Vargas Llosa. Siempre el fervor

Written By: Hugo Neira - Dic• 18•23

Han pasado 15 años del discurso de inauguración del «Teatro Mario Vargas Llosa» de la Biblioteca Nacional del Perú, dos años antes de que recibiera el premio Nobel de Literatura. En ese tiempo yo era el director de la BNP y Vargas Llosa saludó la iniciativa como una «cuasi justicia» pues su primera creación había sido, en efecto, una obra de teatro, escrita en su último año de colegio, La huida del inca, y que se estrenó en Piura. Amable lector, le dejó mi discurso de entonces.

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Buenas noches. Bienvenidos todos a esta que es su casa, la casa de los libros y la cultura, la Biblioteca Nacional del Perú. Les agradezco a cada uno de ustedes por su presencia, por acompañarnos esta noche. Y me permitiré, como anfitrión, felicitar a la Fundación del Banco BBVA Continental y el personal de la Biblioteca Nacional por la organización de esta velada, organización ejemplar.

La razón por la que estamos aquí reunidos es evidente. Cuando el talento que lo congrega es notorio, no hay mucho que agregar. Estamos aquí para rendir públicamente homenaje, sincero, claro, nítido, cordial —lo cordial viene de corazón, el cordis de los latinos— al escritor Mario Vargas Llosa aquí presente.

¿Por qué esta vez en la Biblioteca Nacional y por qué el Banco Continental, la Fundación del Banco Continental? La razón es sencilla. Este auditorio alberga, cada fin de semana, un ciclo de teatro, de jueves a domingo, que es el resultado de una alianza estratégica (así se llama ahora) entre la Biblioteca, el Banco y el grupo de teatro Plan 9, con mucho éxito, dicho sea de paso. Este teatro que lleva el nombre de Mario Vargas Llosa, es el resultado de una iniciativa a la cual Mario nos respondió favorablemente. Acaso pueda contar, sin ser infidente, que recibí una carta personal donde decía que sí y que explicaba por qué estaba de acuerdo. Mario, como se sabe, tiene en Lima un excelente grupo de colaboradoras — llamarlas secretarias es poco—, pero esta vez hizo una excepción. Sabemos que escribe pocas cartas personales y nos llegó una de puño y letra, si así podemos llamar a las que llegan por mail, por internet, en la que me contaba que esos precisos días se hallaba en Nueva York trabajando en la Public, la gran biblioteca pública de Nueva York. Y la carta afirmaba lo que se dijo hace un momento también, que el teatro es una de sus primeras pasiones tanto como sus textos de narración.

Quiero ser breve, debo ser breve. Estamos aquí para rendir a Mario Vargas Llosa un homenaje. Al escritor, por su obra narrativa sobre la cual no me voy a extender. Ya lo hice, tuve el honor de hacerlo en una ocasión académica en la Universidad Francesa del Pacífico, en Tahití, cuando recibimos a los Vargas Llosa, incluyendo su familia, en un Honoris Causa, uno de los tantos que recibe en todas partes. Me tocó a mí explicarlo. Pero ahora, más bien por ser el autor de obras de teatro y, últimamente, actor. Le deseamos lo mejor en esa nueva actividad que es la encarnación de sus personajes en las mismas tablas.

Pero si solo fuera eso… Mario es también autor de ensayos y de obras críticas. Ha escrito sobre Gabriel García Márquez, sobre Flaubert, y acaso una de sus últimas novelas que a mí me gustó muchísimo, Travesuras de la niña mala, me atrevo a conjeturar que es una suerte de arreglo de cuentas con Flaubert. Me quiero explicar. Si el paradigma de la mujer dramática en Flaubert es Madame Bovary, Mario nos propone otro, el paradigma de la aventurera, una peruanita astuta de nuestros días que hace fortuna, y que no le va tan mal. Como la provinciana señora Bovary que se llena de deudas y llena de deudas al pobre marido, y al final se suicida, la peruanita, la niña mala, es una triunfadora a su manera. Ha corregido el paradigma universal de un cierto tipo de mujer de América.

Un homenaje que tiene además otra razón. Mario es un viajero. Recorre el mundo. Le seguimos en sus crónicas, eso que se llama o lo que llamaban los escritores, los grandes que le preceden y que él conoce como Hemingway, Malraux, Sartre, un testigo de su tiempo. Quiero establecer nítidamente este aspecto del homenaje, que es un capítulo particular. Mario donde va lo hace para clamar por valores claros, entre ellos, por encima de otros, el valor de la libertad y de las libertades. Y lo hace con un estilo sincero, directo, personal, a menudo apasionado, y en especial sin eufemismos. Alonso Cueto señala en uno de sus textos de ensayo muy recientes que «en Lima nos hemos vuelto muy alambicados», observación que por mi parte comparto. Y que decimos, por ejemplo, cuando una cosa no se puede hacer o está mal, «esto es un poco complicado». Cuando lo mejor sería decir de frente, negocios y otras cosas, lo siento, esto no se puede hacer, con lo cual ganaríamos tiempo.

