Lemlij y Millones: otra versión de SL

Written By: Hugo Neira - Dic• 14•20

Necesaria introducción

La Enciclopedia Galáctica creada por Isaac Asimov, gran escritor de ciencia ficción, es un texto deliberadamente ficticio. Se le llama ucronía y se base en hechos posibles en el pasado, pero que no ocurrieron. Por ejemplo, que los dinosaurios no se hubieran extinguido. O que Hitler ganara la guerra en Europa y domina el mundo entero. O que Pinochet apoyara a Salvador Allende. Un ejercicio mental para comprender que la historia es diversas posibilidades, porque el azar existe. No es la primera vez que utilizo este género literario e imaginativo en El Montonero. Fue en setiembre del 2018, se supone que sabios en el futuro se preguntan si realmente «existió el Perú» ( <http://www.elmontonero.pe/columnas/enciclopedia-galactica-existio-el-peru> ) La presente ucronía gira sobre una bifurcación de Sendero Luminoso, que lo hace totalmente distinto. La idea me vino debido a un libro recién publicado de dos peruanos, Moisés Lemlij, psicoanalista, y Luis Millones, antropólogo, autores de Memoria, imagen y violencia, editado por SIDEA. Acaba de salir. Lo que más me ha llamado la atención es el cuarto capítulo, pp. 93-149. Los vínculos «entre guerra y fe» —brillante tesis—, pero con mis dudas. Por eso, esta ucronía.

Enciclopedia Galáctica. Religión y violencia en los Andes 

En el siglo XX en el Perú, iba a surgir una guerra popular de Sendero Luminoso contra el Estado peruano. La primera señal fue unos pobres perros colgados de los postes, diciembre de 1980. Esto ocurre en un modesto pueblo, en Chuschi, y el enemigo para SL era «Teng Hsiao Pin, el sucesor de Mao a su muerte», y al que tratan de «hijo de perra». Con el tiempo se llegó a saber que Abimael Guzmán era «la cuarta espada», después de Marx, Lenin y Mao. De paso por Chuschi, quemaron las ánforas de un local de votación. Era el vaticinio de una violencia sin límite alguno. Hasta entonces no se conocía a Guzmán, modesto profesor peruano de filosofía, cuyo rector de la Universidad Nacional San Cristóbal, en Ayacucho, Efraín Morote, lo llama para construir un partido político a partir de los estudiantes ayacuchanos. Ambos eran marxistas, pero en un país más bien rural y campesino como el Perú de entonces, prefirieron una revolución maoísta. Por iniciativa de Morote, Guzmán aprende el quechua y toman los años sesenta como un periodo de formación. Pero un giro inesperado ocurre.

Preparándose a ser la cabeza de un grupo insurgente y terrorista, decide visitar la República China en 1965, o sea, en plena «revolución cultural». Mejor dicho, cuando vivía Mao. Es muy probable que, de vuelta al Perú, no se hubiera interesado por la Reforma Agraria establecida por el gobierno militar de Velasco. Y habría sido indiferente a los cambios de propiedad en el mundo rural. En China le llama la atención el Tíbet, entonces cerrado a los visitantes, pero logra visitar ese remoto lugar. Hasta entonces, según sus biógrafos, se consideraba ateo. Pero algo ocurre. Fue suficiente unas semanas en el Tíbet, tierra mágica como es sabido. Al vivir entre monjes budistas, Abimael cambia por completo. Y en un monasterio tibetano le vino aquello que se llama «la revelación». Lo inesperado es parte de la doctrina de los Upanishads.

A partir de entonces, el profesor de filosofía y guía de Sendero Luminoso evita por completo la violencia. La primera y decisiva de las «ocho verdades de los tibetanos para formar el espíritu». Saber cómo se produce esa metamórfosis es casi imposible. Habría que ser también un iniciado. Tampoco sabemos si se acercó a algún Dalai Lama, ni qué maestro lo convence de «la armonía del mundo», concepto trascendente del budismo tibetano. Hay que tomar en cuenta que Abimael Guzmán conoce el Tíbet después de años de la invasión china en 1959 y el drama del éxodo de monjes por todas partes del mundo. Acaso le pidieron emigrar a los Andes, por su parecido a las montañas del Himalaya. Pero reconvertido al budismo, lo cierto es que volviendo a Ayacucho después del Tíbet, y quizá orientado por el rector Morote —a fin de cuentas, antropólogo­—, el profesor Guzmán se zambulle en las religiones andinas antes de la Conquista y luego las del largo periodo colonial. Es cierto que la llegada del cristianismo elimina a las divinidades del mundo incaico, pero no significa que en la mentalidad andina se fusionara con el cristianismo. El fin del Tahuantinsuyo fue político, pero no desaparecen los hechizos y encantamientos y prácticas de alucinógenos y chamanismo indígenas en el curso de los siglos. En el periodo colonial ocurre el Taki Ongoy además de la defensa de las huacas, entre otros rituales. El «triunfo católico de la Iglesia y de la fe» no fue total. Un mesianismo subterráneo acompaña al catolicismo. Y las dos ideologías se amalgaman. He conocido trotskistas que van a misa.

Por otra parte, antes de lanzarse a una guerra interna, los senderistas habían observado «la topografía y la estructura organizativa de los pueblos de Ayacucho» (Millones). Y conocían los conflictos del pueblo rural con los burócratas y administradores. Y entonces dejaron de tomar actitudes autoritarias con los campesinos, al punto de parecerse a los evangelistas, y su conducta comenzó a ganar la mente y almas de los desposeídos y desamparados. Es así como una suerte de religiosidad aparece en el Sendero post Tíbet. O sea, la novedad de un movimiento político «con el rostro de una nueva fe». No era el dogma de la Internacional Comunista. Los indígenas andinos siguieron, bajo el dominio de españoles o criollos, su propio credo: comunitarismo,  solidaridad y un fuerte dogmatismo. Así, como es sabido, el nuevo Sendero comienza a crecer rápidamente, en particular entre los jóvenes puesto que se les permite varias esposas, como en el Islam. Y en cuanto a las mujeres, en su fase de expansión pacífica, deciden que las hijas de Eva serían las administradoras de toda forma de organización social, desde las aldeas hasta el poder nacional. Y es así como en los inicios del siglo XXI llegan al poder desde las urnas. Algunos se retiraron de ese segundo SL, pero el lado religioso fue más útil que las balas. De ser de otra manera, Sendero Luminoso habría incursionado en varias iglesias, «donde ametrallaban a los evangelistas». Y eso hubiese sido un gran error. En quechua se dice «no me mandes demasiado». El concepto está en los Comentarios Reales de Garcilaso de la Vega.

