El joven centenario nos ha dejado

Written By: Hugo Neira - Mar• 22•21

«Si con la muerte se descubre las premisas de la vida, es robarle algo a la muerte misma»

 —Abdellatif Laâbi

La otra noche nos llegó la noticia de que Luis Bedoya Reyes había dejado este valle de lágrimas. Estábamos en el Instituto de Gobierno en un evento virtual. Cada semana invitamos a un candidato que aspira a ser presidente para que nos explique largamente su programa de gobierno. Los dejamos hablar, no hay preguntas capciosas, solo somos el puente entre el político y sus ideas y la ciudadanía. Pero esa noche, de inmediato, nos pusimos de pie para guardar unos minutos de silencio ante el político y el ser humano que todos respetamos. A veces conocemos ciertas personas que son como un monumento, es decir siempre presentes, como si fueran inmortales. Pero nadie lo es, cosa que olvidamos. La frase que encabeza estas líneas es la de un poeta árabe, cuando tenían poetas y mentalidades no siempre dogmáticas. Al día siguiente, la primera plana de un diario, El Comercio, con toda la razón: «El Perú le dice adiós al último gran político del siglo XX». Y pensé en escribir estas líneas. Con el Tucán se va una época y una manera de hacer política, muy distinta al canibalismo de estos días.

No me detendré, pues, sobre lo que sabemos que hizo el Tucán, cierto, dos veces alcalde, el fundador del PPC, partido básicamente católico y demócrata de comportamiento moderado. Claro, eso último, hoy es al revés, las corrientes radicales sorprenden en las encuestas. Puede que sea así, pero como vivimos en la época de la mañosería, me viene a la cabeza lo que decía el agudo Winston Churchill: «solo creo en la encuesta que yo mismo hago». Lo que yo pienso es que nos están atarantando. La primera vuelta es un anticucho que solo vamos a saber después del 11 de abril. En fin, logró convencer en hacer el Zanjón, ¡qué hubiera sido la pobre Lima sin esa modificación! Pero esa historia y el hecho de que no llegase a ser presidente, es historia. El tema es otro.

La cuestión es: ¿cómo era Bedoya Reyes? ¿Qué carácter y modalidades? Y la razón por la cual lo echaremos de menos. Pero conviene que le diga al amable lector, que parto de dos a priori. No fui parte de su partido. Lo segundo, hay la costumbre de llenar de virtudes al que se ha ido al otro barrio para siempre. No es mi caso. Ocurre que en vida suya, lo conocí personalmente. A Harold Forsyth se le ocurrió algo muy valioso, una larga conversación con Bedoya Reyes. El resultado fue La palabra del Tucán, Planeta, en el 2016. Y ambos me hicieron el honor de hacer el prólogo. Ese libro es una interminable plática entre el Tucán y el diplomático Forsyth, y recomiendo su lectura. Me atreví a sugerir el título, «Luis Bedoya Reyes. Del hilo al ovillo». ¿Por qué razón? Porque  es un hilo en que desfilan aquellos que conoció y acaso disputó, a saber, Velasco, Haya de la Torre, Bustamante y Rivero, la Arequipa de protestas y huelga estudiantil en 1950, y por cierto, Belaunde. Todo eso, conversando con Harold, sobre la ruptura de la Democracia Cristiana, o la victoria electoral de Belaunde, y hasta Fujimori presidente. Dios del cielo, el libro que menciono es la vida del Tucán y la vida misma de la clase política y la historia peruana a la vez descifrable, cambiante pero comprensible. No el arroz con mango de estos días. Hubo, por un lapso, una clase política. Hoy la captura del Estado fragmenta al país.

Amable lector, la historia se entiende cuando hay un historiador honroso y neutral. Basadre lo era pero ya se nos había muerto. Pero la historia tiene otro ángulo, cuando la disertación la hace el actor. En el caso del Tucán no hay disimulos, con él el tono es franco, directo. Y sin embargo, con la franqueza la tolerancia hacia el otro. Pero eso no es todo. Hay otro libro que se titula Joven Centenario, editado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú. Sendos libros revisitan regímenes electos y dictatoriales. Y él siempre en su lugar. Por eso, «un personaje de excepción».

Voy a contarles un par de gesto del Tucán ante sus opositores. Nada mejor que la anecdota. No me voy a detener en las críticas que le hicieron cuando plantea la posibilidad de una obra municipal que abría vías nuevas que hoy conocemos como el Zanjón, le dijeron de todo, opositores a la remodelación del Paseo de la República, «que por poco no aborta» (p. 419, Joven Centenario). No, más bien un caso más fino y humano. De la noche a la mañana, se llama a elecciones municipales. Estamos en 1963, en Palacio, Belaunde Terry. Después de cuarenta años, las autoridades locales iban a ser elegidas por el voto universal y directo. Hasta entonces, los alcaldes eran nombrados por el Ejecutivo. Era importante quién sería el que tuviera el Consejo provincial. Era un reto para los partidos de entonces. Y surgieron tres candidaturas. Las de la Alianza Popular junto a la Democracia Cristiana. El segundo era una coalición, APRA y la UNO de los Odriístas. Y un tercero, de Unidad Popular (que logró apenas un regidor).

¿Cuál era el problema? No solo había militantes numerosos del aprismo y los odriístas, sino algo más. La candidata a la alcaldía era la señora María Delgado de Odría, persona muy querida por las capas sociales pobres. Era la época en que rodeaba a Lima una periferia urbana construida por los propios pobladores, y que se acercaban al Estado para que les ayudara. Luis Bedoya Reyes en su memoria nos dice qué hizo para ganar. «La señora Odría me aventajaba en votos reales, contantes y sonantes». ¿Qué hizo? La conoce, encuentra una dama amable y buena persona, y entonces, decide no decir nada de agraviante ante la esposa de Odría que era más popular que su marido. Cada uno bailó con su pañuelo. Y todo el mundo daba triunfadora a la señora María Delgado porque ayudó mucho a diversos grupos que no tenían llegada al Estado. Y el Tucán tuvo el tino de correr acaso el riesgo de una derrota. «Dejé de lado la soberbia». Y el resultado fue Bedoya Reyes con 287’941 votos y en consecuencia, 19 concejales. La señora María Delgado de Odría, por muy poco no le ganó, 253’211, y 17 concejales. No era tiempo para radicales, solo obtuvieron unos 3’676 votos. Entonces, ¿intuición? ¿Maneras personales de caballero? Es hora de decirlo, el arte de disputar con el rival sin deshonrar ni herir. Eso era Bedoya Reyes. ¡Cómo hemos olvidado esos modales! La democracia no es solo las urnas sino un modo de vida. Pero hoy los troles son los agentes del caos.  