Estoy señalando la versatilidad de Mario Vargas Llosa. Y para la versatilidad no hay más que dos respuestas. Una de ellas es la pista Luis Alberto Sánchez. Cuando a Luis Alberto Sánchez le preguntaron lo mismo, cómo podía hacer tantas cosas y todas tan bien hechas — era en ese momento vicepresidente de la Nación, figura histórica del aprismo, senador, abogado, en su oficina de Moquegua, ciego ya a los 80 años avanzados, dictaba un artículo por día y tenía un programa de televisión—, Sánchez, viejo limeño, dijo esto de una manera clara e irónica: «el que puede puede».

Yo quiero proponer otra pista. Un escritor y novelista, Abelardo Sánchez León — el querido y popular «Balo»—, en una de sus columnas por cierto muy bien escritas, dice que no conoce en el panorama literario latinoamericano alguien que escriba novelas, ensayos, teatro y crónicas de viaje, todo a la vez. ¿Cómo lo hace? dice «Balo». Yo diría que, además, en el panorama mundial, es bastante raro que esto ocurra. Dice «Balo»: «porque cuando Mario hace ensayo hace ensayo; cuando hace novela hace novela; y en cada caso se concentra.» Y entonces, fundado en esta atinada observación, me permití reflexionar. Para intentar hallar el secreto de esa versatilidad y claro, recurrir a los clásicos. El primero fue Nietzsche. Y Nietzsche se pregunta, para estos tiempos de incertidumbre, cuáles pueden ser los nuevos valores que puedan aparecer para los atribulados seres humanos que somos todos en este instante. Y él encontró, Nietzsche, el valor de la intensidad que Mario Vargas practica. Y entonces recordé un gran texto, Mario, uno de esos textos de mi juventud, de las lecturas de la casa de Colina, 398, con el maestro Porras, de un gran escritor francés, con lo cual quiero concluir. Aquel escritor se refiere a un pasaje de la Biblia. Y le dedica su libro. Natanael, el admirable discípulo de Jesús que, sin embargo, Jesús no prefiere. Prefiere a Pedro.

¿Quién era Natanael? Era el joven que se casa en la boda de Caná y a la cual acude Jesús. Es un puro como los otros. Es un leal a Jesús. Sin embargo, le falta algo. ¿Qué es eso que le falta? Y entonces el gran escritor francés les habla en la figura de Natanael, a los jóvenes y a los creadores de todo el mundo. Le dice: «Natanael, yo te enseñaré el fervor, no la amistad ni el entusiasmo, el fervor». Hago votos, hacemos todos votos para que el fuego que incendia tu estilo no te abandone nunca.  Que esté contigo siempre el fervor. Siempre el fervor.  Gracias.  (HN, San Borja, Lima, 05 de agosto del 2008)

Publicado en El Montonero., 18 de diciembre de 2023

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Ponencia «Cruzando el umbral del milenio»

Written By: Hugo Neira - Dic• 11•23

Hace 25 años, en el mes de abril de 1998, tuve el honor de ser invitado a la Conferencia Internacional «En el umbral del milenio» organizada por SIDEA y PromPerú, en el hotel Los Delfines de Lima. Vivía en la Polinesia Francesa donde era profesor, y como tantas veces en esa década, cruzaba el Pacífico para reunirme con amigos y comprar libros que no circulan fuera. Mi mayor participación se dio al final, para cerrar ese gran evento. Un simposio que tenía, con acierto, poco de prospectiva y mucho de exploración, pues la incertidumbre post derrumbe de la URSS ya estaba bien presente. Desde entonces se ha acrecentado, en todas partes y en muchos campos. Les dejo con el texto completo de mi ponencia y la necesidad del pensamiento complejo.

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Cuando Moisés Lemlij y Max Hernández me comentaron acerca de la organización de esta conferencia, no imaginé su magnitud. Esta ha sido una conferencia formidable y varias conferencias en una. Tampoco pude prever la enormidad de la tarea que me confiaron, la de hacer la síntesis final. Esa tarea es imposible e incluso, diría, inoportuna. Para realizarla, tendría que estar vigente en nuestros días, una teoría global del hombre, una filosofía total. Vivimos en un tiempo que el filósofo Lyotard ha llamado «del fin de los metarrelatos», de pérdida de las certezas. Es mejor que sea así. Que no haya una teoría ni ideología dominante y que la incertidumbre nos abra la libertad de pensar. Pero como quiera que me he acostumbrado a cumplir la tarea que me piden o al menos a intentarlo, he tomado algunas notas a lo largo de estos días y recopilado el conjunto de ponencias presentadas durante los cinco días previos de conferencia. ¡Son un magnífico conjunto de trabajos! Ahora bien, confieso que he leído apenas la mitad de ellos y que el otro 50% lo he recorrido — como decía el maestro Luis Alberto Sánchez—, «en diagonal». Ante la dificultad de la tarea encomendada, en el pasillo —porque para eso sirven los pasillos en los eventos—, alguien me dio un consejo: «chuponea». Y eso es lo que he hecho. El resultado son las presentes notas. Espero que la palabra «chuponeo» sea correctamente traducida.

