Carta a mis colegas franceses (II) 

Written By: Hugo Neira - Nov• 13•23

Segunda parte de la carta escrita en 1995, Tribulaciones de un peruano en medio de docentes cartesianos

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[…] Sendero Luminoso y Mario Vargas Llosa encarnan, sin desearlo probablemente, uno de los prejuicios favorables más sólidos del mundo occidental, la superioridad de las elites revolucionarias sobre los pueblos y la del intelectual sobre todo el resto. Si Occidente no cree en esto, descree de sí mismo. Una tradición de relativo éxito, desde Diderot a Lenin, está ahí para decir que sin los hombres providenciales, sin las vanguardias, sin los héroes, no hay historia ni progreso, ni Modernidad ni democracia, ni nada. Ante Sendero Luminoso, visto como un jacobinismo con dos siglos de retardo, como una jacquerie de los tiempos modernos y sus dirigentes como impuntuales Robespierre, el espanto se mezcla con la admiración. Sin duda sería bueno evitar baños de sangre revolucionarios, pero cuando no queda más remedio, y en países del tercer mundo, y con campesinados lúgubres y minorías políticas corrompidas, con clases negociantes que no llegan a ser burguesías, ¿qué otra cosa puede esperarse? Algunos procesos de cambios contemporáneos en países del tercer mundo, han venido a consolidar el sólido tópico que consiste en autoconvencerse de que los pueblos avanzan solo después de las grandes y feroces purgas.

Por cierto, la revolución no ha ocurrido ni en Japón ni en los países prósperos del sudeste asiático, pero eso poco importa. Y el despegue industrial de Corea del Sur o de Taiwán, además de ser competitivo, no tiene el carisma de la sangre que tiene la revolución china, no hay ópera pekinesa ni invita a ser visitado. Además, Singapur, como se sabe, es un lugar próspero pero antipático, tirar una colilla de cigarrillo por la ventana del automóvil cuesta una elevadísima multa en dólares contantes y sonantes. En cambio, ¿quién se ha desprendido del idilio, con las imágenes de una China de los años treinta, cuyos niveles de pobreza y descomposición recuerdan mucho lo de la abyecta miseria de las barriadas y los villorrios andinos, que no pudo ahorrarse una revolución sangrienta? La China de Mao se elevó al rango de una nación moderna gracias a esos sacrificios. Mao, un intelectual, como el doctor Abimael Guzmán, la salvó. Guzmán, por lo demás, es profesor de filosofía, un lector de Kant.

En cuanto a Vargas Llosa, la decisión de votar por el desconocido Fujimori con tal de que el escritor no llegase al poder legal resulta una paradoja sin respuesta. Así como Sendero Luminoso ha dejado correr el prejuicio que lo convierte en expresión del descontento de las masas indígenas, él mismo una suerte de integrismo andino, lo cual es radicalmente falso, la corriente vargasllosista ha dejado entender —y el escritor en sus libros justificativos—, que los ciudadanos peruanos han votado en contra suya porque es blanco y es culto, y casi, porque es honesto. A medio Occidente se le paran los pelos. El voto de las barriadas es un voto sádico, se sanciona al mejor; y masoquista, se elige un futuro patrón, un presidente que pronto dejará ver su verdadero rostro, el de un dictador que cierra el parlamento. A estas alturas, muchos de mis interlocutores dejaron de interesarse en el Perú, dejaron de pensar en el Perú como algo que se pueda entender. Que resulta un país bajo el signo del absurdo, un agujero negro del espacio. Las noticias posteriores, que dan cuenta de los resultados electorales, de encuestas de opinión con la popularidad de Fujimori pese al cierre (y apertura) del parlamento, caen en un terreno minado por los intensos, y en apariencia, razonables prejuicios.

Nuestro imaginario interlocutor (pero no tan imaginario, podría citar listas enteras de nombres) ha dejado caer los brazos, y los diarios. En ellos salen publicadas, sin embargo, noticias sobre el repunte económico, Perú entre los países con más rápido incremento del PBI, entre los países que se señalan para el siglo XXI como los nuevos tigres o dragones; los más paupérrimos, los más inesperados, Marruecos, Kazajistán, Costa de Marfil (Michel Hirsh, en Newsweek, Nueva York, diciembre de 1994). Noticias que se pierden en el furor de otras, en una agitada información internacional en donde hay otros tantos mundos incomprensibles: Palestina, la ex Yugoslavia, la guerra de los rusos contra Chechenia. A propósito, ¿no habrá allá también un candidato liberal y escritor a quien los pervertidos pueblos no quieran como gobernador? Decididamente, los países merecen los gobiernos que tienen.

