Para Café Viena y los amigos lectores

Written By: Hugo Neira - Jul• 16•19

Hoy día domingo 14 de Julio, me he quedado en casa. Por varias razones. Estoy cargado de trabajo puesto que llego al fin de ciclo universitario, y esta vez he estado si no agobiado, sí muy ocupado con mis clases. Ya era mucho tres, suelo no hacer demasiada pedagogía para dejar algo de mi tiempo para escribir. Pero en este ciclo han sido cuatro. En sus últimos días, Alan García se estuvo despidiendo. Entre otros adioses, le dijo al rector de la Universidad San Martín de Porres, a Antonio Chang, que «si algo le ocurría» (en condicional), su curso y sus alumnos podían seguir si yo tomaba su cátedra. Y eso es lo que ocurrió. De pronto tuve unos 40 alumnos más de los que ya tenía a cargo. Hice lo posible. No siempre hay una persona como era Alan — no solo sus estudios en Francia, el largo periodo de exilio—, sino ¡dos veces presidente! Hice lo que pude. No soy político, apenas un profesor que a ratos también escribe para el ciudadano, y no solo para los colegas.

La segunda razón es que quería presenciar la fiesta francesa por el día 14 de julio, el equivalente del día de la Independencia en los Estados Unidos o nuestro 28 de julio. Ocurre que esta vez, además de los rituales y desfiles del caso, se iba a mostrar públicamente, un nuevo invento. Un aparato que permite al hombre volar por los aires. Un hombre de pie, y en los pies, una suerte de máquina redonda. Eso es todo, ¡y vuela!  Y de hecho eso es lo que hemos visto. Como se comprenderá, eso significa muchas aplicaciones. De entrada es un arma de guerra, podemos deducir que los cielos se pueden cubrir de ejércitos aéreos. Pero claro está, como ha ocurrido en el pasado, objetos nacidos para la guerra fueron los primeros aviones en el curso de la primera guerra mundial. Pero desde los años treinta, se convierten en aviones comerciales. Acaso este invento modifique la vida y el desplazamiento de la humanidad. Porque los cambios climáticos no son broma.

Este ha sido un domingo de sorpresas. Resulta que en el diario Trome, en la edición de este domingo 14 de Julio, en la columna tan conocida como El Búho, su autor se entera que acabo de sacar un nuevo libro. En efecto, el segundo tomo de mis trabajos de comparaciones entre México y Perú, después del primer tomo dedicado a la comparacion de Mesoamérica y el mundo andino (o sea, la comparación entre la civilización azteca y los incas) y luego de sendos procesos históricos virreinales, llegué hasta las independencias de ambas sociedades. El texto era ya extenso. Gracias a la buena voluntad del rector de la Universidad Ricardo Palma, Iván Rodríguez, se me permitió un segundo tomo. Le doy las gracias.  Por cierto fue trabajoso pero necesario. La Independencia de México y Perú, el siglo XIX de ambos, el siglo XX con los grandes temas de cada sociedad, y por último, el ingreso al siglo XXI.

Volviendo a la nota periodística del Búho, debo decir que me llama «Maestro Neira». Y la verdad, que me ha conmovido. No conozco al autor, que por cierto es periodista muy seguido. Ahora bien, dice que algunos de mis trabajos como periodista le han servido personalmente en su proceso personal de ser el periodista que hoy es. Y luego se ocupa de uno de mis primeros libros, acaso el más conocido: Cuzco: tierra y muerte. Lo entiendo, ese libro le permite relatar mi vida, la suerte de que la eminencia que era Raúl Porras me llamara a su equipo, en donde estaba Mario Vargas Llosa, Pablo Macera, Carlos Araníbar y esta modesta persona, entonces, «un jovencito erudito». La nota es la historia de cómo llegué al Cusco, enviado por el Expreso de  Manuel Mujica y de su director, José Antonio Encinas. Un diplomático peruano que había obtenido no uno sino dos doctorados en Harvard, economía y filosofía, modestamente. Encinas reúne entonces un equipo de juniors, que pasamos por un concurso para ser los editorialistas, Luis Loaiza, Abelardo Oquendo, Raúl Vargas y el que escribe. Ahora bien, cuando apareció «un fenómeno nuevo en la sociedad peruana» —tomo las palabras del Búho— y «miles de campesinos en Cusco estaban ‘invadiendo’ las gigantescas haciendas de propiedad de las familias más importantes de la región», en Lima no se entendía qué era lo que estaba pasando. No era una guerilla (eso fue Béjar) pero esa toma pacífica en la que no había ni incendios ni agresiones a los hacendados, ¿qué era? Encinas decide entonces enviarme a mí al Cusco, por el tiempo que esa fuerza emergente y sin nombre actuara. Me lo impuso: «Usted ha sido alumno de Arguedas y de Matos Mar». Y era cierto. Lo que hice fue muy sencillo, guardé en el bolsillo mis ideas y a prioris. Entreviste a los campesinos y en especial sus líderes. Los artículos salieron publicados en Lima, y en Cusco, leídos por los dirigentes de esa gigantesca marcha de campesinos hacia sus «recuperaciones de tierras». Visto que les daba la palabra en mis crónicas, me nombraron «periodista compañero cuna». Y los seguí semana tras semana. No hice sino decir lo real. Esas invasiones no eran violentas. Había aparecido una élite campesina, gente que tenía una estrategia para no enfrentar la violencia policial. Mi libro los hace entrar en lo que algún día será la historia del pueblo peruano, a saber, Sumire, Urbano López, Vladimiro Valer, y por cierto, Saturnino Huillca, el dirigente quechua que no le daba la gana de hablar en castellano, uno de los seres humanos más completo. Mucho años después lo entrevisté y escribí un libro sobre su vida (Huillca, habla un campesino peruano). Gané (ganamos) el premio Casa de las Américas, 1974. Viajamos juntos a La Habana. Los 3 mil dólares del premio, se los di a Saturnino. Después de todo era su vida y sus ideas.

Ese libro lo tradujeron a 7 lenguas. Y Cuzco: tierra y muerte me dio dos premios. Uno, el Congreso de Lima, porque había despejado los criterios imprecisos de esos días. Y otra cosa, un profesor francés, de paso por Lima, François Chevalier, se interesó por mi libro. No lo sabía, era lo que se llama un mandarin, es decir, el catedrático de la Sorbona prácticamente dueño de un área del conocimiento. Era un enorme americanista. Me propuso ir a París y trabajar como investigador. Me darían un contrato que me permitiría seguir estudios en cualquier grande école de París. Fue un giro decisivo en mi vida. Todo por decir las cosas sencillamente. Raúl Vargas me entendió. «Neira se ha vuelto un cronista de indios». Sí, pues, del rigor de Porras al hecho de saber admirar algo que era emergente y poderoso: lo que sucedía en el sur del Perú cambió mi manera de ver la historia y la sociedad. Sin ese país campesino que recuperara tierras, no hubiesen dado el paso que dieron las Fuerzas Armadas en 1969. La reforma del mundo rural se inicia en esos meses. De Quillabamba a la nación ya no de servidumbres indígenas.

El nuevo libro.

El águila y el cóndor. México/Perú. Tiempo moderno y contemporáneo, editorial Ricardo Palma, 2019.

En efecto, como dice El Búho, otro libro más sobre el Perú, pero desde una perspectiva comparativa. En realidad, hace un buen rato que practico esa modalidad. Vivimos cada vez más, en un mundo de naciones y culturas. Y a ese texto le preceden otros, de tipo comparativo. He publicado Civilizaciones comparadas (2015), que incluye a los incas y los aztecas. Y luego de compararlos, a partir de sus conceptos de orden que podríamos llamar filosófico, siendo conceptual —analizando algunos vocablos del quechua y del náhuatl— tuve el atrevimiento de continuar. Y comparamos las dos únicas y grandes civilizaciones de la América anterior a la Conquista, con la China Antigua y la India. El comparatismo también lo he usado para mi libro ¿Qué es Nación? (2013). En ese caso estudié y explico tres construcciones nacionales, Francia, Gran Bretaña y Alemania. Pero como la nación no es un fenómeno solo occidental, me ocupé de tres construcciones extraoccidentales, el Japón de los Meiji, la India de Gandhi y el México de la revolución. En ese libro, explico los procedimientos necesarios para abarcar entidades históricas como las indicadas. Y para decirlo todo en una sola frase, en esos casos, soy un trabajador intelectual que reúne varias disciplinas, y asumo una mirada holística. Es decir, global. Los maestros en que me inspiro, vale la pena decirlo, son Louis Dumont para la India, Gellner para las naciones industrializadas y Eric Hobsbawm, a quien conocí en Oxford, y que acaso es el historiador más completo ante la historia global. Esos trabajos anteceden al último libro mío.