            El psicoanálisis ha federado esta conferencia, pero no ha sido una conferencia de psicoanalistas o, mejor dicho, lo es, y a la vez, es un encuentro con otras disciplinas y con quienes las cultivan. El resultado son conocimientos fronterizos, interdisciplinariedad. Y algo más que prefiero explicar más adelante.  Mis notas de lectura las he organizado en tres partes: temáticas, configuraciones o afinidades, y en torno al estilo.

Las temáticas

Comenzaré por las que se refieren al psicoanálisis. De una manera general, creo haber notado la presencia de temas usuales como sadomasoquismo o género masculino y femenino (en hombres y mujeres, como escuché y aprendí a decir). Aparte de estas temáticas clásicas, he notado la predominancia del tema de la violencia. En efecto, violencia, sociedad y salud mental en algunas de las ponencias; en las otras, violencia en lo público y lo privado; los efectos de la misma en la familia y en la sociedad. Violencia de género y discriminación de minorías. Sobre la conducta violenta. Y hemos asistido a una sesión tremenda sobre el cautiverio, de víctimas de terrorismo, y del terrorismo del Estado. Se ha examinado las relaciones entre violencia y civilización, por un lado, y por el otro, hasta las expresiones locales. Por último, se ha examinado la dimensión simbólica del orden social violento, la violencia como un dolor que no desaparece, como tentación del olvido o en los juegos de los niños en tiempos de guerra. Todavía en el terreno del psicoanálisis, he notado que se repite la temática de la ética, eslabonada a otras preocupaciones. Por ejemplo, el vínculo entre ciencia, psicoanálisis y ética, y el de la violencia, ética y medios de comunicación. La ética regresa en los nexos entre psicoanálisis y responsabilidad social de la educación.

En el terreno de la cultura propiamente dicho —que es un tanto mi propia temática— creo percibir un repertorio doble. Uno, clásico, sobre el proceso de convertirse en escritor, o varias propuestas sobre educación. O el tema de la ciudad como destino. Pero se aborden las culturas y, para la etnicidad sumergida, los asháninkas de Puerto Ocopa. Y también lo que se viene llamando «cultura de empresa», sobre la cual hubo varias ponencias en torno a la responsabilidad social de las mismas. Otro concepto de cultura, la cultura democrática. Esta última ligada al futuro de la democracia. Lo que lleva a estudios sobre los puentes frágiles que existen entre ciudadanía y representación; y al tema de las amenazas al estado de derecho, secuencia en la que tuve el honor de participar. ¿Debemos colocar aquí, en la temática de ‘cultura democrática’, los muchos trabajos sobre globalización? Acaso porque corresponden al anhelo generalizado de una cultura de la paz, tanto nacional, continental como internacional. Lo que está claro —me permito decirlo— es que la cultura de la paz aparece como una condición del desarrollo mismo.

            Ahora bien, en la temática general de la cultura, sobresale el tema de las comunicaciones, así como en psicología y en el campo de análisis lo hace el de violencia y género. En efecto, se ha discutido sobre comunicación visual y verbal en la aldea global, sobre cultura, comunicación y subjetividad. En torno a los espacios mentales del hombre nuevo. Sobre los mercados mentales, sobre películas, novelas y cultura mundial. Y una secuencia giró alrededor de un signo: el funeral de la princesa Diana (la historia instantánea). También se abordaron los cómics como emergentes culturales: de la Mafalda de 1969 a los Simpson de 1997.

            Estamos en el Perú. La historia nos ha ocupado. La memoria. La herencia española y su destino en América ha merecido una lección magistral de Sir John Eliott. Ha habido un simposio en homenaje a María Rostworowski. Y la presentación del último libro de Luis Millones, El rostro de la fe. Doce ensayos de religiosidad andina. Luego, nos han ocupado los mitos, la cultura y la sociedad de los pueblos americanos, de su origen a los años 2000. Y el interculturalismo. Ha habido una mesa redonda sobre milenarismo.

            A propósito de esa incertidumbre ante el milenio, cabe señalar que hubo pocos temas futuristas. Una agenda feminista hasta el 2000, preocupación por el futuro de los países y de los niños; proyecciones sobre el acting out en el siglo XXI. No ha faltado una proyección de la sociedad peruana hasta el 2492. Se ha hablado acerca de los nuevos malestares, de los escenarios del siglo XXI en cuanto a la literatura y futuridad (mi amigo, el profesor Julio Ortega continúa inventando vocablos). En fin, sobre masculinidad en el siglo XXI. Pero casi todos los trabajos de la conferencia son trabajos del «aquí y ahora» más que del «allá y entonces». Quiero decir que hay pocas predicciones y, en cambio, muchas exploraciones. Habrá que poner en ese campo las contribuciones sobre conflictos internacionales y la posibilidad de prevenirlos.

            Soy consciente de que este es, en gran parte, un evento de analistas. Dejaré pues hablar a mi propia subjetividad. Y no solo a la razón, como hasta ahora, sino a la emoción. Me parece que ha habido mucho dolor, que se ha expresado el sufrimiento al tiempo que desfilaban los conceptos que denuncian la alienación. Se ha pasado revista, en efecto, a las tendencias homicidas latentes, a las vivencias de esterilidad. A la resiliencia en niños expuestos, y temas como el sida, los VIH positivos, la violencia doméstica, la desvitalización de la cotidianeidad, la irracionalidad. Ha habido algo así como un psicoanálisis de la opresión.