Los elementos para pensar la realidad —la realidad misma de Occidente y el resto de países del mundo— con otros criterios, ya está en circulación en las mejores librerías especializadas, y anda contenida en la jerga nueva que maneja uno que otro sociólogo y filósofo, pero todavía no ha entrado en los hábitos mentales de la generalidad de los ciudadanos de países industriales y avanzados. Son las ideas que se abren paso, en el postmarxismo y el posestructuralismo, desde Foucault a Castoriadis, por una parte —pero ¿quién es Castoriadis? El último gurú se murió con Jean-Paul Sartre—, que el intelectual ha dejado de encarnar la razón universal —puede equivocarse, y de hecho lo hace— y que, por otra parte, y esto es casi el resumen de la nueva lectura de la sociedad, “las sociedades se autorganizan y se autoproducen”. Foucault como Bourdieu, y en cierta medida Althusser, se han preocupado por determinar las posibilidades de todo saber en toda época, y en consecuencia, la relativa precariedad del propio saber. La nueva cientificidad, desplazando a la convicción del progreso de la razón por obra del apocalipsis revolucionario, deja sitio a ideas más modestas cuya configuración tarda en formarse, careciendo de las certidumbres de los días del existencialismo sartreano y el marxismo parisino (que había decretado que los campos de concentración soviéticos era una mentira de la CIA y de renegados del Este). Hoy en cambio circulan otros criterios, más porosos y fluidos, desde Prigogine y su “nueva alianza”, a las hipótesis “del azar y la necesidad”, o lo que los italianos llaman, el “intelectual modesto”. Agregaré otros paradigmas en circulación restringida: la importancia de la “sociedad civil” (es decir, todos, y no solo los políticos profesionales); la idea de  “autorganización y la primacía de los individuos y los actores sociales”, en suma, una posmodernidad en donde los mitos de las vanguardias iluminadas, que alimentaron a todos los progresismos pero también a los jóvenes  nazis, han dejado de tener sentido.  […] (Continúa la semana próxima)

Publicado en El Montonero., 13 de noviembre de 2023

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Carta a mis colegas franceses (I)

Written By: Hugo Neira - Nov• 06•23

Los años que residía en Tahití, en la Polinesia Francesa, coincidieron con los dos gobiernos de Fujimori en el Perú, o sea la década de los 90. A mis colegas de la Universidad del Pacífico, les resultaba difícil entender por qué los indios explotados del Perú no se sumaban a los revolucionarios de Sendero Luminoso. Y por qué no habían votado por el ilustrado y liberal candidato Mario Vargas Llosa. No tuve más remedio que explicarles el porqué en una larga carta inédita que, en este portal, amable lector, le entrego y en cuatro partes. Dicha carta, también llamada Tribulaciones de un peruano en medio de docentes cartesianos, fue escrita en el año 1995. Trata de nuestra compleja realidad sudamericana frente a los prejuicios de Occidente.

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Los que amamos el Perú, conocemos a los peruanos y vivimos en el extranjero, nos es muy difícil explicar lo que ocurre en el país, su proceso de cambios, y como la gente pasa a definir sus alternativas en nuevos términos, en muchos casos, indecisos, pero siempre de modo diferente. Esta autonomía de los actores, esta racionalidad popular, a la que buena parte de la propia intelligentsia local tarda en reconocer y en acomodarse, en el exterior resulta absolutamente ininteligible. ¿Racionalidad de los peruanos de barriadas? ¿Autonomía democrática en las abandonadas aldeas  en los Andes? ¿De qué estamos hablando? Así, el episodio de Sendero Luminoso y la propuesta de conducción ilustrada de Mario Vargas Llosa presidenciable, han sido entendidos como dos propuestas, por opuestas que parezcan, de solucionar de una vez por todas los problemas de los peruanos. Que los indios de los Andes rechacen a sus terribles salvadores o que los pobres de Lima voten contra el candidato culto y honesto que es Mario Vargas Llosa,  aparece como un no sentido.

No vaya a creerse que esto ocurre con gente cualquiera, pasa entre universitarios y profesiones liberales, aun entre personas supuestamente informadas de nuestros asuntos por razones profesionales y sentimentales. Algún conocimiento ligero del país, en vez de mejorar las cosas, las agrava. Uno que otro viaje, la evidente pobreza de los peruanos, las prudencias que debe tomar un visitante o turista, el espectáculo mismo de nuestras ciudades y calles, llenas de gente presurosa e inclasificable, no anima a comprender lo que ahí está pasando. ¿Sentido común del voto popular? ¿Plebe urbana lúcida que sabe adónde va? Y que, por lo menos, ¿sabe qué no quiere? Blablablá.

Tardaremos mucho tiempo en desprendernos, y no solo los occidentales, si algún día ocurre, del secular prejuicio de pensar por los otros. En medios universitarios, en departamentos de enseñanza del español y aun en medios especializados en la América Latina de los Estados Unidos y de Europa, me he tropezado con gente que con la mejor intención del mundo aprobaba lo que la mayoría de peruanos desaprobaba, la dictadura del terror de Sendero. El argumento que voy a resumir, ciertamente, es como un molino de viento o una rueda de coche que gira en el vacío, lo que no quita que gire. No contiene nada de la realidad, también la idea de que la tierra no es el centro del universo y el sol no gira en torno nuestro —lo que parece a todas luces evidente— tardó en ser abandonada. Los interlocutores que en una vida de profesor he tenido la ocasión de encontrar suelen ser personas normalmente poco dispuestas a aceptar el abuso y la violencia como método político para cambiar las cosas, pero suelen razonar de forma que, finalmente, en casos extremos como los del Perú, la posibilidad de una victoria revolucionaria a sangre y fuego, y la consiguiente dictadura que daría lugar, después de todo, no es sino una cura drástica y un mal necesario. Un poco como el cobalto que se le aplica a un enfermo de cáncer. ¿Por qué no? Si es para salvarlo.