Hubo un primer tomo de esa comparación México/Perú. El mundo mesoamericano de los aztecas y el andino de los incas. Hoy agradezco al rector Iván Rodríguez de la Ricardo Palma, puesto que resultaba enorme el comparatismo mexicano-peruano desde sus civilizaciones y el periodo virreinal. El primer tomo se detiene antes del proceso independentista. Y me permitió continuar con el siglo XIX, el XX y el ingreso a este. Quiere decir que en el II tomo me ocupo de nuestro siglo republicano, el XIX. Y continúo, tanto para México como para el Perú, hasta nuestro tiempo contemporáneo.

Para el Perú, el libro se cierra con la actualidad. He escrito capítulos que revisan lo que llamo, «el feroz siglo XX». Desde nuestro Novecientos y la aparición de la intelligentsia, a Haya de la Torre, y el ahora, los últimos años, los outsiders, el enigma peruano de crecimiento económico y desafecto político. Del riesgo de una sociedad de masas sin nación concluida. Hay un capítulo final. Sostengo que ha ocurrido una serie de «revoluciones» ocultas en el Perú, la migración, los efectos de la reforma agraria de 1969 y el ingreso a la economía de mercado, esto último, con ventajas pero con enormes brechas. ¿Crecimiento sin desarrollo? ¿Democracia y corrupción? Por mi parte, más que fijarme en lo que ocurre en la clase política, suelo mirar lo que llamo las «placas tectónicas». Lo de abajo, su cultura, las sorpresas que pueden venir de la sociedad misma…

Lo que sigue en esta nota, son fragmentos de «un epílogo para peruanos». No aspiran a razonar desde alguna de las ideologías dominantes. El sociólogo es todo lo contrario del ideólogo. Lo que sí tiene, es sinceridad. Nuestro futuro inmediato es imprevisible. Adelante pues, y buena lectura.

            Epílogo (sincero) para peruanos

           Nuestro siglo XIX fue caótico. El siglo XX, feroz. Temo lo que nos ocurra en el  presente inmediato. Nuestro proceso industrial es incompleto, no hemos estado ni en la primera revolución industrial, ni en la segunda o tercera. Seguimos siendo un país de exportaciones mineras y agrícolas. La burguesía peruana no lo  es del todo. Y lo peor, la actual educación primaria y secundaria —con muy pocas excepciones— va a la cola del planeta en las pruebas Pisa. Los últimos de la clase (Nicolás Lynch). Y el resultado es una caterva de parados sin oficio, de descontentos ilustrados, de graduados sin destino. Tampoco de esa catástrofe cultural se escapa la educación superior. Transición y desubicada intelligentsia    parecen que van de la par. Hace más de diez años que el Banco Mundial nos ha dicho que no tenemos recursos humanos. Y en esas condiciones, cualquier tipo   de modelo de desarrollo corre al fracaso. 

           En consecuencia, la calidad de la vida política, en vez de mejorar, se ha empobrecido. Hay, sin embargo, unos pocos propietarios de la palabra y el saber   simbólico. En una alianza perversa con los medios, manipulan a las multitudes con posverdades. El verdadero poder sigue siendo las empresas. Pero no es novedad. Lo que es nuevo, y francamente perverso, es el ser riesgosamente un país de peligrosísimos psicosociales a través de diarios y medios. El resultado es  que la gente deja de creer que los periódicos le digan algo verdadero. Otro asunto. Se está olvidando nuestra compleja identidad. Se la quiere única, contrariando nuestras mezclas que somos, un país trabajado por legados hispanos, indios y africanos. «El país de todas las sangres». Desde esa óptica, quizá un país más adelantado que muchos otros, puesto que nuestro mestizaje nos ha formado en medio de culturas distintas, lo cual no es un defecto sino virtud.

           Pero también, hay que decirlo, cabalga un sustrato redencionista y fatalista de la historia en el alma de mucha gente. De ahí provienen esa suerte de santones laicos, jefes de partidos que giran pronto a la secta, profesores del Ciclo Básico que organizan exterminios tártaros, líderes supremos e iluminados de toda laya. Seguimos siendo un curioso país donde la diferencia entre manifestación y procesión no es muy clara, ni entre misa y masa, y entre devoción y convicción. 

           Dos siglos de vida republicana. Y seguimos sin entender que el quehacer intelectual y el político son actividades nobles, pero amalgamadas pueden producir monstruosidades. Con mayor razón en una sociedad que no ha   entendido que una república, para serlo, debe ser laica. Lo cual no significa abjurar de la fe católica o de otras religiones. Lo que nos pervierte, no es que la Iglesia se inmiscuya en la vida pública sino que la política y el debate republicano se pervierten porque derechas o izquierdas, son fundamentalistas. En materia de creencias políticas, hemos trasladado el vicio de la intolerancia inquisitorial al debate nacional. Nos pervierte una cultura política de fondo judeocatólico en la que el héroe tiene que ser siempre un mártir. Se admira a Mariátegui, y callamos que estaba a punto de emigrar a Buenos Aires cuando le llega la muerte. A Haya de la Torre se le toma como un gran maestro, que lo era, pero cuando ya no está. Además de esos comportamientos intolerantes que proceden de la vertiente criolla-occidental, se suma, en el siglo XX, una serie de interminables desdichas políticas tras el culto apocalíptico de los mitos del ciclo andino. Inkarri, el Taqui Ongoy.

           Hay una corriente en la antropología peruana que no estudia los antiguos rituales. Los resucita. El uso de la herencia cuerda de los incas se transforma, en el Perú actual, en un pretexto para querer gobernar totalitariamente. Puede que la Teología de la liberación tenga algo que decir. Pero más ganaríamos con la liberación de todas las Teologías. En las que incluyo las ideologías. En cuanto a  la vida política, no hay partidos. En realidad, se comportan como religiones. Lo digo porque ante nuestros problemas, no tienen como respuesta sino algún tipo de mesianismo. El pueblo, en cambio, tiene el buen sentido de todo pueblo. Y entonces se da el caso asombroso que las masas resultan ser a ratos lúcidas, mientras las élites deliran. Mientras esto dure, el Perú no entrará del todo a la modernidad. La gran ruptura sería volvernos un país de científicos. Pero la utopía andina que reina adora el pasado y desdeña el porvenir.

           El debate por el pensamiento libre es, pues, decisivo. Tenemos todo, minería, posibilidades inmensas debido a la variedad de climas y escalones bioclimáticos. Pero nos falta la pasión por el conocimiento y en general la cultura y las artes. El cultivo de eso que se llama la cultura, desde la literatura hasta las ciencias naturales, nos llevará a playas más lúcidas y humanas que las actuales. Estoy convencido de que la especialización del saber y el poder en esferas independientes no puede echar, a la larga, sino frutos saludables. Una sociedad comienza a respirar mejor cuando sus políticos, por muy cultos o iluminados que parezcan, no aspiran al monopolio imposible de las certezas. Cuando lo privado y lo social se separan de lo gubernamental por la magia del conocimiento. Y cuando en el fondo de las aulas, los más listos y los más talentosos se destinan a diversos oficios y saberes. Y no forzosamente a ser pastores del extraviado rebaño de sus contemporáneos. Mucho tardará, sin embargo, para que el Señor nos llame por senderos tan civilizados. (HN, pp. 502-504)

                                                                              Santiago de Surco, junio de 2018

Publicado en Café Viena, 16 de julio de 2019

Reforma agraria y ¿genealogía oculta?

