cinco
siglos, tras las quimeras, la magia, la credulidad. A ver si algún día salimos de
nuestra Edad Media.
Publicado en El
Montonero., 19 de julio de 2021
https://elmontonero.pe/columnas/la-cuba-que-conoci-no-es-la-de-estos-dias