Magia negra y política criolla

Escrito por: Hugo Neira - Oct• 15•18

Qué placer, y a la vez dificultad para decir lo que nos está pasando. Así, comienzo con una descripción de la Lima actual, su vida política. Embrollo, enredo, lío, intriga. “La política criolla” que detestaba José Carlos Mariátegui. Hoy, el juego entre dos poderes, el presidencial y el parlamento. Obviamente, quisiera argumentar, defender ideas y contrarrestar otras ajenas. Pero cabe decir cómo es el paisaje. Lima ya no es la horrible de los días de Sebastián Salazar Bondy —uno de nuestros clásicos— sino una extraña capital que tiene un viejo caserón llamado Palacio de Gobierno que se parece mucho a la escuela de Harry Potter, conocida por innumerables niños, una escuela de magia y de hechicería, cuya saga fue escrita por J. K. Rowling. Muchos creen que esa escuela inglesa se encuentra en montañas escocesas. Puede ser, pero si uno va un rato a la plaza de armas de Lima, puede que vea a diversos consejeros, montados en sus escobas voladoras, y entrando a Palacio no por la puerta sino por las ventanas. Hay varios que conozco, y les deseo, la mejor de las suertes y buen apetito.

¿Exagero? No lo creo. A César Luna Victoria, en Perú.21, le publican el 12.10.18 un artículo notable y que tiene el aire de un exorcismo. “Las cosas están mal porque los malos actuaron mal”. Su nota periodística es de una admirable imprecisión. Revela este momento peruano, entre drama y sainete. “La desgracia será mayor si los malos que aparentan ser buenos logran que algunos buenos pasen por malos”. Y “Hugo Santa María comentó que el presidente está alentando un precedente funesto: que la Constitución se pueda variar según la popularidad del promotor”. El resto lo conocemos. “Violadores libres”, dice Luna Victoria, chupatésa Urresti. “Detenciones arbitrarias”. “Ollanta y Nadine primero y ahora de Keiko. Unos sufren, otros celebran. Eso nos degrada como sociedad”. ¿Qué decir? Brillante, y lamentablemente real.

Todavía queda alguna sensatez. Jaime de Althaus, que había considerado que la detención preventiva de Nadine Heredia y Ollanta Humala era un exceso, acaba también de opinar que la “detención preliminar de Keiko Fujimori y otras personas es un abuso” (El Comercio, 12.10.18). Pero apreciaciones de ese nivel son escasas. Los que van por la libre en los medios somos raros. Así, es un honor estar en este diario digital. El director, Víctor Andrés Ponce, apuesta a que existe una corriente de opinión, “la mayoría silenciosa”. ¡Ojalá!

Pero la expedición periodística se complica día a día. Empeora la contienda entre Poder presidencial y Poder parlamentario. Cada cual mete un gol. Keiko presa, gol de Vizcarra. Chávarry permanece, gol de la bancada fujimorista. Y pensar lo que dije en una entrevista. Recuerdo haber dicho, “Vizcarra tiene varias virtudes que no tiene PPK. Es provinciano y no tiene empresas”. Pensé que pensaría como un estadista, y que se ocuparía de lo que se ocupan los estadistas, del famoso “bien común”. ¡Qué ilusión!

Hay un sector de la clase política que quiere librarse del incómodo fiscal Chávarry. Si eso ocurre, se salvan los implicados por Lava Jato, es decir, Toledo, los Humala, la señora Villarán (de la Puente y Lavalle). E incluso PPK. Se salvan los consignatarios que derrumbó Piérola¡! Y entonces, aquí paz y en el cielo, gloria. ¿La lucha contra la corrupción se hace salvando a los corruptos asociados a Odebrecht? Y si eso ocurre —que es lo más probable que ocurra— ¿qué va a sentir el populorum? Un desaliento, que acaso en el 2021, se vuelva sanción electoral. Eso está pasando en Brasil, el voto-castigo a Lula. Gran presidente y gran corrupto.

Sin embargo, hay otra opción. No menos fatídica. Me trota en la cabeza no un vaticinio o brujería, sino un concepto. No es mío, idea de un amigo, un gran politólogo francés, Alan Rouquié. Hace unos años, dijo de América Latina, “a la sombra de las dictaduras”. Hoy, dice “el siglo de Perón”. Lo que viene son “democracias hegemónicas”. Una suerte de nacionalismo con apoyo popular. Por ahí andamos. He estado dos meses hace poco, en Europa. Tienen sus “autocracias electivas”. Eso es Putin, y en Turquía, el poderoso Erdogan. Y aquí quieren encontrar su autócrata. ¿Los antifujimoristas buscan su Alberto II? Un amigo me decía, el presidente Vizcarra, un “solitario”, no tiene partido, puede formarlo como lo hizo Leguía, desde un inteligente despotismo. La libido dominandi, o en criollo, el caudillismo del siglo XXI, está tocando la puerta.