Written By: Hugo Neira - Jul• 15•19

Lo que ocurre en 1969 es algo que venía a ser un problema desde hacía un buen tiempo. El tema del indio, de la tierra, del enfrentamiento de comunidades indígenas y grandes haciendas a lo largo de la vida republicana. Pero de eso no se habla. De modo que, aprovechando que no hay cursos de historia del Perú en la secundaria peruana, se da la impresión de que un dictador —o sea Velasco– decide caprichosamente la expropiación de los latifundios. En la falsificación de la memoria del 68 hay mucho de antihistoricismo. Se hace como si ese problema y posibilidad —para usar los términos de Jorge Basadre—, la tenencia de tierras en los Andes, fuera un asunto que emerge con el gobierno militar. Pero en realidad es todo lo contrario. Al punto que podemos trazar sin exagerar, una suerte de genealogía.

Que los indígenas peruanos sufrían de diversos abusos y formas de explotación, es algo que era tan evidente que mucho antes de la Independencia, fue materia de crítica por los mismos españoles. Es el caso de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, hacia 1735. Siendo ambos marinos, observaron puertos y ciudades, pero también las plazas de armas, y de paso el comercio ilícito que venía de Europa y de China. Y muy pronto, en su extenso informe, en la sesión cuarta, de la página 197 a 367, «el tiránico modo de gobierno establecido en el Perú por los corregidores sobre los indios, y el estado miserable en que estos viven». Además, los indígenas pagaban los tributos reales y las malditas alcabalas. Pero si los corregidores hacían fortunas con sus mulas, venta de géneros, «en crecidas utilidades que sacan», los marinos españoles encuentran que a las crueldades de los corregidores con los indios se sumaba las de curas, eclesiásticos seculares y regulares. «En vez de ser sus padres espirituales y defensores», estos curas, en sus iglesias, «se aplican en hacer caudal». Desde la limosna de la misa cantada, o el regalo de dos o tres docenas de gallinas, o las semillas, «o las chacaritas que cultivan, o las festividades, o el mes de los finados». Entre fiestas y finados, «sacan al año 200 carneros, 600 gallinas y pollos, de tres a cuatro mil cuyes y de 40 mil a 50 mil huevos» (Noticias secretas de América, Historia 16, Madrid, 1991).

He invocado una genealogía. Es decir, los antepasados de 1969. Aquí van.

1888. Del lado intelectual, radical, elitario, librepensador, Manuel González Prada. Discurso en el Politeama: «No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos i estranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico i los Andes ; la nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera». «A vosotros, maestros de escuela, toca galvanizar una raza que se adormece bajo la tiranía del juez de paz, del gobernador i del cura, esa trinidad embrutecedora del indio». González Prada, el primer paso a la insumisión, la lección magistral para Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui.

1919. Golpe de Estado de Leguía, pese a que había ganado las elecciones. Su próposito: sepultar al Partido Civil y una nueva constitución. Y en ella, la vez primera en que en las constituciones republicanas se establece la defensa legal de las comunidades indígenas ante el asalto de los hacendados. Tiempo de indigenistas, Hildebrando Castro Pozo, Nuestra comunidad indígena, 1924. Pero todavía no se abordaba el problema indio como asunto social y legal.

1928. En Mariátegui, «el problema del indio», unas 11 páginas. «El problema de la tierra», 40 páginas. «Empecemos por declarar absolutamente superados los puntos de vista humanitarios o filantrópicos». Entonces, «el problema agrario, colonialismo/ feudalismo, la política del coloniaje, el colonizador español, la comunidad bajo el coloniaje, la revolución de la independencia y la propiedad agraria, política agraria de la república, la gran propiedad y el poder político, la comunidad y el latifundio, el régimen de trabajo, servidumbre y asalariado, proposiciones finales».

De 1920 a 1945: violentos movimientos campesinos, rebeliones como la que estudia el francés Jean Piel en Tocroyoc, o en Lauramarca, estudiado por Wilson Reátegui y por sanmarquinos como Flores Marín y Rolando Pachas. O el levantamiento de un mayor del Ejército, llamado Rumi Maqui, quien según Alberto Flores Galindo, «logra convocar a indios de Puno, Cuzco, Abancay y Ayacucho». Pero a lo que vamos, el conflicto entre haciendas y comunidades crecía a medida que las haciendas conseguían judicialmente vencer a las comunidades. Gracias a lo que se llamaba el gamonalismo, el gran propietario y sus familiares y allegados. En ese lapso, hubo de parte del campesinado acciones violentas. Lo que los franceses llamaban jacquerie, levantamientos feroces y sangrientos que acaban por ser aplastados por el Ejército. José María Arguedas lo recuerda, «los funebres alzamientos». Huancané, por ejemplo. Pero algo nuevo en el sur peruano, especialmente, en el Cusco.

Entre 1961 y 1965, «miles de campesinos en Cusco estaban ‘invadiendo’ las gigantescas haciendas de propiedad de las familias más importantes de la región. Los campesinos las llamaban ‘recuperaciones de tierras’.» Era una movilización gigantesca, solo comparable a cuando se alza José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II. En el corazón de ese movimiento, la Federación Campesina del Perú. En Cuzco: tierra y muerte, libro que recoge de inmediato las crónicas sobre esa emergencia rural, la sorpresa es doble. Es un fenómeno social novedoso.

1963. «¿Cómo es una invasión? Las invasiones son pacíficas. Una poblada, formada por campesinos de las localidades vecinas, invade, casi siempre en la madrugada, los terrenos de una hacienda. Pero la casa ­—hacienda o el caserío vecino— y los pongos al servicio de los amos, quedan indemnes. Nada hay más ajeno al carácter de las masas indígenas que el desenfreno. Invadir no es pues saquear, robar, incendiar o violar. Es simplemente entrar a la tierra prohibida de la hacienda. Desde los balcones de madera los hacendados pueden ver cómo sus propiedades cambian de mano. Pero sus vidas están a salvo. El sindicalismo agrario no es un movimiento vengativo». Esta nota se escribió en el terreno mismo del conflicto, y ocupa la página 98 de Cuzco: tierra y muerte, edición de 1964.

1950-1969: La reforma agraria no hubiese sido sin el CAEM. En los inicios de los años 50, bajo el mando del general Marín del Águila, algo que va más lejos que una simple escuela militar. El Centro de Altos Estudios Militares del Perú (CAEM) se vuelve una universidad para oficiales. Se estudia Economía, Ciencia Política con los mejores profesores civiles que se pueden encontrar en Lima, y además, con profesores extranjeros. Y todo ello es la apertura a los problemas sociales, a la formación de una «nueva mentalidad» en los altos cuadros de la Fuerza Armada del Perú. Un pensamiento desarrollista en los militares peruanos.

Esperaban, pues, de la presidencia de Fernando Belaunde esa reforma del mundo agrario. Al frustrarse esa salida, se enfrentan entonces a un dilema. Tras los acontecimientos del valle de la Convención del Cusco —el ejemplo de Chaupimayo— ¿eran los militares los que tenían que pagar el precio de la inmovilidad de la capa social de terratenientes? Luego de idas y vueltas, finalmente se deciden a llevar a cabo la reforma que no era solo agraria (una modificación de la tenencia de la tierra) sino la liberación de la capacidad productiva de la mano de obra de los campesinos en sus propias hectáreas. El ingreso a la economía moderna.

1969 al 2019: Hay en el Perú un nuevo tipo de tenencia de la tierra. Hay una dinámica tras la aplicación de la ley de Reforma Agraria. De las SAIS (Sociedades Agrícolas de Interés Social) que coordinaban a las exhaciendas en manos de peones, se pasa a parcelaciones, que es lo que los campesinos prefieren. La desmembración de las cooperativas lleva a formar nuevas comunidades campesinas. De cerca de 4000 en 1969, han llegado a ser 7000. Muchas de ellas han sido reconocidas por adjudicación con la reforma agraria de 1969. En fin, el posvelasquismo tiene una historia bastante distinta entre Pasco y Tumbes, entre Cusco y Piura. 

¿Qué fue la Reforma Agraria? Una serie de historicidades que se reúnen en un momento determinado. El cambio de mentalidad en las filas de los oficiales, dado el CAEM. Y un cambio de liderazgo en el mundo rural cusqueño. Por un lado, oficiales como Fernández Maldonado, Mercado Jarrín, Leonidas Rodríguez y claro está, Juan Velasco Alvarado. Y del lado rural, entre jóvenes estudiantes y líderes campesinos, Vladimiro Valer, Fausto Cornejo, Saturnino Huillca. Los militares borraron del escenario a la vieja oligarquía. Los campesinos, ora en comunidades, ora en propiedad privada, borraron a los gamonales.