Las constelaciones

Abordo ahora el segundo punto, las constelaciones de temáticas. Me serviré, para explicarme, de una metáfora. Cuando vemos el cielo por la noche, creemos ver estrellas solitarias. Pero si seguimos observando nos parece percibir aproximaciones, como figuras: son las constelaciones. (Dicho sea de paso, es curioso que cada civilización tenga las suyas.) Una constelación aquí es el encuentro de una o varias temáticas. He creído encontrar, en mi lectura de la masa de ponencias, más de catorce. Para no fatigarnos, expondré solamente dos de ellas.

            La primera es la que establece vinculaciones entre ética y psicoanálisis, y entre ética y ciencia. Como si hubiese un deseo de ocuparse del substrato que liga saber científico y saber filosófico. La segunda idea-fuerza que une y no disgrega, es la de creatividad. Su reclamo ha sido evidente a lo largo de la conferencia, en las diferentes secuencias y ponencias: en materia de arte, literatura, cine, mass media. Pero igual se la ha reclamado en el juego, en la cultura de empresas, en lo que ya comienzan a llamarse «los mercados mentales».

            El sociólogo que soy cree haber percibido en diversos trabajos —muchos de los cuales provienen del análisis clínico y psicoanalítico— los límites de la racionalidad individualista. Me refiero a los estudios sobre los tatuajes en adolescentes, las formas de ver las comunicaciones (televisión, cine), de sublimarlas, integrarlas y finalmente, devorarlas. He reparado en una serie de estudios sobre patología social (en emigrantes, en población desplazada que experimenta inmigraciones traumáticas) que no solo son vicisitudes psíquicas sino verdaderos materiales para una sociología de la experiencia, como la llevada a cabo por Erving Goffman o François Dubet. Algunas otras cosas que he escuchado me hacen pensar en el yo múltiple de Jon Elster. Muchas ponencias se han salido de la temática de individuo y sociedad para ocuparse de las interdependencias, de lo que recomendó uno de los padres fundadores de la sociología, Norbert Elías, a fin de superar el dilema binario entre individuo y sociedad, entre macro y micro.

            ¿Qué hay poco? Sí, en efecto, ¿qué faltó? Permítaseme hacer ese fastidioso ejercicio que solemos hacer los docentes durante la defensa de tesis, y es la de señalar qué falta en una tesis, por magnífica que esta sea, por eso de que no hay obra humana en el dominio del conocimiento completamente acabada. Me parece que faltaron dos temáticas. Una, la del poder, aunque algo hay sobre autoridad legítima e ilegítima; sobre liderazgo, poder y autoridad. La otra temática que a mi modo de ver no se exploró fue la de la crisis de la razón ­­—crisis presente, cabe recordar— y tema de la filosofía de la ciencia. A mi gusto, faltó algo más sobre el debate en las ciencias contemporáneas, sobre los pensadores que relativizan el saber de la ciencia, como Paul K. Feyerabend, Lakatos, etc.

El tema del estilo

El escritor que soy no puede dejar de reparar en algunos títulos felices: «Tolerancia, la ribera del logos», «Incertidumbre al atardecer» y, para hablar de etnicidad, «La representación sumergida». Para tratar las demandas sociales, «Por la puerta y la ventana», «Mujeres peligrosas». «La idea del terror innombrable», para hablar de castración. Otros aciertos: «El jardín desencantado», para tratar de religión y conciencia (por favor, por separado). El de «La reconquista del paraíso», más allá de la utopía. Para abordar consumismo, sexo y violencia, «Por red y por hora». Y uno en género, «Fin de siglo, las mujeres piensan, los hombres lloran».

            El material que he examinado suele ser ensayos, en el sentido más noble del término. No solo como un ejercicio anterior a toda orquestación o representación definitiva, sino como un diagnóstico fulgurante de la cultura y de una época, en el sentido en que lo entiende Ortega: como la forma predilecta de la modernidad. El ensayo es literatura de ideas. Permite un riesgo personal. El ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita, dice el mismo Ortega y Gasset. La prueba explícita, supongo, es la que guardan los archivos de analistas, en el secreto profesional. Y está bien que así sea.

Para concluir, si tuviera que elegir una idea dominante, esta sería la de la integración de la incertidumbre en la racionalidad. Cuando la inteligencia parcelaria de los tecnócratas no cesa de fragmentar el mundo mientras las ciencias del dogma determinista universal se han hundido, aquí, me atrevería a decir, ha emergido un pensamiento complejo. Con él podremos enfrentar el desafío de la incertidumbre. El accidente. La sorpresa en la historia. Pensar el caos. Ordenar el desorden. Debo confesar, por último, que durante los días de la Conferencia Internacional «En el umbral del milenio», he deambulado de ponencia en ponencia, de secuencia en secuencia, de sala en sala, tomando notas y, como supongo que muchos de vosotros, he aprendido. Y entre desvelo y desvelo, a veces me habitó la impresión de hallarme en la perdida biblioteca de Alejandría. Octavio Paz ha dicho que la inteligencia es un festín de la vida. Otro mexicano —y lo digo como una suerte de homenaje— Alfonso Reyes, dijo lo siguiente: «en algún momento una aldea es Atenas». Pues bien, durante seis días, Lima ha sido Atenas.