Volviendo al Tucán, la otra actitud también generosa es cuando terminado el conteo de las elecciones, la Asamblea Constitucional de 1977 convocada por Morales Bermudez, con el decreto Ley 21949, debía instalarse el 28 de julio de 1978. Los resultados arrojaron que los mayores votos  preferenciales favorecieron «a Víctor Raúl Haya de la Torre con 1’038’516 votos personales y el segundo lugar con 644’131 le correspondió» (p. 723). Pero mediante un llamado por teléfono, «todos los grupos de izquierda reunidos por la noche, habían acordado postularlo» al Tucán. La respuesta de Bedoya Reyes vino de su razonamiento. «Las izquierdas competían entre sí mismas. Van a tener el control de la Asamblea. Esa institución se iba a convertir en «un híbrido lleno de contradicciones». Y finalmente, entiende que el asunto era «humillar a Haya». El Tucán en la tarde medita: «ese hombre, a lo largo de su vida, persecuciones, prisión, destierro, un confinamiento de por vida, preso en el Panóptico en la era de Benavides… », «esta puede ser la última oportunidad de su vida…». Y es así como el Tucán «no acepta ser el Presidente de la Asamblea Constituyente, y lanza la candidatura de Haya de la Torre». No quiero, al contar estos hechos, descender a lo sentimental, pero es cierto que hubo lágrimas en los ojos de Haya de la Torre. Por lo demás, no ocurrió lo que temían las izquierdas: Haya dejó hablar a todos los constituyentes. Había vuelto, en su mente, a sus primeros años de revolucionario. Cosas del lado oscuro de la vida peruana, las izquierdas detestaban a Haya sin conocerlo personalmente. En esa Asamblea, a Haya le fascinaban dos oradores, Hugo Blanco y Cornejo Chávez.

Amable lector, ¿conoce usted a algún político que, en nuestros días, tuviera ese gesto de ceder la presidencia porque el otro, había luchado intensamente?

Pero por algo El Comercio en esa portada del viernes 19 de marzo pone esta entrada: «Su memoria y trayectoria suponen un contraste enfático con los modales (o ausencia de ellos) que hoy caracterizan nuestra política». Hoy eso que nos atrevemos a llamar política ha dejado de serlo, era una competencia entre tendencias y grupos distintos. Eso sería lo normal, el «principio de pluralidad». Pero ya no lo es, lo que me hace pensar en el filósofo alemán, Voegelin: no hay partidos sino «religiones políticas». En consecuencia, vanidad, dogmatismo y convencimiento que tienen los que creen poseer la verdad absoluta. Nos hemos vuelto maniqueos. Y no somos los únicos. Y además, la meta, por cierto vil, como lo señala Francisco Durand, es La captura del E$TADO. El título juega con la S para ponerla como signo del dólar. Para ese virus, no hay vacuna. La fiebre de ser multimillonario de la noche a la mañana. La puerta giratoria de los sobornos.

El Tucán, en cambio, hasta después de sus 100 años, seguía atendiendo en su escritorio de abogado. Todo está dicho. Acaso por eso siempre sonreía. La longevidad y salud del honesto.

Publicado en El Montonero., 22 de marzo de 2021

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¿Pandemia, hambre y elecciones? Tres abismos

Written By: Hugo Neira - Mar• 15•21

Qué tiempo este. Pero pestes y epidemias siempre las hubo, sarampión, viruelas, el dengue que no se ha ido, ni el sida, y más allá de lo que conocieron nuestras  tatarabuelas, hubo la gripe española de 1918, que llegó hasta nuestro país a pesar de que no estuvimos en la Primera Guerra Mundial que fue europea. En el mundo, esa pandemia hizo de 20 a 50 millones de muertos. Pero anteriormente hubo algo peor en nuestra historia. Cuando llega Colón al mar Caribe, y más tarde los conquistadores, por poco desaparece la población indígena tras las epidemias de tifus, escarlatina, viruela y gripe, que involuntariamente llevaban consigo los invasores. De hecho, en las islas del Caribe, habían comenzado a desaparecer aldeas enteras, bastaba que algún español tosiera o estornudara. Esa masacre no fue un producto voluntario. Nadie en el XVI conocía el origen de las pestes. El descubrimiento de «gérmenes» —así los llaman— solo ocurre con Pasteur, el 7 de abril de 1864. Pero hay que decirlo, el choque entre el Viejo y el Nuevo Mundo fue enorme. Cuando llega Cortés y su hueste, en 1519, había 25,3 millones de aztecas, zacatecas y en 12 mil tribus en el México de Moctezuma. En 1601,  tan solo un millón. En el peruano mundo andino, entre 1570 y 1620, pasaron de un millón doscientos mil a seiscientos mil. Estos datos fueron compilados por investigadores americanos, W. Borah y S. F. Cook. Y un americanista francés —que tuve la suerte de conocer cuando estudiaba en París,  Bernard Lavallé— de quien aprendí la importancia de ese inesperado cataclismo demográfico para entender la  rápida Conquista y el inmediato establecimiento administrativo del Imperio de los Habsburgo en las Indias. Tema que olvidamos. Nathan Wachtel explica ese Tahuantinsuyo post Incas, que no solo se desconstruye sino que pierde la fe en sus dioses. Los gobernó, por tres siglos, la tiranía de corregidores y curacas. Y el pueblo andino abraza la religión de los vencedores.