Han pasado 50 años. Fue el final de un sistema de propiedad que extendía la encomienda colonial a las haciendas republicanas. Un arcaismo. Un fin de la colonia.  

Publicado en El Montonero., 15 de julio de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/reforma-agraria-y-genealogia-oculta

Entrevista en el Cusco sobre un tema enorme. El agro peruano después de la reforma agraria

Written By: Hugo Neira - Jul• 10•19

Han pasado 50 años de la desaparición de los latifundios, de esas haciendas que eran la continuación en el Perú republicano de la encomienda colonial y de los repartimientos del siglo XVI, cuando los conquistadores tomaron tierras a su real gana. Pero hoy ya no existen gamonales y «enganchadores». Ese tipo de campesino que recibía un adelanto en dinero y mercancías, a veces en contra de su voluntad, y trabajaba en las haciendas con su salario retenido. Esto pasaba en las haciendas azucareras de la costa. Y muchos hoy todavía dicen que no deberían haberlas tocado. El «enganche» era parte de las modalidades de servidumbre de ese agro precapitalista, más bien feudal, antes que se aplicara la ley n°17716, y aparecieran otras modalidades de afectación y adjudicación que liberaron la fuerza de trabajo. Entonces aparecen otras formas de empresa rural o propiedad. Las Cooperativas Agrarias de Producción. La SAIS (Sociedad Agrícola de Interés Social). Además, siguieron creciendo las Comunidades Campesinas. Pero a todo eso se le llama, el «fracaso de Velasco». O sea, quieren ignorar lo que es real.

Abra usted el Compendio Estadístico del Perú, 2016, tomo II, p. 1035, y tiene el número de productores agropecuarios, en total, 2’260’973 familias peruanas en el 2016, y con una superficie agropecuaria en explotación, de 38’742’465 hectáreas. Vaya y dígales que deben volver a los latifundios, por ejemplo. Lo que pasa es que cubren con el «fracaso de Velasco y la Reforma Agraria» la ausencia de información y conocimiento de lo que ha continuado en la tenencia de la tierra en el Perú durante cinco décadas. No lo saben, ni quieren saberlo. El velasquismo no tiene herederos políticos. Ningún partido puede atribuirse esa gran transformación. Lo que intentamos en estas cortas líneas (el tema del campesino pobre es también el tema del indio, de la identidad, y otras muchas cosas) es acudir al sentido común, a la razón, y este artículo es apenas un sumario de cómo se transformó el mundo rural, mientras seguíamos repitiendo el «fracaso de Velasco». Cantaleta que solo un idiota puede creer que en los Andes no han cambiado de modos de trabajar. Y de vivir. Y por encima de todo, otra sociedad rural. De donde saldrá otra vida republicana, para asombro y sorpresa de los que repiten como loros lo que ni los exhacendados creen. Se acabó la colonia. ¡Y no lo entienden!

La reforma agraria removió las formas de la tenencia de la tierra. Surgieron diversas modalidades de producción y de propiedad. Los gamonales de horca y cuchillo desaparecieron. A la reforma agraria de Velasco le sigue una dinámica popular. La reforma de la reforma. Por ejemplo, las SAIS cusqueñas desaparecieron porque los campesinos optaron por la propiedad privada, aunque fuese pequeña. Pero una gran parte de peruanos no se han enterado de esos cambios decisivos en la tenencia de la tierra del Perú, de 1969 hasta nuestros días. Más fácil es creerse lo del «fracaso» que ponerse a estudiar qué diablos ha pasado en los años de este siglo XXI. Entre tanto, se consume en los supermercados y mercadillos, achote, ajo, arroz cáscara y arveja verde, café y camote, maíz amarillo o del otro, mango, manzanas, mashua, piña, plátano, soya, tomate, yuca, frijol, lenteja, haba, hortalizas, frutas, desde la chirimoya a la guanabana, pero, pese al tamarindo y la deliciosa lúcuma, igual, la cantaleta, «el fracaso de Velasco»… En la mesa peruana, aves, ovinos, vacunos, y la producción de leche, pero, «el fracaso de Velasco». Claro está, todo eso se importa del Japón o Nueva Zelandia. ¿Qué nos pasa? ¿Se han olvidado de algo que se llama razonar? La verdad de la historia la tienen delante de las narices, ¿y no vinculan la política con la realidad? ¿Hay 21 millones de gallinas ponedoras, y seguimos pensando que mejor era el latifundio?

Es por eso que insisto en esta serie de notas periodísticas que no lo son. Para vencer un gran silencio, hay sociología, historia y ética. De la reforma agraria hecha por las fuerzas armadas de los 60, se dice que era un paso dado «para establecer el comunismo». Es evidente que lo último que era la oficialidad de esos años, era ser comunista. En el mundo entero se reconoce esa reforma agraria peruana como una gran reforma que da paso a la retardada modernidad peruana. El eje central de ese gobierno militar era salir del subdesarrollo pero no por ello, dejar de ser parte de ese tercer mundo que no era capitalismo avanzado ni un país de las llamadas democracias populares, que no era sino el nombre de los países europeos dominados por el otro imperio, el de la URSS. También se dijo que la economía había colapsado por culpa de la política velasquista. En los hechos reales, el PBI del Perú sigue creciendo en los años velasquistas. Para eso, hemos puesto el cuadro de riqueza global del INEI en este artículo.


Contrariamente a lo que se sostiene, el crecimiento fue permanente desde Odría, 1950, hasta después de Velasco. En los años 80, lamentablemente con un gobierno democrático, el retorno de F. Belaunde, comienza a caer.

Ahora bien, en el tiempo del post Velasco, diversos actores y personalidades fueron parte de la mejoría y salud del mundo agrario. Por mi parte, volví al sur, ya no en el momento en que hubo tomas de tierras (lo cual, produjo un cambio en la mentalidad militar) sino en los años iniciales del milenio. Así, en uno de mis viajes al Cusco, me encuentro con Carlos Paredes. Hoy se le conoce por Sierra Productiva. Un programa, una apuesta por el actual agro andino. Paredes no es un hombre de la generación de Hugo Blanco o la mía, viene después. Economista de profesión, formado en la Facultad de Economía de la universidad San Antonio Abad del Cusco, militó en partidos de izquierda, no fue lo que se llama un velasquista. Pero pertenece a la generación que vio nacer las cooperativas y las SAIS, y trabajó por su cuenta en apoyo a las organizaciones campesinas de la Federación de Campesinos del Cusco. Corresponde a los que vieron desactivarse las empresas estatales, el Banco Agrario. Y que enfrentó otro reto. Ya no la dominación de los terratenientes y gamonales sino cómo hacer para producir sin la ayuda del Estado. Es un testigo de la aparición de algo que podemos llamar ahora, el cuidadano rural. Eso que no existía, cuando los campesinos no tenían tierras, puesto que los hacendados se apoderaban de tierras comunales, durante decenios y siglos.

Aquí está el resumen del encuentro que tuvimos en el Cusco, en San Agustín, 385, hace de eso unos años, me dijo de entrada que existía una oficina en Lima con un Proyecto de Titulación de Tierras, donde están los titulados, o sea, comunidades tituladas y las no constituidas, incluyendo el anexo de comunidades. Y luego se extendió sobre la situación post Velasco, con erudición y un ánimo de entender a fondo el nuevo tipo de tenencia de tierras en el Perú, rompiendo los estereotipos que se han impuesto en estos 50 años de silencio y desdén por ese Estado que todavía se ocupaba de la injusticia social. Hoy no. De Velasco a nuestros días, se ha ido estableciendo un tipo de Estado reducido, enano, un Estado que solo debe ocuparse de la Defensa nacional, las leyes y el orden público. En el fondo de las ideas dominantes de este medio siglo, se ha creído que solo el Mercado debe ocuparse de la Salud, la Educación. Pero no todo puede ser negocio. Ya no habría sociedades. La globalización en curso significa que los Estados no mandan en sus territorios. Esto es lo que se llama el neoliberalismo, que de liberal no tiene nada.