Lo que sí sobrepasa nuestra imaginación es el hecho de que la nueva religión política llega a  incluir países vecinos, Ecuador y Bolivia, y sus lazos y contactos con los países del Asia inquieta a los Estados Unidos. Por otra parte, antes de lanzarse a una guerra interna, habían evaluado al ejército peruano y evitaron una guerra. Además, los campesinos ya con tierra y autorganizados en rondas campesinas, no habrían aceptado un sistema autoritario cuando por fin habían salido del dominio de los gamonales.

Volviendo al siglo XXI

Dejando de lado la ucronía, la importancia que le atribuyen a la religiosidad los autores, en especial el antropólogo Millones, nos lleva a un debate que supera el espacio de esta nota. En la historia, cierto es que las religiones tuvieron momentos de violencia, por ejemplo, las Cruzadas de los cristianos. O la Inquisición. Pero no siempre fue así. Cierto, el Islam no tuvo misioneros sino guerreros, y Mahoma se impuso con la espada. También es cierto que el comunismo liga la violencia a la victoria del proletariado. Pero no siempre: los socialdemócratas alemanes no tomaron el poder por la fuerza. En suma, no hay un pattern, es decir un modelo. Lo que hay son casos particulares. Sin embargo los trabajos de Luis Millones y Moisés Lemij son ejemplares por dos razones. – Primero, el trabajo en común de disciplinas distintas. Pienso también en María Rostworowski y Max Hernández. La segunda es que con Memoria, imagen y violencia, el lector sabrá cuán frágil es la modernidad en el Perú, y el peso del pasado y la tradición en nuestras maneras de sentir y vivir. En Europa, la pregunta que se hacen hoy es la siguiente:  ¿cuánto nos han influido Atenas y Roma? Lo nuestro no es algo que terminó, no es pasado perfecto sino que sigue siendo poderoso e invisible: la cultura del Tahuantinsuyo y la España de la Contrarreforma. Ambas intolerantes. Se entiende por qué el peruano de a pie no acepta la pluralidad de partidos y de ideas. En Lima, discordia y democracia van de la mano. El senderismo no ha desaparecido, ha sembrado la costumbre del odio como virtud. No hay debates sino injurias, el placer del chisme y el recurso al descrédito del rival. Como el aire o el agua, el dogma es imprescindible en la vida peruana. Quedan en la Lima del siglo XXI algunos intelectuales, pero lo que abunda son los inquisidores. De derecha o de izquierda, son de la IPVU, club de propietarios de la verdad única. No se rían, poseen buena parte de los medios y gobiernos. Y se usa la tecnología más avanzada para el arte de la desinformación.

Hay excepciones, pienso en Iván Degregori, justamente sobre Sendero Luminoso y Abimael Guzmán, su capítulo «Qué difícil es ser Dios». Mira Iván, si estuvieses en este mundo, te diría lo siguiente: en el Perú actual lo más difícil es ser presidente. Si eres un Dios o un profeta, es más fácil y creíble. Este país no necesita un Bolívar ni un Lenin, sino un Gandhi. Él o ella que funde una nueva religión, y barrerá en la expectativa de los peruanos puesto que han perdido la confianza en la clase política, sea quien sea. En vísperas de unas elecciones, los candidatos más aprobados, apenas tienen un 10% (¡!). Quieren santos. Y ellos, ser creyentes y devotos. El pueblo quiere una suerte de obispos laicos que lleguen pobres y se vayan pobres. Difícil ¿no? Quizá la magia de los Apus, en unión con Santa Rosa de Lima, nos devuelva la serenidad.

Publicado en El Montonero., 14 de diciembre de 2020 <https://elmontonero.pe/columnas/lemlij-y-millones-otra-version-de-sl>                                                                                                            

Cómo va el mundo. ¿Y nosotros?

Written By: Hugo Neira - Dic• 07•20

I

Es preciso una sincera y resumida explicación del sentido de estas crónicas. Me interesa cómo va el mundo y a la vez mi país. Para lo primero —el panorama mundial— suelo viajar a Europa cuando en nuestro hemisferio es el verano y en el viejo mundo el invierno, o sea, el periodo de actividades. Esa rutina, que tiene algo de liturgia, se interrumpe con la pandemia. Nueve meses sin vuelos ni la llegada de revistas. Pues bien, este sábado, para mi sorpresa, nos llega un envío enorme por correo. En efecto, son revistas cuyas fechas datan de marzo a noviembre, y no me he quemado las cejas sino echado una hojeada sobre algunas de ellas. Y a ojo de buen cubero, en algunas de ellas, aparte de la rivalidad entre la China de Xi Jinping y los Estados Unidos de Trump, los cambios climáticos y una Turquía enfrentada a medio mundo —cosa que no sabía—por encima de todo, el tema dominante es el coronavirus.

El Covid-19 obliga a pensar el mundo entero. O acaso, a un repensar. Es verdad que estamos al borde de un periodo de vacunas, pero de la misma manera como el mundo no fue el mismo después de la primera guerra mundial, cuando llegó la paz, ya estaba muerta «la belle époque», el vaticinio de José Carlos Mariátegui al regreso de su estadía europea. Y en efecto, los célebres años veinte y treinta del siglo pasado fueron feroces. Aparece el nacional-socialismo de Alemania y el comunismo ya no solo de Lenin, sino el de Stalin. Y tras la segunda Guerra Mundial, nuevas y enormes modificaciones —creación de la ONU, guerra fría, nacimiento de una Europa unida, larga hegemonía de USA— hasta la victoria económica del Occidente capitalista ante la URSS que se desploma. Y luego de la caída del Muro de Berlín, tiempo del neoliberalismo y una China potente, la nuestra, otra época. Y entonces, incontables científicos, políticos, filósofos, poetas, toman esta crisis como una ocasión para modificar nuestra manera de vivir y de pensar: «Otra relación con la naturaleza»; «Otra mundialización»; «Otro mundo». Lo dicen en diversas lenguas y lugares.