La propaganda de Sendero Luminoso en el exterior, presentándose como una guerrilla maoísta, con la doble significación prestigiosa de guerrilla y de maoísta, no es ajena a este prejuicio favorable. O la incapacidad de nuestras embajadas para explicar lo que pasa, en el hipotético caso que el mismo personal diplomático lo sepa. Dejando de lado el problema de la doble moral que este juicio favorable a priori a Sendero Luminoso contenga —lo que es malo para mí es bueno para otros—, el asunto encierra un problema mayor, el de la interpretación de los fenómenos sociales, estropeado por siglos de razonamiento en apariencia racionalista, y lo que es peor, por prejuicios elitistas. Persisto y firmo, elitistas.

Muchos se sorprenden de que Sendero Luminoso no solo no haya triunfado en Perú sino que además sea detestado en zonas populares, y que los habitantes andinos que habían huido de las zonas en conflicto, de retorno a los pueblitos ayacuchanos, levantan torres de madera y barro para vigilar, como un campo medieval, las excursiones de la barbarie, la proximidad de una columna del camarada Feliciano, precauciones que solo produce un gran asombro, y la incomprensión más total. ¿Cómo? ¿Los indios del Perú no quieren ser salvados de su secular miseria? ¿Y organizan rondas, con los fusiles que les proporcionan los militares? Incomprensible. Fácil es pensar que autoridades y criollos blancos no hacen sino manipular a las masas oprimidas, con la misma probable habilidad con que en el pasado los Tories y reformadores ingleses lograron apartar al proletariado de una reivindicación justiciera, arrastrando a los obreros ingleses a posturas prudentes como las del Partido Laborista o peor, las del conservadurismo popular en Inglaterra. La monarquía inglesa, el país de los feos sombreros de la reina y de gente sencilla que sigue adorando a la disoluta familia real, es el país de Marx, cuyos proletarios no emprendieron la gran carnicería. Un poco más y estamos en que los pueblos son tontos y la gente nace y muere esclava. Los negros norteamericanos, más cercanos a Uncle Tom que a Martín Luther King, tampoco tomaron el machete vindicativo, y ahí están, podridos de alienación y de miseria, en un país que les da derechos democráticos. (Continúa la semana próxima)

Publicado en El Montonero., 6 de noviembre de 2023

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El vals peruano o la alegría sollozante (II)

Written By: Hugo Neira - Oct• 31•23

El mecanismo de adhesión colectivo cabe en unas cuantas palabras: se arraiga el vals en una Lima muy provinciana y anterior a su primera modernización (antes de los años veinte), en una villa cuyas posibilidades de diversión se reducían a la que otorgaban las instituciones naturales inmediatas, a saber, la familia y la vecindad. Tres palabras lo resumen: reunión, jarana, barrio. La identificación con Lima entera vino después, cuando a la canción popular le dio por el pasadismo. Estamos, por consiguiente, ante un ritmo que se naturalizó no en torno a alguna aristocracia sino por el trámite mucho más sencillo del uso doméstico. Cabe aquí, por entero, la articulación entre música y cambios sociales. Entre “Guardia Vieja” y clase, siendo ritmo de jarana en la Lima del novecientos, en familias de pocos ingresos económicos. Los pobres se divertían como podían en esa Lima menesterosa donde la mayoría vivía no sólo en callejones sino en casitas independientes. Hay que tomar en cuenta, también, la relación entre etnicidad, clase y cultura, la procesión del Señor de los Milagros por ejemplo. Musicalidad y devoción de negros (Augusto Azcuez, Declaraciones en Lloréns, 1987). En suma, el vals, en el largo plazo, se criolliza a puertas cerradas, en la intimidad de hogares modestos.  (…)

Distingue al valsecito peruano su plasticidad, sus cambios de gusto y coreografía que lo hacen alejarse del modelo vienés original, quizá porque desde los primeros valses populares y anónimos hay el roce con otros elementos rítmicos. La imprecisa Guardia Vieja, hecha de músicos no profesionales aunque creativos, alcanza a cortar el cordón umbilical con el vals vienés, apoyándose en tríos, estudiantinas y cuadrillas. Esa será la señal de una sucesión de modificaciones. A la Guardia Vieja la sigue y la niega la generación de las primeras disqueras y tocadiscos o vitrolas. Comercial y musicalmente, precede a Pinglo el temprano éxito de Montes y Manrique al viajar a Nueva York para grabar, en 1911, para la casa Columbia. Todavía el vals no se desprende de otros aires nacionales, y en el repertorio de los viajeros, de 182 piezas –según Santa Cruz–, hay yaravíes, tristes, habaneras, polcas, tonderos, marineras y no sólo valses criollos. El interés comercial norteamericano se orientaba hacia la música costera hasta que acaece la primera guerra mundial. El gran momento es Felipe Pinglo, es también Pedro Espinel.