Hoy, la peste del Covid-19. En los tiempos contemporáneos, nunca hubo una pandemia tan  universal.  Pero eso no es toda nuestra actual desgracia. Por si fuese poco, estamos a días de unas elecciones. Y el humor colectivo es de lo peor si se considera 2016, 2011 y otros momentos electorales. Pero no hay más remedio. Sin embargo, no se confunda el lector, no estoy diciendo que no debe haber un 11 de abril sino que coincide con una situación tanto económica como emocional de la peor especie. Qué de problemas, pérdida de puestos de trabajo por millones, muertes de familiares que no tuvieron oxígeno, cierre de colegios, tiendas y empresas, lo que conduce a la inseguridad del futuro inmediato y a la desconfianza para con los políticos, fuesen los que fuesen. Cualquier política tiene una racionalidad, que desaparece cuando se abre el abismo. ¿La venganza colectiva en las urnas? No soy el único que así lo piensa. Jaime De Althaus: «la demanda de castigo es más fuerte que la esperanza o el miedo» (El Comercio, 05/03/2021)

Ahora bien, la paradoja. Meses tremendos pero fecundos. Algo se ha aprendido, lo precario de nuestro crecimiento económico y la terrible dualidad de los pocos que tienen empleos formales y el océano humano de los informales peruanos. Si algo se aprende con las pestes es que nos descubren todo aquello que no hemos construido: hospitales, laboratorios, y de paso la infraestructura de carreteras y vías férreas que nos faltan, y el hecho contundente que no somos un país que haya entrado en la Modernidad. Al menos, una visión dolorosa pero real y necesaria de lo que es el Perú actual. En la mentalidad peruana de antes que el Covid-19 nos abriera los ojos, hubo el narcisismo de considerarnos ya modernos y capaces de ingresar a la OCDE. Hoy, los contagios, las hospitalizaciones y la muerte nos devuelven a la realidad. Quizá nos estemos volviendo más modestos, más realistas, más pragmáticos. Puesto que como se dice, «hay mucho por hacer».

Por mi parte, sin que haya nexo alguno entre la poesía y la salud colectiva, se me viene a la memoria Los heraldos negros. La versión norteña de nuestro apocalipsis. «Hay golpes en la vida, tan fuertes/ … Golpes como del odio de Dios, como si ante ellos,/ la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma…/». Y como dijo César Vallejo, «Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras/».

Los poetas suelen ser certeros. Una de esas «oscuras zanjas» es la necesidad de hallar un chivo expiatorio.1 Pero esta vez no podemos señalar la oligarquía porque ha desaparecido, aunque la reemplazan otras capas dominantes. Ni Sendero Luminoso o el terrorismo. O alguno imperialismo al cual echar la culpa. No solo se trata de los últimos presidentes, de los errores de Vizcarra, o si es capaz o no Sagasti. Si así fuese, no diría lo que voy a decir. Lo que tiene claro la ciudadanía no es por quién va a votar sino por quién de ninguna manera votará. En consecuencia, me intriga y preocupa el antivoto para con los candidatos. Lo cierto es que desde el 2020 al 2021, ha subido el deseo de no votar por tal o cual. Por ejemplo, Guzmán tenía un 45% en contra y ahora un 57%. De Soto, un 38% en contra en diciembre y ahora, un 44%. ¿Qué política es esta en la que no se confía en los políticos? Entonces, ¿en qué? Estamos entrando en la crisis de la representación misma.

Como se sabe, las democracias, desde el siglo XIX a nuestros días, funcionaron por la representación política. Un sistema para el Estado moderno, no vino de España sino de Inglaterra: «una multitud de hombres se convierten en una persona, de tal modo que este pueda actuar con el consentimiento de cada uno de los que integran esa multitud en particular». Habla Hobbes, en el Leviatán, «la unidad de multitud y persona». Un sistema siempre y cuando no haya malestar en elegir representación presidencial y de diputados (ese es su nombre, no el de ‘congresistas’). Pues bien, si no queremos Congresos, ¿quién o quiénes entonces encarnarán el poder? ¿O la utopía peruana es que nadie mande a nadie? ¿Cada uno en su ayllu? ¿Otra vez con su curaca? Cuando se hizo  incontrolable la ciudadanía, el mexicano Fernando Escalante la llamó «ciudadanos imaginarios». Y eso es lo que está pasando. Al desaparecer las instituciones políticas también desaparecen los ciudadanos de a pie. Esto se semeja a un suicidio colectivo.  

Cuando un pueblo no quiere ser reclutado en partidos o corrientes presidenciales y  como diputados, entonces surgen las elites. Nos ha pasado varias veces, pero por lo visto, es eso lo que nos puede ocurrir. Es hora pues de decir cómo se dañaron las reglas comunes: la lógica institucional en estos últimos años fue desdeñada, y eliminado el Congreso puesto que «el pueblo lo quería ». Fue una acción fatal. Hoy abundan los candidatos improvisados. «Hay 665 candidatos que cambiaron más de una vez de partido» (El Comercio, 27/02/2021). Algunos han pasado por seis agrupaciones, a saber, Perú Patria, Apra, Fuerza Popular, Sí Cumple, Alianza por el Futuro, y Alianza Solución. Notará el amable lector que esas «empresas electorales»  —no son partidos— evitan decir si son de izquierda o de derecha, o lo que sea. Los nombres de los supuestos partidos se parecen mucho a la manera como se bautizan los caballos de carreras para el hipódromo. Nombres estrafalarios pero que permiten inscribirse. Lo que es visible, y no es necesario ser politólogo para darse cuenta, es que ya no cuenta ni la doctrina ni la representación regional o ideológica, sino llegar a tener bancada. 

¿Cómo no van despertar sospechas en los electores esos casos de abierto oportunismo? ¿Cómo no van a sospechar los peruanos que los representantes quieren llegar al Estado para hacerse ricos? Y alguien señala que la abundancia de camaleones —así les llaman— prepara un posible fraccionamiento en el Congreso venidero. Habrá más bancadas. Será peor que todos los anteriores. El motor del desarrollo del subdesarrollo está prendido.