Publicado en El Montonero., 11 de diciembre de 2023

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Lo que perdimos con Manuel Seoane

Written By: Hugo Neira - Dic• 04•23

Hace 60 años que falleció don Manuel Seoane, y para honrar su memoria les invito a leer el artículo que le dediqué en el diario Expreso del viernes 13 de setiembre de 1963. Un gran peruano aprista que tuvo que exiliarse muchas veces, y a Chile en particular. Allí fue director de la publicación Ercilla que convirtió en la primera revista del país. Y cronista del diario Noticias de Última Hora. Seoane era un presidenciable, tenía todas las cualidades. Y como lo señalé alguna vez, pudo quizás haber ganado las elecciones de 1963 porque caía bien a mucha gente fuera del partido y era un líder muy reconocido adentro. Dicho artículo fue reeditado en mi libro Pasado presente: crónicas de los 60, en el 2001, y luego por el Fondo Editorial del Congreso del Perú, en el 2003, en el libro de homenaje a Seoane preparado por Eugenio Chang-Rodríguez que lo considera «el aprista más importante después de Haya de la Torre. El más brillante y elocuente orador de su partido». Mi maestro Raúl Porras, cuando Canciller, lo nombró en 1958 embajador del Perú en Holanda. (Lo será también en Chile, en 1961). Murió poco antes de cumplir 63 años, en Washington. La OEA lo había nombrado Coordinador de la Alianza para el Progreso. Tanto en los Estados Unidos como en América Latina «era apreciado y estudiado por sus aportes al periodismo, a la política, a la diplomacia de su patria», escribió Chang-Rodríguez.

Les dejo entonces con el joven cronista de Expreso.

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Adiós a un luchador

Las primeras palabras al recibirse la noticia de la muerte ele Manuel Seoane no pueden ser otras que las que brotan de la amistad sorprendida por la muerte; palabras de dolor y sentimiento. La noticia, en su brutal concisión, nos pareció, aun a los que no fuimos ni condiscípulos ni amigos íntimos de Seoane, remota, increíble, irreal. Era un hombre tan hecho a la vida que la abstracción sangrante de la muerte nos parecía atrevida para medir su sonrisa y su gesto combativo, lleno de voluntad de hacer.

Para los que no somos apristas, para los que vinimos después de las jornadas del año 23 por la Reforma Universitaria y por la libertad de pensamiento, en suma, para los jóvenes que formamos la mayoría de la población del país, Seoane resume la grandeza y los sinsabores de una edad heroica y trágica del Perú, que no deseamos que regrese. Es Seoane el hombre del destierro y el exilio brillantes. Encarnó una manera de su generación, la posibilidad de serlo todo: periodista, diplomático, orador, político.

Seoane es el gesto, la voz persuasiva que enardece o emociona multitudes. Es la admirable capacidad de síntesis. Es la curiosidad por las cosas y las vidas. Es un estilo de vida magnífico e irrepetible. No podemos reprochárselo en nombre de los terribles especialismos del día. No le estaba otorgada la posibilidad de dirigir su intención comunicativa en una sola dirección. No le estaba dado elegir. El Perú trágico y tenso que le esperaba en la adolescencia universitaria y en la hombría luchadora sugería las formas más recomendables de su quehacer. Consideremos el mundo que enfrentaba: el país dividido y desmoralizado que dejó Leguía, la esterilidad y la incomprensión que desataron los primeros axiomas y los mitos colectivos con los que despertó a la acción la soñadora generación aprista.

He aquí, pues, que Seoane agota y encarna una manera de ser del hombre peruano. Más claramente, de las generaciones que nos han precedido. Tiene la curiosidad universal y el gusto por las ideas de los García Calderón o de Víctor A. Belaunde; la virtud de la enseñanza de Porras y Sánchez, la habilidad periodística de Mariátegui, el gesto elocuente de Haya, la voluntad de darse sin descanso que define el perfil cultural de esos hombres que han legado el Perú de hoy. Es un hombre de la generación del 23. Nace a la vida civil en la coyuntura histórica que hace surgir las izquierdas y los mitos contemporáneos en nuestra tierra. Es el hombre de las reformas en el campo de la universidad, la diplomacia, el periodismo y la vida pública. El Perú, mal o bien, el que vivimos y padecemos, del que nos sentimos orgullosos o rebeldes, es obra suya.