Alfredo Torres razona desde el viejo enfrentamiento entre golpe de Estado y democracia. No está al día. En Brasil, Jair Balsonero promete cerrar el parlamento. En México, ya legitimado, López Obrador “seguirá las tendencias globales que están rompiendo con la política y los políticos tradicionales en todas partes” (Moisés Naím) En Lima, “popularidad del mandatario crece 16 puntos en un mes” (El Comercio, 14.10.18). Una desconocida señora me envía un tuit, sobre el presidente. “Se parece a Leguía. Gana las elecciones de 1919 pero por si acaso, da un golpe de Estado”. Cierto, Leguía necesitaba deshacerse del Partido Civil que había tenido el monopolio del poder durante dos décadas. Algo parecido al Perú de hoy. Pero no veo al presidente Vizcarra deshaciéndose de sus “civilistas”, de aquellos que han monopolizado el poder en los últimos dieciocho años, al contrario. La politiquería criolla es experta en mezclar intereses diversos.

Pero siento decir que nadie que quiera gobernar, dadas las circunstancias, puede ser por completo democrático ni por completo dictador. Se vienen combinaciones increíbles. Hace siete años, en uno de mis libros, me ocupé de los “regímenes híbridos” (La democracia. Entre el logos y el fuego, FE USMP). Uno se cansa de decir lo que se viene, que es muy interesante. Un filósofo chino (antes de Mao) cuando quería maldecir, decía: “en tu próxima encarnación, vas a nacer en una época interesante”.

 

Publicado en El Montonero., 15 de octubre de 2018

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Un problema de fondo, la ola de feminicidios

Escrito por: Hugo Neira - Oct• 11•18

A cada momento, los medios cumplen con ponernos al tanto de semejante horror. Las escenas de la violencia machista son abundantes. ¿Cómo olvidar a Arlette Contreras, de 25 años, que al huir de su novio, Adriano Pozo, en un hotel de Ayacucho, este la golpea, la ahorca a medias y termina por arrastrarla por los cabellos? La cámara de seguridad del hospedaje graba la feroz agresión. Esas imágenes se volvieron virales. Pero en los dominios del mal ¿cómo olvidar a Eyvi Ágreda, a quien Carlos Hualpa, un hombre de 37 años, le rocía combustible y le prende fuego al interior de un bus de transporte público? La joven sucumbe, semanas después, y muere tras varias operaciones. La agresión fue al rostro. No solo asesinato sino martirio. En cuanto a Hualpa, no es un arrebatado adolescente. El crimen lo comete a sus 37 años. Tampoco es un fracasado, es cocinero de profesión. En el primer caso citado, hay alcohol y anteriores delitos de violación. En el de Hualpa, una calculada barbarie.

El Poder Judicial informa que entre enero del 2017 y el enero del 2018, están en trámite 925 procesos por femenicidio, así como «24 mil 973 casos por violación de la libertad sexual» (El Comercio). Para colmo, los feminicidios han aumentado del 2017 al 2018. Es hora de preguntarnos de dónde viene el hábito de «pegar a la pareja». Y también se señala que un 60% de ataques a mujeres ocurre en los hogares. Y no tanto en calles o lugares públicos. Este dato agrava la problemática del femenicidio peruano. Ahora bien, los campesinos, tanto latinoamericanos como peruanos, abundantemente, han sido materia de estudio. El tema central: instituciones colectivas, ejidos mexicanos, comunidades de los Andes. El sistema de cargos, la organización aldeaña. «Dando la impresión de un mundo rural y estético, salvo insurrecciones y reformas agrarias» (Diccionario Bonte). Casi todo se ha estudiado, incluyendo el éxodo rural. Pero casi nada sobre vida conyugal, y menos el sexo. Es cierto que hay un estudio de Federico Kauffmann Doig, pero trata del Perú antiguo.