Tiempo de Pinglo, coetáneo del gramófono, la radio, las estrellas del firmamento del cine mudo y en blanco y negro, de los cantantes argentinos, de la irrupción del tango, y la aparición de nuevos instrumentos de percusión como la batería y la música cubana. Es interesante lo que señala César Santa Cruz sobre Felipe Pinglo: no era un maniático del purismo, cantó al deporte, a la velocidad, compuso jazz. En cambio los años cincuenta se señalan por la invasión de un vals quejoso, querendón y provinciano. Son los partidarios de arreglos como Jorge Huirse, y de orquestas más sólidas, que amenizan fiestas sociales más empingorotadas que las de los bohemios de antaño. Desde la segunda postguerra, los conjuntos criollos se complican, y en competencia con el blues y el foxtrot, incorporan instrumentos, adoptando la batería y el saxofón alto, el clarinete. Cabe señalar, de paso, que de los sesenta a los ochenta, ante la presencia de los ritmos tropicales, el vals se vuelve cada vez más barroco. Hoy es fácil comprobar su tropicalización: no sólo el cajón sino el caribeño bongó, muy criticado porque apaga otros sonidos. Visto con alguna perspectiva, en cada uno de sus pasos hubo como una gran sombra, como la gravitación de otro planeta musical: tango, jazz. Desde hace poco, el rival, que de paso lo nutre, se halla en los ritmos brasileños. En nuestros días, la canción criolla pierde terreno en el frente interno: cumbias, salsas, chicha y rock urbano, ya no sensuales sino sexuales, violentos. Evolución del gusto, casi sin tiempo para la lujosa tristeza del valsecito tradicional. (…)

Es hora de decir, para avanzar nuestro análisis, que el vals no sólo se baila sino que se escucha. E inclusive, a medida que se profundiza la ruptura entre la Lima criolla que le vio evolucionar y el conglomerado pluricultural de nuestros días, incontables peruanos aprenden a escucharlo, acaso con la misma reverente lejanía con que los argentinos pueden escuchar a Gardel o los franceses a Edith Piaf. El vals, cuyos orígenes urbanos lo colocaban como expresión de una cierta modernidad, ha concluido por constituir una suerte de clasicismo, una de nuestras raras referencias comunes. Hay que asumirlo, es letra, es decir, contenidos. Desde esta perspectiva, nos dice que es fiesta, y a menudo, francachela irresponsable, “que siga la jarana, aunque no se coma mañana”. Pero las alegrías son más bien para la polca. Polca y vals dividen la canción criolla como al teatro antiguo, comedia y tragedia. Es cierto que el lugar de la risa, del humor, está en la polca, inclusive la caricatura social, como el retrato de la huachafita que comento en otro lugar de este libro. El vals fue siempre más lírico, más sensual y, con el tiempo, de la Guardia Vieja a Pinglo, cada vez más patético. Por poco que se le examine, que se le escuche y se preste atención a lo que dice el cantante, la impresión de liviandad y desparpajo que viene del acompañamiento –latitas, palitos, gritos de ayayeros– se va desvaneciendo. ¡Qué angustia tiene el vals! ¡Qué desasosiego! Es el amor contrariado: celos, olvido, abandono, venganza y traición… Es el desgarrado recuerdo, de la madre, la esposa, el hogar, la juventud, la salud, el barrio, de amistades y lealtades que destruye el paso del tiempo o la lejanía.

A veces, el ritmo apenas logra disimular la auténtica angustia por la pérdida del ser querido o del entrañable terruño, como en esta polca, tan conocida: “Noche chalaca, de luna majestuosa, ausente y lejos, te veo siempre hermosa, siento que se desgarra de mi pecho el corazón, al cantarte en mi guitarra y al evocarte en mi canción”. En sus fuentes más claras, en los primeros valses-canción, los mejores porque son los más humildes, los más sinceros y creíbles, la emoción suele ser discreta, de índole intimista y personal. En otros casos, el vals se volvió pomposo, inflado, rimbombante, lo que alcanza el delirio de grandezas en “Mi Perú”, encarnación de un sentimentalismo nacionalista inspirado en el mito de un país rico y feliz que en realidad nunca existió, típico ejemplo de la distancia que separa los deseos de la realidad. Pero por lo general hay sensualidad, y también, dolor, encono, resentimiento, voces de despecho. “Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás, lo tuyo te lo envío cualquier tarde, no quiero que me veas nunca más”. ¿Arreglo personal de cuentas, líos de baja estofa? Ni más ni menos que el tango, el chotis o el bolero, que tienen también sus cursilerías. Al vals no lo domina únicamente la historia de una relación desventurada. Variada temática. Si los provincianos lloran el terruño perdido, los viejos criollos añoran la vida de barrio anterior a la modernización. Unos y otros, la pérdida de un paraíso constituido por una suerte de convivencialidad. ¿El purgatorio en tierra peruana es la soledad? “Sus amigos ya no son los que ayer fueron”, dice Felipe Pinglo en “Jacobo el leñador”. El paraíso terrestre será, por oposición, la fiesta, la fiesta colectiva, la del Carmen, fiesta de negros y pueblerina (César Miró, “Se va la paloma”). Bipolaridad, pobreza y soledad, disfrute y amistad. Otro tema visitado es el de los deportes, y en particular, el fútbol. ¿Transferencia psicoanalítica, ampliación del fervor por un barrio determinado hacia círculos más intensos, sociabilidad del afecto? Estamos en la ladera optimista de la canción criolla. Uno de los clubs más populares, el Alianza Lima, se designará como “los íntimos”. No por azar, fútbol y vals se implantan por los mismos años y reclutan aficionados en zonas sociales similares. Y no como fenómenos de masa sino de grupos cerrados: peñas musicales y clubs deportivos. Ambos envuelven con el nimbo de la notoriedad al muchacho de condición humilde que a partir del esfuerzo propio, de la habilidad individual, sabe izarse al rango de héroe popular. También entran en la categoría de dioses del estadio los boxeadores. Para unos y otros, centro-delantero o gran pugilista, el pueblo, convertido en afición, guarda un título: el de maestro. La calificación se reserva al sumo talento. No es extraño que se les consagrara letras de canciones: Villanueva, Lolo, Bombón Coronado, Mauro, “Puño de oro”. No hay sociedad sin ídolos. En fin, los valses deportivos quieren ser bélicos, quizá por compensación, dado que en el pasado republicano hemos perdido varias guerras. ¿Qué ocurre, en cambio, cuando el vals se ocupa de nuestros desastres militares? No es irónico, sino dolido, en valses patriótico-sentimentales, como aquel que lamenta la derrota del general Bolognesi, héroe nacional en la guerra contra los chilenos. “Un día siete de junio, un día tan desgraciado, a un parlamento confiado, le intimaron rendición. Tengo deberes sagrados, contestó el Gobernador, es el deber de un soldado, de luchar con honor”.   (…)