Quizás se rompe entre nosotros los peruanos la continuidad natural. Quizás Seoane no tenga discípulos. Quizás con él nació y murió un gran estilo. No quiere ser ésta una nota nostálgica, sino abierta, real, verídica. Quiere rendir tributo viril a un hombre que puso toda su alma en expresarse, en llegar al corazón de los peruanos para fundar una nacionalidad sin vergüenzas.  Se ha dicho que pudo serlo todo y prefirió el dolor y la marginación por amar a los humildes y elegir la trinchera más difícil. Se ha dicho que sorprendió siempre a todos con una posibilidad de ser y dar, aun en las profesiones que como la diplomacia parecían opuestas a la virtud de la rebeldía que cultivara siempre el «Cachorro». Y que, sin embargo, extraía de sí virtudes y calidades, superando el perpetuo disturbio y mudanza de su existencia de luchador social. De lirismo y pensamiento está hecho todo lo suyo. Gravita en su ánimo la experiencia del político, la rapidez y claridad del periodista, la cultura del hombre formado en varias fraguas espirituales, la avidez por la precisión y los datos con los que ciñó a la realidad del técnico o el experto. Miremos su vida, sus libros: sobre Bolivia, Estados Unidos; sobre Israel y Holanda; conferencias. Sobre América. Del Congreso a las oficinas continentalistas de la OEA. De la amistad con el hombre del pueblo peruano al trato con Ben Gurión y Palacios. Del artículo lleno de cifras presentistas a la frase declamatoria que enardecía a hombres curtidos. ¿Quién entre los menos maduros y jóvenes quisiera hoy asumir semejante empresa vital? Por eso digo: con él va muriendo un estilo de vida, insuperable en su energía y voluntad de entregarse de varios modos al llamado de las cosas del mundo.

No es hora ésta de presagios crueles, pero todos sabemos que con la generación del 23 se nos va un tipo de modelo vital. Y que la juventud se queda desamparada, sin maestros. Habrá que inventarse, pues, aun los propios modelos.

Podemos decir algo más, sin embargo. Que era profundamente peruano, por ejemplo. Y que, por eso, por haber apurado a fondo el vaso de la vida en todos sus jugos volcánicos y espesos, su experiencia nos pertenece, incluso a los que por sino indeclinable de la historia peruana fuimos ocasionales adversarios o creemos comprender hoy los problemas del país desde un punto de vista distinto que el suyo. Es peruano, porque todo lo que ha hecho ha dejado una huella de calidad y distinción innatas. Sus artículos y libros están escritos con el fuego del polemista, ciertamente. Pero el ardor partidario se atempera en el gusto por la metáfora docente y salvadora que alivia y prepara el conocimiento. Llevó a la oratoria el gesto sobrio y la frase irónica que relampagueaba por sobre la muchedumbre que sucumbía y aplaudía, al rasgo imprevisto y la sorpresa verbal, o al don señorial, cautivante del «Cachorro».

Su estilo señala los vaivenes y oscilaciones de la inteligencia peruana de comienzos de siglo. Su meridiano mental fue el del indigenismo, la conquista de los derechos sociales para el pueblo seguro y explotado, y la unidad de América. Contribuyó a la búsqueda de la nacionalidad. No amó quizás al Perú visible, pero indagó en el rostro de la multitud que lo rodeaba, en el paisaje ético y social del obrero y del desamparado, el Perú secreto e invisible que ya adivinamos posible. Está más cerca de lo que creemos a nuestras más íntimas esperanzas. Humanista y experto, en él se fusionaban dos edades del Perú. Su figura recuerda un tanto a la del propio González Prada: porque evitaba la virtud de la indignación, sin la cual no hay crítica posible, o porque debajo de la energía del político escondía un don de fórmulas que lo hacía poeta sin verdades literarias.

Nos ha dejado una lección: la del optimismo. Todos conocemos su sonrisa. Su ánimo enhiesto. Votó siempre por el futuro. No pudo escapar, a fuerza de peruano, al sino de frustración y vida inacabada que destilan las biografías de los grandes de este siglo. El azar y las fuerzas de la esterilidad detuvieron en su carrera al cenit a este hombre matinal. La suprema caridad de la amistad cortó muchas veces sus mejores cartas de triunfo. Su última lección es, pues, la de la lealtad y el sacrificio personal. (HN, Pasado presente, pp. 155-157.)

Publicado en El Montonero., 4 de diciembre de 2023

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Carta a mis colegas franceses (IV)

Written By: Hugo Neira - Nov• 27•23

Parte final de la carta Tribulaciones de un peruano en medio de docentes cartesianos, de 1995.

                                                           ***

[…] Todo lo que ha cambiado en el paisaje intelectual francés (porque en el interior del hexágono también la historia se acelera —nuevos pobres, xenofobia, Sin Domicilio Fijo —) bien puede ayudar a pensar que las certidumbres del fin del milenio no pueden ser pensadas con categorías mentales que se han muerto el día que se derrumbó el muro de Berlín o que algún indígena (¿pero qué es un indio?) le dijo que No al intelectual revolucionario que vino a proponerle acabar con los amos seculares para darle en cambio otros. Un No que probablemente se explica no porque sea tonto sino porque dicho indígena sabe leer y escribir, vender y comprar, viajar y regresar, tal vez ha abierto una tienda en el distrito cercano para vender artesanías, si es que no tiene un pariente a quien se las envía, en Nueva York o en Tokio. Y de paso que se ha hecho miembro de una secta protestante o una ONG que le da dinero, viajes e información. El indio posmoderno —residente ya no de una aldea de los Andes sino de la aldea global— se negaba a caminar por un sendero estalinista mientras el intelectual arcaico, fusil al hombro, insistía, con todo Occidente diciendo que sí, que vamos, que hagan lo que hemos decidido que deben hacer para el bien de ustedes mismos, no se pasen de perspicaces. ¿Desde cuándo Viernes quiere saber más que Robinson?