Sin embargo, hay un estudio sobre sexo en los Andes. Amor y violencia sexual, de Ward Stavig (IEP, 1996). El autor profesor en la University of South Florida. Una vez más, Julio Cotler, gran editor. Ocurre, pues, que ese riguroso trabajo se ocupa de la violación en la comunidad india, la homosexualidad, el incesto, la prostitución, el adulterio y la violencia. Nos importa porque las prácticas de vida del periodo colonial en comunidades y pueblos no se modificaron tras la Independencia. Las culturas andinas fueron lo que Lévi-Strauss llama «sociedades frías». De tiempo lento.

Stavig ha trabajado sobre archivos. Es cierto que Guamán Poma había dicho que las mujeres indígenas eran violadas por españoles, y «mujeres indias que eran desfloradas por yndios». En Quispicanchi y Canas, se había creado un fondo comunal de apoyo. Es significativo el aporte de Stavig. La sociedad posincaica tuvo hábitos sexuales diversos como otras sociedades. Se esfuma, pues, la idealización de lo indígena, literatura de los indigenistas. De esto nunca hablaron. Entonces, ante la mujer contemporánea y la negación de su libertad sexual, no es necesariamente un conflicto producido por la urbanidad actual. Tiene raíces profundas. El gran problema de la violencia sexual en nuestros días, ¿qué es? ¡Una crisis del varón peruano! El tema del feminicidio es qué le pasa al varón. Y de eso, hay mucho que decir.

En cuanto a la actual política del presidente Vizcarra, en el tema de la bicameralidad, simplemente es ininteligible.

Publicado en El Comercio, 11 de octubre de 2018

Babel limeña, entre auctoritas y potestas

Escrito por: Hugo Neira - Oct• 08•18

En la mañana de este domingo, me preparo como cualquier vecino para ir a votar. Pero realmente, ¿vale la pena hacerlo, cuando la decisión de un juez permite enmendar a un Jefe de Estado? En estos días, he estado en Arequipa en un congreso internacional en homenaje a Antonio Cornejo Polar. Entre tanto, en Lima, se hundía la poca gobernabilidad vigente. Gracias a las doctas tinieblas, se acaba de instituir algo que quita autonomía al Estado al punto que puede sernos fatal para los años inmediatos.

Hoy me pregunto ¿quién es la autoridad suprema en la Babel limeña? ¿El que es elegido cada cinco años, o la oculta minoría de señoritos que complotan? Creo que vivimos un momento muy crítico para élites democráticas y ciudadanos de a pie. Le pido al amable lector que tenga paciencia. Solo después de algunas premisas, daré mi opinión.

En primer lugar, pasado dos siglos, todavía no se entiende qué es Soberanía. Cuando José de San Martín y Simón Bolívar, el concepto era mejor conocido. Queríamos ser soberanos. Al parecer hoy día, ya no. La conceptualización que traían los libertadores —y de los patriotas del Mercurio Peruano— no provenía de la España de los Austria sino de la modernidad de Bodin, y luego de Hobbes, pensadores desde los siglos XVI y XVII. Soberanía quiere decir que en un reino, un principado o una república, la magistratura pública era ejercida por una persona dotada de un derecho indiscutible. La soberanía se luce ante situaciones extremas. Rey o autoridad republicana, quien fuese, no tenía que consultar a nadie ajeno a su Estado y a su pueblo. Eso es Soberanía. En la época, lo externo podía ser el emperador o el papa. Me dirá el amable lector, que hoy pesan los tribunales internacionales. Sí pero en La Haya se lavaron las manos ante el reclamo de mar de la Bolivia de Evo Morales. Pesan pero no mandan. Existen los Estados.

Soberanía, sinónimo de poder no discutible. Un derecho escaso pero necesario. Un sencillo ejemplo, cuando yo era profesor en Francia y era parte de un jurado de tesis, el acta que firmamos decía lo siguiente: «este jurado, soberanamente, ha aprobado (o desaprobado) tal tesis, etc». Quería decir que no dependíamos ni del rector, ni del ministro de Educación ni del mismo presidente de la República. Soberano es ser autónomo.

Vamos al grano. Con lo que ocurre, ningún presidente del Perú será en adelante soberano, puesto que en Lima se mueven hilos oscuros para contradecirlo. En suma, se acaba la república. ¡Adiós Bicentenario!