En fin, otra de las «zanjas oscuras» de Vallejo es el comportamiento de los diarios limeños. Apoyan sin escrúpulos a los partidarios de lo antipolítico. Con el pretexto de hacer una primera plana, clavan en los quioscos esa suerte de afiche que se mira pero no se compra. Hablo de la portada de El Comercio, el viernes pasado: «Fiscal pide 30 años de cárcel para Keiko Fujimori y entorno». Todos sabemos que si hubiese pruebas de ilícitos, hace tiempo que se hubieran puesto a la luz del día. Pero se trata de usar un tema legal que demorará en el Poder Judicial, y que en plena campaña hace daño. ¿Quién va a votar por alguien que irá presa por 30 años? Genial, felicitaciones por el psicosocial, ni el maestro —o sea, Vladimiro Montesinos— lo hubiese hecho mejor. Pero no solo es Keiko sino que en cuanto haya algún candidato que crece, le cortan las alas. En La República: «Empresas de López Aliaga tienen deuda coactiva de S/ 28,4 millones con Sunat».  Nada de esto incendia la pradera, como esperan los del «poder fáctico». Es al revés, la humedece. Y no quiero decir con qué líquidos. Es una pradera muy resbalosa para unos y otros. Pregúntenle a Vizcarra. Y a Sagasti, que cuando más vacunas llegan menos confianza le tienen. Yo creo que para todo esto hay que llamar a Freud. Tanto encuevamiento hace de Lima una ampliación gigantesca del Larco Herrera.

Todo esto no es lo que se llama política. El amable lector preguntará qué lo es. No es un combate en el que cada cual echa mierda al otro con tal de llegar a Palacio de Gobierno. Para el sociólogo que soy, «política es la gestión no guerrera de los conflictos» (Comte-Sponville). «Es una realidad universal que todo hombre en cuanto tiene poder, tiende a abusar, por eso es justo ponerle límites» (Montesquieu). «Resistir y obedecer, he ahí las dos virtudes del ciudadano. Con la obediencia asegura el orden. Con la resistencia asegura la libertad» (Alain, es un francés, no es Alan). Todo eso está en mi libro, p. 401, ¿Qué es política en el siglo XXI? Concluyo con «la política es una actividad. Su meta es el bien común. Lo público». No dije para hacer negocios. Y antes que el amable lector salga corriendo a comprar mi libro —lo encontrará en las mejores librerías del rubro— le transmito melancólicas predicciones. Jaime de Althaus: «el próximo presidente verá impotente cómo se consolidan las argollas y mafias dentro de las entidades públicas». Como comprenderá el lector, de aquí en adelante, no seguiré la evolución de las encuestas de candidatos presidenciales. Los dados ya están echados. La gente seguirá irritada e indiferente. Pobre Perú, necesitamos magnas construcciones y gigantescas modificaciones en la sociedad y en el Estado pero eso no es para ahora. No se educó al soberano. Es decir al pueblo. De lo que venga, todos seremos culpables.

1 Chivo expiatorio quiere decir que se busca personas o grupos a los que se quiere hacer culpables. La Alemania nazi le echó la culpa de la derrota a los judíos. Hay momentos en que un pueblo entero enloquece y se niega a admitir su propia responsabilidad.

Publicado en El Montonero., 14 de marzo de 2021

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¿Por qué al Barcelona se le llama «culés»?

Written By: Hugo Neira - Mar• 08•21

Lo cierto es que no salimos del lío de las vacunas. Me recuerdan una frase de Winston  Churchill: «Un camello es un caballo diseñado por un comité». Muchas opiniones, muchas manos. En este fin de semana ha estallado una indignación gigantesca: las vacunas chinas, resulta que solo logran el 11% o el 33% de eficacia según la cepa, en estudio preliminar de la Cayetano Heredia. El rumor ha corrido como un terremoto en el inestable mundo limeño de la ciberpolítica. Sin embargo, escuchando al médico Bustamante en el escenario de Beto Ortiz, se habla de vacunas «en proceso de estudio clínico fase II». Y hay otras, aprobadas luego de culminarse todas las fases de ensayo clínico, que circulan en el comercio mundial, sean chinas sean inglesas o lo que fuese. Entonces, las vacunas experimentales chinas fueron usadas con voluntarios peruanos. Y de ahí ese famoso 11% que alarmó a la opinión. Entonces, ¡hay dos fórmulas de vacunas venidas de China! ¿Y por qué no lo dicen? Las compradas están en fase IV. No son estas las del estudio de la Cayetano. El episodio de la compra de vacunas, tras una lluvia de mentiras y repartos caprichosos, ha acabado con la poca confianza que tenía la ciudadanía. Me pregunto, a un mes de las elecciones, con estos líos, qué tendencias políticas salen favorecidas. Por otra parte, hay los que creen que todo es cuestión de comprar vacunas, y sanseacabó. Son aquellos candidatos que ignoran o les molesta  que, planetaria y geopolíticamente, los países que producen las primeras vacunas solo negocian con los Estados. Yo no digo que eso sea bueno ni malo, sino que es así. ¿Pero qué es eso de entrar y robar las computadoras de la productora de Beto Ortiz y algunos discos duros? ¿Cuál es el ilícito que ahora se ocultará? Malas señas, muy malas. «Algo se pudre en el reino de Dinamarca» (Hamlet). 

Los culés

Las líneas que siguen se ocupan de los usos gramaticales del deporte que nos es el más apreciado, el fútbol. No se rían. No todo es economía, dinero, religión, poder, sino, en cada era, los juegos olímpicos de los griegos, el circo romano, la fiesta brava de los españoles. Si hay algo que verdaderamente representa la mundialización son los deportes, y entre ellos, el fútbol. El que inventaron los ingleses hace siglos y no el americano que se juega cogiendo con las manos la pelota. Pero no es del todo un deporte mundial, civilizaciones asiáticas, como la India y China, la practican pero poco. De más está decir que es algo que aprendemos desde niños, y nos dura toda la vida. Pero creer que un deporte es solo un estadio, es desconocer su poder. Club, grandes jugadores, campeonatos, estrategias, organizaciones mundiales, negocios, fama, e incluso, una manera de hablar y ver la existencia misma. Los goles son algo tan importante como el agon de los griegos (la vida como combate). O los gladiadores de Roma en su apogeo. Ellos nos hacen pensar en Espartaco, pero nunca los esclavos se liberaron, y el gladiador regresa a nuestro mundo por la magia del cine.