A partir de la teoría de un Estado precario —reducción de Ronald Reagan y Margaret Thatcher (otro Occidente, el anglosajón, con el cual discrepa la Unión Europea)— se quiere olvidar el progreso magnífico de los dos siglos en que el Estado moderno y el Mercado construyen las sociedades más ricas y libres del planeta. En la Europa socialdemócrata. Pero ese tema, lo dejaremos para más adelante. Por ahora, el encuentro con un testigo de vista de las transformaciones del agro peruano, ese que escapó de la Edad Media, de la oligarquía terrateniente, conversación a plena luz del día, en la plaza principal del Cusco. Gracias a Paredes, por sus explicaciones.

Hablando claro. Conversando en la plaza mayor del Cusco

Paredes sostiene que el mayor cambio de democratización sobre propiedad de la tierra se ha dado en el Perú. Considera que es el más importante de la América Latina —añade—, que es el único país que no tiene sistema de haciendas. Repito, es el único país que no tiene sistema de haciendas, otros países como Brasil, Chile y Argentina tienen haciendas más modernas, y están pensando aplicar reformas a aquellos fundos no explotados, no utilizados.

Luego le hago, a quemarropa, una pregunta. ¿Cuántas haciendas había en el Perú, en el periodo de Reforma Agraria? Y me responde tomando como ejemplo Huancarán, «donde habían 100 haciendas, hay hoy día 2 mil unidades de producción», tras  parcelaciones, pequeña propiedad y entonces calcula grosso modo, tal vez de 10 a 15 mil haciendas en el Perú pre Velasco.

Luego, Paredes habla de lo que llama la «nueva situación». Esto sabemos desde 1994, cuando se hizo un censo agropecuario. La información se encuentra en el INEI, Instituto Nacional de Estadística. Sabemos, entonces, que hubo en ese momento, 1’750’000 unidades de producción, unidades productivas de pequeña propiedad, o sea, que el 90% de la ocupación de la tierra es pequeña propiedad. Le pregunto desde qué medida, la respuesta es que es de 13 hectáreas para abajo.

Paredes continúa. «Somos un país de pequeños propietarios». Además, señala que han crecido las comunidades campesinas. En esos días había habido un coloquio en la Agraria, organizado por la señora Inga Arauco, en donde una señora Bobbio establecía los crecimientos masivos de las comunidades campesinas:

            1ra. Etapa:  la tradicional, unas 500 ha., Leguía hacia los años 40.

            2da. Etapa:  Odría, 1’500 ha.

            3ra. Etapa:  en el Censo, 5’000. En el momento del encuentro con Paredes, había ya  6’000 comunidades campesinas. Hoy, según el INADI son 7’000.

Paredes: «En Puno, más de un millón de pequeños propietarios, y antes en la primera etapa, Puno debió haber tenido 350 comunidades campesinas y hoy tiene 1’300 comunidades campesinas, es decir, más que el Cusco». La segunda observación es que este proceso significó una democratización, en otros aspectos no solamente en la propiedad de la tierra. Por ejemplo, se democratizó la educación, que quiere decir, tal vez por eso, que antes de la reforma agraria, «no era pensable la educación rural».  Cuenta la historia de Márquez o Caramba, que la escuela que habían construido, los del sector ¿no es cierto?, la destruyó con sus tractores.

Y, cuenta la historia de un campesino, de Jacinto Sacya, que vive en Joyos, que se dedicó a la educación, que había tenido la idea de estudiar porque el patrón, en un momento determinado de su infancia, le escuchó decir a la esposa, a la esposa del patrón, que por qué le daba leche, jamón y carne a los campesinos. ¿No te das cuenta, carajo, que si les das esto se van a volver inteligentes? Y si se vuelven inteligentes, nosotros vamos a desaparecer. Por eso, Jacinto, este campesino, iba a la escuela, aunque le costaba 7 horas diarias el caminar. Paredes: «hay una vinculación pues entre alimentación, inteligencia y cambios económicos y sociales».

En otras palabras —repito a Paredes— la comunidad campesina se convirtió en el primer factor de expansión rural de la educación. Otro tercer elemento es la democratización del voto, sin embargo señala que hubo un problema no comprendido en su tiempo por la izquierda ni tampoco por la academia.

Señala que las SAIS fueron importantes, pues significaron que podía reunirse la administración de muchas haciendas en una sola. Por ejemplo en el Valle de Anta había 25 haciendas en una sola SAIS, es decir, al mando de una administración de técnicos. Pero no se modificó la relación con los campesinos —señala— «que seguían trabajando gratis, lo que explica la ola campesina, que en la matriz de la Confederación Campesina del Perú-PCP, se movilizó en los años 80», la idea o reclamo era que esas tierras deberían pasar a ser comunidades. Pero, cuenta Paredes, «eso no ha ocurrido, se han parcelado, salvo en algunos sitios, donde todos los pastos naturales como propiedad común».

¿Qué nos está narrando Paredes, en esa tarde en la plaza mayor del Cusco? Nada menos que un proceso de re-apropiación post Reforma Agraria, de los campesinos. La idea dominante era volverlos comunidades, pero lo que se volvieron fue bajo la forma también de la  propiedad privada. Todo eso, en el Cusco en 1979. Al final, la tierra está desde ese momento en manos de comunidades, y también de propiedades privadas de campesinos locales. «Todo esto acabó en los años 80».

Paredes: «Después se dio el salto a la producción. La lucha por la producción estuvo asociada a políticas de nivel nacional, en consecuencia, a precios, tierras, sismos y el Estado aparecía como el gran comprador. Todo esto NO resolvió el tema de cómo producir. Hubo una brecha tecnológica y yo también añadiría, que una brecha psicológica, porque para mí, parte de la teoría de la reforma agraria, no fue eficaz.»

Aquí comienza Paredes a desarrollar el tema de pobreza y extrema pobreza. Recuerda que están reconocidos como pobreza quienes no pueden, los que no tienen suficiente, y en extrema pobreza, los que tienen que ser asistidos, ¿no es cierto? «Los que no pueden, la izquierda misma ha alentado esta mirada —dice— gente desvalida, gente que no se puede valer, de ahí los programas de asistencia alimentaria, etc.»

Pero ha observado en qué medida este propietario rural, pequeño o no, es productor de riqueza. ¿Por qué? Primero señala porque tiene unos elementos concretos, tiene el agua, tiene la tierra. En segundo lugar, tiene animales, diferentes animales, tiene semillas. En tercer lugar pertenece a una cultura de 10’000 años, con una experiencia. Eso le parece muy importante. «Transforma plantas silvestres en comestibles». Entonces, sostiene Paredes «que la principal riqueza del país está conectada con estos pequeños productores y lo que él está intentando en su instituto, la alternativa, es hacer desarrollo a través de la capacitación».

Y en ese instante de la conversación, ingresa a explicar que tiene 40 tecnologías en marcha y las separa en tres grupos: tecnologías productivas, tecnologías conservacionistas y tecnologías de transformación.

De aquí en adelante, es más difícil seguirlo, pero en fin, voy a intentarlo. Dice que hay una situación pre, que es actual, en la que la familia campesina vende de 20 a 30 soles diarios, sacando elementos de sus cosechas, y vendiendo elementos de su cosecha, y esto le da entre 80 soles a 120 a la semana.  Luego, da un salto, pasa a tener venta de 500 soles por mes y luego aumenta más. Si se toma en cuenta lo que dice el Banco Mundial —que extremo pobre es el que tiene un dólar para alimentarse por día, y un dólar es extrema pobreza—, dos dólares sigue siendo pobreza, pero ese aumento señala la posibilidad de transformarse muy rápidamente.

Esta transformación se debe a varias nuevas formas de ingreso. Primero, la venta directa de animales, de plantas. Luego la transformación. Por ejemplo, transforman hortalizas, zanahorias, en tortas, en compotas de diversos colores, en néctar. Otra fuente es el engorde de ganado, que es una venta no frecuente, pero en fin, cuatro veces al año. Como posibilidad, tres niveles, venta primaria, venta de transformación y venta de ganado. Me dice «están construyendo un mercado».