En su desencantado canto los peruanos descubren, de la Guardia Vieja a nuestros días, que no se viene forzosamente al mundo para ser feliz, y de esa congoja nadie nos cura.

(Extraído del capítulo «La esquinada herencia» de mi libro Hacia la tercera mitad, que es del año 1996. Está en circulación su 5a edición, una edición del Bicentenario, de la editorial El Lector, de Arequipa)

Publicado en El Montonero., 30 de octubre de 2023

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El vals peruano o la alegría sollozante (I)                                                        

Written By: Hugo Neira - Oct• 23•23

Nota introductoria y quejosa

Una amiga peruana me había dicho, el vals, no. El vals, ya no Hugo. Y me habló de todo lo que electriza ahora a los peruanos, desde la salsa al rock, y de las noches limeñas tan postmodernas. Me quedé agradecido y como un poco triste, porque, la verdad, a mí me gusta el vals. No es que sólo me guste el vals, pero lo escucho con frecuencia… Me guardé ese consejo y un día hice maletas, dejé Lima y me perdí en unos hoteles provincianos, en algún punto del litoral. Llevaba estas notas y casi las dejo de lado. Una mañana salí a caminar por el pueblerino lugar cercano a mi hotel playero. Bajo una enramada, en el camino, un grupo de personas había improvisado un “picnic”. Y escuchaban a todo meter los valses más tristes y más hermosos de la vida. En el pueblo, capital de un departamento de la costa peruana, la municipalidad había decidido amenizar no sé qué fiesta local, y los altoparlantes ululaban por calles y plazas los eternos afanes de la ausencia, es decir, valses criollos. No entraré en pormenores, pero se echó a perder el retorno normal a Lima y tuve que volver en un taxi, con varias personas. El chofer, de Ica a Lima, no dejó de poner valses. Por momentos se excusó, ¿no le gustan señor? No dije nada, para decirlo aquí, en estas líneas.

Entre añoranza y suave protesta

Nadie ignora el gozo de su pena. Las guías de viaje, sin dejar de señalar que está ligado a la vida social y familiar, lo encuentran nostálgico, pegajoso, sentimental, lacrimógeno y un tanto hipocondríaco. En tanto que danza, menos espectacular que la marinera y sin el anclaje secular que luce un huaino. En la preferencia popular, como vencido y desplazado por el ritmo tropical-andino de “la chicha” y desde los setenta, por cumbias y salsas. Se arriesgan otros a presentarlo como el prototipo musical de un país extinto, el alma un poco disipada y tarambana de un otrora país peruano de clases medias y altas que algo tenía de africano y de andaluz en la exhibición de sus jaranas hasta que se hundió la economía y se modificó el gusto. Para marginarlo, sus detractores echan mano a un sinfín de reparos, que si esto y que si lo otro, el vals peruano les parece la mayor y más sonora de nuestras alienaciones. Las clases altas dicen amarlo y en realidad lo esquivan porque a ellas llega, con particular persuasión, como al resto de Lima y a sus habitantes, la tentación de las modas internacionales. Quién negará, sin embargo, su presencia, sinopsis del país criollo y un estilo de vida.

Su reino es la añoranza, pero no de lo colonial porque no es minué, sino de un tiempo cercano que es republicano. Siendo nostalgia y evocación criolla, remembranza, sirve para revivir ciertas cosas, el barrio o los amigos, y siempre, “las locas ilusiones”. Endecha o lamento por el bien perdido —país, mujer, afectos—, el vals es nuestra forma de melancolía. Ahora bien, si la melancolía ha sido definida por el propio Freud como una suerte de “hemorragia interna” (“innere Verblutung”), entonces, ¿quién se desangra en el vals? Y no creo que su pena tenga que ver con la alcurnia, a pesar de algunas célebres recuperaciones. Su raíz no es señorial, como me esforzaré en demostrarlo. Ni en su uso es, únicamente, el desahogo del pobre. Por su difusión ha dejado de pertenecer a una sola clase o casta. Cabe señalar que no es fácil ni como ritmo ni como letra. Expresa el país de la alambicada herencia, tanto como el castellano peruano y la cocina criolla. Dice lo que somos, tanto o más que el trasfondo literario y artístico o las confesiones alcohólicas. Dice mucho, a veces es clamor, sobre un fondo de engaño, puesto que el ritmo se mantiene festivo. Siendo conocidísimo el vals, poco nos hemos ocupado de su sentido. Rara vez se le encuentra en el centro de una reflexión. Sin embargo, como el flamenco para España, o el bolero para la América tropical, es parte de nuestra mismidad.