Entonces, ¿qué quiere decir «culés»? No fue mucho el tiempo que tomé para una breve investigación —algo que no hacen mis colegas periodistas—, hallar revistas europeas y un diccionario catalán-castellano, y entonces, la gran sorpresa. Los «culés» no eran los jugadores sino la barra brava, los hinchas acérrimos. Ya me parecía, porque decir «culés», es una transformación de la palabra «culones». Pero seguí investigando, y me encuentro con un asunto muy español, los enfrentamientos de clases sociales, como siempre, los de los ricos y los pobres. Y todo esto en el mundo catalán. Un apodo que tiene su historia. Viene de lejos. De los inicios del siglo XX, cuando el F.C. Barcelona jugaba en un pampón industrial, con unas estrechas tribunas en las cuales se sentaban los hinchas, y «entonces sobresalían los traseros de los espectadores». Lo que en castellano se llama culo, en catalán, es «cul».

Ahora bien, cuando se llegó a tener un estadio, no cabían sino 6 mil personas. Hay que saber que España llegó tarde a la modernidad industrial, a diferencia de toda Europa, y entonces, con estadios pequeños —dice la fuente española que he encontrado— «el público se acomodaba como podía». Sentados sobre los muros, rebalsaban. Y es evidente que la clase alta iba a las zonas mejores y más caras. Y los del pueblo, se apretaban para poder sentarse. Apodos no faltaron,  a los partidarios del Real Madrid les llamaban vikingos, al Atlético, indios. El Barcelona tiene por cierto una gran hinchada pero no les falta envidiosos enemigos, como ocurre con todo aquello que triunfa. En fin, lo de culones no tiene nada de gracioso, e insisto, no se dirige al equipo ni a sus jugadores sino a sus primeros hinchas. Una gruesa injuria, una ofensa. Y bueno, si los de la barras bravas eran obesos, ¿qué más da? Como se puede comprender, es un asunto español, de castellanos contra catalanes, de ricos contra proletariados, diferencias que se manifiestan como fue en una época, en el Perú, Alianza Lima con descendientes de afroperuanos, y Universitario, con blanquitos. Con el tiempo, esas categorías han perdido su inicial leyenda.

Pero a lo que voy, ¿qué hacen los comentaristas de los partidos de fútbol, aquí en Lima, en el otro lado del océano Atlántico, repitiendo como cotorras lo que han escuchado, sin darse un par de minutos para saber en qué consiste? Pero ellos creen que saben y no saben nada. Lo repito, no son los jugadores sino la barra brava, a comienzos del siglo XX¡! Y dicen, por el equipo del Barcelona, los «culés», con ganas y saboreando los labios como quien se come un chocolate. Se creen muy informados, lo dicen y lo repiten, sabiendo que la distancia gramatical del castellano y el catalán es mínimo, culo y «cul». Pero lo hacen como si  echaran una guirnarlda, un adorno, a algo fétido, pestilente. Ese apodo me suena una insinuación perversa. ¿O nos están  diciendo que en el deporte más varonil que todavía existe, hay gente que se ocupa de mirar las nalgas de los varones sentados en las tribunas? Si es eso, díganlo, y no se hagan los desentendidos. O una vez más, nos tropezamos con la desidia.  

Es cierto que la definición del hombre, el varón, en los inicios del siglo XXI es variada, no hay un modelo único. Los «nuevos padres», que se ocupan de sus hijos más que en otras épocas, son una evolución reciente. Por otra parte, la emancipación de las mujeres, ya no destinadas a las tareas domésticas como en el pasado. En las parejas modernas se reparten un tanto esas tareas sin que haya crispaciones en los varoniles esposos. El principio de igualdad de los sexos ha cambiado radicalmente la vida contemporánea. El orden patriarcal está mutando. Sin embargo, también crecen abusos con las mujeres, asunto que ocurre en las más avanzadas sociedades del planeta. Y no digo más. Ni me ocupo ahora del género. Ni sobre la aceptación de heteros o de homos, o bisexuales. Lo cierto es que el tipo de macho brutal, estilo Don Juan mexicano con bigote, pistola y sombrero, es un estereotipo que alimentó el cine en los años 40 o 50, hoy un mito que ha perdido su vigencia. Aparecen otras formas de ser varón, por ejemplo, en las canciones de los cantantes. Después de los hippies de cuando yo era joven a la estética de estos días, hoy el cantante, o actor joven, habla dulcemente, casi llorando, moviendo las manos y devorado por los sentimientos y emociones. Duros ya no hay.

¿Hay una nueva estética? Las edades, por ejemplo, hoy no tienen la organización tradicional. Veo adultos mayores vestidos como sus nietos o bisnietos. Y un joven ¿es siempre una novedad? ¿No hay acaso jóvenes conservadores que, por cierto, no lo dicen ni lo piensan? ¿La fábrica de varones está por otro tipo de seducción y otras formas y otras comunidades? ¿Cuáles son los códigos de la virilidad? Después del rock, el rap, ¿qué viene? Los padres que se ocupan de los niños, ¿son unas madres como las otras? ¿Es verdad que nosotros los hombres no pensamos sino en eso? Ya saben que es «eso». 

Nos vemos el próximo lunes. Y dejen de decir a los jugadores del Barça, los «culés». Repito, no es el equipo sino los hinchas. Y eso, casi un siglo atrás. Da vergüenza que usen en la radio y la televisión local un apodo que no entienden.

Publicado en El Montonero., 8 de marzo de 2021

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Los 487. Privilegios y sultanismo

Written By: Hugo Neira - Mar• 01•21

Sigo ocupándome del escándalo del reparto de las vacunas pero no como lo hace la prensa limeña. A una maña política le siguen gacetilleros que eluden lo principal, o sea los vacunados ilícitamente, gente de la jerarquía más alta en la administración. Estoy seguro de que el amable lector habrá también percibido que todo gira sobre tres personas, obviamente  Martín Vizcarra —después de lo mucho que lo alabaron— la exministra Mazzetti y Elizabeth Astete, excanciller. Es cierto que el doctor Germán Málaga ha tenido que responder hace poco ante el Congreso. Todo eso da la impresión de un puñado de personas. Cosas así también han ocurrido en países latinoamericanos. Pero nuestro caso no es cuatro gatos. Lo que cuenta son los 487. Lo social. Pero los medios de comunicación buscan su chivo expiatorio ahí donde yo veo algo más ancho y profundo. Una manera de ser.