No, no es un desacierto que los andinos desconfiaran de los nuevos Pizarro que vinieron a mandarlos y prohibirles vender en los mercados, para ahogar a las ciudades, como estaba mandado en la vulgata maoísta. Muchos consideran que el voto de las barriadas y los jóvenes desocupados y cultos (la inmensa mayoría de la nación) fue un voto de acierto, de sentido común, no contra el novelista sino contra sus amigos. Acaso exageradamente, no vieron el grupo de empresarios liberales que había decidido tomar las riendas del país dado el desmanejo del gobierno de Alan García sino un grupo de blancos millonarios. En todo caso, una desacertada campaña electoral, por arrogante y millonaria, así terminó por presentarlos y hundirlos. Asombrosa modernidad política la de Lima donde las imágenes, como en otros lugares, cuentan tanto como los programas. No, no son desaciertos sino pruebas de algo oscuro y formidable que tardaremos en comprender, la lógica de los nuevos actores sociales.

Por lo demás, no siempre los observadores extranjeros se equivocan. A Menem y a Fujimori, la prensa internacional tiende a aproximar. Ambos descendientes de emigrantes —libaneses en un caso y japoneses en el otro—, ambos subiendo al poder diciendo una cosa y haciendo otra, en sendos casos, programas pragmáticos, realistas, liberales. Ambos, además, en líos con las esposas, divorciados y separados. Pero lo que es más importante es que ambos expresan no la capacidad de suicidio de argentinos y peruanos sino lo contrario, la cohesión del cuerpo social, la lucidez de los que van a votar en las sociedades complejas, en parte modernas y en parte tradicionales, en parte industriales y en parte rurales, de la posmodernidad latinoamericana, con regímenes híbridos y democracias personalistas. Pero parte ya de una aldea global, del mundo actual, en donde estamos todos embarcados, desde la polución, el GATT y el sida, aldea y fenómenos, que necesitan de nuevos paradigmas para ser comprendidos, y un estado de alerta mental. Sin duda excesivos para el habitante de las sociedades de la modernidad. Una modernidad cuyos alcances y potenciales difícilmente  lograron discernir, mientras tuvo vigencia, una modernidad que ha cesado de ser al extenderse mediante la revolución técnica y de las comunicaciones al contorno total del planeta, abrazando a otros pueblos que la reciben en otra disposición de espíritu.

Desde hace un tiempo, una idea me ronda en la cabeza, la de que los más altos laboratorios de comprensión de nuestro tiempo, sin que dejen de serlo algunos campus de Estados Unidos o de Europa, lo son también sin quererlo, y a veces a despecho de sí mismos, los centros de estudio, universidades y hasta empresas privadas y gabinetes liberales, de cualquier gran capital latinoamericana. Un habitante del sector moderno de São Paulo o de La Paz tienen una lectura inmediata de un mundo fragmentado que el habitante de París o Londres precisa mediante el viaje por avión o la estancia, en un país muy distinto (salvo que se asome a su cuarto mundo, pero no es lo mismo). En cambio, quien vive en un país latinoamericano vive a la vez en el tercer mundo de las sociedades fragmentadas con masas de miserables, y en la del primer mundo, porque el tamaño y la calidad de los campus, la calidad de los ordenadores, el nivel de las elites profesionales y militares, no es menos que los de los países avanzados. Por lo general, los miembros de las minorías rectoras (que en algunos casos, son tantos millones como las de los semiempleados o marginales) han residido, obtenido doctorados y diplomas, hecho la experiencia del primer mundo. ¿Quién puede entender mejor a quién?

Siempre me ha llamado la atención la rapidez con la que mis interlocutores entendían el fenómeno Le Pen, las diferencias entre Balladur y Chirac, y por el contrario, al retornar entre europeos y casi en los mismos medios intelectuales y universitarios, la dificultad, o claramente la resistencia, a admitir que los ciudadanos tenían en el Perú sobradas razones para esquivar el iluminismo neoliberal de Mario Vargas Llosa o el degüello prometido por Sendero Luminoso. Mientras las elites tercermundistas (¿pero es que lo son?) entienden la racionalidad de los unos, los biempensantes de países avanzados discuten que fuera del mundo industrial. Y además, sin trabajo (aunque con secundaria completa) y sin libreta de cheques ni tarjeta Visa, alguien pueda saber dónde le aprieta el zapato. Y fue en ese momento en que Viernes mandó al diablo al eurocentrista de Robinson.  (Tahití, 1995)

Publicado en El Montonero., 27 de noviembre de 2023

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Carta a mis colegas franceses (III)

Written By: Hugo Neira - Nov• 21•23

Prosigo con esta carta escrita en 1995: Tribulaciones de un peruano en medio de docentes cartesianos

                                                           ***

[…] Pero esta idea de que las minorías no conducen necesariamente a las enjoyadas puertas del paraíso socialista es algo que va a tardar en entrar en las operaciones elementales que solemos utilizar para manejarnos ante la historia presente y en el esfuerzo por entender el rumbo que toman las cosas. ¿Cómo, las elites no son tan decisivas? ¿Los profetas no sirven? La desolación no es menor que cuando los padres descubren que sus hijos deciden qué van a hacer de sus vidas, con quién van a casarse, en dónde van a ir a trabajar, sin contar con los viejos. Occidente envejeció de golpe cuando pusieron preso al profeta Abimael, un heredero de Kant y de Marx, y desdeñaron al novelista, un heredero de Víctor Hugo y de Karl Popper, por las citas a “la sociedad abierta” que, de paso, dejaron de mármol a los jóvenes de las barriadas. Algo conocen de la “sociedad abierta”, y en carne propia, empujando diariamente la carretilla para ir a vender.