Reflexionemos. La acción política no es solo legitimada por las constituciones y las leyes en cada país sino por algo que se llama la potestas. En nuestros días, es una prerrogativa. ¿Y qué quiere decir? Aprobación, aquiescencia, atributo propio al mandatario. Como el amable lector habrá comprendido, llegamos a la madre del cordero. Hay una forma de licencia que se llama indulto, no hay que confundirla con amnistía. Es una «gracia». No solo lo tiene la reina de Inglaterra y el papa ante la Iglesia como institución. Lo tiene todo país civilizado, Alemania, Canadá, España, los Estados Unidos, Francia, Irlanda, Honduras. PPK no ha hecho con ello algo incorrecto. Los incorrectos son aquellos que no han entendido que además de la justicia, existe la potestad.1

Un diario, El Comercio, dice esta frase sensata: «Lo que está en cuestión es la vigencia republicana de una gracia presidencial heredada del orden monárquico» (04.10.18). Cierto, pero cabe hacerse una pregunta. ¿Por qué el indulto existe en todos los Estados del planeta? Por algo será. Destruir la potestas es destruir la fuerza del Poder Ejecutivo ante lo inesperado, por ejemplo, una guerra, una crisis interna. Pero hay quienes tienen una idea de la historia como algo sin sorpresas. Eso es un arcangelismo. Una estupidez.

La auctoritas –presidencial– tiene legalmente que justificarse. La potestas, no. Encarna lo que es propio a las sociedades cristianas, el tema de la ética. El perdón está en esa categoría fundamental. Nos guste o no. En suma, el indulto, no se discute. Es moral. Allá quien lo tome o no.

¿Crisis del indulto? Me temo que es al revés. Crisis del poder legítimo. ¿La nueva forma del semigolpe de Estado, para un semigobierno y un semidesarrollo? El tema no es solo Fujimori (el maltrato a un anciano, etc) sino que se bloquea para siempre al Poder Ejecutivo. ¿Reformas de fondo en el futuro? Imposible. Imagínemos que a un mandatario futuro, en el 2021, se le ocurra mejorar la educación a partir de impuestos mayores a empresas poderosas. Veo entonces los leguleyos de siempre apoyándose en la Corte de San José, y luego, el rol nefasto del Poder Judicial con algún Víctor Prado a la cabeza, descrito en Twitter por Víctor Andrés Ponce « colocando a un juez provisional para que anule el acto de potestad del Presidente ». Eso es lo que ha ocurrido. Una maquinaria infernal. Chau República.

Traslademos, pues, la capital a San José de Costa Rica. Cerremos el caserón de Palacio de Gobierno. No hagamos inútiles elecciones. ¡Gastemos en la reconstrucción del norte costeño! Un consejo, salir de esa Corte y ser más bien parte del Tribunal Internacional de La Haya. Son más serios. Respetan los Estados. Los jueces de La Haya no entran en candideces, por no decir otra cosa. Despertemos, no hay gobierno mundial. Pero en Lima actúan como si lo hubiera. ¡Qué fuerte es la herencia colonial! Busquemos ya no un Inca —tiempos de Flores Galindo— sino un virrey. Y algún Imperio que nos proteja. China, Rusia, lo que sea. Pero dudo que alguien se anime. Inciviles hasta la médula.

1 « La potestas, ¿quién la tuvo? Virrey, Audiencia, los Obispos ». Neira, Hugo, El mundo mesoamericano y el mundo andino. Lima: Universidad Ricardo Palma, 2016, pp. 269-271.

Publicado en El Montonero., 8 de octubre de 2018

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Conversando con Renato Cisneros

Escrito por: Hugo Neira - Oct• 01•18

Me llamaron del programa «Nada está dicho». Y fui sin saber de que íbamos a hablar. Sin embargo, fue un momento grato. Cada pregunta de Renato Cisneros vino de una límpida reflexión. Comencé por preguntarle si estaba por viajar. Y nos dijo que «retornaba». Luego hizo su primera pregunta.

– Usted todos los años tiene la costumbre de viajar por lo menos una vez a Europa.

– Mi respuesta: «Sí una vez al año religiosamente, para volver a informarme del mundo». En París, se estudian las culturas del mundo. Y le cuento que acababa de visitar Madrid, «y me había impresionado la estructura extraordinaria del Metro». Me responde, «es fantástico, el cuarto mejor metro del mundo según las estadísticas de hace dos años. Pero los madrileños se quejan, porque los trenes no pasan cada tres minutos como antes sino cada cinco». ¡Si vivieran en Lima! …

A la entrevista, aquí le añado algo de lo que a ratos pensé. Vayamos, pues, a la mejor pregunta de Renato.