Comenzamos por la distribución de las vacunas de modo arbitrario y caprichoso. Pudo salvarse, como ocurre en la Venezuela de estos días. Lo que hizo un gran daño fue el secreteo. En cambio Maduro ha dicho públicamente que la vacunación comienza con los congresistas y el partido, y sanseacabó. A Vizcarra lo traiciona Vizcarra.

Ahora bien, tenemos pues que admitir la ambivalencia social en el Perú de la peste del Covid-19. Por una parte es una maldición pero a la vez, una suerte de bendición. Hemos descubierto nuestra precariedad, los informales, los que si no trabajan hoy no comen mañana. Y creímos que ya estábamos listos para entrar al club de los países del OCDE (¡!) Pero también hemos  descubierto la vanidad de los funcionarios. ¡Se les cayó la máscara! ¿Funcionarios, para el servicio a los ciudadanos? ¡Por favor! Estamos ante una revelación, en el actual Estado hay gente con una mentalidad inadecuada a la vida peruana del siglo XXI. Se toman como superiores y en consecuencia, merecedores de privilegios. Lo he dicho, viven en una república pero ellos son neocoloniales.  

Quiero reflexionar a fondo sobre el sentido de ese desdén. Soy profesor universitario y también periodista. Y usaré tres herramientas, o sea, tres conceptos. Patrimonialismo. Luego, sultanismo, concepto que utiliza Jorge Basadre en su último libro antes de morir. Y también, lo que se llama behaviorismo. La palabra behavior quiere decir la conducta de una persona y por ello interesan a los científicos sociales norteamericanos los comportamientos. Y por cierto, empresas, finanzas, mercado, y claro, políticos. Tres llaves para comprender el Vacunagate limeño.

Lo patrimonial es normal, legal: un bien, una herencia. «Mi abuelo me dejó su casa». Pero ocurre que también el patrimonialismo era para príncipes, que usaban palacios y castillos, como si fueran sus propietarios. Y hoy en día, es el caso de la Casa Blanca de USA, en la que cada presidente —y en especial, su esposa— lo decora como le parece. Entonces, si esto es así, los 487 han actuado como si fueran la prolongación de la nobleza criolla que desaparece cuando las primeras constituciones (1823, 1828, 1834 y 1856). Pero por lo visto, como si fueran el Conde Drácula, regresan.

El otro concepto lo usa Basadre, en las páginas 36-38 de su último libro, y como era un hombre honesto además de su inmenso talento, no deja de decir que proviene de Max Weber. «¿Qué es sultanismo? Es un régimen que ejerce el poder sobre la sociedad. Sin embargo no lo discuten pese a que deja de lado las leyes. Lo que cuenta es el poder como instrumento personal de un líder». Weber incluye el concepto de sultanismo «en la forma de ejercer». Entonces, por una parte, muchos de los 487 se deben haber sentido alagados, agasajados. Como si los invitaran a un viaje en el avión personal del presidente. Por otra parte, ¿cómo decirle ‘no’ al sultán?

Ahora bien, la conducta humana no es un misterio, lo entienden psicólogos, antropólogos, sociólogos y en particular, los políticos. Y aquí viene la clave de todo lo que nos rodea, ¿cómo somos los peruanos? Vasta cuestión, ilimitada, enorme. En otras ocasiones he dicho y escrito, en este mismo diario El Montonero, que el paradigma de la integración nacional más que una realidad es un anhelo. Por lo general, se habla de multiculturalidad. Término que se puede usar también en sociedades avanzadas donde el racismo, pese a todo, no ha desaparecido. Los Estados Unidos de Trump es un ejemplo. Para el Perú, lo específico es su complejidad. Así lo entendió mi gran amigo Carlos Franco, la identidad peruana se está formando «en el cruce entre clase, región y etnia». Franco: «la migración constituye la experiencia vital más importante y común a una mayoría de peruanos». Pero la manifestación cultural, es decir las conductas, cambian y se reproducen como los virus. Y pasan por mutaciones.  

Es así como se ha hablado de identidades desde la de cholo —entre insulto y amistad— a la de cultura chicha, idea que tiene también mucho de despectiva. Pero también «burguesía chola» (De Soto). Se ha querido siempre dar un solo nombre a la ciudadanía peruana pero ni Matos Mar nos dijo cuál era. «El nuevo rostro del Perú», de Matos, pero no le pone nombre alguno. ¿Nuevos partidos cholos? Carlos Iván Degregori en su último libro antes de dejarnos (El aprendiz de brujo y el curandero chino) ve la diversidad, pero hay quienes investigaron las tendencias más hegemónicas. Voy a traer a esta crónica algo y alguien que nos define, tras observarnos, una crítica feroz.

Si estuviéramos en un avión, diríamos «abrochen sus cinturones». Miren lo que dice de nosotros.  «Observo la vida social, económica y política y se verá como el rencor es en ellas sustancial.» Le llama la atención «el odio». Y sigue:  «¿Cuál es la causa de este mal? ¿Cuál es su remedio? He aquí dos puntos que podrían estudiar nuestros sociólogos. «La causa se encuentra, como ya lo hemos insinuado, en la falta de actividades y de ideales». Y luego nos compara con otros países cercanos: «Pueblos soñolientos y perezosos son presa fácil de los rencores y las envidias». «Nuestra historia está constituida por una sucesión de rencores suicidas». Además, nos dice que «somos incoherentes». «Todos en el Perú, salvo personalidades superiores, tienen una vida incoherente». «Faltan ideas centrales y pensamientos directores». Luego, dice que «el medio social en que se vive tiene la apariencia de un campo de enconada lucha».

¿Y qué me dirá el lector? ¿El que lo dice es algún marxista, un terrorista? No, el autor era liberal, y muy católico. Otro lector dirá, «un fracasado», «un resentido». Para su sorpresa es alguien que tuvo éxito, alguien famoso, bella carrera diplomática al punto de ser Presidente de la ONU en 1959. Autor de muchísimos libros sobre la vida peruana. Es hora de levantar el velo de la ignorancia, el autor de esa crítica de lo peruano es Víctor Andrés Belaunde. Y los fragmentos vienen de las Meditaciones peruanas. O sea en 1912. ¿Se sorprende? La gente del 900, como Riva-Agüero, como Francisco García Calderón y por cierto Belaunde, fueron sinceros y críticos. Lo que pasa es que los peruanos de hoy no conocen sus clásicos. Y se lee muy poco. Y por lo tanto, no saben que nuestros pecados capitales vienen de un pasado que no muere.