Uno de los rodeos más frecuentes es tratar al vals como una expresión musical, a sabiendas de que nada es inocente, ni que gustara a los morenos, ni que se extendiese del tugurio al mundo de los decentes. Concedamos siquiera una vez que el tema es grave, no fuese sino por la metamorfosis que lo hace saltar de una etnia a otra del río Rímac, blanqueándose y obscureciéndose según el vaivén de los gustos y los públicos. Adentro del vals hay materia que desborda la musicología. Hay un universo de comunicación, excesivo para ser simplemente un folklore plebeyo. Su historia literario-musical es la de la evolución de la sensibilidad popular a lo largo de este siglo, es historia del gusto y de nuestras costumbres, lo que no es poco. Hoy es un público —aunque disminuido—, una industria disquera, una pléyade de intérpretes famosos y compositores, un consumo y una sociabilidad: unos lugares en donde se le rinde culto que son los círculos y peñas. Pero el vals no sólo se baila, canta o escucha. El vals es un refranero. Más allá de los eternos lugares comunes del amor, es nuestra más espontánea y difundida referencia. Frases enteras de algunos valses son parte del uso corriente, expresivos tópicos del desengaño y el rencor sobre un fondo de suspicacia. “Porque toda repetición es una ofensa y toda supresión es un olvido”. Con el vals, pensamos.

Tal envergadura va al encuentro de la poca importancia que le ha otorgado el análisis histórico y social. La música, la cocina o la santería popular no nos han parecido sujetos de inteligibilidad, qué error. Y ya que comenzamos por los prejuicios, conviene señalar el mito adverso que cataloga a la canción criolla como vinculada a la clase alta y a sus francachelas. Es cierto que izquierda y jarana sólo se encuentran —Gonzalo Rose— hacia los tardíos sesenta, es decir, anteayer. Cabe siempre preguntarse: ¿cómo llegó a impregnarse con nuestros ensueños más recónditos hasta volverse “identidad sentimental”? (Sebastián Salazar Bondy). Es verdad que el vals se entristeció tan pronto tomara carta de naturalización. Afortunadamente no sólo aprendió a penar. Supo mezclar —que es una de nuestras mayores virtudes—, combinar y confundir contoneos africanos con versos cadenciosos, y fiesta y ofrenda, cundería y finura, sin duda con resultados escasamente reconocibles si se le juzga desde el abolengo austríaco y vienés. “Voluntad de conciliar elementos” (César Santa Cruz, 1989). El ritmo originario de la importada danza europea, amplia y pendular, se da la mano con el letrismo nervioso y breve de nuestros compositores, madrigalistas desesperados y tardíos, románticos, o mejor, postrománticos. Y rara vez sencillos. “Así en duelo mortal, abolengo y pasión, en silenciosa lucha condenarlo suelen a grande dolor” (El plebeyo, Felipe Pinglo). El “grande” dolor, por favor, sin apócope, un uso literario y estilizado, que suena a barroco, el pueblo no habla así, lo que no le impide adorar el vals y en especial el citado.

                                                                      (…)

¿Qué es pues un vals? Si me apuran, una música de desembarco, como muchos de nuestros apellidos. En un país en donde la migración europea no tuvo nunca la importancia que alcanzó en los países del Cono Sur, hay que decir que el vals se implantó sobrenadando en una de nuestras raras olas de cosmopolitismo. Hacia fines del siglo XIX, llegaron italianos, alemanes, ingleses y vascos para establecerse como comerciantes (Los Señores, Luis A. Sánchez, 1983). Eran los días en que la libra peruana que nos dio el Estado Piérola mantenía paridad con la de Londres y si el oro ya no fluía como en el dorado XVI, el nombre del Perú era todavía el de un confín próspero y minero. Acaso la presencia de esa población alógena, frescamente instalada, juega un rol en el proceso de adaptación del vals europeo a nuestras costumbres. Pero el que se aclimata no es el melancólico de Chopin ni el principesco de los Strauss. Algo le ocurre mientras migra de la Viena imperial. Más allá de las ganas de juerga de la juventud dorada y de unas cuantas estudiantinas finiseculares, ocurre algo. Integración, transformación, recreación. Una parte del Perú no sólo adapta el vals sino que lo adopta.

(Este texto viene del capítulo «La esquinada herencia» de mi libro Hacia la tercera mitad, que es del año 1996. Está en circulación su 5a edición, una edición del Bicentenario, de la editorial El Lector, de Arequipa)

Publicado en El Montonero., 23 de octubre de 2023

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¿Qué es Nación?