Cisneros: – En España se ha reavivado el franquismo a través de la exumación de los restos del dictador y allí toda una discusión (…). Pero creo que es una discusión que atañe a todo el mundo (…) ha habido una suerte de reubicación de las posturas más autoritarias. Y da la impresión que en nuestros países también… Hoy vemos en la elección municipal de Lima que los principales candidatos tienen una propuesta de cierto grado de autoritarismo. Urresti, Belmont y Reggiardo para un sector representan un poco la mano dura. ¿Usted siente, doctor Neira, que en el Perú puntualmente tenemos una vieja debilidad por la mano dura, nos gusta en el fondo ese caudillo que pueda ordenar la casa, disciplinar la sociedad y que somos demócratas en el discurso pero que en el fondo reclamamos una estructura mucho más disciplinaria?

Neira: – «Por desgracia, sí (risas). Fíjate una cosa simple, ¿quiénes han hecho grandes cambios desde el poder? Leguía, que se transformó en un dictador, echó a los civilistas, era tan intransigente que a un joven de veinticuatro años, presidente de la Federación de Estudiantes, lo deportó: Haya de la Torre. (…) Luego Odría, Velasco y Fujimori. Una vergüenza, reformas sin democracia». Pero en ese momento me pregunté si la combinación de autoritarismo arriba y apoyo popular es un patrón de conducta.

Seamos francos. Hay una ideología silente. Nostalgia conservadora y a la vez popular del tiempo en que mandaban hacendados, patrones señoriales, despóticos pero algo paternales. El resultado es que tenemos revolucionarios reaccionarios. Marchas callejeras de gente democrática que desfila en actos antidemocráticos, como querer cerrar un parlamento. Karl Popper hablaba de la «sociedad abierta». Pero en Perú se vive en microgrupos «cerrados». Poco o nada los nexos clasistas sino la sociabilidad peruana, el grupo de conocidos. La collera. Así, sobre bases sociales sin ninguna educación cívica, se instalan «autocracias elegidas» (Alain Rouquié).

Confesé que mi militancia fue la de otra época. El velasquismo. Y sobre lo anterior —estudiante en San Marcos— me expliqué con una parábola. La del caso del señor a quien le dicen que debe ser muy católico, todos los domingos en la Iglesia del Pilar de San Isidro. Y este responde: ¿Muy católico? ¡Estudié para cura!

Yo no fui de izquierda. Me hice comunista. Y sin apoyo familiar, vivía en un callejón en Jr Walkuski, hoy «héroes de Tarapacá», cercano a la plaza Bolognesi. Trabajaba de obrero en una fábrica de tejidos en la Colonial. En todo caso, hubo una coherencia entre mis ideas y mi vida. Hoy tenemos gente que se dice de izquierda. Me sonrío. Son una marca, como las zapatillas Adidas que se venden en Saga.

Renato Cisneros me pide describir esa militancia. En mi caso fue fundar sindicatos. Además íbamos a lugares como El Agustino, San Cosme. ¡Para alfabetizar! Cuando lo recuerdo, me parece que estábamos más cerca de los monjes franciscanos del siglo XVI que de Lenin. No éramos Sendero. Era un partido obrerista. Ser comunista era una renuncia a hacer política criolla. Las masas eran apristas. Al partido no se entraba, te llamaban. De alguna manera éramos una élite. Fuenzalida, Carlos Franco.

Renato se interesa por los asistentes de Porras. El maestro formó a mucha gente, pero en sus últimos años en la casa de la calle Colina, hoy instituto, Vargas Llosa, Pablo Macera, Carlos Araníbar, leíamos y hacíamos fichas para Porras, ocupado en el Senado. Una tarde, después de un café en el Haití, le pregunté cómo eran Mariátegui, Haya, Vallejo, gente de su generación. La respuesta fue, «como ustedes, insolentes y eruditos». Acaso nos reclutó porque teníamos algo en común. Una generación de insumisos. Pero cultos. Lo digo para que los jóvenes comprendan que los conocimientos no están en los smartphones. Sino en los malditos libros.

A Renato explico cómo dejé el comunismo. Visitando la Europa del Este bajo el yugo soviético. Al punto que escribí un artículo en Socialismo y Participación, pronosticando el fin de la URSS. Antes de 1990. Sino, ¿qué gracia? Y tras la Transición Española, comprendí que una sociedad democrática equivale hoy en día a una revolución.