Transmito algunos. En Praga, porque la República Checa pasa por el confinamiento como todo el mundo, Tomas Sedlacek escribe: «esto no es el Apocalipsis». «Tenemos más tiempo para vivir con nuestros hijos». En cuanto a los adultos, «después de semanas de auto-ostracismo, nos acostumbramos a vivir sin tanta prisa». Las ciudades «se vuelven villas, lugares de calma y tranquilidad». Un colombiano, William Ospina, «siente que vive con lo indispensable», y se ha puesto a pensar que quizá seamos «demasiado numerosos». La lentitud y la soledad, es un cambio, «pero quizá todo lo que cambie no será para mal» (El Espectador). En cuanto a Inglaterra, «cada vez más, importantes políticos y jefes de empresa, esos que veían que la interconectividad era una ocasión, ahora se han puesto a pensar que también es un riesgo». No me asombra esa opinión en los británicos, amorosos siempre de su aislamiento, pero la cosa no se detiene ahí. Muchos comienzan a pensar que mejor era «el Estado Providencia», y añoranzas de cuando fue presidente y democrático Franklin D. Roosevelt, esto en The Spectator de Londres. O sea, todo lo contrario del neoliberalismo: «se necesita la intervención del Estado para preservar y promover la prosperidad» (Jamelle, en The New York Times). Así, pues, abran los ojos y los oídos los economistas neoliberales que creen a fondo en el mercado y lo privado, y al diablo el Estado y las políticas públicas. Están saliendo de esa ilusión —el economicismo, sin importarles las consecuencias en las sociedades— sin comprender que tanto como hace ricos a muchos, también produce masas de nuevos empobrecidos. Sino, una vueltita por Chile les haría reflexionar de otra manera. El Estado y el mercado se necesitan. Así de simple.

Mientras tanto, en Argentina, «los cazadores de virus» encuentran una coincidencia entre la desforestación y el Ebola, el paludismo y ahora, el Covid-19. David Quammen: «Todo indica un escenario de venganza de la madre natura». Vayan a decirlo, pues, al inteligentísimo estadista brasileño, Bolsonaro, apurado en desvastar la Amazonía, y sin árboles.

Se preguntan por todas partes cómo va ser la vida después del confinamiento. Si nos afecta la costumbre de llevar una mascarilla en la nariz, evitando en las calles a la gente y subiendo a un ascensor con el mínimo de personas, ¿acaso mejor, tú solo? Las reflexiones son abundantes y vienen de Copenhagen (Dinamarca), Viena, el cálculo de si son dos metros lo que te separa de algún desconocido. El caso es que la distancia social no es la misma. En los Estados Unidos es de seis pies, o sea 1,83 metro. En Francia es un metro. Con todo, la distanciación social resulta volverse una suerte de ética que junta el cuidado propio con algo de social, «yo cuido mi cuerpo, y también el tuyo». Un famoso artista, John Glover, hace dibujos en The New York Times, con figuras a medias pintadas. Y en cuanto al aislamiento prolongado, puede provocar problemas psíquicos, de depresiones a traumatismo. Sin embargo, está claro que la gente sabe que no es razonable salir, pero igual lo hacen. Sobre ese enigma, preguntar a Max Hernández. 

Y la ausencia de cine, conciertos, exposiciones en museos, teatros, y festivales durante la pandemia, ha producido inventos de formas especiales para música clásica, con un concierto en línea. Los rapistas americanos inventan diversas maneras de hacerse oír. Ni distracciones, que nos parecían corrientes, ni tampoco funerales. Cuando se muere el padre, la madre, los tíos, los chicos y las chicas, los amigos, el vecino, no se les ha podido acompañar hasta el último respiro con los ritos funerarios tradicionales.

Los efectos diversos de la pandemia, en la India, los aumentan las divisiones entre hindúes y islámicos. En El Salvador y en México, a falta de orden de la Policía, las mafias se ocupan de la organización de la gente. Entre tanto, los museos y bibliotecas de Japón están recogiendo todos los documentos posibles sobre el Covid-19. En La Habana aparece un mercado informal, la única manera de abastecerse para los cubanos. Esto lo dice un cubano, Marcelo Hernández, en La Habana (publicado el 8/6/2020). A diferencia de otras sociedades y culturas, ¡los chinos no consumen! El Estado les pide que olviden el Covid-19 porque, si no consumen, no se puede reactivar la economía. (En un diario de Shanghai, firmado por Caijing Ribao. Esto en abril del 2020.)

En suma, cambiar de vida. Después del confinamiento muchas familias deciden instalarse en la campiña, o en los distritos externos de las ciudades, algo de eso también ocurre en Tokio, París y Nueva York. Por otra parte, venezolanos regresan. Y ciertas nuevas ideas. A saber, la defensa de las minorías. Cálculos de la disminución de las riquezas naturales de aquí al 2040. La modificación del turismo: ahora no quieren lo que llaman «de cuartel». Exceso de población, destrucción de la naturaleza. Lima solo aparece cuando se habla de gastronomía.

II

Y Perú, aquisito nomás.