Al parecer, las experiencias que hace en su instituto se reproducen ya en 60 distritos del Cusco. Esto está ligado al presupuesto participativo. Están innovando, por ejemplo, en la posibilidad de tener forrajes hidropónicos. Es decir, una técnica de origen israelita que pueden tener forrajes sin necesidad de praderas. Textual, «esto está ligado al grupo de apoyo al sector rural de la Facultad de Mecánica de la Universidad Católica, la enseñanza para que saquen provecho, aplicando formas de transformación, si venden por ejemplo, solamente, la arroba de semilla dulce, esto le da, S/. 2.50, pero el kilo de ese mismo dulce,  se vende a 14 soles. Entonces la idea es la transformación.»

Uno de los sectores más importantes de exportación del Perú es el café y está en manos de pequeños productores.

Emplea el siguiente cálculo: dice que existen en el Cusco unidades productivas, en la ciudad, unas 16’000. Llama unidades productivas a todo tipo de comercio, talleres; y en el campo rural del Cusco, 144’000. La pequeña producción campesina pues, entonces, se la ve de otra manera.

Entonces, llega al siguiente cálculo: si 100’000 unidades de este campo rural (no 144’000, sino 100’000, dos tercios)  llegan a vender 3’000 soles al mes, significa eso 300 millones de soles por mes, multiplicado por 12, esto significa 3’600 millones de soles al año; y señala que Repsol produce 1’000 millones de dólares al año, o sea, 3’500 millones de soles al año, o sea, menos de lo que podría ser las 100’000 unidades a 3’000 soles; ya los primeros pasos de su iniciativa ponen a los productores, que son centenares, en los 500 a 1’000 soles (de todo esto, unos 10 años atrás).

Otras cosas que él explica es lo que llama la «escalera del progreso». Para vencer la pobreza, avanzando hacia el progreso, y entonces señala que el primer punto, el punto de partida, «es una capacitación básica, orientada al desarrollo, al mercado interno, en base al progreso de la pequeña producción campesina, con democracia participativa».

¿Qué quiere decir «democracia participativa»? Si le he entendido bien, «las municipalidades que consultan a las comunidades de base». Paredes señala que «en la capacitación básica hay lo que llamamos la pasantía». La pasantía acabó en mayo, cuando los campesinos aprenden a hacer un diseño predial. ¿Y qué es un diseño predial? le pregunto. «Es un diseño que tiene dos partes. Una primera parte es lo que los campesinos tienen ahora, y una segunda parte, su ideal, a lo que podrían llegar, con las tecnologías necesarias.»

«Por ejemplo, el riego por aspersión. Lo aplican en huertos y pastos, con costo cero, de acuerdo a nuevas técnicas. Y cuando esto está ya admitido, solo después obtienen ganado, ganado mejorado. De lo contrario, ocurre lo que siempre ha ocurrido, que el ganado que se ha traído de fuera se muere, solo el ganado criollo sobrevive.»

Luego Paredes se extiende en la semilla de papa por lotes. En vez de plantar una papa para producir otra papa, coge una papa, la desarrolla y después cuando tiene el tamaño de un lápiz, los brotes, los cortan, en 12 ó 20 pedazos y estos los plantan; eso significa un ahorro de papas dedicadas a la semilla, es una técnica ancestral que ha sido recuperada hace poco.

En las labores de capacitación tiene un sistema muy especial. Las hace un campesino que ha sido formado previamente, ese campesino se llama yachachiq, es un capacitador. Visita familias, las capacita primero en diseño predial, luego les enseña cursos prácticos por distrito. Había comenzado con 26 y ya tiene 500 yachachiq.

Le pregunto qué es un yachachiq. «Es un campesino como los otros, pero dedicado a la enseñanza. Un yachachiq es un instructor, monitor, por cada 10 familias. Su ventaja es que está ahí cerca, en el campo. Después se seleccionan unas pocas familias, lideradas por mujeres». El yachachiq es el que capacita de campesino a campesino y «estas familias influyen en los Club de Madres, en los Comedores Populares Infantiles de 18 comunidades de un distrito». Capacitación de campesino a campesino, «a esto lo llaman sistema de réplica, en Huancarani, Huancabamba, en Ninamarca, en Piscohuata» y siguen así una gran cantidad de puntos comunitarios, se produce la réplica. Es decir, «los campesinos ven el éxito en los huertos de los otros campesinos y entonces piden, solicitan, la misma capacitación, innovación». (Esta técnica, se ha aplicado en aldeas de la India, solo convence a un campesino de modificar sus formas de trabajar cuando ve la prueba y el éxito de otro campesino. El mundo rural es así. En cualquier cultura o país. Es una relación muy particular, tanto con la naturaleza y su relación con otros campesinos.)

Corre el reloj, pero Paredes continúa. «En Huancarani, por ejemplo, acogen las nuevas tecnologías unas 65 familias; en Chancabamba, 84 familias; en Ninamarca 10 familias; etc, y entonces ¿qué se está produciendo? Se está produciendo un tipo nuevo de economía rural en la que los campesinos pueden tener diversos ingresos y convertirse en agricultores exitosos y en campesinos ricos. Y en el Perú, la aparición de un sector rural completamente distinto. Obviamente, si esto se hubiese llevado a cabo y a escala nacional, significa que el desarrollo agropecuario en base a este país de pequeños propietarios que sobrepasan hoy los 2 millones, sería el eje de transformación por tres razones:

– en primer lugar, seguridad alimentaria.

– en segundo lugar, ingresos, diversos tipos de ingresos.

– y en tercer lugar, se fija a la población en el sitio, con potenciamiento económico.»

Paredes: «Hay un continuo ciudad y campo. Los jóvenes ya no están pensando en migrar a la ciudad sino en quedarse y hacer estudios vinculados a esta evolución. ¿Qué estudios?  Estudios sobre industria alimentaria, tecnología, biotecnología.

El Plan Predial aporta —dice Paredes— un gran cambio en la cultura del campesino andino, dominado por el temor al riesgo. Y como despedida, pues se está haciendo tarde, me dice que las Municipalidades están comprando yogur de grupos capacitados para el Vaso de Leche en ciudades. «En Espinar, la provincia de Espinar, 1’000 litros diarios de leche pasteurizada son así repartidos.» En fin, la idea es que se produzca una transformación industrial vinculada al mundo agrícola. De Velasco al yogur, adiós amigo.

Publicado en Café Viena, 9 de julio de 2019

Política, memoria y compasión

Written By: Hugo Neira - Jul• 09•19

Mientras la moral tenga una razón de ser, habitará en ella la compasión.

—Horkheimer

Muchos de mis coetáneos ven el 2021 no como un pasaje de un gobierno interino a uno que vendrá directamente de las urnas.  Lo ven como un abismo. Un enigma. Y en algo tienen razón. Pero cuando hubo crisis en 1931, en 1990, el Perú cambió y no para mal. Por el momento, lo que hay es un abismo entre el país real y el país político. ¿Que de dónde saco esa hipótesis? preguntará el lector. Pues sencillamente del resultado del Barómetro de las Américas.

Quién se fía de las encuestadoras locales, ¡por favor! Acudo a una fuente que examina el estado de «la cultura política de la democracia en el Perú» con un criterio más serio y neutral, desde una institución internacional. Así, preguntan sobre la preferencia del régimen de gobierno, por una democracia o un autoritarismo. La mayoría de los encuestados, como en otros países, prefería la democracia, pero, por una parte, la entienden como libertad (sin reclamos de derechos civiles o culturales). Y cuando se les preguntaba por una definición de esa democracia, se presenta un problema. No la pueden definir, sea porque son «residentes de la sierra Sur», sea porque en general, «el menor nivel educativo disminuye la probabilidad de definirla». (http://www.americasbarometer.org/, pp. 58-59)

Por lo demás, me llamó la atención que el Perú tuviese el más alto índice de lo que respondieron, «da lo mismo». Vaya respuesta. Revela un grado enorme de desengaño. Y eso en el 2006. ¿Se imaginan en cuánto habrá aumentado ese nihilismo colectivo después de los escándalos de Odebrecht, Lava Jato, el gatillazo de Alejandro Toledo —«Barata, paga, carajo»—? ¿Y los cuatro ‘palos verdes’ en los labios de la señora alcaldesa Susana Villarán y Lavalle, acaso con algo de Al Capone? Entonces, el 2021, ¿el apocalipsis?