Las condiciones en que se están produciendo los cambios sociales en la mayoría de los países de la América Latina no son las de las sociedades del Ancien Régime, ni las del Asia de comienzos de siglo, bueno es recordarlo. (Ni las del África negra y los países musulmanes que están tan cerquita a Europa, y que ayudan a descomprendernos, tampoco). Cuentan con abrumadoras masas analfabetas sumidas en mentalidades lejanas a la modernidad, animismos y supersticiones rurales incontables, que la Larga Marcha de Mao y sus columnas vino a barrer, algo que sería, puesto en términos europeos, a la vez la marcha de Bonaparte llamando a constituir repúblicas y la de Carlomagno abriendo escuelas, cuando no pasaba a degüello a los bárbaros recalcitrantes. Los especialistas de la América Latina saben que hoy la mayoría de la población sabe leer y escribir y vive en aglomeraciones urbanas, lo que a la vez aumenta la desagregación social y acrecienta la toma de conciencia y la socialización. Pero esa imagen —la de un mundo de gente ya moderna pero pobre—, tarda en entrar, o no es creíble. ¿Cómo es posible que la educación haya llegado desvinculada del aumento de los ingresos personales? ¿Que la sociedad en muchos países de la América Latina sea a la vez la de un conjunto compuesto de gente que lee diarios, escucha radios y televisoras, sabe lo que pasa en su país y en el mundo, y de otro que no tiene empleo fijo, improvisa sus medios de subsistencia y de alojamiento, una suerte de plebe culta y empobrecida? Sin duda el asombro es natural. Es la primera vez en la historia que aparece un tipo de sociedad de estas características. Avanzada en unos casos, retrasada en otros.

Las sociedades de la posmodernidad de la América Latina llegaron primero al cine que al teatro, a la ciudadanía que al consumo. Al negocio propio que al supermercado. Llegó el libro, la escuela y el voto. No llegaron las fábricas humeantes de la industrialización decimonónica. Llegó el ómnibus de transporte público antes que el automóvil para cada familia, y el rápido avión en donde los campesinos llevan hasta gallinas. No llegaron las monarquías absolutas ni constitucionales, los emperadores y democracias burguesas. Llegó el caudillo y el dictador militar, el jefe de partido a lo Castro o a lo Presidente mexicano. No llegaron los partidos comunistas y socialistas, partidos de clase. Llegaron movimientos comunitarios más interesados en reunir a los que son explotados y que, siendo muchos, formaron frentes híbridos de clases, populismos, unidos no solo por razones sino por sentimientos de adhesión a una causa nacional, no solo social. Llegó el Estado, no llegó la nación. La cultura a veces antes que el pan. En las calles de Lima, que mis amigos hallan fea y yo hallo hermosa porque hay gente, he visto muy de mañana agruparse gente para leer los periódicos que se exhibían en un quiosco callejero. Son personas que no pueden llevárselos, el comprarlos significa renunciar a adquirir algo más de comida necesaria a sus enormes recorridos en la inmensa ciudad que es hoy Lima. Llegó la política antes que el puesto de trabajo. Acaso en el otro extremo de mis estudiantes, despolitizados después de Mayo del 68 y contemporáneos de un tiempo de desilusiones del poscomunismo.

Llegó un estilo de estrategias de supervivencia: la economía informal, la migración interna, o la externa hacia los grandes centros mundiales, en general, la autonomía de los sujetos sociales, y sociedades de pobres pero no de idiotas. Esa lucidez de los periféricos es casi un reproche viviente cuando en la vida de un occidental medio —cada vez más rodeado de medios de información y saber—, una sutil desidia se instala en el lugar de lo que fuera hasta hace poco entusiasmo por el conocimiento y el saber. Decir que Diderot o Lenin hubieran actuado de otra manera si el primero hubiera tenido que verse ante masas alfabetas y descontentas, y el segundo ante una multitud de actores sociales, una sociedad muy fragmentada pero muy activa, en sociedades civiles que no son las del pasado, es sugerir que las nuevas elites, que no han dejado de aparecer, no harán lo que hicieron sus predecesores sino otra cosa. Acaso intentar comprender que esa sagacidad que brota del rumor popular es una nueva forma de sapiencia. Nutrida del desborde popular, de la plebe urbana, con las cicatrices de la pobreza. […] (Continúa y termina la semana próxima)

Publicado en El Montonero., 20 de noviembre de 2023

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