Estuve preocupado cuando Lima, la semana pasada, estaba cerrada al sur, al norte y por líos en La Oroya, también la carretera Central. Me acordé entonces cómo Evo Morales lo tumba a Gonzalo Sánchez de Lozada. Era lo que llamaban «la guerra del gas», tema que había provocado enormes marchas de indígenas. Le cerraron a la ciudad de La Paz las carreteras. Y Lozada, que le había ganado en las urnas en el 2003, tuvo que fugarse en un helicóptero. Pero aquí, los ministros y otras acciones evitaron un riesgo mayor. Pero seamos sinceros, los conflictos sociales se han acumulado, desde el 2016 a nuestros días, la polarización fue el plato fuerte de la clase política. Y hoy hay una «agenda urgente», como dice el diario El Comercio, a primera página. ¿Resolverlos en tiempo de pandemia, economía venida abajo, y gobierno de transición? ¿Todo a la vez? Con la vacunas que se van a usar, ¿no puede haber alguna que produzca sensatez? He escuchado que hay una que se llama anticojudina. Si se aplicara, por ejemplo, en las leyes sobre el trabajo agrario, habría inspectores que deberían ver los problemas en el terreno y no en la oficinita. En cuanto a los sindicatos, cuya representación se ha esfumado con la aplicación del neocapitalismo que retrocede todo al siglo XIX, y ahí tienen los resultados. Dicen que son 5 conflictos, hay muchos más. Hemos vuelto al tiempo de gremios no reconocidos. Solo nos falta un Manuel González Prada. Porque candidatos a Leguía, veo varios. ¿Bicentenario? Por favor. Si vamos para atrás. Pequeñas minorías paralizan el enorme Perú.

Publicado en El Montonero., 7 de diciembre de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/como-va-el-mundo-y-nosotros

La dificultad de lo evidente

Written By: Hugo Neira - Nov• 30•20

Seamos realistas,

Pidamos lo imposible.

—Mayo del 68

Si la historia como disciplina existe es porque tiene la ayuda del dios Cronos. Es decir, el tiempo. No porque seamos mortales sino porque la duración de los hechos —un plazo, un mínimo ciclo— nos dirá si alguna acción del pasado fue exitosa o un error. Y eso se debe a la ventaja de lo a posteriori. Pero el a priori no se basa en argumentos. Ambos conceptos van de Euclides hasta Immanuel Kant, pero ninguno de ellos fueron periodistas. Vivieron en eras más felices en las que no era preciso saber de inmediato lo que ocurre. Y sin embargo, algunos de nosotros intentamos la veracidad y la realidad. Pero podríamos ser un poco más modestos. En lo que se llama historia —académicamente, las hay muchas y muy diversas— la historia contemporánea es la más frágil, y la menos frecuentada.

I

Pensé entonces cómo se las arreglaba Luis A. Sánchez, que aparte de sus libros sobre la literatura, practicaba también la opinión inmediata, o sea, el periodismo. Lo llamaba bitácora. Voy al diccionario y veo que es un cuaderno de notas propio a los marinos. Y acaso no es cierto que los buques de todo tipo no pueden del todo predecir cuándo tengan la mala suerte de una tempestad. Pese a las posibilidades de las ciencias actuales, la naturaleza es siempre imprevisible. Seguro que la pasó a L. A. Sánchez, por aprista, su vida estuvo llena de exilios y retornos, de idas y venidas. Y el sopapo de un inesperado ostracismo. Pero nunca perdió la esperanza y el humor. Cuando un periodista le pregunta qué hubiera hecho si no hubiese sido aprista, su respuesta fue, obviamente, «que eso era imposible», pero como el periodista insiste, se queda silencioso un rato, y le responde: «me hubiera aburrido mucho». Mis respetos, maestro.

Hay otra posibilidad, la del cronista. Sí, pues, la que aprendí a conocer en San Marcos y luego trabajando al lado del doctor Porras. (Así lo tratamos, nunca nos tomamos como «discípulos», y él respetaba nuestras ideas, las de Mario, Pablo Macera y Carlos Araníbar, o sea, un ejemplo de verdadero liberal.) ¿Por qué los cronistas del XVI son fuentes históricas? Porque el cronista no se consideraba un ideólogo o un intelectual, eso no existía durante la Conquista. Eran testigos de vista, y en su mayoría, admiraban esa sociedad incaica que acababa de dominar, y a la vez, tenían curiosidad. Como todo ser humano tenían sus pareceres, a veces, contradictorios. Por eso el maestro Porras los separa, como se sabe, en «la crónica soldadesca» que era acaso la mejor, «por su sobriedad y rudeza». Porras los distingue a esos primeros periodistas en dos corrientes, «la crónica toledana», que dice mucho de cierto sobre la historia de los incas, sus costumbres, sus instituciones jurídicas, pero también sobre «la tiranía de los incas y las penalidades crueles de los pueblos vencidos». Lo contrario viene después, «Garcilaso de la Vega». Era una civilización. Merecía otro trato. «La crónica toledana» —lo explica Porras— tenía un rasgo político, se trataba de demostrar que el mundo incaico era bárbaro y en consecuencia, se legitimaba la Conquista. En particular en la crónica de Sarmiento.

Algo tendríamos de cronistas. Tomarían estas notas como hechos históricos, que luego alguien, en el posible futuro, retome como recopilación y lo aletorio que puede ser ante los hechos que vimos. Solo unas generaciones más adelante podrán repasar estas crónicas y las de muchos otros que escriben en los diarios, y ver si nos equivocamos o  si fue tal y cual cosa un acierto. Solo me queda un arma moral e intelectual, mi voluntad de sinceridad. 

II

En el panorama de la actual vida política veo dos sujetos. Por una parte, personajes individuales, expresidentes, presidenciables y posibles candidatos. Pero por otra parte, un sujeto social novedísimo. La marcha por las calles y ciudades de los jóvenes. Los que se llaman «la generación del Bicentenario». Dicho esto, me parece que este último tema es el más urgente de entender, es para reflexionar.