Lo que está ocurriendo es muy complejo. Y no me fío solamente de mi instinto. Trato de seguir y escuchar a otros. Así, de repente, Jorge Nieto en una entrevista de Perú.21. Y por otra parte, la entrevista de Mijael Garrido Lecca en Canal N, a Fernando Tuesta, que como todo el mundo sabe, es quien ha presidido la Comisión para la Reforma Política.

Lo que dijo Nieto, entre muchas otras cosas, es que ve un centro político vacío, y advierte que hay dos avenidas extremistas, por el lado de la izquierda y de la derecha (o derechas). También dijo que entiende a Vizcarra, «su bancada es la opinión pública» (en ‘La Voz del 21’ de Joaquín Rey, sobre el 20 de junio pasado, yo lo encontré más tarde en Youtube). En cuanto a la entrevista ante Garrido, este le hizo una observación a Tuesta. A saber, sobre las primarias abiertas obligatorias. En este mismo diario, El Montonero, su director Víctor Andrés Ponce ya había desarrollado la idea de que eso no se usa en otras democracias. Pero a esa cuestión de Garrido, el profesor Tuesta no tuvo una respuesta clara. Ese punto es el talón de Aquiles de las reformas. Se abre la puerta a que una buena cantidad de personas que no sean del partido X sino del YZ, participen en la primaria de X, votando por el peor candidato. Garrido le dijo a Tuesta que «pecaba de inocente». Parece que Tuesta se olvida de que no estamos en Suiza sino en el país en donde la pendejada es tan corriente que hay una tesis en San Marcos sobre ese tipo de conducta e ideología.

Al profesor Tuesta le recuerdo que un gran sociólogo francoperuano, Danilo Martuccelli, en un libro que todo peruano debería conocer —Lima y sus arenas— dice: «el achorado, en su núcleo duro, testimonia de una actitud de desafío específica que es de los de abajo». En ese sentido, en eso de «buscar salidas por sí mismo», Martuccelli «encuentra similitudes en la gestión de Fujimori» (p. 227). Pero el achorado, es un «vencedor inescrupuloso». Concepto que está en mi libro de 1996, página 485, y que Martuccelli cita. Desde entonces, esa cultura popular ha crecido. Y pensándolo bien, eso está en la polarización que domina la vida política peruana.  Y si esto es cierto, entonces, se me ocurre calamo currente dos constataciones, ambas lamentables. Polarización no es política. La política se hace cuando derechas e izquierdas se enfrentan pero no se destruyen. Cuando el otro existe. No es el caso. Y la segunda, que fujimoristas y antifujimoristas se semejan, son partidarios del aplaste. Nieto lo llama «el encono». Pero creo que es algo más vasto y tremendo. Son estrategias. Como habría dicho un sabio, «hay una razón en su locura». Al fin de cuentas, muerto Alan García, enjaulada Keiko, ¿quién es opositor? Entre tanto, las redes sociales, la posverdad, matan sin balas a los que osan querer llegar al poder formal y legítimo. Los quioscos lucen las primeras planas en los múltiples diarios que dicen lo mismo —eso, ni cuando Velasco— y que son leídos pero no comprados, aunque cuesten 50 centavos. El peruano de a pie mira, no lee y se va a sus asuntos. Ya sabe. Hoy, pues, con razón, casi no hay intelectuales. Se nos han ido Julio Cotler, Gonzalo Portocarrero, Iván Degregori, Enrique Bernales, Hugo Garavito, Javier Tantaleán, Javier Barreda.

Por mi parte, soy de los que observan, escuchan, y leen. De Tuesta prefiero su libro, Perú, elecciones 2016, en el cual hay aportes diversos. Por ejemplo, el de Rafael Arias Valverde, sobre «el elector limeño». Dice que en Lima metropolitana, en el 2016, los votos por PPK provinieron de zonas como San Isidro y Miraflores y otros distritos «de alto nivel de Desarrollo Humano», los de Keiko —nos guste o no— vinieron de Villa el Salvador, Los Olivos, San Juan de Lurigancho. ‘Contexto y bienestar’, es un buen capítulo, cómo se involucra en las preferencias electorales. Pero con un aspecto particular. El alto nivel no significa que el votante sea conservador, es al revés. Cuanto más alto es el nivel de vida, «la población es más proclive para apoyar los candidatos y propuestas que impacten en el bienestar social» (p. 299). ¿Increíble? Son los partidos llamados tradicionales los que son capaces de reformas, un escenario favorable a derechos civiles y laborables. Otro aspecto: el electorado limeño «centra su voto en los candidatos y no en los partidos».  

Entonces, ¿vamos a repetir ‘la democracia delegativa’? ¿La de los noventa? Los rivales actuales del ‘Chino’, ¿lo repiten? El concepto es de O’Donnell, y lo usaron Cotler, Carmen Rosa Balbi. Eso ocurre cuando una sociedad está apurada para salir de la pobreza y a la vez, el nivel de ciudadanía «es de baja intensidad», como dicen sibilinamente los expertos internacionales. Nuestro pueblo disocia el progreso socioeconómico de lo político-institucional. No cree que lo segundo impulse y permita lo primero. Ocurre que simple y catastróficamente, no se acepta que la democracia no es sino un gobierno de poliarquías, es decir, minorías diferentes en sus propósitos y métodos. ¿Qué se produce entonces? Algo imposible de utilizar en cualquier otra sociedad que no fuese la peruana. Lo que Carlos Franco llamó, «lo representativo- particularista». Porque en el Perú se  confía en los individuos y no en las reglas (Acerca del modo de pensar la democracia en América Latina).

¿Un abismo el 2021? ¡Pero si eso ya ha ocurrido! «El colapso del sistema fue en 1995 cuando ninguno de los partidos tradicionales alcanzó más del 5%» (Tanaka). Lo más divertido y ambivalente es que muchos han olvidado que votaron por Fujimori. Esos cambios revelan un cinismo colectivo. Por eso invoco la memoria, en el intitulado.

En fin, ¿qué política se puede hacer en una sociedad descuajeringada como la peruana, de vida mayoritariamente urbana y que repite el modelo limeño en las grandes ciudades del interior? Eso ya nos lo dirán los que iran a repetir, con toda probabilidad, el patrón de dominación de siempre.  

Publicado en El Montonero., 8 de julio de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/politica-memoria-y-compasion

Entrevista: «Neira y las Nereidas»

Written By: Hugo Neira - Jul• 03•19

Con nuevo libro bajo el brazo Hugo Neira habla del feminismo, el velasquismo cincuentenario y la cátedra de Alan García.

Por: Carlos Cabanillas | 

Todos los martes, desde las 7:15 PM hasta las 10 PM, Hugo Neira desarrolla el curso de Ciencia Política en el Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la USMP. Es el curso que solía dictar el expresidente Alan García hasta que uno de esos martes —el martes 16 de abril, hace ya más dos meses— decidió despedirse de sus alumnos con un sencillo mensaje y una última clase que parecía más de historia: desde Piérola y Prado hasta la Guerra del Pacífico. Con su pizca de psicoanálisis o laico confesionario, claro. «Contó que ‘va mucho al cementerio’», recuerda Neira. Y se dice que en uno de sus últimos despachos sugirió «que sea Hugo Neira quien lo reemplace en el Instituto si algo le pasaba»

«No tuvimos una revolución mexicana pero tuvimos tres grandes cambios, tres terremotos», sentencia Neira. «La migración del campo a la ciudad, la reforma agraria de Velasco y la reforma económica de Fujimori». La conclusión es simple y aterradora: los grandes cambios sociales peruanos se hicieron de arriba hacia abajo. Cambios impopulares y a la mala. Reformas sin la estabilidad política y el consenso que —pensando ucrónicamente —podrían haber implementado Haya de la Torre y Vargas Llosa, con sus respectivos partidos políticos. «Los cambios los hicieron dos antipartidos, dos chinos: Velasco y Fujimori. El militar y el autócrata.» Las dos caras de una misma moneda autoritaria. Algo de eso aborda Neira en su último libro, que viene en dos volúmenes, y que continúa su más reciente saga de historia comparada a ser presentada el martes 2 de julio a las 6:30 PM en el CC Ccori Wasi: El águila y el cóndor. México y Perú (Universidad Ricardo Palma, 2019). Precedido por El mundo mesoamericano y el mundo andino (Universidad Ricardo Palma, 2016). Dos epicentros de sus respectivos imperios. Dos países muy parecidos y distintos. No tuvimos un Emiliano Zapata o un Pancho Villa o un Benito Juárez. El APRA no siguió el camino del PRI (para bien y para mal). Mucho menos un Monumento a la Revolución (y sí una estatua de Pizarro sospechosamente parecida a la de Hernán Cortés).