Written By: Hugo Neira - Oct• 16•23

La nación moderna es deseada o no es. Sin la voluntad de asentimiento de los nacionales no tiene lugar. Las naciones hoy son todas heterogéneas. Las que no lo son, mal síntoma. Son esas en las que nadie puede salir ni entrar.

La razón y la pasión se han mezclado en la marcha de la historia y de los pueblos al hacer sus naciones y discutir sus sentidos, tanto o acaso más que con el tema del Estado. Blut, Boden, Begriff. Suelo, sangre, concepto. La historia del siglo XIX y el XX por entero. Si hay tema complejo en nuestro tiempo, es este, Nación.

La nación es un concepto arduo, es lo que estamos confesando. Por una parte vincula el concepto con los sentimientos: gente, pueblo, tierra, terruño, pueblo natal, vecindad, paisaje. Pero, por la otra, connota ciudadanía, derechos, Estado, potencia. monarquía, república. Con los vivos y con los muertos. Con el presente, el pasado y el porvenir. Marca lo que se nos acerca, al compatriota, y lo que es distancia y diferencia, al apátrida y al extranjero.

¿Qué es, pues, una nación? Weber recordaba la ambigüedad de los documentos oficiales que igual hablaban de la “nación suiza” o del “pueblo suizo”, indistintamente. La diferencia no era inocente. En una puede pesar el jus sanguinis y en la otra el derecho de suelo, el jus solis. La predominancia de uno u otro criterio ha provocado, en el feroz siglo XX, innumerables guerras y matanzas. Desde los judíos en Alemania, a los Tutsi en Rwanda, o los albaneses y serbios en Kosovo. Se matan a despecho de que seamos la misma especie, por aquello que invocó Freud, “el narcisismo de las mínimas diferencias”.

El siglo XX ve volcarse sobre la idea de nación otros contenidos, además de los de pueblos, socialistas y obreros. Voluntarismo histórico del fascismo italiano, reacción conservadora y católica del franquismo español, darwinismo social y la idea de raza mezclada a la de clase y nación en el nazismo, a la vez popular, populista, pangermanista y mesiánica. A mitad del siglo XX, el nacionalismo es recuperado por los pueblos asiáticos y africanos en sus luchas por la liberación colonial. En la pugna Este-Oeste surge una geopolítica nueva: el Tercer Mundo. En realidad, Nasser, Nehru, Ho Chi Minh, son nacionalistas. Luego aparecen corrientes islámicas y panarabistas. Concluye la Guerra Fría pero la heterogeneidad de lo nacional aumenta cuando se disuelven macrosistemas como la URSS o la Yugoslavia de Tito. En Europa occidental y en la América Latina e incluso en las potencias emergentes, se acrecientan tensiones interiores, comunitarismos, separatismos, nuevos reclamos de nación. Y la posibilidad del retorno a naciones étnicas. En suma, la idea de nación es moderna, es histórica, es contemporánea. Está sujeta a constante discusión.

El tema teórico de la nación está en el centro de la disciplina sociológica pero debe compartir ese champ de estudios con otras disciplinas. Con la historia que ve en las naciones formas de poder. Con el Derecho, por sus instituciones y leyes. Con la antropología porque la nación incorpora mitos, ritos, comportamientos, culturas. Con la geografía, que no la concibe sin un territorio (de hecho en nuestro tiempo, puede estar en varios, como los kurdos, catalanes, mayas y aimaras). Hay otra entidad política decisiva y a la vez, polisémica, el Estado moderno. También provoca teóricamente una multiplicidad de puntos de vista. Los geógrafos ven una geopolítica en el Estado moderno. Las ciencias políticas, la diferenciación de gobernantes y gobernados. El historiador, la forma cómo se constituye. El jurista, un sistema de normas (H. Kelsen). Y un destino decidido por la inexorable marcha de la historia universal en Hegel. Otros, una gran ficción. “El más frío de los monstruos fríos” (Nietzsche). Lévi-Strauss también usa lo frío y lo caliente pero en un sentido distinto. La modernidad de reinos y naciones es porque son “calientes”, nacen haciendo política y el conflicto no los deshace, los constituye. Las culturas primitivas, por el contrario, no buscan innovaciones. Frías quiere decir que escapan a la evolución. Como las abejas. Todas las sociedades humanas son, sin embargo, frías y calientes, el tema es la preponderancia de lo que permanece o de lo que las hace cambiar. Cuestión de dosis.

La nación moderna, sociedad “caliente”, de fuerte historicidad (Touraine), es concebida, de ahí sus mitos, linajes dinásticos y la invención del pasado histórico nacional. Es actuada, de ahí los ritos, el ceremonial oficial, los símbolos patrióticos, el calendario que conmemora batallas, viejas glorias. Y es siempre vivida, sentida, de ahí el patriotismo, el apego, la nostalgia. Ahora bien, le precede en el orden de la voluntad de clasificar a los hombres, familias, gente, el clan totémico. Y la nación también sirve para lo mismo.