Si no me equivoco, el 16/11/2020, en mi columna «En Lima y el desmadre» mencioné la indignación de una generación entera. Me propuse entonces, repensar el Perú. Pero en los días siguientes, una idea me perseguía. Tenía la sensación de que de ese tipo de movimientos sociales ya me había ocupado anteriormente, justamente no en un libro universitario sino en algún periódico. Y en efecto, encontré una de mis crónicas con el título de «Los indignados, Madrid» (La República, 14/07/2011). https://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-11-10-09/internacional#Los%20indignados%20Madrid

Conviene, sumariamente, conocer ese estallido social en un país tan distinto y ya europeo, la España actual. No busco parecidos, sino que se sepa. «Los manifestantes en Madrid, se reunieron en la plaza del Sol, y se llaman a sí mismos ‘los indignados’. Han sido millares, en la primavera española.» Luego me ocupo de su estatus social. «Son, en primer lugar, diversa gente. Parados e inmigrantes, pero sobre todo jóvenes, y no los peores sino los graduados que luego de prolongados estudios y carreras de punta, con años de entrega para adquirir el capital símbolico del saber y la técnica, resulta que no hay quien los emplee. Los parados en España son cinco millones y la mitad de los jóvenes en edad de emplearse. ¿Qué es lo que dicen? Que la recesión económica resulta intolerable». Lo que da lugar a un debate múltiple.

Pero el caso español me lleva a los casos de protestas, siempre de jóvenes, en lo que se ha llamado «la primavera árabe» (2010-2012). Arrancó con manifestaciones gigantes cuando, en una ciudad —Sidi Bouzid— a un vendedor ambulante, Mohamed, la policía le quita sus mercancías y sus ahorros y por eso, se suicida. Un abuso y un sacrificio, y se levantaron miles de tunecinos. No de inmediato, el presidente Ben Ali dimite. La ola de protestas pasa a otros países árabes, en Egipto, en Libia, donde Gadafi lanza sus aviones contra los manifestantes, tiene que huir, lo encuentran y lo ejecutan. En Siria se produjo una guerra civil. La prensa internacional se exalta, la llaman la «revolución democrática árabe» (Wikipedia). Pero luego todo se apaga. Y en cambio  «las potencias ocidentales se aprovecharon de la inestabilidad política de los países árabes», y lo que aparece es el Estado Islámico. Lo de la democracia y comportamientos liberales pone en duda que, por ese lado de la humanidad —los islamistas—, se pueda tener una democracia puesto que esta forma de poder precisa de comportamientos laicos. Y entonces ¿qué pasó con la revolución de los jazmines de Túnez, la revolución blanca de Egipto, las cintas rosas del Yemen?

III

Volvamos al Perú. 1921-1930, la Reforma Universitaria, y el Conversatorio Universitario. Es un pequeño grupo, pero es la crítica al siglo XIX entero y la oposición a Leguía. Todos —Basadre, Porras— no llegaban a los 30 años. ¿Y qué herencia tiene esa reforma y esa actitud rebelde? Tres herencias. El aprismo, que se llama el APRA, una idea política continental. Popular, revolucionaria y americana, lo que les permite a las dictaduras de Benavides y Manuel Prado, ponerlos fuera de la ley. Era una ley contra los comunistas, entonces de la III Internacional. Los otros dos herederos de la protesta de los años veinte, son los socialistas de Mariátegui, por una parte. Y por otra parte, aunque no parezca cierto, un partido llamado Unión Revolucionaria, con pueblo, camisas negras y brazo en alto, a la manera fascista de los italianos de Mussolini. El partido que lleva a Sánchez Cerro al poder legítimo. Entonces, las manifestaciones sociales pueden ser un preámbulo. Pero con diferentes tendencias. En común tienen los tres movimientos algo muy fuerte y novedoso: «mover al pueblo».

Ahora bien, hoy en día, sea lo que sea, nos encontramos con grandes dificultades. Dos  posibilidades, ambas insoportables. La primera, ¿cómo lograr reformas estructurales y profundas sin perder para la ciudadanía los derechos sociales? La transformación por lo general solo se ha podido ejercer con gobiernos despóticos en la América Latina (Fidel Castro, Hugo Chávez, etc). Vaya dilema.  

En la vida peruana tan polarizada, busco las causas de nuestra ingobernabilidad. Además de nuestros problemas, resulta que hay una polarización mundial. Por un lado, gobiernos con elites liberales apoyadas en una economía mundializada que no le interesa sino la ganancia y nada lo social, para lo cual achican los Estados. De ahí que para los jóvenes, es casi imposible buenos estudios si papá no es rico. (Eso ha sido en Chile el motivo del estadillo, que yo he visto.) Y por el otro lado, la ilusión de un socialismo, pese al desplome del Estado soviético hace 30 años (¡!) El –ismo ha muerto, no la necesidad de lo social. ¿Acaso algunas modalidades híbridas? ¿Economía de mercado y Estado fiscal y social, como dice Picketty? Entre tanto, mientras sobreviven las naciones europeas que reúnen empresas, fisco y políticas públicas, esperamos que en América Latina se entienda que la Empresa y el Estado moderno —el que todavía no tenemos— no tienen ni la misma lógica, ni las mismas metas. Y en las universidades se comprenda que la economía por su sola cuenta, no hace progresar las sociedades. Las actuales son tan complejas que una sola disciplina no alcanza para comprender nuestro tiempo. En fin, espero que aparezcan entre los jóvenes, aquellos que inventarán otro mundo. En ese caso, ¡coraje!

Publicado en El Montonero., 30 de noviembre de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/la-dificultad-de-lo-evidente

Hemos visto de cerca el abismo

Written By: Hugo Neira - Nov• 23•20

«Dios no habría alcanzado nunca el gran público sin ayuda del Diablo»

– Jean Cocteau

El lunes pasado 15 de noviembre, usé la palabra caos y desmadre. Y me ocupé en señalar el poco talante de los políticos de estos últimos años, PPK, Keiko, Martín Vizcarra y Manuel Merino. Pero pensándolo bien, fue el mismo presidente Vizcarra el que produjo la mayor crisis política del Perú, solo comparable a cuando en el 30 de abril de 1933, un militante aprista mata al presidente Sánchez Cerro en el Campo de Marte donde una masa enorme de jóvenes le esperaban. Con camisas negras. Se evitó una guerra con Colombia pero eso produjo la dictadura del general Benavides de 1933 a 1939, y luego, el civil dictador Manuel Prado, de 1939 a 1945. El país como que se acostumbró a los gobiernos autoritarios. La presidencia de Bustamente y Rivero duro apenas tres años. La dictadura del general Odría cubre de 1950 a 1956. Después hubo periodos de democracia y periodos de autoritarismo, y así se nos fue un siglo. 