A Victor Andrés Belaunde lo he traído a esta nota para que se comprenda que nada hemos mejorado del inicio del siglo XX al XXI. Incluso, culturalmente, hemos retrocedido. Prácticamente no hay política, que no solo es ir a llenar las urnas sino que haya partidos y líderes que discutan entre sí. No hay nada de eso. Como muchos lo dicen, lo que creemos política no es sino un canibalismo. Los peruanos tienen un problema, el «otro». Se enfrentan culturas, etnias, cosmovisiones, no partidos. Y se difama en los diarios que cada día venden menos.

Mientras el poder se halle en manos de palaciegos, no tendremos ni nación, ni Estado moderno ni vida colectiva. Y menos progreso y paz. Por eso me preocupan cuantos 487. Ellos son a la vez víctimas y cómplices del sultanato del 2016 hasta estos días. En suma, nos falta ciencia y conocimientos. Y otros comportamientos en materia de vida política. Y escuelas en las que se encuentren jóvenes de todos los estratos sociales. Sino el XXI será un siglo de catástrofes.   

PD: Conozco el libro de Carlos Paredes. Por una parte, es un muy buen trabajo de investigación. Se basa en entrevistas que revelan las trampas y mentiras de Vizcarra. Se ha vuelto ya un best seller.  Sin embargo, a mi parecer, el título, El perfil del lagarto, revela no solo al personaje sino al autor. Un lagarto, como metáfora de alguien que es frío. Pero, ¿qué cree el joven Paredes, que un político es un sentimental?  En nuestro país no se entiende todavía qué es política, qué es el político y qué lo político. Continuaré el próximo lunes.

Publicado en El Montonero., 1 de marzo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/los-487-privilegios-y-sultanismo

Peor que una guerra

Written By: Hugo Neira - Feb• 22•21

«La verdad del escritor no coincide con la verdad

de los que reparten el oro.»

—Camilo José Cela, español

La guerra tiene sus momentos de tregua y paz, pero en estos días y meses, lo que nos llega son una serie de derrotas. Ni siquiera podemos decirnos, como en la guerra civil de España, «no pasarán». Hasta los terremotos tienen un tiempo y una fuerza y los miden. Hay una escala sismológica de Richter, de 2.0 a 7 o 9. Nunca se ha llegado a 10, sería el apocalipsis. Pero ¿qué logaritmo aplicamos cuando descubrimos —nosotros los peruanos y el mundo entero — que la lista de los que se creyeron privilegiados para vacunarse ilícitamente no son un puñado de conchudos sino 487? Funcionarios, empresarios, e incluso el nuncio del Vaticano (¿?!) Tenemos decesos diarios muy altos y también un alto número de contagiados, pero estoy pensando también en los que todavía estamos con vida. ¿Qué efectos produce ya el impacto moral, político y social cuando se pasa por un quiosko y los diarios tienen en la primera plana al retrato de la exministra de Salud Pilar Mazzeti que también fue inoculada contra el Covid-19 y el títular: Engañó al país? Cuando haya terminado la pandemia, quizá por el 2022, el número de sobrevivientes sera enormemente superior al de las víctimas de la pandemia, pero ¿en qué estado de ánimo? ¿Qué efectos dejará la repartija de las dosis? ¿Con qué logaritmo se mide la huella dejada por las mentiras y la indignación?

La pendejada del silencio. Si se habían vacunado algunos antes que otros, había que decirlo. Incluso si Martín —¿quién otro sino Martín el Vivo?, como dice Carlos Basombrío en El Comercio— hubiese dicho que la gente del aparato administrativo también tenía que ser vacunada, puesto que sus funciones los llevan de aquí para allá. ¿Pero calladitos? ¿No unos cuantos sino 487 personas? Como decía Cantinflas, ahí está el detalle. No solo Vizcarra sino gente madura y con puestos importantes, y que ahora las están viendo negras. ¿Quién les invitó a ese juego de esconderse? ¿Quién les aconsejó, Maruja la hija de una bruja? Prefirieron la maña, el matalascallando, la hipocresía. Es feo lo que ha pasado. Muy asqueroso, repelente. Ahora puede que cualquier funcionario se le suponga amigo de hacer trafas. Cuántas familias peruanas no perdonarán la pérdida de sus queridos parientes en estos meses, lo recordarán por generaciones. Hay cosas que no se olvidan.

Tirar dedo en el Perú ha sido corriente, pero esta vez, en plena pandemia, es algo muy desubicado. Ya se sabía que las cosas no iban por la avenida de la confianza dados los efectos de la corrupción de Odebrecht y Lava Jato, pero al menos tenían un Estado. Hoy ese frágil lazo entre gobernados y gobernantes se ha desgastado al límite. La distancia social entre quienes trabajan en el gobierno y la gente corriente, gracias al escándalo, ha aumentado en desconfianza. Y no sabemos qué va a pasar no solo en las elecciones (sí es que las hay) sino en la vida corriente. Eso de la distancia social (Bogardus social distance scale) es un asunto tan importante como el ingreso a las categorías A, B, C, D y E. Las vacunas mal servidas, marcan un antes y un después. Hoy tener un cargo administrativo en el Gobierno ya no es algo prestigioso.

Sin embargo las interacciones dentro de las sociedades son frecuentes, por ejemplo en los Estados Unidos, hartos los negros de ser despreciados, inventaron el «Black is beautiful». Lo negro es bello. Sin que se logre una armonía completa entre blancos y negros. Así como en Lima, «Cholo soy y no me compadezcas» de Luis Abanto Morales, que viene a ser la toma de conciencia y la Marsellesa de los emigrantes andinos hacia las ciudades y en particular, Lima.