Según Cisneros, me atribuyen un pasado fujimorista. Es el colmo. Ante el intento de Fujimori padre por el tercer mandato, fui parte del Foro Democrático, y con Cucho Haya de la Torre y Lourdes Flores, peregrinamos por desoladas aulas universitarias. En cuanto a mi actitud actual, he sido profesor titular en Europa y en la línea de Weber, intento la «neutralidad axiológica». Mi sociología no distribuye sanciones o elogios, sino se ocupa de lo real, aunque no guste. Deliberadamente no formo parte de ningún partido. Me crean o no, poco me importa. Eso es lo que soy.

Y lo del encuentro de Porras con Borges, el amable lector puede verlo en Youtube.

Publicado en El Montonero., 1 de octubre de 2018

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Lima, una solución sencilla

Escrito por: Hugo Neira - Sep• 27•18

Estos días, el presidente Trump regresa a la Asamblea de la ONU, “después de un año en que ha dinamitado el consenso global” (El País). Es un tema para comentar, como el viaje del presidente argentino, Macri, para pasar el sombrero ante las inversionistas de Nueva York. Otro asunto, me tienta ocuparme de cómo el Japón, compitiendo con otras potencias industriales, logra colocar dos de sus naves espaciales en un asteroide. “La escena contemporánea” como la llamó José Carlos Mariátegui, lo de afuera, tentador. Pero las elecciones municipales en Lima son para el próximo 7 de octubre. Y diré lo que sigue. Evidencias.

No voy a fungir lo que no soy, ni arquitecto, ni urbanista. Ni tampoco voy a comentar las propuestas, las he seguido, aunque con la sorpresa de que no se menciona cómo otras ciudades latinoamericanas han enfrentado el problema del exceso de autos. Lima embotellada. Todos lo sabemos, cuatro horas de la vida en ir y en volver. ¿Hay una solución? La hay. Lo que voy a narrar es fruto del azar. De viajes.

La primera impresión vino al ir a Manizales, a su universidad, tuve que pasar a la ida y a la vuelta por Bogotá. Y descubro que en Bogotá (8 millones) se aplica la división del parque automotriz en dos grupos. Los que circulan con una placa par y los que la tienen impar. Unos, lunes, miércoles y viernes. Los otros, martes, jueves y sábado. Lo noté, y confieso que se me olvidó.

Estando en México DF (22 millones) tras informaciones para un libro mío, pude observar, sin quererlo, que dividen la masa de carros en dos mitades. Los de hologramas 1 y hologramas 2. Resulta que hay un tercer holograma, se llama Exento.

La tercera ciudad es Santiago de Chile, donde resido por periodos. Pues bien, tienen un sistema de sellos de color. Y aunque tienen una estupenda red de metro, igual. Cortan la salchicha del tráfico en varios pedazos.

Con variantes propias a cada ciudad, lo que tienen en común en sendas capitales es que hay una sensata restricción vehicular. El domingo es de todos. ¿Solución tonta, no? También es tonto ponerle a los edificios una cosa que se llama ascensor.

Reflexionemos. En algunos casos, sustenta esas medidas la contaminación ambiental. Ese sería para México y Santiago, que tiene a ratos su smog. Pero no para Bogotá. En común tienen el exceso de autos particulares. La restricción opera incluso en ciudades que disponen de un sistema de transporte subterráneo que solo vamos a tener, al paso que vamos, dentro de 60 años. Esas medidas no tocan a taxis, omnibuses, coches policías y ambulancias. ¿Se imagina el lector si el millón de carros particulares que circulan en Lima, se divide en dos? ¡Qué alivio!

En Lima se desplazan, en idas y vueltas, 16 millones de pasajeros desesperados. “Se han registrado 89 accidentes en todo el Perú, 49 mil ocurren en Lima” (La República). La capital está ya colapsada. Pero buena parte de los candidatos al sillón municipal proponen menudas soluciones localistas, en consecuencia no se dan el trabajo de echar un vistazo a ciudades que están aquicito nomás, a 3 horas de vuelo, Santiago. 5 horas, Bogotá. Lima es capital y a la vez un país. Tres veces más poblado que Uruguay. Las propuestas sobre bicicletas, corredores viales, funiculares o acabar con el chatarreo, no resuelven de inmediato la demanda de los pasajeros. ¡Una ley que opera ya en otras ciudades! Pero hay una Lima bizantina que detesta lo sencillo.

Publicado en El Comercio, 27 de setiembre de 2018

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