Hace una semana, expliqué qué figuras de la clase política —a saber, PPK, Keiko, Martín Vizcarra y Manuel Merino— «eran cuatro personajes que rompen la línea de progreso de la vida democrática peruana». Sin duda, la crisis política se inicia en el enfrentamiento del poder Ejecutivo en manos de PPK, y en un parlamento excepcional, Keiko Fujimori con 8,549,305 votos y una mayoría de 73 escaños. Pero en vez de ocuparse de su clientela electoral, intenta gobernar desde el Congreso. La bipolaridad Ejecutivo / Congreso la hereda Martín Vizcarra y el 30 de setiembre del 2019, disuelve el Parlamento. Gran parte de la opinión aplaude entusiastamente, y cuatro meses después, se llama a unas elecciones legislativas complementarias, el 26 de enero del 2020. Sin embargo, comete el presidente Vizcarra, un gran error. No se ocupa en tener una bancada. Y por otra parte, no es sensible a la actitud de la población desencantada. En el Latinobarómetro el Perú aparece entre los países más desconfiados ante los gobiernos que no se ocupan del pueblo. Y sin embargo, en esos comicios se presentan más de 2000 candidatos, y 21 partidos políticos, para competir por 130 escaños. Además, en los sondeos previos a esas elecciones, un 54% no sabía por quién votar. El resultado fue un Congreso fragmentado. A saber, Alianza Para el Progreso, 8,8%. Partido Morado, 8,1%.  Podemos Perú, 7,4%. Fuerza Popular 7,1%. Somos Perú, 7%.

¿Presidencia sin partido? ¿Congresistas con poco tiempo para expandir sus posibles servicios a una supuesta popularidad? ¿Y por delante, unas elecciones generales en el 2021? Hasta aquí llega la descripción de la vida peruana hasta hace una semana. La pandemia continuaba, el temor al contagio, la pérdida de empleos, y el dolor y la indignación por los escándalos provocados por el malhadado Odebrecht, que había desacreditado la clase política. Es cierto que habían aparecido nuevos partidos, como el FREPAP, el cuarto grupo en el actual Congreso. Pero hubo también como doce partidos que fueron importantes en el siglo XX, y perdieron votos y simpatizantes. La solución de ese triángulo pandemia-economía-instituciones, no era visible. El panorama era lugubre. Y de pronto, la marcha de los jóvenes en las calles de Lima y en las ciudades del Perú. Con lemas fuertes y a la vez, sencillos: «Manuel Merino no es mi presidente». Cuando eso lo dice una muchedumbre y en particular los jóvenes, quiere decir que la democracia no admite la prepotencia. Y entonces algo inesperado. La calle obliga a la vacancia del político que había pasado del poder del Congreso al poder de Palacio.

Y de pronto, otra sorpresa. De la noche a la mañana «un presidente intelectual». Le digo eso a una amiga por teléfono, y me responde, «es un milagro». Ocurre que solo un partido, el Morado, había votado en contra de la vacancia de Vizcarra. Y en consecuencia, según las reglas, tenía que ser un congresista de esa bancada el que sería primero Presidente del Congreso. Y luego, Presidente del Perú, hasta el año 2021. Francisco Sagasti.  Seamos sinceros, hasta ese momento, peruanos y peruanas vivíamos en la mayor incertidumbre. Hay algo peor en política que un mal gobierno, el vacío de poder. Por eso el intitulado de esta nota, «hemos pasado cerca del abismo».

Pensando en lo que nos está ocurriendo, recordé el libro último de Jorge Basadre, acaso una de sus obras mayores pero probablemente poco conocido. Se titula El azar en la historia y sus límites. Y Basadre dice: «mucho más lejos de la probabilidad, hállase, en apariencia, el azar». Y con más claridad un fenómeno, una coincidencia entre un sistema y un accidente. ¿Qué combate, el gran Basadre, con ese libro en realidad póstumo, en 1973 ? Lucha contra el pensamiento determinista, aquel que no toma en cuenta las bifurcaciones de la historia y las sociedades. Por lo general lo son los economistas, tanto marxistas como liberales. Como si no existiesen las crisis en la economía de mercado y metamorfosis en las generaciones, como es el caso de los jóvenes que hoy se autocalifican «la generación del Bicentenario». Ocurren, pues, estallidos populares —en Chile, en Perú— y políticos que tienen buena estrella. Y como se dice, «en política, nadie sabe para quién trabaja».

Me hace reír el diario El Comercio, puesto que la edición del miércoles 18/11/2020 considera a Francisco Sagasti, «un promotor de la ciencia y la tecnología», y su bibliografía, al menos 4 de los 25 libros suyos. Por lo visto, como en los diarios limeños ya no se produce esa cosa rara que era una reseña, y porque los «comunicadores» no hacen esas cosas que ‘ya fueron’, para ser leído hay dos posibilidades en el Perú. La primera, es morirse. O ser Presidente. Que la ciencia y la tecnología fueran una preocupación por el desarrollo y la democracia, en Sagasti, resulta una novedad. Me permitiré la insolencia de recordar que hace más de veinte años circula Los 50 libros que todo peruano culto debe leer, obra de Francisco Sagasti, Max Hernández y Cristobal Aljovín. Lo editaron la PCUP y la revista Caretas. La Agenda Perú de Sagasti y Max Hernández. Otro caso que me divierte es una edición de Gestión. Se llama «¿Quién es quién?» Es una serie de personas, sin duda alguna importantes. Creí que podía ser los nuevos ministros. No era eso, los protagonistas son gente del sector family office. Gente que también se ocupa de la «emergente inteligencia artificial », así lo dicen. Interesante y muy casual, como quien dice «nosotros también». Mis felicitaciones si eso es así.