–¿Por qué tirarnos contra los partidos a la hora de hacer cambios?
–Deberíamos ser capaces de hacer el cambio con democracia, con partidos y con debate. Los regímenes autoritarios terminan haciendo cosas por el pueblo. Es una locura.

–Además, fueron reformas con intereses subalternos, para impedir otros cambios populares. Es la reforma agraria para evitar la cubanización. Es la liberalización fujimorista para bloquear la libanización.
–Todo lo reformista de Velasco, las cosas buenas, era una forma de decir ‘hago esto, para que no venga lo otro’. Hay cosas que a veces hay que hacerse a la fuerza. Hoy día hay dos millones de campesinos propietarios, desde Puno a Cajamarca.

–Sinesio López mencionaba el ‘enroque’. Luego de bloquear por décadas la Reforma Agraria del APRA, el partido se morigera y se corre a la derecha. Y los militares se tiran a la izquierda. Distintas ubicaciones, mismo desencuentro.
–El enemigo era la oligarquía y se la cargaron. Nunca se les ocurrió que eso iba a pasar. Eso empieza en el CAEM, porque eran militares cultos. Se habían montado su universidad. Cuando Carlos Delgado me presentaba a los comandantes, resulta que todos me habían leído. Y también a Béjar y los otros. Recuerdo que una vez Delgado preguntó «¿están en Rousseau, no?» Y el militar explicó la dualidad, los dos brazos, la unidad entre el ejército y el pueblo. Y yo le dije «qué bien, ¿y el profesor les contó que la soberanía del pueblo son también las elecciones?». Y me dijo: «a esa partecita no hemos llegado aún».

–¿Cuándo decidió dejarlo todo por venir a trabajar con Velasco?
–Yo estaba en Francia un 24 de junio como hoy, pero de 1969. Era profesor contratado, todavía no había hecho mi doctorado francés. Habíamos perdido toda la esperanza de que pudiera haber una revolución en América cuando murió el ‘Che’ Guevara. Tenía varios amigos que dijeron ‘se acabó, se acabó, tenemos que estudiar, de repente nos quedamos en Europa’. Fue un choque tremendo, emotivo. Y porque además, a partir de allí, la Unión Soviética, que no le había gustado para nada el caso Guevara, había decidido que no quería otra Cuba, otro sobrino a quien pagarle los estudios. Y de pronto el 24 de junio, en todos los quioscos, ‘Reforma Agraria en el Perú’, y en todas las lenguas. Y yo cogí el periódico y entré a una sala general de clases, pedí permiso al profesor y puse el periódico así. Plaf. Se suspendió la clase. El profesor se bajó. Cinco mil fundos intervenidos sin un solo muerto. Entonces dije ‘yo me regreso’. Y el rector me dice «yo entiendo, le damos un año de plazo, tomaremos a una persona que lo reemplace, pero yo no le creo mucho a esos militares que han aparecido», me dijo. «Yo no creo en militares de izquierda. ¿Qué es eso? Esos son leones herbívoros».

–Tuvo que hablar con el propio Velasco para convencerse.
–Yo ya estaba viendo las comunicaciones en Sinamos. Yo le dije: «presidente, ya hablemos en serio». Y él me dijo, «¿qué pasa? Tienes un ligue, porque sabemos todo de ti, muy mujeriego, mis camaradas te han seguido, sabemos adónde vas, al cinco y medio». Y le pregunté, «¿esto hace usted con los ministros?» Me respondió: «por supuesto, es lo primero que tengo que vigilar. ¿Acaso no he dado un golpe de Estado? Y bueno, ¿qué quieres saber?». Disparé: «¿esto es al muere?». Y fue contundente: «Sí, al muere. ¿Es un concepto taurino, no? Te has quedado mucho tiempo en España.» Y le expliqué que es cuando uno se lanza y el toro también, y uno mata al otro. Y nos dimos la mano y abrazamos. Luego llegué a casa de mi madre, cuyos hermanos eran hacendados y los expropiaron y le dije: «me quedo mamá, voy a quedarme en el cargo que me dan». Mi madre se echó a llorar. Me dijo Hugo te van a matarToda nuestra familia ha sido tocada. Te van a matar. Fueron siete años que vivimos con una pistola en la mano.

–¿Cuál terremoto social vendrá?
–¿Qué falló? No fue la economía ni la política. Vivimos en democracia y en crecimiento. Falló la sociedad. La educación se ha deteriorado. Jóvenes que no saben razonar ni comprenden lo que leen. Ahora hay un lumpen manejado por posverdades. Y votará por cualquiera el 2021.

–Cuando éramos más pobres leíamos más. Hay una clase media que no lee.
–No era aprista pero iba a escuchar a Haya de la Torre. Haya se echaba unos rollos de tres horas de filosofía, de política, de historia. Haya hablaba de lo que vio en Suecia, donde las políticas sociales eran compatibles con el mercado. No era la Unión Soviética. Y el pueblo que lo escuchaba era un pueblo pobre. Mucho más que el de hoy. Pero culto. El artesano que te arreglaba el zapato era culto. Ha sido un golpe la clase blanca. Han vuelto a fabricar un grupo separado. Antes estaban en los Andes, ahora están en Lima. ¿Cuáles son los buenos puestos? Los puestos formales: el 20 %. Si los cholos se educan, nos van a quitar el puesto. Que se queden allí, en sus escuelitas. Esa es la gran trampa. Han recreado un nuevo siervo que ya no será el jardinero, pero si el que sabe solo cosas técnicas. Esas cosas técnicas, con la velocidad a la que va la tecnología, en una la reemplaza una aplicación dentro de cuatro años y se quedan en el aire.

–Qué raro que no fue maoísta. Un intelectual afrancesado cerca del poder.
–Por muy poco. Por el campo. Lo que pasa que teníamos conciencia por nuestra cultura. Éramos herederos de los grandes historiadores: Riva Agüero, Basadre y Porras, que fue nuestro maestro, el de Vargas Llosa, el de Macera y el de Araníbar.

–Usted presenció las marchas del orgullo gay en Francia.
–Las marchas son una moda acá, una tendencia.

–Vio el estructuralismo francés que parió todo el actual debate de género. «No se nace mujer, se llega a serlo», dijo Simone de Beauvoir.
–La construcción del varón y la mujer es tan variada como las dos mil culturas que hay en el mundo. Para la antropología el ser humano se va formando en el tiempo. Un japonés es distinto que un polaco y un arequipeño. Ahí son las costumbres, la sociedad, la religión. Pero estamos exagerando la importancia de la sociedad.

–La política peruana ahora discute biología. Con mis hijos no te metas…
–Es un debate muy simplón. Hoy estamos en la genética. Los genes definen todo.

–¿Y las cuotas? Género, raza.
–El mestizaje en el Perú es impresionante. Nuestro racismo es muy de boca, para mentar la madre sobre todo. Es la hipocresía.

–Racismo de la cintura para arriba.
–Volviendo al género, las mujeres son las que sacan adelante la familia, las empresas. Hace rato que la mujer manda en la casa. Padres ausentes: Vargas Llosa, Mariátegui, Arguedas. Sus madres los formaron. Y a Basadre le dio la educación alemana.

–El voto a la mujer lo da Odría. Y el ministerio de la Mujer lo da Fujimori. ¿Hay una derecha feminista?
–Eso fue estratégico. Odría creía que eran conservadoras. Quizás lo fueron, pero el voto fue más o menos igual que el de los hombres. Siempre he tenido admiración por las mujeres.
«Es mujerólogo», interrumpe Claire Viricel. Mientras su esposo trae libros de la alumna Lou Andreas-Salomé, Anaïs Nin y Flora Tristán. «Me gustan más que Simone de Beauvoir», aclara. Y se pierde en su biblioteca con su pareja.

Publicado en Caretas n° 2596, jueves 27 de junio de 2019

http://caretas.pe/politica/87336-neira_y__las_nereidas