Una nación es, en primer lugar, un sistema de clasificación, hereditario o adquirido. Lo saben todas las fuerzas policiales, aduanas y jueces, e Interpol. Un sistema visible —todas con banderas y fronteras— que encuadra individuos-ciudadanos fácilmente ubicables para usos legales y fiscales. Se es inevitablemente colombiano, croata, canadiense o súbdito del Principado de Andorra, ciudadano de Noruega o del Sultanato de Omán, se es nacional de alguna nación. Lo sabe el personal de aeropuertos e Interpol. Si esto es así, la contraparte es el cuadro jurídico para el nacional. En segundo lugar, una nación-Estado es, pues, un espacio estable para generar negociaciones y un cuadro legal de vida. Es un lugar en donde se puede negociar, donde se expresan los intereses legítimos. No es un campo de batalla, es una morada. En tercer lugar, la nación moderna permite una democracia de proximidad. No podemos votar por el presidente del Fondo Monetario Internacional, sería como elegir a un virrey, pero al menos, podemos remover o revocar a nuestros alcaldes, a los representantes al parlamento, al jefe del Estado. Algo es algo, hasta que nos dejen participar en la elección del emperador del mundo. Por último, pero no es rasgo menor, la nación pertenece al orden de los apegos, de los sentimientos. Queremos nuestro terruño, a nuestra patria chica, que en épocas de viajes veloces viene a ser simplemente la patria.

Es probable que el poder del apego a lo comunitario (lenguas, vínculos étnicos y religiosos) y el narcisismo de la diferencia cultural, pueda retardar la unidad política en un solo Estado. Fue el caso de Alemania clásica desde el siglo XVI hasta 1871 y hasta el momento, el de la Unión Europea, sin Estado federal y Presidente. Puede ser el caso de varios Estados federales que no son una nación propiamente dicha. India y China entran en esa categoría. También Brasil, los Estados Unidos. Se pueden romper. Un fantasma recorre el mundo, la secesión. Todo depende de un juego de equilibrios muy complicado entre comunidades y sociedad política para lo cual no hay receta. ¿Y qué es, en fin, la nación? Las razones por las que unos grupos quieran seguir asociados y otros no difieren según las variadas combinaciones del componente cultural tradicional y la modernidad estatal. Puede incluso existir “el interés común”, el viejo deseo desde los días de John Stuart Mill, de “querer formar parte de algo”. La unidad de América Latina, de países africanos. Otra cosa es realizarlo. Al tomar en cuenta el sentir y las emociones —lo comunitario— estamos valorando deliberadamente una dimensión subjetiva. Cuando no se toma en cuenta el espacio de la subjetividad (lengua, etnia, costumbres, religión) se aprovechan las fuerzas irracionales. El fascismo, entonces, estará ahí para conducir las emociones colectivas a un pantano de sentimentalismo que desplaza a la política mediante el odio social y racial. En nuestros días las pasiones regresan por otros caminos, intolerante fe religiosa, o etnia o cultura. Hay, pues, nacionalismos cerrados, son los que privilegian en exceso lo comunitario. Hay nacionalismos abiertos, son los que toman en cuenta el componente de instituciones, Estado y leyes. Pero su riesgo es el alejarse de “las pasiones dominantes” (Tocqueville). La política no ha dejado de ser “el arte de lo posible” (Maquiavelo). Mientras reflexionaba sobre esta parte final, me venía a la memoria el apasionado debate en la antropología sobre el totemismo —Boas, Frazer— que tomó buena parte del siglo XX hasta el trabajo de Lévi-Strauss, de 1962. La operación levistraussiana consistió en una reformulación radicalmente nueva. Explica los fenómenos totémicos como un juego de oposiciones, de formas de vida asociativa que se complementan. Aquí también hemos seguido una lógica binaria. Recogiendo las dos corrientes interpretativas clásicas pero subordinando la sociedad “fría”, o comunitaria (la que prefiere conservar), a la sociedad política que admite el cambio. Una nación entonces está diseñada para vivir las tensiones de sus componentes.

En suma, la nación es la más compleja de las formas sociales conocidas. Y la más frecuente forma de organización. El agregado demográfico de naciones es mayor que las grandes religiones. Su constitución binaria permite el juego inacabable de cultura y política. Cuando los mecanismos que ahora ligan en “simetría inversa” a clases y grupos enteros heterogéneos reciban otras formas de cohesión y de acción social, la nación habrá perdido su razón de ser. Hasta nuestros días, el tema de la pobreza y la protección de los individuos es tarea propia de cada nación. O viene, en todo caso, en la primera línea de responsabilidad de quienes mandan. De no funcionar, la historia la volverán a escribir los Imperios, y lo que es peor, las guerras de religión. Vivimos una civilización de naciones, con su propia gramática: una combinación de razón política y vigor creativo cultural. Hasta ahora, eficaz. Del nos y del yo, del nosotros y los otros. Pero nada es perdurable.

Estas líneas, amable lector, fueron escritas hace 10 años, provienen de mi libro ¿Qué es Nación?, especialmente del capítulo final, “Por una gramática de naciones”. Hoy estamos ante una nueva intolerancia, una guerra imprecisa. Entre las numerosas víctimas de los atentados terroristas del Hamas en Israel, hay norteamericanos, sudamericanos, europeos, asiáticos, africanos, se cuenta ya una treintena de nacionalidades. No son las de una nación en particular. Es la humanidad entera.

Publicado en El Montonero., 16 de octubre de 2023

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