¿De qué estamos hablando? De un tema esencial, la relación del peruano con el otro.  No con el extranjero o el turista, sino ante andinos, cholos, criollos, afros y asiáticos. O sea, ante el peruano corriente. Pero todos sabemos que después de la emigración espontánea, desde los años 40, las «ojotas porfiadas» de Jorge Basadre llenaron las ciudades y en particular Lima, y la tradición y la modernidad se mezclaron.  El Perú es hoy un país culturalmente plural. Esto lo nota Matos Mar, a la mitad del siglo XX, con la idea del «desborde». Y Golte & Adams, Los Caballos de Troya de los Invasores. Hoy hay un Perú urbano y amestizado, puesto que el campesino andino deja no solo los Andes sino también el pasado. Hay que comprender que más que clases tenemos estratos sociales, con valores y comportamientos distintos. Podemos decir que dos modalidades de vida se enfrentan: los Andes y la civilización occidental. Pero lo de occidental es más bien flojo, no tenemos una herencia alemana o italiana sino de España en su momento Imperial. Muchos sociólogos y antropólogos nos sitúan como «sociedades plurales». Y en fin, la aparición de culturas, esta vez urbanas, aumenta las identidades y no solo hay cholos y pitucos, sino novedades, lo que se llama el achorado.

Yo no digo cosas porque se me ocurran. Razono como historiador y sociólogo. Y me apoyo también en otros estudios. Por ejemplo en Lima y sus arenas: poderes sociales y jerarquías culturales, de Danilo Martuccelli —en parte francés y en parte peruano—, un libro que todo peruano debería conocer. Del achorado dice lo siguiente: son mutaciones individuales, y el achorado que ha aparecido en las últimas décadas, es la figura muy polémica. Un achorado es el que «fuerza las situaciones». Tiene la habilidad del criollo, lo cual es proverbial, y marcada por la prudencia. Y «el achorado es un atropellador imprudente; el migrante-propietario un individualista posesivo» (p. 262). Dice más cosas, tiene diversas caras para «lidiar, con ingenio, en medio de las arenas urbanas». Arenas significa algo muy inestable. Esos son los libros de los que conocen la compleja sociedad peruana, antropólogos y psicólogos, y no brujos como parece que prefería el penúltimo presidente que tuvimos.

¿Qué les pasó a los 487? Les ha faltado algo que se llama empatía. No quiere decir simpatía, un almuercito, una sonrisa, una seducción. Déjemos eso a los políticos. Concepto nuevo, empatía quiere decir la capacidad de cada uno para ponerse en el lugar del otro. Si había 487 personas —que no eran ni analfabetos ni menos cualquier gente sino profesionales—, ¿no hubo alguno que se hiciera esta pregunta: qué van a pensar los otros? Para mi manera de ver esta gigantesca estupidez y dado que no soy jurista, no me ocupo de saber si la irresponsabilidad es de ética o legal o moral. O cuántos años de pena se le daría a Pilar Mazzetti y a la señora Astete, ni de las denuncias constitucionales contra Vizcarra. Me asombra —miento, me aterra— la distancia social de estas capas de profesionales peruanos del mundo popular, y en particular, de los más pobres. Tengo la impresión de que no nos hemos librado de las costumbres coloniales, pese a dos siglos. Se han portado como los oidores criollos antes de la llegada de San Martín, o sea, han pensado sin decirlo, «merecemos este privilegio». Y los negros, los indios, los cholos, pueden esperar, porque somos los mejores. Lo peor es que parte de ese pensamiento es cierto. Pienso en los rectores y vicerrectores, las altas autoridades de la Universidad Cayetano Heredia y San Marcos. Qué lástima esa pérdida. Es el caso del Dr Málaga: su error no es vacunarse tres veces sino otra cosa, profundamente anclada en el pensamiento de «los zorros de arriba», como diría Arguedas. Y consiste en sentirse distintos y superiores. Y algo peor, no son republicanos, no creen que vivir en una república como la peruana, es vivir con gente que es tu igual. No lo creen ni amarrados. No son ciudadanos, aunque fueran excelentes científicos. Manejan las ciencias naturales del siglo XXI con la mentalidad social del siglo XVII. Y esto debe preocuparnos: por una parte, el pueblo no es tonto, y se siente humillado, marginado, despreciado. Y por otra parte, ¿cómo se puede tener democracias cuando ese régimen político, desde los antiguos griegos, necesita que haya ‘demos’? Igualdades. No lo tenemos. Tenemos estratos. Unos encima de otros. Por eso no hay una identidad peruana sino identidades distintas que además se detestan. Es hora de decirlo.

Pero como decía mi abuelita, que era arequipeña italiana, Angélica Damiani, «no hay mal que por bien no venga». Se les ha caído la máscara. Viven con nosotros peruanos poscoloniales. Dispuestos por supuesto a todo tipo de despotismo, de izquierda o de derecha, con tal que ellos sean lo que fue la nobleza colonial en el Peru virreinal. «La pobre y tonta nobleza criolla» la llamó nada menos que Riva-Agüero. No tuvieron ningún poder cuando vino la Independencia. Les salió de la nada la gente de abajo, los mestizos, los que sabían montar a caballo y guerrear —Gamarra, Ramón Castilla, los caudillos—, 40 años de guerras civiles. Y acaso es lo que se nos viene encima. A veces la historia castiga y se repite.

En fin, no estamos en la modernidad. Se fabrican distancias sociales. Prolongamos castas y etnias que vienen de la colonia. Y el Estado, que se dice peruano, en vez de entender y servir a la variada comunidad que habita este territorio, acaba por insultarla, jugando a esconder las llaves de la vida. Qué bien. Ya sabemos qué son. Marqueses y duques fallidos. Al borde mismo de la huachafería. Y esas vanidades no se curan con vacunas. Jugar al secreteo y tener adivinos. Genial. Eso en pleno siglo XXI. Si lo cuento en el extranjero, no me van a creer… ¡Para qué la novela si la realidad peruana es absolutamente surrealista! Nos vemos el próximo lunes.     

PD: estoy completamente en desacuerdo con Darío Sztajnszrajber, filósofo argentino. Él sostiene que el bien y el mal están en crisis (El Comercio, «Luces», 21/02/2021). Desde Kant, sabemos todos los seres humanos cuándo hacemos el bien o el mal. Y desde el cristianismo, hace 2000 años, que existe el libre albedrío. En el campo del pensamiento, muchos argentinos son europeos de cuarta categoría. Lo que dicen es para llamar la atención.

Publicado en El Montonero., 22 de febrero de 2021

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