Al presidente Sagasti ya se le está escuchando y conociendo. En su primer discurso pide perdón en nombre del Estado, a la familias de Inti y Bryan, los héroes de las marchas. Y critica a «la clase política que no ha estado a la altura de los grandes desafíos». Luego, su primer gesto, después de los rituales republicanos, fue ir con un grupo pequeño de personas, a los hospitales donde yacen los heridos en los encontronazos policiales. Son los modales propios a un renombrado y notorio. Suele sin embargo, sonreír, aunque también arruga el entrecejo, si es necesario. Es alguien que no lleva rencor ni inquina, ni buscará la satisfacción de la venganza. Pero nos hemos acostumbrado al infortunio de confundir política con borrasca. El retorno a la pluralidad de opiniones, después de veinte años de odios y antis, va a ser difícil, sin duda alguna. Basadre decía que el Perú es el país de las «ocasiones perdidas». Como presidente ha dicho ya con sinceridad, algunas prudencias. Garantizar el equilibrio fiscal. Y la necesidad de endeudarse, dada la caída de los impuestos en un 30%. Y también ha dicho que la constitución necesita cambios, pero no es oportuno cuando vamos a unas elecciones. Eso sería una acción del próximo gobierno. Su agenda, pues, es corta pero hay que ocuparse de inmediato, ante la pandemia y la economía que comienza apenas a arrancar.

En fin, a grandes portadas, los diarios han resaltado la idea principal, «devolver la esperanza al Perú». Digo todo esto sin interés alguno. Sagasti, como Max Hernández, son gente de mi generación. Muchos de ellos se han ido al otro barrio, y los echo de menos. Carlos Franco, Fernando Fuenzalida, Javier Tantaleán. Son numerosos. La generación de los 70. Y como muchos de ellos, podemos aplaudir a un amigo sin por eso pedirle algo. Está claro, ¿no? Estas cosas, por desgracia, hay que decirlo. Pasará un buen tiempo para que el peruano no dude del peruano. La corrupción y la demagogia han vuelto a los ciudadanos de mi país un tanto maliciosos. Bueno, tienen razón. ¡Cuánto de decepción y amargura en los que creyeron en los improvisados hombres de Estado de estas décadas! La calle, con otra generación, y un presidente que estudió toda su vida para servir al pueblo, puede ser un giro histórico acaso inesperado, pero al fin cambio, vuelco, viraje. Lo necesitamos. Como dicen algunos jóvenes, «este Perú no nos gusta». Quizá haya otro, y no nos damos cuenta.

Publicado en El Montonero., 23 de noviembre de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/hemos-visto-de-cerca-el-abismo

Lima y el desmadre

Written By: Hugo Neira - Nov• 17•20

Me llegan varios tuits. «Noche triste es la de hoy. El primer asesinado por este gobierno usurpador es un chico de 25 años». Otro dice: «la izquierda y Antauro querían la vacancia para hacer un follón. Es lo que queríamos evitar, por eso que continuara Vizcarra». Otro, «es bueno que la juventud, por lo general desempleada, se exprese». Eso fue la noche del sábado para el domingo. Hoy, por la mañana, tres muertos. Y en esta hora fúnebre escribo esta nota periodística. Una acción muy significativa, la renuncia de los ministros. Lástima, era un gabinete de técnicos, gente que por lo general tenía una experiencia en gestión en gobiernos anteriores, desde el Estado. Justo lo que el país necesita ante el coronavirus y la economía, pero un sujeto social ha intervenido. La calle. Y eso cambia todo. La indignación de una generación entera a la que el destino le está dando la espalda —la pandemia maldita, la ausencia de empleos, imposibilidad de seguir estudios—, y en medio de ese desmadre, ¿una clase política que solo piensa en sus negocios particulares? 

Son las 8 de la mañana de este domingo 15 de noviembre del 2020, sí pues, soy de esos que se levantan temprano, pero en este caso, con fiebre por saber qué pasaba. Un post que viene de un amigo en España. La cosa está dura en España y en una de sus cartas, mi amigo de toda la vida, Ramón Tamames, un sabio sin la jaula de hierro de las ideologías, me cuenta que quienes gobiernan son tan mezclados y contradictorios que le llaman «la coalición Frankenstein» y por eso mismo ineficientes. Pero la gobernanza difusa de los españoles no puede competir con nuestra narrativa política. El desplome de los partidos políticos que tenían militantes y no solo electores, y los escándalos de ilícitos con Odebrecht que tocan a expresidentes en estos últimos años. La distancia cada vez más grande entre ciudadanía y clase política, entre gobernantes y gobernados.

La última vez que la transferencia del poder legal ha ocurrido fue cuando el presidente Ollanta Humala, en el 2016, entrega la banda presidencial a Pedro Pablo Kuczynski. Han pasado cuatro años pero parecen como 50¡! Desde entonces, traspié y traspié. ¡Qué de Presidentes vacados y congresistas cada vez más lejos de la realidad peruana! Y la pregunta que tenemos que hacernos es cómo hemos llegado a esos niveles de inestabilidad, errores, yerros, desaciertos. Y así, la pregunta necesaria es ¿cómo hemos llegado al filo de tal abismo? ¿A este desmadre?

Hay una manera de repensar el Perú de estos años. La tomo de un historiador, amigo mío, gran investigador, que ha usado el sistema para comprender los fenómenos históricos y sociales abordando hacia atrás los pasos dados. Lo que importa es saber cuándo se rompe la línea de fractura peruana entre democracia y pueblo.

Comenzaré, pues, con Manuel Merino. Las marchas que ha habido en Lima principalmente pero también por las ciudades, y miles, saben que intentó dos veces la vacancia de Martín Vizcarra. No tenemos en este momento alguna información técnica sobre las razones por las cuales la enorme marcha quiere que no ocupe ese rango. Acaso sean muchos los que no lo admiten por esos 5021 votos que lo hicieron congresista. Lo ven como un oportunista. Alguien que ha llegado a ponerse la banda presidencial «por la puerta de atrás».  Hay una segunda multitud, aquellos que saben o están convencidos de que Martín Vizcarra «ha robado», los he escuchado cuando los periodistas los entrevistaban en la calle. «No estamos con Vizcarra, que pague sus delitos, pero no ahora, con la pandemia y la economía detenida». Bueno, me parece muy claro, muy lógico, muy sensato.

Y usted señor, Merino, ¿no pensó cómo piensa el pueblo? Piensan con sentido común, primero combatir la pandemia y luego volver a la normalidad, porque la gente se ha quedado, por millones, sin chamba. ¿Qué prisa había? Pero me pregunto, ¿era que vacara Manuel Merino o hubiese ocurrido lo mismo si era otro congresista? Entonces, me permito pensar que, formando parte de un partido como Acción Popular que es más bien de derecha —sin grandes proyecciones—, igual no les convenía (¿?) Hay una última hipótesis, no quisieron un presidente más bien sin nada especial. Para escribir esta nota, me he averiguado en Internet su vida. Y para mi asombro, me encuentro que ha estado, desde 1979, en el partido Acción Popular, militante activo, congresista del 2001-2006 por Tumbes, y de nuevo del 2011 al 2016.

Pero la información que rueda mundialmente en Internet, lo describe productor y comerciante agrícola, presidente de asociaciones de comerciantes de plátanos… Y si había ganado el cargo de Presidente del Congreso con 93 votos, entonces, señor Merino, ¿cómo no se le ocurrió tener un técnico en comunicaciones y que lo diera a conocer al mundo entero? Francamente, se pasa usted de modesto. La presidencia es un lugar no solo alto sino altísimo. Le falló la «inteligencia emocional». Mientras escribo este texto, me dicen que usted ha renunciado. Pensándolo bien, aun si lo conocieran bien, era usted la encarnación de lo que no quieren, justamente políticos de carrera. Ellos quieren gobernar. Y cuando aparece una tendencia de ese tipo —los jóvenes del Centenario anti-Leguía, los apristas del 31, los jóvenes de Mayo del 68—, eso es algo más que una marcha. No es el «¡Qué se vayan todos!» sino «¡Ya llegamos!».

Martín Vizcarra, presidente tras la dimisión de Pedro Pablo Kuczynski, asume el cargo el 23 de marzo del 2018. Pero el Congreso, por segunda vez, intenta su vacancia el 9 de noviembre del 2020 (por «incapacidad moral permanente»). Es cierto que tuvo al frente el obstruccionismo del fujimorismo y de su lideresa Keiko, que no aceptaba su derrota en las elecciones generales. Cierto que durante su gobierno le dio cuerda al Ministerio Público sobre el caso Lava Jato. Pero como sabiendo que usted mismo había hecho uno y otro negociado ilegal, y contando con un increíble apoyo por el cierre de ese Congreso (un 84%, según el Instituto de Estudios Peruanos), ¿cómo es posible que no tenga ni un partido propio o al menos una bancada, y gobierne en solitario? ¿Quién fue el insensato que le aconsejó esa suerte de presidente Batman?

Pedro Pablo Kuczynski. Nos conocemos de cuando yo era director de la BNP. Es usted un hombre culto, una deslumbrante carrera profesional en bancos en Nueva York, etc, y lobbista. Pero ¿cómo se le ocurre ser candidato presidencial? ¿Y llegar a Palacio? Ya en el 2016, en diciembre, la Fiscalía del Perú ordena investigarlo. Al parecer, en el 2006, como Primer ministro de Toledo, habría favorecido a la firma Odebrecht. Además, Moisés Mamani reúne una serie de vídeos. Luego la renuncia. Pero, una pregunta: ¿cómo pudo escuchar a aquellos que le convencieron de hacer la guerra política a los fujimoristas congresistas? ¿No pensó nunca que eran también, como usted, de derechas? Solo que gente de emergencia y de clase media. Absurdo, usted y Keiko.

Lo de Keiko es sencillo. PPK, en la segunda vuelta de las elecciones del 2016, obtuvo 8,596,939 votos. Keiko: 8,555,880 sufragios. Una diferencia de 41 mil votos. Ahora bien, la ayudita a PPK del presidente Ollanta Humala fue la orden de inamovilidad de las Fuerzas Armadas y en especial, de la policía, en donde había votos inclinados al fujimorismo. Sí, pues, le robaron las elecciones. Pero lo que siguió fue una venganza torpe. Querer —según Keiko— gobernar desde el Parlamento. Pésimos asesores. Y ambos se hundieron políticamente.

Conclusión. Ni PPK, ni Keiko, ni Martín Vizcarra, ni Manuel Merino tienen el talante de un político. Maquiavelo —lo explico a mis alumnos— le dice al Príncipe que tiene que ser a la vez león y zorro. Lo primero por el coraje. Lo segundo por astuto. Y en todo caso, de no ser un estratega, al menos pensar qué piensa el rival. Y qué hace. Esos cuatro personajes rompen la línea de progreso de la vida democrática peruana. Necesitamos por cierto de gente honesta, pero también capaz de darse cuenta de quién no lo es. Ser bueno es una cosa. Otra ser un cándido, por no decir otra cosa más criolla.

Espero que salgamos de este desmadre. Cierto, es una palabra coloquial de los españoles. No vivimos una revolución sino algo caótico. Según la Academia, quiere decir «exceso desmesurado, en palabras y acciones». Desmadre cuando hay juerga desenfrenada. Y todo lo que sea desordenado o irregular. Ejemplo: «eran las cinco de la mañana y aún seguía el desmadre». Lo que nos pasa es eso, algo como el río que se sale de su cauce. El desborde es lo que dijo Matos Mar años atrás. Desmadrarse es pegar tiros a gente que tiene el derecho a la protesta. Pero tengo mis dudas. En Chile he visto cómo, en las marchas pacíficas, se infiltraba gente que iba a «encender la pradera».  Unos y otros hacen el desmadre. Pero del desorden nace el orden (imprevisible).

Publicado en El Montonero., 16 de noviembre de 2020

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